jueves, 26 de enero de 2023

Václav Havel: Sueño con una República humana que sirva al hombre, económicamente próspera, socialmente justa, poblada de hombres cultos,donde el gobierno haya vuelto al pueblo

 

Václav Havel



Estimados Liponautas

Hoy compartimos este viejo sueño de Václav Havel , que es el mismo de todos los venezolanos actualmente.

Atentamente

La Gerencia.

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LA REPÚBLICA CON QUE YO SUEÑO, por Václav Havel

 

“Sería una imprudencia considerar la triste herencia de los últimos cuarenta años como algo ajeno, algo que hemos heredado de un pariente lejano. Al contrario, debemos aceptarla como algo que perpetramos contra nosotros mismos. Sería imposible culpar únicamente a los gobernantes anteriores, no sólo porque esa actitud contradiría la verdad, sino también porque así se podría debilitar el deber que hoy apela a todos y cada uno de nosotros, es decir, el deber de actuar independiente, libre, prudente y rápidamente. No nos equivoquemos: el mejor gobierno, el mejor parlamento y el mejor presidente no podrán solos con ello. Y sería absolutamente injusto esperar tan sólo de ellos la mejora general. No olvidemos que la libertad y la democracia significan participación y, por tanto, la responsabilidad de todos. Puede ser que me pregunten con qué República sueño. Les contestaré: con una República independiente, libre, democrática; con una República económicamente próspera y, al mismo tiempo, socialmente justa. En otras palabras, con una República humana que sirva al hombre y por ello pueda esperar que el hombre le sirva también a ella. Con una República de hombres cultos, ya que sin ellos no sería posible resolver ni uno solo de nuestros problemas humanos, económicos, ecológicos, sociales y políticos. Y en la que poder decir: ¡Tu gobierno ha vuelto a ti, pueblo mío!”


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Queridos compatriotas:

Durante cuarenta años han estado escuchando por boca de mis antecesores siempre lo mismo con diversas variantes: lo que prospera nuestro país, los millones de toneladas de acero que hemos producido, lo felices que somos todos, lo que confiamos en nuestro gobierno y las hermosas perspectivas que se abren ante nosotros.


LO PEOR PARA UN PAÍS ES VIVIR EN UN ESTADO MORAL DEPRAVADO


Supongo que no me han propuesto para este cargo para que yo también les mienta. Nuestro país no progresa. El gran potencial espiritual y creador de nuestros pueblos no se aprovecha de forma razonable. El Estado, que se denomina a sí mismo Estado de obreros, en realidad los humilla y los explota. El país, que en otro tiempo podía enorgullecerse del nivel de educación de su pueblo, invierte en ella tan poco que que actualmente figura en el puesto setenta y dos del mundo.

 

Hemos deteriorado la tierra, los ríos y los bosques que nos habían legado nuestros antepasados, y hoy día tenemos el peor medio ambiente de toda Europa. Los ancianos mueren en nuestro país antes que en la mayoría de los países europeos.

Pero ni siquiera esto es lo más grave. Lo peor es que vivimos en un ambiente moral depravado. Estamos moralmente enfermos, pues nos hemos acostumbrado a decir una cosa cuando pensamos otra diferente. Hemos aprendido a no creer en nada, a no prestar atención a los demás y a ocuparnos solamente de nuestra persona.

Nociones como amor, amistad, misericordia, humildad o perdón han perdido su profundidad y su dimensión, y para muchos de nosotros se trata sólo de peculiaridades psicológicas o de recuerdos perdidos de tiempos lejanos, un poco ridículos en la época de los ordenadores y de los cohetes espaciales.

Sólo unos cuantos de nosotros fuimos capaces de exclamar en voz alta que los poderosos no deberían ser todopoderosos, y que las granjas especiales que cultivaban para ellos alimentos ecológicamente puros y de calidad deberían enviar sus productos a las escuelas, internados infantiles y hospitales, mientras que nuestra agricultura no pueda ofrecerlos a todos.

El régimen anterior -armado con su ideología orgullosa e intolerante- humilló al hombre reduciéndolo a simple fuerza productiva y convirtió a la naturaleza en mero instrumento de producción. De esa forma, atacó a su misma esencia.


TODOS SOMOS RESPONSABLES DEL SISTEMA, NADIE ES SÓLO SU VÍCTIMA


Cuando hablo de la degradación del ambiente moral no me estoy refiriendo sólo a los hombres que comen verdura ecológicamente pura y no miran por las ventanillas de los aviones. Me refiero a todos nosotros. Ya que todos nos hemos adaptado al sistema totalitario, lo hemos aceptado como un hecho imposible de cambiar y, así, lo hemos mantenido. En otras palabras: todos -aunque, naturalmente, en grado diferente- somos responsables del funcionamiento de la máquina totalitaria; no hay nadie que sea sólo su víctima; todos debemos considerarnos sus autores.

¿Por qué aludo a ello?: sería una imprudencia considerar la triste herencia de los últimos cuarenta años como algo ajeno, algo que hemos heredado de un pariente lejano. Al contrario, debemos aceptarla como algo que perpetramos contra nosotros mismos. Si lo admitimos así, comprenderemos que sólo de nosotros depende lo que hagamos con ella.

Sería imposible culpar únicamente a los gobernantes anteriores, no sólo porque esa actitud contradiría la verdad, sino también porque así se podría debilitar el deber que hoy apela a todos y cada uno de nosotros, es decir, el deber de actuar independiente, libre, prudente y rápidamente.

No nos equivoquemos: el mejor gobierno, el mejor parlamento y el mejor presidente no podrán solos con ello. Y sería absolutamente injusto esperar tan sólo de ellos la mejora general. No olvidemos que la libertad y la democracia significan participación y, por tanto, la responsabilidad de todos.

