sábado, 20 de diciembre de 2025

La lucha de los Reyes magos, el Niño Jesús y San Nicolás en las Navidades venezolanas

 



Navidad en Venezuela: la batalla cultural entre el Niño Jesús y Santa

Por Lulú Giménez Saldivia

diciembre 20, 2025 1:10 am


La Navidad distintiva y única

El siglo XIX fue un largo período de desolación en la historia venezolana; múltiples guerras se sucedieron, con escasos lapsos de paz entre ellas, comenzando por la Guerra de Independencia, que en apariencia duró diez años pero en realidad se prolongó casi hasta la separación de Venezuela de la Gran Colombia, en 1830. Después vinieron la Revolución de las Reformas, la Insurrección Campesina, la Guerra Civil de 1848-1849, la Guerra Federal o Larga, de 1859 a 1863, la Revolución Azul (1868), la de Abril (1870), la Legalista (1892) y, finalmente, la Liberal Restauradora (1899). Fueron muchas generaciones de venezolanos que no conocieron otra vida más que la del conflicto, la escasez, las penurias, las migraciones y el desamparo.


Tal fue la devastación que, para el momento de la llegada a Venezuela de la gripe española, en 1918, había un registro poblacional de 2.500.000 habitantes en el inmenso territorio nacional. Por cierto esa pandemia, debido a la precaria situación sanitaria, se convirtió en una gigantesca tragedia que se llevó de este mundo a 250 mil personas, es decir, el 10 % de la población. No obstante, los venezolanos nunca dejaron de celebrar la Navidad, pues el nacimiento del Niño Dios representaba un evento de mayor trascendencia que sus «pequeños» problemas personales.

A pesar de que las guerras trastocaron la cotidianidad y ya nada era como antes, como en los tiempos de la paz preindependentista, las tradiciones hispánicas y religiosas, labradas con esmero durante siglos, se mantuvieron como la fuerza central de la Navidad venezolana. Con lo poco que había, se elaboraban los pesebres y se preparaba la cena de Nochebuena, donde el protagonista estelar era la hallaca.

La Navidad, además de su contenido religioso y en correspondencia con el mismo, significaba una afirmación de los más caros valores cristianos que portaba como estandartes la Iglesia Católica: caridad (amor), familia y comunidad, aunque en el siglo XIX, primero de vida republicana, germinaron las ideologías que negaban la herencia española y, por ende, la presencia activa de la fe católica en el espíritu de la colectividad.

¡Ábrannos la puerta que ya es Navidad!


Entre todos los eventos y formas que los venezolanos desarrollaron para dar cumplimiento a estos valores, resaltan de modo significativo las misas de aguinaldo, que son una historia de tradición y comunidad, más allá de las ideologías y de las penurias. Estas celebraciones, tradición heredada de España, consistían en una novena, del 16 al 24 de diciembre, que se celebraba muy temprano –algunas a las 4:00 a.m.–, para preparar el momento cumbre del nacimiento de Jesús y conmemorar el viaje de san José y la Virgen María a Belén, a las cuales asistía toda la comunidad. Se montaban puestos en las plazas de las iglesias con sabrosuras variadas, preparadas por la gente, como hallacas, bollos, ensalada de gallina, dulcitos de coco o guarapo de panela, para que todos comieran al salir de las misas y, además, asistían diversos grupos musicales para amenizar las misas con villancicos, parrandas y gaitas. 


A partir del siglo XX, se incorporaron a estas celebraciones las patinatas: niños y jóvenes llegaban patinando a las misas y se apoderaban de las plazas y las calles aledañas a las iglesias. Se extendió tanto la práctica del patinaje que en las principales ciudades de Venezuela se cerraba el tránsito vehicular para que los ciudadanos pudieran adueñarse de las calles, deslizarse y departir a sus anchas. 

Esta tradición de las misas de aguinaldo, con su imprescindible componente musical, permaneció viva hasta las últimas décadas del siglo XX y era de tal importancia como elemento de identidad cultural para la reafirmación de la fe, que las autoridades eclesiásticas venezolanas elevaron sus voces ante la Santa Sede y les fue concedida la gracia –un «privilegio litúrgico» otorgado por el papa León XIII (cuyo pontificado fue de 1878 a 1903)–, que las convirtió en un acontecimiento especial y distintivo en el conjunto de actividades navideñas de la Iglesia Católica universal.


El privilegio litúrgico otorgado a las misas de aguinaldo venezolanas contempla que, en lugar de cantos solemnes y sobrios, durante la Eucaristía, se pudieran usar cantos populares alegres y festivos, con el uso de cuatro, maracas, tambores y otros instrumentos propios de la música popular venezolana; es decir, se trata de un permiso para incorporar música festiva venezolana a los rituales de Adviento. Además, el privilegio concede indulgencia plenaria –borrón y cuenta nueva de todos los pecados– a quienes asistan a estas misas y cumplan la novena.

