jueves, 24 de marzo de 2011

"En el valle recogí flores para ti y en las tiendas compré aceites y perfumes para, a mi regreso, untarte y llenarte de amor."

Carta del escritor venezolano Denzil Romero a su esposa, Maritza.




Denzil Romero


Estimado Amigos

Hoy le hacemos entrega de una carta que el escritor venezolano Denzil Romero, premio casa de las Américas 1983 y premio La sonrisa Vertical 1999, le escribió a su esposa, Maritza. Esto forma parte de un esfuerzo por divulvar el material epistolar de los creadores venezolanos en este blog.

Léanla y esperamos que la disfruten.

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Sofía, 2 de junio, 1986

Maritza mía:

Si bien es cierto que siempre habíamos celebrado a Bulgaria; diríase que, ahora, han extremado su hospitalidad. Ayer asistimos a la fiesta y el desfile anual de las rosas ¡Qué maravilla! Grupos folklóricos danzando los aires populares con sus trajes, fragancias, lluvias de pétalos, rostros alegres que me recordaban cada vez el tuyo... En el valle recogí flores para ti y en las tiendas compré aceites y perfumes para, a mi regreso, untarte y llenarte de amor.

Veliko Tarnovo, escarpada rocosa, con murallas que recuerdan a Avila, es un hogar para vivir. Muchas veces dije, pensándote, que de tocarnos vivir en Bulgaria, la acogería como residencia para, amén de escribir novelas, cultivar amapolas y hacer vida al aire libre; amarte, cada mañana, con el trino de los ruiseñores.

Te quiero, para decírtelo no caben palabras. Un efluvio de rosas, líquidas, transparentes, fragancias, quizá te darían la medida.

Tuyísimo,

Denzil

Tomado de El Universal

22/06/2024

miércoles, 23 de marzo de 2011

"Tomasa"

despedida a la poetisa Tomasa Ochoa

por José Joaquin Burgos





La poetisa y pintora carabobeña Tomasa Ochoa Cordero, falleció el  jueves 20 de enero de 2011 en la Valencia de Venezuela o de san Desiderio. Hoy le obsequiamos este texto que el poeta José Joaquín Burgos le dedicó.


Esperamos sea de su agrado.



Si alguien me preguntara, alguna vez, quién era y qué fue Tomasa Ochoa, le respondería, escuetamente: "Fue un poema", y de inmediato agregaría: "Mejor dicho, no fue: ES un poema". En ella, con ella, por ella, anduvo la poesía vestida de muchacha campesina, de hermana generosa con todos quienes tuvieran la suerte de conocerla, de artista en el más universal de los sentidos. 



Con ese famoso y universal sentido del "ton poiéos" que alentó a los dioses del Olimpo griego y floreció en poetas como Homero, Hesíodo, Safo de Lesbos. Y creo que tal vez es la más breve pero la más precisa definición de quién y qué fue Tomasa Ochoa Cordero, esa "enana encenizada de la que con tanto afecto y admiración habla Laura Antillano. Ésa a la que todos los poetas de estos lares admiraron y admiran y aman y seguirán amando hasta la eternidad. Algunos ya idos, como Teófilo Tortolero, J. M. Villarroel París, Eugenio Montejo, Rafael Humberto Ramos Giugni. Y otros, cuyos nombres no hace falta escribir, porque son todos.

Tomasa era menuda y suave, como una brisa llena de ternura. Sin embargo su vida fue una larga y dura lucha. La veíamos y siempre nos parecía un hada, una sacerdotisa, un ángel de la poesía, de la música, de la pintura. Y sin embargo, quién sabe cuántas soledades anduvieron con ella, y que su corazón, de puro generoso rechazaba y transformaba en versos de una pureza difícil de encontrar hasta en esos consagrados a quienes Fáver Páez, con su serena sabiduría, llama "poetas mayores". Fáver también, por cierto, considera a Tomasa como una de las voces más puras, limpias y profundas de nuestra poesía y en muchas oportunidades hemos compartido esas apreciaciones con él, Julio Rafael Silva Sánchez, Orlando Baquero, Gustavo Montiel Alvarado, Héctor Gustavo Alvarado, José Carlos de Nóbrega y otros fraternos amigos.


