domingo, 5 de mayo de 2019

SOBRE EL VERBO ENVEJECER.


Imagen tomada de Ideas que Ayudan.



SOBRE EL VERBO ENVEJECER

(Sol Linares)


A mí misma, y mis etcéteras


(1) La edad es mucho más que la suma del tiempo


En nuestra edad no cabe todo lo que hemos vivido. Como en una ventana no cabe todo el cielo, como en un telescopio no caben todas las galaxias, o en una escalera todos nuestros pasos. Si lo intentas, ¿pueden caber en tu cama todos tus amores? ¿Acaso caben en una cucharilla todos tus sorbos? ¿O en la almohada todos tus sueños? En mi reloj de pulsera no caben las 359.160 horas que he vivido hasta hoy. Ni en mis zapatos todas las millas que he viajado. De los 14.695 días gastados, cada uno ha sido diferente al otro aunque cada día haya repetido la rutina de despertar, bañarme, comer, estudiar, cagar, trabajar, dormir. Siempre ocurre algo que lo hace distinto: un paisaje, una persona, una ciudad, una anécdota, un sabor, un dolor. Nada ocurre de la misma manera, lo cual hace pensar que un día es una progresión de 24 horas donde una o más cosas ocurren de múltiples formas para obtener infinidad de sentidos. Entonces, ¿qué miden nuestros años? La edad es mucho más que la suma del tiempo. Es un resultado interior que acopia los accidentes, las acciones ajenas y cada una de nuestras decisiones que nos han modificado hasta hoy. Siendo la edad una categoría del tiempo, también lo es del acontecimiento. De modo que la suma del tiempo y el acontecimiento dan un resultado de singular belleza: la transformación. La edad es la medida de nuestras transformaciones. Será por eso que nuestras líneas de expresión son el dibujo de las emociones más usadas.

(2) La autenticidad es un constructo de los años

Hermoso párrafo el anterior, ¿cierto? Parecen cosas de Unamuno, Yourcenar, o Sábato. Es la edad, uno abre la boca y de pronto salen tantas parábolas… Todo indica que ha llegado el momento de eructar sentencias al mundo, y lo peor es que no pediré disculpas por ello. ¿De qué sirve envejecer si seguiremos pidiendo disculpas por todo? No vale la pena envejecer y seguir pidiendo permiso para vivir, pensar, amar, cambiar de opinión, disentir, follar, rendirse, desear, ambicionar, ganar o perder. En realidad no vale la pena envejecer para seguir huyendo, temiendo, tosiendo si te preguntan algo vital. Debe haber una edad para la desfachatez sin revanchismo, para las verdades sin sectas. Bella la edad en que no buscas convencer a nadie ni ser convencido, en que respondes lo que te preguntan, si te lo preguntan, y que sea problema de la gente la respuesta. Como comer chocolate en una hamaca eso de librarse de la angustia de tener siempre la razón, la última palabra, la palabra clave. Fantástico también eso de dejar de ver en cada evento una ocasión para imponerte u oponerte. ¿De qué sirve envejecer y seguir confundiendo las luchas triviales con las batallas de tu vida? ¿O cambiar de dirección por seguir a ciegas al primer pingüino que busque un acantilado, o al primero que pronuncie la palabra justicia? De nada sirve, y continuar imitando, gritar si todos gritan, correr si todos corren. De nada sirve envejecer y seguir temiendo equivocarse, hacer el ridículo, o preguntar lo que no se sabe. De nada sirve envejecer para guardar los mismos rencores. No vale la pena llenarse de años para seguir protocolos al pie de la letra, oler el vino sin saber de bodegas, aplaudir una obra que no nos gusta, saludar solo si te saludan, ser valientes para todo, disimular los bostezos mientras izan la bandera. La posibilidad de quitarse las máscaras en todas las ocasiones, es una de las raras ventajas que reconozco de la vejez, dijo Margaritte Yourcernar. ¿Qué otra ventaja podría darte envejecer, sino la de ser lo más verdadero posible?

(3) La edad es una medida engañosa de comparación

Envejecer es uno de esos verbos que solo se usan frente al espejo, frente a un ex, o frente a un viejo amigo del cole. Nunca se está demasiado viejo sino en relación a algo o alguien. Al lado de una estrella somos algo menos que un ácaro no nacido; al lado de un bebé somos más o menos un rascacielos de días. No se sabe cómo, encontrar a un ex compañero de clase en el minimarket es una experiencia esquizoide. Pasamos de la alegría de ver al amigo a la compasión por su deterioro, luego al terror de vernos igual, y finalmente, a la oculta y tibia satisfacción de creernos menos envejecidos. Nos despedimos secretamente triunfantes. Pero el amigo o el ex, cruza la calle invadido por la misma piedad hacia nosotros.