Siendo conscientes de ello, los horrores que la nueva democracia checoslovaca ha heredado dejarán inmediatamente de parecer tan horribles y la esperanza volverá a nuestros corazones.

Tenemos en qué apoyarnos para mejorar la situación general. Este último período -sobre todo las últimas seis semanas de nuestra pacífica revolución- ha demostrado la gran carga común humana, moral y espiritual y la gran cultura civil que dormitaba en nuestra sociedad bajo la impuesta mascarilla de la apatía. Siempre que alguien me aseguraba categóricamente que somos de esta y otra forma, yo le objetaba que la sociedad es una creación sumamente misteriosa y que no se puede confiar exclusivamente en el aspecto que nos presenta. Me alegro de no haberme equivocado.


INCLUSO CIUDADANOS DÓCILES, HUMILLADOS Y FALTOS DE FE PUEDEN HACER UNA REVOLUCIÓN DIGNA Y PACÍFICA


Gentes de todas las partes del mundo se preguntan, asombradas, de dónde han obtenido los ciudadanos de Checoslovaquia, dóciles, humillados, asépticos y aparentemente faltos de fe, esa asombrosa fuerza con la que consiguieron quitarse de encima el sistema totalitario de una manera digna y pacífica, y en pocas semanas.

 

También nosotros mismos nos hemos quedado asombrados. Y nos preguntamos: ¿de dónde proviene el anhelo por la verdad, el amor a la libertad, la fantasía política, la valentía de ciudadano y la prudencia cívica de los jóvenes que no han conocido otro sistema? ¿Cómo es posible que se hayan sumado a ellos incluso sus padres, es decir, justo la generación que se consideraba perdida? ¿Cómo es posible que un número tan considerable de hombres pudiera comprender inmediatamente qué hacer sin necesidad de consejos ni instrucciones?

Creo que el carácter esperanzador de nuestra situación actual tiene su origen en dos causas principales: en primer lugar, el hombre no es nunca un simple producto del mundo exterior, sino que siempre es capaz de elevarse hacia algo superior, por más que el mundo exterior intente aniquilar en él dicha capacidad; en segundo lugar, la circunstancia de que las tradiciones humanísticas y democráticas -de las que hemos hablado tantas veces en vano- dormitaran en algún lugar de la subconsciencia de nuestras naciones y minorías nacionales, y se transmitieran discretamente de una generación a otra para que cada uno de nosotros volviera a descubrirlas en el momento oportuno y las hiciera realidad.

La confianza en uno mismo no equivale a la vanidad. Todo lo contrario: sólo las naciones o los hombres seguros de sí mismos, en el mejor sentido de la palabra, son capaces de escuchar la voz de los demás, aceptarlos como iguales, perdonar a sus enemigos y expiar sus propias culpas. Intentemos interiorizar cada uno de nosotros esa noción de confianza, en tanto que individuos partícipes de la vida de nuestra comunidad y en tanto que naciones con un determinado comportamiento en la escena internacional. Solamente así seremos capaces de recuperar nuestro propio respeto, proyectarlo entre nosotros y conseguir el respeto de otros pueblos.




Nuestro primer presidente escribió: Jesús sí, César no. Sus palabras procedían de Chelcicky y de Comenius, y en estos días hemos recuperado esa idea. Yo me atrevo a afirmar que quizá tengamos la posibilidad de difundirla y de aportar, así, un elemento nuevo a la política europea y mundial. Si nos lo proponemos, nuestro país puede irradiar para siempre el amor, el ansia de comprensión, la fuerza del espíritu y de la idea. Esta puede ser, precisamente, nuestra aportación personal a la política mundial.

Masaryk basó la política en la moral. Intentemos restaurar dicha concepción de la política de una forma nueva en tiempos nuevos. Aprendamos y enseñemos a los demás que la política debería ser una manifestación del deseo de contribuir a la felicidad de la comunidad, y no una fórmula para engañar o ultrajar a la comunidad. Aprendamos y enseñemos a los demás que la política no tiene que ser el arte de lo posible, especialmente cuando se piensa en especulaciones, cálculos, intrigas, acuerdos secretos y maniobras pragmáticas, sino que puede ser igualmente, un arte de lo imposible, es decir, el arte de mejorar el mundo y de mejorarnos a nosotros mismos.

Somos un país pequeño, pero, pese a ello, en tiempos lejanos fuimos la encrucijada espiritual de Europa. ¿Por qué no volver a serlo? ¿No podría ser esta la forma de recompensar a otros la ayuda que de ellos vamos a necesitar?


EL MAYOR ENEMIGO PARA LA LIBERTAD ES NUESTRA PROPIA NATURALEZA


Las mafias locales constituidas por los que no miran por las ventanillas de sus aviones y comen cerdos cebados especialmente para ellos, siguen vivas, y enturbian las aguas de vez en cuando; pero han dejado de ser nuestro principal enemigo. Menos aún lo son las mafias internacionales de todo tipo. Ahora, nuestro mayor enemigo es nuestra propia naturaleza. La indiferencia ante los asuntos públicos, la vanidad, la ambición, el egoísmo, las pretensiones y rivalidades personales. Sobre estas cuestiones deberemos librar nuestro principal combate.

Nos esperan las elecciones libres y, por tanto, los enfrentamientos preelectorales. No permitamos que ensucien la, hasta ahora, limpia cara de nuestra dulce revolución. Impidamos que las simpatías del mundo que nos hemos granjeado con tanta celeridad se pierdan con igual rapidez, enredándonos en la maleza de las luchas por el poder. No permitamos que bajo el noble manto del anhelo de servir a la causa pública vuelva a florecer el deseo de servirse exclusivamente a sí mismo.

