lunes, 6 de octubre de 2014

¿Cómo saber qué debo leer en el tiempo de que dispongo para la lectura literaria?

La Biblioteca de Occidente





Sasha Grey leyendo  El elogio a la Locura




Estimados amigos,

Desde que la cultura helena estableciera, allá por el siglo III a. C., su célebre lista con las siete maravillas del mundo, al género humano nos ha encantado confeccionar enumeraciones similares, en general fajándonos con alguna cifra redonda. Hemos confeccionado listas de artes, de sabios, de pecados y pecadores… Hasta de los hombre y mujeres más atractivos del planeta. Y, cómo no, hemos elaborado listas de libros. Pero fue, quizá, a raíz de la publicación en 1994 del “Canon de Occidente”, del célebre crítico Harold Bloom, cuando ese pasatiempo inocente despertó más vivas polémicas. Porque realizar una selección de obras fundamentales, aquellas que albergan la perfección en su arte y se convierten en hitos de obligado conocimiento para la persona culta, no deja de ser parcial, y obedece, incluso cuando no se pretende, a prejuicios estéticos y herencias culturales. Por no hablar de cierto egocéntrico proselitismo, que nos impulsa a convertir en universales los gustos particulares. Precisamente, al citado “Canon” de Bloom se le discutió en múltiples foros, al entenderse que presentaba una visión en exceso anglosajona, donde las letras inglesas acaparaban buena parte del protagonismo, en prejuicio de otras literaturas, representadas en cantidad mucho menor. No han faltado, pues, “cánones” alternativos; pero uno de los más serios nació en el ámbito académico, a través de un congreso, con el objetivo de elaborar un nuevo listado de referencia, desde la perspectiva de la cultura en lengua española. ¿Acertaron? Apuesto a que esta vez tampoco se librarán de ser cuestionados.







http://armandoboix.netii.net/

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La Biblioteca de Occidente



ABSTRACT
¿Cómo saber qué debo leer en el tiempo de que dispongo para la lectura literaria? Presentación del proyecto de la Universidad Internacional de la Rioja,  Biblioteca de Occidente en contexto hispánico, que trata de seleccionar las cien obras literarias de la cultura occidental que no pueden faltar en nuestra biblioteca doméstica.
ARTÍCULO
La Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) tiene previsto organizar un congreso mundial titulado LA BIBLIOTECA DE OCCIDENTE EN CONTEXTO HISPÁNICO, iniciativa que no se puede calificar de original, pero que me parece ser muy oportuna.

Transcurrida ya la primera década del siglo XXI, podemos certificar que dos instancias importantísimas de nuestra cultura tradicional y, en concreto, de la herencia cultural que nos dejan los dos últimos siglos XIX y XX, se ven particularmente asediadas y, según algunos, en trance de desaparecer. Me refiero a la literatura y al libro.



La literatura —lo he dicho ya en múltiples ocasiones— es una noción que está vinculada al asentamiento definitivo de la civilización de la imprenta. El hecho de que el término «literatura» no aparezca, en la acepción en que hoy lo entendemos, hasta la obra de Madame de Stäel sobre la Literatura considerada en relación con las instituciones sociales, de 1800 (en realidad, hay una pequeña edición de 1799, pero todos los especialistas citamos la segunda porque queda más redondo), se debe a que la inercia cultural no vinculaba necesariamente con la escritura el he-cho humano de que haya personas a las que les gusta contar cosas y transmitir sentimientos y que haya otras a las que nos gusta que nos cuenten historias y nos comuniquen sentimientos. Cuando tal función se llega a cumplir de forma abrumadora a través de las litterae (letras, cartas, cosas escritas), «la creación (poesía) hecha con palabras», que decía Aristóteles, se convierte en literatura. Hasta tal punto que, cuando se habla de una ocasión en que el fenómeno no se produce así, empleamos el oxímoron literatura oral. Toda la tradición de la poesía (creación) nos ha llegado a nosotros como literatura.

