lunes, 6 de mayo de 2013

Crónicas patibularias o el mundo de José Carlos de Nóbrega






Pescadores de Pampatar. Napoleón Cabeza. Óleo sobre tela, 2012





Por Nelson Guzmán







El texto de José Carlos de Nóbrega aroma la fenomenología de una época. El autor narra la fibra esencial de la lucha libre, un deporte que reunía la ficción y la violencia. El malo y el bueno se dan cita en las noches de espectáculos, de fiebres, de bajos instintos subyugando las pasiones. Los hombres son igual en la vida como en la muerte, terminan mostrando su precariedad como pasó con el Dragón Lusitano. No se pueden torcer los rumbos, los destinos son trazados. Los valores imponen raudos su forma de ser. El yo narrativo comulga con el tío que se lanzó por las veredas del mundo, hasta terminar en las esferas de los bajos fondos por una muerte que no era acorde a su dignidad de hombre inverosímil y de linaje surrealista.
 
De Nóbrega, como escritor, centra su interés en la subjetividad de hombres que vivieron un tiempo de riquezas inusitadas, para aquéllos que no  podrán olvidar las borrascas de la imaginación. El héroe y el antihéroe están allí, acercándonos a la diáspora de la vida vivida. EL mundo se deshace en una acción, la última aparición de su tío, el Dragón Lusitano, es el adiós. La vida está para ser comprendida de diferentes maneras, desde ángulos diferentes y allí radica su eternidad.

De Nóbrega está al corriente de cuánto pesan los símbolos. El peso y las cadenas de éstos se oponen a la impostura. Al lado de la orfebrería del amo aparece en espumas lo renegado, lo intercambiable, lo que aspira una eternidad diferente. Las diademas de la ideología oficial se han perpetuado mezclando lo sagrado y lo profano. La sotana impone su voz invocando el vino como la sangre de Dios, solo que los pícaros no absuelven a nadie. La Iglesia y el Poder Ejecutivo local han impuesto apellidos, instituciones públicas reputadas y poder cardenalicio que escupe en los que padecen pústulas. Esa ha sido la Valencia goda vestida de la palabra cruel y del engaño.

De Nóbrega se muestra como un cronista de la memoria, derrumba los antifaces, los contubernios del lenguaje. Este autor parte desde la transgresión, desde el holocausto de un mundo inundado de falsas predicaciones. El lenguaje es duro, emerge desde la entraña de unas crónicas de tiempos inhumanos. El autor de El Dragón Lusitano y otros relatos conoció a Abelardo Cuadra Vega. Este hombre atravesó por montañas insondables con obstáculos y peligros. Al principio, Cuadra Vega, como militar, acompañó a Tacho Somoza, luego se le opuso. La vida de Cuadra Vega es de una épica extraordinaria. Nos revela la coartada de Anastasio Somoza para asesinar a un adalid de la libertad como Sandino. Nunca se ha podido ser tan sincero como lo ha sido Cuadra Vega con respecto a su vida. Nos narra que Sandino nunca fue abatido en el terreno por la Guardia Nacional somocista. El engaño se impuso. El Presidente, días antes de fusilar a Sandino, le manifiesta su interés de diálogo. Los cuadros de la muerte y sus antesalas venían forjándose en la oscuridad de su alma, 16 hombres participaron en la ejecución, este proceso lo autorizó Abelardo Cuadra Vega; retrospectivamente, años después, apuntala los bríos y el heroísmo del general nicaragüense.

Los relatos de José Carlos nos muestran seres perdidos que han extraviado algo importante como la firma y su identidad, estos seres flotan entre humo de cigarrillos, ruidos y delirios alcohólicos. Las convicciones del narrador son interrumpidas por lo inesperado, aparecen espejos que no refractan el rostro, vuelven visiones viejas de lo que proyectamos ser. Las imágenes interrumpen al hombre que se desorienta en sus lenguajes, que capta la vida como un sueño impuesto en los contubernios de las mentiras, del show inesperado, de mensajes que nos fraguan en un mundo que no existe.
José Carlos de Nóbrega. Fotografía de Andrés Cerceau

Las convicciones del autor van descorriendo un mundo artificial que se ha montado en la fragua, para envolvernos en pesadillas donde la sordidez nos impone realidades no deseadas. Los hombres de estos relatos avecinan situaciones espeluznantes, el fin se impone. El juicio final no está lejos para Juan Tanquilla, sin embargo, no deja de ahogar sus angustias, el diezmo de los fieles hace posible su ebriedad y el ardor de su locura. La absolución y el perdón residen en cualquier gesto sostenido por azar.