(4) La edad nos interroga

Tengo 41. Y lo digo despacio: cua-ren-ta-yu-no. Después de los 40 la edad se pronuncia lentamente, separada en sílabas sentimentales. Es como preguntarle a un número quién somos. Antes no, antes un cumpleaños jamás es motivo de reflexión. Cumplir años a lo sumo representa lo siguiente:
            De 1 a 3 años (heroísmo): Solo importa vencer el fuego y apagar las velitas.
            De 4 a 6 (emoción): La torta es la rockstar.
            De 7 a 11 (egoísmo): Los regalos son más relevantes que las personas.
            De 12 a 21 (pupularidad): Mientras más amigos haya más genial somos.
            De 22 a 32 (autodestrucción): Procurar las más profundas y consecutivas borracheras menzclando ron, tequila, cocuy, whisky, drogas, compañía, lugar, hora, religiones, tesis, antítesis.
            De 33 a 37 (exclusividad): Estar borracho solo con amigos verdaderos.
            De 38 a 45 (existencialismo sobrio): Mierda, ya estoy viejo. ¿Quién soy? ¿Qué he hecho?


Fotograma de Up.


(5) A los 40 todo es confuso

Los 40 traen un profundo desconcierto, esa desgraciada sensación de estar a la mitad. Es una edad confusa, en la que siendo viejo todavía se es joven, y para las cosas de jóvenes, se está un poco viejo. Sigues llevando tu ropa de los 30, la sobriedad de los 36, el entusiasmo de los 25, hablas como de 50, amas como de 20, pero te dicen señora o señor en los buses, en las tiendas, y en la taquilla de los bancos. ¿Señora, yo? Confuso comenzar a ser una señora, o un señor. Sobre todo en un mundo donde las sillas se destinan a los ancianos y los peligros a la pubertad. Donde, de haber una tragedia, se salvan primero a los ancianos y a los niños: a los de 40 que se los coman los perros. Es un error de cálculo. ¡En realidad el mundo está gobernado por gente de 40! Pero nadie parece notarlo, entonces uno queda como atorado en un limbo, como atorado en la embajada de un país que todavía no existe. En las fiestas, los de 40 tampoco sabemos si conversar con los de 25 o con los de 60, es decir, hablar de Maluma o de la osteoporosis. Uno se va haciendo el tonto y se mete en la cocina. Allá te ponen a picar cebollas, pimientos y a hablar de los bonos. Hablar de los bonos empeora todo; ese tono confuso entre alegría, mendicidad y suerte te da un aspecto bobalicón. Lo cierto es que a los 40 uno pica aliños, habla de política (el verbo correcto es arrecharse de política), reparte galletas, va al baño a cada instante a vaciar la vejiga, y termina bailando con los de 25.  

(6) Los extraños efectos de la palabra Señora -Señor-

Cada vez que me dicen señora se me pega un susto… Parece que me van a culpar del holocausto, o de los pecados de Gloria Trevi, o que me van a poner a barrer los montones de basura que dejan en el Woodstock. No sé, no sé, me da un susto cuando me dicen señora…  Siento que van a culparme por la muerte de Lennon, o a pedirme una receta de lasaña, o pedirme remedios naturales contra los parásitos, o a ponerme a coser botones. Qué mierdas sé yo. Es como si alguien fuera a pedirme una tijerita que debería tener en el bolsillo para cualquier emergencia. Como si alguien fuera a pedirme aspirinas, o anís estrellado para el cólico, o ácido bórico para... no sé para qué coño es el ácido bórico. O como si alguien desesperado fuera a pedirme un lado en la cama porque teme a la oscuridad. Cuando alguien te dice señora, es como si fueran a multarme por las canciones de Alanis Morissette, o a pedirme prestado un destapacaños. Me da un vacío en el estómago… Como si hubieran descubierto que eres feliz y vinieran a pedirte que devuelvas la bicicleta, o que apagues el cigarrillo. Y también me da susto porque cuando la gente me llama señora, siento que esperan de mí una mujer confiable y sabedora, una mujer cabal y generosa. Y la verdad es que no. No estuve en el holocausto ni en el Woodstock, no maté a Lennon, ni sé pegar botones, ni luchar contra los parásitos, ni tengo tijeritas en los bolsillos, ni aspirinas, ni anís estrellado, ni ácido bórico (ahora que recuerdo sirve para envenenar a las cucarachas), ni tengo destapacaños. La verdad es que solo sé preparar lasaña, bailo las canciones de Gloria Trevi, canto las canciones de Alanis Morissette en la ducha hasta que me cae jabón en los ojos. La verdad es que no soy confiable, ni sabia, ni cabal, ni generosa. Y bueno, le tengo miedo a la oscuridad. ¿Señora yo? Será por eso que salgo confundida de la taquilla de los bancos, buscando entre la gente una mujer de mi generación a ver cómo es una señora que escucha a Pink Floyd, a ver qué cosas enseña, que cosas dice, que enfermedades cura, cómo usa su época para invalidar la siguiente, y cosas así.

