Hoy tenemos el gusto de hacerles llegar esta nueva (nueva para ustedes) entrevista hecha por Eloi Yagüe al desaparecido poeta venezolano Eugenio Montejo(Caracas, 19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008)que fue publicada en la desaparecida publicación mensual Clave. Una publicación patrocinada por el, también desaparecido gracias al Chavismo, Consejo Nacional de Cultura - CONAC de distribución gratuita y que venía encartada en el diario El Nacional. El texto fue tomado del número 22, Año II publicado el 5 de diciembre de 1982 en la página 6.
El material es inédito en la red y forma parte de la labor que venimos realizando de manera silenciosa desde hace algún tiempo de difundir material cultural venezolano, una labor que debería ser realizada por los entes culturales estatales y privados porque ellos poseen los medios financieros y materiales para cumplir con tal labor. En Venezuela el registro histórico en cualquier aspecto siempre es dejado de lado tanto por las individualidades del mundillo cultural, generalmente más abocados a la promoción personal, como por las instituciones culturales en Venezuela. Y mientras tanto nosotros venimos dando nuestro grano de arena cada vez que es posible para favorecer la difusión y preservación cultural nacional, sin alharaca pero de forma contundente. Con verdadero espíritu crítico y tratando de alejarnos de las reuniones típicas de dantas literarias que suelen abocarse a los encuentros y a la periódica labor de rubricarse loas recíprocas para sobarse los lomos.
Este es el segundo fragmento publicado digitalmente en la red. Le agradecemos al escritor y divulgador Richard Montenegro que nos facilitara el material perteneciente a su hemeroteca familiar.
La única imagen que acompañaba al texto es la que abre la entrada, una fotografía de Eugenio Montejo. Desconocemos el nombre del fotógrafo porque en la publicación no acreditan al fotógrafo. El resto de las imágenes fueron tomadas de diversas fuentes y el montaje es nuestro procurando una visión agradable que permita la fácil lectura de la entrada y dando el respectivo contexto y respaldo para que el lector eventual pueda ubicarse en el tema, tiempo y espacio necesario para digerir provechosamente la entrada.
Esperamos que disfruten realmente de este hallazgo.
Atentamente
La Gerencia
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Hace unos meses, Eugenio Montejo se hallaba sentado en un café, cuando vio, al otro lado de la calle, un letrero con la palabra ESTACIONAMIENTO. Lo asaltó entonces la misma sensación de hace veinte años cuando pensó, al observar un letrero similar frente a la casa donde vivía en Valencia, que ESTACIONAMIENTO es una palabra demasiado larga, incómoda y pesada para designar un local de primera necesidad en la época del automovil y en un país con tantos automoviles como en el que vivimos.
El cuaderno de Blas Coll. Edición de Fundarte.
Reflexiones como ésta, que tienen su origen seguramente desde cuando Eugenio Montejo inició su trato con el lenguaje, lo llevaron a la escritura de un pequeño volumen - El cuaderno de Blas Coll (Fundarte, 1981) - que constituye uno de los libros más curiosos e interesantes que se hayan escrito últimamente en el país. Por eso, cuando fue anunciado el veredicto del Premio Conac de narrativa, quienes lo habían leído no pudieron menos que opinar que el Premio estaba bien otorgado.
Eugenio Montejo, recibiendo el Premio Conac de Narrativa de manos del presidente de la República de Venezuela Luis Herrera Campins. Imagen tomada deaquí.
Sin embargo, el autor reprime una sonrisa cada vez que alguien trata de clasificar su libro. Porque El cuaderno de Blas Coll es verdaderamente inclasificable. Narrativa por la manera en que está estructurado el discurso; ensayo por el basamento conceptual y crítico de su contenido; poesía por el manejo del lenguaje que llega a cristalizar en acertadas imágenes dirigidas a las zonas más puras de la emoción, este libro escapa a la atadura de los géneros a la lucidez que lo recorre de principio a fin: una lucidez que llega en ocasiones a su expresión más alta - el humor - y que corresponde a la de un artesano - el poeta con larga experiencia en el delicado trabajo y aquilatado conocimiento de la materia prima que manipula - el lenguaje - : dos condiciones que le han permitido la realización de sus mejores textos. Y para quienes aún creen en clasificaciones, Eugenio Montejo tiene la respuesta: "eso habría que preguntarselo a Blas Coll y el está muerto".
