viernes, 28 de junio de 2013

"Aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura". Entrevista a la poetisa venezolana ANA ENRIQUETA TERÁN



   






ANA ENRIQUETA TERÁN | 1 DE MARZO DE 1970 


"Aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura" 



Por Rafael José Muñoz





La experiencia de Ana Enriqueta Terán a través de un retiro que duró casi catorce años es rica en enseñanzas de toda índole. Inquietos por lo que ella encontró a lo largo de esos años nos hemos acercado a la poetisa y hemos entablado con ella un diálogo abierto, lleno de sorpresas y de maravillas que ella misma nos ha exaltado a través de una palabra fácil, de un verbo ardiente donde el misterio vibra y donde la artista se siente como presa aún de esa sociedad de la cual no se desprenderá jamás. (…)




—¿Cuáles fueron las razones que la impulsaron a refugiarse en el interior, abandonar la ciudad, desentenderse del mundo de las letras y de la publicidad?


—Esta es una pregunta que temía y que por fin ha sido hecha. Una pregunta difícil que contestaré como respondiéndome a mí misma. Abandoné ciudad y gentes para enfrentarme a mi poesía, a mi propio humano desamparo, y hasta qué punto yo era o no una creación de los demás. Comencé a desconfiar de todo: de lo frívolo y lo trascendental. Por ejemplo, mucho se habló de mi belleza. Yo nunca creí en ella. Hubo siempre una inmensa distancia entre mi persona física y mi trasfondo ontológico. Sin embargo, amé mi cuerpo y todavía no he logrado zafarme de él. Se envejece muy lentamente; pero cuando sea una vieja de verdad mi poesía ganará en lucidez y será infinitamente más libre. En Morrocoy, lugar de mi exilio voluntario, aprendí a envejecer con nostalgia y sin amargura. Aprendí a ver con otros ojos paisaje y pueblo venezolanos. Ya no temo a la edad ni al derrumbe físico –nací en Valera, el 4 de mayo de 1918–. Aprendí también ásperas formas del vivir diario. Esto pudiera parecer una excentricidad o un sacrificio. Ni una cosa ni la otra. En realidad, fui feliz día a día, siempre que no me enfrentara al quehacer poético. Entonces, inventé oficios duros. Hice carpintería: cajas, cubierteras, repisas y hasta un bando bien bueno. Fui maestra de mi hija y de un grupo de niños que se formó alrededor de ella. Tuve animales de todas clases. Pasaba de un oficio a otro, pero el más duro de todos era el de la poesía. (…)


Tomado de Papel Literario

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