domingo, 30 de octubre de 2022

Imre Kertész, premio Nobel de literatura: "Quien no ha sido feliz, no sabe morir"


Imre Kertész. Imagen tomada de El País.




Inéditos de Imre Kertész

El escritor húngaro, premio Nobel de Literatura en 2002, corrige actualmente sus diarios

En esta selección de apuntes inéditos reflexiona sobre su obra, Europa y la memoria de Auschwitz

Imre Kertész 16 JUL 2013 




El pensamiento político quizá no sea muy productivo, pero ya que no nos queda más remedio que dedicarnos a él, acabaremos conociéndonos mejor. Gracias a Dios, no hay motivo para el optimismo.

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Ayer domingo. Vanitatum vanitas, se habla para triunfar. Me llamó la atención: la necesidad de mitificar. Los hombres no paran de contarse historias, en apariencia para entretenerse los unos a los otros; de hecho, sin embargo, para ir tejiendo, remendando y manteniendo en buen estado la red de la mitología, conservando su mundo a través del relato. Este discurso vivo existe aún en las esferas más elevadas; poco a poco, sin embargo, se van acabando las historias y los hombres. Reina ya el silencio aquí y allá, la contemplación pasiva de las imágenes de los medios, la desorientación, el mutismo, las acciones absurdas, no motivadas por ninguna mitología válida.

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[…] El secreto de mi existencia es el deseo de amor y, al mismo tiempo, la falta de amor. El vacío se desvela a raíz de algún que otro hecho minúsculo. La forma de vida correcta —es decir, una que no me angustiara— sería la encaminada única y exclusivamente hacia la escritura. Ello, sin embargo, exigiría una soledad absoluta. La soledad me protegería de la angustia causada por el secreto de mi existencia; en cambio, aparecerían entonces ciertos temores concretos, por ejemplo, el miedo y la angustia debidos a la propia soledad. Conclusión: no existe una solución. Conclusión: existe la solución, pero la temo. Si consiguiera querer realmente la muerte, estaría a salvo de la angustia. Pero supondría un esfuerzo psíquico que sólo podría realizarse en soledad. Es de noche, una noche primaveral, y sé que mi existencia es un gran regalo y que yo —como todo el mundo— lo estoy dilapidando.Y eso que en la vejez es preciso vivir de manera concentrada. ¿O es inevitable la disolución psíquica en la vejez?


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“La Europa unida…”. Pero ¿cuál sería su mito fundamental? Se ve con claridad: no es casual que Auschwitz se convierta ahora en cuestión viva, en fuente de las cuestiones vivas, después de que se derrumbara el imperio soviético. El mito cristiano ya no vive. La imagen del ‘mal’, al que el mundo occidental más o menos podía oponerse (y así fundamentar su autoconciencia), se deshizo al desintegrarse la Unión Soviética. La gran negatividad frente a la cual pueda erigirse el mito de la aspiración a un mundo más ético es sólo Auschwitz. Lo que resulta característico políticamente, característico en lo que respecta a la conciencia política general, es que Yugoslavia —su derrumbe inesperado y total bajo el signo del odio, el hundimiento de ese territorio floreciente, el trabajo destructivo completo de la locura— haya pasado a un segundo plano, haya quedado casi relegada al olvido en medio de la frenética marcha de los acontecimientos.

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Sentado junto a la ventanilla del tren se me ha aparecido la imagen de la construcción de la nueva Europa que nace bajo el signo de la competencia con Estados Unidos y que, más allá del sistema monetario y de la subsistencia económica, no posee ninguna coherencia cultural; es más, la cultura es perseguida a la manera estadounidense, para triturar a los hombres y convertirlos en amebas carentes de toda sustancia, en masa obediente susceptible de ser teledirigida por ordenadores y como ordenadores. En este sentido —y ahora empiezo a verlo con más claridad— tengo, en efecto, algo que decir cuando insto a vivir espiritualmente Auschwitz —que es un trauma negativo, pero el único verdadero— y a construir un edificio ético a partir de ahí; al fin y al cabo tiene que haber una gran experiencia común cuya enorme ignominia precipite a los hombres a una comunión, a una comunión cultural, y los llene de un recuerdo nebuloso al que puedan oponerse, y esta oposición les proporcionará el trabajo moral necesario para la elevación o, como mínimo, para la conservación.

