lunes, 30 de septiembre de 2013

"Ver la belleza y el poder del lenguaje y el pensamiento ha sido reemplazado por preguntas relativas al género, la orientación sexual, teorías estructurales y posestructurales... y disparates de todo tipo".

Una entrevista a Harold Bloom, una de las figuras más influyentes de la literatura mundial







Harold Bloom: "El valor literario nunca es establecido por un crítico"

08 de febrero de 2013


A los 82 años continúa siendo una de las figuras más influyentes de la literatura mundial. En esta entrevista reniega de su poder como mandarín cultural, confiesa su predilección por César Vallejo y Gabriela Mistral, afirma que Nicanor Parra merece el Nobel y descalifica el realismo mágico como "un disparate"



La música clásica se escucha desde afuera. Son las dos de la tarde en New Haven. Cerca de la calle Whitney, en uno de los más bonitos y tradicionales barrios de esta ciudad -sede de la Universidad de Yale-, vive una leyenda de la crítica literaria, Harold Bloom.La belleza de los árboles en el fin del otoño, la rusticidad elegante de su casa, de tres pisos y madera; la puerta sin llave, un auto antiguo en la puerta. La música que lo acompaña siempre. Son presagios de quien está más allá de la puerta, y grita "entre, está abierto", adivinando quién viene, sin miedo a nada.


Se para con su bastón, le cuesta caminar a sus 82 años, y se sienta de nuevo en su lugar favorito, la cabecera de la mesa de comedor, llena de libros, cartas y hojas amarillas de bloc, donde anota sus clases; los poemas que les dará a leer a sus alumnos y su agenda, que maneja con celo. Con una mano en el teléfono -no le gusta el mail sino el teléfono- y otra en su lápiz, anota cada compromiso y va revisando sus meses venideros. Aunque ya no tiene la vida vertiginosa de antes, sigue dando clases dos veces por semana. Este semestre brinda un curso sobre Shakespeare, y otro de poesía. Y recibe a sus alumnos durante la semana, en grupos de dos o tres, mientras la energía no se le agota.

Habla lento, pausado, a veces como susurrando, en un inglés perfecto y bien pronunciado, eligiendo cada palabra con precisión. Ofrece té y galletas, lo mismo que les prepara a sus alumnos. Su mujer por más de 50 años, Jeanne, atractiva, elegante, discreta, aparece y saluda. "Voy a dar un paseo", dice y se despide. Bloom se queda mirándola mientras se va.

Nacido en Nueva York y criado en el Bronx, Harold Bloom ha tenido una influencia inusitada en la escena literaria. Ha publicado más de 20 libros, traducidos a más de 40 idiomas, entre ellos La angustia de las influencias , Anatomía de la influencia y Shakespeare: La invención de lo humano . No sólo es uno de los intelectuales que más ha estudiado a Shakespeare, sino también la influencia de éste y otros autores sobre los demás. También, a través de su libro El canon occidental , ha sido figura clave en decidir quién está en el Olimpo literario mundial y quién no. Ganador de la beca para "genios", MacArthur Fellowship, en 1985, es Sterling Memorial Professor de la Universidad de Yale hace 57 años.


-¿Volvería a escoger a los mismos latinoamericanos en su canon occidental?

-No. No. Fue arbitrario. Yo quería escoger a dos autores latinoamericanos escribiendo en español profundamente influenciados por Walt Whitman. Si tuviera que hacerlo de nuevo ahora, probablemente incluiría a César Vallejo, que pienso que es mejor poeta que Neruda. Neruda, en sus mejores momentos, es destacable. Y Borges es un caso muy especial. Sus mejores trabajos no fueron poemas.

-¿Cuáles fueron?

-Esos extraños cuentos, que, a pesar de eso, los encuentro un poco repetitivos. Siguen cierto modelo. Él fue un escritor derivativo. Y tuvo la brillantez de ocultar eso enfatizándolo.

Cesar Vallejo

-¿Y qué pasa con Neruda?

-En su mejor momento evoca a Whitman. Pero es infrecuente. Vallejo es más interesante.

-¿Usted conoció a Neruda?

-No, no.

-¿Cómo lo descubrió? ¿Después del Nobel?

-No, ya lo estaba leyendo. Tenía varios amigos que lo leían, incluyendo a uno que lo tradujo.

-Y aparte de Vallejo, ¿algún otro escritor latinoamericano que incluiría en el canon?

-Probablemente Gabriela Mistral. Tiene autenticidad, porque es sombría... lo que es muy bonito. (Piensa un rato, mira por la ventana.) Octavio Paz es probablemente mejor poeta que todos ellos. Paz, en sus grandes momentos, es destacable.

 
Octavio Paz

-¿Se conocieron bien?

