miércoles, 11 de marzo de 2026

Oswaldo Trejo a Julio Ortega: jamás para escribir tomo notas o establezco un plan



OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR. Foto coloreada.


Estimados Liponautas


Hoy compartimos esta entrevista a al escritor venezolano Oswaldo Trejo, un escritor cuya presencia en la red es bastante pobre. Próximamente publicaremos una entrevista inédita en la red del escritor. 
Al final de la entrevista podrán escuchar el cuento "Una sola rosa y una mandarina" que hasta el 10 de febrero de 2026, fue publicado el 13 de octubre de 2023, solo había tenido 41 visitas. Y después los intelectuales nacionales tenemos el tupé de hablar de la increíble raigambre y popularidad de los escritores venezolanos en nuestro propio país. 

El régimen venezolano tiene bloqueado el acceso al portal de El Nacional así que la gente para acceder directamente a esta entrevista debe utilizar una vpn. Nosotros le ahorramos el trabajo a los internautas venezolanos amantes de la literatura.

Esperamos que con la publicación de esta entrevista y del cuento hagamos más cercano al público venezolano a Oswaldo Trejo.

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La Gerencia.


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Papel Literario


Conversación con Oswaldo Trejo  (Ejido, Mérida, 10 de junio de 1924 - Caracas, 24 de diciembre de 1996)

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 12:30 am




Julio Ortega: Sería interesante para todos remontarnos a 1960, cuando estás en Bogotá y empiezas a escribir Andén lejano, y preguntarte, en primer lugar, por las motivaciones del libro, el plan de escritura, y el tiempo que se tomó. ¿Cómo se te fue imponiendo el texto? vd

Oswaldo Trejo: Bueno, primero que nada debo decir, después de oír a Julio Ortega, que su interpretación a mi manera de ver es extraordinaria, y coincide con muchos de los aspectos que me planteé cuando comencé a escribir esa novela, con antecedentes de otros textos míos ya escritos. Me proponía, en cierto sentido, poder hacer otro tipo de literatura, otro tipo de escritura. Cuando yo comencé a escribir esta novela en Bogotá, después del año 1949, había viajado a Europa, había estado en el Brasil, había estado en Colombia, pero sobre todo tenía toda la alegría que el Brasil me pudo dar, porque se trataba de Copacabana y de Río de Janeiro, y el que no se alegra allí no se alegra en ninguna parte, ni baila en ninguna parte. Sin embargo, cuando muere mi madre yo estoy muy joven y mi apego había sido definitivo, era inseparable de ella y ella de mí; mi padre había muerto cuando yo era un niño de 9 años, y el recuerdo que tengo de él es muy lejano y áspero. Él tenía 73 años cuando muere, yo era el último hijo y el único varón que había tenido: era un hombre de piel ruda, arrugado ya, de barbas, fumaba tabaco, tenía unas manos muy gruesas, porque aparte de otros oficios, era domador de caballos; y con esas barbas, con ese olor a tabaco y con esa ancianidad, quería unirse a mi piel de niño; pero yo siempre tenía un rechazo a esas cosas ásperas, y además él era un hombre de carácter fuerte. Toda esa situación me lleva a lo opuesto, que es la madre; una mujer de gran ternura, de gran carácter, pero que a partir del nacimiento mío queda con un dolor de cabeza para toda la vida, que fue de lo que murió. Ella vivía con la cartera llena de aspirinas y de calmantes y no hubo un solo momento en su vida en que la cabeza no le doliera, a veces eso iba a unos extremos de llegar a gritar, gritos que se oían alrededor de una cuadra, de dos manzanas, y aquello era espantoso. Finalmente llegamos a saber, cuando ella ya tenía 56 años, que es cuando muere, que tenía en formación un tumor mínimo en el cerebro, que de la manera más mínima y más lenta iba creciendo. Resolvemos entonces llevarla a Nueva York a una operación de trepanación de cráneo; yo no hablaba inglés, todavía no hablo inglés, apenas leo cosas, pero la acompaño en mi primer viaje fuera de Venezuela. A los tres o cuatro días de exámenes y de toda esa serie de cosas, hay que pasar a la operación y me habían hecho creer los médicos que aquello iba a salir muy bien. Pero la víspera de la operación le inyectaron aire por los oídos para un último examen y unas últimas radiografías y se le reventó el aire en el cerebro, quedó sin conocimiento. Yo no estaba en el hospital, yo andaba con un amigo pintor del Taller Libre de Arte, Marius Sznajderman, muy amigo mío que años antes se había ido a los Estados Unidos y vivía allá; lo encontré, me acompañó a todas partes, al Museo de Arte Moderno y otros. Pero cuando llego en la tarde al hotel me dicen que me han llamado urgentemente del hospital y me sorprende muchísimo que un señor muy austero, muy distante, me dice: “Yo lo acompaño, señor Trejo”. En efecto, me lleva al hospital donde me está esperando el médico de cabecera y me dice: “La señora va a morir a las seis de la mañana”; yo había llegado al hospital como a las 7 de la noche, y efectivamente a las 6 de la mañana expiró. Aquello trajo tal carga de violencia y de incertidumbre, de no aceptarlo y de no creerlo, que todo eso permaneció en mí siempre. Además, me tengo que quedar en una funeraria, en un apartamento con el cadáver, hasta que hubiese embarque para Venezuela, no por avión sino por barco. Entonces yo andaba casi permanentemente solo y, a veces, con Mario Abreu que quería sacarme de esa situación, pero cómo me iba a sacar de un apartamento donde estaba la urna y todo lo demás. Cuando regresé me costó muchísimo reponerme, pero me quedó la idea de que ella no había muerto, de que yo tal vez había enloquecido; me había venido a Caracas y la había dejado abandonada en algún sitio en Nueva York donde estaba perdida, donde no hablaba tampoco ella inglés; donde no podía ser recuperada por nadie, donde terminaría tal vez internada en algún sitio de locos. De ahí las cartas, como tú las venías viendo, que a través de sus fragmentos, de sus palabras cortadas, son una memoria que no coordina un discurso coherente sino que se le da en pedazos; ella tal vez quiere escribir amor pero no lo escribe, y así todas las palabras están cortadas y partidas, pero conservan un sentido de recriminación, de acusación, de reclamo, de dolor. Y de allí viene el planteamiento ya en la escritura de la forma de darse la situación, porque las cartas nunca las escribí, lo que tenía era el sentimiento de culpa de un abandono y de que ella me lo reclamaba. Como dije, habiendo estado en Río de Janeiro, en Copacabana, en los grandes carnavales, ese tipo nunca se alegró lo suficiente como para sentirse liberado de ese peso de muerte y culpabilidad. Y si yo no escribo ese texto tal vez hubiera enloquecido, no habría podido hacer más nada. De manera que dentro del planteamiento de un nuevo lenguaje, de una nueva escritura que ya venía en mí desde los primeros trabajos literarios que había publicado, especialmente aquel cuento que se llama “Escuchando al idiota”, la novela se realiza a partir de la situación de dos personajes, yo diría que tres, que son: el que narra, que es un Ecce Homo, y las dos figuras, segunda y tercera personas, que son otros dos Ecce Homo, pero que en el fondo no son sino uno solo. Inclusive en el diálogo, desde que la novela comienza, viene de unos puntos suspensivos, de algo que ya está dicho, y en todas partes donde el diálogo se establece entre un Ecce Homo y otro Ecce Homo, es con puntos suspensivos y letras minúsculas, porque no es diálogo propiamente, sino un diálogo dentro de la fluidez de un discurso que se va dando como una continuidad muy reiterativa a través del texto, la muerte de la madre, y no solamente eso sino la muerte misma: está al comienzo del texto la ubicación del sitio desde donde habla ese hombre, que es un apartamento de Bogotá, situado en la Carrera Séptima, que es lo único que mantiene de veracidad, porque es un dúplex con quince escalones muy reiterados en el texto, la mesa ovalada, un espejo en la parte alta del cuarto, etc. Pero ocurre que ese apartamento viene a ser habitado por otro apartamento, un apartamento romano, que se enquista en el primero donde se viene dando toda la situación. Las referencias de ese apartamento romano son: una calle muy marcada siempre, una agua que emana de la pila, un árbol que está en la cuadra, una acera rota; y esto es lo que resuena continuamente en ese otro apartamento, que es un pequeño estudio de sólo quince escalones que conducen al segundo piso.




