martes, 11 de octubre de 2011

¿Qué papel puede desempeñar un joven poeta en una sociedad analfabeta? ¿Cómo podría emplear en ella sus habilidades?

Etnografías imaginarias.

Una entrevista con Ursula K. Le Guin


Ursula K. Le Guin


Etnografías imaginarias. Entrevista con Ursula K. Le Guin

César Rendueles



Ursula K. Le Guin es una de las escritoras de ciencia ficción más importantes de todos los tiempos. La novelas de Le Guin se mueven con soltura entre la fábula política, la antropología, la teoría feminista y, por supuesto, la mejor tradición de literatura fantástica. Ganadora de todos los grandes premios del género y de numerosos premios literarios “convencionales”, en 2003 fue elegida “gran maestra” por la Asociación de Escritores Norteamericanos de Ciencia Ficción. A sus setenta y ocho años Le Guin sigue publicando: recientemente se han editado en castellano Los dones (Minotauro, 2006) y la edición completa de sus Historias de Terramar (Minotauro, 2006).
Los dones contiene una valoración ambigua del mundo rural. Por un lado, refleja la riqueza de un universo antiguo pero, por otro, no oculta algunas de sus desventajas. ¿Cree posible una combinación de ambos? ¿Una hibridación fértil de las sociedades “frías” y las sociedades “desarrolladas”?

Sí, creo que es posible. Es más, en algunos de mis libros –de forma particularmente clara en Always Coming Home– he intentado explorar esa mezcla de sociedad “fría” y “caliente”. Sin embargo, en Los dones (un libro de fantasía, no de ciencia ficción) la indagación se centra más en un orden psicológico y paradójico. La pobreza real constituye un hecho central en las vidas de estas personas. ¿Qué papel puede desempeñar un joven poeta en una sociedad analfabeta? ¿Cómo podría emplear en ella sus habilidades?

Es usted una de las escritoras que mejor ha aplicado las ciencias humanas, en particular la antropología, a la ciencia ficción. ¿Cree que el recurso a las ciencias físicas ha sido negativo para la literatura fantástica?

No, para nada. No obstante, cuando se considera que la limitación de la literatura fantástica o de la ciencia ficción a un único campo de interés o a una modalidad de conocimiento constituye una auténtica virtud o un dogma que hay que seguir rígidamente –tal y como hacen los partidarios de la ciencia ficción “dura”– el resultado es muy empobrecedor. Deberíamos mantener abiertas las puertas de la casa de la imaginación.


En sus universos literarios la conciencia ecológica es uno de los principales puntos de diferenciación respecto a nuestro propio mundo. ¿Esta centralidad de la ecología es un reflejo de sus propias preocupaciones políticas?

Sí, exactamente. Me parece que la destrucción del mundo por la explotación industrial incontrolada es el hecho más terrible que he tenido que presenciar durante mi vida y el que más me ha marcado.

¿Y cree que la ciencia ficción tiene una dimensión política más intensa que otros géneros literarios? Ahora no me refiero tanto a la forma en que las posiciones ideológicas de un autor se reflejan en su escritura cuanto a las características generales, si es que existen, de la ciencia ficción. Lo cierto es que la gente a menudo habla de ciencia ficción de derechas y de izquierdas, algo no muy usual en otros contextos literarios.

Esta es una cuestión importante y muy interesante. En efecto, la ciencia ficción está más políticamente polarizada que cualquier otro género literario que yo conozca. Tal vez esto sea así, al menos en parte, porque cuando un escritor de ciencia ficción imagina una sociedad alienígena o las transformaciones futuras de una sociedad terrícola, necesariamente concibe estos cambios o alternativas como progresistas o reaccionarios y, del mismo modo, sus lectores las reciben o bien como críticas de la sociedad actual o bien como sanciones de ciertos aspectos de la política o de las normas sociales contemporáneas.


Uno de los aspectos más interesantes de la utopía anarquista de Los desposeídos es la importancia que se concede al ideal de moderación, de autocontención. ¿Cree que una sociedad igualitaria es incompatible con el desarrollismo? En la utopía marciana de Kim Stanley Robinson, por ejemplo, se hace un uso intensivo de la tecnología avanzada.

Para mí, los libros marcianos de Mr. Robinson reflejan una distopía, así que la verdad es que creo que no estoy en condiciones de responder a su pregunta.

Las cuestiones relacionadas con la identidad sexual ocupan un lugar destacado en su narrativa. ¿Cree que la literatura fantástica es un buen instrumento para explorar posibilidades generalmente no tenidas en cuenta en ese campo? ¿Se parece en esto a la antropología?

