jueves, 8 de octubre de 2009

José Manuel Briceño Guerrero:

“El origen del lenguaje…simplemente un milagro”




José Manuel Briceño Guerrero.



Hoy tenemos el placer de publicar en nuestro blog un texto del ensayista Fernando Báez,autor del libro: Historia universal de la destrucción de libros.Ediciones Destino, Barcelona 2004, sobre el homenajeado de la V Feria Internacional del Libro de Venezuela 2009: José Manuel Briceño Guerrero. Este texto fue tomado de la revista Laberinto de Papel publicada por la Dirección de medios de la Universidad de Carabobo en Noviembre de 2003.


Fernando Baéz

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José Manuel Briceño Guerrero , también Jonuel Brigue, ha logrado, como pocos autores venezolanos, constituirse en una referencia autónoma en Latino-américa. Más conocido en Francia o Alemania que en estas latitudes, su propuesta sigue aguardando, no reconocimientos, que los tiene (ya es Premio Nacional de Literatura), sino lectores. En ocasiones, he llegado a pensar que él está des­tinado a ser uno de los más influ­yentes pensadores del siglo XXI. Si alguien lo duda, lo invito a revisar con atención estos libros, algunos de los cuales ya están traducidos a otros idiomas: ¿Qué es la Filosofía? (1962), Dóulos Oukóon (1965), Amé­rica Latina en el mundo (1966), Triandáfila (1967), La identificación americana con la Europa segunda (1977), Europa y América en el pensar mantuano (1979), Discurso salvaje (1980), Holadios (1984), Amor y terror de las palabras (1987), El pequeño arqui­tecto del universo (1990), Anfisbena culebra ciega (1992), El laberinto de los tres minotauros (1994), Diario de Saorge (1996), Esa llanura temblorosa (1998), Matices de Matisse (1999), Trece trozos y tres trizas (2001).

La trayectoria del pensamiento de Briceño Guerre­ro pasa por tres etapas fácilmente (o arbitrariamente) distinguibles: una etapa tratadística, donde busca el origen y la identidad desde el "logos" (década de los ochenta); otra etapa, de carácter más narrativo, donde el "logos" es aprehendido por medio de la relación directa entre origen e identidad; y una tercera etapa, que es la actual, más intimista, donde el "logos" se busca a través de diarios personales, que sirven para que el autor señale la necesaria identidad que nos corresponde rescatar en el origen. Entre estas tres líneas de trabajo está, por supuesto, la poesía como lugar que resguarda la esencia del lenguaje.

Nacido en Palmarito, estado Apure, el 6 de marzo de 1929, Briceño Guerrero es filósofo y doctor en Filología, profesor titular de la Universidad de Los Andes. A saber, conoce dieciocho idiomas. La última vez que lo visité estaba estudiando persa para poder leer nada menos que a Omar Khayyam sin necesidad de apelar a las traducciones habituales. Semana tras semana, mientras el cesto de los intelectuales nuestros pierde su tiempo en actividades burocráticas, Briceño Guerrero lleva a cabo seminarios dedicados al estudio de los clásicos en sus lenguas autóctonas. Año tras año se leen en sus aulas textos de Homero, Heráclito, Parménides, Empédocles, Platón, Aristóteles, Jenofonte, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Kant, Heidegger, la Biblia, el Bhagavad-Gita, por men­cionar sólo unos pocos. Tiene un curso dedicado al estudio más sistemático que pueda imaginarse de la Cabala hebrea. No sé de nadie que haya analizado como él a los alquimistas. Alguna vez le preguntaron qué libro llevaría a una isla desierta, pregunta tan necesaria como extravagante, y respondió que ninguno, porque había aprendido de memoria los textos que quería leer. A Jorge Luis Borges, por ejemplo, lo hizo llorar cuando le recitó la Ilíada en griego. Y esto es sólo un detalle, pues lo que es a mi juicio, más importante está en sus lecciones: ha iniciado una escuela independiente, con discípulos de todas partes del país y del mundo, que acuden a sus clases como hubiera dicho el neoplatónico Olimpiodoro, para buscar lo que hay en sus almas. Hoy en día, alumnos suyos formados en diversas lenguas enseñan en distintas universidades e instituciones, o simplemente escriben o traducen a los clásicos gra­cias a él.





