miércoles, 18 de enero de 2017

LA PROMESA QUE NOS HACE LA NOCHE



Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes un  acercamiento al  libro La promesa que nos hace la noche del poeta Sergio Quitral realizado por nuestro amigo Alberto Hernández.


Deseamos disfruten del texto.




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**Alberto Hernández**

La noche está aquí, a la hora de escribir esta crónica. Ha caído sobre la ciudad y el cielo no existe. Acerco mis ojos al título: “La promesa que nos hace la noche”, de Sergio Quitral, y me siento acompañado por el clima con que me recibe el ojo abierto de la ventana. 

Con ese libro Quitral obtuvo el Primer Premio de la Bienal de Poesía “Roque R. Muñoz”, y fue publicado por la Gobernación de Carabobo en la Colección María Clemencia Camarán N° 126 en el año 2002. 

Me atrae el verso directo, desencajado e irónico de algunos poemas de este libro. Me llaman la atención “La muerte de la gallina”, “Peinándome”, “Gimnasio” y “Las Ratas”, este último cercano en el tono al primero. 



A veces las ilustraciones de algunas publicaciones promueven otras lecturas en el curioso que se acerca a ellas. En la portada de esta de Quitral aparece el retrato de dos personas mayores. Imagino que son sus padres o algunos parientes australes de nuestro autor. Y en el fondo un paisaje extraño, que una vez leídos los poemas se aproximan a la intención temática del escritor.

Pero bueno, dejemos esa preocupación a los ilustradores.

Los poemas, los mencionados arriba, son los que me condicionan como lector. Me llevan a sentirme ante un autor cuyo imaginario es más que una promesa. Es un poeta que registra acordes interiores con una lengua despojada, acentuada por la ironía.

El poema que abre el libro, “La muerte de la gallina”, me hace retornar a Quiroga. Tiene un cierto aire de maldad, de delicada insensibilidad infantil. Su lectura abruma en tanto relato de un evento cercano al morbo, pero dicho, escrito, con cierto regocijo creativo. 

Veamos:

Como un baile

a la noche abuela la amarra

boca abajo en un alambre

hace frío

y la gallina no sabe que ha muerto

Como un baile a la noche

pone a hervor las ollas

donde se quema la noche

ella sigue aleteando y luego

con grandes patas fuera de la olla

su cuerpo regresa a otra cáscara

miro los ojos de la gallina

al quitar las plumas a tirones

abuela sabe que la vida

ya no importa

ella es vieja y lo sabe

la vida es un tormento

esa agonía final

es un baile que se rinde

solitario

y cae

y esa rabia

ese espanto

lo bebemos

en el caldo”.

Una “cercanía” metonímica entre la muerte de la gallina y la edad de la abuela. Ese juego revela una cierta gracia perversa que atrapa al lector.

Con “Peinándome” el personaje se divide, se hace dúo de sí mismo. La raya del cabello se aleja de él y también hace del mundo un doble: dos mundos desde la perspectiva del alisamiento del pelo. La edad de nuevo: 

“la vejez conoce el camino

la vejez es astuta”. 

Se aleja en una raya, en un línea que podría ser infinita. 

Creo que el poema “Gimnasio” ha sido uno de los más celebrados de esta publicación. Una vez más el autor insiste en metaforizar la existencia, y lo hace desde la finitud de la vida. El gimnasio es un referente que reúne cuerpos jóvenes: a la larga dejarán de serlo, más allá de todos los esfuerzos.

Vale la pena citarlo:

“En la vidriera iluminada

del gimnasio

gente que corre

gente que pedalea en sus máquinas

afuera

la noche sabe que sus vidas

no irán a ninguna parte

corren

pero la noche es más rápida

cómo podrán escapar

de la locura de un cuarto negro

del encierro de sus vidas

y del viejo televisor

cuando sean viejos

la noche es más rápida

corren

pero la noche afuera sube

que la muerte viaja sentada

en nosotros”.

La cortedad del tiempo: la vida y la muerte. 

Y la vejez. Ese guiño permanente del cual no escaparemos si no se muere joven producto de una caída en el gimnasio cotidiano. O de alguna dolencia biológica.



“Las ratas” se lee como el primer poema, repito, con el mismo tono oscuro, pero irónico, pero con la suma de la preocupación por el otro, por la descendencia. Relata la muerte de un roedor en una olla hirviente. La muerte asoma su hocico poético en este breve pataleo metafórico: el temor por la familia. 

He allí la imagen de quien durante la noche, “desde la noche”, oye las uñas de la rata en la olla. 

Estos poemas permiten advertir de otros que seguramente ya andan por allí en otros libros. De Quitral conozco algunas entrevistas. Parte de su biografía. Y este libro del cual me han quedado estos sonidos. 

Las promesas que nos hace la noche no son muy confiables.


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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».






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