La literatura fantástica y la ciencia ficción son dos de las mejores herramientas de las que disponemos para explorar no sólo las distintas posibilidades relacionadas con el género sino, más en general, todas las posibilidades sociales. En la medida en que la invención sea seria y responsable, y no una mera expresión de anhelos bienintencionados, probablemente, resulta más útil para más gente que todos esos fervorosos libros de ensayo dedicados a predicar la tolerancia. Cuando escribí La mano izquierda de la oscuridad, yo era una de aquellas feministas primerizas que trataban de romper las fronteras de género convencionales (realmente primeriza, la verdad). Aunque desde entonces ha llovido mucho, mi fidelidad a la idea de que la evaluación de los méritos humanos en virtud del género constituye un error no ha hecho más que acrecentarse.


La mayor parte de la ciencia ficción ha sido escrita por hombres anglosajones. Usted ha demostrado que una cierta conciencia de género puede abrir territorios literarios insospechados. ¿Cree usted que hay un sesgo geográfico similar? ¿Sería muy diferente una ciencia ficción árabe o africana? Por ejemplo, Fredric Jameson considera que los hermanos Strugatski han aportado una interesante renovación al género.

Hoy en día, tenemos un montón de ciencia ficción escrita por mujeres pero parece que se sigue escribiendo casi exclusivamente en Norteamérica y Europa (hay que señalar, no obstante, que se lee muy ampliamente en algunos países asiáticos). ¿Por qué esta limitación social o geográfica? No lo sé. En efecto, cuando la ciencia ficción rusa llegó a Occidente por primera vez, a muchos sus diferencias nos resultaron enormemente sugerentes. ¿Cómo sería una ciencia ficción árabe o africana? ¿Es imaginable? En cualquier caso, no hay que olvidarse de Sudamérica donde, aunque no ha habido mucha literatura de ciencia ficción en sentido estricto, existe una deslumbrante tradición de literatura fantástica entendida en sentido amplio, desde Borges hasta Angélica Gorodischer.

¿Qué opinión le merece la aproximación de la teoría literaria a la ciencia ficción y a la fantasía? ¿La encuentra útil o interesante?

La teoría feminista me resultó muy útil en sus primeros tiempos. Ahora que la academia la ha asimilado y se ha visto aprisionada en las horribles mazmorras de la jerga especializada, carece de cualquier utilidad. La única finalidad de la mayor parte de la teoría literaria que se ha escrito desde 1960 parece haber sido contribuir a la fama y el autobombo de sus principales representantes, en particular si son franceses, y resulta manifiestamente carente de utilidad, si no perniciosa, para la lectura y comprensión de las obras literarias.




The West is the Best

Ursula K. Le Guin nació como Ursula Kroeber (1929, Berkeley, California). Sus padres, el antropólogo Alfred Kroeber y la escritora Theodora Kroeber, le enseñaron a apreciar las tradiciones populares de todo el mundo, un interés que ella pronto canalizó hacia la ciencia ficción: se cuenta que a los once años envió su primer relato a una conocida revista especializada (que lo rechazó). Estudió en Harvard e hizo el doctorado sobre lenguas romances en la Universidad de Columbia. En 1953 viajó con una beca a Francia, donde conoció al historiador Charles A. Le Guin, con el que se casaría poco después. Desde 1958 vive en Portland, Oregon. La ubicación de su domicilio tiene su importancia: Le Guin siempre se ha declarado afecta al ecofeminismo west coast. Sin ir más lejos, en Las llaves del aire aparece un relato que se desarrolla en una especie de campamento new age para adultos que –para qué engañarnos– pone los pelos de punta. Pero, por muy grimoso que le resulte a uno, lo cierto es que se trata de un contexto ideológico que ha tenido una enorme influencia en buena parte de la ciencia ficción contemporánea. Al menos Le Guin lo ha asumido explícitamente con lucidez y capacidad crítica.

Por supuesto, su bibliografía es sencillamente impresionante. Ha publicado seis libros de poesía, veinte novelas, unos cien relatos (recogidos en once volúmenes), cuatro colecciones de ensayos, once libros para niños y cuatro traducciones. Ha recibido cinco veces el premio Hugo y otras tantas el premio Nebula, además en 1972 obtuvo el National Book Award y ha sido finalista del American Book Award y del Premio Pulitzer en tres ocasiones. Es una de las pocas autoras de ciencia ficción que ha obtenido masivamente la atención de la crítica. Como prueba, basta recordar que Harold Bloom la ha incluido en su lista (cómo le gustan a este hombre las listas) de principales escritores norteamericanos.





