En el centenario de su nacimiento, México redime a la escritora, ex mujer de Octavio Paz, coinventora de un género literario que rechazaba, y sentenciada en su época por alta traición a la intelectualidad patria
JAVIER BRANDOLI México
30/10/2016 03:28
«Cuando la mujer escribe, muere. Es una sentencia de muerte». La frase es de una escritora devorada por todos, por ella misma, por la sombra de su ex marido, el escritor Octavio Paz, por las ideologías que siempre le pillaron en el medio, por buscarse enemigos señalando con el dedo. Y en todo ese proceso, que fue su vida convertida en un libro sin tapas, creó literatura propia y hasta inventó, o ayudó a inventarlo, sin quererlo, un género que todos se disputan y del que ella renegaba como madre: el realismo mágico.«Para Elena Garro el realismo mágico era una etiqueta mercantilista que la molestaba porque ella decía que el realismo mágico era la esencia de la cosmovisión indígena, por lo tanto, no era nada nuevo bajo el sol», explica a EL MUNDO Patricia Rosas Lopátegui, hasta ahora la autora de la única biografía sobre la escritora y que la trató durante 40 años. La realidad es que el libro de Elena GarroLos recuerdos del porvenir (1963) es hoy para algunos especialistas el pistoletazo de salida de ese género que se adjudicaría como gran cimentador García Márquez con sus Cien años de soledad (1967).
Antes están Juan Rulfo, Arturo Uslar Pietri y una serie de narradores latinoamericanos que se dedicaron a escribir de esa cosa que «en Europa se llama realismo mágico y acá lo llamamos costumbre», que diría García Márquez. «En 1953, Elena se enfermó y se va a Suiza a tratarse. Allí escribe un primer borrador de Los recuerdos del porvenir. Años después, su hija, Elena Paz, rescató de una chimenea en Nueva York el manuscrito que su madre había lanzado al fuego. En 1963, la obra gana el premio literario Xavier Villaurrutia, el más importante de México, concedido ex aequo con la novela La feria del escritor Juan José Arreola», recuerda Carlos Castañeda, investigador y conocedor, no confundir con Carlos Castaneda ,de la escritora que dará en la próxima Feria del Libro de Guadalajara una charla sobre su figura. «A ella no le gustaba que le dijera que era la precursora del realismo mágico, entre otras cosas porque yo opino que su verdadera fuente era la literatura fantástica y romántica alemana», señala Castañeda. «Yo no puedo escribir nada que no sea autobiográfico; en Los recuerdos del porvenir narro hechos en los que no participé, porque era muy niña, pero sí viví», recuerda la también escritora Elena Poniatowska que le dijo Garro en un artículo en que la primera rinde tributo a la segunda. Pero para entender la obra de Garro hay que desentender su vida, lo contrario es imposible. Elena Garro nació en la ciudad mexicana de Puebla en 1916, pero hasta eso fue una interrogante en su biografía: «Ella mintió sobre su real fecha de nacimiento. Se casaron jóvenes Octavio y Elena, en 1937, cuando ella tenía 20 años, que durante años peleó para que fueran 16 y tener la eximente de niñez para aquello que le atormentó siempre: haberse casado con Paz», comenta Castañeda. Tras un noviazgo rápido entre ambos, los dos proyectos de intelectuales viajaron por Europa y América. En 1937 fueron a la España de la Guerra Civil, invitados por Rafael Alberti, y encontraron una España en llamas en la que él dibujaba ideas políticas que plasmó en su poema No pasarán y ella describe momentos rutinarios como cuando Luis Cernuda la invitó a pasear por una playa.
«Muchos años después, se publicó en 1992, ella escribió Memorias de España, que es un relato de sus recuerdos de ese viaje de 1937», dice Castañeda. «Nunca tuve tanto miedo ni tanta piedad por los soldados», escribió ella de su experiencia ibérica.Tras España, Paz y Garro se trasladan a EEUU y a una Europa donde la normas sociales de eruditos, filósofos y narradores aburguesados dictaban que el amor era tan libre como la conciencia. El matrimonio vive con absoluta permisividad amorosa hasta que se cansaron en algún momento de tanto público desaire. Bueno, se cansó él, o al menos fue él quien solicitó un divorció exprés apremiado por otras urgencias amatorias.«Yo creo que Elena Garro amó a Octavio Paz, pero pronto sintió el yugo del machismo y de la egolatría de Paz. Eran dos personalidades e ideologías opuestas. Paz siempre en los linderos del poder y de la gloria, y Garro en defensa de una literatura crítica sin concesiones y en pro de las víctimas de los oligarcas. Paz en el poder; Garro en contra de él. Fueron la pareja que nunca lo fue, al decir de Elena Garro», explica Rosas Lopátegui.
