jueves, 27 de octubre de 2016

ELOGIO AMISTOSO AL ESCRITOR RAFAEL SIMÓN HURTADO


Orlando Chirinos. Rafael Simón Hurtado y José Carlos De Nóbrega. En la FILUC 2016 el 19 de octubre de 2016. Fotografía José Antonio Rosales



José Carlos De Nóbrega


     Dios y el Diablo nos libren de la revisita a las sociedades de cómplices: Nuestra tarea es consolidar una comunidad cultural de afectos y desapegos como su contraparte más conspicua. Este espíritu de colmena, nos mueve a ufanarnos de la amistad que sostenemos con Rafael Simón Hurtado hace dos décadas. Periodista, editor, promotor cultural y escritor, él se ha forjado una recreación muy personal, estética y entusiasta de nuestra Valencia de San Desiderio. Desde sus dos libros publicados a la fecha [el de cuentos “Todo el Tiempo en la Memoria” (1996) y el de ensayos breves “Leyendas a pie de Imagen” (2013)], hasta su obra periodística y editorial que fundó secciones como “Muestras sin Retoques” y revistas ejemplares como “Huella de Tinta”, “La Iguana de Tinta”, “Saberes Compartidos” y la paradigmática “Laberinto de Papel”. Ni la literatura ni el periodismo cultural, en su caso particular que ha establecido alianzas con otros inquietos hacedores, se deshacen en poses afectadas y reverencias solapadas ante los poderes fácticos. Por el contrario, se asume una posición crítica que vindica de su puño y letra elevar el nivel de la conversación pública que contraríe el desmadre local y nacional. Han sido gajes del oficio la censura cuasi episcopal, el acoso mezquino del conservadurismo ramplón y el cierre de iniciativas como una página de humor que importunaba la abulia de la ciudad amada y deplorada. El ejercicio libre de la ciudadanía no es posible en la ausencia de la diversidad del pensamiento y la tolerancia como aliños de su caldo espeso y sabroso.




     “Todo el Tiempo en la Memoria”, conjunto de ocho cuentos publicados por Huella de Tinta y Predios, se nos presenta como una contrapropuesta que desmonta las homilías religiosas castrantes y de cautividad ideológica del Otro, el Prójimo que juran amar en vano. Sin embargo, su iconografía fetichista y represiva induce paradójicamente una estética barroca de la seducción y el erotismo en la clandestinidad del altar y el confesionario. Encontramos, por fortuna, la mixtura de lo referencial [Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Loyola, María Calcaño, el cura Borges, Buñuel y Sade] con lo vivencial en la configuración de un discurso narrativo propio de un cuidadoso y seguro pulso. Sólo que el pasadizo del claustro nos conduce a una indagación oscurantista de la Urbe y una nostálgica aproximación terrorista al Paraíso perdido de la Infancia. En una crónica de su croquis para una ciudad, Hurtado evoca la casa y su prolongación en el cuerpo asombrado del habitante: “La casa fue antes un convento, un edificio con corredores claustrales”, como si fuese un comentario o apostilla de los cuentos “Hábitos” [el espacio sacro deviene en lecho lúbrico] y “Todo el Tiempo en la Memoria” [pieza maestra que recompone el pecado original con la consecuente exclusión del Edén y el Santoral institucionalizado, ello en virtud de una exégesis bíblica torcida y apóstata]. La visceralidad corporal intensa y la concupiscencia compulsiva atada a la culpabilidad, nos retrotraen algunos relatos onanistas y bipolares de Andrés Mariño Palacio que quizás tengan como marco la lánguida y soporífera Valencia de su pre-adolescencia. La escindida multiplicidad de la perspectiva narrativa pareciera corresponder con el coito de lo real y lo fantasmagórico, al punto de afectar la captación y el reacomodo del entorno enclavados en un territorio escurridizo y gelatinoso. En “Final de Sueño”, las acotaciones entre paréntesis son notas al margen del texto narrativo que provienen de otra dimensión y fracturan la voz interior: El estado cataléptico que aprisiona al personaje en la urna, colinda a la vez con el sueño y el laberinto agonístico de la muerte en ciernes. “Pájaro Rojo”, otro cuento de muy alta factura, registra la exhumación y el juicio post-mortem a un Papa para entronizar a otro mucho más envilecido, de manera que el Poder absolutista se realiza parodiando su ideología ultraterrena. Al igual que José Rafel Pocaterra en “Su Señoría el Visitador”, nuestro amigo Rafael Simón se sirve de los intrincados caminos de la fe y la herejía para construir un retablo satánico, tremendista y lúcido de la muy goda Valencia del Rey: “Era como una pradera artificial rodeada por un inmenso bosque, cuyas intensas luces vegetales se extendían desde muy lejos delante de su mortaja”. A todo Edén elástico corresponde un Gólgota portátil.


     “Leyendas a pie de imagen. Croquis para una ciudad”, editado por la Universidad de Carabobo, reúne ensayos breves que tocan la piel de la ciudad: Apela a sub-géneros como la nota al pie de la fotografía, la crónica, el aforismo y la recensión literaria, hemerográfica y cultural. La literatura y el periodismo son aliados por partes iguales. La escritura transgenérica recrea el laberinto del pensamiento de manera más transparente y conversada. Esta modesta voz en off, nos hace cómplices de una paisajística dinámica y simpática que vincula la aldea con la megalópolis caótica y post-industrial. Para muestra en sepia, tenemos dos estupendas crónicas de Valencia como si fuesen fotografiadas por Henrique Avril: “Perecito: una nostalgia” y “La peña: un auditorio para Valencia”. El poeta Pichardo lo complementa en el festejo: “Valencia del Perecito atestado de poemas y cervezas sin fondo / Valencia de mi fuerza pura / (…) / Fundación de amigos cuyos nombres chocan sus vasos en / el siempre de mi memoria”. Asimismo, la Ciudad Letrada forcejea con la Iletrada y peripatética del funcionarismo parasitario. No sorprende entonces su condición de vivaz libro objetual que a través de la Palabra y la Poesía se integra a las artes como la fotografía, la arquitectura y las artes del fuego. Los grafitis son aforismos o poemas objetos que embellecen y liberan los muros de las ciudades. El prosista no desprovisto de ternura ni de agudeza crítica, nos provee dos retratos disímiles e inauditos de referentes literarios nacionales y continentales como Adriano González León y José Manuel Briceño Guerrero. Asimismo, revisita el género biográfico por partida doble o las vidas paralelas de un lector como el poeta Medina Figueredo y su autor de cabecera Eugenio Montejo. Mejor aún, reivindica en una segunda entrega el mito fundacional de Adán y Eva como metáfora humanística del desarraigo y la Utopía de un rebelde Edén propio, no en balde las privaciones y limitaciones relativas al accidentado devenir histórico de la Civilización. Como colofón, dejemos respirar a Rafael Simón: “Su expulsión de aquel lugar por Dios tal vez explique porque sus nombres no forman parte del canon santoral, y de la lista de seres humanos a quienes está permitido por la Iglesia solicitar favores y milagros”. El libro no peca de alcabala sino de puente que facilita el arreo de la literatura y la vida misma.




                      

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