La ficción y las ciencias sociales 

La ciencia ficción más ortodoxa se ha visto atravesada por dos oposiciones que a menudo se han asimilado, no siempre con justicia: la dicotomía entre ciencia ficción de derechas y de izquierdas y, sobre todo, la división entre ciencia ficción “dura” –que realiza un uso intensivo de conceptos netamente científicos y que en ocasiones, como en Soñadores expertos (ed. F. Pohl, Emesa, 1969), ha sido escrita por científicos profesionales– y ciencia ficción “blanda”, más centrada en la exploración de la transformación de la realidad, humana o no, en contextos remotos. El problema es que las ciencias humanas no acaban de encajar en este esquema, tal vez porque su distancia respecto a la escritura de ficción no está claramente definida, un asunto que en las últimas décadas ha ocupado a multitud de científicos sociales. En cualquier caso, Ursula K. Le Guin no está sola en su uso literario de la sociología o la historia. Algunos ejemplos: en Qué difícil es ser Dios (Acervo, 1975), Arkadi y Boris Strugatski narran el modo en que una civilización avanzada infiltra etnólogos en un planeta que vive una especie de sangrienta Edad Media (un modelo que Brian Aldiss recuperó en Heliconia); Ian Watson recurrió a una barroca combinación de antropología estructural y gramática generativa en Empotrados (Martínez Roca, 1977 ), mientras que Stanislaw Lem utilizó las paradojas comunicativas de la teoría de juegos en Fiasco (Alianza, 1991). Un caso curioso es el de Philip José Farmer, que en la saga El mundo del río (Ultramar, 1979) propuso uno de los más ambiciosos experimentos históricos posibles: la resurrección conjunta de la totalidad de la humanidad, desde los miembros de las tribus paleolíticas a los ciudadanos de las sociedades occidentales del siglo XX, que se ven obligados a convivir con sus diferentes creencias, saberes y relaciones sociales.



Los títulos


Los dones
 
(Minotauro, 2006)

Los dones presenta un mundo divido entre una sociedad con historia y en proceso de modernización –con mercaderes, castas sacerdotales y científicos– y una serie de comunidades “frías”, con importantes supervivencias neolíticas, en las que sigue presente la magia. Precisamente, cada una de estas comunidades se distinguen por contar con un “don”, una capacidad sobrenatural cuyas características más o menos destructivas determinan su poder y su relación con sus vecinos y cuya preservación biológica a través de matrimonios con el suficiente nivel de consanguinidad regula las relaciones familiares internas. En Los dones Le Guin muestra una vez más los claroscuros de las sociedades resistentes al cambio histórico. Aunque tienen una dimensión positiva –son más sostenibles y “auténticas” que las sociedades de-sarrolladas–, no están exentas de tensiones y conflictos sociales.




Historias de Terramar
 
(Minotauro, 2006, edición completa)

¿Existía tabú del incesto entre los hobbits? ¿Cuáles son las reglas de intercambio simbólico de los elfos? ¿Qué estructura de parentesco tenían los trolls? Que nadie se asuste. La saga de Terramar se compone de cinco novelas ampliamente inspiradas en Tolkien y aptas para todos los públicos. Son las narraciones más conocidas de su autora y, probablemente, las menos interesantes para los poco aficionados a Dragones y Mazmorras. Aún así, no escapan al influjo general de Le Guin, a su capacidad para hallar luchas de clases y dilemas edípicos en territorios narrativos típicamente límpidos. Esta nueva edición reúne por primera vez en un único volumen toda la serie de novelas: Un mago de Terramar (1968), Las tumbas de Atuan (1971), La costa más lejana (1968), Tehanu (1990) y En el otro viento (2001).



Planos paralelos

(Minotauro, 2005)

En algún momento de un futuro cercano alguien descubre que los aeropuertos son puertas dimensionales que permiten acceder a otros universos. En Planos paralelos, Le Guin toma como excusa las peculiaridades de los aeropuertos –esos no-lugares donde parece concentrarse todo el tribalismo de nuestra sociedad– para proponer breves calas en quince mundos alternativos. Planos paralelos –el juego de palabras del título original, Changing Planes, se pierde en la traducción– se compone de una serie de informes procedentes de distintos viajeros acerca de universos en los que los sueños son experiencias colectivas o la manipulación genética ha irrumpido como un torbellino, cuyos habitantes carecen de habilidades comunicativas o son seres existencialmente iracundos que viven en guerra constante.