(7) Del cuerpo

Uno pasa lentamente de ser humano a Shair Pei. Gabriel García Márquez dijo algo como que el cuerpo no está preparado para los años que uno pudiera vivir. Pues que viva lo que pueda, a lo Bukowski, a lo Pizarnik, a lo Sabina, a lo Mahatma Gandhi. Total, el cuerpo es el mejor cómplice, el testigo más cercano, la insatisfacción más dolorosa, la víctima más placentera y el enemigo más dulce.

(8) Del amor y el tiempo

El miedo a la vejez no es otra cosa que el miedo a dejar de ser amado. Por eso nos drogamos las bocas con botox, las tetas con silicón. Reducimos los cueros, estiramos las carnes. Lo hacemos por no perder el privilegio del amor y del sexo. No hay más razones que estas para querer vernos más jóvenes. Porque nadie quiere seguir siendo el “pata en el suelo” feliz, el pasajero idiota del mundo, el copiloto, el inexperto en la cama, el chulo, el inquilino endeudado, el mantenido, el encapuchado de guerrillas fútiles, el suicida por todo, el exagerado por nada. De la juventud se añora solo la juventud. La flexibilidad para tener sexo en la ducha, las carnes duras para que cuando te quites el brassier tus tetas apunten a un solo hombre y no a dos, la lozanía del rostro por si alguien viene y te acaricia. Si algo pudiéramos cambiar de nuestra vejez, es ese cuerpo derritiéndose. Todos quisieran tener la experiencia, el confort, la sabiduría, la pericia, el guaguancó de los 40, 50 o 60 en un cuerpo de 30. Por eso amar y ser amado es la batalla más feroz que plantea el tiempo, el fin que justifica los medios. Moraleja: Hay que ponerle botox al corazón, hasta que aguante.

 (10) La vejez no existe: existe la actitud

No sé quién construye estas expresiones cursis que lo empeoran todo. Ya está bueno eso de ponerle fresas a la sopa de pescado. Detesto esas frases ambigüas como “pareces de 33”, “no aparentas esa edad”, “mantienes la alegría de la juventud”. Es como halagar pellizcando, como dar un caramelo escupido. La verdad es esta: uno llega a la vejez como llegó a la pubertad, uno llega a la vejez como llegó a la adultez: siendo amargo o alegre, optimista o pesimista, apasionado o apático, quejumbroso o satisfecho. La alegría, el optimismo o la amargura no son categorías del tiempo. Pertenecen al reino de la personalidad. Así que voy a morir con las convers puestas. Caminaré por las ciudades como una coqueta Shar Pei con zapatos de lona gastada, bajo una sombrilla de flores, cantando las canciones de Alanis sin entender para qué llevo tijeritas en el bolsillo, y si esas bolitas duras son las baterías del dildo o las aspirinas.


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Sol Linares

Escritora venezolana (1978). Ganadora del primer lugar en el concurso ”Cuento, ensayo, poesía” (Universidad de los Andes, ULA, 2002) por el cuento “Bitácora de ti”; del primer lugar en la III Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares 2007 con el libro de cuentos Cuentafarsas (Fondo Editorial Arturo Cardozo, 2007; Fundarte, 2010); del primer lugar en el Concurso Internacional de Novela Alba Narrativa 2010 con Percusión y tomate (El Perro y la Rana, Venezuela, 2010; Fondo Cultural Alba, Cuba, 2011; La Oveja Roja, España, 2016; Acirema, Venezuela, 2018); del Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2014 por su novela Canción de la aguja (Fundarte, 2013), y del Premio Municipal de Literatura Luis Britto García 2015 por su libro de cuentos La silla cruza las piernas (Fundarte, 2014). Autora del libro de cuentos La circuncisa (Monte Ávila Editores, 2011). Muestra de su trabajo narrativo ha sido recogido en las antologías Antología sin fin (Escuela Literaria del Sur, 2012), De qué va el cuento (Alfaguara, 2013) y Nuestros más cercanos parientes (Kalathos Editorial, España, 2016).


Tomado de Letralia



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Actualizada el 04/03/2024

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