jueves, 9 de marzo de 2017

EN CASO DE QUE TODO FALLE según Alberto Hernández


En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle."

Estimados Amigos

En esta ocasión el Grupo Li Po les propone adentrarse en un texto muy especial, pues hablamos de una de las artes más bellas y profundas: la Poesía. Al igual que en la Prestidigitación, a primera vista la Poesía suele fascinar al lector por su deslumbrante puesta en escena, la impecable ejecución poseedora de un ritmo repleto de musicalidad. Trazos en apariencia sencillos pero elaborados con exquisitez, todo un poso que destila sentimientos ocultos en las propias palabras.

No obstante, a diferencia de los trucos de magia, descubrir la estructura interna de un poema no deshace el encanto. Al contrario, lo amplifica y dota al conjunto de mayor embrujo. Es tal su belleza que nos cautiva y conmueve. Máxime cuando el artista es alguien de gran talento, como es el caso de Graciela Bonnet.

Por supuesto, no todo el mundo sirve para guiarnos sin dificultad entre las bambalinas de la poesía. Para explicar bien un poema se precisa de un auténtico poeta. Por ello es lógico que sea Alberto Hernández quien actúe de cicerone y nos muestre el esplendor en la obra extraordinaria de Graciela Bonnet. Nadie mejor que un gran artista para iluminar la creación de otra fenomenal poetisa. Estamos en buenas manos y gracias a su ágil pluma nos dejamos conducir, descubriendo el perfecto entramado que sostiene “En caso que todo falle”.

Alberto Hernández nos sumerge con habilidad en los secretos de esta intensa obra. Disecciona con acierto, mostrando una enorme sensibilidad, las corrientes internas que se agitan bajo la poesía de Graciela Bonnet. “En caso de que todo falle” es una encrucijada emocional. En sus páginas aletea el olvido, siempre en lucha contra el recuerdo, tal vez como premonición de la propia muerte.

Pero mejor ceder la palabra al propio Alberto Hernández. Con una sensibilidad exquisita, nos ofrece su acercamiento a las páginas de esta joya. Él como nadie sabe mostrarnos el mundo complejo que Graciela Bonnet ha sabido tejer con brillantez para nosotros.

Pasen y lean, resulta un auténtico deleite para los sentidos.



                                                                                                                Joan Antoni Fernández.


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Alberto Hernández

1.-

Para el momento en que entré a este libro, el clima no ofrecía nada gratificante. Comenzaba la tarde y el poema se contenía apretado en la pantalla: el título alteraba mi tranquilidad. “En caso de que todo falle” (Eclepsidra, Colección Vitrales de Alejandría, Caracas 1997), de Graciela Bonnet, me sonaba como una despedida, como si una voz recurrente me espiara por la ventana y de pronto me sacudiera para decirme algo.

Y así fue: desde el primer verso, desde la primera línea, la voz oscura de este encuentro me hizo resurgir la inquietud. Pero fue muy gratificante saber que el fracaso, ese sonido repetitivo de la conciencia, transitaba por cada uno de los poemas que Graciela Bonnet acababa de entregarme como si se tratara de un secreto. Sí, un secreto que fui descubriendo en la medida en que iba leyenda cada oración, cada frase, cada asombro, cada golpe.

Cuando digo secreto expreso que este libro contiene uno: descifrarlo nos lleva como lectores a develarnos plurales, mayestáticos. Hacerlo con el yo que la autora asume como imagen, como intento, como sublevación, nos conduciría por diversos laberintos, caminos o estaciones donde ella –la poeta- se desnuda y se califica como una memoria capaz de saber que el pasado es sólo una parte, no del tiempo, sino de su presencia en el presente.

Ella, la voz a la que recurre, densa y sombría a veces, ayuda a convencernos de que quien cuenta una historia (en estos poemas hay una narrativa tan expresamente expuesta que la autora no vacila en verbalizar para abrir y cerrar una anécdota) que se desvanece cuando los recuerdos armonizan con el olvido.

Toda creación es olvido. Recordar desde él, desde el olvido, crea el poema. El poema es el secreto: la forma de haber sido construido.

Y la muerte, esa contención, viaja cómodamente en él, en el secreto.

En el día que despierta con un eco.

2.-

Graciela Bonnet se mueve muy bien en la prosa. Navega por ella y llega a buen puerto. Crea tensión y muchas veces crispa saberse parte de ese instante, el de haber sido creado, el poema, para que el lector lo descifre.

Ya de entrada:

“Soy la gran recordadora, la que hace los hilos de la memoria, la que teje la baba del pasado…”.

Es decir, la puerta se abre con alguien que tiene como fin entregarse en imágenes rodeadas de olvido, de tiempo: por eso, quien recuerda es porque ya ha olvidado y regresa al lugar donde el olvido intentó su afrenta.

La memoria, la que se recupera, la que provoca esa prosa apretada, delicadamente personal. Por eso las palabras se hacen un relato breve, poetizado, donde los ruidos de la ciudad –o sus silencios- recurren al mar a través de la memoria, de la que recuerda sin cesar.

