viernes, 16 de enero de 2015

La Cerebración o ¿Cómo es que la gente piensa cosas nuevas?

por Isaac Asimov


Isaac Asimov. Fotografía de Phillip Leonian. 1965




Imaginad que sois responsables de un grupo de personas en las que tenéis que fomentar de alguna manera la creatividad. La tarea, de entrada, puede tener trampa, porque tal vez para llevarla a cabo sea condición necesaria tener así mismo un cierto grado de esa creatividad. O no. Ahí está el tema. Nadie sabe de dónde nace la capacidad de crear, de abrir nuevos caminos que nunca antes han sido explorados. Es como si el común de los mortales estuviéramos condenados a recorrer una y otra vez las mismas variantes de un intrincado laberinto, mientras que un selecto grupo de personas es capaz de trazar caminos nuevos, atajos que siempre han estado ahí pero que nosotros no vimos. 

¿Cómo lo hacen? 

¿Puede adquirirse ese don?

Cartel de la película de 1988 llamada El joven Einstein


            Tal vez el llamado “pensamiento lateral” tenga algo que ver con todo este asunto. Se trata de una manera de pensar alternativa, en la que las conexiones mentales no obedecen exactamente a las leyes de la lógica y que ofrece soluciones imaginativas a todo tipo de problemas. ¿Significa esto que la creatividad está reñida con la lógica? Yo creo que no. Einstein dijo una vez en una entrevista que estaba convencido de que había sido capaz de enunciar su Teoría de la Relatividad porque estaba alejado del mundo académico e investigador de las universidades y eso hizo que su mente no estuviera “contaminada” por las ideas de otros científicos. Y tal vez sea así. Tal vez lo único que podemos hacer para fomentar la creatividad es no hacer nada, que aunque parezca fácil, no lo es. Puede que para sembrar ese germen lo único que debamos hacer sea no condicionar, no presionar, no restringir. Tal vez ni siquiera debamos enseñar. La creatividad nace de un pozo en el que muy pocos pueden mirar, y es como el humo que se moldea solo si se lo encierra para darle una forma concreta; en cuanto se abre el recipiente, se vuelve a escapar. En ese sentido, intentar dirigir o entrenar la creatividad no tendría más efecto que extinguirla. 





            En este artículo encontraréis las reflexiones de Isaac Asimov, una persona altamente creativa, sobre este tema. Él sí se enfrentó a la tarea de estudiar la posibilidad de fomentar esa capacidad en un grupo de personas. Y aunque sus conclusiones pueden estar más o menos acertadas, tan solo pensar en ellas es ya una manera de abrir un poco la mente. Si las leéis, hacedlo sin prejuicios. Imaginad que sois vosotros quienes las lleváis a cabo. Sed creativos.

 Nieves Delgado

Escritora y Docente de secundaria

 


Trailer del filme El Joven Einstein




*******






[Nota de Arthur Obermayer, amigo del autor: En 1959 yo trabajaba como científico para Allied Research Associates, en Boston. La compañía había surgido del MIT y en un principio se enfocaba en los efectos que tenían las armas nucleares en las estructuras de los aviones. La compañía obtuvo un contrato con el acrónimo GLIPAR (“Normas del Programa de Investigación Anti-Misiles”, según la sigla en inglés) de la “Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada” para promover los posibles enfoques más creativos en el desarrollo de un sistema de defensa antimisiles. El gobierno reconoció que no importaba cuánto se invirtiera en mejorar y expandir la tecnología del momento ésta siempre era deficiente. Querían que nosotros y otros pocos contratistas más pensáramos de manera innovadora. Al principio, cuando me involucré en el proyecto, sugerí que Isaac Asimov, quien era un buen amigo mío, era la persona indicada para participar. Él demostró su disposición y asistió a algunas de las reuniones. Eventualmente, decidió no continuar porque no quería acceder a ninguna información clasificada ya que limitaría su libertad de expresión. Sin embargo, antes de irse escribió este ensayo sobre la creatividad, que fue su único aporte formal. Este ensayo nunca fue publicado ni utilizado más que por nuestro pequeño grupo. Cuando hace poco lo encontré mientras ordenaba algunos archivos viejos, descubrí que su contenido era tan relevante hoy como cuando lo escribió. Describe no sólo cómo es el proceso creativo y la naturaleza de las personas creativas sino también el tipo de ambiente que promueve la creatividad.]


Texto inédito en español publicado en MIT Technology Review.

 Traducción_ Daniela Soubies.




¿Cómo es que la gente tiene nuevas ideas?


