martes, 15 de septiembre de 2020

Alberto Hernández: Encuentros sobre parientes tierras





Alberto Hernández: Encuentros sobre parientes tierras

           

I



“Yo sé que él está vivo
A todo lo ancho y largo de su cuerpo.”
Heberto Padilla.



Muchas veces, he entrado en el polvoriento hemisferio, señal, de una dedicatoria, como abriéndome más espacios, los cuales, con pie de solo miramiento, recorro siempre suspendida de la mano amasando navíos de vientos arenosos, rozando el solo temblor de escuchar la sangre que entretejo con la prudencia de la palabra; pero el impulso de cabalgar sobre la noche de intentos y el exilio es humano, para el acatamiento de este buen comienzo.  Entonces, me acoplo a los descosidos velos, volcando el anuncio de la Entrada arrastrando luz de doliente lámpara, esa, apoyándose, en la memoria del silencio, del tiempo trascurrido sobre parientes tierras, pulsando propio surco por paraje costa: - Uno regresa muchas veces del silencio. Busca el / lugar donde una vez dejó una palabra, pero no encuentra / el sonido que podría salvarlo.-. Otorgando, una obertura mediante el mensaje de blanco silencio, mientras, desde ese lugar, sopla una fría brisa, juntándose con la niebla encantados refugios, arropando distancias que parecieran esconderse a toda promesa durante las horas de asombro: encuentros, con el giro eterno de aquellas manos hilando personales destinos, retornando desde ese más allá, ahora, el poeta, - los hombres saben de estos asuntos, de cartas de odio / escondidas en los chalecos de la familia. Saben de / palabras ocultas en baúles y piedras-.

Ovillando lo que se escurre, dentro de su espacio, tratando, de recolectar los reflejos que se anudan con la sabia experiencia de las heridas en viva hoja: lugar de acuerdos cuando -La historia es esta orilla. -, regresando, del peregrino oleaje instante, una y otra vez con la piel de tantas alzadas manos, señalando remolinos de búsquedas habitadas, cruzando sus huellas el rostro a partir del silencio del este, y al oeste, el olvido, -Lugar ajeno a la mirada. Mis pasos muelen la arena / que huye de la casa, como si el mar hubiese encontrado / descanso -. Asimismo, de justo, estampando, ya el territorio por parentesco, el poeta, nos va atrayendo del mismo modo como se descansa en el olvido, abriendo el hallazgo la destreza del encuentro con aquellas palabras, como sí esos baúles con memoria de piedra, estaban esperándole justo, a un final de sepultada tierra: arena, reconciliándolo con nuevos silencios, perteneciéndole a la vida, a la soledad que ingrata nubla otros aires: - En la ventana otra mujer identifica la voz que viene / de la calle. Sabe que en las manos trae verduras y / pescados. Siente la entrada por la puerta de roble -; entretela propia del recuerdo, sacudiéndolo desde muy adentro, para despojar el agua de su boca. Madre o hermana, infinita, la mujer aguardando, como espejo que trae otros velos avivando el sediento pan de avenencias: - lo mira –atrás queda la cortina-/ colocar los/ alimentos en las mesas; se arrellana en la silla y cuenta las/ últimas monedas-. La escena, gira al fin, se comprende la sequía en el cuerpo, desnudo por un estacional semblante, temblando aún, sin el ruego vuelo, quedando prisionero de todas las tierras por recorrer eternamente con la imagen subterránea, resguardo, de la más exigente de todas las pasadas lunas, la que puebla lo descendiente dentro del originario árbol.

 Sólo el poeta, él solo por los oscuros senderos encarna la caída rama, con un despojado fuego, ahogándose dentro de él, con la savia brevedad del diálogo, y lo despunta traspasando la redondez en el poema, siendo notorio, la evidente textura poética  de su liberado aliento, por estos caminos cuando se ensortija el umbral de callada infancia: -La casa vieja, el solar hecho ciudad: la noche se pierde / en los cuentos del hombre: los niños se tapan los oídos con los pasos /de los grumetes/ de una historia inventada (ahora lo sé)-. Dando aquella media vuelta, inscrita en el tiempo, mientras, el padre, hijo por el presente, dan el círculo preciso pasando muy bien por las esquinas de las congénitas huellas que, a su vez, -Callamos y volvemos siempre/ a los mismos lugares.-.