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En mi carta dirigida a X. Y. expongo lo siguiente: “Necesitamos el conocimiento histórico, pero necesitamos también el mito, del que, sin embargo, no disponemos. He partido del simple hecho de que en el mundo de la solución final, en el universo concentracionario, todos los conceptos e ideas éticos de nuestra cultura occidental (sic, de nuestra cultura occidental) se extinguieron por completo, se apagaron. ¿Dónde ocurrió Auschwitz? ¿En el ámbito de la cultura cristiana? ¿O en otra parte? ¿Y qué ámbito cultural encarará Auschwitz, si es que llega a hacerlo?… De este modo he llegado, pues, a los problemas fundamentales de la vitalidad y creatividad del hombre actual. Si en el hombre moderno ha quedado una creatividad ética, ésta tendrá que nutrirse de hechos completamente nuevos; no puede crearse una ética nueva a partir de la ética anterior a Auschwitz. Es preciso volver a comenzar de cero. Si Auschwitz actúa como un trauma en el mundo psíquico de las nuevas generaciones, éstas lo encararán como un trauma, y entonces podrá conducir a una nueva creatividad en todos los ámbitos, también en el de la ética. No consigo librarme de la idea de que esta aproximación sea probablemente ilusoria: sea como fuere, es la mía, quizá porque así resulta productiva, para mí y para mi estilo. Podemos discutir al respecto, como es lógico, pero el problema va cobrando perfiles vivos poco a poco, y vivimos como problemas candentes de nuestra época aquello que…”.Que en la partida de nacimiento de Fulano figure que es judío significa, traducido al lenguaje de la política, que Fulano es chantajeable en lo afectivo. Si bien esto puede haberme ocurrido en mi vida privada como persona que consta en el Registro Civil, en mi arte —espero— mi judaísmo sólo está presente como fuente de inspiración.En la actualidad: el buen arte todavía es posible, la posibilidad del gran arte, en cambio, resulta sumamente dudosa. Dudosa sobre todo porque en esta época que vegeta por falta de cultura ningún asunto aparece como un gran asunto; como si la grandeza misma se hubiera vuelto mezquina.

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Respecto a la novela que se está gestando, me he formulado algunas preguntas. 1. ¿Soy artista? De ser así, he de saber que la palabra, igual que su práctica, el arte, no posee ya ningún significado, ningún papel. Al artista sólo le queda una materia a la que puede dar forma: su vida. 2. ¿Quiero ser el profeta bien pagado de Auschwitz? No quiero. 3. ¿Quiero hacer perdurable mi nombre, “inmortalizarlo”? No, más bien todo lo contrario: reducirme a la nada. 4. ¿Qué huella ha de quedar, pues, del gran experimento de mi vida? Disolverlo y disolverme en la única forma posible del amor, a mi juicio: desaparecer por mor de la vida de otro. Es la única revolución que a mi entender se puede llevar a cabo, mi gran rebelión cósmica. 5. Como judío soy libre, me he liberado de la disciplina de todas las culturas; si se quiere, me he liberado de la “humanidad”.


"Quien no ha sido feliz, no sabe morir". El Espectador. Acantilado 2021



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Quien es verdadero se ha perdido. Quien se ha perdido es verdadero. Quien se pierde gana. Piérdete de manera triunfante y mísera. No existe otro camino.

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Nunca podría defender mis textos en una “discusión”, por ejemplo, porque sólo puedo responder de la calidad de mis frases, no de su “contenido”. Este “contenido” es tan sólo el producto del momento y contiene mucho “de mí” (en el sentido de que es característico de mí), pero no considero “defendible” la ilación de los pensamientos ni puedo responder de ella. Esos textos son meras propuestas y no tienen más objetivo; la única enseñanza que puede extraerse de ellos no se referirá entonces a lo que contienen, sino a su autor: esta forma de pensar lo define en este preciso momento, esto quería escribir y así quería escribirlo… Pero ¿qué piensa? Probablemente ni él lo sabe; de ahí que esos escritos se consideren siempre sorpresas, sobre todo para él, para el autor.000
Lo que he entendido en los últimos diez años, de forma muy resumida: la lucha fundamental se libra entre el estatismo, por un lado, y la “democracia”, el “liberalismo” o, si se quiere, la forma de vida individual, por otro. El espíritu estatista está representado por la tembleque intelectualidad de Europa del Este y por la capa de los pequeños capitalistas y funcionarios públicos que le tienen pánico a la competencia: el estatista quiere una subsistencia segura, ventajas claras por igual en el mercado intelectual y en el comercial; la tendencia estatista comenzó a imponerse desde el Rhin hacia el Este después de la Primera Guerra Mundial, precisamente tras desintegrarse los Estados autoritarios, y la crisis económica exacerbó hasta la histeria el deseo de seguridad personal y el resentimiento respecto a los mejores y más talentosos que disfrutaban de ciertas ventajas naturales. De ahí que el estatismo sea siempre contrario al valor y necesariamente ideológico; las formas modernas del estatismo son el nazismo y el comunismo. Una observación interesante: los Estados, los Gobiernos, son por naturaleza siempre hostiles al espíritu y a la cultura; pero que los propios depositarios de la cultura, los escritores, los artistas, los periodistas apoyen la hostilidad a la cultura sólo es posible en Estados de mentalidad estatista como, por ejemplo, Hungría.

