sábado, 24 de agosto de 2013

"Creo pensar en los Llanos y en Páez también".

Una conversación consigo mismo.

Una entrevista a JORGE LUIS BORGES en 1970






Estimados Amigos


Hoy es el cumpleaños de Jorge Luis Borges, por esta razón les obsequiamos esta entrevista realizada por Ben Ami Fihman para el diario venezolano El Nacional en 1970.

Esperamos la disfruten.


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JORGE LUIS BORGES | 11 DE ENERO DE 1970


Una conversación consigo mismo

  Por Ben Ami Fihman




Fue inverosímil verlo descender desde su propia cara agigantada en la pantalla hasta su cuerpo titubeante, su traje gris a rayas, su mano agarrada al bastón, y desplazarse, con la guía del traductor de sus obras al inglés, hasta la silla que le correspondía en el centro del escenario (…)


El lugar es alarmantemente pequeño y el número de personas complica la capacidad del espacio, Jerónimo Bosch se hace presente, lo siento en la gelatina de cuerpos: rezo al mago Salím. Pierdo nuevamente las esperanzas. Ha transcurrido una hora y media, y cada vez estoy más lejos de Borges y con menos deseos de molestarlo. Lo filman, lo fotografían, le piden autógrafos. Él concede. Entonces, Luisa Valenzuela que sabe para qué estoy aquí y ha hablado también con la esposa de Borges, me llama desde donde él se encuentra. Me presenta y le explica, y Borges acepta con facilidad aunque sugiere que nos retiremos a un lugar más tranquilo. Alguien menciona el sótano de La Librería y él se hace conducir. Las escaleras empinadas y estrechas; Borges baja ayudado y con dificultad: recuerdo que sus antepasados se ha quedado ciegos también. Cuando nos encontramos abajo le digo:

 —Tuvimos que descender al sótano como Carlos Argentino.
 
—Es cierto.  

—¿Se puede introducir, de inmediato, en la atmósfera de una entrevista; después de todo esto?
 
—Sí, como no. Ahora si usted nota que yo vacilo, usted ayúdeme con preguntas porque estoy muy cansado, y además como suelo ser muy tímido en cuanto empiece a balbucear o a quedarme callado usted me hace preguntas. Pero no me pregunte sobre escritores jóvenes argentinos o latinoamericanos. Yo perdí la vista en el 55 y no he leído a mis contemporáneos. 




—Ya que se trata de una entrevista para Venezuela, quisiera saber qué le viene a la memoria al escuchar ese nombre.
 
—Bueno, creo que hay un nombre inevitable que es el nombre de Bolívar ¿no? Y luego, bueno, un bisabuelo mío mandó una carga de caballería en la batalla de Junín, y luego se batió en la última batalla, la de Ayacucho, con su amigo Olavarria. Y luego –yo no sé si mi geografía es muy precisa, ¿no?– pero creo pensar en los Llanos y en Páez también.  



—Volvamos a los escritos de Borges. He escogido tres pequeños enigmas de su obra para escuchar su comentario. El primero está en una de las partes de El Heraldo que concluye así: “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo? (…) una barra de azufre en el cajón de un escritorio de caoba?” (Me refiero a esta última frase.)
 
—Bueno, porque precisamente en casa de mis padres había un escritorio de caoba y había una barra de azufre, y como sé que eso morirá conmigo porque, ¿por qué va a recordar la gente eso?, he querido salvar esa memoria deleznable y mínima del olvido poniéndola en un libro; y además todo eso es un pretexto para la nostalgia de esa niñez que he perdido. Creo que luego hablo de un caballo colorado, en una esquina del suburbio, en el arrabal de Palermo. Sí, exactamente. Y luego hablo de la voz de un amigo muy querido: Macedonio Fernández, también, creo. Es decir, la idea de que cada vez que muere un hombre –salvo que creamos en una memoria universal, como creía el gran poeta irlandés Yeats– muere algo. Y empiezo con el ejemplo del viejo sajón que es el último en Inglaterra que recuerda haber visto los sacrificios a Warden, no a Odín.  



—El segundo punto está en su ensayo sobre Hawthorne. Allí, al hablar de Borges, usted dice: “En el decurso de una vida consagrada menos a vivir que a leer”.
 
—Sí, pero ahora creo que es un error, porque era una contraposición falsa. Creo que leer es quizás una de las maneras más vividas de vivir. Creo que creía entonces que la vida era la vida activa y no quería comprender que lo que los latinos llamaban vita umbratilis, la vida en la sobra, la vida de la meditación y de la lectura, no es menos vida que la vida de quienes son meramente veloces y atropellados. 

 —Por último, ¿ha averiguado por fin si aquella tarde usted y Macedonio se suicidaron?
 
—No. Eso no lo sé todavía. Pero todo no será revelado, ¿no?

 —¿Recuerda ahora el cuento El milagro secreto?
 
—Sí. Es el cuento en el cual el tiempo se extiende indefinidamente para que un hombre pueda concluir un drama que nadie leerá, pero que lo justifica de algún modo ante la divinidad, y yo agrego irónicamente que no sabemos cuáles son los gustos literarios de Dios y que posiblemente el drama era deleznable. Y aquí recuerdo lo que dijo Carlyle: toda obra humana es deleznable, pero la ejecución de esa obra no lo es; es decir, que obrar es algo que nos justifica aunque nuestra obra está destinada como todo al olvido, al polvo, a la aniquilación.


Carlyle pintado por John Everett Millais

 —El cuento está fechado en el año 1943…
 
—Bueno, eso no sé, porque no recuerdo, no sé nada de fechas. Usted puede enseñarme fácilmente si quiere, y hasta puede poner una fecha futura y yo no me daré cuenta.

Durante la entrevista, Borges ha sonreído a menudo, se complace sobre todo ante ciertas preguntas (la del suicidio con Macedonio, por ejemplo); se estira satisfecho cuando siente haber redondeado un pensamiento o una frase. Uno comprende que Borges pone atención: que cuando habla no importa ante quién habla verdaderamente.

Ben Ami Fihman

Tomado de Especiales de El Nacional






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