No se trata ahora de especular sobre qué partido, club o grupo triunfará en las elecciones, sino de procurar que en ellas triunfen -sin tener en cuenta su filiación- aquellos ciudadanos, políticos o profesionales que moralmente sean más aptos. La política y el prestigio futuros de nuestro Estado dependerán de las personas que propongamos y posteriormente elijamos para nuestros órganos representativos.

Finalmente, me gustaría decir que deseo ser un presidente que hable menos y que trabaje más. Un presidente que no sólo sepa mirar por las ventanillas de su avión, sino también -y esto es lo principal- que esté permanentemente presente entre sus compatriotas y los sepa escuchar.

Puede ser que me pregunten con qué República sueño. Les contestaré: con una República independiente, libre, democrática; con una República económicamente próspera y, al mismo tiempo, socialmente justa. En otras palabras, con una República humana que sirva al hombre y por ello pueda esperar que el hombre le sirva también a ella. Con una República de hombres cultos, ya que sin ellos no sería posible resolver ni uno solo de nuestros problemas humanos, económicos, ecológicos, sociales y políticos.

Mi antecesor más destacado inició su primer discurso con una cita de Comenius. Permítanme que yo cierre el mío con mi propia perífrasis de la misma: ¡Tu gobierno ha vuelto a ti, pueblo mío!


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VÁCLAV HAVEL, Discursos políticos. Espasa Calpe, Colección Austral, 1995. Selección y traducción de Jana Novotná. [FD, 03/02/2007]



Tomado de Filosofía Digital.


miércoles, 25 de enero de 2023

ORLANDO CHIRINOS: EL HOMBRE DEL FARO CELESTE

Un texto de José Pulido

 

Orlando Chirinos. Fotografía de José Antonio Rosales.


13 de junio de 2021

Hoy pondré este texto que escribí y leí en el homenaje ofrecido por el Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, el 12 de abril de 2004. Éramos tan amigos que nos creíamos hermanos. Él nació un 1 de noviembre igual que yo. Y eso nos unía tanto como la literatura. Su fallecimiento hace más triste esta temporada. Somos muchos los amigos que hoy lo lloramos y lo recordamos. Mis condolencias a la familia.


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ORLANDO CHIRINOS: EL HOMBRE DEL FARO CELESTE

Hay escritores que uno busca cuando necesita una vida más inteligente; hay autores que uno lee cuando el alma pide emociones, dolores o ternuras ajenas. Y hay escritores que lo ponen a uno frente a la infancia, en la misma calle de la adolescencia; que es una calle inexistente pero muy transitada por los recuerdos. Hay escritores que devuelven a uno su mundo sensitivo, su universo familiar, que le devuelven a uno el propio yo soñador, el propio yo que inventaba y que imaginaba. Uno de estos escritores, sin que deje de tener las otras cualidades, se llama Orlando Chirinos, a quien uno conoce de trato y comunicación y en consecuencia puede agradecerle en persona esa escritura suya, que no es diferente de su vida, ni es una contraparte de su calidad humana.

Posee méritos de diversas categorías y se merece cualquier homenaje que le quieran rendir. Lo único que no tiene es vejez. No le veo la jubilación, no le noto el morbo del cansancio. Por lo tanto, este homenaje debe ser el producto de un gran cariño que necesita manifestarse y lo vamos a hacer hoy, todos juntos, de una manera estruendosa y básica, como si estuviéramos abrazándolo en un muelle. Vamos a mostrarle nuestra amistad desvergonzadamente, hasta que los estratos poblacionales que no lo han leído, que no han conversado con él, comiencen a preguntarse "¿y por qué tanto homenaje a ese falconiano con cara de pocos amigos?", "¿y por qué celebran tanto a ese hombre que no se ha ganado el Kino?".

Tal vez de esa manera descubran sus libros y a través de sus libros conozcan su corazón. Y a través de su corazón generoso y creativo se acerquen a los nuestros y comprendan por qué un escritor puede unirse a seres tan distintos en un solo aprecio. 

He ahí otra oportunidad para que se le note la importancia de la literatura.

Este es un momento madurado por la Universidad, que le sirve al espíritu universitario, para mostrarse como persistencia de la sabiduría. Ojalá que ese espíritu se expandiera. Ojalá que uno sacara la cédula rapidito, que los hospitales parecieran clínicas, que el respeto a la vida no fuera un mito hipócrita dentro de cada ser humano. Sería un logro si alguna vez la gente prefiriera saber qué creer y percibiera de una vez por todas lo que el lenguaje ha hecho por la humanidad y apreciara, aunque fuera un segundo, la reverberación espiritual que le aporta la literatura a la existencia y a la desesperanza.

Es indudable que los escritores necesitan buenos lectores para crecer y que los lectores requieren escritores para conducirlos hacia el destino común de la creación. Después de terminar un libro, la mayor satisfacción de un escritor es encontrar a alguien que lo lea, que atraviese sus laberintos, que acepte las emboscadas y los retos; que ayude a poner los olores, los colores y a insuflarles aliento a los personajes.

Creo que el mejor homenaje que le han rendido a Orlando, aparte de este, es que tiene lectores. Se los ha ganado haciendo con humildad un trabajo mágico.

Desde hace muchos años soy amigo de Orlando Chirinos. Son tantos años de amistad y conocimiento que me atrevería a decir que pasan de veinticinco. Lo admiro, lo leo, y es uno de mis mejores amigos, aunque nos vemos cada vez que truena. Siempre estamos diciéndonos por teléfono que nos vamos a tomar unas cervezas para hablar de escrituras y nunca lo hacemos, pero sé que ambos terminamos mareados telefónicamente. Somos de los más virtuales en esas cosas.

