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lunes, 7 de enero de 2019

Cecilio Acosta, los desafíos del intelectual





Cecilio Acosta, los desafíos del intelectual


Por LUIS A. CARABALLO VIVAS

Nació en San Diego de Los Altos en 1818 y falleció en Caracas en 1881. Fue abogado, articulista, ensayista y poeta. Se le considera una de las figuras fundamentales del pensamiento del siglo XIX. Papel Literario rinde hoy un homenaje a su memoria a propósito del bicentenario de su nacimiento, que se celebra este año





 Cecilio Acosta

Por LUIS A. CARABALLO VIVAS

25 DE MARZO DE 2018

La vida de quien fuera uno de los máximos exponentes del pensamiento venezolano, transcurre en una sociedad que intenta a lo largo de una centuria ser una nación. Nace y muere en una época signada por la violencia, es un torbellino que destruye lo poco que se puede edificar; esa endemia de guerras civiles y caudillismo fue un verdadero azote que imposibilitó el propósito de quienes asumieron, a partir de 1811, crear un orden republicano estable y de prosperidad.


El ciclo vital de Acosta va de 1818, año en que la independencia está más cerca después de la degollina de la guerra a muerte, hasta 1881, en plena “paz guzmancista”, donde el país intenta cerrar las heridas profundas de la guerra federal; a los 63 años se apaga la existencia de quien fuera “grande entre los grandes” en la odisea de mantener viva la esperanza en medio de la más grande adversidad.

La naturaleza de nuestro proceso histórico del siglo XIX debe, en esta hora, servirnos de acicate en la lucha por la restauración de la democracia. La destrucción y el rezago histórico fue fruto, como acción, de los caudillos, de aquella anomalía histórica que nace en medio de nuestras guerras civiles, el militarismo, de los que consideraron que la sinrazón de las armas y la violencia sobre la sociedad eran la fuente del poder, solo para reproducir el dolor e imposibilitar la anhelada paz y el progreso. En paralelo, coexistió la pléyade de hombres cuyo hábitat no fueron los campos de batalla esmirriados, sino los claustros universitarios, los seminarios y conventos y las bibliotecas personales, de quienes en compañía de Minerva, dedicaron sus vidas y sus obras a pensar y repensar el mejor destino para Venezuela. La obra trascendente de los intelectuales que vivieron como Cecilio Acosta, con inquebrantable fe en el porvenir nacional basado en la educación, en el desarrollo de la cultura ciudadana, en la creación de partidos políticos, en una economía que generara riqueza para superar el atraso del cual no podíamos salir, de sólidas y efectivas leyes que regularan la vida social y no el capricho de los mandones de turno.

Todo lo que pensaron y escribieron esas generaciones constituyen hoy el manto de roca sobre el cual se ha venido edificando la república civil. Desde la Generación del 28, heredera de esa tradición intelectual, y particularmente de Cecilio Acosta, la civilidad venezolana no ha cesado de asumir con la responsabilidad que le incumbe pensar y, en consecuencia, actuar en la construcción de un orden a la altura de como aspiran a vivir los pueblos en libertad. Y en ese trajinar, las páginas del pensamiento político venezolano, al cual contribuye de manera fundamental Cecilio Acosta, están fundadas sobre bases filosóficas modernas, y a las cuales llegan por el profundo estudio de doctrinas y de grandes polémicas en la búsqueda de la ruta que, desde sus posiciones, abrieran los horizontes a un país que solo pudo existir gracias a sus intelectuales, maestros forjadores de la base constitutiva de la democracia: la preeminencia de la civilidad. Leamos lo que en 1869 escribía Acosta: “Hasta la verdad puede decirse, por dura que sea; quítensele las espinas, es decir, vaya sin odios, y ella va bien y es bien aceptada, porque es la justicia en traje de historia. Háblese, escríbase; y la libertad será práctica, y el orden estado, y el progreso ley, y el gobierno centro armónico de fuerzas y delegadas. La tiranía reina sobre el silencio, la anarquía sobre la confusión; solo la libertad reina sobre el pensamiento, que toma la forma de doctrina que enseña, de la opinión que difunde, y de la censura que corrige”. Y en 1877 sentenciaba: “La tolerancia, que es el respeto a las opiniones ajenas, es tan sagrada, que nunca es lícito faltar a ella; y el verdadero republicano es el que inculca la doctrina sin forzar jamás la conciencia”.

