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jueves, 9 de septiembre de 2010

"Las bibliotecas son lugares para amar"

Entrevista a Adrián Guerra Pensado




Adrián Guerra recibiendo el premio Raúl Ferrer al mejor promotor del 2009 de manos de la Dra. María Dolores Ortíz

Estimados Amigos

Hoy le hacemos llegar esta entrevista que le hicieron a nuestro amigo Adrián Guerra. Son interesantes sus planteamientos sobre el fenómeno de la lectura y sobre las bibliotecas en general. Esperamos que la disfruten tanto como nosotros.


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Por Ivette Fernández Sosa


Adrián no quiere que hablen de él. Tampoco habla de sí mismo, sino de lo que sabe y de lo que ve. Adrián Guerra Pensado lleva casi 40 años entre anaqueles de bibliotecas y tiene numerosos premios. Pero no se enorgullece tanto de eso como de su pequeña galería de retratos de autores para niños Eduardo Muñoz Bachs, en la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena.



Quien crea, sin embargo, que Adrián se adormece después de un éxito solo demuestra no conocerlo. Y es que la profesión de bibliotecario, según él “la mejor del mundo”, le exige y le proporciona en la misma medida.



Entrevistarlo es como leer un libro sabio y bueno. Sueños y fábulas se desprenden de su charla donde no cabe el egoísmo pues todo lo ocupa el desinterés.


Adrián es promotor cultural, animador de lectura y merecedor, recientemente, del Premio María Teresa Freyre de Andrade y Premio Raúl Ferrer por la obra de toda la vida.



¿Cómo ocurrió su acercamiento a los libros?



Mi acercamiento a los libros data de cuando era un adolescente, tendría 11 o 12 años. Entonces leía en las casas de las personas que mi madre visitaba. Me refugiaba en los libreros y así logré acceder a muchos libros. Como me sentaba a leer no me importaba cuánto demoraba la visita y al final me los prestaban. Así conseguía poder llevar conmigo a casa mucha lectura. De esa manera leí a Salgari, a Verne...


Pero pensando un poco más atrás quizás fue mi abuelo gallego quien influyó en mi gusto por los libros. Él tenía una tarima de venta de papelería (papel para envolver, libretas, blocs…) en el Mercado Único. Y todos los viernes su regalo consistía en cuatro historietas y una manzana para cada día de la semana. Esos fueron siempre los obsequios de mi abuelo. No era que supiera mucho sobre literatura, jamás me habló de libros, ni me compró ninguna otra cosa. Nunca sabré por qué lo hacía pero siempre se lo agradeceré. 


¿Por qué trabaja para niños?



Trabajar para niños no es algo que yo crea haber elegido. En realidad me siento escogido. Algo tuvo que venir dentro de mí para que decidiera trabajar para ellos. La primera vez que entré a la Biblioteca Nacional fue durante una práctica en la carrera. Estando allí vi una actividad que daban a los niños y sé que me encontré. Me di cuenta de que eso era lo que me gustaba. En ese sitio quería e hice mis prácticas. Desde que empecé a trabajar con los niños me he sentido siempre transformado, rejuvenecido porque ellos siempre vienen con las ideas frescas, con inocencia, con muchos espacios en blanco para llenar.



Hay algo que viene con las personas que trabajamos con niños. Es algo muy profundo que viene de muy atrás. Es una condición, tal vez. Todo el que trabaja con niños tiene esa cualidad consigo, que, probablemente, no se sepa ni cómo ni por qué le viene.



Las acciones en pos de incrementar el hábito de lectura han aumentado en los últimos años. ¿Le parece suficiente o eficiente todo lo que se hace?



Hoy, a partir del nacimiento del Programa Nacional de Promoción la Lectura, considero que la preocupación sobre qué se lee, quiénes leen o por qué no se hace y cómo promoverla, empezó, por fin, a dar pasos firmes.



Se trata de un programa de vida, es un proyecto con la sociedad que debe involucrar a todos. Lo que hay es que enriquecer y tributar a ese programa. Pero todo lo que hacemos no es suficiente ni tampoco somos todo lo eficientes que debemos ser. Hay que decir que no hay muchos promotores de lectura, ni siquiera todos los bibliotecarios lo son. De manera que queda mucho por hacer. Y son tantos los que no leen y es tanta la gente que no ha descubierto que su vida puede cambiar con el impacto de un libro, que el camino es aún largo.