Así las cosas, la literatura toma algunas de sus características del modo de comunicación de que se sirve. No se trata de un emisor que habla a un receptor acerca de algún referente y que interactúa con su interlocutor en una secuencia sin cierre previsto. Por el contrario, la comunicación literaria cristalizada en un libro no espera contestación, sino acogida. Según decía Blanchot, un libro que no se lee es un libro que no existe. A la primera iniciativa del autor le corresponde la iniciativa diferida del lector. Cuando se produce la comunicación, esta es utópica, ucrónica y descontextualizada, no se ve condicionada por el lugar, ni por el tiempo ni por las circunstancias de su emisión originaria. Como comentaba Fernando Lázaro Carreter en un artículo memorable, la muerte de Ignacio Sánchez Mejías en la plaza de Manzanares (Ciudad Real) cantada en la elegía de Federico García Lorca no tiene nada que ver con la crónica taurina del día, que contaba la desgracia. Queda ahí, como un sentimiento plasmado para ser revivido por no se sabe quién en no se sabe qué lugar ni en qué momento.


Apoteosis de Homero, de Ingres (París, 1827).

La literatura va ligada a la noción de libro o equivalente. El periódico y, menos, la carta no tienen por lo general ese carácter de definitivo que está detrás del fenómeno literario de los siglos XIX y XX y que ahora soporta la competencia de la comunicación cibernética.

La verdad es que la competencia actual a la literatura viene de lejos. A lo largo del siglo XX ha ido creciendo el número de horas que, en vez de a la lectura literaria, se han dedicado a la radio, a la televisión al cine o al vídeo. La necesidad humana que cubren (enriquecimiento humano, distracción) es básicamente la misma, pero el fenómeno es diferente. Y, ahora, con el hipertexto, el recorrido que realizo sobre la pantalla del ordenador, yendo de un icono a otro, propiciando un itinerario u otro según mi propia iniciativa, me sitúa más que nunca ante otra cosa.

He hablado del hipertexto. En rigor, se puede leer una novela en un ordenador en vez de en un libro y, desde luego, se puede llevar en el medio de transporte público un libro electrónico en vez de un volumen de papel. En estos casos, el cambio de soporte no implica un cambio de práctica, que, básicamente, permanece idéntica.

Pero, de ordinario, la lectura en ordenador y la lectura en libro de papel suponen los extremos de un continuum que enlaza la comunicación literaria y la no literaria. En el ordenador, me leo los sonetos de Quevedo para medirlos y calibrar sus recursos estilísticos que explicaré en la clase del día siguiente; en cambio, para escapar a la superficialidad asfixiante de cada día, leo por la noche la edición que tengo en la estantería.

Sasha Grey mientras retoma el canon hispánico lee El existencialismo desde Dostoievky hasta Sartre

Tengo para mí que la literatura del libro impreso no va a desaparecer. Ni siquiera desapareció el cine de sala cuando se generalizó el vídeo. Mal que bien lo que hizo fue recategorizarse. No es lo mismo un plan de salir a ver una película, normalmente integrado en un proyecto más amplio y comunitario, que poner un vídeo o ver un programa de televisión, al caer la noche, en zapatillas, en una acción que es cualitativamente distinta de la lectura de Quevedo que acabamos de evocar.


El libro no desaparecerá. Más bien se expandirá la industria del libro como objeto suntuario, un libro bien encuadernado, de impresión cuidada y fácil de leer, y papel agradable. Los libros de nuestras bibliotecas privadas serán menos (para leerlos todos por una necesidad, ya los tendremos a mano en Internet) pero estarán más seleccionados y mejor cuidados.

Será menos el tiempo que dedicamos a la lectura literaria en el siglo XXI, pero merecerá la pena conservar y cuidar un patrimonio espiritual de la humanidad que quedará para siempre. Es aquí donde se inscribe la oportunidad del proyecto que seleccione esas obras que van a estar en nuestras estanterías domésticas, que nos deben acompañar en nuestros hogares. Y aquí, un nuevo reto. Tener la posibilidad de acceder a millones de novelas es casi lo mismo que no tener acceso a ninguna. Es preciso discernir en el bosque de una información que nos desborda. Antes, yo daba a mis alumnos una amplísima bibliografía porque conocer los títulos era el principio de poder documentarse adecuadamente; ahora ofrezco tres o cuatro títulos que tengo leídos y que he experimentado que son fundamenta-les. Desde ahí, dándole a la tecla del ordenador, se puede llegar a tantos como se quiera, pero sin la indicación de los primeros, el proceso conduce a la absoluta desorientación.