Por entonces ella ha conocido a otro escritor del que se enamora apasionadamente, dentro de una larga lista de amantes que tuvo en su vida, el argentino Adolfo Bioy Casares. «Lo vio tres veces en su vida, pero mantuvieron una larga correspondencia epistolar», recuerda Castañeda. «Yo creo que Octavio Paz fue el amor de su adolescencia y primera juventud, y Adolfo Bioy Casares de una época posterior. Pero con ninguno alcanzó la plenitud amorosa. Se interpusieron los valores machistas, la egolatría y la prepotencia masculinas», señala su biógrafa. Garro se va convirtiendo en una creadora de obras de teatro como Un hogar sólido (1957), El rey mago (1958) o La señora en su balcón (1959). Además, esta católica amante de la aristocracia va convirtiéndose en defensora de los movimientos campesinos de Morelia frente a los abusos del México caciquil. La culta, bella y cautivadora mujer no duda en posicionarse y reivindicar las marchas rurales frente al grupo de intelectuales izquierdistas de Ciudad de México que de alguna manera desprecia. «En una ocasión se presentó con un grupo de campesinos a un acto donde había todo tipo de intelectuales y pincharon ruedas y destrozaron coches de los convocados», comenta Castañeda. «Dicen que Poniatowska le preguntó en una ocasión por qué vestía con tacones y vestidos buenos cuando iba a ver a la gente del campo que defendía y que ella le contestó: 'Porque yo soy así, no les voy a mentir'», añade el investigador.
Elena Poniatowska y Elena Garro
Su posición, muy incómoda para el Gobierno, hace que se le practique un primer destierro voluntario que podría haber sufragado el propio Paz a petición del presidente mexicano. Se va a París y está allí hasta mediados de la década de los 60. «Octavio Paz le mandó dinero toda su vida y la mantuvo a ella y a su hija. Él tenía una persona que controlaba en qué se gastaba el dinero su ex mujer que podía recibir un pago mensual y gastarse todo en comprarse un vestido», dice Castañeda. Es entonces cuando la revolución cubana acrecienta los movimientos de izquierdas de todo el continente y un maremoto revolucionario sacude un México que mira con nostalgia los retales de la que fue primera revolución socialista del planeta. Elena Garro colabora estrechamente con Carlos Madrazo, un político del partido único, el PRI, que se atreve a formar una nueva opción política llamada Patria Nueva con el que parece dispuesto a modificar los dogmas de una dictadura encubierta. Mientras el Mayo del 68 francés arde, en México, en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, los estudiantes son masacrados el 2 de octubre por escuadrones paramilitares y los servicios de seguridad tras meses de revueltas. Aún no se sabe hoy el número real de víctimas y detenidos. La acción sacude los cimientos del país, de sus intelectuales y destierra por segunda vez en vida a Garro y sus letras.«Hay muchos mitos respecto a este tema. Elena Garro nunca perteneció al movimiento estudiantil de 1968. Para ella dicho movimiento no planteaba las soluciones políticas, económicas y sociales que urgían en el país», dice Rosas Lopátegui. «Ella se pasó alguna vez por el auditorio Che Guevara y fue a las manifestaciones, pero ella no quiere que México se convierta en Cuba. Ella está peleada con los intelectuales de izquierdas que apoyan el movimiento», comenta Castañeda. Tras la masacre, ella queda en medio de un fuego cruzado. Para la intelectualidad mexicana es una delatora que da a los servicios secretos nombres de las personas involucradas en las revueltas. El escritor Carlos Monsiváis la califica «la cantante del año». A su vez, los servicios secretos, entre los que tiene amigos y detractores históricos, la exigen colaboración para salvarse de la pira intelectual y ella entra en total paranoia persecutoria.«Aparece en algunos documentos de los servicios secretos mexicanos e incluso de la CIA como informadora», reconoce Castañeda. «Madrazo murió en un crimen de Estado en junio de 1969 y a Elena Garro la eliminaron de la vida política, social y cultural mediante la leyenda negra y el descrédito», señala su biógrafa siempre defensora de su figura.El hecho es que ella huye a Estados Unidos, cuya frontera cruza casi camuflada, luego a España y finalmente regresa a París. En su país, mientras, se convierte en cómplice de la matanza y es desterrada de las librerías: «Durante años, aún hoy, es muy complicado encontrar su obra en México», dice el investigador.El final de su vida es una mezcla de ferviente producción literaria, con obras importantes como Reencuentro de personajes (1982), Y Matarazo no llamó (1991) o Un corazón para un duelo (1996), junto a una decadencia personal que raya la manía persecutoria y la fabulación de una vida inventada en la que el personaje se había ya comido a la persona. Finalmente, tras 20 años de exilio voluntario, regresa definitivamente a México en 1993. «En varias ciudades de la República la recibieron con emoción, y Elena encontró lectores fervientes», escribe Poniatowska. Vuelve una mujer que se cobija en su victimismo y sus excesos y que porta el odio a su ex marido intacto: «Yo vivo contra él (...) todo lo que soy es contra él», dijo en una ocasión de Paz.«Recuerdo que cuando regresó a México la fui a ver varias veces a su casa de Cuernavaca; era una pocilga miserable. Vivía con decenas de gatos y su hija. Estaba postrada en la cama, fumaba sin parar. Una vez necesitó llamar al doctor porque se ahogaba. Le trajo una máquina respiradora costosa y según salió por la puerta su hija la metió en una bolsa de plástico y la guardó en un cajón lleno de polvo. Pedía dinero a todo el mundo», explica Castañeda. «Se nutría de café, Coca Cola y cigarros. Se hacían colectas para ayudarlas pero el dinero desaparecía en un santiamén», dijo Poniatowska.«Fue derrochadora porque gastó miles de pesos para sacar a los indígenas de la cárcel, para darles cobijo en su casa y para defenderlos de los terratenientes y políticos que les robaban sus tierras», replica su biógrafa. Murió en esa indigencia un 22 de agosto de 1998 alimentado su cáncer de pulmón con un atracón diario de tabaco y sólo cuatro meses después de que muriera el hombre que sin estar estuvo siempre presente, Octavio Paz. «Creo que es sin duda la más importante escritora latinoamericana del Siglo XX», dice Castañeda. «Elena sabía de la relevancia de su producción literaria, pero, a diferencia de los escritores coludidos con el poder o que buscaban prebendas oficiales, ella prefirió la independencia intelectual para poder ejercer su oficio sin compromisos», dice Rosas Lopátegui.«Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme», escribió ella en Los recuerdos del porvenir, como si intuyera entonces su fin
La bióloga de la NASA, Laura Lorenzoni, es parte de la misión PACE que despegó a bordo del cohete SpaceX Falcon 9, en Cabo Cañaveral, EE. UU, el 8 de febrero.