Las historias que nos ofrece el autor de El Dragón Lusitano y otros relatos se amarran entre sí. El verbo evoca la vida de esos hombres ejemplares de Valencia. La ciudad, pueblo magullado por el desarrollismo, nos estampa en la memoria las veredas de sueños que escapan de la voz patibularia y pendenciera. Blasina se enfrenta al peligro con arredro, desafía el peligro. El postigo de la luz y del recuerdo se abre asimismo para Enrique Marín —hundido en las cercanías de lo que pudiera ser el fin—, desafía el instante, su vocación y las inseguridades se evanecen por la aparición del deseo postrer. La posteridad lo baña de luz, lo
inusitado acontece en su vida para perpetuarlo.

Los juegos de estos relatos o crónicas de un tiempo que no han de desaparecer, ladean ante la vista del viejo cazador, pieles y fragores a los cuales no eximirá el olvido. Hemos comprendido desde las voces de De Nóbrega que la vida es una forja que alumbra el camino.

La prosa de este libro corre locuaz y dislocada, persigue eternizar lo aparentemente anodino. Seres extraños emergen de los fosos para reivindicarse, para señalar que viven a pesar de la displicencia de las creencias. José Carlos es poseedor de una narrativa que no se deslinda de la crónica. La vida cotidiana apostrofa sus palabras en las voces de hombres excluidos, hundidos y amalgamados en los vientos del lenguaje, esos seres se abrazan en el amor pasional. En los entretelones orgiásticos aparecen vulvas amoratadas que consuman el roce, la flagelación, el olvido, la droga, el sueño y la intensidad del frenesí.

Hay un profundo deseo de hacer crónica de lo indecible. Lo turbulento aparece sin esfuerzo y sin falacia. Las prosapias del cielo nos vuelven seres invisibles, emigrados, dislocados de nosotros mismos. La vida es decir —como señala el poeta Luis Alberto Angulo. Lo abrupto es una constante en los relatos de El Dragón Lusitano y otros relatos. Estamos ante una literatura fantasmal, extraña que lidia con lo inusitado, con lo procaz, con las desazones del alma. En ocasiones, nos topamos con sujetos omniscientes que batallan y producen su propia muerte en una especie de ritual macabro. La experiencia literaria se ha apoderado de voces que han dejado de ser conscientes para guerrear con extraños fantasmas del dolor provocado.

En los relatos de José Carlos la imaginación fulgura inaudita. El crimen se prepara con complacencia. Los perros de presa aniquilan a sus víctimas ante la mirada expectante de quienes preparan la obra y los símbolos de una época. El autor recrea lo turbulento, lo insólito. Los hombres asisten a su propia muerte.

La penetración psicológica de este libro, ante una literatura terrorífica, muestra las tinieblas de ciertos hombres que han vivido extrañados de sí mismos, perciben la vida como tempestad, como dolor, como infierno y mueren en su gallardía. En el tenor de la orfandad se muestran desde sus propias tinieblas. Los infiernos de los desolados, de los no desarrollados en las reglas sociales son recogidas en estas narraciones que muestran sus vidas escabrosas.

Él da testimonio de seres insólitos que deambulan por un mundo que los desprecia, allí, en el sopor de los sueños etílicos desenfrenadamente retan lo inusitado, son destinatarios del acto desgarrado, son ecos guardados, arrullados por la brisa y por una locura intersticial que debe prescindirlos en sus propios patíbulos.



Publicado el  domingo 24 de marzo de 2013,  en el suplemento Letras de Ciudad Caracas


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