domingo, 15 de mayo de 2016

Simón Bolívar: Este país caerá en manos de tiranuelos, de todos colores y razas

Una carta desde los abismos






 


Estimados Amigos

Hoy les traemos un agudo acercamiento que hace Carlos Yusti a una carta del libertador  Simón Bolívar prudentemente olvidada por nuestra historia escolar.

Deseamos disfruten del texto.


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Carlos Yusti


El texto más chirriante de fracaso que he leído es una carta de Simón Bolívar. Mirar a los ojos del fracaso es una experiencia que puede enfrentar a cualquiera al espejo negro de esa condición de precipicio que viaja por las venas como hojas de afeitar.


Simón Bolívar parece nunca pasar de moda. Un conjunto de películas, con sus aciertos y desniveles, lo convierte en un héroe hollywoodense. Amén que durante siglos su nombre le ha servido a cualquier politicastro para darse cierto aire de fashionable profundidad. Su publicitada Carta de Jamaica es pasto de todos los análisis posible. No obstante la carta que en lo personal me resulta excepcional es la que le dirige el 9 de noviembre de 1830 al general Juan José Flores, jefe del Ecuador, un estado desprendido ya de la Gran Colombia. Es una carta sombría y con una carga suprema de negatividad y vencimiento que la hace tan emo y de una actualidad pasmosa.


De niño jamás idealicé a Bolívar. Ni siquiera lo coloqué en un altar a pesar de que mamá tenía su efigie de un colorido kitsch (enmarcada con dos vidrios) junto a sus santos predilectos en un retablo de fe con mucho sincretismo, que exhibía (en figuras de yeso pintado y retratos) lo mejor de nuestro santoral criollo desde la Virgen María, pasando por José Gregorio, san Onofre y María Lionza.


Nunca lo endiosé, pero su vida de batallas, conspiraciones, aventuras y amoríos proyectaba en mi mente una película particular sobre su vida y cuya primera escena era su mirada penetrante analizando un mapa donde se reconocen las montañas andinas. Su idea de cruzar los Andes para sorprender a los realistas es bastante desquiciada. No obstante, su defensa exaltada de tan singular empresa convence a los otros altos militares a su mando. En escenas previas al cruce de las frías montañas se ve (en mi película, claro) cómo una mujer despide con sexo a un asustadizo soldado. Otros juegan a los dados ya sin nada que perder. Otro soldado escribe una carta. Un puñado está alrededor de una fogata narrando en camaradería las anécdotas del Libertador. En flashback se repasa la infancia, la juventud, etc. Luego volvemos a los preparativos del cruce. En el trayecto vemos soldados muertos por el frío, alguno resbala y caevarios metros al abismo, otro es tapiado por un cañón. Se ve a Bolívar envuelto en una manta y en un nuevo flashback vemos otros aspectos de su vida: Manuela Sáenz, Simón Rodríguez, Andrés Bello, el Marqués del Toro, París, etc.


Retomando lo de la carta, el contexto para Bolívar no puede ser más devastador: el sueño de la Gran Colombia se desmorona en un corrillo de subterfugios políticos y toda esa pestilente miseria humana por hacerse con una cuota de poder. Antonio José de Sucre, el gran Mariscal de Ayacucho, ha sido asesinado. Bolívar, apartado del mando, se encuentra en Barranquilla con la soledad de sus demonios y los tormentos de un fin que no se esperaba, él tan amante de los fastos de la gloria. Sus reflexiones son, desde esa orilla de lo amargo, para nada halagüeñas, y en los primeros párrafos escribe:


Ese pueblo está en posesión de la soberanía y hará de ella un saco, o un sayo, si mejor le parece. En esto no hay nada determinado aún, porque los pueblos son como los niños que luego tiran aquello por [lo] que han llorado. Ni Vd. ni yo, ni nadie sabe la voluntad pública. Mañana se matan unos a otros, se dividen y se dejan caer en manos de los más fuertes o más feroces. Esté Vd. cierto, mi querido General, que Vd. y esos jefes del Norte van a ser echados de ese país, a menos que se vuelva Vd. un Francia, aunque esto no basta porque Vd. sabe que todos los revolucionarios de Francia murieron en medio de la matanza de sus enemigos y que muy pocos son los monstruos de esta especie que hayan escapado del puñal o del suplicio.