En este aspecto de la novela siempre estuvo planteado el proceso del lenguaje, el proceso de escritura: cómo voy a dar esto, desde qué punto de vista, desde qué forma verbal; y, al mismo tiempo, buscando la manera de que no resultara una cosa barroca sino de una dirección muy limpia en la escritura, pero muy reiterativa. Entonces, los dos personajes que dialogan permanentemente son uno mismo pero uno buscando una diferencia; porque para uno de los dos Ecce Homo la madre está muerta y enterrada, olvidada o en proceso de ser olvidada definitivamente, y es él quien escoge seguir, porque una vez que una persona ha superado esta situación tan terrible puede seguir, una vez que ha aceptado que se murió y que no hay nada que hacer sino seguir adelante; mientras que el otro se queda permanentemente en el esperar, en el esperar que aparezca, que la encuentre, y a donde vaya todas sus salidas son a buscar a la madre, que se le aparece algunas veces en ancianas que andan por las calles, decrépitas, locas, un personaje totalmente desposeído de la vida y de la fortuna, y él las sigue, las persigue, se le pierden, cruzan en una esquina, se meten en un almacén, y él va persiguiéndolas cuando salen, y siempre está a la espera de encontrarla.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliver

JO: En el momento que tú estás desarrollando finalmente este planteamiento narrativo, estas dos situaciones frente a la muerte de la madre, ¿había una familia literaria, o algunas novelas que te importaran como ejemplos o estímulos?

OT: No en ese momento. Conmigo ha pasado que cuando estoy escribiendo, cuando comienzo algún trabajo, me aparto un poco de las lecturas, sean nuevas o sean lecturas que ya quiero volver a hacer, porque me distrae muchísimo, me perturba muchísimo. Yo tuve la suerte de pertenecer al grupo Contrapunto. Entre otros miembros de mucho valor, de mucha inteligencia y mucha inquietud, eso en el año 45, estaba un muchacho que se llama Andrés Mariño Palacio, que murió muy joven y que pudo haber sido uno de los grandes escritores de este país; era un ser extraordinario, de una gran inquietud, y escribía continuamente. Reseñaba todo lo que iba leyendo y todo lo involucraba en la lectura de grupo; eran los grandes escritores que después de la guerra mundial publicaban editoriales de México, Argentina, Chile, empezando con los rusos, Dostoyevski, Chejov, los alemanes; en ese momento estamos leyendo aquí La muerte de Virgilio, Los sonámbulos, La montaña mágica; y también Ulises de Joyce, en la primera traducción de Salas Suvirat; Proust y Kafka, por supuesto; y los italianos y escritores norteamericanos. Se daba más una relación con ese tipo de escritores que con los escritores del continente latinoamericano. Habíamos tenido una formación directamente a través de la universidad o de las carreras que se hacía independientemente, pero siempre con ese norte que marcaba el grupo Contrapunto, que fue muy importante en ese momento venezolano. De manera que entonces es cuando uno comienza a escribir, ya sabe que la literatura no puede ser a la manera de Gallegos, como tampoco podía ser de las maneras ya viciadas del nativismo, del costumbrismo, que produjeron magníficas realizaciones, pero que ya no pertenecían al nuevo decir, a otra época y a otra sensibilidad. De allí los planteamientos que en mí fueron indispensables, que surgieron como algo que tenía que enfrentar y correr el gran riesgo de hacer algo con lo cual no hubiera perdido yo nada, ni los demás tampoco; pero no podía hacer sino este tipo de escritura, que era ya mi manera de ver y mi manera de haber aspirado a algo importante.

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Antonia Palacios y Oswaldo Trejo. 1978. Fotografía de Vasco Szinetar. Imagen tomada de aquí.



JO: ¿Y cómo aparece tu relación con Antonia Palacios, a quien pertenece el epígrafe del libro?

OT: Mi relación con Antonia Palacios aparece posteriormente a mi relación con Guillermo Meneses y Sofía Imber, cuando yo publico el primer libro que se llama Los cuatro vientos, un libro de cuentos, Guillermo Meneses tenía una columna semanal en El Nacional de lecturas de libros.

Mi libro aparece en diciembre del 48, editado por mí mismo, en una tirada de mil ejemplares que costaron 500 bolívares; yo había ahorrado una platica y mandé a editar el libro. Aunque ya era amigo de Mateo Manaure, yo no tenía relaciones literarias ni tampoco en las bellas artes. Pero como ocurre siempre, cuando uno publica su primer libro quiere que todo el mundo lo tenga y todo el mundo lo vea: envié 30 o 40 libros por correo. Entonces el correo funcionaba, las cosas no se las robaban, no se perdían y llegaban a su destino, pasaron las navidades y en los primeros días de enero, para mi sorpresa, aparece una nota de Guillermo Meneses hablando maravillas del libro.