El Parnaso representado por Rafael Sanzio en la Stanza della Segnatura del Vaticano (Roma, 1509)
En cuanto a lo que venimos diciendo, se explica el nuevo interés por el canon literario. ¿Cómo saber qué debo leer en el tiempo de que dispongo para la lectura literaria? ¿Qué libros pertenecen a la clasificación de literatura en sentido estricto de la que nos habla en estas páginas Kurt Spang?

La Biblioteca de Occidente en contexto hispánico acude al encuentro de esa necesidad. Se trata de un esfuerzo de jerarquización que seleccionará doscientas obras (cien literarias y cien no literarias) de la cultura occidental que no pueden faltar en nuestra biblioteca doméstica. Incluso se publicarán (en traducción española las de otras lenguas) reproduciendo, también formalmente, una edición que haya sido destacable. Naturalmente, si es preciso, se actualizará la edición misma y, desde luego, todas llevarán una introducción orientadora que hablará del sentido que cobra el libro a estas alturas del siglo XXI. No serán volúmenes uniformes que cubran unos metros, sino objetos altos y bajos, gruesos y delgados, llamativos o sobrios, como la historia editorial nos los ha ido dejando.

La Biblioteca de Occidente en contexto hispánico no será un canon literario (aunque lo contenga), sino que comprenderá, como digo, además de las obras literarias, otras significativas de nuestra cultura (de las ciencias físicas y naturales, de las ciencias humanas, de las ciencias sociales, de la religión). Pensamos que el honor de esa edición cuidada en nuestra librería deberá alcanzar a todo tipo de libros. Bien mirado, estos libros-joya sirven muy bien casi todos para cubrir el contenido de una lectura «literaria» en sus componentes de docere, delectare y monere, o sea, si son libros bien escritos que son capaces de enriquecernos y deleitarnos cubren un gran segmento en el que se produce intersección con la literatura, aunque, naturalmente, no sean libros de ficción. Y aquí tendría que entrar en la cuestión de la historia y del teatro, aunque por el momento lo deje estar para otra ocasión más oportuna.

Harold Bloom


No se me ocultan las dificultades que entraña una selección como la que se propone. Desde la de llegar a un acuerdo sobre las líneas que delimitan el concepto de «occidental» hasta los criterios que puedan llevar a proponer cien y solamente cien títulos. Si consultamos la lista de la edición española del Canon Occidental de Harold Bloom, solamente para la literatura, encontramos 674 autores y muchísimas más entradas a consecuencia de las varias obras que se consignan por autor. Mejor que lo que digo, se podría proyectar una colección de cien libros selectos de literatura de viajes o de ciencia-ficción o de tantos otros subgéneros o de libros escritos por mujeres, por ejemplo. Pero, aunque el debate del congreso deberá ser el origen de muchas iniciativas plausibles como esas, el esfuerzo de los «doscientos» es un expediente para obligar a reflexionar y jerarquizar hasta el extremo. Si habláramos de diez mil libros en discusión y una selección de dos mil resultaría seguramente asequible el empeño. Pero no nos vamos a rendir.

Aquí ofrezco hoy mi primera lista de cien obras literarias para la discusión. La he confrontado con la de Mortimer Adler que me ha facilitado mi colega el profesor José Andrés-Gallego. He mirado una infinidad de fuentes más, como, por ejemplo, el magnífico libro La Biblioteca de Dios. Historia de los textos cristianos de Giovanni Maria Vian, que, como otros títulos muy especializados, apenas se verán reflejados aquí. No estoy seguro, con todo, de que, entre las cien obras seleccionadas no sean intercambiables por otras, sino en la Biblia y el Quijote. Me parece que no he de detenerme a explicar por qué escojo la Biblia, cuando no es un libro, sino muchos, no es propiamente occidental, sino del oriente próximo, no es «literatura», aunque contenga los Salmos, etc., etc. Tampoco la candidatura del Quijote requiere mayor comentario, tratándose de una Biblioteca de Occidente en «contexto hispánico».