TAISA MEDINA | 08 MARZO 2024
La bióloga de la NASA, Laura Lorenzoni, nacida y graduada en Venezuela, ha sido alma y corazón de la misión PACE que despegó a bordo del cohete SpaceX Falcon 9, en Cabo Cañaveral, EE. UU, el 8 de febrero de este año.
PACE es el acrónimo de Plancton, Aerosol, Nubes y Ecosistema Oceánico, objeto de investigación de la misión.
“Qué es lo que me atrae del espacio: lo desconocido que puedes conocer. Y ciertamente conocemos más de nuestra Luna, y estamos en camino a conocer más de Marte, de lo que conocemos de nuestro océano”, dijo en una entrevista titulada «Laura Lorenzoni, explorando mundos dentro de nuestro mundo».
En ese mismo texto, habla con pasión sobre el océano, al que describe como “profundidades impensables, especies jamás vistas, interacciones vitales”. El reto de explorar lo desconocido de los mares la llevó a interesarse por la biología tras caer en cuenta que la ingeniería aeroespacial no era una carrera que pudiese empezar en Venezuela.
“Si alguien quiere ir a otro planeta, debería bucear y bucear de noche”, expresó en esa publicación. Se sabe que su hijo de 10 años heredó la pasión por el buceo de sus padres, pero debe esperar para ello tener, al menos, 12 años.
En sus pasos para llegar poco a poco a la NASA, un profesor de la USB la ayudó a conseguir una pasantía en un centro de detección remota con satélites.
Su perfil dice que “hizo su tesis de grado en teledetección y otra oportunidad se abrió en Venezuela: la posibilidad de estudiar la Fosa de Cariaco, una de las principales cuencas anóxicas del planeta. Anóxica significa que no tiene oxígeno; aun así, en Cariaco hay vida microbiana». Esta fosa «ha sido utilizada para poder entender qué tipo de organismos pudieran existir en océanos de otros planetas”, explica Lorenzoni. Trabajar con Cariaco le dio la oportunidad de hacer la maestría y después el doctorado en Florida.”
En la reseña, anteriormente citada, confiesa que “el sueño se terminó de completar cuando se abrieron para ella las puertas de la NASA. Hoy es científica del Programa de Biología Oceánica y Biogeoquímica (OBB, por sus siglas en inglés) en la Dirección de Misión Científica de la sede de la agencia. El programa OBB se centra en describir, comprender y predecir las condiciones biológicas y biogeoquímicas, las interacciones y los cambios en la capa superior del océano, a través de los datos de detección remota y los obtenidos en el campo.”
Asegura que “la exploración de la Tierra y la exploración espacial van de la mano; la primera viene antes que la segunda. Según Lorenzoni, conocemos muy poco sobre lo que hay en nuestros mares, “y si nos ponemos a pensar que la vida como nosotros la conocemos salió del océano, pues es fundamental entender qué es lo que tenemos aquí en este planeta para poder extrapolar qué posiblemente pudiera haber en otros lados”.
Subraya que “conocer mejor nuestro océano también nos ayudará a responder varias preguntas importantes, explica Lorenzoni: qué va a pasar con el ciclo del carbono a medida que aumente el dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera y los mares se calienten; qué pasará con la cadena alimenticia en el océano.
– ¿Cómo está funcionando la misión que está en órbita desde el 8 de febrero de este año? ¿Cómo define la misión?