El cumpleaños del mundo y otros cuentos
 
(Minotauro, 2004)

Seguramente esta colección de cuentos contiene algunos de los escritos más “ensayísticos” de la narrativa de Le Guin, que aquí utiliza de un modo muy evidente la etnografía como herramienta literaria (lo cual no deja de ser irónico si se tiene en cuenta el modo en que la etnología reciente ha utilizado la literatura como recurso científico). Por supuesto, las sociedades estudiadas son perfectamente alienígenas, pero no está claro que las miremos con más distancia y asombro de los que, por ejemplo, el Royal Anthropological Institute dedicaba a los indígenas colonizados por el Imperio Británico. Por otro lado, junto con La mano izquierda de la oscuridad, es uno de los libros de Le Guin que más hincapié hace en cuestiones de género.



Las llaves del aire
 
(Minotauro, 1998)

Uno de los pocos libros “realistas” de Ursula K. Le Guin traducidos al castellano. Lo cierto es que Le Guin se mueve con más torpeza en este terreno. Por alguna razón, es como si le resultara más sencillo explicar un compleja combinatoria matrimonial poliándrica en una remota galaxia que las tribulaciones sentimentales de un gay californiano. De todos modos, esta recopilación de relatos resulta razonablemente interesante. En especial, porque proporciona numerosas pistas sobre el ecosistema conceptual y político que habita Le Guin y que tan importante papel ha desempeñado en sus obras más conocidas.


Los desposeídos
 
(Minotauro, 1983)

La gracia de Los desposeídos es que es una utopía oscura. El planeta Anarres no es un sitio particularmente apetecible: las relaciones sociales son notablemente invasivas, la vida es dura y está marcada por la necesidad material. Esta frugalidad juega un papel destacado en una organización social radicalmente anárquica: “Nadie tiene nada que se pueda robar. Si uno necesita cosas las va a buscar a los almacenes. En cuanto a la violencia, bueno, no sé. ¿Usted me asesinaría, normalmente? Y si quisiera hacerlo, ¿se lo impediría acaso una ley contra el asesinato? No hay nada menos eficaz que la coerción para obtener orden (...). Aquí, ustedes piensan que el incentivo del trabajo es la economía, la necesidad de acumular riqueza, pero donde no existe el dinero los motivos reales son más claros, tal vez. A la gente le gusta hacer cosas. Le gusta hacerlas bien”. En Los desposeídos también se plantean cuestiones profundas acerca de la posibilidad y conveniencia de una sociedad estrictamente no autoritaria y de cómo la sombra del control social se infiltra a través del igualitarismo.


El nombre del mundo es bosque 

(Minotauro, 1986)

  Una fábula ecologista en la que Le Guin muestra de modo explícito sus convicciones políticas. El nombre del mundo es bosque, que en ocasiones se ha leído como una crítica de la Guerra de Vietnam, narra el intento de colonización terrícola de un planeta selvático habitado por seres radicalmente ajenos al desarrollismo occidental que viven en comunión con su ecosistema. Los encargados de la colonización, una mezcla de ejecutivos de la United Fruit Company, marines, mediadores sociales y funcionarios de la FAO, se ven desbordados por un mundo cuyo sutil equilibrio son incapaces de comprender.


La mano izquierda de la oscuridad 
 
(Minotauro, 1973)

La cuarta novela del ciclo Hainish –que se inauguró con El mundo de Rocannon y que explora un universo en el que conviven diferentes razas humanoides descendientes de una única civilización originaria del planeta Hain– es una compleja fantasía acerca de una sociedad hermafrodita que lanzó a la fama a Le Guin. La mano izquierda de la oscuridad es, además, una narración formalmente arriesgada, elaborada a base de una combinación de informes de un representante de un gobierno trasnplanetario, leyendas rescatadas del olvido, relatos... El resultado es un clásico de la literatura de ciencia ficción y uno de los primeros intentos por abrir la literatura a territorios conceptuales muy transitados en las dos últimas décadas: “¿Creían los antiguos hainis que la capacidad sexual continua y la opresión social organizada, atributos que no se encuentran en otros mamíferos que el hombre, son causa y efecto? ¿Consideraban quizá que la guerra es una actividad de desplazamiento puramente masculina, una vasta violación, y decidieron así eliminar la masculinidad que viola y la feminidad que es violada? El hecho es que los guedenianos, aunque extremadamente competitivos, no parecen ser muy agresivos; por lo menos y hasta ahora no han tenido nunca algo que pudiera llamarse una guerra”.

 Tomado de Ladinamo




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