Orlando Chirinos es uno de los autores venezolanos que se lee con mayor placer, porque al deseo de leerlo se une la alegría de verlo publicado. Cada vez que aparece un libro suyo uno lo festeja como propio. Y siempre pienso que me hubiera gustado conocer a Orlando desde la escuela primaria, para descifrar con propiedad los recovecos que le convirtieron en escritor.

Yo lo conocí cuando era el hombre del faro celeste, encaramado en una torre de control. Inventaba y planificaba sus cuentos de novela en esa casamata, que no era de marfil, y escribió muchas páginas preciosas, ubicado en tales alturas, mientras por la radio gritaban: ¡Señor, señor, nos estamos cayendo! No estoy seguro, pero creo que Orlando siempre lograba salvar a esos pilotos descarriados, aunque ello implicara perder la concentración en la escritura.

Un avión se viene cayendo y Orlando está escribiendo un cuento en una maquinita portátil. Se halla embebido en una historia, cuyo personaje central es un monje que se aísla en una cueva porque no desea escuchar confesiones. ¡Auxilio! ¡Auxilio!, grita por las ranuras de la radio una voz femenina. Como aquellas princesas que daban voces desde sus torres de piedra cada vez que veían a un caballero con su lanza en ristre. Orlando deja la máquina y agarra el micrófono. "Aquí torre de control… ¿Qué emergencia tiene?", preguntaba perturbado todavía, por el monje que no desea oír ni penas ni pecados.

"Mi papá se desmayó", explica la muchacha. Orlando trata de borrar de la mente la atmósfera perfecta que flotaba en su cuento. "Le voy a indicar las coordenadas para que descienda, señorita", manifiesta Orlando. Como asomada por el balcón de la radio, la muchacha suspira; Orlando se sacude al monje de la cabeza y ordena sin vacilar: "Mueva a su papá y agarre los controles".

La muchacha ignora que habla con un escritor. De saberlo, se habría desmayado también. Orlando mira de reojo hacia la maquinita portátil que parece sacarle la lengua y mofarse con esa cuartilla a medio escribir.

"Mi papá pesa ciento veinte kilos, señor, ¿Cómo lo voy a mover?" "¿Y usted cuánto pesa?", pregunta Orlando como si fuera una interrogante técnica y pertinente. "Tengo veinte años, peso sesenta kilos y no sé pilotear un avión. No señor, por eso estoy pidiendo auxilio. Y estoy viendo como más cerquita un cerro, es un cerro grandísimo...". "¿Se ven los árboles, señorita?”. “Sí señor: los veo claritos...".

Se registra un brevísimo pero denso silencio y entonces Orlando Chirinos cierra los ojos y deja que el monje tome su lugar. El personaje siente que su mano aferra un extraño aparato. El monje medieval acerca sus labios a las ranuras del micrófono y con gran serenidad dice lo único que podía decir en ese, instante: "Rece conmigo, señorita…".

Tenía que forjarse y afinarse su escritura con aquel oficio heroico. Todos sabemos que protegió unas cuantas vidas desde esa torre de control. Y las que no pudo salvar, al menos se llevaron la impresión de que sus emociones no caían al vacío.

La escritura de Orlando Chirinos es un valor que uno admira. Es un arte que uno envidia lo más sanamente posible. Y uno lo quiere por esa maravillosa capacidad de narrar que lo ha convertido en uno de los escritores más importantes de este país, que Dios guarde y proteja y que la inteligencia ilumine. Pero si Orlando Chirinos no fuera escritor, uno lo querría igual, porque es un ser humano de una bondad pocas veces vista.

Su apariencia es de una rusticidad engañosa; el moro de Venecia debe haber tenido esa mirada falconiana. Esa agresividad aparente. Y sin embargo, Orlando Chirinos es un hombre amable y caballeroso. Todo eso hace más admirable su irreverencia narrativa, su ironía impredecible, su osadía permanente. No deberían hacer falta más halagos. Todos sabemos que en verdad es un escritor magnífico y un amigo sin igual. Por lo tanto, voy a terminar con esta adulancia cariñosa que he traído desde Caracas, de parte de la valenciana Petruvska Simne y del villacurano José Pulido. Espero que haya sido una buena muestra de la amistad que convoca Orlando en todo el país.

Aprovecho para dejar constancia de que durante veinticinco años ha prometido pagar unas cervezas, desde la época en que valían un bolívar. Y ahora cuando al fin tenemos la oportunidad de confrontar las birras, estoy obligado a poner los biyuyos, porque es de mal gusto que un homenajeado saque la cartera. Eso me hace sentir la ligera sospecha de que todo esto ha sido maquiavélicamente planificado. Es el crimen perfecto: nosotros te alabamos y nosotros te invitamos. Afortunadamente, nosotros te leemos, y eso es suficiente para esperar veinticinco años más. Cambio y fuera. Espero que tus libros se lean para siempre en los aviones.


Leer para Comprender. Orlando Chirinos
15 visualizaciones desde el 24 feb 2015 hasta el 22 de enero de 2023


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José Pulido. Fotografía de Gabriela Pulido Simne

José Pulido

Poeta, escritor y periodista, nació en Venezuela, el 1° de noviembre de 1945.

Vive en Génova, Italia. 

En 1989 obtuvo el Segundo Premio Miguel Otero Silva de novela, Editorial Planeta. En el 2000 recibió el Premio Municipal de Literatura, Mención Poesía, por su poemario Los Poseídos. Ha publicado cinco poemarios y nueve novelas. Desde el 2018 el Papel Literario de El Nacional creó la Serie José Pulido pregunta y publica las entrevistas que ha realizado a creadores y artistas.