-Sí, nos conocimos bastante. Gran poeta, hombre muy extraño. Tenía ideas muy raras.

-¿Cómo cuáles?

-Creía en el yoga tántrico.

-¿Cómo lo supo usted?

-¡Él me dijo!

-¿En serio?

-Claro. Se había casado con una señora de la India, y decidió... me ruboriza decir esto, estoy muy viejo . -Sonríe-. Él pensaba que sus ideas sobre yoga tántrico podrían liberar su sexualidad. Muy extraño. Muy mesiánico. Ciertamente un maravilloso poeta. Su libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe es maravilloso. Probablemente lo mejor que escribió.

-¿Cuál cree usted que es la contribución de la literatura latinoamericana? ¿Qué piensa, por ejemplo, del realismo mágico?

(Carraspea y mira fijo, moviendo la cabeza) -Al novelista mexicano Juan Rulfo lo encuentro mucho más interesante que al tardío García Márquez o Cortázar. Rulfo era muy interesante. Pero el realismo mágico es un disparate. La idea es tonta. Es la descripción del futuro de la fantasía, que pasa a través de todas las edades y religiones. No fue bueno.

-¿Por qué cree que fue tan exitoso como tendencia en Estados Unidos y Europa?

-Las modas suben y bajan... de la misma manera que los vestidos y faldas de las mujeres suben y bajan... No significa nada. En una perspectiva más larga no importa.

-Pero hizo una gran diferencia en los escritores latinoamericanos que fueron catalogados dentro de esta tendencia.

-Claro, ciertamente les ayudó a tener un público.

Nicanor Parra

-Hablemos de Nicanor Parra, a quien usted ha elogiado ¿Por qué le gusta?

-Bueno, los suyos no son antipoemas, como dicen, son poemas. Son meditaciones, a veces alegres, pero frecuentemente muy plañideras y tristes. Y él tiene mucho autoconocimiento, conoce sus propias limitaciones. Ha tenido muchas experiencias de vida. ¡Quizá unas cuantas mujeres!

-¿Usted ha conocido a Parra?

-No. Hemos hablado por teléfono y cartas.

-¿Usted cree que Parra merece el Nobel?

-No se lo darán, porque Mistral y Neruda lo tuvieron. No creo que premien a un tercer poeta chileno. Pero sí, él se lo merece. Su poesía es vibrante e interesante. Pero no se lo darán.

-Tiene una tradición muy distinta de la de Neruda y Walt Whitman.

-Hay un toque de Walt Whitman. Él me ha dicho que está muy interesado en Whitman... supongo que tradiciones francesas como el surrealismo y el dadaísmo tienen algo que ver con sus inicios. Tiene mucho humor... Pero no le darán el Nobel. Eso es muy malo

A través de su ventana se ve el invierno por venir en Connecticut. El frío que comienza a calar hondo, las ardillas que lo evaden en los troncos, hojas doradas en el suelo y muchas flores. En su mesa, un jarrón de rosas blancas. Y muchos libros, algunos ordenados y reverenciados, otros en total desorden, lo rodean. Mientras habla a veces se toca los ojos, tratando de encontrar las palabras, o quizás espantando la fatiga que lo amenaza siempre. Dice que duerme poco y a saltos, que no tiene mucha energía, que vive exhausto. Sin embargo, nada de eso es coherente con su agenda, que mira en su mano, llena de clases, visitas de alumnos, viajes a Nueva York. Es como si espantara el fantasma del cansancio invocándolo a cada rato.

-¿Cómo se siente ser el más influyente y controvertido crítico de nuestro tiempo, según The New York Times?

-¡No sé de quién estás hablando! -Se ríe.

-Debe ser una enorme responsabilidad...

(Niega con la cabeza) -¡Es ridículo!, es como si yo te dijera: ¿cómo te sientes al ser tú? ¡Es sólo tu vida!

-Pero The New York Times...

-¿Y a quién le importa lo que dicen? Pasados los 80, ya no te preocupas de esas cosas. ¿Para qué?

-¿Cómo ha vivido con ser la voz que decide quién tiene valor literario o no?

-Nadie puede hacer eso. El valor literario nunca es establecido por un crítico particular o un grupo de críticos. El valor literario se establece por generaciones de poetas, novelistas y dramaturgos que han tenido que luchar contra la influencia de escritores particulares, una influencia que consideran ineludible. Y haciendo eso, establecen su valor. Realmente no importa lo que dices de ellos.

-Usted ha sido un crítico muy influyente.

-La única influencia que he tratado de tener o que realmente he tenido es que éste es mi 57o año como profesor. Desde que estuve enfermo, hace cuatro años, ya no doy charlas ni conferencias. Sólo enseño a este grupo de doce jóvenes seleccionados. Vienen aquí uno a uno, o en grupos. Eso es lo único que importa, la influencia en el futuro, pero es impalpable, no se puede saber realmente.

