martes, 6 de enero de 2026

«Noche de Reyes» de Andrés Eloy Blanco

 




Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes un cuento de Andrés Eloy Blanco (CumanáVenezuela6 de agosto de 1896 – Ciudad de México21 de mayo de 1955) quizás mejor conocido como el autor de "Las 12 uvas del Tiempo". 



Un poema que usualmente los venezolanos escuchaban el 31 de Diciembre. Era muy común que las radioemisoras lo colocaran poco antes de la medianoche y la versión más conocida era la que recitaba el actor Raul Amundaray



El cuento fue tomada de la “Antología de cuentos navideños venezolanos” de María Elena Maggi (1985)


Hoy agradecemos a todos ustedes por la atención prestada a nuestro espacio. Y les deseamos a todos ustedes una año nuevo acorde con sus deseos.

Gracias.

*******




—¿Es cierto que los niños de su tierra, en la noche de Reyes, ponen sus zapatos en la ventana?


—No, amiga Adriana, ya no. Esta costumbre pasó hace años. Ahora los niños ponen sus zapatos donde los ponen todas las noches; y allí les dejan lo que les dejen. En Caracas, quien trae co­sas, es el Niño Jesús. En Cumaná son los Reyes.


—Como en Madrid.


—Como en Madrid. Cuando yo era niño, todavía se ponían los za­patos en la ventana. Yo ponía mis zapatos en la ventana que da a la calle del Medio. Todavía está allí la ventana, en su misma casa; la casa en que nací. Está igual. Adriana, usted no sabe lo que es la luna de “allá abajo’’. Hay dos lunas, la de Cumaná y la otra. Di­cen que la de Cumaná da esa transparencia azul por fenómeno de refracción o de reflexión; no sé; dicen que el polvillo de sal que arrastra el viento o el reflejo de las salinas de Araya, produce esa tonalidad fantástica, buena para decoración de una escena feérica. Todo eso debe ser verdad. Yo sé que aquella luna es de bengala; es una luna como para poner los zapatos bajo ella la Noche de Re­yes. Antes de que los tres Magos lleguen, ella colma el zapato de una plata olorosa a cielo bueno. Y no crea usted que mis zapatos amanecían fríos y endurecidos por el relente. No señor. A la ma­ñana, yo saltaba del lecho y corría a la ventana. Allí estaban ellos, acurrucaditos, frescos, como dos patitos echados, rebosantes de golosinas, de juguetes, de adorables tonterías. Pero…


— ¿Pero?


—Pero, ¡qué lejos está eso, amiga mía! Eso era cuando los Reyes vendían el café a cuarenta y ocho pesos.

Entonces no había ventana que no tuviera por lo menos dos za­patos. Del Golfo avanzaban los Reyes. Coros de niños, muchachi­tos de sal cantarían al alimón.


Al alimón, al alimón, que se rompió la fuente, al alimón, al alimón, mándela a componer; al alimón, al alimón, yo no tengo dinero; al alimón, al alimón, yo le daré dinero…


Cuando pasaba el Rey indio, caigüireñitos desnudos trenzarían el sebucán o saludarían a Maremare:


 


Maremare, Maremare,


¿quién te trajo por aquí?


—Antonio Fariñas Gómez


de la plaza Guaiquerí.


 



Y cuando pasaba el Rey Negro, nochecitas desnudas de la Boca del Monte brincarían gritando:


 


Negrita cucurusera,


mete la pata y saca la cera…


 


—¡Ay Adriana! Esos que vienen ahora, son otros Reyes. Más viejos, claro y en crisis. ¡Con qué pena recuerdo la última noche en que puse mis zapatos en la ventana! Se lo voy a contar a usted. Eso nos acercará un poco a mi tierra y nos traerá a esta noche de otoño unas gotas de trópico, tónicas así como unas gotas de Angostura.


Las cosas que pasaban en esa época, las crisis, las guerras, los años buenos y malos, no se reflejan para mí, sino en la mayor o menor esplendidez de los Reyes, en la mayor o menor opulencia de los regalos en el día del cumpleaños, en la mayor o menor alegría de la Pascua del Niño. Por Pascua, se disfrazan en Cuma­ná, como en Carnaval. Cuando yo podía ir, bien repleto de golosi­nas y con un sable de banda tricolor, a gritarle a los marineros del Salado, que se disfrazaban de diablos:


—¡El Diablo! ¡La Cruz!, me sentía feliz. Y eso, sin yo saberlo, quería decir, Adriana, que el año había sido bueno.


 


Pues bien, ya había pasado un año en el cual los Magos apenas si me dejaron en los zapatos una triste pelota y una cajita de ciruelas pasas. Ese año fue de guerra, la guerra que llamaban Revo­lución Libertadora. Allí me mataron un tío alto, guapo y espléndi­do: mi tío Marcial Blanco, de la divisa blanca. También me mata­ron un burrito; peleaban el trece de noviembre, se asomó y lo ma­taron; él ¿qué iba a saber?


Al año siguiente esperé con verdadera desesperación la Noche de Reyes. Era un desquite goloso el que me prometía.


Pensaba con horror en las ciruelas pasas.


Llegó la noche memorable. Mis zapatitos estaban en la ventana desde el anochecer. Anduve hasta las diez con unas alpargatas viejas. A esa hora me acosté. Pero no podía dormir. ¡Qué iba a dormir! A cada instante me levantaba, corría a la ventana y allí es­taban los zapatitos, echaditos, pegaditos uno al otro, rellenos de luna.


A medianoche, cuando por décima vez fui a la ventana, vi acer­carse tres sombras por la calle. Venían paso a paso, envueltos en largos mantos, que la luna magnificaba. ¡Los Reyes! ¡Los Reyes! El corazón se me venía a la garganta, como si quisiera salirse para me­terse en los zapatos y darles las gracias a los Reyes. Pero me escon­dí para no molestarlos. Llegaron frente a mi ventana; cuchichea­ron; oí una risita amable. Se alejaron. Corrí a la ventana. Allí esta­ban los zapatitos vacíos, que daba lástima mirarlos. Empecé a llo­rar en silencio. ¡Nada! ¡No me traían nada! Eso era indecente. ¡Debería darles vergüenza! Bajo la noche azul, frente a la calle del Medio, mis zapatitos y yo estábamos con la boca abierta.


Pero, de pronto sentí un paso rápido. Hacia mí venía alguien. Saqué fuerza de la curiosidad y atisbé valientemente. Era un viejo tostado, como los indios del Golfo; una barba le caía, escasa y brillante; andaba penosamente; los ojos, algo oblicuos, pero gran­des y aceitosos, tenían mucha luna. ¡Era Gaspar! Me escondí para espiarle detrás de la cortina. Llegó a la ventana, de puntillas, cogió mis zapatitos y echó a correr.


Al día siguiente pasaron al Rey Gaspar por la calle del Medio, entre dos soldados y con las manos amarradas atrás. Se le encontra­ron seis pares de zapatos y seis hijos.


 

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