domingo, 15 de julio de 2012

LA POESIA TRANSFORMA LA REALIDAD. Conversaciones con Elizabeth Schön



Elizabeth Schön. Fotografía de Alfredo Cortina






LA POESIA TRANSFORMA LA REALIDAD

Conversaciones con Elizabeth Schön

por Laura S. Leret



Conocí a la poeta Elizabeth Schön una tarde de octubre de 2004 en la librería Macondo durante una tertulia sobre su obra. Nos leyó algunos de sus poemas e intercambió palabras con el público. Yo le pedí que me dedicara su libro Ráfagas del establo (2002): “A Laura. Su nombre tiene el sonido del arpa para después convertirse en poemas”.

Se interesó por mi poesía. Me dijo: “Yo puedo ayudarte”. Me invitó a su casa, así como lo hizo con tantos aficionados a la poesía y al estudio de la literatura.

Compartí la invitación con las compañeras del taller de poesía, que por aquella fecha nos dictaba la poeta Yolanda Pantin.




Llegamos a su casa en Los Rosales, un viernes por la tarde. Ella nos esperaba con entusiasmo, nos ofreció una tisana de frutas que bebimos en un vaso transparente de cristal rojo. Las paredes del estudio, donde nos recibió, mostraban cuadros y esculturas que habían sido obsequios de sus amigos artistas: Elsa Gramcko, Mercedes Pardo, Alejandro Otero. Un patio interior sembrado de jazmines y matas de mango, impregnaba el ambiente de aromas y flores.

Cada una de nosotras fue leyendo un poema de su autoría. Elizabeth Schön nos escuchaba con atención y hacía los comentarios de rigor, que nosotras apuntábamos al margen de las estrofas.

Unos meses después de aquella visita, Elizabeth Schön sufrió un derrame cerebral que le paralizó la pierna izquierda y le dificultó el habla. No volvería a caminar sin la ayuda de una andadera.

Regresé por mi cuenta varias veces a conversar con ella. Elizabeth Schön solía esperarme sentada en una amplia silla en su cuarto. Al escuchar mis pasos, su perra Shirley salía a mi encuentro, mostraba sus caninos y sus ojos me amenazaban por un instante, para después regresar a su sitio, debajo de la cama de su ama.

Así fue como descubrí a una mujer en la última etapa de su vida, entablamos una amistad que fue interrumpida por su muerte en mayo de 2007. 

Elizabeth y Luisa Amelia Shön

Me hablaba sobre su infancia y sobre sus facultades extra sensoriales que se hicieron evidentes a muy temprana edad. Era frecuente que Elizabeth Schön percibiera la sombra de su madre o la de su abuela y que conversara con ellas. “No hay porque tenerle miedo”, me decía. “Al contrario, me satisface sentirlas, saber que están cerca”. Otro día me comentó sobre un sueño que la estremeció, y me preguntaba “tú ¿qué crees? que fue cierto”. Yo le contestaba que sí, que su sueño tenía todas las características de un viaje astral. Una experiencia que le sirvió de inspiración para su libro Visiones Extraordinarias (2006).



Cada vez que la visitaba, conversábamos sobre las fotos de las paredes de su cuarto. La de su esposo Alfredo Cortina con lentes grandes y redondos se asomaba entre los libros del estante; la de su hermano, el profesor universitario en los Estados Unidos, colgaba de la pared detrás de su cama junto a la de su abuela Columba Ibarra Delfino, y al frente, se veía a la joven Elizabeth Schön, de unos 20 años, con pantalones negros y bombachos, rodeada por sus compañeros y profesores de la escuela de Filosofía en la U.C.V.

Cuando platicábamos sobre poesía, me explicaba que el poema es capaz de transformar la realidad con sus metáforas. Por ejemplo, “fíjate en este verso” de su libro La flor, el barco, el alma (1995)

“Para mirarla / raspamos el cielo y se desprenden las nubes / la lluvia, la centella / aun lo luminoso, esférico, espacial / desde el primer instante del sol”.



Y yo entendía que no es cierto que raspemos el cielo ni que como resultado de nuestra acción se desprenda la lluvia, lo esférico espacial, y sin embargo la poesía tiene la facultad de crear una imagen nueva, otra realidad, y por ello me decía: “la poesía es la expresión artística más innovadora, más que cualquier otra, la poesía transforma la naturaleza, la poesía une cielo y tierra”.




Es un concepto que el artista plástico Jesús Soto comparte cuando dice: “yo creo que es una idea magistral el hecho de asociar las cosas más desasociadas del mundo en un poema (…) Pero las mismas cosas, exactamente los mismos temas, pintados en un cuadro bidimensional, hacen una vulgar naturaleza muerta (…) Los artistas pasan a ser ilustradores, imaginarios del pensamiento revolucionario de la poesía.”(Garrido, 2005, p.41).