-Usted ha vivido dedicado a la literatura. Si volviera atrás, ¿haría lo mismo?

-¿Te refieres a la misma profesión? Creo que yo, claramente, iba a ser un profesor.

Cuenta que desde joven leía y reflexionaba sobre los poemas. Fue un niño precoz y literario. Pero dice que con los años se ha degenerado su disciplina de estudio. Ha escrito -y mucho- sobre lo que denomina "la escuela del resentimiento", que para él implica que la literatura no se lee desde la literatura misma, sino desde otras disciplinas, como la antropología o los estudios feministas. "Ver la belleza y el poder del lenguaje y el pensamiento ha sido reemplazado por preguntas relativas al género, la orientación sexual, teorías estructurales y posestructurales... y disparates de todo tipo. Ha degenerado en una parte de la ciencia social, así que no estoy seguro de que lo hubiera elegido. Profesor hubiera sido. Quizá me habría convertido en un profesor de historia de las religiones, pero no sé qué habría hecho. Especialmente cuando queda tan poco tiempo."

Dice que quizá no habrá libros impresos de aquí a 20 años. Que el mundo como lo conocemos se está acabando. "Habrá lectores, pero será diferente. Y las universidades también serán diferentes. La persona hablando y la persona escuchando nunca se encontrarán. Cuarenta mil personas a la vez. Ésa no es mi idea ni lo que yo hago. Es todo distinto de lo que he hecho, que he enseñado uno a uno a mis alumnos. ¡Así es que soy un dinosaurio!"

Sus clases son los miércoles y jueves en uno de los edificios más lindos e históricos del campus de Yale. Una gran mesa de madera antigua, rodeada de sillas nobles y antiguas, y un pizarrón del estilo clásico, negro y con tiza blanca. Su docena de elegidos se sienta alrededor, él en la cabecera, y hay un alumno que hace las veces de ayudante, siempre a su derecha. Llega temprano, alrededor de la una, con un bolso azul con sus libros, los textos que se analizarán en clases, una botella de agua y una bolsa Ziploc con nueces. Cada hora hace un pequeño recreo, se levanta con su bastón, camina y vuelve.

Emily Dickinson

Tiene una memoria prodigiosa. Se sabe, desde la segunda clase, todos los nombres de sus alumnos. Los llama " child ", " children ", los trata como hijos o nietos, más bien. Los incita a dar sus opiniones, sus análisis de escritores complejos, como Shakespeare, Whitman, Melville o Emily Dickinson. Sólo cuando los alumnos han hablado bastante, él da su visión. Su palidez contrasta con la firmeza de su voz y sus ideas. Mira hacia el frente y comparte su mirada sobre lo leído, sus anécdotas también, sus cavilaciones acerca de autores que ha estudiado. Cada comentario de los alumnos lo agradece, y los hace leer en voz alta a todos. "Inspira profundamente y lee, Max", dirá, mientras uno de sus alumnos predilectos lee a Whitman o a Dickinson. Max estuvo enfermo algunas semanas, y Bloom le dio clases vía Skype. Cuesta imaginar lo que cuenta el mismo Bloom, que antes fue un profesor severo, capaz de decirle a un alumno que su trabajo era tan malo que no merecía calificación.

-¿Cuánto ha cambiado como profesor?

-Cuando empecé, antes de operaciones de todo tipo, del corazón y otros desastres, hablaba mucho en clases. No podía dejar de hablar. Sentía que tenía tanto que decir... Me tomó muchos años aprender a quedarme callado y escuchar. Ya no tengo esa energía tampoco. Hablo lo menos posible y los estimulo a que hablen ellos. Creo que sólo en los últimos años me he transformado en un buen profesor. Conozco mucho las materias de las que hablo, y sobre todo estoy interesado en mis alumnos, quiero verlos convertirse en sí mismos. No tengo nietos. No tendré nietos. Y algunos de mis alumnos se convertirán en nietos. Quizás debiera haber dejado de enseñar, pero no quiero. Cuando viene el mal tiempo, lo más frecuente es que la clase sea en esta casa. No es fácil.

-¿Qué habla con sus alumnos cuando lo vienen a ver?

-Lo que más hago es escucharlos. Pero no quiero entrometerme en sus vidas personales.

-Pero le pedirán consejos, ¿no?

Yo no tengo sabiduría. Sé donde la puedes encontrar. La puedes encontrar en Shakespeare, Cervantes o Dante, ahí puedes encontrar sabiduría, partes de la verdad. Además, yo estoy más y más consciente de mis propias limitaciones. La vida no funciona deseando mucho algo y obteniéndolo. Con los años ves los monumentos rotos de tus grandes deseos.