¡PACE está funcionando a la perfección! Desde su lanzamiento, el equipo de la misión Plancton, Aerosoles, Nubes y Ecosistemas Oceánicos (PACE, por sus siglas en inglés) de la NASA han estado llevando a cabo los pasos necesarios para asegurarse de que los instrumentos empiecen a recolectar las mediciones para las cuales fueron diseñados. PACE es una misión satelital de observación de la Tierra que no solo extenderá los más de 20 años de observaciones satelitales globales que ya tenemos de nuestro océano, sino que las va a mejorar, permitiéndonos ver el océano, la tierra, y la atmósfera bajo una luz completamente nueva. Uno de los instrumentos principales de PACE es el Instrumento de Color del Océano (OCI por sus siglas en ingles) el cual permite observar el océano de manera hiperespectral, o sea que medirá el color completo del océano o, para ser más precisos, cómo interactúan más de 200 longitudes de onda de la luz con la superficie de la Tierra. Con esta información detallada sobre el color del océano, esperamos detectar la composición de las comunidades de fitoplancton, que es la base de la cadena trófica y esencial para nuestras pesquerías y salud del océano. Además, los dos polarímetros que carga PACE proveerán información sobre las nubes y aerosoles, datos importantísimos para calidad del aire y mediciones de calentamiento global. Desde la atalaya única del espacio, PACE no solo podrá darnos información sobre los aerosoles o el plancton de un solo lugar, como podría hacer un instrumento terrestre, sino que nos dará información sobre estas cosas en todo el planeta.
– ¿Con quién y cómo se compartirán esos valiosos datos?
¡Con todo el mundo a través del portal de PACE – https://www.earthdata.nasa.gov! Los datos de PACE, como todos los datos de NASA, son de libre acceso y diseñados para beneficiar a todas las comunidades. PACE tiene una política de datos totalmente abierta y tiene previsto hacer públicos los datos una vez que finalice el período de puesta en marcha. Las herramientas de análisis de datos y el código fuente también se pondrán a disposición del público.
– ¿Cuáles son los impactos previsibles y tangibles en la sociedad y para el ciudadano común, la economía menuda, el comercio?
Los datos de PACE aportarán una serie de beneficios para todo el mundo. La información sobre el fitoplancton puede ayudarnos a comprender y gestionar mejor la pesquería y la salud del océano; los gestores de actividades recreativas y las comunidades costeras pueden utilizar los productos de datos PACE para ayudar a identificar las proliferaciones de algas nocivas, y los gestores de recursos naturales pueden utilizarlos para estudiar la calidad del agua. Los científicos también utilizarán los datos atmosféricos de PACE para estudiar los aerosoles y rastrear cómo el humo, el polvo y otros contaminantes se desplazan por diferentes zonas, y los funcionarios de salud pública pueden utilizar esta información sobre la calidad del aire.
Una vez que PACE termine la etapa de ‘puesta en marcha,’ esperamos tener tres años de operación, en donde PACE recolectará una increíble cantidad de información de calidad sobre nuestro planeta. Por supuesto, ¡esperamos también una extensión de la misión después de estos primeros tres años! Durante este periodo inicial también estaremos desarrollando nuevas herramientas para la generación de productos que sean de utilidad para la sociedad, así como nuevas visualizaciones de los datos que nos permitan entender nuestro sistema terrestre como nunca antes.
El periodo de puesta en marcha, o Commissioning, tiene que ser completado 60 días después del lanzamiento; este período de puesta en marcha se utiliza para encender la nave espacial, los sistemas de comunicaciones y navegación, las computadoras y los instrumentos, desplegar los paneles solares, verificar y ajustar todos los sistemas de instrumentos y de la nave espacial, ajustar la órbita y, en última instancia, comenzar la recopilación de datos del instrumento y hacer su evaluación. ¡Todos los procesos de puesta en marcha han sido exitosos y esperamos con ansia poder compartir los datos de PACE con todo el mundo!
– ¿Cuál ha sido su motivación para ponerle alma y corazón a esta Misión?
Nuestro océano es una frontera inexplorada de nuestro planeta y la fuente vital de vida para todos nosotros; ¡entender cómo el océano está cambiando y cuál es el impacto sobre nuestros ecosistemas (de los cuales dependemos) es importantísimo para asegurarnos de que estamos dejando un legado de esperanza y mejoría a nuestras generaciones futuras!
Laura Lorenzoni, explorando mundos dentro de nuestro mundo
Tengo la impresión de que estuve con Salvador dos días antes de su muerte. Y digo «impresión» porque no estoy seguro. Comparto con Alejandro Rossi la idea de que la memoria que construimos es selectiva. Es decir, no la hacemos con lo que recordamos, sino con lo que elegimos recordar. Con esa elección me ubico con Salvador la tarde de un miércoles de 2001 en el Celarg. Asistíamos a la presentación de un libro de Javier Lasarte llamado Verano, y Javier me había pedido que dijera unas palabras. Yo llegué un poco antes de la hora, pero también Salvador. Estábamos parados en el vestíbulo sin saber muy bien qué hacer. Le pregunto a la Negra Maggi cómo están y algo me refiere sobre la salud de Salvador: algún chequeo pendiente, alguna dolencia. Les sugiero que nos acerquemos a una de las mesas del café y nos tomemos algo. Nos sentamos en una mesita enclenque, con tope de latón. Y allí comienza a hablar Salvador, con sus frases escritas, con sus palabras escogidas, como si las pescara en el aire. Los gestos de sus manos recuerdan las artes de un acordeonista que toca sin instrumento. Pero quiero regresar a una sensación que no es fácil de evocar y que podría resumir de esta manera: cuando Salvador hablaba, su discurso era escrito, que no oral. Es decir, hablaba como si estuviera escribiendo en voz alta.