Pero, esta tradición, como muchas actividades de la Iglesia Católica, ha venido decayendo hasta el punto de que, en la actualidad, muchas iglesias ya han prescindido de la celebración de la Novena. Entre los aspectos sociales que inciden en ello se alegan la inseguridad y la carencia de recursos para cubrir los gastos relativos a las ofrendas comunitarias, pero un elemento clave para entender esta decadencia es la progresiva imposición cultural de una Navidad sin Cristo Jesús.


Vamos todos contentos a armar el pesebre

El pesebre como centro en las iglesias y las casas ha sido una tradición cultural que vino de España con sus figuras alegóricas al nacimiento de Jesús. Desde los tiempos en que san Francisco de Asís, en el año 1223, creó el primer pesebre con figuras vivientes que representaban a san José, la Virgen María, los pastores, la mula y el buey y otras representaciones de personajes propios del momento narrado en los evangelios, el pesebre se convirtió en el corazón de la Navidad en el mundo hispano.

A Venezuela llegó de la mano de los misioneros, principalmente de los capuchinos andaluces y catalanes que establecieron sus misiones a lo largo y ancho del actual territorio nacional. Era, en principio, un medio idóneo de evangelización, pues se mostraba a los indígenas, con las imágenes, los misterios del nacimiento y la encarnación del Niño Dios. De allí se estableció como tradición que todas las iglesias montaran su pesebre para anunciar el tiempo de la Navidad y alrededor del mismo se organizaban cantos y escenas teatrales, y era motivo de gran celebración el momento en que, después de la Misa de Gallo –a las 12:00 de la Nochebuena– se colocaba en el pesebre al niño recién nacido.

De las iglesias, la elaboración de pesebres se extendió a las casas, y muchas familias mantienen la tradición como agradecimiento por todos los dones recibidos a lo largo del año. Además de las figuras centrales antes mencionadas, resalta la presencia de los Reyes Magos, muy grata para los niños en las primeras décadas del siglo XX, pues eran quienes les traían los regalos, como recreación de los presentes que llevaron al Niño Jesús. Aún hoy, en España y otros países hispanoamericanos, son los Reyes Magos quienes traen los regalos, mientras que en Venezuela se forjó la tradición de que fuera el mismo Niño Jesús, fuente viva de todos los bienes.

Tanto en las iglesias como en las casas, los pesebres son construcciones colectivas, así que cada quien les ha ido añadiendo imágenes de lo que más les representa. De este modo, en la actualidad los pesebres venezolanos se realizan sobre la geografía nacional: un Salto Ángel por aquí, un Pico Bolívar por allá, el caudaloso Orinoco, los cerros de Caracas, los médanos de Coro, el alegre y al mismo tiempo incierto mar Caribe, y en este contexto, pescadores de carites, mujeres haciendo arepas o tortas de casabe, bailadores de joropo, motorizados... Las únicas imágenes con rasgos del Medio Oriente son san José, la Virgen y los Reyes Magos, porque hasta los pastores son llaneros y los ángeles son negros.

Voy a mi arbolito…

Afortunadamente, el pesebre continúa siendo en Venezuela una creación cultural que define el sentido de la Navidad, pero ha venido alternando, desde hace más de un siglo, con otro invitado especial de las festividades navideñas: el arbolito. Según algunas referencias históricas, la tradición del Árbol de Navidad se introdujo en Venezuela a principios del siglo XX y es posible que comenzara simultáneamente en diversas regiones del país, como resultado de la modernización liberal que veía con buenos ojos todo lo proveniente de la América del norte o de Europa no hispánica; es decir, fue una época en que la negación de los tesoros culturales legados por España estaba en su máximo apogeo.

Muchos afirman la ornamentación de árboles de Navidad en Margarita, Cumaná, Maracaibo y otras ciudades; en realidad, el dato histórico cierto lo aportó el cronista de Barquisimeto, don Raúl Azparren, quien presentó registros de la llegada a la ciudad de un arbolito navideño en 1904, traído por la familia del comerciante alemán Max Goetz, inmigrantes que habían arribado al país años antes, al igual que muchos otros europeos, atraídos por los primeros aires de la explotación petrolera. Este de Barquisimeto se considera el hito que marcó la presencia del Árbol de Navidad en las festividades decembrinas venezolanas.