Bolívar, que conoce a la perfección las malignidades del poder, en otros párrafos de la carta acota:


Vd. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) La América es ingobernable para nosotros. 2) El que sirve una revolución ara en el mar. 3) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.


En otro aparte de la carta escribe:


Todo el pueblo, la Iglesia y el ejército son afectos al nuevo orden de cosas; no faltan, sin embargo, asesinos, traidores, facciosos y descontentos, cuyo número puede subir a algunos centenares. Desgraciadamente, entre nosotros no pueden nada las masas, algunos ánimos fuertes lo hacen todo y la multitud sigue la audacia sin examinar la justicia o el crimen de los caudillos, mas los abandonan luego al punto que otros más aleves los sorprenden. Esta es la opinión pública y la fuerza nacional de nuestra América.


Si se realizara un tratado filosófico del fracaso esta carta de Bolívar ocuparía un sitial privilegiado, ya que en la misma se examina desde lo crudo el poder, se realiza una radiografía desde su entraña y desde ese vertedero de la política, que va manchando todo de sombras, sangre y corruptela. Bolívar ha cruzado el paramo más inhóspito: el de sentir que todo su esfuerzo ha sido un rotundo fracaso. Todo por lo que luchó a largo de su vida se ha convertido en un esfuerzo inútil. Toda su existencia ha sido vana. En su crepúsculo nada de pompa ni redoble de metales; sólo soledad, silencio y la muerte que no aparece por ningún lado en instante tan aciago.


En sus diarios Kafka escribió: “Nuestra salvación es la muerte, pero no esta”. Bolívar sabía que la muerte se encontraba a pocas millas, que seguía de cerca sus pasos, pero en esa encrucijada de hundimiento tampoco estaba. Bolívar le pide a su destinatario la destrucción de la carta: “Mi carta ya es bastante larga en comparación de la de Vd.; por consiguiente es tiempo de acabar y lo haré rogando a Vd. que rompa esta carta luego que la haya leído, pues sólo por la salud de Vd. la hubiera escrito temiendo siempre que pueda dar en manos de nuestros enemigos y la publiquen con horribles comentarios”.


A veces los demonios que administran el alma de cada hombre escriben aquello que resiste toda esa baba que se llama mesura. Este Bolívar de tufo negrísimo y desengaño también ilumina con una carta escrita desde ese abismo del sueño inconcluso. “El que sirve una revolución ara en el mar”, es una gran frase para una etiqueta del fracaso, sin embargo me gusta una menos tétrica y ausente de poesía como la anotada por el escritor Julio Ramón Ribeyro: “De modo que soy gerente y al mismo tiempo camarero”.


Tomado de Letralia




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A continuación el texto completo de la carta



Barranquilla, 9 de noviembre de 1830

A S. E. el General J. J. Flores

Mi querido General:

He recibido la apreciable carta de V. de Guayaquil, de 10 de septiembre, que ha puesto en mis manos el comisionado de V., Urbina.

No puede V. imaginarse la sorpresa que he tenido al ver que V. se sirve dirigir su atención y destinar expresamente un oficial para venir a responderme y a darme noticia de lo que pasa en el Sur y pasa con V. No esperé nunca que un simple particular fuese objeto de tanta solicitud y benevolencia. V., al dar este paso, ha llenado la medida de su excesiva bondad hacia mí. No puede V. hacer más por lo que hace a la amistad. Con respecto a la patria, V. se conduce como un hombre de estado, obrando siempre conforme a las ideas y a los deseos del pueblo que le ha confiado su suerte. En esta parte cumple V. con los deberes de magistrado y de ciudadano.

