martes, 8 de enero de 2013

Umberto Eco, en la memoria de Maracaibo






Estimados Amigos

El pasado 5 de enero Umberto Eco el autor de El nombre de la rosa cumplió años. Hoy compartimos esta nota publicada ese día en el diario venezolano Panorama.

Deseamos la disfruten

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sábado 05 de enero de 2013 


Robert Arapé / panored@panodi.com / Maracaibo 

Novelista célebre, pontífice de la cultura de masas y, muy especialmente, el semiólogo más importante de la contemporaneidad, Umberto Eco celebra hoy 81 años en pleno dominio de sus capacidades intelectuales, habiéndose convertido a sí mismo en un personaje literario, autor de la intrigante novela histórica El nombre de la rosa y de la obra clásica sobre semiótica de la comunicación masiva titulada Apocalípticos e integrados, entre otros títulos que bastarían para crear una vasta biblioteca.







 
Bajo la sombra de su sombrero negro oculta su mirada de detective a la caza de pistas, observadas detenidamente con sus anteojos cada vez más gruesos. Su barba, años atrás nítidamente negra, se ha encanecido dándole aspecto de obispo católico. Habituado a los dolores cada vez más frecuentes de su rodilla derecha, producto de una hiperglucemia alimentada con dulces y pasteles, suele apoyarse en un bastón del siglo XIX. No obstante, su rasgo más perdurable ha sido su pasión por los libros: tanto por su contenido como por las historias que rodean a muchos de ellos; de modo que lee desde polvorientos códices medievales hasta malos best sellers, investigándolos hasta deshuesar el esqueleto de cada uno de sus misterios.





Y, contactado a través de su blog personal, para que ofrezca una descripción de sus quehaceres, teclea desde su ordenador las respuestas a PANORAMA: “Hoy no dudo en conectarme casi a diario a internet. Aunque soy muy crítico con Wikipedia, porque contiene noticias falsas, incluso sobre mí. Sin embargo, es un recurso útil para trabajar porque mientras escribo, por ejemplo, sobre Tirso de Molina y no me acuerdo cuándo nació, voy a ese portal y ¡listo! Antes tomaba la enciclopedia y tardaba media hora en precisar ese dato”.







Habiendo publicado una segunda novela El péndulo de Foucault, una historia de sociedades secretas a la conquista de la humanidad a través de los milenios, Umberto Eco visitó Maracaibo el 29 de junio de 1994, disfrutando en carne propia del paisaje de las costas caribeñas, adonde llegaron famosos corsarios y filibusteros desde el siglo XVI, inspirándose así para terminar su siguiente creación literaria La isla del día de antes, una crónica de aventuras y desventuras de piratas, y publicada con gran resonancia en el invierno de ese mismo año.





Tuvo razones muy personales para viajar al Zulia. Eco nació el 5 de enero de 1932, en la población de Alessandria, Piamonte, en plenas montañas noroccidentales de Italia, y, desde niño, leyó con pasión las sagas del escritor italiano Emilio Salgari, cuyos famosos personajes como Barba Negra vivieron fabulosas odiseas hasta desembarcar en las cálidas arenas de Maracaibo, en ese momento una selva calurosa, a la orilla de una playa rodeada de palmeras y donde se tomaron un agua de coco, muertos de sed. Y así, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, Salgari ya ubicaba a la Tierra del sol amada en el panorama universal de las letras.

Plaza Bolívar de Maracaibo

 
 Deseando conocer “la plaza de Granada”, donde el gobernador Wan Guld colgó a un montón de piratas, entre ellos al Corsario Rojo y al Corsario Verde, en las crónicas del clásico escritor nacido en Verona, Eco quedó sorprendido por la avasallante modernidad de la ciudad que recorría a pie, aún soñando con la realidad de una costa que ahora solo estaba en la ficción literaria de su autor preferido cuando era niño. “Y, en especial, porque nada quedaba de ese patíbulo de imaginación, convertido en la plaza Bolívar de hoy, frente al palacio de los Cóndores, donde el sabio piamontés miraba los árboles y los palpaba como si quisiera saber a cuál corsario colgaron del cuello entre esas ramas frondosas”, rememora Norberto Olivar, profesor de historia y novelista zuliano, al investigar sobre ese momento en particular de la visita del autor del ensayo La estrategia de la ilusión.