Un cumplido retorno, derramado por la intención de anidar un poco más la sensación de la visita con los silentes días: desamparo tormento de inquietas almas, que hoy están en un plano más seguro: el de la palabra: -Para cruzar el desierto/ hay que imitar a las cabras: // corremos sobre aquel mar/ lleno de barcos bajo tierra.-.  Los recuerdos, como agujas, se tienden ante sus ojos, son los anteriores, son los encuentros con las apariciones familiares, aquellos, que ya se alude como la pesada mano de la edad, como esa puerta de roble, donde, - El gallo del oeste vuelve de la tarde-.

Lo vivencial, revela, un ayer en su inmortal hoy, recuperándose del olvido; arqueándolo, a través de su perteneciente tono poético narrativo, las diferentes voces con las cuales Alberto Hernández, teje este viaje, de agasajo por legada herencia, íntimo, en su perduro destierro: -Soy de ese lugar de silencios/-. Naciente reconocimiento desde la Entrada, con un dejo reflexivo, a la vez aceptación de lo expresivo, en cada signo que vierte, dando un sentido de fidelidad, de transformación de la temporal imagen: misma, metáfora de lo conocido, levantándose para el descanso de aquellos sellados años, puliéndolos, dándoles brillo desde lo oculto en la memoria, para después asomarlos sobre su desnudo verbo, - Vivimos de voces apagadas. Todos los que no han / regresado ocupan el sitio conservado por nuestras/ manos, negaciones y anhelos // Qué palpo -entonces- cuanto tampoco estoy-. 


II



“Yo no sé si los viejos regresarán
un día por el sitio
en que uno los perdió cuando niño.”
Heberto Padilla.


Transitorio, en lo fugaz del instante habitado, Alberto se medita, trajeando, su cuando no estoy, abrigando la continuidad uniendo voz por lluvia lágrima, apareciendo, el luto, mientras avanza por los lugares donde se destierra al evocado reflejo, sólo en la orilla del mar, esperando que las lanzadas puertas, retornen a la misma orilla, sin embargo, las desgranadas voces, se introducen muy bien en la paciencia del próximo cimiento: -Paso a paso / la tormenta/ llega hasta la casa: // sólo los rumores de esa gente / que no conozco-. Alberto, continúa escarbando, tiempos y suturas regresando del otro lado, cuando ya en el segundo intento, duele la despierta pérdida por cambio de piel: presencia ausente de este lado, de igual modo, es aliento etéreo, con la cual dialoga: -Tú no puedes hablarme. Respiras con dificultad y / sonríes porque de todas maneras ya habías olvidado la / vida, ya habías entendido que esa forma de alejarte era también // un juego, un impecable asunto // una forma de entrar en la muerte-.

Espesura alojándose, dirigiéndose a ella como tembloroso invierno, no mezclado con el riesgo que asume en desbocar ya en exilios, la fría repuesta levantando pliegos, amarillentos del igual modo como la propia mar los regresa, - Oyes en la distancia el nombre que buscas. La luna se / deja seducir por el día, y no te importa. Sigues esperando / la voz, ilusión que no olvidas para no perder el / sueño, la araña que surte de manchas la pared de / aquella casa-.

Vinculado a lo simbólico muy puntual alzando el templo, la pariente puerta abriendo mucho más los pasillos de aquellos que pasan, para recrear la casa, (su templo) como diría Bachelard, -La casa nos brindará a un tiempo imágenes dispersas y un cuerpo de imágenes-. Del mismo modo, el poeta, nos las da, como cuerpo, como estatura de un tiempo colmado de vivencias, que hoy se expanden, cautivadas por su memoria: paralelo encuentro con la araña cubriendo lo sentido a través de su voz originando un espacio poético, visualizándose él, entre las manchas en la pared, para luego mostrarse en la belleza humana como un cuadro perteneciente a la misma pared de aquella casa: -Tengo un solo cuerpo, el que usas / Incómodo, desnudo, lejos de mí / Sin lugar para abandonarlo. –.

En ese ir y venir, Alberto Hernández, nos presenta la desnudez de la infinita realidad del préstamo de la vida; por lo tanto, fijamente, será el eterno ritual renovado: ser, el cuerpo de la casa, la habitada o la deshabitada, a la que volvemos con atuendos del mismo viaje, abrazando sólo las puertas, al final, eterna existirá la casa, la de la infancia, la de la ciudad imaginaria, la materna, como parte, –Del origen sólo nos queda el polvo-. Y por esa cruzada regresa, más atento del lenguaje, de las percibidas voces que se han entrecruzado con su diálogo, todas familiares, amigos o vecinos,  que en – una orilla aérea lo recibe-,  entre ceremonias, sembrando el paso con el sonido del padre a la mitad del camino, mientras, ya el espacio es lejano; aún así, el poeta, puede apreciarse frente al mar, con el solo olor, -Sin embargo, / me instalaré en este sitio-, abriéndole este muy suyo universo: señal de la última puerta, siendo aquella igual Entrada cuando nos detuvo con su soplo arrojo del aviso, donde ahora el mismo poeta se detiene, incrustando más barcos en arena toda, rodeando silencios y olvidos, -asido a la mudez/ pronuncia llegada y despedida-.