No contestaré la carta en cuestión, pues la gran carta la ha traído el señor Urbina: este método es diplomático, prudente y lleva consigo el carácter de la revolución, pues nunca sabemos en qué tiempo vivimos ni con qué gentes; y una voz es muy flexible y se presta a todas las modificaciones que se le quieran dar: esto es política. Urbina me asegura que el deseo del Sur, de acuerdo con la instrucción que ha traído, es terminante con respecto a la independencia de ese país. Hágase la voluntad del Sur; y llene V. sus votos. Ese pueblo está en posesión de la Soberanía y hará de ella un saco, o un sayo, si mejor le parece. En esto no hay nada determinado aún, porque los pueblos son como los niños que luego tiran aquello por que han llorado. Ni V. ni yo, ni nadie sabe la voluntad pública. Mañana se matan unos a otros, se dividen y se dejan caer en manos de los más fuertes o más feroces. Esté V. cierto, mi querido General, que V. y esos Jefes del Norte van a ser echados de ese país, a menos que se vuelva V. un Francia, aunque esto no basta porque V. sabe que todos los revolucionarios de Francia murieron en medio de la matanza de sus enemigos y que muy pocos son los monstruos de esta especie que hayan escapado del puñal o del suplicio. Diré a Vd. de paso y a propósito. Me ha dicho este joven, porque se lo he preguntado, que los grandes destinos del Sur están en manos de los Jefes del Norte. Esto era odioso aun antes de la revolución última, con cuánta más razón no lo llamarán tiránico Desde aquí estoy oyendo a esos ciudadanos que todavía son colonos y pupilos de los forasteros: unos son venezolanos, otros granadinos, otros ingleses, otros peruanos, y quién sabe de qué otras tierras los habrá también. Y después ¡qué hombres! Unos orgullosos, otros déspotas y no falta quien sea también ladrón; todos ignorantes, sin capacidad alguna para administrar. Sí, señor, se lo digo a y. porque lo amo y no quiero que sea V. víctima de esa parcialidad. Advertiré a V. que Rocafuerte ha debido partir para ese país y que este hombre lleva las ideas más siniestras contra V. y contra todos mis amigos. Es capaz de todo y tiene los medios para ello. Es tan ideático que habiendo sido el mejor amigo mío en nuestra tierna juventud y habiéndome admirado hasta que entré en Guayaquil, se ha hecho furioso enemigo mío por los mismos delitos que V. ha cometido. Haberle hecho guerra a La Mar y no ser de Guayaquil, con las demás añadiduras de opiniones y otras cosas. Es el federalista más rabioso que se conoce en el mundo, antimilitar encarnizado y algo de mato. Si ese caballero pone los pies en Guayaquil tendrá V. mucho que sufrir y lo demás, Dios lo sabe. Vendrá La Mar, Olmedo lo idolatra y no ama más que a él. Espere V. pues las consecuencias de estos antecedentes. V. sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos. 1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Sí fuera posible que una parte del mundo volviera al caos- primitivo, este sería el último período de la América.

La primera revolución francesa hizo degollar las Antillas y la segunda causará el mismo efecto en este vasto Continente. La súbita reacción de la ideología exagerada va a llenarnos de cuantos males nos faltaban o más bien los va a completar. V. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia y ¡desgraciados de los pueblos! ¡ y desgraciados de los gobiernos!

Mi consejo a V. como amigo es que en cuanto V. se vea próximo a declinar, se precipite V. mismo y deje el puesto con honor y espontáneamente: nadie se muere de hambre en tierra.

