lunes, 20 de julio de 2009

REVISITA AL CÓMIC, LA CIENCIA FICCIÓN Y LA FANTASÍA EN VALENCIA:

NOSTROMO Y OJOS DE PERRO AZUL.

Parte I/III



Sean Young




Consejo aeronáutico

Más seguro que volar es caminar.
Pero, si puedes, arrástrate.


Sin duda alguna que el cómic es un género plástico y literario de iniciación. Recuerdo la lectura preadolescente y simultánea de La Hojarasca de Gabriel García Márquez y Santo, el enmascarado de plata de Don José G. Cruz: ambos textos me marcaron como lector y creador, pues no creo que haya un divorcio entre lo culto y lo popular. Fueron impresionantes la atmósfera opresiva y abúlica de Macondo proferida en tres monólogos maravillosos, además de los combates en sepia del Santo contra vampiros, incendiarios y  Dianas cazadoras en gasas vaporosas o casi en cueros. 


La Hojarasca de Gabriel García Márquez
Son instancias contiguas en la configuración de mi personalidad bifronte o frontera y bípeda o de a pie: como lo ha observado en mí Guillermo Cerceau, es la convivencia simbiótica y cómplice entre el ensayista y el malandro. No quiero polemizar con Octavio Paz, pero el pachuco Tin-Tan nos hace más soportable nuestro extravío en el laberinto de la soledad. Me parece insuperable el Batman parodiado en la T.V. por los aires iconoclastas del pop art –con todo y los letreros onomatopéyicos a la hora de la ruidosa coñaza con los bandidos-, muy a pesar de la versión gótica y lánguida de Tim Burton.


Aprovecho la oportunidad para recomendar a los opinadores de oficio y promotores culturales, de lado y lado, la lectura de Fantomas contra los vampiros multinacionales / Una utopía realizable de Julio Cortázar, para elevar –en la medida posible de la estupidez propia y ajena- el nivel y la creatividad del debate político y cultural en el país (no obstante el despropósito y la acefalia que exhibe hoy con impunidad). 


Por otra parte, no soy asiduo lector de la Ciencia Ficción, pero de un modo u otro este género también urbano lo toca a uno: por ejemplo, la prosa apocalíptica y de extraño misticismo religioso de Phillip K. Dick, la cual absorbí en la versión fílmica de Ridley Scott (Blade Runner y el contraste habido entre la sucia ciudad laberíntica y el rostro de porcelana de Sean Young)  y la del cómic psicodélico y contracultural de Robert Crumb. Confieso mi predilección por Alien, el octavo pasajero del mismo Scott y 2001, Odisea Espacial de Stanley Kubrick, amén de mi indiferencia absoluta respecto a la saga de La Guerra de las Galaxias en la que se empantana la filmografía de George Lucas (Isaac Asimov fue mucho más compasivo y contundente: “Stars Wars me gustó. Es deliberadamente frívola y completamente tonta, pero sus efectos especiales son divertidos y a veces descansa dejar el cerebro de uno estacionado afuera”).


El Santo. El enmascado de plata

Estas líneas caóticas y compulsivas pretenden, a continuación, introducir una crónica válida (¿o desvalida?) que registre un homenaje solidario a unos héroes particulares e ignorados de Valencia, la de Venezuela: los editores y colaboradores de las revistas Nostromo y Ojos de Perro Azul, referencias obligatorias del cómic, la ciencia ficción y la fantasía en nuestra ciudad abatida y sobreviviente, gobernada por no sabemos quién (¿la derecha y/o la izquierda?; ¿El Trigal o Miguel Peña?; ¿Bonchona FM o Radio América?; incertidumbre compartida con el camarada Yuri Valecillo).



sábado, 18 de julio de 2009

SOBRE POETA Y POESÍA.