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En la disputa con olor a bosta y completamente superflua entre los lidiadores llamados “urbanos” —los unos— y “populares” —los otros— hay a pesar de todo algo digno de atención en la medida en que va más allá de las fronteras del país. (*) Es el antiguo miedo, la antigua lucha entre Oriente y Occidente, el temor a volverse superfluo, el temor a lo “extraño”, ese temor capaz de asesinar, de destruir, de devastar y aniquilar a todo el mundo. Las formas de vida arcaicas que se presentan como “valores” aunque, de hecho, sólo sean inamovibles. Y en última instancia la cuestión de la usurpación del poder. La historia acaba siempre de la misma manera: las fuerzas “arcaicas”, “populares”, crean un sistema estatal tiránico; el sistema es incapaz de proporcionar los bienes necesarios a la población; y entonces o se desintegra o desencadena una guerra que luego pierde. Y a continuación todo empieza de nuevo.

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¿Puede extinguirse el sentimiento que ha creado las religiones? ¿Ha existido una época irreligiosa alguna vez? ¿Fue irreligiosa la antigüedad? Pero es que la antigüedad descubrió la metafísica, la idea del “eterno retorno”, lo cual viene ya de una sensibilidad a la “religión”. Pero el fervor, la redención, el gran sentimiento cargado de vida y de muerte es, con todo, un sentimiento moderno, nunca antes habido, que hizo grande a Europa; y ahora que Europa es cada vez más pequeña, el sentimiento también se desintegra. Resulta extraño que sea un fenómeno tan frágil. ¿Cómo ponerlo en palabras, cómo disertar sobre ello? El gran descubrimiento de Marx fue que la “existencia determina la conciencia”; pero qué vacua es esta frase, pues qué existencia determina qué conciencia, y dónde está ese filósofo o psicólogo o economista capaz de definir la existencia, separarla de la conciencia y a continuación demostrar en la conciencia qué parte corresponde al arbitrio de la “conciencia” y qué parte es, por así decirlo, “existencia pura”? En el fondo, nuestra vida consciente se manifiesta en las palabras de una manera que, al fin y al cabo, da la razón a Wittgenstein. Ahora bien, si Wittgenstein tiene razón, tendremos que renunciar a toda certeza y volver a los balbuceos de la vida en la fe.

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No debo escribir más ensayos porque entonces me introduzco en la “humanidad”, participo de sus mentiras y doy testimonio de la esperanza, de una esperanza en la que no creo en absoluto si me mantengo del lado de mi arte y, por tanto, de mi radicalidad. En realidad, para ser sincero, me conceden cierta importancia desde un punto de vista artístico en Hungría, donde no puedo ejercer ninguna influencia, donde, si de ellos dependiera exclusivamente, ni siquiera escribirían mi nombre; en Alemania han imaginado que pueden aprovecharse de mí en cierto sentido —en el de una manipulación honesta, por así decirlo—; pero ahora allí también se vuelve la tortilla y se desvela la gran verdad del mundo: la esencia de Auschwitz. Así como hasta la Primera Guerra Mundial se podía considerar que se estaba viviendo en la cultura cristiana, hoy habrá que formularlo diciendo que la cultura occidental se ha convertido en la cultura de Auschwitz. Hoy estamos viviendo la cultura de Auschwitz.

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Creo que en Auschwitz concluyó la historia (clásica) del cristianismo y de los judíos. Lo que viene después ya no es historia intelectual ni cultural ni religioso-espiritual (en el sentido cristiano-judío). Que Auschwitz resalte como un hecho de particular significancia entre los acontecimientos habituales —y habitualmente repugnantes— en el ámbito de los exterminios étnicos y de los exterminios producidos por los fanatismos religiosos e ideológicos se debe justamente a su significado esencial: Auschwitz manifiesta el final de una cultura que ha durado dos mil años. ¿Qué importancia tiene, en comparación, el antisemitismo? Un próximo Auschwitz sólo sería ya un tópico aburrido, la fugaz confirmación de algo que de todos modos ya sabemos; así se explica en parte la apatía callada y obtusa que el mundo ha mostrado respecto a los sucesos de Yugoslavia.Lo que hoy separa a los judíos de los no judíos no es una diferencia religiosa y cultural, sino la consecuencia psíquica del hecho de que los judíos fueron amenazados con el exterminio y acabaron en parte exterminados. Esto es una cruda realidad y no una diferencia mental o cultural. Y, con todo, vivimos inmersos en las consecuencias psíquicas de ese hecho.

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“Vivir en la verdad”: significa vivir repudiado, vivir en la pobreza, en la más completa soledad intelectual, “fuera de la humanidad”. No lo hago. Vivo próspero y feliz (¡gracias a Dios!). Se plantea entonces una pregunta. Y cuando escribo, he de descender al abismo de esta pregunta y escuchar desde allí mi voz.

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Urbanos y populares (urbánusok y népiesek): corrientes antagónicas y muy vivas en la vida intelectual húngara desde comienzos hasta mediados del siglo XX. Los unos eran cosmopolitas y abiertos a las tendencias modernas; los otros volvían la mirada al pasado y a las tradiciones rurales de Hungría. En algunos aspectos, la división se ha mantenido hasta el día de hoy. (Nota del traductor).

Traducción de Adan Kovacsics.




Tomado de El País.


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