LA TRAPECISTA

“Yo iba al parque y les preguntaba a las niñas “¿tú tienes madre?” “¿y está viva?” y si me decían que estaba muerta yo me iba corriendo para la casa porque yo sabía que eso me iba a suceder a mí. Yo llegué un día de una piñata y me dijeron que mi madre estaba muerta…”


“Me gustaba caminar por los techos de las casas, me parecía divino, yo sentía plup plip plup plip…tenía una terraza, y ahí yo me encaramaba y brincaba a la otra casa, caminaba por los techos y me montaba en las matas de mango de Las Mercedes.”

Elizabeth Schön y Elsa Gamcko. 1956

“Me encantaba un árbol, subirme a las ramas, yo me sentía una trapecista hacía todas las maromas que hacían en los circos, me enganchaba las piernas en las ramas y miraba para el piso, entonces ya había muerto mi madre y mi tía me regañaba, “mija, bájate de ahí que te vas a caer” y yo pensaba cómo se le ocurre decir eso, si yo no me voy a caer.”

“Yo no era de muchas amigas porque a mí lo que me gustaba era montarme en los árboles y bailar, no me gustaban las muñecas, el muñeco es una cosa falsa.”

“Viví en Caracas hasta los doce años hasta que nos mudamos a Puerto Cabello, yo me fui contenta porque yo sabía que me iba a conseguir con el mar y con el cielo que vive dentro del mar.”

LA SELVA

“Yo iba mucho a San Esteban y me bañaba en un río con unas piedras enormes, el río me embrujó. En San Esteban conocí la selva y a las culebras. Yo no le tenía miedo a las culebras, yo las veía, se metían debajo de las camas, por las ventanas, ellas bajaban por las paredes. Todos los fines de semana íbamos a San Esteban caminábamos por las carreteras de tierra y cuando veíamos a una culebra enrollada, agarrábamos un palo y la pinchábamos por la cabeza y no se podía mover.”

“Cuando veías una culebra debajo de tu cama te ibas a dormir a otro cuarto, eso era lo que hacíamos. Una vez la abuela de unas amigas, las Konecke, era una viejita encantadora, ella se fue acostar y resulta que tenía debajo de la cama a una mapanare y se armó aquel escándalo, ella dijo “déjenla quieta, no la despierten” y a las cinco de la mañana se fue la culebra por las ventana de la casa. Nunca matábamos a las culebras, ellas eran una compañía, si las culebras se arma ¡ya está! te dan el picotazo. A un niño le mordió una mapanare y pasaron un día para conseguir el carro para llevarlo al hospital de Puerto Cabello, no sé si vivió.”


LAS HERMANAS GRAMCKO Y ALFREDO CORTINA

“En Puerto Cabello vivía una colonia de descendientes de alemanes, allí conocí a Ida y a Elsa Gramcko todas las tardes ellas salían con su papá a casa de las tías y yo las veía pasar desde el balcón de mi ventana, y me decía, estas se ven inteligentes y ellas se me quedaban mirando. Un día en la iglesia Elsa le regaló una tarjetita de su primera comunión a mi hermana y mi hermana le regaló la suya y así comenzó nuestra amistad.”

“Yo me sentaba con Ida Gramcko a leer a Azorín, a los escritores españoles de la época, yo tenía que acompañarla y leer todo lo que ella leía, siempre fuimos muy unidas, sobre todo con Ida quien era la más necesitada de cariño. Yo le di todo el cariño que pude, te digo sinceramente es la mujer más inteligente que he conocido, tenía una memoria…era un monstruo.”

“A Puerto Cabello llegaban muchos turistas, y a nosotras nos encantaba verlos, yo en la noche acostada antes de dormir hacía un cuento con esos turistas… Me costaba dormir porque empezaban los presos del castillo de Puerto Cabello a tirarse al agua y yo sentía cuando se los comían los tiburones, eran presos políticos de Gómez, ellos lloraban con unas argollas que les ponían y yo los sentía, no podía dormir porque sabía que los presos iban a empezar a gritar.”

“Yo comencé a escribir creo que cuando estudiaba en la universidad y entonces cuando yo hacía esos trabajos sentía que tenía que decir otras cosas aparte de la escuela de filosofía y comencé a escribir poesía, creo acerca de una rosa y se lo enseñé a Ida Gramcko: “eso no me gusta, es muy cursi”, me contestó, “bueno, no es malo ni bueno, lo que sé es que no me deja nada”. 