Hablaré a V. de Colombia menos extensamente. Este país ha sufrido una Gran Revolución, y marcha sobre un terreno volcánico: como una revolución trae mil y las primeras no se habían apaciguado, la historia de la Ladera está produciendo todavía sus efectos; por supuesto, el Sur del Cauca está en campaña con todas las furias infernales. Río Hacha se levantó, se tomó la ciudad por las tropas del Gobierno, pero los bandidos, acaudillados por Carujo, están infestando el país y hacen daño. El asesino de Carvajal, Moreno, no ha reconocido al Gobierno y distrae con esto a algunos documentos del Gobierno. En el Socorro hubo diferencias entre la ciudad de Vélez y su capital, con este motivo se han roto allí las cabezas. Todo el pueblo, la iglesia y el ejército, son afectos al nuevo orden de cosas, no faltan sin embargo asesinos, traidores, facciosos y descontentos; cuyo número puede subir a algunos centenares. Desgraciadamente, entre nosotros no pueden nada las masas, algunos ánimos fuertes lo hacen todo y la multitud sigue la audacia sin examinar la justicia o el crimen de los caudillos, mas los abandonan luego al punto que otros más aleves los sorprenden. Esta es la opinión pública y la fuerza nacional de nuestra América.

La Administración de Bogotá, presidida por Urdaneta, se conduce con bastante energía y no poca actividad: hay quien quiera más. de la primera, mas ahí está la Constitución, responde Urdaneta. Sin embargo, no dejan de darle sus golpes a menudo, pero con modo, como decía Arismendi. El nuevo General Jiménez ha marchado ya para el Sur con mil quinientos hombres a proteger el Cauca contra los asesinos de la más ilustre víctima: añadiré, como Catón, el anciano: este es mi parecer y el de que se destruya Cartago. Entienda V. por Cartago la guarida de los monstruos del Cauca. Venguemos a Sucre y vénguese V. de esos que [una gran mancha, al parecer de tinta, impide leer la continuación, por espacio de unas treinta o treinta y cinco letras] vénguese en fin a Colombia que poseía a Sucre, al mundo que lo admiraba, a la gloria del ejército y a la santa humanidad impíamente ultrajada en el más inocente de los hombres. Si V. es insensible a este clamor de todo lo que es visible y de todo lo que no es, ha debido V. cambiar mucho de naturaleza.

Los más célebres liberales de Europa han publicado y escrito aquí, que la muerte de Sucre es la mancha más negra y más indeleble de la historia del nuevo mundo y que en el antiguo ‘no había sucedido una cosa semejante en muchos siglos atrás. Toca a V., pues, lavar esta mancha execrable, porque en Pasto encontrará V. la absolución de Colombia y hasta allí no podrá penetrar Jiménez. Los amigos del Norte no exigen a los del Sur sino este sacrificio, o más bien los empeñan a que alcancen este timbre. Hablaré a V., al fin, de mí: he sido nombrado Presidente por toda Nueva Granada, mas no por la guarida de asesinos de Casanare y Popayán; y mientras tanto Urdaneta está desempeñando el Poder Ejecutivo con los Ministros de su elección. Yo no he aceptado este cargo revolucionario porque la elección no es legítima; luego me he enfermado por lo que no he podido servir ni aun de súbdito. En tanto que todo esto pasa así, las elecciones se están verificando conforme a la ley, aunque fuera de tiempo, en algunas partes. Aseguran que tendré muchos votos y puede ser que sea el que saque más y entonces veremos el resultado. V. puede considerar si un hombre que ha sacado de la revolución las anteriores conclusiones por todo fruto tendrá ganas de ahogarse nuevamente después de haber salido del vientre de la ballena: esto es claro.

Mi carta ya es bastante larga en comparación de la de V.; por consiguiente es tiempo de acabar y lo haré rogando a V. que rompa esta carta luego que la haya leído, pues sólo por la salud de V. la hubiera escrito temiendo siempre que pueda dar en manos de nuestros enemigos y la publiquen con horribles comentarios. Acepte V. mientras tanto la seguridad de mi amistad y aún más de mi gratitud por sus antiguas bondades y fidelidad hacia mí y reciba V. por último mi corazón.


SIMÓN BOLÍVAR
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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia





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