Una de las cosas más importantes, que a mi juicio, tiene el Programa, es que influye en la calidad de la lectura. Los animadores de lectura debemos saber a qué personas y qué temas recomendar. La sinceridad es una condición determinante. La promoción es un compromiso para toda la vida, es algo que te hace feliz y se vuelve el objeto de tu trabajo. Es casi increíble que te paguen por eso, por tratar de ser feliz y hacer felices a otras personas, y si tienes ese don de querer a la gente, de comunicarte con ella, entonces, estás en la gloria. Cada vez que abres un libro hay nuevas esperanzas, hay optimismo, hay nuevas maneras de pensar, hacer, contribuir…


Esto de tratar de que la gente lea parece sencillo, pero no lo es. Los seres humanos están muy complicados y la meta son aquellos que dicen que no tienen tiempo. El trabajo que tenemos por delante es muy grande y hay que tratar de llegar a todos los grupos sociales y etarios. Eso es un horizonte enorme, pero es un trabajo feliz. Repartir felicidad, que es lo que uno recibe de la lectura, es algo siempre grato y solamente se hace fácil cuando uno tiene impresiones muy personales que compartir. Es importante el conocimiento que tengamos sobre el libro pero también sobre los destinatarios. Lo más importante en la promoción de lectura es la labor individualizada, es la recomendación diferenciada, a cada persona lo que necesita en el momento en que se hace posible abordarla. El promotor aprende mucho del lector porque, para sentirse realizado, el que se inicia precisa de una persona con la cual intercambiar impresiones.



El promotor tiene una función fundamental: tratar de que todos descubran la importancia que puede tener la lectura para sus vidas. Siempre andamos tratando de convencer a los demás de que un buen consejo puede allanar el camino y evitar malos pasos. La gente también se resiste a cambiar su rutina. Creo que nunca terminaré mi labor y no creo que alguien lo piense. Esa es una labor de por vida. 



De manera habitual se piensa que un bibliotecario es alguien que solamente guía a un usuario, pero su trayectoria se parece más a la de un educador. ¿Hay retroalimentación entre el sistema educacional y la biblioteca pública?



Los bibliotecarios siempre estamos rozando el papel de los educadores, pero eso sucede siempre en las áreas infantiles y juveniles. Todos los que vienen aquí por primera vez intentan resolver un trabajo escolar. Eso es algo que tenemos que agradecer al sistema de educación: que nos brinde la posibilidad de que ellos vengan a nosotros por una tarea. Eso los pone a tiro de nuestras armas, los ayudamos con la información y, a veces, uno se siente un poco papá. Pronto descubrimos las fallas. Los niños se están alejando del entorno porque estamos en una sociedad donde lo más importante parecen ser las nuevas tecnologías. Saben más de los dinosaurios, a partir de Parque Jurásico, que de los caballos. Uno los encuentra que no saben lo que son cascos de caballos. Cuando los niños tienen computadoras en sus casas las tienen llenas de música, juegos y películas, puro entretenimiento. El disco duro más importante que ellos tienen es el cerebro y si lo llenan de distracciones están confundiendo el tiempo. Por eso no conocen los pájaros o los árboles. En la biblioteca se descubren cosas que el común de las personas no ve. Nosotros vemos el germen de la sociedad futura. Por eso ser bibliotecario para mí no es una profesión común. Nos pueden confundir con educadores porque también rectificamos ortografía y conductas.



La investigación más linda e interesante que podría hacer un profesor es pedir a los alumnos que averigüen qué pasó el día que ellos nacieron. En cambio nunca les orientan esa investigación. Los maestros no se dan cuenta del engranaje que se mueve detrás de una solicitud que sobrepasa los niveles lógicos de información que están al servicio de estas edades. Aprender cómo funciona la biblioteca es algo que debieran saber todos los profesores. Los detalles solo los sabemos nosotros. Si los profesores se acercaran a la biblioteca y vieran cómo se desgranan las preguntas para crear las respuestas, se darían cuenta de que hay cosas que merecen ser reelaboradas. 



En un artículo titulado “Una buena razón para leer”, aparecido en la revista Esplendor de Aurora, de la que es redactor y editor, afirma: “Ser ‘la persona indicada’ para enfrentar nuestro destino, podría requerir una sólida escala de valores, cierta dosis de serenidad, de valor… inteligencia, amor propio y optimismo. (…) un hombre o una mujer no se miden bien por las cualidades que poseen, sino por las decisiones que toman”. ¿Cuánto puede contribuir la lectura para el fomento de valores?



Los valores no se han perdido. Los valores también están en la literatura. La cubana, por ejemplo, contiene los nuestros y nuestra identidad. Los que acceden a la lectura revalorizan constantemente su escala de valores. Además de conocimiento, cuando se lee, se adquieren emociones y, a través de ellas, uno reestructura la visión que tiene. Hay gente en el mundo que no puede escuchar porque les gusta hablar, cuando alguien trata de explicarles algo se rebelan. Las personas que más difíciles son de callar, tienen que hacerlo ante un libro. Aún aquellos calificados de impertinentes se dejan enamorar por la palabra escrita. Al final, cuando se cierran las tapas de un libro, uno no es el mismo que era cuando lo abrió.