 
Nuestra amiga en su obsesion por terminar la Utopía de Tomás Moro olvidó la ropa



La elección de los títulos concretos, más aún que la de los autores, puede ser tildada sin duda de arbitraria. El título escogido lo ha sido tal vez porque se trata de un libro breve, que he preferido casi siempre para esta oferta panorámica (la Biblia y el Quijote son contraejemplos extremos) o porque tengo en mente una edición que merece la pena rescatar según los criterios de la selección o porque estoy pensando en una posible y concreta antología. También puede ser que el que suscribe pueda garantizar su calidad y no así la de otra del mismo autor porque no la haya leído nunca (declaro humildemente no haber leído todos y cada uno de los 1.500 títulos de Bloom).

El mismo tenor del elenco dispara una serie de cuestiones que a principio del tercer milenio están de rabiosa actualidad. ¿Cómo no caer en la cuenta de que entre los cien títulos, apenas dos son obras de mujeres? ¿Cómo no preguntarse por la posibilidad de que mi percepción esté absolutamente condicionada por una tradición que selecciona de otra manera que la harían los que pertenecen a un mundo postcolonial?

Sasha Grey con su libro La Sociedad Juliette ¿Este libro entrará en el canon?

Hablo de herencia y no de posibilidades de futuro. Y sostengo, como mi vecino Spang, que las expresiones «esto es literatura» y «esto no es literatura» son expresiones con sentido. Si tuviera que invocar nombres de críticos inspiradores, junto al mencionado Bloom, no dudaría en colocar a Steiner y a Fumaroli.

Se trata, pues, de una lista que entrego para la discusión, aunque me parece no ayuna de utilidad. Son (literatura) todos los que están, aunque no estén todos los que son. Si de estos cien libros tiene algunos por leer, puede usted ir empezando por ahí.

¡Ah! Se me olvidaba. La relación termina en 1962. Dejo también por el momento la superproducción del último medio siglo que, como es natural, está en parte por decantar.




BIBLIOTECA DE OCCIDENTE EN UN CONTEXTO HISPÁNICO


1. LITERATURA (PRIMERA PROPUESTA PROVISIONAL)





Fecha
Autor
Titulo
Siglo Xa.Clld.C.

Biblia
Siglo VIII-VII a.C.
Homero
La Odisea
Siglo VI -V a.C
Esquilo
Tragedias
Siglo V a.C.
Eurípides (480-406)
Medea
Sigio V a.C
Sófocles (496-406)
Edipo Rey
Siglo V-IV a.C.
Aristófanes
Comedias (Las nubes, Las aves, Las ranas)
Siglo V-IV a.C.
Platón
El Banquete
Siglo la.C.
Virgilio
La Eneida
Siglo I a.C
Horacio
Odas
Siglo I a.C.- d.C
Ovidio
Las Metamorfosis
Siglo II
Plutarco
Vidas paralelas
Siglo II
Luciano de Samosata
Diálogos de los dioses
Siglo IV
Agustín de Hipona
Confesiones
Siglo XII

Canción de Roldán
Siglo XII

Poema del Mio Cid
Siglo XIII
Gonzalo de Berceo
Milagros de Nuestra Señora
Siglo XIII

Los Nibelungos
1304-1321 (?)
Dante
La Divina Comedia
1335
Infante Don Juan Manuel
Libro de los exemplos del Conde Lucanor et de Patronio
1343
Juan Ruiz. Arcipreste de Hita
Libro del Buen Amor
1362
Giovanni Boccaccio
Trattatelo in laude di Dante (Vida de Dante)
1465
Jorge Manrique
Obra Poética
1499
Femando de Rojas
La Celestina
1509
Erasmo
Elogio de la locura
1517
Tomás Moro
Utopia
1532-1564
Rabelais
Gargantua y Pantagruel
1543
Garcilaso de la Vega
Obra poética
1554 (?)