Se presume que el proceso creativo, sea lo que sea, es esencialmente el mismo en todas las ramas y variedades, por lo que el desarrollo de una nueva forma de arte, de un nuevo artefacto, de un nuevo principio científico, implica factores comunes. Estamos más interesados en la “creación” de un nuevo método científico o en una aplicación nueva de un método antiguo, pero podemos generalizar.


Una manera de investigar el problema es considerar las grandes ideas del pasado y ver de qué manera fueron concebidas. Desafortunadamente, el método de generación nunca es claro inclusive para los mismos “generadores”.


Pero, ¿qué pasaría si la misma idea trascendental se les ocurriera en simultáneo pero independientemente a dos hombres? Quizás los factores comunes involucrados serían reveladores. Por ejemplo, la teoría de la evolución por selección natural, creada de manera independiente por Charles Darwin y Alfred Wallace.



Ahí hay muchas cosas en común. Ambos viajaron a lugares lejanos, observando especies exóticas de plantas y animales y la manera en que variaban de un lugar a otro. Los dos estaban profundamente interesados en encontrar una explicación para eso, y ambos fallaron hasta que cada uno leyó el “Ensayo sobre el principio de la Población” de Malthus.


Luego, ambos observaron cómo la noción de superpoblación y erradicación (que Malthus había aplicado a los seres humanos) encajaría en la doctrina de la evolución por selección natural (si se aplicaba a las especies en general).

Malthus


Entonces, es obvio que lo que se necesita no son sólo personas con buena experiencia en un campo en particular, sino también capaces de realizar una conexión entre el ítem 1 y el 2, los cuales a simple vista no parecen conectados.


Indudablemente, en la primera mitad del siglo 19, una gran cantidad de naturalistas habían estudiado la manera en la que las especies se diferenciaban entre ellas. Una gran cantidad de gente había leído a Malthus. Quizás algunos estudiaban las especies y habían leído a Malthus. Pero lo que se necesitaba era alguien que estudiara las especies, hubiera leído a Malthus y tuviera la habilidad de hacer una conexión cruzada entre ellas.


Ése es el punto crucial, es decir, la rara característica que debe encontrarse. Una vez que se hace la conexión, ésta se vuelve evidente. Se supone que Thomas H. Huxley, luego de leer “El origen de las especies”, exclamó: “Qué estúpido fui al no darme cuenta de esto”.

Thomas H. Huxley


Pero, ¿por qué no pensó en eso? La historia del pensamiento humano indicaría que existe una dificultad para concebir una idea incluso cuando todos los elementos están sobre la mesa. Hacer la conexión cruzada requiere una cierta osadía. Debe ser osada ya que cualquier asociación que no lo sea, es hecha al mismo tiempo por varias personas y no se desarrolla como una “nueva idea” sino como un mero “corolario de una antigua idea”.


Una nueva idea sólo parece ser razonable tiempo después de haber sido formulada. Normalmente, parece ilógica al comienzo. Parece el colmo de la insensatez suponer que la Tierra era redonda en vez de plana, o que se movía ella en vez del Sol, o que los objetos, cuando se mueven, requieren la aplicación de una fuerza para poder frenar en vez de necesitarla para continuar en movimiento, etcétera.


Una persona que esté dispuesta a volar frente a la razón, la autoridad y el sentido común, tiene que ser una persona considerablemente segura de sí misma. Como esto rara vez sucede, debe parecerle excéntrica (al menos en ese aspecto) al resto de nosotros. Una persona excéntrica en un aspecto a menudo es excéntrica en otros.


Por consiguiente, la persona más propensa a tener nuevas ideas es una que cuente con una buena experiencia en el campo de interés y cuyos hábitos no sean convencionales (ser extravagante no es condición suficiente por sí sola).


Una vez que tienes la gente indicada, la próxima pregunta es: 

¿Deberías juntarlos para que discutan el problema mutuamente o deberías informarle el problema a cada uno por separado y dejarlos trabajar solos?

Mi opinión es que mientras la creatividad esté en juego, se requiere estar aislado. La persona creativa está, de todos modos, trabajando en ella continuamente. Su mente está reorganizando la información en todo momento incluso cuando no es consciente de ello (un ejemplo famoso de esto es el trabajo de Kekule en la estructura del benceno en sus sueños).


La presencia de otros sólo puede inhibir ese proceso ya que la creación es incómoda. Por cada buena idea que tienes, tienes cien, diez mil ideas tontas las cuales, naturalmente, no quieres que se sepan.

Sin embargo, conocer a tales personas puede ser deseable por otras razones más allá del acto de creación en sí mismo.