O tal vez no. En realidad nunca se supo mucho de él. Aunque Montejo apunta que posiblemente murió en Puerto Malo, la pequeña isal pesquera donde alguna vez llegó no se sabe donde. Pero hay que aclarar que Blas Coll no es un seúdonimo y que su reflexión sobre el lenguaje, que constituye el Cuaderno, no corresponde enteramente a Montejo. Así lo explica él:
- Hay un juego de heterónimos, lo que yo llamo una voz oblicua en la escritura. No soy yo el que habla allí. es otra persona. es una máscara con quien puedo a veces sentirme cercano, pero a veces no. No puedo atribuírme el delirio de Blas Coll. Lo que me hace tomar distancia es precisamente el humor, porque si no , asumiría muchas de las verdades o medio verdades que él dice.
Pero no sólo el humor es un elemento de distanciamiento, sino también un mecanismo de defensa puesto que, señala Montejo no exento de razón, "lo que Blas Coll dice ataca directamente la crítica del sistema estructural y léxico del español y si lo dijera con seriedad, los lingüistas le echarían enseguida un balde de agua fría, o lo mandarían al canasto". Pero, en realidad, la cosa no es tan grave. A Eugenio Montejo, como a cualquier otro humano hispano-parlante, le asiste el derecho ( y ¿por que no? la obligación) de criticar a su idioma, que es un patrimonio de toda la tribu. Yél, como poeta, tiene sus muy buenas razones:
- Cuando tu encaras la creación de alguna obra en castellano te ves en dificultades debido a la pesadez de las estructuras, a la extensión de las palabras que generalmente son demasiado largas. eso no lo digo yo ni lo dice Blas Coll, eso lo ha dicho antes que yo Borges en el año 20 y antes que Borges mucha otra gente, de manera que eso no es una cosa nueva. A partir de allí viene esta especie de reclamo sobre la precisión de la lengua. El castellano ( como "lengua de penitencia" según diría Blas Coll) nos condenabpor ejemplo a decir "de las", "en las", "en el", que son estructuras que en otras lenguas se dan más facilmente: en portugués "das", en italiano "nel", que son abreviaturas elementales y que en castellano no sabemos porque no existen.
Eugenio Montejo, como artesano de la palabra, admite que a veces construir un poema en castellano es como hacer un zapato muy fino de mujer con tachuelas demasiado gruesas y bastas. Pero no piense que en el reverso de su actitud crítica existe algún tipo de desprecio. Al contrario, hay un acendrado sentimiento de pertenencia de un escritor que no ha sido ni será un transfuga del idioma.
- Tengo una formación de la poesía en mi lengua. Yo sostengo que si uno quiere escribir y ha escogido esta lengua para tratar de hacer una obra poética, tu no puedes ir a buscar las fuentes nutricias fuera del castellano. Es imposible, tú puedes buscar el "que" y el "cuando" en otra lengua pero el "cómo", la manera como se hace, solamente la puedes aprender en la tuya y es necesario que tú recorras este hilo de toda la lengua desde que nace hasta el presente y que dentro de ella te sitúes y hagas tu aportes.
Eugenio Montejo. Foto coloreada. Fotografía de Vasco Szinetar.
Eugenio Montejo -serio y pedagógico en su conversación- es uno de nuestros poetas más disciplinados y siempre que tiene oportunidad arremete contra la improvisación y a favor de la formación del poeta, comenzando por los clásicos del idioma y llegando hasta lecturas como las de Jung, un autor que considera imprescindible para la formación de un poeta contemporáneo.
Montejo ha publicado hasta los momentos cinco libros de poesía: Elegos (1967), Muerte y Memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978) y Trópico absoluto (1982), y uno de ensayo: La ventana oblicua. El próximo año aparecerá, por Monte Ávila Editores, el segundo volumen de El cuaderno de Blas Coll, con nuevas reflexiones de este delirante personaje sobre el actual infierno del castellano y la necesidad de una lengua compuesta totalmente de bisílabos y en que los adjetivos sean apenas un recuerdo muy lejano.
La importancia literaria de Reynaldo Pérez Só no radica tanto en haber creado un estilo original —aunque lo hizo— como en haber creado a sus discípulos: a los reynaldianos, a su tribu, a sus lectores. Esta afirmación es central para comprender un ecosistema poético específico: el que separa el universalismo diverso de las décadas de 1970 y 1980 de la uniformidad estilística que comienza a imponerse en el nuevo milenio en Venezuela, donde emerge con claridad lo que podría llamarse el modelo reynaldiano.