Lazarillo de Tormes
1564 (?)
San Juan de la Cruz
Cántico Espiritual
1572
Luis Camoens
Os Lusiadas
1584
Fray Luis de León
Obra poética
1601
Shakespeare
Hamlet
1604-1642
Lope de Vega
Comedias
1605-1615
Cervantes
El ingenioso hidalgo don Quijote


de la Mancha
1613
Luis de Góngora y Argote
Las Soledades
1623-1674
Calderón de la Barca
Comedias, autos, loas y entremeses
1626
Quevedo
La vida del Buscón
1647
Baltasar Gracian
Oráculo Manual y Arte de Prudencia
1667
Milton
El paraíso perdido
1668
Moliere
El Avaro
1677
Racine
Fedra
1670
Pascal
Pensamientos
1719
Daniel Defoe
Robison Crusoe
1726
Jonathan Swift
Los viajes de Gulliver
1749
Henry Fielding
Tom Jones
1759-1767
Laurence Sterne
Tristam  Shandy
1798
Coleridge
Baladas líricas
1807
Wordsworth
Poemas
1808-1832
Goethe
Fausto
1813
Jane Austen
Orgullo y prejuicio
1819-1824
Lord Byron (George Gordon Byron)
Don Juan
1824
Leopardi
Cantos
1832-1849
Edgar Allan Poe
Cuentos
1837
Hans Christian Andersen
Cuentos
1842
Nikolai Gogol
Almas muertas
1847
Emily Brontë
Cumbres borrascosas
1850
Charles Dickens
David Copperfield
1851
N. Nathaniel Harwthome
La casa de los siete tejados
1851
Herman Melville
Moby  Dick
1855
Walt Whitman
Hojas de hierba
1859
George Eliot
AdamBede
1866
F.M. Dostoïevski
Crimen y castigo
1868
Gustavo Adolfo Bécquer


(Gustavo Adolfo Domínguez Bastida)
Rimas
1869
Leon Tolstoi
Guerra y paz
1872
Pérez Galdós
Trafalgar
1876
Mark Twain (Samuel Laughorne Clemens)
Las aventuras de Tom Sawyer
1877
Gustave Flaubert
Tres cuentos
1877
Henry James
El americano
1884-1885
Leopoldo Alas Clarín
L a Regenta
1884-
Henrik Ibsen
El pato silvestre
1886
Antón Pávlovich Chejov
Cuentos
1896
Rubén Darío (Félix Rubén García


Sarmiento)
Prosas profanas y otros poemas
1906-1912
Knut Hamsun
Vagabundos
1909
Ramón María del Valle Indán
Relatos de la Guerra Carlista
1912
Antonio Machado
Campos de Castilla
1912
Marcel Proust
Jean Santeuil
1913
Bernard Shaw
Pigmalión
1922
Franz Kafka
El castillo
1924
Thomas Mam
L a montaña mágica
1927
Virginia Woolf
Al faro
1928
Federico Garda Lorca
Romancero gitano
1929
Alfred Doblin
Berlin Alexanderplatz
1934
Samuel Beckett
Belacqua en Dublín
1935
Fernando Pessoa
Poemas
1936
William Faulkner
Absalón, Absalón
1939
James Joyce
Finnegan's Wake
1942
Albert Camus
El extranjero
1944
Azorin (J. A. T. Martinez Ruiz)
La isla sin aurora
1949
Borges
El aleph
1949
George Orwell
1984
1951
Marguerite Yourcenar
Memorias de Adriano
1952
Hemingway
El Viejo y él mar
1952
Ralph Ellison
Vuelo a casa y otros relatos
1952
Paul Celan (Paul Pésaj Antschel o Ancel)
Poemas
1954
Vicente Alexaindre
Historia del corazón
1955
Juan  Rulfo
Pedro Páramo
1956
Joao Guimaraes Rosa
Gran Sertón: Veredas
1956
Nikos Kazantzakis
El pobre de Asís
1957
Juan Ramón Jiménez
Tercera Antología poética
1961
Gabriel García Márquez
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 Tomado de Nueva Revista


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