Elizabeth Schön. Fotografía de Vasco Szinetar


“Volví a escribir mucho tiempo después y deje esos papeles bajo otros papeles y cuando Ida llegó, creí que ella estaba leyendo un estudio sobre Kant que yo había hecho y ella decía “¡qué bello!” yo sabía que era un trabajo que yo tenía que entregar al profesor García Bacca, yo estaba confundida pero “¿cómo? ¿qué bello?”, “Ida, ¿qué estás leyendo?”, “La Selva” me contestó, “¿Eli, quien escribió esto?”, “¿quien tú crees Ida?” y yo callada, “pero Eli, tu tienes esos papeles ¿de quienes son? ¿tuyos?”, “Eli esto se puede publicar” y yo estaba horrorizada, entonces ella y mi esposo Alfredo lo mandaron para un concurso y salió ganador.”

“Desde el primer momento que vi a Alfredo Cortina me gustó. Me lo presentó Elsa Gramcko en Puerto Cabello, él era su tío. Una vez me llamó y me dijo: “vente para acá que te voy a presentar a tío Alfredo, él te quiere conocer,” yo le contesté: “estoy muy ocupada”, “que te vengas para acá,” me dijo.”

“Vi a un hombre de lentes, simpático y agradable, a mí me dio pena y me fui, él pregunto que quien era yo. “Esa es una amiga que vive al frente,” contestaron, “pues llámala para ir a pasear”. Elsa me fue a buscar pero yo no quería ir, “tienes que venir” me dijo, por fin me convenció y me metió en el carro y yo quedé al lado de él porque él estaba manejando, entonces viene un muchacho que también se llamaba Alfredo y me dice “¿cómo estas?¿cómo te va?”, “me va bien y tú”, “bien ¿no es que íbamos a pasear a la Plaza Flores?”, “hoy no puedo”, le contesto, “tengo un compromiso”, “bueno, adiós.” Alfredo Cortina me dice “¿ese se llama Alfredo como yo?”, “sí, se llama Alfredo como usted”, “y ¿ese es tu novio?”, yo le dije “no”, “bueno, ahora yo soy tu novio”. Desde ese momento me llamó su novia, yo me quedé horrorizada porque yo era una pifiola.”

“Alfredo fue el creador de la radio en Venezuela, yo lo quise tanto, nos casamos en Puerto Cabello, la hermana le dijo: “esa muchacha es como mi hija, pórtate bien, tú te dedicas a ella,” él le contestó,”yo, yo soy incapaz”, “¿cómo? si tú tienes una novia en cada parroquia de Caracas,” eso me lo contó Alfredo a mí.”

“Yo nunca más he querido otro hombre, él era una maravilla todos los muebles que tú ves los hacia él, la casa vivía llega de gente, él era un hombre agradable, inventaba charadas, inventaba cuentos y la gente venía acá a cada rato, mi matrimonio fue una maravilla, nosotros nunca peleamos. Cuando yo empecé a escribir él me apoyó.”

LA POESÍA LO INVADE A UNO





“Sentí la necesidad de conocer, explorar sobre el silencio, un lenguaje que me llevara a mi madre, este es el mejor lenguaje pero no lo entendemos.”

“Existen distintas realidades, otra realidad, la realidad es múltiple, realidades que no se conocen. Cuando estoy en este cuarto y decidí no salir porque no puedo caminar entonces escribo en un cuaderno y cuando leo me doy cuenta que hay una tristeza en el fondo, un estado de ánimo muy íntimo.”

“La poesía lo invade a uno, la cara, los ojos, las manos, la vista, todo lo invade porque sino, no llega, lo que llega es un viento, y la poesía nunca es viento, es firmeza cuando es viento ¡qué va! La poesía viene de una fuerza interior, lo bello es que ese centro lo tiene uno pero vive a través de la poesía, el autor sale corriendo busca un papel y escribe y puede hacer hasta un libro, así comienza el trabajo.”

“Cuando nace un libro irrumpe como una montaña de la tierra que pareciera tocar el cielo.Cuando tomo una hoja, yo siento que allí está todo, ella misma se prepara, lo bello de la creación es darle el lugar a una cosa que está oculta que no se sabía que podía existir, cuando me pongo a pensar, las hojas caen en mi cabeza, un tumulto, un remolino de colores, la hoja de papel es seca, la mano es la que ayuda a la poesía, el cuerpo la ayuda, el cuerpo resiste, la poesía resiste a través del papel. El libro es el fondo del río, tú lo ves clarito.”

“El ser y la poesía es lo mismo, el ser es el fundamento, los poetas actuales siguen otro camino que es más fácil donde el ser no está a la vista, lo diario se ha usado para crear, lo malo es que se quede en eso. Los poetas actuales lo único que quieren es figurar.”



Tomado de Círculo de Escritores de Venezuela




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