Un ensayo de Juan Liscano. ParteIII/III


IV

El principal problema de la poesía estriba en cómo abordar la realidad sin encallar en ella. Hay contradicción desgarradora entre la idea del ser, de la realización anímica y espiritual, y la proposición tecnocientífica y tecnológica, capitalista y política, de manipular el mundo como mercado de explotación, como territorio de conquista y expansión del instinto de poder y rapiña. Leí alguna vez una definición de la poesía que me convenció profundamente. Es ésta: "Una de las fuentes de la poesía es demostrar, sin que quepan dudas, que el mundo es de otra manera".


Hacer poesía consiste precisamente en una revaloración y hermenéutica de la realidad concebida más allá de la limitación conceptual del utilitarismo o del historicismo. Mediante el lenguaje y la inspiración se penetra en los diversos ámbitos de la realidad, de lo temporal hacia lo intemporal, estableciendo nuevas relaciones entre los componentes de la misma, entre la naturaleza dada y nuestra naturaleza, entre el logos y las cosas, entre lo microcósmico y lo macrocósmico, entre lo visible y lo invisible, entre lo que está aquí y lo que está allá. Esta exploración de lo externo hacia lo interno, de la topía hacia la utopía, de lo inmediato hacia lo mítico, de lo existente hacia lo esencial, ofrece según la naturaleza y el carácter individual, grandes misterios estimulantes, relaciones compensadoras ante el absurdo, respuestas inesperadas, o bien sumen en el enigma como ante el destino. En ningún caso se trata de manipular la creación para acumular poder, sino de descubrir su organización primigenia y la jerarquía de las cosas. El poeta es un subversivo y un explorador, siempre en demanda de la otredad, del más allá, del mito y de la metáfora.




 No se puede ser poeta y hacer poesía sino por vocación. El aprendizaje artesanal, formal, lingüístico, para surtir efecto exige la vocación previa. Y esa vocación es un don, una gracia imponderable. A partir de esa gracia, de ese don, el poeta inicia un desarrollo más que todo intuitivo, mediante el cual afirma la otredad del mundo. No es fácil persistir en esa dirección. No se trata de negar la realidad del vulgo en aras de una realidad esotérica, sino de integrar las manifestaciones de la existencia y de la esencia, de lo visible y de lo invisible, en demanda de una armonía universal del ser, de una reorganización física y metafísica, de una liberación, de una meta-realidad. No es fácil mantener esa actitud crítica e inspirada, inusual, mítica, porque a muy pocos interesa esa aventura del espíritu y del logos, inclusive literariamente. Pero no hay otro modo del más allá, del mito y de la metáfora.

jueves, 16 de julio de 2009

SOBRE POETA Y POESÍA.

Un ensayo de Juan Liscano. ParteII/III


III


Siento la poesía no enteramente como hecho artístico puro, creación de un objeto artificial, autosatisfacción expresional, hechura lograda. En la creación del poema, objeto, hechura, arte, expresión, se abren vías hacia un conocimiento metaliterario y meta-artístico que implican al ser y ofrecen momentos irradiantes de imponderable realización del alma y de la artesanía escritural. Esto reza con el arte, en general. Pero siendo la poesía el arte menos aceptado, el arte marginal y minoritario por excelencia, inciden menos sobre ellas las exigencias mercantiles y masivas, librando al creador de presiones inmediatas, exigencias extrapoéticas y compromisos externos.



 Por eso los grandes dramas del poeta se suscitan cuando lo atrapa el compromiso político, ideológico, obligándolo a crear poesía comprometida, hasta el punto de no dejar -si es un alma poética, un espíritu de poesía-, otra alternativa que la supresión de si mismo (el caso más típico es el de Maiakovski, gran Habla de la Revolución de Octubre). En general, el verdadero poeta se siente desgarrado entre su persona y su compromiso social, entre su vivencia interior intemporal, libertaria y marginal, y el puesto que ocupa o debería ocupar en la sociedad a la que pertenece. Aun más, el poeta suele ser antisocial, persigue crear su propio reino, rehuye el esfuerzo colectivo, rehuye inclusive la vida tal como se manifiesta en el automatismo de la gran civilización tecno-científica. Ramos Sucre era explícito: "Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras" ... "El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo de la muerte".

