lunes, 29 de agosto de 2011

“José Rafael Urbáez es un poeta de verdad en una ciudad que tiene tantos de mentira”

Un texto de Faver Páez





Estimados Amigos

La semana  pasada falleció el poeta José Rafael Urbáez y el grupo Li Po decidió compartir este texto que escribió Fáver Páez para la presentación del poemario  Piloto de la noche como un pequeño homenaje.



José Rafael Urbáez. Fotografía de Yuri Valecillo. tomada del libro Rostro y poesía. poetas de la Universidad de Carabobo.1996

Desde este blog le deseamos una buena travesía hasta los puertos grises a José Rafael Urbáez




Texto de Faver Páez/Fotos de José Antonio Rosales.




Al poeta José Rafael Urbáez lo conocemos, para decirlo con un inevitable lugar común, desde los ya lejanos años de nuestra juventud. Ambos proveníamos de lugares diferentes a Valencia, y aquí llegamos cuando todavía esta ciudad estaba lejos de ser la estresante y agoníca urbe en la que la han convertido los negocios de la industrialización y del comercio. Vecinos de cubículo, solíamos coincidir frecuentemente en los jardines exteriores de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, donde nos juntábamos para contemplar los esplendidos atardeceres que se derramaban maravillosamente sobre las montañas circundantes. En nuestras conversaciones de entonces y hasta hoy, siempre tuvo privilegiado lugar la poesía, la reflexión sobre ese intimo ejercicio que a través de la palabra le impone el deslumbramiento y el asombro a nuestras vidas.


Los oficiantes Faver Páez y Pedro Crespo bañan con pétalos de rosas el libro Piloto de la noche, de José Rafael Urbáez, quien sonrió de gozo en la 7ma. Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo


De allí viene nuestra amistad de cuarenta años, tiempo durante el cual los dos hemos visto mucho mundo, hemos leído muchos libros, hemos envejecido que da pena y bebido que da gusto, y también, tenía que ser, hemos escrito algunos versos que solo nos atrevíamos a hacer públicos en los círculos tolerantes y solidarios de la mas humilde bohemia valenciana. En lo que a mi respecta, continúo, con algunas ya justamente olvidadas excepciones, en esa catacúmbica conducta poética, pero José Rafael Urbáez, mi prolongado compañero de silencios timideces y temores, un día decidió dejarse oír, y ya va por cuatro libros, el ultimo de los cuales, titulado Piloto de la Noche, solo por credenciales de amistad, me ha tocado presentar, como se dice ahora, en esta hermosa feria universitaria del libro.


En las palabras iniciales del poemario Piloto de la noche, se nos dice que “cada libro de poesía es una sorpresa”. Aunque sin firma, suponemos que la afirmación corresponde a José Rafael Urbáez, y no podemos dejar de presumir en ella un cierto dejo juguetón mediante el cual el poeta nos señala que en su libro nos podemos topar con muchas cosas, que no esperemos un cuerpo poético planificadamente estructurado, un conjunto de poemas unitarios que se desprendan de una temática poética y una intención estética común. Para quienes hemos leído sus libros anteriores, no resulta extraña la reiteración de esta diversidad poética, estas múltiples miradas y motivaciones que pueblan el universo de José Rafael Urbáez. Por otra parte, descubrimos que este mosaico lírico que se llama Piloto de la noche, está armado con un lenguaje muy personal y uniforme que le otorga a los poemas una intrínseca unidad dentro de la multiplicidad. Para Urbáez, las palabras “son todavía/ lo único que avizoro en la distancia/ lo único verdadero//que dejaré al partir/ cuando me vaya/ aún estarán/ vivas, como milagro en la distancia”.