-¿Cómo funciona la vida, entonces?

-Simplemente no funciona así... Además, crecí emocionalmente muy despacio. Antes de conocer a Jeanne, me enamoraba cada día de alguna mujer joven. Todo muy confuso. Yo no creo que los remordimientos sean algo bueno para la gente. ¿Tú tienes arrepentimientos? Creo que todos queremos sentir que hemos triunfado en algo, pero yo no siento eso.

-¿Por qué?

-Ni siquiera un poco. A nuestros hijos no les ha ido bien. Jeanne y yo seguimos aquí, pero es porque ella ha sido paciente y sabia. Yo no era ni un buen esposo ni buen padre. Sólo en los últimos años me he convertido en un buen profesor y no tengo ninguna ilusión sobre lo que escribo. Desaparecerá.

Wallace Stevens

-Pero usted ha escrito decenas de libros.

-No importan. En 50 años nadie sabrá quién fui. No es que me afecte. Sólo espero tener unos siete u ocho años más, seguir enseñando, escribir un poco más. Estar en la compañía de Jeanne. Cuando era joven yo tenía sueños de felicidad, como todos. Pero es un juego, eso no pasa. Incluso la gente más talentosa, como Wallace Stevens, no era feliz consigo misma.

Se escucha un ruido en la puerta. "¿David? Entra, hijo." David, alumno brasileño de menos de 20 años, entra y lo saluda. Ayer vino con sus padres a ver al profesor y tocó el piano para todos. Bloom llama a su mujer, le dice que David tocará de nuevo. El joven se sienta al piano, algo intimidado. Harold Bloom permanece sentado frente a la mesa. Jeanne, sonriente y sentada en una silla reclinable cerca del piano, cierra los ojos y escucha.



Tomado de La Nación

 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Lítost, Torschlusspanik, Schadenfreude, Kyoikumama, Karoshi, Hore shakul:

Palabras sin traducción y otras rarezas lingüísticas







 Enrique Alpañés                          

July 25, 2013





Un estudiante nadaba con una estudiante en el río. La chica era una deportista y él en cambio era un nadador desastroso. La chica lo amaba perdidamente y tenía tanto tacto que nadaba igual de despacio que él. Pero cuando la natación se acercaba ya a su fin, quiso pagar rápidamente la deuda que tenía con sus aficiones deportivas y se lanzó con rápidas brazadas hacia la orilla. El estudiante intentó avanzar más rápido y tragó agua. Se sintió humillado, puesto en evidencia en su inferioridad física y sintió lítost.



Milan Kundera escribió estas líneas en El Libro de la Risa y el Olvido, publicado en España por Tusquets y traducido casi en su integridad. Casi. Hay una palabra, ‘lítost’ que se mantiene en el checo original. Hace referencia a la agonía que se siente al ser consciente repentinamente de la propia miseria. “He buscado vanamente en otras lenguas el equivalente de esta palabra” asegura Kundera, “me parece difícil que alguien pueda comprender el alma humana sin ella”.


Decir que el español es muy rico es como decir que el gotelé es muy sufrido o que el Rey es muy campechano. Un lugar común que a fuerza de repetirse ha perdido ya su contenido. Según afirma José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia de la Lengua Española en el diccionario se registran 88.000 palabras, el inglés (que se suele poner como ejemplo de idioma pobre y con poco vocabulario) registra más de 170.000 definiciones en su diccionario de referencia, el Oxford, aunque también es cierto que ellos abusan más de las palabras compuestas.


“Se suele estimar el léxico de una lengua añadiéndole un 30% al que recogen los diccionarios”, asegura Pascual. Pongamos entonces por caso que hay cerca de 115.000 palabras en castellano. Son muchas, sin duda, pero no suficientes. Cada idioma tiene sus matices, sus inflexiones y sus palabras imposibles de traducir, lítost es solo una de ellas, hay muchas más.


Si un idioma es un reflejo de sus hablantes los alemanes cumplen los tópicos y se revelan como unos trabajadores incansables. Torschlusspanik es el miedo a que las oportunidades disminuyan a medida que nos hacemos viejos, freizeitstress, el estrés del tiempo libre y todas las actividades que haces para ocuparlo.


Pero hay otra palabra, schadenfreude, que ha cobrado más relevancia e incluso se ha tomado prestada en distintos idiomas. Hace referencia al sentimiento de gozo que se produce al observar el sufrimiento ajeno. No es sadismo, no es envidia, es un término intermedio que encarna a la perfección ese ansia (tan común en la prensa rosa) de asistir a la caída a los infiernos de los ídolos, esa risa involuntaria que brota al ver una caída ajena o el gozo interno que nos invade cuando vemos al final de la película que el villano de turno recibe su merecido.