No hay dos personas que tengan exactamente el mismo bagaje mental duplicado. Una persona puede saber A y no B, otra puede conocer B pero no A, mientras que ambas conociendo A y B pueden llegar a la misma idea aunque no necesariamente de una o inclusive rápido.


Es más, la información puede no estar conformada sólo por ítems individuales A y B, pero también por combinaciones como A-B, las cuales en sí mismas no son significativas. Sin embargo, si una persona menciona la combinación inusual A-B y otra rara combinación A-C, bien puede ser la combinación A-B-C, la cual nadie ha pensado por separado, la que tenga la respuesta.


Me parece que el propósito de las sesiones de cerebración no es solamente el de generar nuevas ideas sino que los participantes se enteren sobre los hechos, las combinaciones de datos, las teorías y los pensamientos aleatorios.



Pero ¿cómo persuadir a las personas creativas de participar? Primero y principal, debe propiciarse la comodidad, la relajación, y una sensación general de permisividad. El mundo en general desaprueba la creatividad y ser creativo en público está particularmente mal visto. Incluso, especular públicamente es bastante angustiante. Los individuos deben, por consiguiente, tener la sensación de que los demás no los objetarán.


Si a un solo individuo presente le resultara antipática la insensatez inherente a esa sesión, los demás se paralizarían. El individuo antipático puede llegar a ser una mina de oro de información pero el daño que hace compensaría ese hecho por demás. Me parece indispensable, entonces, que toda la gente presente en la sesión esté dispuesta a sonar como estúpida y a escuchar a los otros sonar como estúpidos.


Si un solo individuo presente tiene más reputación que los demás o es más elocuente o tiene una personalidad claramente más imponente, puede, tranquilamente, tomar las riendas de la conferencia y reducir al resto a poco más que una audiencia de obediencia pasiva. Ese individuo puede ser extremadamente útil por sí mismo, pero bien podría ponerse a trabajar solo ya que estaría neutralizando al resto.


El número óptimo de integrantes no debería ser muy alto. Arriesgaría que no más de cinco sería lo deseable. Un grupo más grande tendría, en total, una mayor fuente de información pero existiría la tensión de tener que esperar para hablar lo cual puede ser muy frustrante. Probablemente, sería mejor hacer un número de sesiones en las cuales los asistentes varíen en vez de tener una sola sesión que los incluya a todos (esto implicaría una cierta repetición, pero ni la repetición es indeseable en sí misma. No se trata de lo que la gente dice en estas conferencias sino de lo que estas conferencias inspiran en cada uno después).



Para mejores resultados, debería haber un sentimiento de informalidad. La jovialidad, el uso de los primeros nombres, las bromas relajadas, son, pienso, esenciales – no por sí mismas sino porque alientan la disposición de involucrarse en la locura de la creatividad. Con este propósito, creo que una reunión en la casa de alguien o una cena en algún restaurante son probablemente más útiles que una reunión en una sala de conferencias.

Quizás, la sensación de responsabilidad sea más inhibidora que nada. Las mejores ideas de todos los tiempos provienen de personas a las que no les pagaban por tener grandes ideas, sino por ser profesores o vendedores de patentes o funcionarios mínimos o directamente no les pagaban. Las grandes ideas surgieron como cuestiones secundarias.


Sentirse culpable porque uno no ganó su sustento por no haber tenido una gran idea es la forma más segura, me parece, de garantizar que tampoco ninguna surgirá en el futuro.


Además, tu empresa está llevando a cabo una jornada de reflexión sobre el presupuesto gubernamental. Imaginar a los congresistas o al público en general escuchando a los científicos tontear, despilfarrar, contar chistes verdes, acaso a expensas del gobierno, es para empezar a sudar en frío. De hecho, el científico promedio tiene la suficiente consciencia como para no querer sentir que está haciendo esto en público, aun cuando nadie se da cuenta.

Un chico creativo Nicola Tesla. Imagen tomada de aquí


Sugeriría que a los miembros de una sesión de cerebración se les encarguen tareas sinecuras – la redacción de informes cortos o resúmenes de sus conclusiones o respuestas breves a problemas sugeridos – y que sean retribuidos económicamente por eso. Ese pago sería la tarifa que ordinariamente se les pagaría por la sesión de cerebración. Esta sesión sería entonces oficialmente ad honorem y eso permitiría una considerable relajación.


No creo que las sesiones puedan llevarse a cabo sin guía. Debe haber alguien a cargo que tenga un rol equivalente al de un psicoanalista. Un psicoanalista, como yo lo entiendo, haciendo las preguntas adecuadas (y excepto por eso, interfiriendo lo menos posible) logra que el paciente, por sí solo, analice su vida pasada de manera de obtener una nueva comprensión de la misma a su manera.