(Ha fundado y dirigido varios suplementos y revistas de literatura. Si se requiere información detallada sobre estas publicaciones, favor solicitarla a este  correo: jipulido777@gmail.com)

Forma parte de la Antología Por ocho centurias, XXI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, Salamanca, España, entre otras. Ha sido invitado a festivales en Irak, Colombia, Brasil, Chile, España y Génova. Participó, en 2012, como invitado de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos que se celebran en Salamanca. En el 2018 y en el 2019 invitado al Festival Internacional de Poesía de Génova. 

Publicaciones más recientes:

El puente es la palabra. Antología de poetas venezolanos en la diáspora.

Compilación: Kira Kariakin y Eleonora Requena, para Caritas.

Poeti Uniti per il Venezuela, Parole di Libertà  (Poetas Unidos por Venezuela, Palabras de Libertad) publicado por Borella Edizioni, evento respaldado por la Associazione culturale Orquidea de Venezuela, con sede en Milán.

Poemario Heridas espaciales y mermelada casera editado por Barralibro Editores



20/09/2025

martes, 24 de enero de 2023

J. M. Caballero Bonald: Todos los que hablamos español somos copropietarios de ese bien común.

 

José Manuel Caballero Bonald. Imagen tomada de ACE.


Del mestizaje y la lengua literaria

Palabras del poeta español en la clausura del congreso 'El canon del Boom'

El evento, organizado por la Cátedra Vargas Llosa, se celebró la semana pasada en Casa de América, de Madrid

J. M. Caballero Bonald  Madrid 11 NOV 2012



Como se ha repetido hasta la saciedad, hace ahora medio siglo brota en Latinoamérica (y reverbera en España) una poco menos que insólita floración novelística. Fue un fenómeno llamativo, digamos que tuvo algo de coincidencia imprevista, pero que ya se había ido fraguando a través de algunos eminentes ejemplos anteriores. Es fácil establecer, en un somero recuento, esas oleadas consecutivas de narradores que preceden al advenimiento del ya incorregiblemente llamado boom. Me refiero a lo que podría constituir un primer linaje de grandes novelistas hispanoamericanos: José Eustasio Rivera, Rómulo Gallegos, Güiraldes, Horacio Quiroga, Asturias, Roberto Arlt, Macedonio Fernández, etc. (contemporáneos todos ellos de Valle-Inclán, Azorín, Baroja.) Años después, se podría igualmente juntar una nómina de narradores que secundan las avanzadas precedentes y consolidan las venideras: Onetti, Rulfo, Borges, Arguedas, Carpentier, Múgica Laínez, Lezama… Es como si se hubiese estado preparando la eclosión de una nueva cultura literaria tanto más fecunda cuanto más enraizada en la libertad de los mestizajes lingüísticos. Y una pregunta tal vez intempestiva: ¿qué habría pasado si esos citados novelistas hubiesen disfrutado de una estrecha relación de amistad y compartido experiencias similares, incluido el vehículo editorial? ¿No se habría producido una especie de pre-boom (perdón por el palabro) con más que sobrada capacidad para aminorar el brillo del boom?




Decía Carlos Fuentes en expresión afortunada que todos los escritores en lengua española “tienen un mismo origen: el territorio de La Mancha en el que nace nuestra novela”. De acuerdo. Ese cervantino lugar de La Mancha es consecuentemente nuestra patria común, el eje maestro de nuestra lengua literaria. Si repito esa idea tan consabida es por una razón muy simple: porque cuando hablamos de nuestra lengua literaria, de nuestra literatura, ese pronombre posesivo -nuestra- debe entenderse en su más inocultable diversificación geográfica del Rey Don Pedro.

Los cultivadores de esas literaturas, estén donde estén, son justamente copartícipes de una propiedad parcelada según las normas de cada personalidad nacional. Aunque la posesión -la patria común- sea la lengua, las mismas fronteras geográficas diversifican otros tantos nutrientes expresivos ligados a sus respectivos mestizajes. Comparto en este sentido la tesis del policentrismo: nadie puede monopolizar el centro rector de esa red de variantes lingüísticas; todos los que hablamos español somos copropietarios de ese bien común. Por supuesto que existen rasgos distintivos, peculiaridades congénitas, pero la pluralidad de normas tiene aquí el valor inequívoco de una gran casa cuya unidad viene definida por el conjunto de sus distintas habitaciones.


Todas las literaturas que se escriben en una misma lengua constituyen, por tanto, un consorcio, una conjunción de herencias no necesariamente afines. Ni los naturales condicionamientos geopolíticos ni los influjos de los caracteres nacionales, perturban para nada esa operativa evidencia. Las literaturas escritas en lengua española pertenecen obviamente a una especie de condominio cultural, aun conservando sus respectivas fórmulas expresivas prestigiadas por cada tradición propia. Algo parecido a lo que el gran antropólogo cubano Fernando Ortiz denominó transculturación. Las diferencias que puedan rastrearse -pongo por caso- en el español de Colombia, Perú o Argentina, son del mismo orden teórico que las que puedan advertirse entre los distintos usos del español en Andalucía, Aragón o Asturias. Cada uno se moviliza, natural y afortunadamente, a partir de sus respectivas peculiaridades geográficas, de sus naturales mestizajes históricos.


Hasta hace poco, el diccionario era más bien parco en la definición de las voces mestizo y mestizaje, referidas sin más al cruzamiento de razas distintas y no a la confluencia de culturas. A nadie se le oculta además que la voz mestizo podía llegar a ser bastante ambigua y suscitó algunas equívocas desviaciones semánticas. Recuérdese, sin ir más lejos, que en ciertos ámbitos sociales europeos, el mestizaje dispone de una acepción de directo alcance vejatorio. Entre nosotros, sin embargo, ese concepto acabó asociándose a la convivencia de culturas o a la resultante magnánima de esa convivencia, vinculada ahora al campo ultramarino de la lengua. Un campo que debe entenderse, con óptica justiciera, como una mancomunidad, una copropiedad referida indistintamente a todos y cada uno de los hispanohablantes de veinte nacionalidades.

