domingo, 26 de enero de 2014

Por el Derecho a Morir Dignamente





Todos sabemos que, tarde o temprano, vamos a morir. La muerte es un punto fijo al que nadie quiere acercarse, nadie quiere asumir que se trata de un punto final. Por eso, preferimos cerrar los ojos y hacer como si no existiera; pero existe, y enfrentarla adecuadamente es uno de los mayores retos que tiene por delante la sociedad.

     No obstante, también debemos ser conscientes de que esta perspectiva sobre la muerte no es compartida por todo el mundo. Hay personas para las que, por diferentes motivos, la muerte puede significar un alivio. ¿Debe la sociedad permitir que el individuo tenga capacidad de elección sobre su muerte? ¿Debe, incluso, ayudar a morir a aquellos que así deciden hacerlo? Es un debate difícil, porque parece entrar en conflicto directo con el derecho a la vida, base fundamental de todo ordenamiento jurídico. Pero, ¿debería existir también un derecho a la muerte?   

      Para la asociación Derecho a Morir Dignamente, la respuesta es un rotundo “Sí”. Defiende el derecho a la eutanasia y a la libre disposición de las personas sobre su vida y su muerte. En el siguiente artículo, su presidente en Madrid, Fernando Marín, analiza un poco el tema y nos da sus razones para explicar la postura de DMD. Una voz que merece ser escuchada.

Nieves Delgado

Docente de secundaria y escritora



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La muerte voluntaria: un elefante en una cacharrería.

 Fernando Marín, Asociación DMD Madrid. fmarin@eutanasia.ws


Al oír hablar de muerte voluntaria, a bote pronto, lo primero que uno puede pensar es que nadie quiere morir. Es posible que “desde la vida”, en posición de personas la mayoría sanas, con un proyecto vital mucho o poco satisfactorio, el deseo de morir irrumpa en nuestra cotidianeidad como un elefante en una cacharrería, causando ruido y desorden, en una sociedad que culturalmente ignora la muerte y estigmatiza al suicida como un trastornado mental.


Antes de seguir, para evitar interpretaciones maleficentes sobre la Asociación DMD, aclararemos algo. Primero. Desde el respeto a la libertad de todo ser humano para decidir cuándo y cómo finalizar su vida, este texto no habla del suicidio como problema de salud pública, sino exclusivamente de la excepcionalidad: la muerte voluntaria y el suicidio racional, decisiones de las que se pueden dar razones, no para justificarlas -que no es asunto nuestro-, sino para explicarlas y tratar de comprenderlas.


Segundo. Entre las razones para morir existe un concepto fundamental que es la irreversibilidad. Este componente objetivo, el deterioro de la vida sin posibilidad de mejoría, es imprescindible para explicar la muerte voluntaria (por qué morir), pero no es suficiente, requiriendo de otras variables tan subjetivas que son mucho más difíciles de manejar o colocar en un informe clínico. ¿Cómo se mide el sufrimiento de un ser humano que siente que su vida enferma ha perdido todo sentido, que su biografía está completa y que por ello desea morir?


Mar Adentro.2004


Estaríamos de acuerdo en que nadie quiere morir, así, sin más. Los enfermos que deciden morir no sienten una atracción macabra hacia la Parca, no están “seducidos por la muerte” (como dice un libro publicado en 2009, que es un compendio de disparates). La referencia determinante no es la muerte, sino la vida. Desean morir porque aman todo aquello que hace que la vida sea humana: la libertad, la independencia, la relación con los demás y con el mundo, el arte, la literatura, la música… Efectivamente, nadie quiere morir “porque sí”, pero algunas personas prefieren la muerte a seguir soportando una vida que les impide realizarse como personas, continuar con su proyecto y disfrutar de su existencia: “No me da miedo la muerte, lo que quiero es dejar de vivir así”, decía una mujer unos días antes de morir.


¿De verdad existen personas que desean morir? Obviamente sí, de lo contrario no existirían asociaciones como Derecho a Morir Dignamente (DMD), ni leyes que regulan la eutanasia, ya sea para despenalizarla en algunas circunstancias (como en Holanda, Bélgica o Suiza) o para castigarla en todos los casos, como en España (situación que, por cierto, no la evita, sino que la desplaza a la clandestinidad, como así lo reconocen los médicos cuando se les pregunta). Los casos que periódicamente aparecen en los medios de comunicación demuestran que siempre ha habido gente que desea decidir cuándo y cómo morir. Los miles de socios de DMD, algunos de los cuales solicitan la Guía de Muerte Voluntaria y la utilizan, son otra prueba de este hecho.


Sin embargo, algunos expertos, profesionales en contacto diario con moribundos, prefieren negar la evidencia: que hay un elefante en la cacharrería. Afirman que cuando un enfermo manifiesta su deseo de morir es porque está deprimido, es decir, no sabe lo que quiere, o porque no está bien atendido por un equipo de cuidados paliativos capaz de aliviarle el sufrimiento. Tales afirmaciones obedecen a que ven el mundo como les gustaría que fuera y no como es, prevaleciendo su creencia personal en la sacralidad de la vida, sobre los objetivos profesionales: ayudar a vivir y ayudar a morir en paz a los pacientes.