Pedimos tres cafés y yo insistí en pagar. Quería de verdad obsequiarles ese momento y agradecerles la compañía. Nos paramos porque ya el acto iba a comenzar. Me tuve que colocar en una pequeña tarima junto a Javier para que el público que estaba de pie nos pudiera ver. Y allí comienza un momento de extrañeza que no se me borra, que se me reproduce en recuerdos y sueños: cada vez que yo levantaba mi vista de las líneas que leía para conectarme con el público, veía el rostro de Salvador al fondo, casi en línea recta, mirada contra mirada, fijeza escultural. Yo tenía el recurso de la página para apartarme de esa fijeza, pero Salvador no y creo que no le importaba. Durante todo el acto me sostuvo la mirada casi como un reto. Y yo en el recuerdo he vuelto a ver su rostro como un punto de luz que se va alejando, sumiendo entre tinieblas. Dos días después del acto me llegaba la noticia de su deceso, y yo pensaba en el rostro que se alejaba, que se hundía hasta desaparecer.
II
Antes de mi viaje a París en 1979, escritor risueño que huía de la Escuela de Letras con una beca de estudios, no fui un buen lector de Salvador. Creo que Velia Bosch en el Instituto Escuela nos obligó a leer Los pequeños seres y a analizar Los habitantes. Pero fueron lecturas desinteresadas, hechas en medio del desánimo, que la obra de Salvador no merecía. La memoria me hace trampas y me convence de que esos años fueron también los del «escándalo» (lo pongo entre comillas) alrededor de «El inquieto anacobero», publicado por primera vez en el «Papel Literario» de El Nacional. He vuelto a analizar esa pieza, para el Canon del cuento venezolano que han preparado Luis Barrera Linares y Carlos Sandoval, y me he reencontrado con un relato más bien risueño, excelentemente construido, con un despliegue de oralidad que parece grabada, tal es su fidelidad con los hablantes. El escándalo, en verdad, hablaba de una sociedad pacata, por no decir de unas autoridades alarmistas, acosando a un gran escritor que lo único que había hecho era cumplir con su imaginario y su oficio. Por la seguidilla de noticias, se deduce que al pobre Salvador lo han debido fastidiar esas citaciones o esos otros oficios nada literarios donde se mencionaba su nombre no como autor y sí como indiciado de una causa fantasmal. Pero qué gran y penetrante retrato de la sociedad venezolana del momento, la de los 70, postulaba el conjunto de relatos de El inquieto anacobero: generales revoltosos, empresarios corruptos, políticos inmorales, mujeres que se ofrecían a cualquier postor, músicos nocturnos y una cierta bohemia decadentosa que vendía sus fueros por un puñado de bolívares. En síntesis, una sociedad borracha de dinero que, al verse en el espejo, para expiar las culpas, inventaba persecuciones y buscaba culpables para seguir en la inconsciencia.
III
A Salvador lo vine a leer de manera cabal, ordenada y entusiasta, tal como leí a tantos venezolanos –a Picón Salas, a Guillermo Sucre, al maestro Rosenblat, a María Fernanda Palacios, a Eugenio Montejo, a Alejandro Oliveros, a Sánchez Peláez, incluso a Simón Rodríguez– en París, cuando cursaba la carrera de Estudios Hispánicos en La Sorbona. Y lo vine a hacer, digamos, de atrás para delante. Así, en flamante edición Seix-Barral, impresa en Barcelona, me llegaba a París un ejemplar de El único lugar posible, de 1986, un libro que leí deslumbrado y que todavía me sigue deslumbrando. ¿Qué era este libro? ¿Era una novela? ¿Era un conjunto de relatos? A lo sumo, me atrevería a decir, eran unas narraciones: abiertas, envolventes, inteligentes, soberbiamente bien escritas. Era el Salvador de la madurez plena, con un dominio de autor consagrado, cansado quizás hasta de la novela como género, que necesitaba experimentar a sus anchas, que comulgaba con las corrientes en boga. Yo recorría esas líneas y sentía que me cacheteaban, que me decían: «Lee esto, mira esta proeza, fíjate en este giro», como quien dicta un taller de escritura y transmite sus secretos. Yo, que también leía cuasi embelesado en esos años a Severo Sarduy, sobre todo al Severo de De donde son los cantantes, me decía: «Éste es nuestro Severo local, esto es alta experimentación, esto es vanguardia plena»; y lo era, con creces, sin que yo hallara algo equivalente en nuestro traspatio local. Salvador se me presentaba como nuestro gran narrador, como nuestro gran representante en las lides iberoamericanas que sobrevivían al boom. Era nuestro estandarte, la carta mayor de nuestro secreto juego de póker, nuestro embajador plenipotenciario.