J. M. Villarroel París, Eugenio Montejo, Reynaldo Pérez Só, Alejandro Oliveros y Teófilo Tortolero.
No se trata aquí de una imputación moral ni estética al poeta, sino de una constatación: su poética se convirtió en un modelo reproductivo, especialmente eficaz dentro de un sistema pedagógico —talleres, universidad, revistas— que tendió a fijar ese modelo como forma dominante.
Para morirnos de otro sueño
Reynaldo Pérez Só
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El estilo reynaldiano posee un sello reconocible: el desplazamiento del paisaje interior al exterior; una técnica de contención y parquedad; la indecisión del lenguaje; una dificultad deliberada de transmisión; un arco visual más sonoro que referencial; una poesía abstracta, táctil, rugosa, donde el sonido y la textura del lenguaje prevalecen sobre el significado explícito. Muchas de las nuevas voces han encontrado en este modelo un modo cómodo y legitimado de decir lo propio, convirtiéndose —sin plena conciencia— en extensiones de ese decir precario, visual y hermético que tiene en Reynaldo su origen.
Reynaldo Pérez So en París. 1968. Fotografía de Orlando Aponte.
Aquí el problema no es la existencia del estilo, sino su hegemonía.
II. Talleres, planarias y la reproducción del estilo
Recuerdo un libro de Psicología de bachillerato, de Ignacio Burk, cuyo capítulo más sugerente se titulaba “Cómase a su profesor” (página 464). Allí se hablaba de la planaria: un organismo del género de los triclánidos similar a un pez plano con dos ojos simétricos enfocados hacia arriba capaz de reproducirse desde cualquier fragmento de sí mismo y, lo más extraordinario, de copiar las conductas de aquellos que devora. Si una planaria se alimenta de otra, absorbe no solo su cuerpo sino también sus aprendizajes, que quedan fijados en su comportamiento.
Gran parte de lo que he leído en la poesía venezolana reciente me recuerda a esa planaria: como si la suma de múltiples estilos hubiese derivado en uno solo, uno que terminó por devorar a los demás.
Mi percepción es que la acción de los talleres literarios —y su reverencia casi ritual a la vida cultural de los años setenta, a sus revistas, a su mitología— con Reynaldo Pérez Só en el centro, ha gestado involuntariamente esta uniformidad. Se instaló la idea de que ese momento fue irrepetible y modélico, y se intentó perpetuar no su diversidad sino una forma de decir, la de Reynaldo.
El mito de que Venezuela sigue siendo un país de gran poesía es parcialmente falso. Existen voces valiosas y poetas relevantes, sin duda, pero ningún período reciente ha logrado reproducir la densidad, variedad y coexistencia de estéticas que caracterizaron a las décadas del setenta y el ochenta. La diversidad dio paso a la repetición unívoca. De lo múltiple a una voz predominante.
Grupo Guaire.
Witold Gombrowicz hablaba de una mala conciencia del escritor moderno: “es como si nuestros escritores durante su desarrollo hubiesen ocultado algo y como consecuencia de esta ocultación no fuesen capaces de ser absolutamente sinceros” (pág. 29 , “Diario”, Editorial Cuenco de Plata). Lo que aquí se oculta, a mi juicio, es de ocultar a los otros, de una incapacidad de leer con exigencia, de confrontar lo distinto, sumada al efecto planaria: un sistema menos demandante que aquel universo abundante y conflictivo que hoy ha desaparecido.
La poesía venezolana fue durante largo tiempo una poesía del paisaje: Bello, Pérez Bonalde, Ramos Sucre, Gerbasi. Los poemas a El Niágara, la zona tórrida, la selva, el canto continuo del mundo exterior. Hoy ese paisaje ha sido sustituido casi por completo por la angustia interior. El objeto se ha convertido en el yo. El paisaje ha pasado a ser el individuo. Salvo en la música popular folclórica, que por su inmediatez y su amor a la tierra dan en el canto llanero loas continuas al mundo natural y al paisaje. Quizá el regreso futuro de millones de venezolanos permita una reconfiguración de esa memoria paisajística ausente. Por ahora, dominada por la interioridad.