 
José Antonio Ramos Sucre
 
Pero hay poetas que aceptan el tumulto de la vida, el movimiento febril, el hormiguero. Entonces sueñan con ser guías de la multitud, profetas del porvenir, grandes Hablas de lo inmediato. El suicidio de Maíakovski culmina, en su caso, esa inspiración. En otros casos, el poeta multitudinario enmudece, lo dejan solo (Marinetti). Whitman, un patriarca, es excepción pero nunca fue dogmático.

 
Las vías de la poesía pueden ser abruptas, secas, lujuriosas, profusas, húmedas, agotadoras, enriquecedoras. Pueden conducir a la locura, a la autodestrucción, al exceso, o a estados superiores de conciencia y de conocimiento apaciguadores, armonizadores, a alianzas entre las diversas personas que componen al poeta, objetivadas por Pessoa.

Fernando António Nogueira Pessoa
 Se impone señalar que la historia moderna de la poesía, desde el romanticismo, abunda en poetas insoportablemente ególatras, capaces de crear como los políticos, un aparato de poder personal y propio para dominar, eso sí, dentro de los predios de la literatura. Otros pasan a la acción política directamente, pero no con los fines ególatras de los antes aludidos. Por ejemplo Martí, Mao Tse Tung, encauzaron su ego hacia un ideal de servicio popular y nacional. En cambio, los caudillos de nuestro tiempo quieren acumular honores y distinciones literarias y culturales. Constituyen una manifestación más del yoísmo burgués decimonónico.


Juan Liscano

Enlaces relacionados:

SOBRE POETA Y POESÍA. Un ensayo de Juan Liscano. ParteI/III


SOBRE POETA Y POESÍA. Un ensayo de Juan Liscano. ParteIII/III

 

martes, 14 de julio de 2009

SOBRE POETA Y POESÍA.

Un ensayo de Juan Liscano. ParteI/III





Juan Liscano en 1980




Estimados Amigos al visitar este espacio será frecuente que consigan textos de autores que consideramos pertinentes rescatar o simplemente compartir con ustedes. En esta ocasión tendrán el placer de disfrutar de un ensayo de Juan Liscano Velutini (1915-2001) escritor, editor, periodista e investigador folclórico venezolano, una de las voces literarias mas importantes y constantes de Venezuela. El texto titulado “Sobre Poeta y Poesía” fue publicado en el número 74 de la revista venezolana “Poesía”

Richard Montenegro

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SOBRE POETA Y POESÍA.

Juan Liscano

I

Siento y pienso el oficio de poeta y la poesía como experiencia interior de ser y del ser, exteriorizada en la artesanía de la escritura. Se trata de una acción vital, afirmativa y trascendente; de un modo de existir y de un norte. Implica una actitud, un estado de alma y de conciencia que subyace en el poeta y lo sostiene, como cimiento de edificio. Esa actitud y estado anímico nada tiene en común con los valores y objetivos inmediatos de la civilización actual de consumo; ni con las normas, ayer, de comportamiento y estímulo burgueses; ni con la tradicional ambición de poder político y económico. El sentir y sobre todo el pensar poéticos escapan por entero de los análisis estadísticos del consumo literario y a la gran manipulación de la compra y venta. De modo que un poeta del sentir y de la escritura queda situado, en nuestra época, al margen de las actividades principales: ejercicio del poder económico o político, inmensa manipulación del tecnólogo, metas del dominio cósmico material de la tecnociencia.
Los éxitos en poesía son casi siempre póstumos. Cuando son inmediatos es porque se insertaron, sea en una circunstancia política; sea porque los reveló algún premio como el Nobel, sacando al creador de su anonimia; sea porque la moda momentánea convirtió al poeta en noticia. Conviene señalar que la poesía, como lenguaje e inspiración, tiene escala y que cierta facilidad de comunicación en detrimento de la calidad y del contenido, puede convertirla en producto adecuado al consumo de masa industrial. Así esas ráfagas de poesía que alientan de pronto en la letra de las canciones populares. Así la poesía escrita que aspira a la comunicabilidad de la canción popular.
 