Del mismo modo, un árbitro de la sesión deberá estar presente, provocando a los animales, haciendo preguntas astutas, haciendo los comentarios necesarios, guiándolos gentilmente de nuevo al punto. Como el árbitro no sabe qué pregunta es astuta, ni qué comentario es necesario ni cuál es el punto, el suyo no será un trabajo fácil.

Una jornada típica de cerebración
Respecto de los artilugios diseñados para promover la creatividad, pienso que deberían surgir de las mismas sesiones. Si los participantes están completamente relajados, libres de responsabilidad, discutiendo algo de interés y siendo naturalmente no convencionales, ellos mismos crearán los recursos para estimular el debate



Tomado de Revista Paco






********

Isaac Asimov Asks, “How Do People Get New Ideas?”








Note from Arthur Obermayer, friend of the author:
In 1959, I worked as a scientist at Allied Research Associates in Boston. The company was an MIT spinoff that originally focused on the effects of nuclear weapons on aircraft structures. The company received a contract with the acronym GLIPAR (Guide Line Identification Program for Antimissile Research) from the Advanced Research Projects Agency to elicit the most creative approaches possible for a ballistic missile defense system. The government recognized that no matter how much was spent on improving and expanding current technology, it would remain inadequate. They wanted us and a few other contractors to think “out of the box.”
When I first became involved in the project, I suggested that Isaac Asimov, who was a good friend of mine, would be an appropriate person to participate. He expressed his willingness and came to a few meetings. He eventually decided not to continue, because he did not want to have access to any secret classified information; it would limit his freedom of expression. Before he left, however, he wrote this essay on creativity as his single formal input. This essay was never published or used beyond our small group. When I recently rediscovered it while cleaning out some old files, I recognized that its contents are as broadly relevant today as when he wrote it. It describes not only the creative process and the nature of creative people but also the kind of environment that promotes creativity.
 

 


ON CREATIVITY
How do people get new ideas?
 
Presumably, the process of creativity, whatever it is, is essentially the same in all its branches and varieties, so that the evolution of a new art form, a new gadget, a new scientific principle, all involve common factors. We are most interested in the “creation” of a new scientific principle or a new application of an old one, but we can be general here.
 
One way of investigating the problem is to consider the great ideas of the past and see just how they were generated. Unfortunately, the method of generation is never clear even to the “generators” themselves.
 
But what if the same earth-shaking idea occurred to two men, simultaneously and independently? Perhaps, the common factors involved would be illuminating. Consider the theory of evolution by natural selection, independently created by Charles Darwin and Alfred Wallace.
 
There is a great deal in common there. Both traveled to far places, observing strange species of plants and animals and the manner in which they varied from place to place. Both were keenly interested in finding an explanation for this, and both failed until each happened to read Malthus’s “Essay on Population.”
 
Both then saw how the notion of overpopulation and weeding out (which Malthus had applied to human beings) would fit into the doctrine of evolution by natural selection (if applied to species generally).
 

Obviously, then, what is needed is not only people with a good background in a particular field, but also people capable of making a connection between item 1 and item 2 which might not ordinarily seem connected.
 
Undoubtedly in the first half of the 19th century, a great many naturalists had studied the manner in which species were differentiated among themselves. A great many people had read Malthus. Perhaps some both studied species and read Malthus. But what you needed was someone who studied species, read Malthus, and had the ability to make a cross-connection.
 
 


That is the crucial point that is the rare characteristic that must be found. Once the cross-connection is made, it becomes obvious. Thomas H. Huxley is supposed to have exclaimed after reading On the Origin of Species, “How stupid of me not to have thought of this.”
 
But why didn’t he think of it? The history of human thought would make it seem that there is difficulty in thinking of an idea even when all the facts are on the table. Making the cross-connection requires a certain daring. It must, for any cross-connection that does not require daring is performed at once by many and develops not as a “new idea,” but as a mere “corollary of an old idea.”
 
It is only afterward that a new idea seems reasonable. To begin with, it usually seems unreasonable. It seems the height of unreason to suppose the earth was round instead of flat, or that it moved instead of the sun, or that objects required a force to stop them when in motion, instead of a force to keep them moving, and so on.
 


A person willing to fly in the face of reason, authority, and common sense must be a person of considerable self-assurance. Since he occurs only rarely, he must seem eccentric (in at least that respect) to the rest of us. A person eccentric in one respect is often eccentric in others.
 
Consequently, the person who is most likely to get new ideas is a person of good background in the field of interest and one who is unconventional in his habits. (To be a crackpot is not, however, enough in itself.)
 