Tenemos que irnos al otro extremo del planeta para encontrar el antónimo de schadenfreude, hablamos de mudita, un concepto budista que hace referencia a la felicidad que genera la felicidad ajena.



También el japonés refleja en su vocabulario la cultura trabajadora de sus gentes, desde la castrense kyoikumama (madre que presiona despiadadamente a sus hijos para que obtengan logros académicos) hasta gaman, la determinación para afrontar los obstáculos en la vida, de persistir frente a desafíos que parecen insuperables.

Pero el término psico-laboral más extraño que tienen los japoneses no es ninguno de los anteriores, es karoshi, una palabra tristemente de moda en el país que hace referencia a la muerte por estrés laboral.


Gigil expresa en filipino lo que sienten todas las abuelas cuando cogen a sus nietos en brazos, esas ganas de morder o pellizcar algo insoportablemente tierno.


Tartle se utiliza en Escocia para denominar ese momento de vacilación cuando vas a presentar a alguien y no recuerdas su nombre.


Boh es probablemente la mejor expresión que tiene el italiano, sirve para decir con solo tres letras que no tienes ni idea.


Más románticos son los árabes que al pronunciar ya’aburnee (literalmente, tú me entierras) aluden al deseo de morir antes que su interlocutor para no tener que soportar su pérdida. Y seguimos con el macabro tema de la muerte, solo hay un idioma conocido para nombrar algo tan desgarrador como la pérdida de un hijo. Hay huérfanos, hay viudos, y en Israel hay hore shakul.


Los franceses no son de palabras sino de expresiones únicas, y sorprenden nombrando conceptos tan concretos como el ingenio de tener la respuesta acertada cuando es demasiado tarde (l’esprit de l’escalier) o pasar la mañana vagueando en la cama (grasse matinée).


No hay nada intraducible y los que se dedican a ello profesionalmente son conscientes. Todo puede solucionarse con un circunloquio, con una palabra equivalente en el fondo y distinta en los matices. Tampoco existe nadie que domine todos los idiomas del mundo (7105 según ethnologue)  así que es un poco exagerado asegurar que hay palabras únicas. Pero sí que existen palabras sin equivalente en la mayoría de los idiomas conocidos, conceptos que por su mayor uso o por la evolución idiomática han derivado en pequeñas rarezas lingüísticas. Joyas hechas palabras.




Vladimir Nabokov, además de escribir Lolita, la tradujo del inglés al ruso, esa y muchas obras más, propias y ajenas. Era un defensor de la traducción literal, sin cambiar ni un ápice (a pesar de que fuera el responsable de que en Rusia no hablen de Alicia sino de Ania en el País de las Maravillas).



Sin embargo, reconocía que había palabras que no tenían traducción posible y hacía hincapié en una: toska. “Ninguna palabra del inglés traduce todas las facetas de toska”, decía el autor.

“En su sentido más profundo, es una sensación de gran angustia espiritual, a menudo sin causa específica. En el aspecto menos mórbido es un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que nada haya que anhelar. En su nivel más bajo, se reduce al hastío, al aburrimiento”.

Tanto toska como lítost hacen referencia a sentimientos. Haciendo un breve repaso nos damos cuenta de que la mayoría de palabras sin traducción lo hacen. Y dicen más de lo que encierra su estricto significado, dicen cosas sobre quien las habla.

Tomado de Yorokobu






sábado, 28 de septiembre de 2013

Un espacio digno de una novela Steampunk:

La Biblioteca Pública Arús, la primera biblioteca pública de Barcelona

  

Un farol (faro) sirve de presentación de la Biblioteca pública Arús al transeunte . Que mejor mejor forma de difundir la la luz de los libros

Estimados Amigos

Hoy compartimos esta nota que hayamos en uno de nuestras perennnes pesquisas en la red. Es un espacio mágico y como dijimos en el título de la entrada digno de ser tomado como ambientacion para una narración Steampunk (A nuestro amigo by PacoMan debe encantarle). Ciertamente es muy sencillo imaginarse una conferencia aqui de La Liga de los caballeros extradordinarios o un encuentro casual entre Julio Verne y H. G. Wells.  La Biblioteca pública Arús tiene un gran fondo de textos relacionados con el movimiento obrero por lo que tambien es muy fácil imaginarse aquí a los lideres obreros tratatando de cambiar el mundo para mejor. Este espacio creado por un masón esta lleno de pasadizos secretos lo que le da un valor agregado en nuestra imaginación que de manera afiebrada se pone a hilar posibles historias aqui. Lo cierto es que es un lugar digno de ser visitado.



