martes, 12 de septiembre de 2017

Elisa Lerner y la filosofía en el tocador






Estimados Liponautas

Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar una nueva entrega del siempre oficiosos Carlos Yusti.

Disfruten de la entrada.


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Carlos Yusti


Lunes 27 de Febrero de 2017

Así que pasen cien años. Crónicas reunidas

Entre los libros publicados por Elisa Lerner el que prefiero es Yo amo a Columbo o la pasión dispersa. En ese libro ya están las claves maduras de una escritura que desborda exactitud mental, inteligencia contundente y una singular poética para situar la pasión disparada en distintas direcciones. Al pensar en algún libro de Elisa Lerner de manera automática recuerdo el título de un libro de Sade, La filosofía en el tocador. No porque Elisa Lerner escriba pornografía para libertinos, sino por ese estilo frente al espejo que exhibe las verdades sin afeites de ningún tipo, pero con ese sentido de aguafiestas que no descuida para nada el sarcasmo y la frase construida con los palillos de dientes del ingenio y el ardor.

Un aspecto fundamental de lo que denomino estilo Lerner, aparte de ese humor punzante, es la virtud de convertir lo frívolo (de eso que se conversa en las colas o en las salas de espera del ginecólogo) en algo trascendente y luminoso. Ella pudo haber dicho esa frase del personaje (en la película Juventud), especie de compositor y director de orquesta retirado, Fred Ballinger (Michael Caine): “La frivolidad es una tentación irresistible”. Como escritora tiene un pulso especial para sacarle jugo a esos temas ventilados en el tocador de señoras hasta convertirlos en una filosofía para llevar y escritos con la mejor literatura para así saldar cuentas con la belleza hueca, la pereza del burócrata, el politicastro lacayo de sus ambiciones, el miedo a lo auténtico y la angustia de un país que se dibuja mal y al que creemos un paraíso impostergable.



El libro Así que pasen cien años, impreso por la editorial Madera Fina, exhibe sin más un país sin afeites, sin ese maquillaje grosero que de lejos nos hace ver chispeantes y glamorosos. Es un libro de 784 páginas que condensa su trabajo como cronista y ensayista: Una sonrisa detrás de la metáfora (1969), Yo amo a Columbo o la pasión dispersa (1979), Crónicas ginecológicas (1984), Carriel para la fiesta (1997) y En el entretanto (2000). Con el incentivo de que esta recopilación incluye los textos publicados por Lerner en libros colectivos, revistas y periódicos.

No le agrada mucho la muletilla “cronista” y en verdad no le calza, ya que es una escritora en mayúsculas. En el estilo Lerner las palabras se convierten en sonidos estéticos insospechados y la realidad, pasada por su escritura, adquiere visos de feria de vanidades. En el estilo Lerner el país suena a pompa de jabón, a brillo de labios de alguna miss ante las cámaras de televisión, suena a estribillo de político casposo en el podio de la demagogia. El estilo Lerner hace malabares con las palabras al tiempo que le arranca una sonrisa al lector. El estilo Lerner ha descolocado nuestra literatura tan académica (por no decir fastidiosa y tan pagada de sí misma) y repleta de pruritos malsanos para situarla en ese borde de la informalidad con clase, en ese abismo de fino arte para escrutar desde esa metáfora implacable de la literatura los diferentes modos de ser país, sin apelar a la autocompasión y sin desechar la puya burlona, el aguijón de la risa rictus que puede liberarnos del autocastigo y la amargura.


El mundo de Elisa Lerner es un país; un país que en su escritura es muchos países y ninguno. Un país que se transforma cada cierto tiempo y que en ocasiones se deforma tanto que llega a ser sólo una caricatura. No vivimos en un país, sino en una caricatura tragicómica. Lerner con su artículos, ensayos y crónicas también lo ha dibujado con precisión de cirujano y como ninguna otra escritora lo ha fotografiado desde el humor y la pasión, sin telenovelería, pero sí con ese estilo de comedia de equivocaciones. Lo escrito por Gisela Kozak Rovero es bastante pertinente: “El humor en esta autora es el arma de la inteligencia que sólo cuenta con su propio poder frente a las invitaciones y amenazas del mundo. Por eso, saborear su prosa es contemplar una rosa de abolengo en… burda solapa confeccionada en alguna sastrería de El Silencio”.



En una entrevista contó que en una carta Miguel Ángel Asturias le recomendaba: “Elisa, su camino es la literatura, la escritura. Sea responsable”. En esa misma entrevista acotó: “No sé si he sido responsable. Uno nunca lo sabe. El destino no se traza como trazar el dibujo de una casa, el destino son naipes en el casino de la vida”. En lo personal creo que ha sido una escritora responsable con las palabras al imprimirle la dosis de arte necesaria para vislumbrar el país desde una escritura de sutil despiadado y en la que la ironía inteligente se encarga de dosificar nuestros gazapos patrióticos y nuestros olvidos de toda índole. Lo que ha puesto Elisa Lerner en su escritura ha sido la memoria con cuentagotas, una memoria escrita de esgrimista sin tregua y que a cada tanto arremete con la estocada necesaria para espantar el bostezo y la soñolienza de la siesta petrolera.


El glamour como método podría definir el trabajo literario de Lerner. Hay una displicente elegancia en la forma en que aborda los temas. Si cualquiera quiere escapar de este país real y manufacturado de mentiras por la administración de turno, que se escurra por el agujero de conejo de todo lo escrito por Elisa Lerner y así descubrir un país inusitado, un país reescrito desde la imaginación más real y menos verbosa, un país tan exultante, perturbado y exquisito como una metáfora “en el risueño y envolvente papel celofán” (Lerner dixit) de una escritura puntillosamente genial y refrescante.




Tomado de Letralia


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.



Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia


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