De allí la primera persona tan marcada. Un yo poético que no se resiente a pesar de los tantos instantes convocados. Imágenes, sensaciones, texto imbricado. Y aparece Boticelli en una primavera que se tropieza con el otoño. 

Entre tantos recuerdos, una voz se pregunta:

“¿Adónde va lo que uno no recuerda?”

Y otra responde: 

“…al pudridero, al basurero de la memoria, al cementerio de los recuerdos”. 

¿Es la muerte la que aparece triunfal? ¿Se trata de un recuerdo saberse sin memoria? No obstante, en medio del relato, en medio del poema, un paisaje desvanecido. La casa, los objetos, los animados e inanimados. Las palabras, la orilla de cualquier revelación.

3.-

Olvidar es un tipo de exilio. El destierro de lo que se tenía guardado en la infancia, en algún rincón de la edad. “Desde que me recuerdo vivo partiendo, despidiéndome sin tregua”.

Ese “me recuerdo” significa irse a un adentro lleno de memorias, de tránsitos, de desplazamientos, de abjuraciones. Quien “se recuerda” hacia sí mismo admite que siempre está avisada de su sí mismo. Es el yo convertido en una capa que cubre lo que luego aparece como evidencia. 

Nada tiene de extraño que quien recuerda, que quien hace de la memoria una recurrencia, no se vea más allá de ella, de la vida, del cuerpo vivo:

“Estoy velando mi cadáver desde que me conozco”.

La muerte, la eterna sensación frente al abismo, frente al farallón de la vulnerabilidad. La muerte: un siempre, un vocativo que se admite en vida, en la lectura, que también es una “recordadora”. 

La muerte es una asignatura pendiente en quien la intenta estudiar para vivir.

Nunca se sabe mucho de ella. Por eso el ser se advierte muerto: ve su cadáver y lo convierte en palabras.

4.-

Insiste el olvido. Y aparece un país en el pasado. Un país perdido, como aquel paraíso que Milton enunció en su largo testamento. Un país desconocido, pero con ansias de recuperarlo. Un país que era un sueño, transformado en espejo de las noches, en reflejo de las madrugadas.

Y en la intimidad, la máscara, el travesti, el nuevo rostro, la concepción de otra soledad. Y un disparo en un dedo, en un índice, como síntoma de extravío, de falta de dirección.

Muchos son los asuntos que trata esta voz: la imaginación como recurso, la fantasía: la mandrágora, el unicornio, los gnomos, los brownies y la medusa, el rey Odín y la salamandra: el guiño de otro pasado, de otras creaciones, la mirada infantil, el regreso a la memoria primigenia, la de la casa y los pequeños secretos. Y una abuela árabe, quien le contaba de un hombre peludo, feo y vagabundo, el Gul, quien vivía metido en los frascos de los dulces, y cuando la niña metía la mano, el sujeto se la comía. Y los proyectos de sueños. Un invierno y el caos verbal se abrevian en la “Recapitulación de una mujer en moto”. 

Todo lo anterior encerrado en un mundo oscuro, detenido. Un sueño largo que se propuso verbos, adjetivos, sustantivos, una sintaxis cadenciosa, ávida de seguir para depositar en la luz sus significados. Un sueño emergente, un largo instante:

“Soñaré que encontramos una casa encantadora, abandonada, sucia, llena de

luz entrando por las grietas de las paredes. Es una casa eterna (Deambulo cojeando por la madrugada. Ni siquiera puedo dar aviso, pues mi 

lenguaje se ha convertido en uno signos incomprensible…”

Una afasia provocada por un viaje que toca a su fin cuando la voz alterna con la hora más tranquila:

“La madrugada es verde como una botella”.

El sujeto de esta aventura, de ese sueño, se resiste a estar en la misma quietud. Se sumerge y emerge:

“Por último, debí haber confesado que guardé las noches que no quisiste 

ofrecerme en un hueco en la arena (…) Mis indolentes amigos que no vieron el fugaz centello de la salamandra al borde de la lumbre”.

Un sueño simboliza, le añade al extravío las marcas que luego se convierten en imágenes, en palabras, en versos, en una suerte de resurrección, de vuelta a la que seguirá siendo la existencia. El ser jamás termina.

“Amanezco y viene siendo como si durmiera”

Vuelve el día sobre el lomo de los poemas. El cuerpo vivo de quien los escribe, de quien se dobla para afirmar el lápiz o ver el paisaje de la pantalla llena de signos, de bosques, de pequeños animales, de gente que se aleja. De rostros al azar. Y una entrada:

“Para mi suerte, la puerta de mi casa se abrió el día en que tú sabías y podías

hacerme regresar…”

El exilio interior dejó de ser. El sueño fue abatido.

5.-

“En caso de que todo falle” es un acierto poético. Una “narración” desde lo que podría decirse es la memoria, el olvido como recurso y la muerte: esa experiencia ineludible. O todo lo que envuelve el tránsito hacia otro tiempo.

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Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.

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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».


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Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.








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