lunes, 3 de septiembre de 2012

Vargas Llosa: Toda mi cultura erótica se la debo a la oligarquía peruana





Vargas Llosa: "Escribir para las tabletas banalizará la literatura"

09/05/2012 | EFE.


  • El premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa cree que la literatura que se escriba "directamente para las tabletas" tratará de llegar al mayor público.





Eso se hará "al mismo coste que ha pagado" la televisión: caer en "la banalización y la frivolización", apuntó el escritor peruano. 


"Es un temor y ojalá no se cumpla", afirmó hoy Vargas Llosa al intervenir en el ciclo "El libro como universo", que la Biblioteca Nacional ha organizado dentro de los actos de su tercer centenario, que se celebra este año. 




Vargas Llosa mantuvo un diálogo con el periodista Sergio Vila-Sanjuán, en el que salieron a relucir, entre otros temas, su pasión por la lectura desde niño, el nacimiento de su vocación literaria, su amor por las bibliotecas y su temor que los soportes electrónicos afecten al contenido de lo que se escriba 



Y es que, "contrariamente a lo que dicen con tanta seguridad los defensores del libro electrónico", el gran escritor peruano no cree que "el soporte sea insensible al contenido". 



El Premio Nobel de Literatura basa su convencimiento en lo que ha pasado con la televisión. 




"¿Por qué la televisión ha banalizado tanto los contenidos, cuando es un instrumento extraordinario para llegar a gigantescos públicos, pero ha sido incapaz de convertirse en un transmisor de grandes ideas, de gran arte o literatura?", se preguntaba el autor de "La fiesta del Chivo". 



En su opinión, la televisión "no ha llegado a ninguna parte, porque apunta a lo más bajo, para llegar al mayor número de personas". 





Vargas Llosa no está en contra del "divertimento" y sabe que hay buenas series de televisión, "pero no es lo mismo leer a Proust o a Joyce que ver una serie". El fenómeno de la televisión "debería alertar muchísimo sobre la manera en la que los soportes influyen en los contenidos", afirmó. 



En un salón de actos abarrotado de público y con decenas de personas que tuvieron que seguir la charla desde fuera a través de una pantalla, Vargas Llosa aseguró que "la cosa más importante" que le ha pasado en su vida fue aprender a leer a los cinco años. 




Desde entonces el mundo se le "enriqueció de forma extraordinaria" y empezó a vivir "grandes experiencias gracias a los libros. 



"La lectura me cambió la vida", decía Vargas Llosa antes de contar que los libros le ayudaron a combatir la soledad y la incomprensión cuando, con once años, su padre, al que él creía muerto, volvió a casa y cambió la vida del pequeño Mario. 



Su padre era un hombre muy autoritario y Vargas Llosa sentía "miedo, pánico" cada vez que él le "levantaba la voz". "Sentía un gran rechazo hacia él", aseguraba hoy el escritor, seguido atentamente por su mujer, Patricia Llosa, y por la directora de la Biblioteca Nacional, Glòria Pérez-Salmerón. 





Sin quererlo, su padre le inculcó "la vocación literaria". Lo metió en el colegio militar Leoncio Prado para "erradicar" esa afición a los libros y consiguió lo contrario: aquello le dio el tema para su primera novela: "La ciudad y los perros". 



Y allí también escribió cartas de amor para sus compañeros, que se las pagaban "con cigarrillos", contó el escritor, que en muchos momentos hizo reír a los asistentes y en todos demostró su capacidad de seducción al hablar. 




Porque también hizo reír cuando le preguntó Vila-San Juan qué libros se llevaría a una isla desierta y respondió que "La muerte de Virgilio", de Hermann Broch, una obra que cada vez que ha empezado a leer no ha "podido pasar de la cuarta o quinta página". "En una isla desierta no tendría más remedio que leerla entera", dijo. 



A esa isla también se llevaría el Quijote, "Guerra y paz", y el volumen de La Pléiade con la traducción de "La Odisea". 



En la universidad, el profesor Raúl Porras, "un extraordinario investigador", le descubrió "un mundo nuevo", y años más tarde le facilitó trabajar como bibliotecario en el Club Nacional. 




En esa biblioteca apenas había nada que hacer y Vargas Llosa se leyó entera una colección francesa de literatura erótica, que era "maravillosa". 



"Toda mi cultura erótica procede de esos años, y se la debo a la oligarquía peruana", aseguró.