Esperamos disfruten del texto  escrito por Josep Brunet, su actual coordinador.

Y para los que no la conocen y estén en Barcelona o cerca de ella no dejen de visitarla.



Richard Montenegro

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La primera biblioteca pública que existió en Barcelona cumplió su primer centenario el año 1995. La Biblioteca Pública Arús fue donada al pueblo de Barcelona por el intelectual y filántropo Rossend Arús y Arderiu, el año 1895.



Gracias a este hecho, la ciudad se dotaba no sólo de un extraordinario fondo bibliográfico que se conserva intacto, aunque todavía hoy, sea desconocido por una gran parte de los estudiosos, sino también de una auténtica joya arquitectónica.

Rossend Arús


Diseñada en su momento por el ilustre arquitecto, y amigo personal de Rossend Arús, Bonaventura Bassegoda y Amigó, las obras fueron llevadas a cabo por el maestro de obras Pere Bassegoda y Mateu. De la decoración se encargaría Josep Lluís Pellicer y Fanyé.

Bonaventura Bassegoda y Amigó


En la entrada de la Biblioteca está la escultura de Frederic-Auguste Bartholdi, reproducción de “La libertad iluminando el mundo”. Se trata de una estatua de la libertad como las que se encuentran en Nueva York o en París, todavía hoy en día símbolos muy especiales de una forma de pensar.



Una vez dentro de la biblioteca, el lector podrá tener a su disposición más de 75.000 volúmenes perfectamente catalogados para consultar, con personal especializado para asesorarle, en sus magníficas salas de lectura que, gracias a las aportaciones del Ayuntamiento y de la Diputación de Barcelona, hoy en día se encuentran totalmente restauradas luciendo su antigua belleza.



En la Biblioteca Arús, entre otras obras importantes se pueden examinar las actas y la correspondencia manuscritas de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) durante sus primeros años. En algunas de ellas se encuentra la firmas originales de Anselmo Lorenzo y de Pablo Iglesias, entre otras.



Cualquier estudioso de los movimientos sociales y obrero en particular, dispondrá aquí de todo tipo de información, a veces única. Ya en el año 1929 el periodista y escritor, colaborador de El Socialista, Juan José Morato, definió con estas palabras la Biblioteca: “Quizá no hay en España archivo ni biblioteca tan rico en documentos de este género”.



Asimismo, este tipo de publicaciones no es lo único que el lector puede consultar, sino que dispone también de obras sobre historia general, música, medicina y arte militar de los siglos XVII, XVIII, XIX y mediados del XX, además de un fondo temático diverso procedente de su carácter de biblioteca pública de la primera época.


viernes, 27 de septiembre de 2013

“Quería entender lo que dice la gente, no lo que la literatura dice que dice”.

Entrevista a al escritora canadiense Sheila Heti






  • Sheila Heti publica '¿Cómo debería ser una persona?', una rara celebración de la amistad femenina


  • La autora ha utilizado transcripciones de conversaciones y correos reales de sus amigos


  • El libro ha sido una sorprendente sensación editorial en Canadá y Estados Unidos

 

 

Virginia Collera 27 ABR 2013 



El arte y la amistad se alimentan mutuamente. Yo siempre quise crear con amigos, como los surrealistas. Cuando estudiaba y leía sobre ellos me daban verdadera envidia porque la amistad ocupaba un lugar muy importante en su arte”, explica Sheila Heti (Toronto, 1976), recién levantada pero locuaz —y en pijama— en conversación vía Skype. A ella, que ese París de los surrealistas le quedaba muy lejos en el tiempo y el espacio, no le quedaría más remedio que crear en soledad, concluyó con resignación. Pero ¿Cómo debería ser una persona? (Alpha Decay), el cuarto libro de su excéntrica bibliografía y toda una sensación editorial en Canadá y Estados Unidos, vuelve a demostrar que se equivocaba.