Con estos conceptos enseñaba su pedagogía política, pero también polemizaba, de allí que su evocación no es para la nostalgia, es para recordarnos que en horas difíciles para la república siempre existirán Cecilios Acostas, que se enfrentarán, con su verdad, a cualquier forma de tiranía.

Tomado de El Nacional


domingo, 30 de septiembre de 2018

Arturo Uslar Pietri: La obra y la actitud de Cecilio Acosta constituyen una especie de contraste moral muy importante




Cecilio Acosta

En julio de 1981, a propósito de cumplirse cien años de la muerte de Cecilio Acosta, Arturo Uslar Pietri le dedicó su programa “Valores Humanos”. Documento de extraordinario valor, el texto que sigue es la transcripción tomada directamente del video disponible en internet 



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Por ARTURO USLAR PIETRI

25 DE MARZO DE 2018 

Amigos invisibles, se cumplen cien años de la muerte de Cecilio Acosta. Precisamente, ese mismo año de 1881, a comienzos de él, llegó a Caracas José Martí, el héroe cubano. En ese momento era un joven desconocido, tenía 28 años de edad, venía de Nueva York, estaba ya desde muy temprano trabajando por la independencia de Cuba y, posiblemente, vino a Venezuela en aquel momento pensando que podía aquí encontrar simpatía, eco o ayuda para su empresa de propagar la idea de que Cuba debía ser libre. Era una vieja idea, por lo demás. Esa idea de la libertad de Cuba la habían tenido los libertadores de América del Sur. Bolívar pensó muchas veces en una expedición a Cuba y a Puerto Rico para independizarlas. Se pensó en ella también desde Venezuela en tiempos de Páez.


De modo que era una vieja idea de que podíamos y debíamos ayudar a la independencia de Cuba y de Puerto Rico. Claro que esto no se realizó por muchas razones, pero los cubanos independentistas estuvieron trabajando todo el tiempo desde comienzos del siglo XIX por lograrla, y Martí fue uno de los que más temprano estuvo activo en los centros de emigrados cubanos de Nueva York, tratando de crear una conciencia a favor de eso. De modo que él viene a Venezuela a comienzos de 1881, hace cien años y aquí en Venezuela lo reciben muy bien, era un hombre joven, un hombre brillante, de una inteligencia comunicativa, de un don de palabra extraordinario, de una extraordinaria simpatía personal. Todo esto va a crear una atmósfera de curiosidad, de interés en torno a él, particularmente entre la gente joven de la época. Él se va a vincular con los intelectuales del momento y una de las primeras cosas que va hacer Martí en Caracas es visitar a Cecilio Acosta. Cecilio Acosta tenía para ese momento 63 años de edad, no era una edad muy avanzada, pero era un hombre que estaba físicamente muy agotado, estaba muy destruido, estaba en un estado de gran abatimiento y de gran debilidad física y hasta mental. De modo que él va a ver un hombre que está prácticamente concluyendo, él va a ver un hombre que está en el completo ocaso de su tiempo y de sus facultades. Sin embargo le va a producir una impresión muy importante. Cuando pocos meses después muere Cecilio Acosta ese mismo año, Martí escribe una de las páginas más hermosas que él escribió durante su permanencia en Venezuela, que es un elogio de Cecilio Acosta. Es un elogio que hay que leerlo con toda la curiosidad del caso para mirar la impresión que en el joven cubano hizo aquella persona. Una impresión extraordinaria, él dice los elogios más grandes de él. Dice allá está muda y sin voz aquella palabra que fue portadora de tantas verdades, está inmóvil aquella mano que fue sostén de pluma honrada, dice que era un hombre de ideas brillantes, que era una fuente de conocimiento y de orientación para los demás. De modo que Martí refleja una impresión de admiración, de adhesión moral por aquella figura ya crepuscular, ya moribunda, ya a punto de desaparecer de Cecilio Acosta. Todo esto nos plantea a nosotros ahora, en este centenario de su muerte, una serie de interrogantes que tendríamos que examinar con la mayor seriedad posible. Si nos ponemos a ver qué es lo que nos queda de Cecilio Acosta, qué obra deja Cecilio Acosta había que contestar que deja una obra escasa y fragmentaria. Cecilio Acosta no deja un libro, no deja una obra coherente, no deja un trabajo central importante. Deja simplemente fragmentos. Esos fragmentos que deja Cecilio Acosta son de gran importancia y desde luego vamos a hablar de ellos y hay que analizarlos. Pero es curioso que un hombre que fue básicamente un intelectual, que estuvo dedicado a una vida un poco aislada y vuelta hacia sí mismo, no hubiera dejado una obra más considerable. Muchas explicaciones habría para esto. Lo que ocurre es que en aquella Venezuela de esa época, la obra y la actitud de Cecilio Acosta constituyen una especie de contraste moral muy importante. Un contraste que va a tener su eco en todo el país, un contraste que va a servir para que la gente en momentos de gran desesperación nacional, piense en que no todo está perdido, que el país puede tener recursos morales, que hay hombres que podrían representar esa otra posibilidad y que allí está precisamente ese hombre que es Cecilio Acosta, que le parece a ellos que la representa. De modo que Cecilio Acosta se convierte en un extraordinario prestigio moral e intelectual en esa Venezuela.