Tomado de El Mundo





domingo, 2 de septiembre de 2012

Injusticias en el "American Dream"

En Estados Unidos hay 24 casas desocupadas

por cada persona sin hogar





 Una persona sin hogar en  San Francisco Fotografía de Franco Folini


Un censo recientemente realizado en Estados Unidos revela que existen hasta 24 casas desocupadas por cada persona sin hogar, una relación que demuestra que quizá el problema no sea la generación de riqueza, sino la distribución de la misma.

Aunque existe cierta romantización en torno a la condición del vagabundo, de la persona que carece de asiento fijo y de una casa más o menos propia donde residir, visto objetivamente los “sin techo” pueden considerarse un problema social que merece la atención pública.

Desde una perspectiva simplista y quizá un tanto ingenua, se pensaría que estas personas sin hogar se encuentran en dicha situación por el sencillo motivo de que no tienen casa donde acomodarse.

Es curioso, sin embargo, que al menos en Estados Unidos parece ser que estos homeless no están en la calle porque falten lugares de residencia para ellos. De acuerdo con un censo recientemente realizado por el Departamento de Comercio del gobierno estadounidense y el posterior análisis del mismo realizado por Andrew Leonard para Salon, en la Unión Americana existen por lo menos 7.5 millones de casas desocupadas “por diversas razones”.

Relacionando esta cifra con el número de personas sin hogar existente en Estados Unidos (disponible en el mismo censo), que es de 759,101, resulta que cada una de estas podría disponer de hasta 24 casas.

Otro ejemplo de que el problema no está en la generación de riqueza, sino en la distribución de la misma.



Tomado de Pijamasurf


sábado, 1 de septiembre de 2012

La declaración de amor de Fernando Mires a Lisbeth Salander




Noomi Rapace como Lisbeth Salander en la serie de peliculas suecas basadas en las novelas de Larsson


A Lisbeth Salander: Una declaración de amor


Por Fernando Mires | 19 de Marzo, 2012
 
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Vergüenza; debería darme vergüenza. Haber leído la trilogía Millenium de Stieg Larsson sólo hace pocos días obliga a pedir disculpas; no sólo a la memoria de un genial autor fallecido en plena euforia creativa (Millenium iba a ser tetra-logía) sino ante mí. Vergüenza, porque desde mi niñez cuando leía las aventuras de Morgan y Sandokan según Emilio Salgari, no me había sumido tan intensamente en una historia, hasta el punto de postergar citas, incumplir obligaciones, retrasar horarios y asustar al prójimo con mis ojos rojos.

Millones de personas ya han leído la trilogía antes que yo. ¿Qué me impulsó a esa insólita omisión? En las pocas reuniones a las que acudo la gente no cesaba de hablar de Stieg Larsson y su trilogía. No hay crítico literario que no se haya referido a ella. Ni siquiera un artículo de Vargas Llosa publicado el 2009 dedicado a Lisbeth Salander, la heroína de la trilogía, logró inducirme a leer esa historia.


Busco razones que expliquen tamaña insensatez: ¿Falta de tiempo? ¿Cierta hostilidad hacia los “libros de moda? ¿Desconfianza literaria frente a los thrillers? ¿Haber visto las excelentes versiones televisivas suecas y pensar que los libros no podían ser mejores? Quizás hay un poco de cada cosa. El hecho es que nunca una frase tan manida como “es mejor tarde que nunca” me había parecido tan lúcida y, sobre todo, tan verdadera.


Rooney Mara como Lisbeth Salander en la peliculade David Fincher


Por cierto, sería absurdo después que los mejores críticos literarios del universo han escrito sobre Millenium ensayar una sola línea más. Pero como lector creo estar en condiciones de rendir cuentas acerca de mi entusiasmo. Me refiero a la inevitable atracción que siento por Lisbeth Salander quien, con sus apenas 48 kilos, su diminuta estatura y sus 26 años, lucha en contra de los representantes del mal, sean estos padres sádicos, impenitentes violadores, malignas instituciones psiquiátricas, tratantes de blancas, policías y jueces corruptos, comerciantes de armas, y otras linduras similares.