II

La poesía se compone de la esencia y de la forma que la contiene. El trabajo formal tiende a lo artesanal, la esencia (alma, espíritu) inspira lo formal y procede del misterio del ser. La poesía pierde esencia cuando predomina en ella la operación reiterativa artesanal. Se escriben poemas desde la forma y desde el alma. La simbiosis produce la gran poesía y el gran poeta. La esencia es la emanación de la entera condición humana, en lo físico y en lo metafísico.
 

Juan Liscano

Enlaces relacionados:

SOBRE POETA Y POESÍA. Un ensayo de Juan Liscano. ParteII/III

SOBRE POETA Y POESÍA. Un ensayo de Juan Liscano. ParteIII/III


viernes, 10 de julio de 2009

Andrés Mariño Palacio y Salvador Garmendia: dos voces de la diáspora. Parte II /II.



Salvador Garmendia. Ilustración del artista plástico Orlando Oliveros







Por otra parte, Salvador Garmendia es otra de las voces de la diáspora que ha consolidado un espacio relevante en la narrativa contemporánea venezolana. Siguiendo a Mariño Palacio, en este caso hemos topado con un realizador o hacedor en el estricto sentido del término. El Inquieto Anacobero (1976) es un libro de cuentos que destaca su afán por aprehender la ciudad, esta vez a partir del rescate de la oralidad de sus habitantes. La voz narrativa se desliza mimetizándose en el diálogo de los personajes que recrean, desde la barra del bar, el ámbito festivo del prostíbulo o la sala velatoria de la funeraria, el laberinto de concreto, polución y asfalto que es la ciudad de Caracas. Vista y vivificada por el agudo ojo de un provinciano proveniente de Barquisimeto. En el atinado prólogo de Enmiendas y atropellos, de Garmendia(1979), antología de cuentos que involucra cuatro títulos, Oscar Rodríguez Ortiz comenta:
“(...) cada aparente repetición, todo regreso al mundo a media luz de la Caracas cabaretera, marginal y enferma, a la infancia y a la provincia llena de prodigios, no hace sino colocar una pieza más en el engranaje que tiene como punto de partida una convicción: la realidad es una ‘desacordada composición’ y la mente humana —recrea, inventa, olvida— es una maravillosa máquina mezcladora” (p. 9).
Si bien Los pequeños seres (1959, Ediciones del Grupo Sardio) constituye la novela urbana venezolana por excelencia, la cual nos toca aún por la mirada lánguida y la atmósfera minimalista de la ciudad que aturde, extravía y maravilla a Mateo Martán, El Inquieto Anacobero es una celebración dionisíaca del ámbito caraqueño en su oropel y decadencia. Puede afirmarse que este libro reivindica la épica desmitologizada del “hombre esquizoide” del siglo XX. Los personajes, apelando a la hipérbole y al ejercicio amarillista de las medias verdades, relatan sus encuentros con la tragedia y el azar, amén de sus hazañas etílicas y eróticas. A lo largo del libro, se configura un mapa geográfico y toponímico de la Caracas nocturna y guapachosa: Roof Garden, los vermouth del Pasapoga, El Trocadero, El Tíbiri Táraba, Mi Cabaña, El Teatro Caracas y el Coney Island, entre tantas locaciones ya desaparecidas del desmadre caraqueño.

