jueves, 15 de diciembre de 2011

La imagen de la mujer en el lenguaje

por Ivonne Bordelois



Ivonne Bordelois en el Acto Inaugural de la Feria Expolenguas y Culturas 2007. Si desea visitar la página de donde fue tomada la imagen pulse aquí.

Por Ivonne Bordelois

Se me pregunta a veces en ocasiones públicas si yo, escritora incipiente o no tan incipiente, soy feminista, con la obvia esperanza de que yo arroje tan infamante sospecha lejos de mí, como si se me preguntara si soy antisemita o terrorista. De la palabra fémina, de origen latino, deriva la palabra hembra, y la palabra tiene una lejana raíz indoeuropea, fe o fel, que se relaciona con felicidad, fertilidad, fecundidad y felación. De estas derivaciones he hablado abundantemente en mi libro Etimología de las Pasiones, y me ha llamado poderosamente la atención el hecho de que, tan rodeados de psicoanalistas como estamos, ninguno de ellos haya intentado dilucidar algo más profundamente estas tan interesantes relaciones.

Es verdad que Freud señalaba que las feministas estaban guiadas por la envidia en sus reivindicaciones, y que los lacanianos, con complicadas explicaciones, sostienen que la mujer no existe, de modo que no debería sorprendernos excesivamente esta discreta retracción del campo psicoanalítico con respecto a estos problemas.

Alejandra Pizarnik

También se me suele preguntar, con sonrisas cómplices para atraer mi respuesta negativa, si yo creo que hay una escritura femenina y otra masculina. En verdad, no he prestado nunca demasiada atención al tema, pero puesta a reflexionar se me ocurre que en muchas ocasiones lo distintivo del genio es una cierta dosis de androginia, como parece demostrarlo en general la historia de la cultura y de la literatura. Alejandra Pizarnik, cuya amistad me honró por algunos afortunados años de mi vida, era a mi modo de ver un ejemplo cabal de esta condición, vital y literariamente. Algunos textos de ella parecen de Emily Dickinson; otros, de Rabelais.

Algo que ha complicado y enturbiado la historia es el sesgo “feminizante” que ha sido impuesto por la lectura machista de algunos textos clásicos de mujeres poetas. A mí, desde chica, me hicieron odiar a Gabriela Mistral con sus insoportables rondas maternales, y a Alfonsina Storni por su cursi sentimentalismo. Me llevó mucho tiempo comprender –y nunca acabaré de perdonar- a los grandes literatos y profesores de literatura que desde sus viriles pedestales apedreaban a las mujeres y mejores escritoras que osaban perturbar su primacía y magisterio.

Aparte de la historia literaria, hay muchas cosas que el lenguaje mismo nos enseña acerca de cómo la sociedad vive la sexualidad y sus representaciones. Por ejemplo, “orgasmo” en inglés y en francés, además de clímax sexual, significaba en sus orígenes ataque de cólera, violencia. Freud habla del instinto de muerte asociado al amor, a la ambivalencia amor-odio. Pero el lenguaje habla de la cólera –que no es lo mismo que el odio– asociada al deseo sexual. Esa relación estaba encapsulada en una sola semilla, la raíz indoeuropea *eis, y hay indicios de que sigue existiendo. En efecto, el lenguaje coloquial del erotismo actual siempre es muy violento.

Por ejemplo, la expresión “la volteé” (“I knocked her down”, en inglés) para expresar el acto sexual desde la perspectiva del varón, es una metáfora cruenta, que revela el machismo congénito de esta cultura.

Álvaro García Meseguer, en su interesante libro El Diccionario de la Academia y la discriminación sexual, señala las palabras halconera, verdulera, fulana, moza, entretenida, pupila, coja, y manceba, que todas significan nociones degradantes para la mujer, cuando sus masculinos no las conllevan. Lo mismo ocurre con las expresiones mujer pública, de punto, del partido, del arte, que significan todas “ramera”, mientras sus equivalentes masculinos son positivos o neutros.