Pero tal vez convenga matizar un poco esa cuestión, en especial por lo que respecta a algún que otro alarmismo sobre las corrupciones y fragmentaciones del idioma. Recuérdese que Borges respondía en un artículo, con irónica sagacidad, a las alarmas de Américo Castro sobre las graves alteraciones que éste advertía en el español rioplatense. Esos presuntos desvíos lingüísticos no suponían para Borges más que “ejercicios caricaturales”, hablas arrabaleras, tan contagiadas de impurezas -añado yo- como podían estarlo los rasgos dialectales propios de cada región peninsular. El purismo léxico remite por lo común al estancamiento de las ideas. Digamos que un purista es un racista en versión lexicológica. Aquel tan aireado manifiesto de Neruda, abogando por una poesía “impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilias, profecías, declaraciones de amor y de odio...”, esa afirmación –digo- era algo más que una mera ocurrencia retórica, era toda una paladina declaración de principios. Neruda rescata de las trastiendas originarias del idioma unas palabras maltratadas por la rutina, disecadas por el rigorismo académico, y las reconstruye, las dota de una nueva y libre capacidad comunicativa. El poeta se apropia efectivamente de un aluvión de equivalencias poéticas con la realidad que incluían, aparte de una serie de elementos oriundos de la tradición, lo que podrían ser sus variantes más contaminadas de impurezas, entendiendo por impureza lo enemistado con lo convencional, con lo inerte. Qué extraordinaria lengua impura la que hablaron, pongo por caso, Pedro Páramo, Díaz Grey, el Jaguar, Aureliano Buendía, Oppiano Licario, la Maga, Artemio Cruz… Y un hecho significativo a este respecto, hubo en los primeros tiempos del boom algún lector editorial, presunto seguidor de puristas, que juzgó impublicables en España novelas luego notorias porque estaban escritas en mexicano, en peruano, en argentino. Un dictamen que quedó finalmente invalidado por su propia majadería.

Permítaseme un apunte retrospectivo. Los primeros cronistas de Indias se enfrentan a un mundo insólito por desconocido, sin ningún previo referente cultural, a una realidad maravillosa (a lo “real maravilloso”, por usar el término acuñado por Carpentier). Y crean una prosa como recién alumbrada, cuya vitalidad exuberante se correspondía con la exuberante vitalidad de las nuevas realidades. En el castellano de fines del XV, de principios del XVI, se opera algo así como una conmoción imaginativa. No había palabras para nombrar las cosas desconocidas, las sensaciones ignoradas. Como en Macondo, “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Pero en vez de señalarlas con el dedo, se moviliza una confluencia de voces hispanas y prehispanas: todo un enriquecimiento mutuo propiciado por la invasión -por la invención, diría Vargas Llosa- de la realidad. La literatura se inyecta así sus propios tónicos verbales. El asombro ante la naturaleza inusitada posibilita el asombro de otra nueva especie de literatura más integradora. Basta releer a los grandes historiadores de Indias -Díaz del Castillo, López de Gómara, Fernández de Oviedo- para corroborar hasta qué punto la realidad de un mundo nuevo ha movilizado un nuevo enriquecimiento de la lengua. ¿Cómo referirse si no, en castellano, a los animales, plantas, alimentos, utensilios de la vida cotidiana propiedad de los indios?

Ahí se delimita teóricamente una conducta del lenguaje ante la realidad no muy distinta a la usada por los consecutivos renovadores latinoamericanos de la literatura. Pensemos en esa común cultura literaria que va, por ejemplo, de sor Juana Inés de la Cruz a César Vallejo, del Inca Garcilaso a Rubén Darío, de José Asunción Silva a Alfonso Reyes, entre los que se va estabilizando, por así decirlo, una literatura criolla, es decir, una literatura nacida en América de padres españoles. O una literatura propiamente mestiza, gestada en el cruce léxico y sintáctico de lo amerindio y lo español. En cualquier caso, se trata de un mestizaje lingüístico tan natural y prolífico como el de la sangre, similar en cierta manera al sincretismo religioso. Algo que realmente solo ocurrió -conviene reiterarlo- en el ámbito social y cultural de la conquista de América por parte de españoles y portugueses y que constituye, a no dudarlo, un paradigma histórico: el más digno fundamento de una coexistencia que prevaleció a pesar de tantos expolios culturales, atropellos doctrinarios, desmanes sin cuento. Resulta indudable además que todo eso obedeció a un proceso natural verificado a espaldas de los poderes políticos y religiosos. Ahí se fundamentan los modernos conceptos de lo multirracial como norma de conducta, pero también de lo multicultural como modelo de convivencia. El primer hispanoamericano propiamente dicho fue hijo, pongamos por caso, de un marinero de Palos de la Frontera y de una india pipil de San Salvador. A partir de ahí, el ritual de la vida de cada día, pero también el arte y la literatura, se van haciendo mestizos. Una evidencia que salta por encima de todas las demasías y despojamientos y acaba avecindándose en las páginas del derecho consuetudinario.