Él había nacido en 1818 en un pueblecito entonces de los alrededores de Caracas, en San Diego de los Altos y allí estuvo hasta los 10 años de edad. Había perdido a su padre muy niño y viene con su madre a Caracas donde va a vivir toda su vida, va a pasar en Caracas toda su existencia hasta su muerte, sin salir nunca de aquella pequeña ciudad. Jamás hizo un viaje, jamás se asomó al extranjero, jamás perdió de vista la torre del campanario de la Catedral de Caracas. Allí discurre toda su vida y esa vida tan segregada ocurre y discurre en el momento en que en Venezuela van a suceder acontecimientos muy importantes.

Cuando Cecilio Acosta llega de niño a Caracas es precisamente el momento en que va a ocurrir la separación de la Gran Colombia, en que comienza la época nacional venezolana, en que en torno de Páez se configura todo un grupo de hombres muy ilustrados que tratan de darle un rumbo a la República legalista y civista. De modo que esta es la atmósfera que él respira cuando ya está dejando de ser un niño. Él va a tener una influencia muy importante en su vida, su sentimiento religioso. Acosta es un hombre profundamente religioso, tan religioso que incluso cursó en el seminario estudios para hacerse sacerdote y esos estudios le tomaron varios años en el seminario. De esos estudios le quedaron varias cosas, le quedó una confirmación para toda la vida de su fe religiosa, era un hombre que en esa materia no tenía ni una vacilación, ni una duda, era un espíritu enteramente adscrito a la enseñanza, a la doctrina y a los principios de la iglesia y en segundo lugar le quedó una formación clásica muy importante. En su tiempo del seminario él se convirtió en un gran latinista, un hombre que conocía perfectamente de la literatura latina y que la dominaba y que escribía un latín extraordinariamente puro, esta formación fue muy importante para él luego. De allí pasa él a la universidad a estudiar Derecho. Es un estudiante lento, si uno se pone a pensar que en aquella época en que generalmente la gente se graduaba muy joven, en los estudios universitarios que hace, unos estudios de topografía por una parte y por otra parte de jurisprudencia y de derecho, los viene a terminar cuando tenía 30 años de edad. De modo que es un resultado tardío y lento. Es posible que en esto influyera su mala salud, él fue toda la vida un hombre de mala salud, a pesar de que era muy disciplinado y estudioso. Y vivía en una modesta casa de Caracas junto con su madre, esa es otra vinculación y fijación muy importante de Acosta. Acosta tiene con su madre una fijación no solamente del hijo único para la madre que ha sido para él todo puesto que perdió al padre siendo muy niño, sino que se establece una especie de vinculación afectiva indestructible y dominante. Él no vive sino con su madre, no se apartará de ella nunca, no se casará nunca, de modo pues que es un caso que revela por lo menos una condición de carácter muy digna de tenerse en cuenta. Cuando pierde a su madre, que su madre va a vivir muchos años y él la va a perder ya siendo un hombre más que maduro, ya en el comienzo de la ancianidad, este va a ser un golpe terrible para Acosta y uno de los golpes que posiblemente lo acabó de destruir interiormente y precipitó su crisis final hasta consumir su propia vida. De modo que esta vinculación con la madre, esta formación religiosa, todo esto determina un poco lo que era el carácter de Acosta.

