domingo, 1 de marzo de 2020

“CANTO DE LUZ NEGRA”: SANTOS LÓPEZ




Crónicas del Olvido

“CANTO DE LUZ NEGRA”: SANTOS LÓPEZ


**Alberto Hernández**

“Extraviado, sólo alcancé a ver en el oriente una sombra”

**Santos López: “La barata”**


1.-

La sombra se proyecta y se hace cuerpo en cuerpo ajeno. Cuerpo de tiempo remoto, de imagen que no se borra de la memoria ni de la sangre. Cuerpo de carne y hueso que hoy es ceniza, pero no olvido. Los muertos saben lo que hacen. Viven hasta que el recuerdo se deshace. Y su sombra permanece pegada a las paredes, a la concha de los árboles, en el jardín que aún florece. En los cartílagos de quien sabe de ellos, los del otro día lejano, en los que siguen tejiendo las horas, entre su sombra y la luz que arbitra su presencia. Ellos, los que respiran detrás de nuestras orejas, cantan, silban, pronuncian con claro acento la hora renegada, la que aún no llega y será lumbre de nuevo.

La poesía, ese canto de luz y sombra, el que a veces rechaza los colores por distraer la profundidad, lava el recorrido infinito de los que nos precedieron. Aquellos que aún hablan por nuestra boca. Aquellos que no callan mientras cruzamos la calle o bajamos del autobús. Aquellos que recuerdan una ventana cerrada o una puerta abierta. Y sus sombras, en el extremo de la poca tierra que abarcamos.

En un poema del caraqueño, morador de Valencia, Carlos Ochoa, titulado “Última calle”, los versos dicen:

“El terreno de los muertos/ cuenta ciento trece tumbas/ las ancianas enderezan las cruces/ que se desploman/ de tanta lluvia y tiempo. / Ahora los veo en sus nombres/ en sus horas, en sus años…”

No cabe ninguna duda: ellos, los que están hechos polvo bajo tierra, se han ido de esas fosas. Pernoctan en los árboles, en las manos de esas ancianas que intentan mantenerlos en un mismo lugar. La poesía que irradia de la mirada casi ciega de esas mujeres que cuidan a sus muertos es la misma que mañana irradiará de la mirada de sus descendientes. Y así, la cadena amorosa de sus recuerdos. La luz negra, la que frecuenta el sueño, es la misma luz que brota de la memoria con palabras, como una oración, como una letanía en labios de un salmista, de un promotor de imágenes que viajan por el cosmos y regresan al mismo lugar donde una vez estuvo el cuerpo, el ausente en materia, el presente en memoria.

2.-

Los antepasados, los ancestros, la saliva de su sentir en la boca de quienes los nombran. Ellos son el plural de un sujeto que a diario los materializa en una avenida, en un sueño, en la sombra de otro que camina mientras canta. Poema y poesía rivalizan. Poema y poesía: sombra y luz, esqueleto y esencia. Los vivos y los muertos. 

Santos López siempre se ha buscado en la Mesa de Guanipa, en ese hondo y oleaginoso espacio de Chimire, en el solar infinito de ese llano donde se oyen las voces del pasado. Por eso no lo dejo pasar por alto. Por eso en este instante de la lectura me imagino bajo la noche en esa geografía que siempre está presente en la poesía de este kariña que habla en la lengua de quienes siempre estarán, en la voz del poema de quien musita en el oído la canción de la luz negra, la que tiene sentido cuando la noche desafía al día. O cuando la brisa trae la ceniza humana esparcida en la tierra.

“Hágase la luz negra de mis antepasados lobos/ Que se bañaban en el mar y copularon con culebras…”, toda esa epifanía, ese abrir y cerrar de ojos oblicuos, tiene piel de animal que se hizo bestia parlante. Nuestros ancestros aullaban. O piaban antes de descubrirnos en la culpa.


3.-

Este libro sagrado de Santos López viene concebido con siete barajas. Número que la kábala consagra. Tesis que le da cuerpo al tomo con estos títulos: “los ancestros (Mandamiento”), “el alma (Canto al amor escondido del amor”), “la madre natura (Canto primitivo”), “el viaje (Katabasis”), “el exilio (Canto al exilio”), “la violencia (Canto a las víctimas”) y “el silencio (Canto de luz negra”).

Los ancestros son fantasmas que hablan. Ordenan una gramática oscura que se ilumina, de allí que el poema del otro es el otro, para ser el mismo desde él mismo. El poema es unívoco en sí mismo. Pero cuando es elaborado por la esencia del otro deviene memoria, luz. 

Cada antepasado regresa en su épica. Traza su viaje en el tiempo a través de un eco, de un conjuro. Por esa razón la poesía de Santos López habla con voz “prestada”. En el comienzo de este libro testimonia su enlace con Albanashar Al-Wali y Gilberto Antolinez, de quienes dice ser los propulsores de la primera parte de estas reverberaciones verbales. 

Por esa razón, López dice que “-Estos poemas no deberían llevar firma, yo soy tan solo un vehículo, un medio, sólo transmito lo que me ha sido dado. Sirvo de instrumento”.
Y como mediador, como enlace entrega estas memorias, estas viejas costumbres ancestrales, estas voces que son del otro el él para nosotros, sus lectores.

Pero hay un lugar, el menos seguro, el de la tierra donde moran los vivos. Tierra donde el injusto gobierna con régimen de fuerza, con crímenes como trofeo de guerra. Mientras el poder persigue, el perseguido se esconde, sale de su Nación, la de sus ancestros, la de su gente viva o muerta.


Este libro de Santos López es también el libro de realidad aciaga. La que irrumpió un día y se sostiene aún contra la inocencia en nombre de un tótem, de un ídolo, de un fraude, de una tortuosa configuración de ideas que han secado la luz, ennegrecido el día. 

Todo libro se mueve en varias aguas. Este también es un libro político, en el buen sentido de la palabra: es un libro que critica un orden establecido que niega la organización y ciega la vida. 

Este libro no sólo es un oráculo. Es un apunte que descubre la refriega, que deja al descubierto la mano que persigue y acosa. La que maneja con destreza el dolor ajeno.


Dos fragmentos tomados de las dos caras que forman este libro:

“Todavía no eres del todo uno de los nuestros/ Dinos si has conseguido más desnudez/ al deshacerte de tus harapos/ Tus pieles no tienen costura/ por dentro ni por fuera/ y nadie ha visto/ que cubran tu cuerpo/ que es una sombra que a la vez/ es carne dejando afuera su terror por el mundo”
(De “Canto primitivo”)


(***)

I

¿Cuál es tu tierra lúcida, extranjero?/ Si tu país tiene una madrastra/ y un padre avergonzado,/ ganga ineludible de sombras y culpas,/ sus gentes huyen/ de sí mismas buscando refugio,/ hombres cansados de sus pensamientos/ -los opresores-“.

(De “Canto al exilio”)





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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

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