Del volumen es destacable el cuento homónimo, homenaje a uno de los más grandes cantantes de la música tropical de todos los tiempos: Daniel Santos, figura y motivo lírico y popular con el cual se identifica la bohemia latinoamericana. Gracias al Inquieto Anacobero, el hombre de a pie se reconoce en el severo y locuaz rostro de su machismo, impregnado de fluidos vaginales, cocaína y alcohol. El relato es una recreación afortunada de don Daniel quien nos habla ahora de sí mismo:
“Soy un nacionalista convencido y consumado. Nacionalista y patriota latinoamericano que siente aún, en esta cabeza plateada, el suave vaivén de mis palmeras tropicales y un gustico a ron en la garganta, unas arenas tibias por el sol y un azul intenso de donde surge, casi como un milagro, una hembra de cualquiera de estas aguas y estas tierras” (Mujica y Santos, 1982, p. 119).
El género cuentístico le da un espaldarazo a la crónica de costumbres de los cincuenta y sesenta, a las páginas de sucesos, a las notas cronológicas, al chisme y a la infidencia. La tonalidad es áspera, de un humor negro que se carga de escatología, coprolalia y tragicomedia; asaeteando con su carare a politicastros, militares cornudos y burócratas indolentes, sin los cuales la ciudad jamás podría deconstruirse en el detritus, la estridencia y el caos. El corpus desprende las limaduras de una Caracas que se desgasta, arma y rearma recogiendo y esparciendo sus despojos: “Los surtidores son chatarra, la caseta saqueada y un Ford sin amo que se ha ido pudriendo ahí desde hace años. Es todo lo que queda” (Garmendia, 1976, p. 59). Pareciera un tratado sobre la estética de la fealdad o, mejor aun, la representación literaria de las instalaciones del Arte Pobre de Claudio Perna. Otra muestra de ello son cuentos como “Baby Blue”, “¿Sabes?, yo no creo que se muera tanto como uno piensa” y “La mala bebida”. Textos que magnifican el acecho travieso y lúdico de la muerte y la azarosa tragedia que es la vida. La ciudad va dejando en su devenir cadáveres acuchillados y tiroteados, bolsas de basura con las barrigas abiertas a dentelladas por los perros y sus vikingos, “aves envueltas en papel celofán” (valga la alusión a la canción elegíaca de la Orquesta Mondragón como responso por las ciudades occidentales).

Referencias bibliográficas

  • Araujo, Orlando (1988). Narrativa venezolana contemporánea. Caracas: Monte Ávila Editores.
  • Campos, Miguel Ángel (1993). Andrés Mariño Palacio y el grupo Contrapunto. Maracaibo: Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia.
  • Fabbiani Ruiz, José (1977). Antología personal del cuento venezolano. Caracas: Facultad de Humanidades y Educación, U.C.V..
  • Garmendia, Salvador (1976). El Inquieto Anacobero y otros cuentos. Caracas: Librería Suma. (1979). Enmiendas y atropellos. Caracas: Monte Ávila Editores.
  • Mariño Palacio, Andrés (1967). Ensayos. Caracas: Inciba.
  • Mujica, Héctor y Santos, Daniel (1982). El Inquieto Anacobero. Confesiones de Daniel Santos a Héctor Mujica. Caracas: Cejota.

jueves, 9 de julio de 2009

Invitación a charla del Grupo Li Po sobre cómic, ciencia ficción y fantasía




página inicial del primer número de Nostromo




El Grupo de Incursiones Culturales y Científicas Li Po



les invita a la charla de José Carlos De Nóbrega titulada
 
"Revisita al cómic, la ciencia ficción y la fantasía en Valencia: Nostromo y Ojos de Perro Azul"

La cual se llevará a cabo el sábado 18 de julio de 2009 a las 10:30 am en Librerías del Sur Valencia, Primer Nivel del Centro Comercial Camoruco, Avenida Bolívar Norte. Esta conversación abordará la importancia de estas dos revistas, las cuales circularon entre 2001 y 2006, en la divulgación del cómic, la ciencia ficción y el relato fantástico en Valencia, la de Venezuela.





Portada del numero 3 de Ojos de Perro Azul. La ilustración es de El Chon


ENTRADA LIBRE ENTRADA LIBRE ENTRADA LIBRE ENTRADA LIBRE



domingo, 5 de julio de 2009

Andrés Mariño Palacio y Salvador Garmendia: dos voces de la diáspora. Parte I /II.





Andrés Mariño Palacio y Salvador Garmendia. Ilustración del artista plástico Yilly Arana



A Slavko Zupcic y a Pedro Téllez
,
escrutadores de almas esquivas.