IV
De regreso a Caracas, en 1985, y después de siete años de ausencia, sin reconocer del todo la nueva escena cultural y con un sentimiento de extravío en mi propio suelo que me duró más de lo que yo hubiera querido, comencé a trabajar en el Fondo Editorial de Fundarte y a colaborar con algunas publicaciones locales, entre ellas la revista Imagen, que me encargaba sobre todo entrevistas a escritores. Llegó el día en que, para fortuna mía, me encargaron la de Salvador, quien para entonces estaba de vuelta de su larga estancia en España como consejero cultural. Yo me frotaba las manos diciéndome que era la oportunidad para conocerlo, estrecharle la mano, quizás abrazarlo, decirle abiertamente que lo admiraba, y preparar el cuestionario más enjundioso, más acabado, de pichón de escritor que todavía estaba en sus veinte. La cita, recuerdo, fue en una casa de Santa Eduvigis. Toqué la puerta y me abrió sonriente la Negra Maggi. Me condujo por un pasillo hasta una especie de terraza llena del verdor de plantas y helechos colgantes. Y allí, sentado en una poltrona de cuero, me esperaba Salvador. Pasamos toda una tarde conversando, o más bien escuchándolo, y al final, después de repasar las veinte preguntas de mi farragoso cuestionario, tuve un atrevimiento de scholar afrancesado. Le pregunté, de manera algo presuntuosa: «¿Qué le falta a la narrativa venezolana?». Y su respuesta, la respuesta de aquella tarde de helechos, todavía me deslumbra. Salvador me dijo, sin ningún asomo de duda: «A la narrativa venezolana le falta subjetividad, a la narrativa venezolana le faltan personajes que encarnen esa subjetividad». Esa frase se me volvió como un talismán: la llevaba a todas partes, la sopesaba, la acariciaba. Se volvió, por ejemplo, guía de mi trabajo crítico, pero también pretexto de mi trabajo de creación. El efecto más inmediato, y ésta debe ser la primera vez que lo reconozco en público, fue sobre un prospecto de novela que llevaba entre manos y que años después terminó llamándose Ajena. En un momento de tranca severa, cuando pensaba que el manuscrito en ciernes iría a parar a la basura, se me ocurrió inyectarle una dosis intravenosa de subjetividad y crear la figura de una adolescente enamoradiza que se deshace en el afán de escribirle cartas sucesivas a su amante que se ha ido. Más subjetividad que esa –el diálogo muy íntimo entre seres que se amaban–, imposible. Salvador nunca lo supo, pero sus palabras se convirtieron en la tabla de salvación de una novela cuyo máximo mérito quizás estuvo en ser finalista del Premio Rómulo Gallegos en 2003.
V
Entre 1988 y 1992, gracias a la clarividencia de Joaquín Marta Sosa, para entonces presidente de Venezolana de Televisión, se pudo producir un programa llamado Entrelíneas que tuve el privilegio de conducir. Fue uno de los pocos espacios de la televisión venezolana dedicado a libros y escritores. Se produjeron en total poco más de doscientos programas y, si no me equivoco, esas viejas cintas producidas en formato U-matic reposan en los archivos de la Universidad Nacional Abierta. Pues hace pocas semanas, para sorpresa de propios y extraños, alguien se hizo de uno de esos archivos y lo colgó en la red. Resultó ser un programa de Salvador, en ocasión de la publicación de su libro Cuentos cómicos. He vuelto a ver esas imágenes, veinticinco años después, y he redescubierto a Salvador con todavía más hondura y clarividencia de la que percibía aquella primera vez. Su discurso pausado, sus ideas pescadas al voleo y luego encauzadas con un propósito fijo, sus opiniones sobre el oficio, sus devaneos para dar cuenta de una poética son elementos que vale la pena repasar. He allí al escritor absolutamente maduro, que viene de vuelta de todo, que escoge bien sus palabras, que se sabe siempre en aproximación a algo. Y llega un momento en el cual ni siquiera tiene sentido preguntarle algo o conversar. Y llega un momento en el que lo único que procede es escuchar como se escucha a los grandes maestros, celebrar ese momento de intimidad, agradecer las lecciones que se suceden y aspirar a que puedan volverse propias.
VI
En 1986, para mi fortuna, me tocó ser editor de Salvador. Una tarde me llevó el manuscrito de Hace mal tiempo afuera y yo lo leí en una sola sentada. Era, por supuesto, un libro maravilloso. Había cuentos de diferente extensión, había una total libertad estilística, había intereses diversos. Jocosidad y ocurrencia, inteligencia y penetración, poesía y meditación. Un libro caleidoscópico, que también se desentendía de los marcos genéricos. Narrativa en estado puro, narrativa que husmea y genera sentido, narrativa que repasa y se observa a sí misma. Salía de mi embelesamiento de lector y me transformaba en un editor entusiasta. ¿Un libro de Salvador en mis manos? ¿Una novedad de este calibre para el fondo? El trabajo de producción se habrá tomado varios meses, pero a la vuelta de algunas hojas del calendario, ya escogíamos la fecha de presentación o lanzamiento. Debo compartir, sin embargo, la fase más provechosa de esta empresa, que fue la de tener sucesivas e inesperadas visitas de Salvador durante todo el proceso. ¿Venía el maestro a revisar un boceto de portada? ¿Venía a corregir pruebas? ¿Venía a reclamar retrasos? Si estos pudieron ser los argumentos de los inicios, al cabo de pocas semanas descubríamos que el maestro venía a conversar, a diseccionar el mundo, a dilatar los sentidos sin dejar de aguzar la vista. Tardes de café con Salvador para evitar la somnolencia, tardes de café con Salvador para reordenar el mundo.