¿Cómo debería ser una persona? se completa con el subtítulo Una novela desde la vida porque parte de las de Heti y su círculo de amigos. En 2005 la canadiense acababa de publicar su segundo libro, Ticknor, y lo último que necesitaba era volver a encerrarse a escribir otra novela. “Cuando llegas al final de un proyecto todo lo que formó parte de él está agotado. Es como romper con tu novio, ¿a que no tendría ningún sentido volver con él? Buscaba algo nuevo”. Mientras pensaba qué hacer, Heti decidió grabar las conversaciones de sus amigos “porque quería entender lo que dice la gente y no lo que la literatura dice que dice la gente”. No fue una “decisión premeditada”, insiste, pero con el tiempo se dio cuenta de que en esas transcripciones —y en algunos correos electrónicos reales que también copia y pega— estaba su siguiente libro. Las protagonistas son la propia Sheila y su amiga, la pintora y cineasta Margaux Williamson. Los secundarios, el escritor y filósofo Misha Glouberman, y el crítico y artista Sholem Krishtalka. “Me gustó tanto lo que escuché en las grabaciones que cuando traté de escribir a partir de ellas me di cuenta de que no tenía sentido inventar personajes de ficción. Además, por esa época Margaux no paraba de decir que había que ser económico y utilizar los recursos que tienes a tu alrededor”. Es decir, a los amigos. La propia Heti posó junto al diseñador gráfico Paul Sahre para Important Artifacts and Personal Property from the Collection of Lenore Doolan and Harold Morris, Including Books, Street Fashion, and Jewelry (2009) de Leanne Shapton, un libro de ficción disfrazado de catálogo de subastas que narraba la historia de una pareja a través de sus objetos personales, y en 2010 protagonizó la película experimental Teenage Hamlet dirigida por Williamson. Así pues, con ¿Cómo debería ser una persona? había llegado su turno. “Es como volver a la infancia y jugar con tus amigos. Hoy los míos son artistas: a veces jugamos con sus reglas y otras con las mías”.



“Un chapuzón realmente extraño, pero divertido, en la búsqueda de la autenticidad”. Eso es para la también escritora —y también canadiense— Margaret Atwood ¿Cómo debería ser una persona? Para Lena Dunham, la creadora de la serie Girls con quien se compara continuamente a Heti, “es una novela increíble en la que la metaficción se cruza con la no ficción. Es divertida y rara”. Para la artista y cineasta Miranda July es “un libro que lo arriesga todo y pulveriza todas esas normas que las mujeres seguimos para que nos tomen en serio”.

 La obra se presta a estas definiciones y a muchas otras porque en ella hay ficción, no ficción e intencionada confusión. “A mí me encanta no comprender del todo las reglas que un artista ha seguido a la hora de crear una obra de arte. Ahí tienes a Agnès Varda. Ves sus películas y piensas ‘¿qué? ¿cómo?’. Sin embargo, en la ficción no hay misterio porque el lector entiende que el escritor ha imaginado a los personajes”, razona Heti. Y dado que el libro había nacido como un experimento, ¿por qué no tratar de desorientar al lector y recuperar parte de ese misterio perdido?



Para lograrlo, Sheila Heti sembró desconcierto en el fondo y en la forma de la novela, para la que ha empleado —le recriminan algunos— un lenguaje extremadamente sencillo para reflexionar sobre cuestiones —éxito, fama, arte, amistad, relaciones de pareja— extremadamente complejas. “Mi anterior libro era tan denso, tan difícil de leer, tan literario. Así que para este me inspiré en Andy Warhol: quería que la novela fuera pop, que cualquiera pudiera leerla, que pareciera fácil”.

 ¿Cómo debería ser una persona? le han preguntado insistente y previsiblemente a Heti en lecturas, en ruedas de prensa, en entrevistas, y ella sigue encogiéndose de hombros. “Era una pregunta que me preocupaba. Cómo ser una persona, cómo ser mejor, pero no buscaba una respuesta. Además, la pregunta también se refiere a otra cuestión: no solo a cómo deberíamos ser o actuar, sino a cómo ser como objetos. En el libro hay pasajes sobre la veneración y la idea de convertirse en un ídolo. Yo creo que la pregunta es tan legítima como falsa porque no puedes mirarte a ti mismo como a algo que creas, como a una obra de arte. El ser humano no es eso, pero, al mismo tiempo, es inevitable y todos nos planteamos este tipo de preguntas”.



La Sheila del libro no tuvo amigos hasta los 25 años. Ese detalle biográfico, aclara Heti, no se corresponde con su vida. Otros, sí: la Sheila de ficción, como ella, vive en Toronto, ha pasado por un reciente divorcio, es escritora y sus amigos son, en su mayoría, artistas. En la vida de ambas, la amistad es fundamental. Y, al menos en la obra de la Sheila real, también. ¿Cómo debería ser una persona? es una celebración de la amistad entre dos mujeres. En Ticknor, su segunda obra, noveló la amistad entre dos hispanistas norteamericanos del siglo XIX, George Ticknor y William Prescott, y en la tercera, The chairs are where the people go, un peculiar libro de ensayo, escribió al dictado de su buen amigo Misha Glouberman: él hablaba sobre improvisación, activismo o monogamia y Heti se limitaba a transcribir. “Creo que, en general, se pone demasiado énfasis en el amor romántico y hay mucho más. Para mí la amistad siempre ha sido muy importante, pero a medida que me hago mayor valoro cada vez más mi relación con otras mujeres. Cuando era más joven me interesaban más los hombres, era con ellos con quien tenía unos vínculos más fuertes, pero ahora estoy fascinada con las mujeres”.