El primer cuento que yo escribí, muy pobre y muy joven, fue un cuento rural: después de unas vacaciones mías en Mérida, llegué y escribí ese cuento, ya yo traía desde muy niño la cosa de la escritura y de la literatura porque vengo de una familia de muchos escritores en Mérida. Metí el cuento en un sobre y se lo mandé a Juan Liscano, a quien no conocía tampoco, él era entonces director del Papel Literario de El Nacional; le mando mi cuento para que lo publiquen y me quedo esperando. Pero pasaron tres meses y el cuento no aparecía, lo primero que hacía yo al amanecer era ir a buscar el periódico a ver si el cuento había salido; hasta que la mañana de un domingo, yo no sé si era porque no tenían nada más que meter, lo publicaron. Yo más nunca lo he recogido ni he querido saber nada de él porque me parece malísimo. Pero entonces compré tres o cuatro periódicos, llegué a mi casa: “El cuento lo publicaron”, y todo el domingo lo paso yo por todas las cuadras del barrio donde vivía en Catia: “Este soy yo, este soy yo, este soy yo”, mostrándole a todo el mundo el cuento; y tanto lo dije en el vecindario, que terminaron llamándome los amigos, y también gente que yo no conocía: “Este soy yo”: “Aquí viene Este soy yo”, “Allá va Este soy yo”, “Este soy yo va con sombrero nuevo”, porque entonces usaba sombrero.


Después conocí a Juan Liscano y, apenas hace dos años, en la Bienal Picón Salas, públicamente le di las gracias, porque yo era escritor por culpa de él, porque si él no hubiera publicado el cuento tal vez yo no me hubiera ocupado de escribir nada de esto. Guillermo Meneses escribió esa nota sorprendente sobre un nuevo escritor que había aparecido, de las intenciones de su escritura; y Sofía y Guillermo empiezan a preguntar quién es Oswaldo Trejo, dónde está Oswaldo Trejo, de dónde salió este escritor. Y llegan una tarde a Catia, a mi casa, frente a la plaza Pérez Bonalde, a buscarme. Allí nos hicimos amigos, me incorporé a la parranda de ellos, que ya era el Taller Libre de Arte, y fui presentado, como se dice, en la alta sociedad literaria de este país. En las grandes recepciones de Antonia Palacios y Carlos Eduardo Frías, de Inocente Palacios, de Isaac Pardo, de Elías Toro, de Miguel Otero Silva, de Juan Liscano, de pronto me vi yo en mi primer valse y de allí una de las amistades más antiguas y más extraordinarias que yo he tenido es la de Antonia Palacios. Ella me ha visitado a donde quiera que yo he estado y yo exactamente igual; y, aun viviendo en una misma ciudad, sea París o Caracas, siempre nos habíamos escrito, hasta hace un tiempo que uno perdió el hábito de las cartas. Yo tengo un rimero de cartas de Antonia y ella tiene un escaparate de cartas mías; es la correspondencia más abundante que yo he tenido, y una cosa casi amorosa, una afectividad extraordinaria.

JO: ¿Pero el epígrafe es posterior a la escritura o su motivación?

OT: No, es anterior, de mucho antes, viene de una carta de Antonia.

JO: ¿Cómo es el manuscrito de la novela?, ¿hay muchas revisiones en su proceso?

OT: Mira, no existe el manuscrito. Yo no tengo el manuscrito, no guardo manuscritos; escribo todo a mano, en cuadernos, y voy rehaciendo los textos, en el mismo cuaderno o en otro, como los fondos, tú sabes, de los trapiches de los ingenios, donde el guarapo se va pasando de un lado para otro hasta que por fin está el caramelo hecho, el papelón de batir y hacer los papelones. Voy pasando de un sitio a otro, escribo con distintas tintas y lápices de colores para destacar determinada frase, determinada palabra y hacer tachaduras, y también otras tachaduras para volver a incluir. Eso que llaman la crítica genética, si esos manuscritos existieran, se darían un banquete de cardenal.

JO: Pero ¿qué pasó, están destruidos esos manuscritos?

OT: Todo lo voy destruyendo; finalmente voy a la máquina de escribir y paso, y a veces vuelvo a la máquina de escribir para pasar a otros cuadernos, y así voy construyendo. Hay una cosa que me ocurre como escritor, yo no puedo pasar de un párrafo a otro si para mí ese párrafo no está dentro de lo que yo quería, donde yo deseaba y como yo lo visualizaba. Después no sé cómo va a ser el segundo párrafo, porque jamás para escribir un libro o un cuento tomo notas, jamás establezco un plan. La mía es una escritura sumamente gozosa, sumamente lenta y sumamente involucrada por una pasión y una dedicación de horas y días para lograr dos cuartillas; tal vez cinco o diez en un mes. Además, hay otra cosa que no sé si te lo dije alguna vez, me he considerado siempre un escritor sin tema; si yo leo esta novela u otro texto mío, no lo puedo contar, y no creo que nadie lo pueda contar; pero sí son textos que se pueden penetrar a través de una mirada, a través de una cultura y a través de una gran sensibilidad.

JO: Y el tiempo de escritura, ¿cómo se te aparece, Oswaldo?

OT: Muy largo, muy lento. Andén lejano se llevó seis años, ocho años, y cada uno de esos textos largos míos se llevan diez, doce años. Y no son cuatrocientas, quinientas páginas, sino que llevado a limpio, a máquina, no pasan de 200 cuartillas, tipo carta, con grandes márgenes; para creer que he escrito mucho suelo coger grandes márgenes. Entonces, lo que para otro resulta ser dos páginas, para mí son veinte.

Visualizo mucho el texto, no solamente lo visualizo, sino que lo transmito, lo traslado inmediatamente, a través de la memoria, en imágenes; de pronto uno está describiendo un brazo de la posición de una persona en el espacio, y resulta que cuando termina le he puesto cinco brazos. Por eso me gusta visualizar lo que va ocurriendo y lo que se va haciendo, lo llevo casi a cuadros donde está ocurriendo lo descrito. Es decir, como si fuera un pintor que está trazando un cuadro y poniendo unos colores.

