sábado, 7 de enero de 2017

RICARDO PIGLIA, LOS MONSTRUOS SAGRADOS





Estimados Amigos

Este año, los Reyes Magos se han llevado consigo un valioso regalo. El escritor argentino Ricardo Piglia ha fallecido el 6 de Enero, dejando un enorme vacío en la Letras Hispanas. El autor de la maravillosa novela Plata quemada nos ha abandonado. Anécdotas aparte como la concesión de su polémico Premio Planeta (otros lo han ganado con muchos menos méritos que él), este excelente escritor nos deja una obra fabulosa.

Erudito, fiel admirador de la figura imponente de Roberto Arlt, escribió ensayos sobre su magistral obra, así como la de su antagonista, el no menos ilustre Borges. Incluso fue capaz de hallar paralelismos entre ambos autores, aunando la vitalidad narrativa del primero con la eficacia estilística del segundo.




El cine también tuvo parte importante en la obra de Piglia.  Era recurrente la humorada que solía explicar cuando le preguntaban sobre la adaptación cinematográfica de su novela Plata quemada: “Hay dos cabras comiendo trozos de celuloide y una le pregunta a la otra: -¿Te gusta?, y la otra le responde, ausente: -Bueno, me gustó más el libro”.

Sea como fuere, el creador del personaje de Emilio Renzi, su alter ego literario, ya no está entre nosotros. Su estilo culto, incluso irónico, capaz de amalgamar géneros y estilos diferentes para crear algo nuevo, perdurará a través de su obra.

Sirva esta intensa crónica del gran Alberto Hernández como homenaje a su figura.

Pasen y lean.
                                                                      Joan Antoni Fernández

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Crónicas del Olvido


**Alberto Hernández**

1

Juan Manuel Oliden aún se incomoda cuando le hacen las preguntas de siempre, interrogantes que todo escritor debe llevar en los bolsillos para satisfacer la torpeza de algún estudiante de literatura o de un atravesado periodista que ve alas en lugar de brazos en el destacado novelista de la semana. No en vano, “Los monstruos sagrados” de Silvina Bullrich se pasea por el imaginario de los que todavía creen que escribir es un acto de magia.

“—Somos noveleros y nos gustan los nombres nuevos —continuó seriamente—, por supuesto, a los tres o cuatro años esos globos luminosos se desinflan y debemos volver a la realidad: al escritor que escribe desde que recuerda, el que no ensaya la escultura, la pintura, la política y también la literatura por si la pega en algo”.

En esta dolorosa síntesis se enmarca la poética trágica de muchos escritores latinoamericanos. En este tejido respiran los sueños de artistas que llevan su monstruo sagrado bajo la más delicada de las pieles.




Si por este camino llegamos a Ricardo Piglia, somos afortunados. El autor de “Respiración artificial” suele asomarse con el mundo a cuestas: la realidad de su continente, la de su país toca y altera los sentidos. Monstruo sagrado de la novelística escrita en español, Piglia desdobla sus ímpetus y saborea las palabras de Oliden, las mismas que Bullrich exprime para ficcionar (qué dura realidad) el mundo de los escritores, la atmósfera cargada de tantos egos juntos. Esta enfermedad no taladra el discurso —y pensamos que la vida— de quien es objeto de un estudio completo en edición de Jorge Carrión para la editorial Candaya, “El lugar de Piglia/ Crítica sin ficción” (Barcelona, España, 2008), donde habita la crítica —¿sin ficción?— formulada por hombres y mujeres practicantes de la realidad, toda vez que la ficción, en este instante, les va de lado, para gracia del volumen que aludimos.

“El lugar de Piglia” desanda nombres y horas detenidas en la mala memoria de América Latina. Volver a la realidad, dice el personaje, la misma realidad —¿el fracaso?— que Rodrigo Blanco Calderón llega a advertir al relacionar a Piglia con Gombrowicz. Y así, Ana Gallego Cuiñas con Juan Carlos Onetti, y más adelante Magali Sequera al estudiar el relato-río confirmado en “La ciudad ausente”. No podía faltar Rodolfo Walsh en trabajo de Christian Estrade. Remata esta entrada de “precursores” Jimena Néspolo, quien recoge las claves del ascetismo y la falsificación en la obra del argentino nacido en Adrogué, provincia de Buenos Aires.




2.-

El experimento, el relato como extremo, como prueba de ensayo, conduce al lector de este volumen de Candaya a abrevar en Juan José Saer, otro de los monstruos sagrados de Argentina, ausente de la actual polémica literaria, pero presente en el sudor diario de los libros, para quien “la tradición es la tradición de la lírica”, como el mismo Piglia comparte.

En este lobby se lucen Graciela Speranza, Daniel Link, Saer, Piglia y Juan Villoro.