Hay mucha hipocresía en este sentido. Se habla mucho de amor para disimular la ola de odio terrible que recorre el mundo entero. Las guerras son el producto de la ira, de la cólera entre los países ofendidos y los que se creen superiores. En ciertos ámbitos, la agresión ha adquirido connotaciones positivas, por ejemplo, “ser agresivo en los negocios”. Esta acepción fue destilándose en el español desde el inglés. Hoy en día, tomar la iniciativa de una manera avasalladora se considera como apropiado para un hombre de negocios. Es algo típico de esta época. Hay que tener la mente fría y alerta para poder calcular cómo destruir al enemigo, apropiarse de la bolsa, cómo llegar primero a la noticia de que va a cambiar el tablero de la economía en el mundo, entre otras cosas.

Estas pasiones están impulsadas por un motor donde arde la conjunción de codicia y poder.

Ménade relieve romano (Museo del Prado). Tomado de Wikipedia.

En el mundo clásico las pasiones se experimentaban y se percibían de otra manera. Por ejemplo, “manía” originalmente significaba un delirio sagrado, no patológico. Las ménades eran mujeres que encarnaban esta pasión. La manía clínicamente está caracterizada por un periodo de creatividad, de expansión y de mucha euforia sexual que se amplifica, llega a la agresividad y de ahí cae en una depresión típica. Pero hay sociedades más permisivas en las que este tipo de fenómenos no son individuales sino grupales: como están asignados a la esfera religiosa, la sociedad lo acepta dentro de ciertos márgenes.

Pero esta sociedad nuestra, temerosa y paranoica, no reconoce que el maniático patológico ensancha muchas veces, de modo notable, el dominio de su creatividad. Esto trae a la discusión el tema del genio y la locura. Muchos genios acaban destruidos porque la sociedad les pide que se “moderen”. Y a las mujeres en especial, se les pide modestia, y el borramiento que restituye a los varones al primer plano que ambicionan detentar con exclusividad.

Los diccionarios también son reveladores en cuestiones de género. Mientras existe el “furor uterino”, no hay un término específico para la patología que se manifiesta como violencia sexual en aquellos hombres que son violentadores con frecuencia. Es decir, no hay una palabra que mencione a aquellos que van violando chicas por ahí: ese comportamiento no tiene nombre específico, de eso no se habla. (Aunque ahora, en lenguaje popular, quienes violan y reinciden se llaman “violines”). Se relaciona al hombre con lo racional y moderado, y a la mujer con el delirio, la manía y la histeria, que etimológicamente se relaciona con los ovarios.

Actualmente el concepto de histeria está siendo reformulado, ya que se considera que también es masculina, y que es falso verla como condicionada por los ovarios. La mujer termina censurada o castigada: de inspiradora o musa pasa a ser la loca. Siempre existe esa ambivalencia sorprendente. La discriminación sexual en el diccionario es notable. La misma palabra dirigida a un hombre o dirigida a una mujer cambia de significado. Por ejemplo: “gobernante” alude a un cargo público de gobierno, pero “gobernanta” es la mujer que cuida a los niños. En España dicen “la arquitecto” o “la médico”, haciendo referencia a que lo profesional es algo masculino o bien que hay que masculinizarse para ser profesional. Es decir, se nota en el lenguaje mismo una manera de acorralar a la mujer, de hacerle pagar un precio por la igualación social o de derechos.

Cuando una mujer alcanzó por primera vez la magistratura presidencial en nuestro país, se desató un debate acerca de si debía decirse presidente o presidenta. Como lo hice notar en un artículo en esa época, nadie se había molestado previamente porque a las sirvientas se las llamara como tales, y no sirvientes. Claramente, lo que los partidarios de la presidente defendían era la masculinidad propia e imperdible del cargo supremo, en una sociedad todavía tan patriarcal como la nuestra. Estas actitudes tan reveladoras en el uso del lenguaje muestran a las claras cómo influyen los prejuicios en la conformación de nuestra conciencia cultural, y qué difícil es escapar a los mandatos ancestrales que todavía intentan reducir a la mujer, a pesar de tantos innegables progresos, a un papel secundario en nuestra sociedad.


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