Ahora cuando Acosta es ya un hombre de treinta años, precisamente ocurre el famoso motín de 1948 que marca la transición del paecismo, del monaguismo en Venezuela, lo que hemos llamado un poco a la ligera en la historia venezolana el asesinato del Congreso. El país entra en una conmoción profunda, surgen persecuciones políticas, surgen divisiones ardientes extraordinarias y todo esto lo presencia este hombre que tiene treinta años, que es un hombre culto, que es un hombre con una formación académica muy apreciable. Sin embargo él no parece mezclarse, en esa época ya él comenzaba a escribir en la prensa artículos y los artículos que nos quedan de él, de esa época son artículos más bien de advertencia, son artículos escritos con cierta lejanía y serenidad. No participa en la lucha, no se alindera en un lado o en otro sino que tiene siempre una especie de tono alto, de tono admonitorio para decirle a la gente que lo lee cómo debía ser una República, cómo debía ser la conducta de los hombres que verdaderamente desean la civilización para el país, cuáles son las aspiraciones y las normas que debían observar. Y en esto no se va a apartar nunca, si uno lee lo que nos queda de Acosta, uno encuentra siempre ese tono admonitorio, superior y un poco lejano. Él parece estarle hablándole a una gentes que no son las que están en las plazas públicas sino tal vez a unos jóvenes, a unos niños que van a ser los que mañana puedan hacer esa República con la que él sueña, pero que no es ni por asomo lo que él está viendo.

A él le toca luego vivir la época de los Monagas, que es una época muy agitada y dura para el país, y presenciar la caída de los Monagas. Cuando en el año 58 cae José Tadeo Monagas, Acosta tiene cuarenta años, es un hombre que está en plena madurez, que tiene un gran prestigio intelectual y sin embargo él no figura en ningún plano político importante. En todo ese tiempo un hombre con tanta fama, con tanto renombre intelectual, con tanto respeto como se le tenía, es curioso, jamás va a formar parte de un gabinete, nunca va a desempeñar una función pública importante, jamás concurrirá a un congreso. La mayoría de estos hombres, de estos intelectuales, de los hombres más o menos equivalentes a su figura, un Fermín Toro, fueron hombres que figuraron en los gabinetes, que fueron a los congresos y se destacaron en ello. Y sobre todo ese congreso de 1858 que conocemos con el nombre de la Convención de Valencia, que es un momento muy importante de la historia de Venezuela, porque es el momento en que a la caída de Monagas hay una tentativa de reorganizar el país, de terminar la vieja pugna que venía dividiéndolo de godos y liberales y de establecer un equilibrio por medio de unas instituciones muy sensatamente adoptadas, que fuera una especie de transacción entre el federalismo extremo y el centralismo extremo. Esa es la labor que hace la Convención de Valencia, con un esfuerzo muy grande de darle al país una base para que el país marche hacia el futuro, libre de amenaza. Sin embargo esa Convención fracasa, lo que sale de esa reunión de 1858 no es un porvenir para una República, para un orden legal, lo que sale es la guerra federal, el país se enguerrilla, se divide, se ensangrienta y surgen cinco años de terrible guerra destructiva. Esos cinco años los presencia igualmente Acosta, los presencia con horror, sin embargo no participa tampoco. Es curioso que en aquella época en que el país se divide a fondo, en que aparentemente todo el mundo está en un bando o en otro, Acosta se mantiene en su aislamiento, en su soledad, en su estudio, sin participar directamente ni en un sentido ni en otro. Luego, cuando llega el final del triunfo de la Federación él se mantiene también completamente fuera de toda actividad política. Mucha gente se pregunta por qué no figuró Acosta, por qué no le buscaron estos hombres que estaban tratando de organizar el país de una manera nueva. En torno a Acosta siempre ha habido un equívoco y ese equívoco es bueno que lo planteemos y que le dirijamos siquiera una mirada. Ha habido un equívoco de pensar que Acosta era un reaccionario, que Acosta era un hombre de ideas ultramontanas, muy cerradas, que iba a pugnar con toda la tendencia que el país traía por medio de los liberales y más tarde de los federales. Esto no es cierto, Acosta es el hombre que probablemente tenía las ideas más avanzadas de su tiempo, tal vez con la excepción de Fermín Toro, si uno se pone a leer esos fragmentos que nos quedan de él y esas cosas que nos dan de él, son ideas extraordinariamente avanzadas. Era un hombre que deseaba la libertad, que defendía la libertad, que creía en el pueblo, cosa rara en aquella época, que predicaba incluso el papel importante que tenían que desempeñar en la sociedad las clases trabajadoras. Él habla del taller y dice, es preferible que nos ocupemos del taller y no de las abstracciones filosóficas. Es decir, que el porvenir que venía era un porvenir que iba a pertenecer al pueblo, él pensaba en el ascenso del pueblo. De modo que Acosta no tiene una mentalidad reaccionaria como tantas veces se le atribuye. Por qué ha venido esa especie de idea de que Acosta era un reaccionario, de que Acosta era un hombre antiliberal por naturaleza, era muy liberal y él lo dijo una vez en una polémica. Dice, no me vengan a mí a echar en cara mis ideas que son las más avanzadas que puede haber y que no estoy detrás de nadie en cuanto a creer en la libertad o en el progreso social, y era verdad. Probablemente viene de dos causas. Viene de su clericalismo, que evidentemente en aquella época liberales y clericales eran contrarios, de modo que se podía pensar que ese clericalismo que tuvo toda su vida por su devoción inquebrantable a la iglesia y a su enseñanza, lo debió colocar en una situación extraña con respecto a todo ese movimiento liberal, anticlerical, masónico, que era el que se había ido extendiendo y el pueblo tanto no aparecía allí. Y luego hay otro aspecto que es importante también y que puede que también haya contribuido a configurarle por lo menos esa imagen y es el de que él fue siempre un enemigo de la revuelta armada, él no creía en la violencia, él condenaba la violencia, él pensaba que era un mal, y que por ese camino no iba el país a salir nunca de sus males. Él pensaba que la sola paz, que la sola tranquilidad, que la sola estabilidad gubernamental era ya un bien, porque el país se iba a habituar a vivir pacíficamente, a trabajar, a organizarse y que el cambio de ruptura continua del orden público, las insurrecciones continuadas, los alzamientos, las guerras civiles, el recurso, la violencia como manera de lucha política, era precisamente la fuente de todos los males y no tendrían remedios esos males mientras no se cesara en la violencia. De modo que él veía con muy malos ojos, eso que se llamaba en nuestro lenguaje del siglo XIX, las revoluciones, los alzamientos, los pronunciamientos, lo veía con un gran sentido crítico, pensaba que eran un mal y que de allí no iba a salir bien ninguno. Esto desde luego tenía que enajenarle también la simpatía de aquellos hombres enardecidos, violentos, apasionados que no estaban pensando sino en una revuelta detrás de otra, en un alzamiento detrás de otro, en un pronunciamiento armado. Pero aparte de esto sus ideas son realmente de las más avanzadas.