Es una escritura sumamente lenta pero nunca me ha producido dolor o malestar; cansancio por supuesto que sí porque, a veces, son tantas las horas del día que le dedico a algunas páginas, que llego vencido a la cama, en la madrugada. Y a veces me ha pasado, con este último texto, que es algo absolutamente obsesivo, a veces con gran acentuación de la escritura, que al levantarme para ir a mi trabajo me he acercado a la mesa donde tenía lo que había escrito la noche anterior y encontrado que el trabajo había seguido. Debo haber estado en una especie de sonambulismo y he seguido escribiendo el texto; no era un texto perfecto, ni demasiado coherente, pero el texto estaba allí fregándome y yo fregándolo a él. Me ocurrió dos o tres veces ese fenómeno. Y decidí detenerme allí. Nunca he tenido nada que ver con psiquiatría ni con analistas, todos mis problemas me los resuelvo yo porque a mí una persona que no tenga nada que ver conmigo no me va a decir cómo voy a resolver mis problemas. Entonces, me tomé un descanso, hice un paréntesis de un par de meses y volví.

JO: ¿Y cómo se te impone el grado de complicación comunicativa del texto, no sientes en un momento dado deseos de resolver esa complejidad para el lector?

OT: Sí, a través de la estructura, porque lo que puede ser la motivación, sobre todo una tan importante como fue para mí ésta de Andén Lejano, siempre se queda atrás, siempre.

JO: Un texto también a flor de piel. No se puede olvidar ese ¡ay! agonista que se reitera al final.

OT: Un ¡ay! con el que volvemos a Cristo en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, ese ¡ay! terrible.

JO: El final es muy desgarrado, y además se separan los dos personajes, lo que lo hace angustioso.

OT: Claro, pero estas cosas yo pienso que un escritor no las debería contar, los orígenes de un texto. No hay nada que agregar a lo que ya está hecho y dicho, pero es muy interesante que haya conversado un poco de todo esto. Ahora, hay una cosa que quiero señalar; la razón de por qué este libro se dio, o cualquier libro mío, e inclusive cualquier otro cuento. Como no hay la armazón de lo anecdótico, como no estoy contando una cosa que pasa y comienza, se desarrolla y termina, y sigue una línea directa o indirecta, como quiera que sea, no hay esa posibilidad de un leer amarrado de la anécdota, y si la hubiese tenido la cuento y no la escribo. Yo tengo cantidades de relatos en la cabeza, pero si se me vuelven cuentos no los escribo. Si yo los puedo contar, alegre, en la charla con música de fondo, ya para qué los voy a escribir. Siempre será distinto el cuento en la escritura, cosa que no se da, a veces, en la mera historia lineal.

OSWALDO TREJO. Fotografía de VASCO SZINETAR



*Entrevista realizada en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela, 1994. Copiada del libro inédito Trece Trejos, compilado por Violeta Rojo.









Cuento: Una sola rosa y una mandarina. de Oswaldo Trejo
41 Visualizaciones desde el 13 oct de 2023 hasta el 10 de feb de 2026



martes, 10 de marzo de 2026

ESDRAS PARRA: Venezuela, "El país de la pena" de Hanni Ossott es una obra maestra

 







Estimados Liponautas


Hoy compartimos este acercamiento que hizo Esdras Parra (Santa Cruz de Mora, 13 de julio de 1939 - Caracas, 18 de noviembre de 2004) al poema "El país de la tristeza" de Hanni Ossott (CaracasVenezuela; 14 de febrero de 1946-31 de diciembre de 2002)  en el V Coloquio Latinoamericano de Literatura (Valencia / 2000). Nosotros en el título de la entrada le agregamos la palabra Venezuela, ya que creemos que refleja fielmente lo que sentimos los venezolanos que actualmente padecemos el gatopardismo septentrional.

Imagínense lo que pudo haber escrito Hanni Ossott si hubiese visto los padecimientos de los venezolanos bajo la bota del chavismo en sus diversas fases.


Plaza Altamira, campo de batalla de protestas en Caracas

https://m.youtube.com/watch?v=fVYO90Z4Jhg&pp=ygUbcHJvdGVzdGFzIGVuIHZlbmV6dWVsYSAyMDE0



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La Gerencia


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¿Por dónde transita Hanni Ossott en su poesía?


La poeta Esdras Parra, en el V Coloquio Latinoamericano de Literatura (Valencia / 2000), calificó al poema "Del país de la pena", perteneciente al libro "El reino donde la noche se abre" (1987), como una una "pequeña obra maestra"








ESDRAS PARRA

¿Por dónde transita Hanni Ossott en su poesía?


Pocos poetas, en nuestro medio, viven su poesía como una pequeña prolongación de su existencia, como debería ser. Quizá como un hito en la lucha que sostienen dentro del mundo de las cosas y de su lenguaje. Hanni Ossott es uno de ellos. Ella vive su poesía, o la poesía vive en ella, la habita. Estos términos pueden ser intercambiables y significan que no se desprende de sí misma en la hora de escribir sus poemas. No se pone una máscara diferente a la que lleva su rostro. Por lo que cuanto dicen sus poemas debemos, con toda certeza, tomar en consideración con la seguridad de que es su voz y no otra la que habla, como si sus poemas fueran parcelas dolorosas, punzantes, que se desglosan de su vida, que ella entrega con la generosidad que es capaz.

Qué más demostración que traer aquí la visión de esa pequeña obra maestra titulada "Del país de la pena". Poema que se ha convertido en objeto de culto entre sus más asiduos lectores. Pues el desgarramiento interior que le exigió escribir de un tirón, en una noche, estas páginas esclarecedoras, no siempre es fácil encontrar en la historia de nuestra poesía. "Desgarramiento", "esclarecedoras", palabras fuertes que no escapan a los oídos de aquellos que me escuchan. Aunque sucede que yo quiero decir con ellas lo que significan como cualidades del poema de Hanni. No se debiera tener miedo a las palabras. Elaborar conjuntos más o menos discriminados a los que se les prohíbe su uso. Hanni misma es un ejemplo. En su poema, ella da rienda suelta al lenguaje y a la imaginación. Ambos juegan allí, libremente, en su propia aventura. Ella arriesga su verbo, y en ese arriesgarse está su secreto. Sólo está allí para conducir ese torrente de vocablos, reveladores de una batalla interior que no con mucha frecuencia otros han vivido. Si Hanni se pregunta incansablemente: "¿Quién soy?" -pregunta clave a lo largo del poema-, es su voz la que habla. Pero habla también la incertidumbre, la seguridad de saberse mortal, la soledad, la añoranza, la ausencia de identidad, la fragilidad misma de encontrarse en esta tierra, en el "país de la pena", y no tener asideros, la impaciencia honda de no poder reconocerse a sí misma, no saber quién es ni por qué está aquí. "Yo te he buscado para saber quién soy, y no sé quien soy".