Ya sabemos que no puede haber poesía sin el logro de un lenguaje específico que la contenga y la transmita. José Rafael Urbáez no es un principiante, es un poeta con oficio que deja traslucir en sus palabras la fatiga y el deleite de construir el poema. Publicó, ya maduro, como mucha gente, pero tiene toda una vida conviviendo con la poesía. También se sabe aquello que señalara Ungaretti: la poesía es una indefinible aspiración, una dádiva, el fruto de un inesperado momento de gracia, un florecer del sentimiento y el espíritu que le permite a un poeta de la edad de UrbáezHarold Bloom de por medio- pronunciarse desde su propio pensamiento y no desde lo que está de moda.





Todo porque la poesía es también pensamiento. Quien es poeta, no importa si mayor o menor, lo es porque su obra nos aproxima, a través de la intuición sensible, a los más grandes misterios del universo y de la vida. Por eso, aunque la poesía se haga con palabras, no puede ser sólo palabras; un poema puede ser un objeto verbal, pero se construye también con un ingrediente existencial, con la experiencia vital que ha reunido el poeta. Mucha poesía del presente no lo es en rigor, no tiene alma, no tiene nada qué decir ni nada qué comunicar. Por eso su lectura es un ejercicio inútil y su publicación, aunque se cuente con los medios, un mero acto narcisista. A lo mejor es que yo también soy un viejo que, para decirlo con Humberto Eco, sólo tiene de moderno la conciencia de que hay que revisitar el pasado, de que ya llegamos en el arte al final del camino, y sólo nos queda la ironía para continuar creando en el presente.



La poesía de Urbáez ha sido siempre, desde su modestia y sus limitaciones (¿qué poesía no las tiene?) una poesía con alma y carnadura. Digo que es modesta, en el sentido señalado alguna vez por Julián Marías: una obra que logra “sacar el mejor partido de sus recursos”, y cuyo resultado “suele ser una decorosa, satisfactoria obra modesta”. El filósofo español se refería al cine, pero la consideración resulta válida para la poesía. Bien vistas las cosas, nutrimos nuestro espíritu con obras modestas; la maestría y la perfección sólo la logran unas cuantas inteligencias y sensibilidades que no aparecen sino por excepcionalidad. Creo recordar que fue Gotfried Benn quien señaló que ni siquiera los más grandes poetas líricos contemporáneos lograron escribir una docena de poemas memorables. Ello no obsta, sin embargo, para que se pueda escribir esa poesía que desde su decorosa altura, nos enlace con la maravilla del poema, con algún verso feliz que desde el sueño nos toque lo más profundo de nuestra seriedad, aquella herencia arcaica que dijera Freud, y que comunica a los hombres con las experiencias de sus antepasados.



Dije más arriba, que los poemas de Piloto de la noche tienen alma y carnadura, lo que significa decir que nacen, como dice Eugenio Montejo, uno de los mayores poetas vivos de Venezuela y de cualquier parte, de “la pregunta por el sentido de la existencia y el mundo, sin la cual ninguna poesía parece ser posible”. Lejos de la estridencia cultural, sin pertenecer a grupos o círculos de poder que a veces inflan personalidades y obras, José Rafael Urbáez deja oír su sencilla voz ocasionalmente, en la prensa y en recitales informales, al igual que muchos otros poetas valencianos o residentes en Valencia y sus cercanías, relegados por voluntad propia o por mecanismos poco nobles, pero siempre persistentes en su compulsiva vocación de hilvanar sueños y palabras.



Y es que Valencia no es sólo una ciudad de gerentes cegados por el éxito empresarial y el prestigio del dinero, o de políticos divorciados de los intereses colectivos; es también una ciudad de artistas y poetas, que van desde los poetas mayores como José Joaquín Burgos y Alejandro Oliveros, hasta los populares como Carlos Oraá y Marcelino Gil, sin contar la fauna lírica de aficionados de cafetín y licorería, de aprendices y talleristas, de señoras maduras con inspiración, hasta rematar en los extravíos poéticos de Emiliano Ceferino Jiménez Marchán. Humor menos o humor más, lo cierto es que hace una década, un poeta que dejó huella en la ciudad, Reinaldo Pérez So, calculó que en Valencia había más de 100 poetas, cifra con la cual, además del Festival internacional de Poesía, se podría celebrar un festival anual de poetas valencianos…



