martes, 12 de julio de 2016

Reflexiones Urbanas.

Enrique Bernardo Núñez: El cronista que no pudo lavar carros





Hacer, hacer siempre será el mejor desquite y la más hermosa victoria.
EBN



Es típico hablar de la imponderable capacidad de olvido de la ciudad de Valencia y por esta razón aprovechamos este espacio para recordar que el 20 de mayo se conmemoró un año más del nacimiento del escritor valenciano Enrique Bernardo Núñez (Valencia; 20/5/1895 – Caracas; 1/10/1964). Su casa (ya desaparecida como tantas otras en Valencia) estuvo ubicada en la calle La Paz, la actual Montes de Oca, cerca de la iglesia de San Francisco. . El hogar del escritor más universal que ha dado este burgo no corrió la misma suerte que el de Pocaterra, que fue recuperado por la alcaldía.




Sus padres fueron Enrique Núñez Ovalles y María Isabel Rodríguez del Toro Martínez. Su tía abuela, Belén Martínez de Piñero, le enseña a leer y a escribir. Posteriormente ingresa al colegio Alemán, para luego pasar al colegio Requena donde funda un periódico llamado Areópago. En 1910 culmina su bachillerato y se traslada a Caracas. En la capital, rodeado de pobreza, va forjando su dominio sobre las letras. Se inscribe en la Universidad Central de Venezuela (UCV) para estudiar Medicina, y asiste como oyente a clases de Derecho. La falta de medios le hace abandonar los estudios en 1917. Al año siguiente publica su novela “Sol Interior” y en 1920 se casa con Cimodocea de las Mercedes Müller. En 1925 se traslada al estado Nueva Esparta invitado por el escritor Manuel Díaz Rodríguez, y es allí donde comienza la gestación de la novela que señalará su devenir en la literatura latinoamericana. En 1926 regresa a Caracas y no logra encontrar ubicación en los periódicos locales, y para mantener a su familia opta por tomar el empleo de lavador de carros siendo rechazado por falta de experiencia. En el año 27 gracias a Santiago Key Ayala comienza su carrera diplomática. Y en 1945 es nombrado cronista de Caracas.

Enrique Bernardo Núñez fue un escritor polifacético que se desempeñó como cuentista, novelista, ensayista, periodista, cronista e historiador, creando una obra de fina factura que le labró un lugar imperecedero en las letras nacionales y universales. Con su novela “Cubagua”, publicada en 1931 —al igual que “Las lanzas coloradas” de Arturo Úslar Pietri— de la que circularon sólo 60 ejemplares en Venezuela, inauguró una nueva narrativa hispanoamericana, el llamado “realismo mágico” y “Boom Latinoamericano”; pero como suele pasar a veces, en su propia tierra le negaron el reconocimiento debido. En 1931 la crítica venezolana saludó la aparición de esta obra con un solemne silencio. 




Podríamos decir que Núñez fue signado con la marca de Caín de sus coterráneos, quizá debido a palabras como estas: “En Venezuela es peligroso pensar. Lo mejor es no pensar o no expresar los propios pensamientos”.

“En otros países no hay libertad de pensar, pero existe un pensamiento traducido en mil expresiones vivas. En la mayor parte de nuestros dirigentes no existe nada que se parezca a un pensamiento… ¿Cómo, pues, van a entender ninguna idea por humilde que sea, que implique un trabajo fecundo?”.

Qué vigentes suenan estas palabras en este 2016, plagado de largas filas de personas tratando de adquirir productos alimenticios básicos.




Valencia no le brindó nunca a Núñez los honores que por derecho le pertenecían. Una excepción fue la creación del Liceo que lleva su nombre en La Isabelica, el 19/08/1965. Un busto sin placa hace guardia en la plazoleta del periodista, ninguno de los vecinos sabe de quién se trata. Mientras, se le dedica una plaza enorme a Fabián de Jesús Díaz. Frente a la sede del Ateneo de Valencia, confiscado por el gobierno nacional y convertido en el Museo de Arte de Valencia (MUVA), hay dos estatuas: la de José Rafael Pocaterra y la de Arturo Michelena; falta la Núñez quien dio allí una lectura el 25 de marzo de 1953  recordando el hermoso cotoperiz que daba sombra a la plazuela de la agricultura y que fue derribado para construir el edificio que ideó José Miguel Galía. Allí dijo tres grandes verdades: Que era difícil concebir una ciudad incapaz de imprimir sus propios libros, que la cultura era el brote espontaneo de la riqueza animada de espíritu público y que cada generación debe ganar sus batallas sin destruir lo que las anteriores dejaron. Esta ciudad, desproporcionada e injusta en sus homenajes, entristece. La Academia de Historia del estado y la Universidad de Carabobo deben de una vez por todas, tomar las acciones pertinentes para reivindicar el papel de este valenciano universal.

El 20 de Mayo es el día del cronista venezolano.

Richard Montenegro Caricote

Post scriptum.

Solicitamos a la Alcaldía de Valencia y al Concejo Municipal que habiliten de una vez la Oficina del Cronista.


Publicado en la columna Reflexiones Urbanas del diario Ultimas Noticias en la página  19 el domingo 15 de mayo del 2016


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Po: http://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas electrónicas hispanas Alfa Eridiani, Valinor y Gibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

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