Se fue Tomasa, es cierto, pero su voz queda entre nosotros. Definitivamente ella, además de ser poeta, es y seguirá siendo un poema. Siglos de luz y de pureza celestial en el paisaje de Montalbán. Por esos rumbos siempre se la escuchará decir: "Mi voz es el viento". Ya ella le pertenece a la eternidad. Tenla siempre así en tu corazón, Aura.



Tomado del Notitarde


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José Joaquín Burgos
 
(Guanare, 1933 – Valencia, 2017)

Poeta, ensayista, narrador, cronista, novelista y docente. Estudió primaria y secundaria en su ciudad natal. En 1957 egresa del Instituto Pedagógico de Caracas como profesor de Castellano, Literatura, Latín y Raíces Griegas, mención magna cum laude.  Colaborador en diversas publicaciones periódicas venezolanas: Surcos, Guanaguanare, Simiente, El Imparcial de Portuguesa; Antena (Zaraza); Avance, Occidente de Mérida; Revista del Departamento de Literatura del Pedagógico de Caracas. Miembro fundador del Ateneo de Guanare y del Ateneo de Maturín, ciudad donde residió varios años dedicado al ejercicio profesional.

Fungió en la Universidad de Carabobo de editorialista del semanario Tiempo Universitario. Fue asesor literario de la Revista Laberinto de Papel , de la Universidad de Carabobo. También, columnista de los Diarios El Regional, El Carabobeño y El Nacional. Fue directivo durante más de 15 años del Colegio de Profesores de Venezuela y presidente de la Asociación de Escritores de Carabobo; miembro fundador de la Fundación del Libro Carabobeño, Vicepresidente Ejecutivo de la Editorial Cubagua del Ateneo de Valencia, y Miembro Correspondiente de la Academia de Historia del Estado Carabobo. En 2016 fue designado Cronista de la Ciudad de Valencia, ciudad que adoptó y por la que fue adoptado como uno de sus hijos más ilustres.

Fue un escritor mayor  con amplia ciencia y diestro arte de navegación por el delta de los géneros: la poesía, el ensayo, la narrativa, la crónica. Mostraba abiertamente su sencillez y disponibilidad, capacidad de escucha y se destacaba por su doble vocación de poeta y educador. Fue uno de esos creadores que no se fatigó nunca a la hora de historiar, escribir y hablar.

Obra: Narrativa: Por aquí se escuchan las pisadas del tiempo 1976. El Pozo del Arcoíris 1995.  Torreparque 1988. Don Juan de los poderes 2003. La ciudad novelada 2006. Tres Ases 2007. Las Murallas del Reino 2007. Poesía: Ronda de Luz 1956.  Cuadernos Cabriales 1957. Los días iniciales 1963. Guanare siempre 1973. El unicornio 1991. Guanare Piedra Luz 1993. Coromotanías 1994. Piel de Sueño 1996.  Cansancios de orilla 2012.


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Enlaces relacionados:





























































 


Actualizada el 5/4/2026
24/02/2024

domingo, 20 de marzo de 2011

Shane, el desconocido.

Un texto de Bernardo Bertolucci

sobre Pier Paolo Pasolini



Cartel de Shane





Raíces profundas.


Ah, lo que tú quieres saber, jovencito,
quedará como no preguntado, se perderá sin ser dicho.




Bernardo Bertolucci y Pier Paolo Pasolini. Fotografía de María Cicogna

No puedo comenzar este breve recuerdo sin citar los dos últimos versos del poema titulado A un muchacho que Pasolini escribió entre 1956 y 1957. El jovencito era yo, y las palabras de Pier Paolo, releídas hoy, suenan como una afectuosa, melancólica, profecía. El significado de estos versos fue cambiando a lo largo de los años que duró nuestra amistad, hasta el punto de que el poema terminó por convertirse en el emblema, la contraseña secreta, de nuestra relación. Dos versos que, en el fascinante y peligroso terrain vague de lo inexpresable entre dos amigos de edades distintas, de cuando en cuando eran susurrados, gritados, echados en cara, reivindicados, manipulados, según las tornadizas necesidades de nuestra complicidad. Hasta rozar el inquietante intercambio de papeles entre el “jovencito” que quiere saber pero no consigue preguntar y el “poeta” que sabe pero no consigue decir nada.