¿Qué es lo que nos queda de las ideas de Acosta? Las ideas de Acosta hay que irlas a buscar en esos escritos fragmentarios, por ejemplo, en tiempo de Monagas. Él escribe una carta, esto es muy significativo, él era un hombre reservado, encerrado, poco comunicativo, solamente con un pequeño círculo de amigos y allegados que lo visitaban. Escribía una que otra vez en los periódicos y muchas veces las cosas que tenía que decir las decía en forma de carta a alguien, él se escribía una correspondencia copiosa con amigos suyos de Venezuela y fuera de Venezuela, con gente de Colombia, con gente de España mantuvo correspondencia muy importante y esa correspondencia está probablemente en una de las partes más importantes de su obra y de su pensamiento. En una de esas cartas publicadas en 1857, que ya conocemos hoy en día con el nombre de Cosas sabidas y cosas por saberse, él hace un análisis muy importante de la educación venezolana y ese análisis es muy atinado. ¿Qué es lo que dice de la educación venezolana?, dice cosas que todavía hoy en día tienen validez, él cree en la necesidad de extender la educación primaria, él piensa que la base, el nudo central del problema está en la educación primaria y hay que extenderla, hay que llevarla a todos. Él tiene más bien una actitud, curiosa en él, de desdén por la universidad. Él piensa que no es la universidad la que hay que fomentar, que hay que fomentar la escuela primaria, que hay que formar allí sus hombres que van hacer el país. En esto él coincide un poco con Simón Rodríguez, hay una coincidencia en esa visión que Simón Rodríguez tenía igualmente de que lo fundamental era la escuela primaria y que mientras no hubiera una escuela primaria que echara las bases para un hombre distinto, no iba a haber progreso social. En esto él coincide y lo dice con frases muy hermosas, dice, la luz que conviene es la que se expande y no la que se concentra.

