viernes, 20 de agosto de 2010

Tatuaje

Cuento de Luis Cedeño ganador del primer premio del Tercer concurso de Literario Miguel José Sanz

de la Facultad de Derecho




Luis Cedeño. Fotografía tomada de Azul Fortaleza




Estimados Amigos

Hoy publicamos el cuento ganador del primer premio del Tercer concurso de Literario Miguel José Sanz de la Facultad de derecho de la Universidad de Carabobo de 1981. Esta es una publicación inédita en la red.

Esperamos disfruten del texto.

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Con la señal del hombre crucificado, con el amén en la sequedad de los labios, sin timidez, con un pájaro abierto de las alas y un olvido en la cara, se apa­reció Monloy a la entrada del Templo. Fijó los ojos en las sombras y quizo hacer más ancha la estrechez de su memoria, para darle cabida a los recuerdos. Medio cerró los "ojos y repitió puesta la mano en la frente: en el nombre del Padre; luego la mano abajo: del Hijo; después en los dos hombros y del Espíritu Santo, hasta terminar con la mano en la boca: Amén. El pájaro abierto y sin mover las alas. Azul el pecho punto por punto. Las patas igual que las alas y el cuerpo y la cabeza negra con el pico de plata, seguirán contra el viento, de frente.
 
Las agujas de un Cuartel, eran la compañía de un hombre. De un viejo de un pájaro, que fué Soldado y se las trajo, dejando mujeres y nombres en pieles, con que los hombres del Cuartel recordaban sus pasiones. Sin volver a usarlas se hizo viejo con un pájaro.

Pájaro que se comía la lluvia en el patio y le dejaba el canto en la hoja, pájaro que dormía en lo verde de la casa, pájaro en el hombro y en la mano, como en el aire y en la rama. Sin miedo, sin jaula, el pájaro era del viejo, y también de él, la música que duerme en el verde de la casa por la noche.

Amén y se miró el pájaro sin importarle el pecho descubierto. Avanzó, murmuraba al pájaro: Catorce años hacen que no he vuelto a usar el pantalón azul marino con la camisa blanca y el lacito, catorce años de mi última comunión; son catorce años adentro, sin un Domingo de misa, y mira que antes era todos los Viernes, decía los pecados en orden de tamaños y cumplía la penitencia que me fuera impuesta. 

El pájaro de tinta, clavado en la piel, lo estaba oyendo. Lo ha oído desde que el viejo volvió a usar las agujas para hacerlo, y que a través de él, Monloy llegara hasta quien se comía la lluvia y dejaba música en las hojas, cada vez que saltaba del hombro al aire, al árbol y a la mano de quien una vez fuera Soldado.

Luis Cedeño. Foto de José Antonio Rosales.  Fotografía tomada de Biblióntecario


Soldado de las agujas. Hombre viejo con un pájaro de cuerpo negro y pico de plata.

El pájaro de tinta ha oido a Monloy, como el pájaro de plumas oía al viejo desde que dejó de ser Soldado. Ha oído a Monloy desde que el hombre dejó de ser viejo para ser un muerto. Porque aquél que fué Soldado, no pudo seguir viviendo viejo sin el pájaro.

Saltarín estaba el pájaro y el viejo muy cerca, enfermo, mejorábase con la música, con las plumas cantando sobre un madero. Era una mañana como a esta hora de hoy: Se estarían viendo el pájaro y el viejo cuando apareció la sombra, se estarían hablando los dos, cuando, detrás de la sombra apareció la ma­no por un lado de la ventana.

Parece que aquí nada ha cambiado —seguía murmurando Monloy— al cuerpo y a las alas abiertas; idénticas a las del pájaro que él juró encontrar cuando el viejo le hincaba la carne con la aguja y punto por punto fué haciéndole las plumas de la vida hasta morir. En el Santo del perrito en los pies, vuelve con la señal de la Cruz y entra totalmente en la sombra. 

Entra y es arropado con un silencio, rumoroso Le miran el pájaro, el rostro, el pájaro, el rostro. Pero no hacía nada por quitarse de encima tanto extraño. Todos se habían olvidado que el viejo fué de un pájaro, del que está pintado en el pecho de Monloy, que es igual al otro. No vengo a explicarles a ellos quien eres, dijo, al pájaro, ellos creen que fue Dios quien ordenó a Lucilo a salir de este mundo, ese mundo de él, que sólo era un pájaro. Creen que con sus oraciones van a colocarlo en la región de la luz, que tú, pájaro del pecho, eres eso y nada más, pero no saben del pájaro que se mueve en mi mano, el pájaro que buscamos los dos, sin él, Lucilo no podrá marcharse definitivamente, ni tendrá paz en todos los Santos.

Lo vieron ir hacia la urna, la urna donde a Lucilo le enterró la mano, la mano que lo obligó a ser un muerto después que se llevara el canto y el verde sobre el cual dormía la música. Llegó hasta la urna, sacó el pájaro de una bolsa, dio una mirada al muerto que, ningún otro dejó de ver y dijo, Lucilo, aquí está tu pájaro, ahora mis dedos harán que él se vaya contigo.


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