                

Si su poema resulta a veces poco accesible es porque no deja que la atmósfera del mundo exterior lo inunde"

Se pueden leer esas imágenes que pueblan su poema como si se leyera el libro de la mente. Pero no se trata de una representación mental. Hanni se ha visto atrapada por el demonio de la poesía, lanzada en el trance de vivir lo que dicen sus palabras, cada una llena con el peso específico de su significado. La pregunta que se hace constantemente, pregunta que sirve como guía para adentrarse en el poema y apresarlo en su esencia, es una pregunta desesperada, porque la poeta está detrás o dentro de la pregunta misma como otra interrogación y no puede salir de ella. Hay ira, exasperación que solo se mitiga al expresar otras imágenes, pero el sosiego no está de su parte. Hanni se propone asir para siempre esa esfera dolorosa de su propia interrogante. Si su poema resulta a veces poco accesible es porque no deja que la atmósfera del mundo exterior lo inunde, no la deja circular en su interior para que las visiones se aireen y ella al fin quede libre.

Es posible imaginarla mientras lucha sintiéndose prisionera en las redes de la inspiración, inspiración torrentosa y tiránica. Sentirla frágil e indefensa, intentando desarticular su desamparo que es, por lo demás el de una mujer que sólo aspira a ser ella misma y su poema. Las va edificando con certera seguridad, accediendo a que entren en la realidad de su mundo. En efecto, la primera impresión que causa este poema es su fluidez, la espontaneidad con que el poeta urde el tejido de sus imágenes, dejando espacios entre los intersticios para introducir allí su pregunta. Ese rasgo hace que lo podamos sentir en la propia conciencia, quizá como lo sintió la poeta que lo compuso, como si saliera de nuestra propia voz, impregnado con nuestra desnudez y nuestra indeterminación.

Hanni en su juventud. Cortesía de Letra Muerta Inc.


 Se exige a sí misma una forma errática en el poema sin descuidar sus grados de intensidad: lo satura de imágenes"

Diálogo consigo misma, interrogación fundamental sobre sí y sobre su sentir: "¿Quién soy? ¿Soy los árboles, las plantas? ¿Acaso el mar?". Hanni busca no una respuesta a estas preguntas sino un espacio donde extender su voz, hacerla visible y audible. Porque la voz es la afirmación de la propia persona, y ella pide esa afirmación para estrechar esos vínculos con el mundo. Está ante el mundo, en el sentido rilkeano de esta expresión, gracias al rumbo y elevación de su conciencia. Aspira a experimentar totalmente lo que dice su poema. Tal aspiración es sólo un camino entre muchos caminos. Es arrastrada por su condición de poeta hacia el abismo de su poesía. En el fondo oscuro y denso donde se mueve con su carga de vivencias, Hanni se vuelve ajena a su lenguaje. Necesita desprenderse de sus significaciones a fin de establecer con firmeza su realidad. De ahí que para ocultar su ansiedad, acaso para anularla se exige a sí misma una forma errática en el poema sin descuidar sus grados de intensidad: lo satura de imágenes. Se aferra a esa imágenes tratando de encontrar un punto de apoyo, una suerte de iluminación que puede estar fuera de su poesía. Incorpora su anhelo a las imágenes para imponerse a ellas y lograr una soberanía absoluta. Su propósito final es hacerse de una de su poema y, a la vez, introducir los signos inequívocos de su mundo: sus inquietudes, sus intuiciones, los misterios para los cuales no tiene respuesta.



Su poema está dirigido hacia una meta que es, por igual, un punto de partida: la revelación de un yo sin identidad. Hanni no se niega a recibir las influencias de las vicisitudes de su camino. Estas constituyen etapas en el proceso de llegar a su límite. El yo de Hanni no es un espejo que se refleja estáticamente a sí mismo. Es, por el contrario, la conciencia activa y vigilante de querer volcarse hacia los otros y entregar a ellos su mensaje, establecer una conexión con las voces semejantes a la suya, los que quieren escucharla y se enfrentan a esa sutil aventura. El diálogo, pues, no se queda detenido en una sola presencia, intenta proyectarse en la claridad de su mundo y recoger su eco. La poeta no solo habla para sí, habla también para los demás. No se cree en posesión de verdad alguna, la única verdad que sostiene es la de la certidumbre. Cuando se pregunta: "¿Quién soy?" es porque esa interrogación anuda bel lazo que la lleva al mundo de los otros. Ellos no son un mero reflejo sino aspectos desconocidos de su propia persona. Necesita interrogarse sin esperar una respuesta, para entregar en su peculiar realidad, en el peligro que significa ser el centro mismo de su poema.

Hanni parece incansable en esta búsqueda angustiosa. Se sobrecarga de confusión, aviva los detalles de sus imágenes para bajar la tiniebla de su noche. Persigue su voz, la acorrala, reflexiona sobre ella. Pretende que esa voz sea la metáfora de todo lo que la rodea. Quizá por eso requiere escuchas, y se dirige a reconstruir el presente que la acerque a quienes la oyen. Su voz tiene la cualidad del grito: "¿Quién soy? ¿Una ruta? ¿Un cambio? ¿Dime quién soy?". Espera que su voz, su grito lo haga reconocerse en su poema. Quiere ver el esplendor, la belleza asumir el amor del mar, la melancolía de la Tierra y apresurarse hacia el "país de la pena": "¿Adónde, adónde?". Se encamina hacia la duda. Primero el abismo. Hanni descansa en la profundidad de la duda. Corre a las bastas distancias que le revelarán, por fin, el misterio de los ausentes, los seres queridos, el misterio como la única verdad que no le ha sido revelada, el lado de la vida que no conocemos. La pena que siente es como una hoja suspendida en el vacío. El aire enrarecido la deja pasar: Da libre curso a su grito. Hay una abertura en ese cielo de su sufrimiento: "padezco", "quiero obviar el dolor, el horror. Olvido. Olvido". Esa hoja debe soportar el peso de tanta luz, de tanta tiniebla, de tanta invalidez y desazón. Porque tiene que mantenerse firme en la carencia y en la humildad y ser ella misma dentro de su poema.

Hanni en su juventud. Cortesía de Letra Muerta Inc.