Comparado con lo que hubo de padecer Lisbeth en su infancia, la de Oliver Twist fue un dechado de felicidad. Hija de un criminal sádico, ex espía ruso protegido por los servicios secretos a quien ella a los 12 años intentó asesinar para defender a su madre, fue enviada, mediante diabólica conjuración, a una clínica psiquiátrica. Allí, por “prescripción médica” pasó la mayor parte del tiempo atada a un camastro. Pero no voy a contar la historia. Valga lo dicho para señalar que la que enfrentaba Lisbeth no era una maldad abstracta, sino otra: la maldad convertida en sistema, aquella que se guarece bajo instituciones y sigue el mandato de supuestas “razones superiores”, es decir, la maldad del poder cuando no encuentra límites que lo detengan.

No obstante, Lisbeth no es, en ningún caso, una moralista. Si he “conocido” a alguien sin ninguna noción de la moral convencional, con tanta indiferencia frente a los preceptos, las normas y las leyes, sin la más mínima inhibición sexual, con tan escaso interés sobre ideologías y teorías, con una tan radical ausencia de religiosidad, esa persona es, no puede ser otra que no sea Lisbeth Salander.


Nada más lejos de ser una justiciera. A diferencias de Batman quien combate el mal en nombre de un alto principio moral, Lisbeth carece en términos absolutos de cualquier “Super Yo”. Su lucha en contra del mal la realiza siempre, o por cumplir con algún contrato bien pagado, o en defensa propia. Es decir, ella no enfrenta al mal abstracto; sólo a su representación en personas o en sistemas que la persiguen y la acosan. O en otros términos: su pasión no surge de una afirmación del “bien” sino de una negación existencial del mal: un mal cometido a ella o a las personas que ella llegó a estimar e incluso amar, como fue el caso del héroe masculino de la historia, el sagaz, maniático y guapo periodista Mikael “Kalle” Blomvitz .

Mikael Blomvitz, a diferencias de Lisbeth, es un hombre de valores y principios aprendidos e inculcados. O, para decirlo de un modo filosófico: Mientras Lisbeth es un personaje “nietzscheano”, Blomvitz es uno “kantiano”. Como es fácil adivinar, entre ambos no podía sino existir una inevitable atracción. Lo que uno no tenía, lo tenía el otro.

De modo que si escribo estas líneas no es para ensayar alguna crítica literaria. Si lo hago, en cambio, es para confesar que, a través de esa astuta y anoréxica Lisbeth Salander he podido confirmar una sospecha que todavía no obtenía configuración. Esa sospecha dice más o menos así: “La contraposición del mal no es siempre la bondad; o por lo menos no lo es si el mal es radical, y la expresión más radical del mal se encuentra inscrita en el principio de la muerte. Frente a ese mal radical no vale la pena oponer ninguna bondad, por más radical que sea. Sólo es posible oponer a ese mal el principio de la vida”.

Y bien, para mí, Lisbeth Salander representa, en primer orden, la personalización más radical y osada del principio de la vida que me es posible imaginar.



Eso significa que, si hablamos en términos morales, tendríamos que diferenciar, a mi juicio, entre dos tipos de moral. Una es la moral prescriptiva, y esa la encontramos inserta en mandamientos, en constituciones, en fin, en leyes religiosas o civiles. La otra es una que precede y en gran medida trasciende a las leyes. Esa es la moral del ser. Y el ser para ser requiere negar a todo lo que es no-ser.

Entiéndase: no me refiero a la moral del Emilio de Rousseau, a esa que nos dice que el humano es bueno por naturaleza (leyendo a Larsson obtenemos más bien pruebas de lo contrario) Transgrediendo al filósofo podríamos decir, en cambio, que la naturaleza es buena no porque es buena sino porque es natural. Es, si se quiere, la de Lisbeth, una moral negativa, o mejor aún: de resistencia en contra de todos los poderes que impiden ser al ser. Con su agilidad, su sabiduría internética y su increíble “memoria fotográfica”, desató Lisbeth, a lo largo de tres voluminosos tomos, una lucha a muerte en contra de la muerte arriesgando su vida por la vida.

Sé que podríamos discutir durante siglos acerca de sí la moral que aprendimos es superior o inferior a la que trae el ser consigo al venir al mundo. Frente a un tema de esa dimensión nunca será simple otorgar veredicto alguno. Lo único que en ese punto tengo relativamente claro es que en nombre de la primera moral se han cometido los más horribles crímenes que pueda imaginar la mente humana, siempre por supuesto que esa mente no sea la de Stieg Larsson. Y que no existan seres, ficticios o reales –da lo mismo- como Lisbeth Salander, dispuestos a “matar a la muerte”, sea en el prójimo o aún, si así es necesario, dentro de la propia alma.


Tomado de Prodavinci