El palacio de los Cóndores

Durante el encuentro con el público, después de su conferencia titulada Los límites de la interpretación, dictada en el Centro de Bellas Artes, a cuyo término saludó a los presentes y firmó autógrafos como una celebridad de las letras, yo mismo, entonces un estudiante de periodismo, llegué a preguntarle al gran académico, lanzándole una definición de diccionario al estrecharle la mano: “¿Sabe usted que, en español, su apellido Eco significa una reverberación del sonido hasta hacerse silencio?”. Contestó en “imperfecto” español, aunque con acento italiano, indudablemente: “¡Yo nunca hago silencio! ¡Pregúntale a mi esposa! ¡Yo hablo mucho! ¡Hasta hablo con los libros cuando estoy leyendo!”.






Desde los años 60, Eco se ha ganado un espacio en el biblioteca universal. Porque sus divertidos ensayos, aunque rigurosos, analíticos y sistemáticos, traducidos hoy a todas las lenguas, hicieron ver a Superman no solo como un héroe del espacio al rescate de una familia en medio de un terremoto, entre otras contingencias por ejemplo.






“Mientras los productos de los medios de comunicación se convertían en un fenómeno ineludible, consumido por una sociedad de masas ya incuantificable”, como el maestro en modelos de comunicación Antonio Pascuali recrea esos años, Eco desentrañó el significado más profundo de cada uno de ellos como si se tratasen de obras de arte o piezas con un sistema filosófico intrínseco, logrando resumir y organizar el cúmulo de reacciones que provocaron en diversos ámbitos del pensamiento en tomos tan impactantes como sus propios títulos: El superhombre de masas y Apocalípticos e integrados.


La Unión - Maracaibo





Productor de una estación de televisión italiana a comienzo de los años 50, encontraba sentido al nuevo rostro de la humanidad interpretando los nuevos símbolos que ésta utilizaba para expresar sus inquietudes y angustias, y, donde los pensadores “apocalípticos” olfateaban basura, daba con el conocimiento “integrándose” a las creaciones de la civilización, popularizando términos como “highcult”, “midcult” y “lowcult”. Solo considera lamentable la ausencia de criterio en el público, y así reflexiona: “Siempre digo que la televisión es buena para los más pobres y mala para los más ricos. Porque ésta ha enseñado a todos los italianos a hablar italiano. Además, enseñó dónde estaba la India a quienes carecían de una educación básica. En cambio, los que asistían a las escuelas, al ver la televisión, se volvieron un poco más estúpidos”.





Era un catedrático de la Universidad de Bolonia, ya cincuentón, más parecido a un abad salesiano que al famoso académico de las ciencias de la comunicación masiva, cuando sorprendió al mundo en 1980 al publicar la novela El nombre de la rosa, un verdadero fenómeno literario donde ilustró sus reflexiones publicadas como ensayos y artículos. 

Como un Arthur Conan Doyle resucitado o un agente 007 de los monasterios, se valió de la estructura de la historia policial para llevar al lector a las oscuridades de la Edad Media, un momento de la historia en que la Iglesia católica, alumbrándose con las llamas infernales de la imaginación de sus predicadores, utilizó un sinnúmero de recursos masivos para adoctrinar a los cristianos, especialmente, en el temor al diablo y a la espera del fin del mundo. Y, antes de develar la identidad del asesino, un personaje a calco del escritor argentino Jorge Luis Borges, expuso con estilo brillante una exquisita erudición medieval como exacto paralelismo con la sociedad de masas contemporánea.






La novela no solo fue un éxito de ventas, generando ingresos millonarios, sino que le valió el respeto de la intelectualidad universal. “Convirtiéndose en una pieza de la alta cultura, ahora masificada, popularizada, banalizada como tantas obras inmortales de la historia”, utilizando las reflexiones del intelectual venezolano Luis Britto García, al realizarse la versión cinematográfica de esta historia bajo la claqueta del director francés Jean-Jacques Annaud, en 1986, y protagonizada por el actor inglés Sean Connery, interpretando a un fraile franciscano devenido en detective de una serie de muertes inexplicables en el escenario de una abadía benedictina, centro de la más acendrada discusión sobre la pobreza de Cristo.


Continuamente, desde que dejó una huella a su partida de Maracaibo, resulta un lujo ver los subsiguientes títulos de Umberto Eco en las librerías como las novelas La misteriosa llama de la reina Loana, Baudolino y El cementerio de Praga. Reflejando así sus preocupaciones semióticas, desde entonces una innovadora visión de la filosofía que interpreta cualquier fenómeno cultural como un acto de comunicación regido por códigos, ahora hecha una cátedra habitual y tan italiana como una pizza.



Tomado de Panorama



La Unión en Concierto - Maracaibo





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