Ahora bien, hace unos meses fue reeditado un libro suyo, titulado El origen del lenguaje (2002), el cual su­pone una magnífica oportunidad para rescatar una dis­cusión que no puede dejar de interesarnos. Conviene, en ese sentido, dedicar las líneas que restan a este as­pecto. Es obvio que la pregunta por el origen del lenguaje es, de alguna manera, también la pregunta por el origen del ser, puesto que sólo es lo que puede ser di­cho y sólo se dice lo que es. Hay muchas ontologías, pero todas son verbales. El origen mismo se hace len­guaje en las dimensiones más plenas del devenir. El lenguaje mismo no deja de ser origen si se considera su manifiesta intención de ha­cer que las cosas sean lógi­cas y sean asimilables.

Inmanuel Kant

El pensador alemán Inmanuel Kant sostenía que el tiempo y el espacio no existen independiente­mente del hombre, pues son parte de su facultad de conocer. Decía que el hombre proporcionaba las bases del conocimiento. Dentro de esa relación, el lenguaje, sin duda, es el que hace posible el cono­cimiento. Ser, pensar, de­cir: esta es la trinidad más radical de la vida. No hay conocimiento donde no hay lenguaje. No hay pensamiento donde no hay len­guaje. El lenguaje, entendido como el sistema de so­nidos articulados que sirven al hombre para expresar lo que piensa, define los límites más estrechos de la comunicación y esa hendija conceptual es el soporte más eficaz para ser y hacer. Donde hay lenguaje, hay devenir. Donde hay devenir, hay lenguaje.


 
¿Cuándo comenzó el lenguaje? Hay distintas visio­nes que proponen tesis alternativas para responder este enigma. Briceño Guerrero, en su ensayo, menciona las más importantes: la mitológica, la evolucionista y la filosófica. Todas, como es bien sabido, han fracasado, pero no es un fracaso total, sino, tal vez, paradigmático. Briceño es claro al afirmar:

"Preguntar por el origen del lenguaje significa in­tentar un salto sobre la propia sombra, querer transgre­dir el "círculo no se pasa" del conocimiento humano. Sin embargo, es propio del hombre emprender imposi­bles" (Ob.cit.,p. 9).  

Los caminos cerrados que reserva la pregunta por el origen, y denuncia­dos por Briceño en su libro, no han impedido que el mismo pensador haya buscado una con­clusión que desde todo punto de vista es mo­desta, pero significati­va: el origen del lengua­je es simplemente un milagro, inexplicable e inaprensible para quien lo aborda sólo desde el lenguaje. Si el lenguaje se origina monogenética o poligenéticamente, es difícil pronunciarse. Acaso hay una correla­ción que espera ser re­velada entre ambas posiciones.


En la obra de José Manuel Briceño Gue­rrero hay diversos mo­mentos. Todos se rela­cionan. Todos, acaso, son uno solo. Y todos co­inciden en hacer del lenguaje un centro, un punto que no se agota en ninguna de sus orillas. Hasta la fecha, sus libros, uno tras otro, han abor­dado el problema de nuestros orígenes, de nuestra más profunda esencia, y la idea que subyace es la de que somos lo que somos por el lenguaje. No es extraño que una tesis suya sea la de que son los poetas quienes defi­nen la identidad de una nación. Somos desde esa mora­da que es el lenguaje: "El lenguaje es el lugar de lo humano, en él vivimos, nos movemos y somos". 

La primera edición de El origen del lenguaje fue en 1970. Increíblemente, sólo 32 años después, la Funda­ción Cultural Barinas se animó a reeditar este clásico. A pesar de la distancia en el tiempo, releerlo ha su­puesto para mí, y no sé por qué, un recuerdo magnífi­co. Tal vez porque el origen el lenguaje que busca es una de las raíces más hondas de mi propia condición de escritor. El origen es uno de los postulados más radi­cales del ser en el mundo. Y no su explicación o reduc­ción esquemática, sino su asunción o vivencia como problema vital, es lo que interesa.






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