Once you have the people you want, the next question is: Do you want to bring them together so that they may discuss the problem mutually, or should you inform each of the problem and allow them to work in isolation?
 
My feeling is that as far as creativity is concerned, isolation is required. The creative person is, in any case, continually working at it. His mind is shuffling his information at all times, even when he is not conscious of it. (The famous example of Kekule working out the structure of benzene in his sleep is well-known.)
 
 
The presence of others can only inhibit this process, since creation is embarrassing. For every new good idea you have, there are a hundred, ten thousand foolish ones, which you naturally do not care to display.
 
 

Nevertheless, a meeting of such people may be desirable for reasons other than the act of creation itself.
 

No two people exactly duplicate each other’s mental stores of items. One person may know A and not B, another may know B and not A, and either knowing A and B, both may get the idea—though not necessarily at once or even soon.
Furthermore, the information may not only be of individual items A and B, but even of combinations such as A-B, which in themselves are not significant. However, if one person mentions the unusual combination of A-B and another unusual combination A-C, it may well be that the combination A-B-C, which neither has thought of separately, may yield an answer.
It seems to me then that the purpose of cerebration sessions is not to think up new ideas but to educate the participants in facts and fact-combinations, in theories and vagrant thoughts.
But how to persuade creative people to do so? First and foremost, there must be ease, relaxation, and a general sense of permissiveness. The world in general disapproves of creativity, and to be creative in public is particularly bad. Even to speculate in public is rather worrisome. The individuals must, therefore, have the feeling that the others won’t object.
If a single individual present is unsympathetic to the foolishness that would be bound to go on at such a session, the others would freeze. The unsympathetic individual may be a gold mine of information, but the harm he does will more than compensate for that. It seems necessary to me, then, that all people at a session be willing to sound foolish and listen to others sound foolish.
If a single individual present has a much greater reputation than the others, or is more articulate, or has a distinctly more commanding personality, he may well take over the conference and reduce the rest to little more than passive obedience. The individual may himself be extremely useful, but he might as well be put to work solo, for he is neutralizing the rest.
 
 


The optimum number of the group would probably not be very high. I should guess that no more than five would be wanted. A larger group might have a larger total supply of information, but there would be the tension of waiting to speak, which can be very frustrating. It would probably be better to have a number of sessions at which the people attending would vary, rather than one session including them all. (This would involve a certain repetition, but even repetition is not in itself undesirable. It is not what people say at these conferences, but what they inspire in each other later on.)
 
For best purposes, there should be a feeling of informality. Joviality, the use of first names, joking, relaxed kidding are, I think, of the essence—not in themselves, but because they encourage a willingness to be involved in the folly of creativeness. For this purpose I think a meeting in someone’s home or over a dinner table at some restaurant is perhaps more useful than one in a conference room.
 
 
Probably more inhibiting than anything else is a feeling of responsibility. The great ideas of the ages have come from people who weren’t paid to have great ideas, but were paid to be teachers or patent clerks or petty officials, or were not paid at all. The great ideas came as side issues.
 
 
To feel guilty because one has not earned one’s salary because one has not had a great idea is the surest way, it seems to me, of making it certain that no great idea will come in the next time either.
 
 
Yet your company is conducting this cerebration program on government money. To think of congressmen or the general public hearing about scientists fooling around, boondoggling, telling dirty jokes, perhaps, at government expense, is to break into a cold sweat. In fact, the average scientist has enough public conscience not to want to feel he is doing this even if no one finds out.
 
 
I would suggest that members at a cerebration session be given sinecure tasks to do—short reports to write, or summaries of their conclusions, or brief answers to suggested problems—and be paid for that; the payment being the fee that would ordinarily be paid for the cerebration session. The cerebration session would then be officially unpaid-for and that, too, would allow considerable relaxation.
 
I do not think that cerebration sessions can be left unguided. There must be someone in charge who plays a role equivalent to that of a psychoanalyst. A psychoanalyst, as I understand it, by asking the right questions (and except for that interfering as little as possible), gets the patient himself to discuss his past life in such a way as to elicit new understanding of it in his own eyes.
 
 


In the same way, a session-arbiter will have to sit there, stirring up the animals, asking the shrewd question, making the necessary comment, bringing them gently back to the point. Since the arbiter will not know which question is shrewd, which comment necessary, and what the point is, his will not be an easy job.
 
As for “gadgets” designed to elicit creativity, I think these should arise out of the bull sessions themselves. If thoroughly relaxed, free of responsibility, discussing something of interest, and being by nature unconventional, the participants themselves will create devices to stimulate discussion.
 
Published with permission of Asimov Holdings.



Tomado de MIT Technology Review.


No hay comentarios:

Publicar un comentario