Luego tiene otra idea que también coincide un poco con Simón Rodríguez, y es curioso porque él no debió conocer a Rodríguez ni el pensamiento de Rodríguez, y es la idea de que hay que educar para el trabajo, de que hay que enseñarle a la gente a conocer las nuevas técnicas, el avance tecnológico de la época, el ferrocarril, la máquina de vapor, el telégrafo, que todo esto son los elementos de una nueva época y que eso hay que enseñarlo. Hay que educar a la gente para aprovechar y utilizar esos recursos, eso igualmente, él coincide un poco con el pensamiento de Rodríguez, que pensaba que había que enseñar a la gente no solamente ciencias y conocimientos sino que había que educarlos para vivir, educarlos para trabajar, adaptarlos a una posibilidad de ascenso social que se la tenía que dar la escuela, en esto él coincide. De modo que su pensamiento en materia pedagógica es muy avanzado, extraordinariamente avanzado. Claro, no le hacían caso, era aquella carta escrita a unos amigos, que circulaba en un pequeño grupo de gente que podían participar en esas ideas, pero eso no era por allí por donde iba el rumbo del país. Él se mantiene en su aislamiento, se mantiene en su apartamiento, se mantiene en su soledad, diciendo de vez en cuando estas cosas y rodeado de ese prestigio que va creciendo en torno a su nombre y en torno a su figura y en torno a su actitud. Hay un momento muy curioso en que él parece romper esa consigna de serenidad y es el año de 1868. Cuando precisamente el año de 1.878, precisamente, cuando ha surgido la reacción antiguzmancista que encabeza Alcántara, en ese momento Acosta, que era un hombre muy sensible en medio de su carácter, recibe una chirigota de Antonio Leocadio Guzmán. El viejo Guzmán en un escrito incidentalmente lo llama perezoso. Este calificativo es curioso, porque revela que seguramente en muchos círculos de la época se consideraba que Acosta no había hecho la obra que tenía que hacer, que Acosta había producido relativamente poco y ese calificativo de perezoso reflejaba un cierto criterio que debía haber en torno a él. Y en ese momento, este hombre sereno, este hombre distante, este hombre que parece no querer intervenir en la pugna, y que la critica, reacciona con una violencia extraordinaria y escribe la única diatriba que nos queda de él, que es una diatriba en contra de Leocadio Guzmán que se llama Los fantasmas que son y uno que va a ser, escrito un poco en la forma de los sueños de Quevedo, en el que ataca a Antonio Leocadio Guzmán con las frases más duras que se puedan decir. Le dice cosas sumamente hirientes, le recuerda toda su vida, las mentiras de su vida, las falsificaciones que ha hecho de su papel en la historia con un apasionamiento verdaderamente inconcebible en aquel hombre que parecía un modelo de serenidad. Incluso le dice cosas graciosas, hirientes e ingeniosas, le llama diccionario sin definiciones, máquina de palabras, le dice horrores. Es una reacción de violencia extraordinaria y luego en esa misma reacción hay una cosa muy curiosa, que revela el fondo de autovaloración y de orgullo propio que tenía Acosta. Él dice, se atreve a insultarme a mí, a Cecilio Acosta. Dice él, él no sabe que yo tengo una vida sin tacha, él no sabe que nadie me puede enrostrar a mí nada, él no sabe que yo tengo tras de mí un pensamiento, y una formación. Y llega a decir algo más. Él dice, lo que yo digo, perdura. Es decir, hay una especie de auto conciencia de su valer, de su importancia, de lo que significaba él en aquella sociedad. Porque este hombre evidentemente llegó a tener ese prestigio moral extraordinario intelectual en el país, y que no dejó sino esas obras fragmentarias o aquel otro discurso que pronuncia precisamente ya al final de la guerra federal, en la época de los azules, cuando lo hacen miembro correspondiente de la Academia Española. En ese momento se hace en Caracas un homenaje público a Cecilio Acosta, concurre gente de todas clases y él pronuncia un hermosísimo discurso literario en que hace un gran elogio de las letras, en que dice que las letras son la civilización, que el país no podrá enrumbarse mientras no cuente con un aprecio mayor que lo de las letras significa y que las cultive. Ese discurso que parece un discurso realmente de catacumba, porque da la impresión de que son un grupo pequeñísimo de gentes que están hablando de formas de civilización en un país que está entregado a la barbarie de la guerra, es una muestra de su manera de pensar. Sin embargo este hombre con todo eso nunca llega a actuar, muchas veces se ha estudiado su carácter y se ha pensado que era un hombre que tenía ciertas complejidades de carácter, era de una timidez extraordinaria, de una modestia casi enfermiza, le tenía horror a la figuración y a la figuración pública. Era un hombre en el fondo indeciso, temeroso, muy muy refugiado en esa forma elemental y simple de la protección de su casa y de su madre al lado. De modo que todo esto hace que este hombre no pudiera haber tenido, ni la influencia, ni el papel ni el eco que ha debido de tener en el país un hombre de su magnitud, pero desempeñaba un papel y ese papel indudablemente es un papel digno de que lo recordemos y lo reconsideremos, que era el papel de mantener un polo moral, de mantener un ideal de civilización, de mantener una especie de nostalgia por una forma de vida más justa, más alta, menos salvaje y agresiva que él representaba y que él encarnaba con su traje negro, con su aire distraído, con su soledad y con su pobreza. El año de 1881 muere, parece que tuvo un proceso después de la muerte de su madre de una especie de destrucción mental paulatina, fue perdiendo facultades, tal vez era un proceso de arterioesclerosis temprana, se hizo un poco abstraído, le costaba trabajo coordinar y comunicarse y esto fue agravándose hasta que desembocó en su muerte que ocurre en el año de 1881.