La serpiente que se muerde la cola: totalidad, con dominio de la palabra, juntando lo creado, lo intrínseco de la estimulada forma de arrinconar la arena en un solo brío del aire, conservando su arraigo vínculo de sangre y tierra en el propio costado de la muerte: -Cierran la puerta y comienza realmente la noche. -; hundimiento del postigo, mismo roble, brotando por un siempre amén del nudo arco interno en su mar de escoltas. Por ellos, por los que surgieron de lo real imaginario de Alberto Hernández, por el viaje, por el largo sueño, por las parientes tierras, aliadas siempre de este su inicial aviso en la Entrada: Las voces que se asoman en este libro representan / la imagen de un instante, un hecho que la imaginación / propició para que nadie abuse del olvido.-. Y para no despedir personales habitaciones por la llegada de la sombra, esperándolo, junto al borde -trecho andado, ya sin piedras, sin sobresaltos-, concedido por el movimiento esférico de su compromiso con el discurso escrito, enlazado al subterráneo cielo colmado de mágicos signos, goteando otro cumplido saludo, espejo reflejo frente a la –su- puerta: - En las líneas de la mano los planos de la casa. Recientes / son los sueños de levantarla para aguardar nuevos / miedos en las palabras no pronunciadas.


Intentos y el exilio. Ediciones Mucuglifo.

Milagro Haack


*******


Milagro Haack, poeta, ensayista, artista corporal y visual. Se desempeña activamente como promotora cultural. Nació en Valencia, Estado Carabobo, Venezuela, el 29 de noviembre de 1954.  Miembro del Círculo de Escritores de Venezuela. Noviembre 2007. Actualmente, reside en valencia y dirige un Taller permanente de Diálogos de Literatura y Orientación Poética “El Retorno a lo Humano”. Se dedica a la trascripción y corrección.

Libros publicados:


 “Temple Ajeno”. 1990. “Puertas que no me Pertenecen”. 1991 (Mención Honorífica Bienal Latinoamericana José Rafael Pocaterra 1987–1988). “Luto de otra Boca”. 1992. “Cuarto de Ceniza”. 1994. “Antología Poética”, “La rama bifurcada”, Poetas del Estado Carabobo. 1986-1994. “Cuadernos Cabriales N° 54”, editado por el Ateneo de Valencia. “Cenizas de Espera” 2003. “Cinco mañanas juntas” 2003 “Lo callado del silencio” (2004). Antología de Escritores del Estado Carabobo: "Palabras de Anunciación y de otras Adyacencias" (Editado por la Alcaldía de Valencia en homenaje a los 450 años de la ciudad de Valencia. Noviembre 2007). Escritoras venezolanas ante la Crítica. IV antología de la Asociación de Escritores de Mérida. Venezuela. Fondo Editorial Ramón Palomares. 2008.

*******




*Alberto Hernández, poeta, narrador y periodista, nacido en Calabozo en octubre de 1952. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Dirige El Suplemento de "El Periodiquito" de Maracay, en el estado Aragua. En el año 2000 recibió el Premio "Juan Beroes" por su obra literaria. Ha obtenido números reconocimientos y premios literarios. Autor de numerosos libros, entre ellos se pueden citar: "La mofa del musgo", 1980, "Amazonía", 1980, "Última Instancia", 1989, "Párpado de insolación", 1989, "Ojos de afuera", 1989, "Bestias de Superficie", 1993, "Nortes", 1994, "Intentos y el exilio", 1996, "Puertas de Galina", 2001, "Poética y desatino/Aforismos", 2001, y "Slovenia", 2001, "Fragmentos de una misma memoria”. Ha sido invitado a la Universidad de San Diego, California, Estados Unidos, la Universidad de Pamplona, Colombia, entre otras. Encuentro para la presentación de una antología de su poesía, publicada en México, Cancún, por la Editorial Presagios.  Es un gran promotor de la cultura de nuestro país.

No hay comentarios:

Publicar un comentario