VII
Es difícil admitirlo, pero estos son tiempos en los que nuestros autores no están en las librerías. Buscamos Cantaclaro, de Gallegos, y no la conseguimos; buscamos alguna novela de Pocaterra y nos contestan «¿Pocaqué?»; buscamos una edición de Cubagua y la confunden con un manual turístico. Tampoco Salvador escapa a esta mengua: ¿quién consigue un ejemplar de Día de ceniza? ¿Quién se jacta de tener una reliquia bibliográfica llamada Anotaciones en un cuaderno negro? Se nos ha vuelto una normalidad retener los nombres de algunos autores, pero ninguno de sus libros. Si éste es el statu quo, ¿para qué alterarlo? Ésta es una pregunta que deberíamos hacerle a Fundavag porque de golpe no es que rellene un vacío, sino que ha rebasado de continente nuestros pobres contenidos. La edición que nos presenta de los cuentos completos de Salvador es una afrenta, un despropósito, porque nos obliga a pensar, a salir de nuestras limitadas casillas, a cuestionarnos, a revalorizar un autor, a reconsiderarlo, a verlo de otra manera. Dejaré de lado lo más obvio, aunque no menos importante: la hermosa y cuidada edición empastada, las mil quinientas páginas de textos, las fotos variables de Nelson Garrido con Salvador riéndose desde todos los rincones, el diseño de Waleska Belisario, los celos y cuidados de la Negra Maggi por establecer una impecable edición de textos, la compañía de Alberto Márquez con una introducción llena de claves y revelaciones, el desvelo de Federico Prieto por la criatura que ahora lo ha convertido en un ser insomne. Hasta allí, todo bien, todo convenido. Pero vayamos ahora a las otras consideraciones, que tienen más que ver con los campos de percepción. Y, desde allí, la primera pregunta: ¿habíamos tomado conciencia de la importancia o peso que tiene Salvador como cuentista? Porque esta edición nos está diciendo que, sin duda, el cuento fue el género al cual le guardó mayor fidelidad, incluso mucho más que a la novela, que de alguna manera el último Salvador abandona en pos de una mayor porosidad genérica o experimentación textual. Salvador escribió cuentos al comienzo, en medio y al final de su carrera sin distingos de temas, obsesiones, constantes, enfoques o visiones. Es un maestro indiscutible del género, es un renovador, es un inquisidor. Es también, aunque la expresión no sea exacta, un estilista, un velador de la forma, un monstruo de la variación. En este sentido, hay una reflexión en el prólogo de Alberto Márquez que también quisiera hacer mía y que podría describirse de esta manera: cuando Salvador narra, se abre un vértice expresivo que nos lleva, simultáneamente, a dos destinos: uno, obviamente, es el de la historia, pero otro es el de ver cómo se narra esa historia. Hay una conciencia interior que se deleita fundiendo calidad formal no como barniz sino como tejido sanguíneo. El alma de un relato es, a la vez, cuerpo y alma de ese relato. Y Salvador convierte esa concepción en su poética. No habíamos visto venir el caudal de la obra cuentística de Salvador, enumerábamos sus títulos y siempre agregábamos unos cinco o seis títulos de narrativa «complementaria», pero ahora el problema es que lo que considerábamos una marginalia y se nos convierte de pronto en el mero centro de la apuesta narrativa de Salvador, desde el cual también debemos reconsiderar o reevaluar lo que ahora es complemento. ¿No debemos invertir los patrones y preguntarnos si las novelas de Salvador son más bien excrecencias de su cuentística, desarrollos de cuentos inacabados o, mejor, ejercicios de rienda suelta a relatos que no pudieron contenerse en sus fronteras iniciales? En el cuento siempre encontró resolución inmediata para sus obsesiones narrativas, que no en la novela, porque, a partir de El único lugar posible, Salvador rompe con la novela, dinamita ese género proteico, lo hace explotar en mil pedazos, y se deleita con esa fragmentación a partir de la cual comienza a crear todo tipo de derivaciones, todo tipo de afrentas expresivas. En cambio, con el cuento, y esto es con todo la esencia de contención que es consustancial al cuento, mecanismo de relojería en el cual siempre estamos esperando que la alarma suene, Salvador no llegó a sentir limitaciones. Sencillamente aceptaba las reglas de juego y emprendía el viaje con su escritura prodigiosa, con su escritura envolvente. Nunca fue para él una cárcel expresiva, sino una caja de resonancia. Nunca fue para él un coro cerrado, sino un horizonte infinito.