Reynaldo Pérez Só (Venezuela)
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El poema “Escoger frijoles” de João Cabral de Melo Neto ofrece una enseñanza decisiva. Escribir implica limpiar, elegir, retirar lo ligero. “Escoger frijoles limita con escribir/se echan los granos en el agua del barreño/ y las palabras en la hoja de papel/y después se tira lo que sobrenada /En efecto toda palabra sobrenada en el papel/y después se tira fuera lo ligero /pues para escoger ese frijol, soplar sobre él y tirar fuera lo leve y hueco, paja y eco.” Pero el poema da un vuelco: Pero ese escoger frijoles entraña un riesgo: /el de que entre los granos pesados, entre/un grano cualquiera, piedra o indigesto, /un grano inmasticable, que rompa un diente. /Seguro que no en el escoger palabras: La piedra da a la frase su grano más vivo:/obstruye la lectura fluctuante, fluvial/azuza la atención, la pesca con el riesgo.” la piedra indigesta, el grano que rompe el diente, es necesario. La piedra da a la frase su grano más vivo; interrumpe la fluidez y obliga a la atención. Eliminarla sería empobrecer el poema.
En poesía, a veces el poeta mismo es esa piedra: lo distinto, lo incómodo, lo verdadero. El taller, cuando funciona como máquina reproductiva, tiende a eliminar la piedra en nombre de la corrección, del estilo compartido, del consenso. Allí comienza el problema.
Reynaldo Pérez Só. Fotografía de José Antonio Rosales
Pero junto a ese logro se consolidó un modelo estilístico dominante.
¿Qué es el estilo? “No lo que se dice”, sino “cómo se dice”. Es el ropaje, la respiración, el pulso. Como señala Johannes Pfeiffer, en el estilo el “qué” queda absorbido por el “cómo”. ( pag 42, Johannes Pfeiffer, “La poesía”, FCE, sobre el estilo ) Cuando reconocemos el mismo corte de verso, el mismo sonido, el mismo silencio, sabemos que estamos ante un club, una insignia, una fórmula.
Adhely Rivero, Carlos Osorio y Reynaldo Perez Só frente al departamento de Literatura, el "bunker". Fotografía de José Antonio Rosales(coloreada).
Imagen tomada de la revista Laberinto de Papel.
Entre Reynaldo y sus epígonos existen diferencias claras. Quienes han trabajado consistentemente el paisaje son Luis Alberto CrespoyAdhely Rivero, ambos expresan el mundo interior con lo exterior, y logran integrar el modelo a un paisaje personal —desierto y llano— con mayor solvencia y consistencia, especialmente el Adhely de sus primeros libros. Este último ha logrado entrelazar consistentemente a través de su obra desarraigo y epifanía que va del extrañamiento del paisaje a la absorción y soledad del mundo urbano, en otras palabras hacia la resignación. Carlos Osorio representa quizá al discípulo más logrado de Reynaldo: en ambos el intimismo se transforma progresivamente en una misión ética, en ambos el intimismo está asociado a una voluntad, al rictus, a un deber ser, y en el caso de Osorio progresivamente a través de sus cuatro primeros libros, el niño cede paso ante el padre, la ingenuidad y pureza inicial va cediendo hacia la adustez y la tiranía, adquiriendo su poesía el peso de una misión: hacer hablar al padre (que es ominoso, oscuro, aconseja y juzga) para obtener a través de una suerte de trasposición, padre convertido en hijo, su total redención.
Adhely Rivero. Fotografía de Vasco Szinetar.
Reynaldo concebía la poesía como súbdita del ojo: la función espacial del poema, su silencio, estaban pensados para la lectura visual, no para la declamación. Sin embargo, muchos de sus continuadores practican una poesía teatralizada, ceremonial, casi litúrgica. Allí surge una disonancia profunda.
Reynaldo es fuerza centrípeta: sosiego, timidez, parquedad. Sus epígonos, aun conservando la forma, avanzan en una deriva centrífuga: del recogimiento al grito, del silencio al aplauso, de la contención a la externalidad.
Tras su salida del departamento de literatura, la maquinaria continuó en piloto automático. Generaciones posteriores —Adhely Rivero, Carlos Osorio, Arnaldo Jiménez, Cynthia de Santis, Norys Nicoliello, Azul Urdaneta, Pedro Aparicio Velázquez; luego Néstor Mendoza, Víctor Pinto y su círculo— reconocieron en la voz de Reynaldo su propio modelo. La era del viejo alea iacta est , queda así configurado un estilo. Lo que cambia es lo que queda por decir, el contenido.