Todo comenzó poco después de la llegada de mi familia a Roma, a principios de los años cincuenta. Un domingo de finales de primavera, después de comer, abrí la puerta de nuestra casa de Via Carini 45. Hay un joven con gafas negras, el pelo un poco alborotado, traje oscuro, camisa blanca y corbata. Con tono firme y dulce me dice que tiene una cita con mi padre. La suavidad de su tono de voz y, sobre todo, lo que me parece un disfraz casi demasiado dominical, me ponen en estado de alerta. Mi padre está descansando, quién es usted, me llamo Pasolini, voy a ver. Cierro, dejándolo fuera, en el descansillo. Mi padre se está levantando, le cuento todo, él dice llamarse Pasolini pero yo creo que es un ladrón, le he dejado fuera. ¡Cómo se ríe mi padre! Pasolini es un excelente poeta, ve a abrir la puerta. Tremendamente intimidado y con las mejillas enrojecidas le hice entrar. Él me miró con una ternura inefable. Sabía, yo no, que “no hay plan de un verdugo que no sea sugerido por la mirada de la víctima”, como escribió muchos años después. Aquella noche soñé que dentro del joven poeta se escondía, en realidad, el cowboy de negro de Raíces profundas: en el sueño, Pasolini y Jack Palance se fundían en una única y reluciente calavera. Tendrían que pasar muchos años antes de que comprendiese que en aquel momento, en aquellas escaleras, yo había evocado y materializado la esencia del mito, para confiarle la esencia de mi alma y de mi corazón, ciegamente, como sólo puede permitirse un chico de catorce años.

Jack Palance en Shane

Nadie sabrá contar jamás lo que me gusta recordar como mis momentos privilegiados. He escrito poesía desde que aprendí a escribir. Mi padre fue el primero (y único) lector y mi generoso e implacable crítico. Hacia los dieciséis años mi producción poética se estaba empobreciendo mucho. Te estás estancando… me pinchaba mi padre. Lo cierto es que durante el verano había rodado mi primera película, El teleférico, diez minutos en dieciséis milímetros, una iniciación muy apropiada para un director de dieciséis años. Pero fue también el desconcertante descubrimiento de que existía una alternativa a la poesía, una viscosa trampa para el hijo de un poeta.

Bernardo Bertolucci, Jean Luc Godard y Pier Paolo Pasolini

En 1959 la familia Pasolini (Pier Paolo, Susanna y Graziella Chiarcossi) se traslada a Via Carini 45. Nosotros vivimos en el quinto piso, ellos en el primero. Volví a escribir poesías para poder llamar a la puerta de Pier Paolo y hacérselas leer. En cuanto terminaba una, bajaba las escaleras a grandes saltos con la hoja en la mano. Él era rapidísimo en la lectura y en el juicio. Todo el proceso no duraba más de cinco minutos. Para mis adentros, empecé a denominar aquellos encuentros “momentos privilegiados”. El resultado fue un montoncito de poemas que Pier Paolo, tres años más tarde, me animó a publicar. Quién sabe qué pensó mi padre, degradado sin explicación a lector número dos.

Llega la primavera de 1961 y Pasolini, al que me encuentro en el portal, me anuncia que va a dirigir una película. Siempre me dices que el cine te gusta mucho, serás mi ayudante de dirección. No sé si seré capaz, nunca he trabajado de ayudante. Tampoco yo he hecho una película jamás, cortó por lo sano.


La película era Accattone, y los momentos privilegiados empezaron a intensificarse, a amontonarse, a envolverme, provocándome una sensación de vértigo. Comenzaban a las siete y media de la mañana en el garaje que había debajo de casa. Yo le esperaba somnoliento. Puntual en su ligero retraso, una sombra se movía entre los coches. Era Pier Paolo, con su sonrisa dolorida y afable. Partíamos en el Giulietta hacia Torpignattara, el Mandrione, la Borgata Gordiani, en el otro lado del mundo.