He aquí una aguda percepción del cuento como género literario en el indudable y flexible marco de la transdisciplina: “El cuento —cuando se quiere ser realmente cuentista—, hay que entenderlo poéticamente, rendirle culto, inclinarse ante su forma apretada y densa, donde la vida parece terminar siempre y no termina nunca” (Mariño Palacio, 1967, p. 73). Máxime cuando proviene de una voz de la diáspora, la del escritor maracucho Andrés Mariño Palacio (1927-1965). Fuera de la connotación judía del término, nos referimos a la trashumancia en el exilio que va de la provincia a la metrópoli que se estaba edificando (¿deconstruyendo?) en el valle de Caracas. Por supuesto, de ello hay un notable número de testimonios desde el ámbito de la literatura venezolana. En el caso que nos ocupa, Mariño Palacio siguió la ruta Maracaibo-Valencia-Caracas, al punto que su inclusión en una antología del cuento carabobeño, Manual para una cabra (1994), a cargo de Slavko Zupcic, sorprendió al ensayista Miguel Ángel Campos. La obra cuentística de Mariño Palacio, recogida en el volumen titulado El límite del hastío (1946), merece una cuidadosa revisita dadas sus fortalezas, flaquezas y, sobre todo, su ubicación en un momento de transición experimentado por nuestra narrativa en pos de la contemporaneidad. Se trata de la depuración del discurso enclavado en el ámbito y la atmósfera de lo urbano, en el destierro del criollismo que hasta entonces se había enseñoreado de la narrativa venezolana.

Si consideramos tres de sus cuentos —“Cuatro rostros en un espejo”, “Este turbio amor...” y “Abigaíl Pulgar”,seleccionados por José Fabbiani Ruiz para su Antología personal del cuento venezolano—, en una primera y leve mirada se verifica su división en cuatro o cinco breves partes o capítulos, como si siguiese el ars poética de Horacio Quiroga: “Un cuento es una novela depurada de ripios”. Sólo que la anécdota no prevalece en el texto como pretexto fútil de originalidad, pues importa muchísimo más el logro de una atmósfera pesada, pesimista, inmersa y cargada de hastío. Se vale, por ejemplo, del oxímoron en la consideración de las contradicciones internas que embargan a los personajes, amén de la conciliación de los contrarios en un juego especular que los desfigura y ennoblece en su paradójica belleza. “Así, el marido de mi hermana habla siempre de mi habilidad pictórica, cuando yo les hago una visita. (En el fondo sólo desea comparar nuestras bellezas: ¡su hermosa belleza y mi bella fealdad!)” (Mariño Palacio en Fabbiani Ruiz, 1977, p. 122), nos confiesa el narrador protagonista de “Cuatro rostros en un espejo”, plasmando en el amargo soporte del lienzo su resentimiento y su represión erótica que raya incluso en el incesto y el voyeurismo. Fabbiani Ruiz (1977) declara sobre la cuentística de Mariño Palacio: “Sus cuentos, hechos a base de estampas (así empezamos nosotros y muchos de los de nuestra generación), con sus aciertos y las vacilaciones propias de toda obra incipiente, nos autorizan para ver en él el embrión de prometedores frutos” (p. 120). Claro, estas líneas habían sido escritas antes de que la locura y la muerte truncaran la obra de Mariño Palacio. El discurso narrativo asume una calidad plástica en la captación y el dibujo de las atmósferas soporíferas, semejante quizá al tratamiento postimpresionista de la luz en la pintura de Armando Reverón. La ciudad se ve impregnada de una luminosidad plomiza y húmeda, envuelta en la mantilla que arropa al feto impactado por el ultrasonido que se estampa en una ecografía. Se tiende como sucia arenilla que rasguña la piel sudorosa de los ciudadanos en el bullir de la escindida colmena urbana. “Dentro de la casa pesa como una tonelada de plomo el mediodía. Una ola de calor se mece en los cuartos y alrededor de las camas” (Mariño Palacio en Miguel Ángel Campos, 1993, p. 53), tal es el inicio del cuento “El camarada del atardecer”, el cual se explaya en la soledad de Natalia acentuada en el transcurso de una sofocante y mustia tarde. Ella contempla su cuerpo en el acto onanístico de palparse, desvestirse y bañarse embebida de soledad: “El atardecer ha muerto. Natalia sale del baño. Su cuerpo está cansado, como si hubiera recibido multitud de caricias” (p. 64). Es sin duda un instante audaz en nuestra narrativa: no hay empacho en tratar el tema erótico desde la insania, la mirada desviada y morbosa detrás de la persiana americana, desdiciendo la edulcorante e idílica recreación romántica.