Freddy Ñañez y el Homenaje a la revista Poesía en EXPOESÍA
Otros universos estéticos fueron Oliveros, Peláez, Barroeta, Tortolero, Calzadilla, Montejo, Castro, Palomares— no generaron epígonos duraderos. Quizá porque no convirtieron su estética en modelo pedagógico pese al caso de Calzadilla que trabajó impartiendo talleres en el CELARG. Alejandro Oliveros dejó un caso singular sin taller: Alí Pérez, discípulo a “motu proprio” confesional, cuya poética es un continuo diagnóstico de sí mismo, un retrato en placa de rayos equis de su vida, enfermedad y miedo en Villa de Cura. Otros casos aislados, como Harry Almela, dialogan más con Rojas Guardia y con Tráfico y Guaire. Poesía del sonido, de la evocación sonora, del discurso eufónico, del vuelo etéreo, de un estado parecido a la catarsis pero sin fe, parecido al arrobamiento pero sin amor, en una suerte de onanismo platónico.
Teófilo Tortolero. Fotografía de Héctor López Orihuela. Tomada de la Revista Auditorio Nº1. 1991
El destino de las poéticas sin esa piedra de la que habla Melo Neto, sin riesgo, sin hueso trágico, es el de la evaporación y el olvido, y a veces el problema está en la forma. Deslastrarse de una forma estilística dada, ayudaría a la originalidad, aunque según Harold Bloom la influencia es una condición inevitable, conflictiva y profundamente psicológica, no una transmisión pacífica de ideas (Ver “La angustia de las influencias”, 1973) la influencia no es una inspiración sino una carga, ir contra ella nos hace conscientes del peligro de la forma.
Este ensayo no busca impugnar una obra ni un legado, sino señalar un problema mayor: cuando una poética se convierte en modelo único, la literatura pierde su conflicto, su aspereza y su verdad. La piedra vuelve a ser necesaria.
Homenaje a Reynaldo Pérez Só (8vo Festival Mundial de Poesía 2011)
72 visualizaciones desde el 28 ago 2013 hasta la fecha de publicación de esta entrada.
*Nota: Conocí a Reynaldo en 1983 cuando comencé en la Universidad. Pensé en la palabra legado tal cual su significado: compartir y continuar valores, creencias y experiencias vitales. Tomé la fecha más cómoda de 1985-2025 para explicar su influencia en la literatura en el transcurso de cuarenta años.
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Reynaldo Pérez Só. Caracas, 1945 – Valencia, 2023. Poeta, ensayista, traductor, editor, profesor y médico. Se desempeñó como Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Fue co-fundador de la revista Poesía, la cual dirigió durante varios años. Entre sus libros de poesía destacan: Para morirnos de otro sueño (1971); Tanmatra (1972); Nuevos poemas (1975); 25 Poemas (1982); Matadero (1986); Reclamo (1992); Px (1996); Solonbra (1998) y Rosae rosarum (2011). Su vida y su trayectoria literaria fueron reconocidas por el Festival Mundial de Poesía de Venezuela y el Encuentro Internacional POESIA Universidad de Carabobo. Pérez Só es Premio Nacional de Literatura (2019 – 2020).
Sergio Quitral nació en 1964, en Chile, estuvo residenciado en Venezuela desde 1980 hasta el año 2015 cuando siguió el consejo de Los Prisionarios en Tren al sur. Profesor egresado de la Universidad de Carabobo en Ciencias Sociales. Ensayista en temas de arte y poesía, colaborador de "Tuna de Oro" y revista "Poesía" en la UC. Profesor de Arte del Centro Piloto Luis Eduardo Chávez, del Ateneo de Valencia. Libros publicados: "La promesa que nos hace la Noche", 1er. Premio Bienal "Roque Muñoz", editado por Secretaria de Cultura Gobierno de Carabobo, en la colección María Clemencia Camarán (2002). "La balsa de Medusa" Colección Primer Libro Poesía de la Universidad de Carabobo (2002). "Aquel Viento sin Nombre", edición personal Hermana Poesía (2004). "Sobre tigres, hombres y sueños" Premio Conac, Poesía Concurso Nacional de las Artes, edición "Cada día un libro" (2006) “El reino del pájaro silencioso”, Colección Breves Contemporáneos, editorial El Perro y la Rana, 2009.Caracas. El fuego protector",editorial El Perro y la Rana, 2013,Caracas.