¿Por qué se empeña en tratar de unir su ser con su poesía? ¿Por qué ese anhelo de llegar al dominio de los otros? El mundo se mueve a su alrededor, pero ella borra sus huelllas. No desea permanecer en un solo lugar. Los otros, decididamente, no son su reflejo. Pone en movimiento su deseo de identificarse con los otros, con la Tierra, el viento, el mar. Los otros son una aventura extraña, una fatalidad. Asume que su poema debe encarnar en ella misma. Solo así puede responder a su eterna pregunta y ser, además, las colinas, riberas, agua bañada de luz, el pájaro que enterró en el jardín, y dormir bajo tierra para que todo pase. Olvido, olvido, grita en medio de la resaca. Por fin la fusión se realiza: "Estoy extenuada". Indaga en los otros como si indagara en sí misma. Está frente al mundo. Camina hacia lo abierto, que no es el espacio ni el cielo sino todo lo existente: las imágenes que atrapa en la vigilia e incorpora a su poema. Ve objetos, representaciones. El mar es un suspiro. Sólo trae barcos llenos de invalidez, barcos enfermos, antiguos dolientes, con sus luces, sus banderas, los cañones, las invisibles balas. Significan la llegada, el arribo. "¿Quién oye? ¿Quién está allí? ¿Quién habla?". Habla ella porque su voz se aísla. Se amalgama con la voz de la naturaleza, la voz de la tierra. Es el enigma, lo innombrable, para lo cual no hay palabras, ni voluntad de crearlas, ni imaginación. Ella se ha convertido en un muro. Escucha el silencio que la rodea. Vuelve sobre sus pasos cerrando su círculo: "Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina".

II

No sé cuantas veces he vuelto a este poema y en cada lectura siempre encuentro algo nuevo que me conmueve. Su lenguaje fluye libremente o tropieza, es dúctil, áspero, fuerte. Corre como un torrente sobre piedras lavadas, forma remansos o rápidos en su trayectoria. En mi mente se transforma como si surgiera de la sombra. De la sombra, de las desdichas, de las penas de la autora, que no necesito sino sentarse a su mesa, en su "cuarto propio", una noche escribirlo o dejar que la fuerza ciega de su impulso primigenio y el sonido febril de su voz hicieran el trabajo. Hanni parece inspirarse en la idea del ser; en el sentido que Heidegger, su mentor, su maestro, da a esta palabra: el fundamento de todo lo existente. Sería interesante investigar hasta qué punto el pensador alemán ha influido en su poesía. Ella, que por sus raíces germánicas siempre se ha sentido cercana a los poetas y pensadores de esta cultura: Goethe, Hölderlin, Nietzsche. No debemos olvidar que a Hanni debemos una de las mejores traducciones de las Elegías de Duino de Rilke.

Por su deseo de abarcar la totalidad etimológica de las palabras, creo que el dominio desde el cual la poeta habla tiene cierto principio en esa lengua. Ella dilucida su pensamiento y afirma desde allí su armonía. La estructura de su poema es sencilla y, a la vez, compleja. Se deja arrastrar por la presión y el movimiento de las imágenes sin perder su vigilancia, su control. Su dolor es dosificado. ¿Cómo intentar una interpretación de este poema? No me creo capacitada para hacer un análisis. Yo sólo lo leo, una, muchas veces, intentando en su lectura dejarme llevar por su agitación interior, por su tiempo, su sonido, los principios semánticos que lo unifican. Percibo allí la ansiedad de la poeta, su desamparo, su sentimiento de inutilidad, su resignación, el fracaso de su mundo. Siento que ella va a la deriva dentro de su oscuridad. Tantea las sombras. Ciegamente va hacia la luz, sin encontrarla. Su pregunta es un grito que surge desde espesas tinieblas, las del ser que no podrá alcanzar, contra las que lucha. No busca una identidad, no desea encarnar su propia imagen, a pesar que ese impulso es los que la sostiene. ¿Se identifica con las cosas que nombra? Primero soy una pena, dice, luego el soportar. Sobrelleva el peso de su vacío, este es su única certidumbre. Desde ese vacío toma fuerzas para soltar su grito: "Soy un cuerpo cansado de tanta errancia". Intenta al fin encontrar un descanso, una identidad y encontrar para siempre el dolor, el horror, los abandonos, las distancias, el llanto.

Yo que he pagado un precio muy alto por proteger mi vida, puedo decir que Hanni ha pagado el suyo"



Con tanteos, venciendo dificultades, vacilaciones, pero al mismo tiempo dueño de una absoluta seguridad, un manejo consciente de su lenguaje, Hanni ha avanzado reciamente en su poesía. Este poema podría ser el climax de su obra, por su situación y el vigor de su verbo, situado a medio camino entre sus primeros y sus últimos libros. Libros que son como hitos en su ruta hacia la creación de su mundo. La poeta ha buscado el ascenso, y así como explora la obscuridad de su pasado, esas "sombras", se hunde también en la niebla del presente. Su voluntad está dirigida a alcanzar la plenitud del ser como equilibrio de todo lo que existe. En su poema, quiere abarcar esa plenitud que es, además, la plenitud de la Tierra. Canta desde esa instancia, como canta también desde lo oscuro. Escucha lo oscuro. Oye lo profundo. Al ascender, se siente bañada de luz, la luz de esa revelación que hasta el momento no había sido señalada. Su pregunta nunca obtendrá respuesta. Tal negativa se incorpora a su voz. La recibe como si fuera una dádiva. Una dádiva que viene de la noche. El silencio, el vacío es la única información. ¿Por dónde transita Hanni en su poema? Ella no lo sabe. Se aferra a su imploración y se apresura a llegar al abismo. Va hacia lo invisible. Reconoce en lo invisible, como Rilke, "una jerarquía más elevada de la realidad". Es decir, de su salvación.

¿Se ha enriquecido nuestra poesía con este poema? Ciertamente. Sería absurdo negarlo. Hanni, como poeta ha hecho allí un surco profundo. Creo, sin embargo, que no se ha reconocido en verdad lo que hay en él de fundamental, de revelador, Las visiones agudas que suscita. Las ramificaciones que parten de sus imágenes. El poema permanece como la voz de la poeta que nada desvanecerá, que se escucha entre las líneas del poema. Hanni muestra su rostro. Lo muestra y lo oculta. Se pone una máscara. Pero deja que el poema siga solo su camino. Lo abandona para que se encuentre a sí mismo. Nadie sabe hasta donde puede avanzar en ese camino. La poeta es finita como todo mortal, aun no sabiendo lo que hay en ella de mortal.



Yo que he pagado un precio muy alto por proteger mi vida, puedo decir que Hanni ha pagado el suyo, y quizá su precio se aún más alto. Ahí está su poesía para atestiguarlo. Esos libros lanzados como hojas en el viento, como mensajes cifrados dentro de una botella sin posibilidad de llegar a destino.