Aunque sus orígenes son paganos, se transformó en un elemento de la devoción católica. Cuenta la leyenda que en el siglo VIII, un misionero llamado san Bonifacio llegó a Alemania y encontró que las personas adoraban un roble sagrado –vivienda y símbolo del dios Tor– al que llamaban «árbol de la vida». Bonifacio cuestionó la divinidad de este árbol hasta que logró talarlo para demostrar que no era inmortal y luego propuso que se utilizara el pino como símbolo de la verdadera divinidad, pues su forma triangular hace referencia a la Santísima Trinidad.

Al principio, el árbol de Navidad se popularizó en Alemania por efectos del proceso de cristianización, adornado con velas, flores y manzanas; sin embargo, su gran expansión ocurrió a partir de 1848, cuando la reina Victoria de Inglaterra y su esposo, el príncipe Alberto –quien era alemán– salieron en un periódico fotografiados junto a un gran árbol de Navidad que fue decorado en el palacio. Desde entonces, todo el mundo quiso tener un arbolito, pues Inglaterra era el lugar del que «salía todo lo bueno», mientras España, sumergida en el pozo de la leyenda negra fabricada contra ella por Inglaterra, se percibía como el reducto de valores superados y cultura fosilizada.

Los niños pobres preguntan dónde está san Nicolás

El árbol de Navidad ha cumplido un propósito, más que ritual, ornamental, en la Navidad venezolana, conviviendo alegremente con el pesebre en las casas y los lugares públicos. Los venezolanos, al igual que lo ocurrido con el pesebre, le han venido incorporando elementos propios de la cultura de las diferentes regiones del país; no obstante, una vez que se abrió la puerta cultural para que entrara en nuestras vidas el Árbol de Navidad, por ella comenzaron a llegar, en los barcos de la globalización, elementos foráneos extraños, ajenos a nuestro contexto y nuestra historia, y que no nos representan en lo absoluto.

Los mismos colores que llegaron con el arbolito navideño y se han establecido como propios de la Navidad no tienen nada que ver con la riqueza luminosa del mundo caribeño; rojo, verde y blanco son, en cambio, colores que atraen el frío europeo de esta época invernal. Más aún, desde mediados del siglo XX, vino del mismísimo Polo Norte un gordo barbudo vestido de rojo brillante, de nombre Santa Claus, quien ha venido quitándole los juguetes al Niño Jesús para repartirlos él, montado en un trineo jalado por renos. 

En un intento de resistir a esta colorida intromisión de componentes culturales, el mundo católico hispánico bautizó a este personaje san Nicolás, emparentándolo con la historia amorosa del de Bari, y así lo llamábamos las generaciones intermedias del siglo XX. Pero esa terminó siendo una batalla perdida, pues al final se ha impuesto Santa Claus, o simplemente Santa, quien se hace acompañar por la señora Claus, elfos y duendes que le ayudan a fabricar y repartir los juguetes y los infaltables renos, entre los cuales destaca Rudolf, el de nariz roja que comanda al grupo. También forman parte de este tinglado muñecos de nieve, muñecos de jengibre, espíritus navideños de variadas formas y cuanta fruslería se le antoje fabricar a la industria de la frivolidad y la ridiculez.

Cantemos, cantemos «Gloria al Salvador»

No es lugar para analizar a fondo las causas de esta degradación en el gusto decorativo de la Navidad en el mudo, no solo en Venezuela. La inmensa mayoría de nosotros hemos visto renos solo en imágenes, pero eso no obsta para que jóvenes, adultos y carros anden por ahí decorados con sus cuernos, como gesto representativo de la alegría navideña.

 Más importante es resaltar el hecho de que esta banalización de la Navidad, por obra y gracia del exagerado consumismo y la acrítica acogida de elementos provenientes del mundo anglosajón, significa una pérdida del auténtico sentido de la festividad católica, que no es otro más que la conmemoración del nacimiento de Cristo Jesús, aunque esto no le guste al pensamiento progre o «hiera susceptibilidades». El pesebre es el campo de donde se libra la batalla cultural, donde lo nuestro pareciera perder peso por la influencia de la publicidad y de la industria del entretenimiento.

No obstante, al menos en Venezuela, el Niño Jesús se niega a dejar de asistir a su fiesta de cumpleaños. El pesebre, cada vez más abundante en imágenes representativas de la vida del país; los aguinaldos, las misas y coronas de Adviento, las cartas al Niño Jesús, las representaciones teatrales en plazas e iglesias, las hallacas y el pan de jamón, entre otros, permanecen y están cobrando fuerza como elementos de resistencia cultural. Al volver la vista hacia atrás, estamos encontrando en las tradiciones heredadas de España una esperanza de renovación que no aportan los cuernos de reno ni la nieve artificial.

Amén




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