En otro, la relación del padre de “La invasión” con el cine. Allí, en la oscuridad de la sala, teorizan Emiliano Ovejero y Jorge Carrión, vecinos de butacas.

3.-

¿Quién no ha sido invadido por el discurso ajeno? ¿Quién que no sea creador ausculta en la palabra del otro, en los “crímenes” del otro para preparar escenario propio? Nada es pecado. Nada es tan permitido como pasarse de una silla a otra, de un relato a un secuestro.

Un poco más atrás, en los precursores, Piglia se acerca a Roberto Arlt, indagador de caídas y cuerpos rotos. En “Escritor fracasado”, el padre de “El criador de gorilas” escribe: “—¿Y mis libros? ...¿Cómo es que el fuego no respeta mis libros? Sus libros... ¡uy! El universo se estaba derritiendo en la sala”. Un poco de Oliden, mucho de homenaje a Arlt a través del fracaso, el descarrilamiento del yo, ese pesado fardo que pervive pese a la gusanera de la tumba.

Pero no es asunto de adivinar la catástrofe. Piglia se sabe de memoria las líneas de “Nombre falso” donde él mismo —en las vísceras de su propia ficción— dialoga con Kostia, quien le aconseja leer “Escritor fracasado”, de Arlt (no sabemos si alcanzó a encontrar “El jorobadito”, la edición del Libro Amigo de Bruguera de 1981).

“—Eso es lo mejor que escribió Roberto Arlt en toda su vida (...) ahí tiene un retrato del escritor argentino”. ¿No será acaso una proyección que arrastra los nombres y apellidos de muchos escritores de habla española? Pero dejemos el llanto a un lado y sigamos con las páginas de Candaya.

¿Después de Piglia? ¿Quiénes? Para eso escriben Vicente Battista, José Sazbón, Carlos Alberto Gómez, Eduardo Gudiño Kieffer, Ernesto Schoo, Rodrigo Fresán, Villoro, Ignacio Martínez de Pisón, Enrique Vila-Matas, entre otros. Desvisten la aventura de pensar y escribir, la de la tragedia y la inteligencia, el exilio y sus matices, la de la reflexión literaria.

Jorge Carrión, el recopilador, cierra la puerta con sendos trabajos: una nota y una entrevista. Ambas, emociones que siguen dilatando la relación de Ricardo Piglia con su pasado, con el presente que lo lleva a afirmar: “Desde luego, cada uno tiene el lugar que se da a sí mismo y, a su vez, otro, imaginario”.

Todos los lugares conducen al infierno o al paraíso. A la realidad o a la ficción. Piglia conduce a Piglia y sus herencias, los epígonos que aún traspiran en las bibliotecas de la desmemoria americana. Para nuestra fortuna, aún quedan sitios, como éste de Ricardo Piglia, atado a la ficción, aunque la realidad siempre obliga.

(Ricardo Emilio Piglia Renzi murió ayer, 6 de enero de 2007. Nació en Argentina, en la provincia de Buenos Aires, en 1941).



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Joan Antoni Fernández nació en Barcelona el año 1957, actualmente vive retirado en Argentona. Escritor desde su más tierna infancia ha ido pasando desde ensuciar paredes hasta pergeñar novelas en una progresión ascendente que parece no tener fin. Enfant terrible de la Ci-Fi hispana, ha sido ganador de premios fallidos como el ASCII o el Terra Ignota, que fenecieron sin que el pobre hombre viera un céntimo. Inasequible al desaliento, ha quedado finalista de premios como UPC, Ignotus, Alberto Magno, Espiral, El Melocotón Mecánico y Manuel de Pedrolo, premio éste que finalmente ganó en su edición del 2005. Ha publicado relatos, artículos y reseñas en Ciberpaís, Nexus, A Quien Corresponda, La Plaga, Maelström, Valis, Dark Star, Pulp Magazine, Nitecuento y Gigamesh, así como en las webs Ficción Científica, NGC 3660 y BEM On Line, donde además mantenía junto a Toni Segarra la sección Scrath! dedicada al mundo de los cómics. Que la mayoría de estas publicaciones haya ido cerrando es una simple coincidencia... según su abogado. También es colaborador habitual en todo tipo de libros de antologías, aunque sean de Star Trek ("Últimas Fronteras II"), habiendo participado en más de una docena de ellas (Espiral, Albemuth, Libro Andrómeda, etc.). Hasta la fecha ha publicado siete libros: "Reflejo en el agua", "Policía Sideral", "Vacío Imperfecto", “Esencia divina”, “La mirada del abismo”, “Democracia cibernética” y “A vuestras mentes dispersas”. Además, amenaza con nuevas publicaciones. Su madre piensa que escribe bien, su familia y amigos piensan que sólo escribe y él ni siquiera piensa.



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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».





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