En “Este turbio amor” se filtra una peculiar atmósfera terrorista macerada en un oscuro sentido del humor. Remedando a Edgar Allan Poe, Mariño Palacio nos muestra a un Claudio que hace patente sus celos enfermizos, al descubrir en el gato de su amante la mirada cínica y burlona de su confeso rival, Abigaíl Pulgar. Es entonces el hombre convertido en animal, a la manera de la licantropía, de los seres humanos mutados en lobos. El texto destila un pesimismo empantanado en la ridiculez y en la resignación de Claudio besando de lengua a Irma, siendo el gato el convidado de piedra. La misoginia del personaje se hace presente ante la inminencia del adminículo cornúpeta en su deforme cráneo:
“Es sumamente extraño, pero las mujeres quieren más a los animales que a los hombres. Por eso es que cuando son madres, se extasían acariciando y cubriendo de besos a las bestezuelas rojas y de rostro momificado que les succionan las ubres” (Mariño Palacio en Fabbiani Ruiz, 1977, p. 126).
El cierre del cuento lo diferencia de Poe: ni el ronroneo ni el maullido del animalillo estarán emparedados en la inhóspita casa, atribulando a Claudio.

“Abigaíl Pulgar” es un cuento de extraordinaria y terrorífica textura. De factura sinestésica y harto sensual, decanta la yuxtaposición de diversas perversiones psíquicas y espirituales: el resentimiento, la antropofagia, la represión sexual efervescente y su sublimación en el eros gástrico, amén de la paidofilia. La descripción del personaje protagonista excede en la caricatura y la parodia: su desgarbada y alargada figura, de piernas estiradas como en un potro de los tormentos, sugiere el referente plástico de El Greco y los Caprichos de Goya. Nos recuerda los duros y satíricos trazos de El hombre de hierro, de Rufino Blanco-Fombona. Abigaíl no posee un rostro, más bien una sucesión de máscaras que lo amparan de un entorno cruel y envilecedor. Tijeras en mano buscando amputar su manjar —lóbulos, tetas, nalguitas—, cae muerto de delicia en la compulsión de los miembros: “con una sonrisa demoníaca entre los labios, y un gesto de placer como si hubiera terminado de comerse unas ostras y gimiera convulsivamente: ¡delicioso!, ¡delicioso!” (p. 134).

Si antes hablábamos de la pertinencia de la relectura y reconsideración de la obra narrativa de Andrés Mariño Palacio, es menester su realización más allá del entusiasmo de sus contemporáneos —la generación de Contrapunto— y de la indiferencia de la mayoría de los lectores y los críticos literarios de hoy. La reivindicación, entonces, será posible si reconocemos en él un puente que condujo la narrativa venezolana a la contemporaneidad. Ya nos lo advierte Orlando Araujo (1988):
“Como él mismo dijo, en materia de arte ‘a unos les toca ser precursores y a otros realizadores’. Con su trabajo novelístico (y cuentístico, el paréntesis es nuestro), él quedará como precursor, por su actitud, por la violencia creadora de su cultura y por la audacia con que asume su destino frustrado de renovador” (p. 341).


Continuará...

 José Carlos De Nóbrega


Enlace relacionado: 

Andrés Mariño Palacio y Salvador Garmendia: dos voces de la diáspora. Parte II /II.