Este poema que es una leyenda nos da, justo, la idea del precio que ha pagado por tratar de proteger su vida. Protegerla de las penas, de las desgracias, la incertidumbre, la mirada de los otros, el pensar de la gente. La vida de Hanni ha girado en torno al círculo concéntrico de sus preocupaciones más íntimas, que es el objeto de sus poemas: los sentimientos, los seres queridos, la casa, el amor, la feminidad, el pasado, la muerte. Todo ello está contenido en este poema. Como el anhelo de rescatar su vida, protegerla de la desolación para lanzarla con su pensamiento a la aventura.

La memoria ha poseído a esta poeta desesperada. La memoria y la acción. La ira, el sosiego. La voluntad de llegar a su corazón. Si todo esto ha sido malo... ¿entonces?. Se adelanta en la búsqueda de su poema. ¿Puede ser atrapado aún? Ella es su poesía, la lleva hasta el límite de lo oscuro por el solo deseo de hacerlo transparente. Por la desposesión de su ser. Hay perplejidad y asombro en su lenguaje. El asombro y la perplejidad del niño que hay en ella. Un viento la empuja. Atónita, se mueve en espiral. Acuna en sus brazos ese niño que nunca tuvo. Lo acaricia en su imaginación.


Hanni Ossott. Cortesía de Letra Muerta Inc.


En la tarde, cuando el sol se ha ocultado tras el horizonte, un poco cansado, con el libro abierto en la página leída tiempo atrás, esta mujer menuda, nerviosa e impaciente se acerca a la ventana y contempla las montañas próximas, el perfil abrupto de la ciudad erigida sobre colinas boscosas que le hacen recordar su infancia y le traen el perfume del vestido de su madre muerta en otro siglo. "No tengo cara", dice, y sin embargo no puede detener el asomo de una lágrima.



http://revistaculturalcarohana.blogspot.com/2019/03/revista-carohana-hanni-ossot.html


Esdras Parra (Santa Cruz de Mora, 13 de julio de 1939 - Caracas, 18 de noviembre de 2004). Fotografía de Vasco Szinetar.




Del país de la pena- Hanni Ossott


«te enseñaré el miedo en un puñado de polvo«                                                 -T.S. Elliot