Como su amiga Margaux Williamson. “En este libro he ido contra todos mis instintos gracias a ella. Por primera vez no he pensado, ¿cómo puedo hacer que este libro sea perfecto? Me he limitado a escuchar a Margaux, a tratar de ver el mundo a través de sus ojos y de crear arte a su manera. Escribir este libro apoyándome en ella es lo mejor que me podía haber pasado. Ha sido totalmente liberador. A veces me pregunto: ‘¿Y si nunca la hubiera conocido? Y llego a la conclusión de que sería una pesadilla. ¡Solo escribiría novelas estúpidas!”.



¿Cómo debería ser una persona? Una novela desde la vida de Sheila Heti. Traducción de Regina López Muñoz. Alpha Decay. Barcelona, 2013. 312 páginas. 20,90 euros.

Tomado de El país







jueves, 26 de septiembre de 2013

LA BIBLIA Y EL VALOR DE UN BUEN LIBRO, por D. H. Lawrence






“El verdadero gozo de un libro consiste en leerlo una y otra vez, hallándolo siempre distinto, encontrando otro significado, otro nivel de sentido. Se trata como siempre de un problema de valores: nos desborda tal cantidad de libros, que apenas nos damos ya cuenta de que un libro puede tener un valor, un valor como el de una joya, o un hermoso cuadro, en el que podemos profundizar más y más y obtener una experiencia más profunda cada vez.”

* * * * * *

El proceso malogra sus propios fines. Mientras la poesía judía penetra las emociones y la imaginación, y la moralidad judía los instintos, la mente se vuelve tozuda, persistente, y al final repudia toda la autoridad de la Biblia, alejándose de ella no sin cierta repugnancia. Este es el caso de muchos hombres de mi generación.


Un libro tiene vida en tanto que es insondable. Una vez que es desentrañado, muere de inmediato. Resulta sorprendente lo diferente que un libro puede ser, leído al cabo de cinco años. Algunos libros ganan inmensamente, son como algo nuevo. Resultan tan increíblemente distintos, que hacen a un hombre cuestionarse su propia identidad. También, otros libros pierden inmensamente. Leí “Guerra y Paz” una vez más, y me sorprendí al comprobar lo poco que me motivaba, casi me espantaba pensar en los arrebatos que una vez me hizo sentir, y que ahora ya no sentía.

Así es. Una vez que el libro es desentrañado, una vez que resulta “conocido”, y su sentido queda fijado y establecido, está muerto. Un libro se halla vivo mientras tiene poder para movernos, y movernos de un modo “diferente”; en cuanto que lo encontramos “diferente” cada vez que lo leemos.



Debido al aluvión de libros superficiales que realmente se agotan a la primera lectura, la mente moderna tiende a pensar que todos los libros son iguales, que concluyen a la primera lectura. Pero de hecho no es así. Y gradualmente la mente moderna se dará cuenta otra vez.

El verdadero gozo de un libro consiste en leerlo una y otra vez, hallándolo siempre distinto, encontrando otro significado, otro nivel de sentido. Se trata como siempre de un problema de valores: nos desborda tal cantidad de libros, que apenas nos damos ya cuenta de que un libro puede tener un valor, un valor como el de una joya, o un hermoso cuadro, en el que podemos profundizar más y más y obtener una experiencia más profunda cada vez.

Es mejor, mucho mejor, leer un libro seis veces, a intervalos, que leer seis libros distintos. Porque si un determinado libro te mueve a leerlo seis veces, la experiencia será cada vez más profunda, y enriquecerá a toda el alma, de un modo emocional y mental. En tanto que seis libros leídos solamente una vez son una nueva acumulación de nuestros días, la cantidad desprovista de valor real.

Tendremos, pues, a los lectores divididos de nuevo en dos grupos: la gran masa, que lee por entretenimiento y con un interés momentáneo, y una pequeña minoría, que sólo quiere libros que posean un valor para ellos mismos, libros que aporten experiencia, incluso una experiencia más profunda.

La Biblia es un libro que mataron momentáneamente para nosotros, o para algunos de nosotros, al fijar arbitrariamente su significado. Sabemos plenamente que, en su significado superficial o popular, está muerto, que nada nos aporta ya. Peor aún, por la vieja costumbre convertida casi en instinto, nos provoca un estado de sentimientos que ahora nos repugna. Detestamos la “capilla” y la sensación de domingo escolar que la Biblia inevitablemente nos impone. Queremos librarnos de toda esa “vulgaridad”, puesto que vulgar es.

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D. H. LAWRENCE, Apocalipsis, 1932. Publicado dos años después de la muerte del autor. [FD, 06/12/2006].


Tomado de Filosofía Digital