VIII
Tiendo a creer, y esto es una temeridad decirlo, que entre nosotros los escritores venezolanos nos leemos mal, o en todo caso no suficientemente. Como tenemos, por ejemplo, a Victoria de Stefano del otro lado de la línea telefónica, o a Elisa Lerner viviendo a tres cuadras, o a Rafael Cadenas a la mano si nos vamos a comprar hortalizas a La Boyera; como escuchamos sus voces, sus risas, sus opiniones; como los vemos en ferias reunidos para hablar de Salvador Garmendia; como ahora tenemos el pretexto perfecto de decir que sus libros no se consiguen, entonces nos despreocupamos si no hemos leído sus últimas ediciones o si se nos escapa algún título de los inicios o si no leímos quizás la mejor entrevista que alguien le habrá hecho a alguno de ellos y habrá publicado en alguna revista extraviada. Pero basta que alguno de estos maestros tiemble y se nos vaya para lamentarnos como infantes y salir corriendo a buscar lo que antes decíamos no haber encontrado. Pues bien, y es hora decirlo, no leímos bien a Salvador mientras estuvo con nosotros, y menos al Salvador de los últimos años, que es el más experimental, el más novedoso, el más osado, el que más apostó a la expansión cualitativa de nuestra narrativa. Así que lo único que lamento de esta monumental edición de sus cuentos, porque en principio nada habría que lamentar, es que hayamos tenido que esperar hasta su muerte para editarlo y valorarlo como merece. Un monstruo de las letras venezolanas, un coloso que hablaba con una lengua celestial. Octavio Paz recordaba en Los hijos del limo que, en cuanto a aportes narrativos universales, la primera mitad del siglo xx pertenecía por derecho propio a los novelistas rusos y la segunda mitad a los narradores hispanoamericanos. Siguiendo esa misma línea de pensamiento, y quizás incidiendo en otra temeridad, diría que, si Gallegos es nuestro narrador por antonomasia en la primera mitad de centuria, entonces la segunda mitad le pertenece, también por derecho propio, a don Salvador Garmendia. No encuentro un narrador más completo, más abarcante, más versátil y más renovador que este barquisimetano de Altagracia. Y si estamos de acuerdo con esta tesis, que algunos podrán considerar disparatada, entonces tendremos que preguntarnos si su principal aporte no estuvo en la cuentística, lo que a su vez nos llevaría a la conclusión de que el cuento podría ser la figura genérica dominante de nuestras últimas décadas.
IX
Revisando viejos archivos en estas últimas semanas, como si un sobre la hubiera escupido de sus entrañas, ha caído en mis manos una vieja foto de una cena en casa con amigos escritores. La imagen me hizo recordar que en los años 90 la Negra Maggi y Salvador vivían en Sebucán y Nela y yo en Santa Eduvigis. La cercanía propiciaba esas cenas, que fueron varias, y a mí me maravillaba invitar a Salvador por el solo hecho de escucharlo. Eso sí, tenían que ser cenas tempraneras porque eran épocas en las que Salvador se levantaba a escribir a las cuatro de la mañana y también se ejercitaba trotando en el Parque del Este o por la principal de Sebucán. Más de una vez, yendo en carro hacia el trabajo, me lo encontraba en ropa de jogging, con su barba legendaria de gnomo recrecido. Ese contraste entre modernidad y tradición era enteramente suyo. Pero volviendo a las cenas, la estrategia de hacerlas tempraneras respondía a que en muchas ocasiones, a la altura del postre, Salvador se nos dormía y quedaba bamboleándose en la silla con el riesgo de que su cara terminara en el plato. Así que los comensales vecinos, con elegancia quieta, aplicaban palancas invisibles para sostener al coloso en su silla, de manera tal de ilusionarnos e imaginar que Salvador seguía con nosotros o que escuchaba alguno de nuestros seguramente aburridos cuentos, cuando en realidad perseguía a alguna ninfa o sospechaba de algún demonio entre las nebulosas de su sueño tempranero. La foto rescatada traía a un grupo variopinto, síntoma de la época, en el que pude distinguir a Maritza Jiménez, Cristina Policastro, Stefania Mosca, Verónica Jaffé, Rafael Castillo Zapata, La Negra Maggi con Salvador y los anfitriones. Todos estamos posando frente a la cámara, seguramente ya bebidos y comidos, todos sonrientes, y para variar Salvador se reserva como el último de los espacios, el más profundo, para desde allí reír y abrazar a dos de las muchachas, una en cada brazo, y celebrar como un bufón de la corte.
X
Mientras sigo leyendo la presentación de Javier Lasarte lo sigo viendo al fondo de la sala, tal como también estaba al fondo de la foto, su rostro reduciéndose entre sombras, su cara encogiéndose hasta sólo ser boceto, pero siempre sosteniéndome la mirada, con un gesto de animosidad, o de desafío, él seguro de lo que hace, o convencido de hacia dónde va. «No te preocupes, Antonio», creo que me dice, o es el consuelo que me doy para que el rostro no se borre del todo, para quedarme con un pedazo de boca u oreja, la boca por la que pasaron tantas palabras, la oreja que recogió tanta frase extraviada. «¿Adónde vas, Salvador?», ahora le pregunto, y por respuesta sólo obtengo otra sonrisa, o quizás una última burla, o regodeo de palabas, o sentencia absurda para afirmarse del todo, para decirme que sigue siendo el que fue, para confesarme que los abandonados somos nosotros, ahora que lo perdemos para siempre mientras se va hacia la inconsciencia, de la que también venimos. «Una última frase, Salvador, un último gesto, por favor», y él sigue sonriendo, apenas ojos entre las sombras, apenas un esbozo de labio que se mueve. Y me parece escucharlo cuando me dice a modo de conclusión o de balance: «La belleza de los sapos sólo la entienden los sapos». Se ha ido Salvador pero ahora regresa. Busquemos al sapo que ahora salta entre nosotros.
(*) A propósito de la edición de Cuentos completos (i, ii y iii) de Salvador Garmendia por Fundavag Ediciones, Caracas, 2016.