Hace ya varios años que José Rafael Urbáez publicó su primer libro con el título de La vida es hoy. Fue en 1991, y desde entonces hasta hoy se ha venido convirtiendo poco a poco en el cultivador más solitario de la poesía valenciana, condición de humanidad que atraviesa sus poemas permeándolos de añoranzas y evocaciones que van desde las más personales hasta las históricas y multilógicas. Así, Piloto de la noche nos sumerge tanto en la más desnuda cotidianidad del poeta, como en la trasmutada realidad casi mítica recogida en ese bello texto titulado Mujer de Lot, en la macabra poetización de la historia de Salomé, o en la juguetona recreación de la clásica traición de Dalila hacia Sansón. Los mejores poemas de este libro (hay muchos prescindibles, como siempre ocurre cuando se reúnen más de cien poemas) se hermanan con otros inolvidables del pasado, como Garza, El río, Magia, y Espora, suficientes para demostrar que José Rafael Urbáez es un poeta de verdad en una ciudad que tiene tantos de mentira. Insisto nuevamente: para ser un poeta de verdad no se requiere ser uno extraordinario; lo esencial consiste en asumir el compromiso con la vida y la palabra desde el asombro y el temblor, desde la discreción, la sinceridad y la humildad. Es muy fácil hoy en día perder la autenticidad de ser poeta, sumidos, como estamos, en un mundo que sólo aprecia lo material y lo instantáneo, lo artificial y tecnológico, el engaño y la política. Por todo esto asumimos como verdad aquello que nos advirtió una tarde en el bar Modelo, de Naguanagua, Marcelino Gil: “Tenemos que defender la poesía, así sea con las uñas y los dientes, porque si no, la poesía va a morir, y ahí sí es verdad que nada podrá salvarnos del desastre”.


Vista nocturna del hotel Le Paris de Valencia. Fotografía de Gian Cascarano

Quiero anotar, por último, que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer su obra, y si de un poeta se trata, leer entonces sus poemas de manera franca y abierta. Esto es lo que hicimos con los versos de José Rafael Urbáez una cuerda de individuos entre los cuales me cuento, en una húmeda sesión celebrada en el decadente restaurante del hotel Le París, de esta ciudad, el cual acostumbramos convertir en una fiesta todos los fines de semana. Suele olvidarse que muchos libros, revistas, y periódicos están llenos de versos insufribles cuya publicación sólo se explica como concesiones de grupo, como intra apoyo burocrático, para llenar páginas, para reunir credenciales y otras zarandajas. Uno no puede sentarse a leer esos poemas para acompañar y saborear unos palos, porque no suenan, no tienen alma, no transmiten nada ni provocan nada. Quizás por eso es tan escasa en Valencia (y en otras partes) la bohemia. Ahora muchos poetas son burócratas de cualquier tipo, se reúnen más para discutir informes y cuestiones organizativas y de proyección personal que para leer y escuchar poesía. Parecen gerentes y no esos divinos semilocos de los que gustaba hablar Rubén Darío.



Se nos dirá que la buena poesía nada tiene que ver con la recitadera. Pero sí tiene que ver con la lectura abierta, con el placer que produce escucharla, con las entonaciones y el calor que le transmite un buen lector, cuando el texto admite la lectura sonora. Los textos de Urbáez en Piloto de la noche pueden ser disfrutados en etílica camaradería, y de ese encuentro leparisiano con ellos, surgió esta selección que voy a comentarles y leerles. Sé que los amigos no son los mejores críticos posibles, pero sí poetas o artistas, o músicos, fotógrafos o periodistas, siempre encuentran la vía para decirnos de la mejor manera, que hemos metido la pata, como seguramente esta tarde la haya metido yo.
 
 
Tomado de Tiempo Universitario si quiere visitar la página original pulse aqui
 



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