¿Quién soy?. .. «¿La luz que ilumina esta verja, esta tierra?»  ¿Soy los árboles y las plantas? ¿Acaso el mar?  Soy colinas, riberas, agua bañada de luz  Soy un cuerpo cansado de tanta errancia      un cuerpo y un alma cansados del miedo      Soy el temor. Desde lo profundo y oscuro escucho y tiemblo  Oigo lo profundo, lo oscuro, lo difícil  las contradicciones, todos los polos opuestos  las negruras, las blancuras, los intercambios  como si lo blanco reuniera a lo negro  como si lo negro reuniera a lo blanco.     ¿Quién soy?     Primero una pena, luego el soportar. Veo barcos, barcos múltiples que tocan mi orilla  Veo una casa destrozada por el dolor, demasiado cercana.  Los barcos relucen en la noche                 -veo sus banderas     ellos son el arribo, la llegada     mas no la cura de la más antigua herida.      Veo barcos enfermos, antiguos, dolientes                 y adentro muletas, invalidez, desazón. ¿Quién soy? El sol me quema, incendia mi piel, ilumina mis ojos  Me vuelvo ardiente, soy ardiente         respondo con amor a la canícula. Yo te he buscado para saber quién soy, y yo no sé quién soy La hojarasca me ha arrastrado Quizás para salvarme     Mi cuerpo está cubierto por una alfombra vegetal      la pelusa de las hojas me acaricia      me he hundido en lo verde      duermo, duermo, duermo     para que todo pase, para que todo termine de pasar. Soy ahora el pájaro que enterré en el jardín      duermo bajo la tierra para que todo pase      quiero obviar el dolor y el horror. Olvido, olvido. . . Pienso, ya no es tiempo de la resaca     cada ola me dicta una continuidad      nos la dicta mi continuidad es una estación sutil, imperceptible      a los apresurados. Tú llegaste del país de la pena. ¿Adónde, adónde?     El mar se abre en mí, vasto para lavarme,         regarme     poco a poco voy hacia él         con respeto. Y lejos veo los barcos barcos cargados de llanto, de indignación contenida                  barcos magdalenas. «¿Escribiste el poema, lo lograste hacer bien?                         Te pregunto».     ¿Quién soy?    Te fui a buscar                 Pero fue en Venecia donde te vi      Allí estaban tus cosas         manteles, bisutería, un granate, topacios      Venecia: reposo para la melancolía.      Padezco      ¿Quién soy yo?     Quiero ir a la playa, quiero ver el mar     quiero ver la tierra estremecida por el amor del mar      adoraré la belleza, los esplendores      La ciudad me obliga a trabajar                     y yo mientras tanto suspiro                     suspiro.     Después de tanto dolor creo que las cosas se acomodarán                      un remiendo por aquí, otro por allá                     estoy extenuada     tres años y medio de edad son suficientes                      para entenderlo todo                     vida, muerte, abandonos, distancias.     No soy hija de la guerra, suspiro…                      soy nieta Este pasado me lo voy a tomar lentamente, con demoras (mi marido es humorista y ríe, ríe de mí y tiene razón)     También mi padre decía: «Hay que reírse»      pero no pudo reír, de tanta pena. ¿Quién soy? Creo que soy una trinitaria encendida                      una trinitaria fucsia                      colgando sobre el muro. He colocado mi florecer sobre el muro                  para que sea más hermoso                             para que se suavice     quizás quiero ocultar u olvidarme                 de esa piedra tan áspera. El muro.                  El muro de Berlín.     No quiero el horror sino la tolerancia                 la casa, amigos, libros,                 el granate de amor, los hermanos. Quiero que en mí se resuelva el mar, la hojarasca.     ¿Dónde estás?           ¿Dime, quién soy yo?     Los árboles están silentes, no hay grillos                 sólo lo metálico suena                 máquinas y dinero se dejan sentir                  oigo carros y al fondo una huelga                  ¡nada pasa aquí!                 pero las luces están encendidas                         y el corazón arde. Soy testigo de esto. Y de lo otro              Soy testigo.     No importa.     Allí está la flor del apamate             Tú dijiste que era la flor del apamate.              He visto la flor del cerezo             era bellísima.      Doctor, era bellísima.     Ah, tanto agobio, a veces carezco de fuerzas. Todo lo que tenemos que cuidar: nosotros, la tierra, el alma  supongamos que la poesía también                     y los niños, el niño en nosotros                     la cocina, la lucidez en la cocina     la lista es demasiado larga                     y es demasiado para nosotras                      ¿podrán los hombres ayudarnos?                      ¿oírnos?     demasiado peso; sí, demasiado peso demasiado                     agobio.     Venecia, Venezuela                     Suspiro, tiemblo, ardo     Mi marido trabaja y es de noche.        Las gatas chillan.     Oigo el mar, la caracola me informa     No todo es resolución, pero algo debe resolverse                      algo así como una paga                      ¿pero qué?, no sé… ¿Qué soy? Escucho algo en mí, una voz, quizás                  algo que quiere salir                  algo claro                 que ahora no entiendo, que rumorea.  ¿Soy de la Edad Media?                 atrás están mis muertos                  atrás y cerca                 ellos, los dolientes                 los que no entendieron el absurdo                  su propio absurdo                  los que no pudieron verse aún                  ellos, los adolescentes                  los que padecían, adolecían.                 Una vez dije: El mar en mí no deja dormir                                  Ahora lo sé,                                  sé qué significa la vigilia                                  estoy atenta                                 llevo algas apegadas a mi cuerpo.     ¿Quién soy? ¿Una ruta? ¿Un camino?                 ¿Una carretera entre ciudad y ciudad?                 ¿Seré un intermedio, un lapso?      No la conciliación, no. Sino algo más      Veamos, debo clarificarme, o quizás no. Veo una línea de palmas, una neblina          Allí hay dos y tres          un hombre, una mujer          dos hombres          lejos, niños     Sé lo que ello significa                 arenisca, polvo visto entre la luz                          puntos que atajo     Mi corazón arde, latido a latido                  no hay fragua                  estoy en calma. La casa está aquí, aquí los fuegos y las aguas                  aquí el lar «Pero tú, tú sufriste tanto, para todo esto» Ah… mi pasión. Ah… mis perdones  Claridad, luz divina, ven a mí. El sol arde y quema, se consagra frente a mi otoño  El sol me habla, contra el otoño, contra la ruina                  -pero también soy el otoño. Ah fruta veloz pronta a la tristeza todo lo bello en ti, pelusa de durazno             se regala para ser higo             como si fuese un intercambio             entre lo difícil y lo fresco. Mi ámbito, ¡cuánta claridad! Oh tierra, cuánto debo hacer para comprenderte              cuán minuciosa debo ser.     Ahora vivo en el detalle, en fragmentos, en trazos              sobre la línea de un rostro. ¿Quién soy? No tengo cara, seguro, es seguro, no tengo cara              mis ojos vuelan más allá                 mis pómulos son contundentes             mi cabello revolotea o se hace dócil              la luz lo abrillanta, lo achica              fuegos en mí arden         Y ahora quiero algo parecido a la paz                     algo así como lo regular                     tiemblo encendida de tanta pasión          (Mi marido está durmiendo… , al fin; así no me oye          mi marido sabe cuando pienso, cuando siento,          la resonancia de mí le llega y es fuerte).         Estoy en mi cuarto, en mi «cuarto propio»         Allí está la ardilla alemana         las muñecas: la inglesa, la merideña          la venezolana, la italiana          allí está el pájaro primitivo          la talla                     allí la foto del balcón hacia ningún lugar     Grecia, Alemania, Venezuela, Londres, Venecia, Egipto.         Los cuidos.         Es demasiado.   Suficiente. Suficiente.              Carezco de fuerzas         He dejado el poema, la palabra          He hablado demasiado.         Ya casi no hay culpas         sólo la sombra desfalleciente de lo que somos                     amparo         queremos amparo     los buques con sus luces                         las banderas                         los cañones, las balas, las invisibles balas                          ya no entran en mí     oigo sólo la voz de los grillos                     la voz de la tierra                     la voz de la naturaleza                      queda, casi mugiente                     como una imploración                      ¿quién oye?                      ¿quién está allí?                      ¿quién habla?                      Toco a                     las puertas     No es el de adentro quien pregunta     Es el de afuera                     el demolido                      el cansado                      el exhausto     Y mi voz se alarga, se extiende                      ¿Quién está allí?     El rayo de luz se ha acortado                     debo dormir, es de noche                      los ángeles nos cubrirán                      como a una pareja de amor                         en cuido     Mi alma sola late y veo los reflejos     hay allí un cuaderno, hay allí un lápiz                     un molinillo de café                     y está la firma de Steinberg, a quien no conozo  El grillo salta y salta -lleva la libertad en sí         Acciono, acciono y no comprendo                 trato de comprender, lentamente      mi niñez y mi vejez lo impiden                 tengo cuarenta años. Dios, ¿qué significo. .. ¿quién soy?                 Hay un alba, sí                 y una medianoche                 hay un cuerpo que ondula                  hay mujeres con un pañuelo amarrado a la cabeza                  y eso significa algo, un luto quizás                  pañuelos negros para sujetar la desesperación     creo que todo tiene significado                 sé de todo lo que significa ¿Quién soy? ¿Tengo yo un significado?                 ¿Soy una palabra, un viento, una planta?                  Mi corazón arde.    Lloro, ardo…                     Ahí voy, como a la sombra de destinos     La pluma de mi pluma está ardiente                 revoloteando, siguiendo la brisa Mar, en ti confío para que des a los otros su límite                         como a la playa      Estoy absorta ante ti, casi espantada                 todos mis riesgos se retraen     Cuido. Cuido. Cuido.     Habrá que ir con cuido. ¿Qué mas?           Las estrellas están allí.   Silentes.                     Y hay obra.     Corazón.      Si todo esto ha sido malo… ¿entonces?                     Entonces no habrá corrección. ¿Quién soy?             ¿El milagro de un error?                      La ventana se abre                      La culpa se ventila                      El sol irradia         En la costa yace un marinero                     la mujer llora  desconsuelo, desconsuelo, desconsuelo No hay punto final para esta guerra                      esta guerra horrible                      esta destrucción     mi alma ha sido partida en dos                      piedad por mis ángeles                      Santa Cruz He llorado.             La tierra me sublima. Los vegetales                             La carne                             El hombre me sublima         y estoy por él más allá de él                                 entre cacharros y suspiros Por ello lavo la casa                             Y este grito solitario… ¿qué será? Suficiente. Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina.                                                         
Hanni Ossott.  Noviembre, 1985.




Poema del libro El reino donde la noche se abre (1987).