Rómulo Gallegos

No se olvide que la conquista y colonización de América del Norte fue hecha por puritanos (es decir, por calvinistas ingleses y holandeses) que emigraron a la otra orilla del Atlántico con sus bagajes de pueblo elegido, predestinado a apropiarse de aquel territorio después de aniquilar a sus propietarios. Con independencia de los terribles métodos utilizados, la colonización española estaba encaminada a la expansión del Imperio y a la redención a ultranza de los indios, mientras que la anglosajona fue una empresa privada financiada por calvinistas enfrentados al poder metropolitano y escogidos por Dios para adueñarse de las tierras de unos salvajes. En contra de lo que ocurrió en otras latitudes, en Iberoamérica se acabó intercalando una sociedad española o portuguesa en otras aborígenes, generando así una sociedad paulatinamente mestiza. Para los anglosajones el término mestizo era más bien un insulto, una aberración teológica; para los españoles tenía el sentido de una prolongación natural en el nuevo mundo de sus propios mestizajes históricos. Al margen de tantas barbaries y latrocinios, el cruce de formas de vida española e indígena da origen a una nueva realidad social adosada en una nueva realidad física. Ni siquiera los copiosos argumentos sobre la destrucción de las Indias, invalidan esa evidencia. No me refiero sólo al núcleo racial de los indios sojuzgados y perplejos, sino al de los negros ferozmente esclavizados. Si antaño se hablaba en la Península en latín, en hebreo, en árabe -hasta que el castellano acaba absorbiéndolos como lengua imperial-, en Ultramar el idioma de los invasores convive con el de los invadidos -guaraní, quechua, nahuatl, araucano, maya- y el de los negros -yoruba, mandinga, carabalí-, hasta constituir ese espléndido mosaico del español hablado en Chile, en Cuba, en México, en Uruguay. Ocurrió como con algunas mezclas de vinos diferentes, esos coupages cuyo resultado final mejora la calidad de las partes. Así se volvió a revitalizar en cada caso el español, porque así lo demandaba la geografía física y humana donde se trasplantó.

La reacción contra las formas rígidas, anquilosadas, del español metropolitano no fue más que una natural reacción literaria, aparte de lo que pudiera tener de enfrentamiento político a otras tiránicas formas de colonialismo. La inflexible pureza del idioma es la antítesis del mestizaje vivificante. Como nadie ignora, un diccionario recoge, antes que las voces que las autoridades literarias avalan, las legitimadas por la frecuencia del uso popular. Y en América había multitud de palabras que tenían que integrarse necesariamente en el caudal léxico de las variantes del español que allí se hablaba. No deja de ser aleccionador, por otra parte, que muchas voces ya desusadas en España permanecieran muy vivas en ciertas zonas hispanoamericanas, no como arcaísmos sino como ejemplos lozanos de los reflujos expansivos de la lengua. Los primitivos colonos que fueron estableciéndose en el Nuevo Mundo, se llevaron con ellos sus maneras de vivir, sus fanatismos religiosos y sus tácticas de rapiña, pero también la norma lingüística que les era propia.

El resultado de ese largo proceso de mestizajes lingüísticos se hace más notorio cuando la América hispana se escinde de la metrópoli y recorre los caminos históricos de su independencia, muchos de cuyos artífices -por cierto- eran criollos, como Bolívar, Miranda o San Martín, y muchos de cuyos herederos en la lucha por la libertad eran mestizos, como Benito Juárez, Emiliano Zapata o Porfirio Díaz. Y fue precisamente otro mestizo, Rubén Darío, el que iba a inaugurar una magistral síntesis poética que sirvió de guía a todas las poéticas surgidas en las áreas geográficas hispanohablantes. Un mestizo nicaragüense emprende una hazaña literaria que afectaría de manera decisiva al desarrollo de toda la poesía escrita en español a partir de entonces. Darío no pertenece a la otra orilla oceánica del idioma, es un depositario de nuestra lengua común que aglutina en su obra elementos de la tradición clásica española, de la aborigen centroamericana y, en este caso, de la parnasiana francesa. Ahí rebrota el sedimento integrador de una expresión poética que supuso, de hecho, el germen de toda una serie de nuevas posibilidades creadoras dentro de nuestra lengua literaria. Darío devuelve a la literatura española, en una magistral reconversión estética, lo que la literatura española había trasvasado a América.


Los andaluces Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, el gallego Valle-Inclán, los vascos Unamuno y Baroja, los levantinos Azorín o Gabriel Miró, el canario Tomás Morales -por ejemplo- se instalan de uno u otro modo en esa reciente tradición. Y en esa misma tradición, adaptada a su medio, comparecen los mexicanos Gutiérrez Nájera y López Velarde, los cubanos José Martí y Julián del Casal, el colombiano José Asunción Silva, el uruguayo Herrera y Reissig, el argentino Leopoldo Lugones, etc. La paulatina consolidación de nuestra literatura contemporánea -la de España y la de América- consiste precisamente en eso: en una conciencia lingüística de espléndida diversidad. Algo que también cabría referir a la poesía afroantillana -o afrohispana- de un Nicolás Guillén, un Palés Matos o un Emilio Ballagas, cuando la rítmica sonoridad de las voces negras bulle en el torrente léxico del español.

Cierto que resulta de veras fascinante atravesar ese inmenso territorio que va de la Patagonia al río Bravo, y aun penetra en Estados Unidos, y entenderse en la misma lengua dentro de su natural diversificación de matices, giros, hábitos dialectales. Esa evidencia emocionante basta para ratificar que, al margen de todos los ultrajes y expolios de la historia, las mezclas culturales que se fraguan en Ultramar propiciaron una nueva siembra lingüística que llegó a convertirse en el más fecundo logro de la presencia española en América. Asolamos, quién lo duda, civilizaciones insignes, inculcamos fanatismos e intolerancias, pero abrimos la ruta integradora de una lengua y una cultura literaria que prevaleció hasta nuestros días.

 (Recuerdo a este respecto una anécdota que he oído contar atribuida a otros, pero de la que también yo fui protagonista. Un día, cuando yo vivía en Colombia, viajaba con unos amigos por lo que allí llaman Tierra caliente. Nos detuvimos en una cantina y allí nos sentamos un rato, cuando el cantinero, muy respetuosamente, me preguntó si yo era español. Yo le pregunté a mi vez que en qué lo había notado. “En el dialecto”, respondió el cantinero. Un excelente compendio, en tres palabras, de la historia social del mestizaje.)