Sentirse triste, perder el interés o el placer por las cosas de la vida, andar justitos de autoestima, dormir mal, comer fatal, el cansancio, la dificultad para concentrarse y la falta de expectativas en que la situación mejore, son síntomas de depresión, pero también del proceso de deterioro irreversible. ¿Tiene sentido hablar de depresión en este contexto? Probablemente no, pero este tema “es otro cantar” sobre el que ahora no procede profundizar. Y, en cualquier caso, ¿Por qué esa esa persona no puede decidir cuándo morir?


Por otra parte, quien afirme que con cuidados paliativos los enfermos avanzados no sufren es un ignorante o un necio. Sin ninguna duda, la medicina paliativa ha demostrado su eficacia mejorando el dolor y el confort de los enfermos terminales, pero la vida es mucho más que estar tumbado cómodamente en un sillón (en el mejor de los casos), hablamos de palabras mayores como: sentido, esperanza o dignidad, que están fuera del alcance la medicina. Los cuidados paliativos no son la tierra prometida, todo lo que pueden hacer frente al sufrimiento que es consecuencia de un sentimiento de indignidad es reconocerlo, acompañarlo, consolarlo y respetarlo.


La Dama y la Muerte.2010

“Si puedes curar, cura;

si no puedes curar, alivia;

si no puedes aliviar, consuela; (Edad Media)

y ayuda a todo el que puedas a morir en paz,

respetando siempre su voluntad” (Siglo XXI).

(Texto aparte titulado: Aforismo medieval “actualizado”)


Un ejemplo de esta metáfora del elefante y la cacharrería fue el caso de Inmaculada Echevarría, una mujer que durante los últimos diez años de su vida vivió en un centro en el que recibía unos cuidados paliativos excelentes, hasta que dijo: “¡basta, aquí me quedo!”. El problema no es el elefante (la voluntad de morir), sino la cacharrería: la rigidez del sistema sanitario, la relación médico paciente paternalista, los sectores fundamentalistas que tratan de imponer sus creencias (como la iglesia y los colegios de médicos), la indiferencia hacia el sufrimiento de los políticos y el ruido de algunos medios de comunicación, que amplifican mentiras y tergiversaciones, haciendo propaganda de miedos infundados, de una forma que poco tiene que ver con el derecho a la información.


El testimonio público de Inmaculada y de personas, son un impulso importante para que la muerte decidida por uno mismo deje de ser un problema (un elefante). Se trata de mostrar al mundo por qué morir, de dónde nace esa voluntad, cuáles son las dudas, cómo se lleva a cabo el proceso de toma de decisiones, qué nos retiene y qué nos empuja a dejarlo todo y enfrentarnos a la nada, con el fin de allanar el camino a los que vienen detrás, facilitar la reflexión, el afrontamiento y aportar algo a una sociedad en la que no se sabe morir:


Se muere mal cuando la muerte no es aceptada,
se muere mal cuando los que cuidan
no están formados en el manejo de las reacciones emocionales
que emergen de la comunicación con los pacientes,
se muere mal cuando la muerte se deja a lo irracional,
al miedo, a la soledad,
en una sociedad, donde no se sabe morir.
 Consejo de Europa, 1981


¿Por qué morir? Esa es la pregunta que aborda el documental Arderás, al que le invitamos a colaborar, dejando como parte de su legado su testimonio, un gesto altruista que esperamos contribuya a mejorar el proceso de muerte de todas las personas. ¿Cómo se llega a la conclusión de que la mejor opción es morir, cómo se toma la decisión de adelantar su muerte?

Hamlet. 1948


“Ser o no ser… He ahí el dilema. ¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas contra el océano del mal, y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir… Nada más; y decir así que con un sueño damos fin a las llagas del corazón y a todos los males, herencia de la carne, y decir: ven, consumación, yo te deseo. Morir, dormir, dormir… ¡Soñar acaso! ¡Qué difícil! Pues en el sueño de la muerte ¿qué sueños sobrevendrán cuando despojados de ataduras mortales encontremos la paz? He ahí la razón por la que tan longeva llega a ser la desgracia”(…)

Hamlet es un ejemplo del juego psicológico que se produce en la persona que desea morir, pero no acaba de decidirse. Morir no es fácil, enfrentarse a la finitud, terminar con todo.

Continuará…




Tomado de Arderás 


Ahora disfruten del cortometraje animado español La Dama y la Muerte del año 2010 que muestra de manera jocosa un acercamiento al tema de la muerte







1 comentario:

  1. El Derecho a morir dignamente tiene que ser un derecho básico, incluso con una eutanasia bien legislada, de un modo sensato y racional.(XLMP)

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