Bien. Una última apostilla. Hay un libro de Carlos Fuentes que alcanzó especial resonancia en América Latina y no demasiada en España, pese a su condición -digamos- fundacional. Me refiero, claro, a La nueva novela hispanoamericana, publicada en México en 1969. En ese libro, y aparte del dictamen general sobre los factores históricos de cambio en la narrativa en cuestión, se estudian cinco novelistas contemporáneos: Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cortázar y Juan Goytisolo. (Es significativa la inclusión de Goytisolo como correlato español del boom.) Los juicios de Fuentes a propósito de la evolución de la novela hispanoamericana tuvieron en cierta forma algo de proféticos. El autor revisita esa novelística en busca de las causas que propiciaron su apogeo y fija así un primer canon de lo que se llamaría el boom, fundamentalmente referido a la reconquista literaria de la lengua. Las circunstancias políticas en no pocos países latinoamericanos -y, por supuesto, en España- eran entonces bastante conflictivas, incluso podían llegar a ser asfixiantes. Y no por casualidad eligió Fuentes a unos escritores (son sus palabras) “que toman partido por la civilización frente a la barbarie”, enfocando así de modo unitario un fenómeno que afectó por igual a todas las literaturas escritas en lengua española.

Frente a la ideología dominante y al suministro de una lengua oficialmente depauperada, los novelistas hispánicos que empiezan a publicar en la década de los 60, habían descubierto que esa lengua común necesitaba de alguna suerte de rehabilitación, de remozamiento, frente a los desgastes y anemias del inmovilismo. Es lo que ya habían emprendido sus inmediatos antecesores: Onetti, Rulfo, Borges, Carpentier, Lezama, Arguedas, Octavio Paz, forjando una literatura que “reivindica la necesidad evidente de ser ante todo escritura”. Por encima de restricciones didácticas, de modelos anquilosados, se estabiliza una literatura –una poética- que cimenta en el lenguaje su exclusiva razón de ser.

Es cierto que, al margen de los condicionamientos socioculturales de cada país, no sería discreto dejar de reiterar el estímulo indirecto que supuso para la cultura literaria de Latinoamérica la triunfante revolución cubana. Como es bien sabido, en La Habana arraiga entonces una creciente atención por la literatura que estaba produciéndose en Latinoamérica. Los exponentes de lo que pronto se llamaría el boom se adhieren en aquellos primeros años 60 a los supuestos revolucionarios cubanos. La historia -y la vida- eran muy distintos entonces a lo que serían poco después. Los más o menos prolongados marasmos y trances difíciles que afectaban a un buen número de países de Latinoamérica (y por supuesto a España) acusan de pronto una agitación que conecta, a través del campo ideológico, con el literario. Desde un principio, La Habana se encarga de catapultar, con no improvisada astucia, la imagen global de unos hechos culturales hasta hacía poco diseminados, desdibujados por su propio aislamiento o sus precarias posibilidades de expansión.

En todo caso, lo que de veras promovió una creciente atracción universal fue el poderoso rango expresivo de unas pocas novelas que, aparte del natural “exotismo” temático, respondían en muy estimable medida a “una nueva fundación del lenguaje.” Frente a la obediencia a normas ya fosilizadas, ese lenguaje proponía el desacato, la afortunada reinvención de una lengua literaria instintivamente forjada en la memoria de tantos mestizajes históricos. Como bien se sabe, el eje editorial de Barcelona (con Carlos Barral a la cabeza y ramificaciones en México y Buenos Aires) hizo todo lo demás: canalizó en parte la nueva novela latinoamericana y auspició la recuperación de escritores de anteriores generaciones. En principio se trataba de cuatro o cinco narradores amigos, más o menos residentes a la sazón en Barcelona. La tiranía didáctica de los manuales canonizó sin más el retrato de los componentes del boom: García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, a veces Edward, a veces Donoso, una especie de númerus clausus que desplazaba tácitamente a otros colegas de notable personalidad, aunque a la larga también acabarían favorecidos por la onda expansiva del boom.


En un angosto margen de tiempo -de 1962 a 1967- se publican La ciudad y los perros, La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, Cien años de soledad, El peso de la noche, El lugar sin límites. Las afinidades poéticas de sus autores era tan relativa como copiosa su unánime conciencia de renovación en libertad de un lenguaje literario malgastado. Y algo ciertamente ejemplar: esa media docena de narradores convierten en universal el español que usan los mexicanos, los limeños, los bonaerenses, los bogotanos, los santiaguinos; trasmutan en lengua literaria el habla local, a la vez que habilitan nuevas técnicas novelísticas y nuevas propuestas innovadoras. Una restauración a la que habría que ir sumando enseguida a Sergio Pitol, Cabrera Infante, Julio Ramón Rybeiro, Gómez Valderrama, Elizondo, Manuel Puig, Fernando del Paso, Bryce Echenique, etc. Es el ciclo aún inacabado del post-boom, surgido en cualesquiera de las áreas del español ultramarino. Ahí están ya, por ejemplo, sobradamente refrendados los Fernando Vallejo, Roberto Bolaño, Sergio Ramírez, Juan Villoro, Jorge Volpi, Leonardo Padura, Santiago Roncagliolo, etc. Y así hasta llegar a los más recientes propósitos generacionales de revisión estética del boom, una nueva búsqueda de empresas literarias más complejas, más libres, como pedía aquel “manifiesto del crack” que puso en circulación Jorge Volpi, o demandaba aquel otro movimiento infrarrealista en el que Roberto Bolaño hereda de Roberto Matta la idea de “volarle la tapa de los sesos a la cultura oficial”, una medida ciertamente saludable. Y por ahí andamos, a ver qué pasa.


Tomado de El País.