Cuando él muere sus amigos se reúnen y tienen la sensación que ha desaparecido una figura muy importante, es entonces cuando José Martí que está en Caracas escribe aquel elogio encendido de Acosta que realmente nos hace ver y medir el sentimiento que había en ciertos círculos hacia la figura de Acosta. Muere en la mayor pobreza, hasta el extremo de que para enterrarlo tiene que sufragar los gastos la caridad pública, porque no había con qué enterrar a Acosta. Es un hombre que vivió siempre en la mayor estrechez, en la mayor limitación de medios. Hay testimonios de quienes lo visitaron en aquella casita en que vivía de Velásquez a Santa Rosalía, una modesta casita y allí vivía en los límites materialmente de la indigencia, privado de todo, sin ninguna comodidad, sin ningún auxilio. Desaparece y cuando él desaparece va a ocurrir en los jóvenes que le siguen una transformación importante. Lo que va a venir no es lo que pudiéramos llamar los discípulos de la prédica moral de Acosta, lo que va a venir es el positivismo, el positivismo que había venido al final de la época de Guzmán y casi desde la época federal entrando en la universidad venezolana a través de las enseñanzas de Ernest y de Villavicencio y que iba a darle a los jóvenes intelectuales de la época una visión distinta de la historia del país y de la realidad social, una historia y una visión inspirada en los principios de la nueva ciencia positiva, en la influencia de tener, en la influencia de los grandes planteadores del determinismo social e histórico. Y esto, claro, los va a alejar de aquella enseñanza moral y elevada que representaba Cecilio Acosta. Pero hoy a cien años de distancia nosotros tenemos que volvernos hacia él hacia la escasa y dispersa obra que deja para reconocer el inmenso valor que tuvo en aquella Venezuela desgarrada, dividida, desviada, torpe, entregada a la lucha armada, casi con una pérdida completa de vista de lo que pudiéramos llamar los fines nacionales. Aquella figura apostólica, aquella figura venerable, aquella especie de ascetismo moral por el cual aquel hombre se convirtió en una representación visible y continua de lo que debía ser y no era, de lo que debía realizarse y no se alcanzaba, de lo que debía hacer un hombre de bien en un país de orden y de civilización, y ese es el valor fundamental que tuvo para sus contemporáneos y que debe seguir teniendo para nosotros Cecilio Acosta.



Tomado de El Nacional


jueves, 1 de febrero de 2018

José Martí: Para Cecilio Acosta el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres hermanos



Estimados Amigos

Hoy primero de febrero de 2018 se cumplen 200 años del nacimiento del  escritor, periodista, abogado, filósofo y humanista y venezolano ejemplar Cecilio Acosta. Este magno acontecimiento, excepto por algunos casos, esta signado por el silencio del gobierno actual y sus instituciones, como supusimos el año pasado cuando el gobierno ensalzaba a diestra y siniestra la figura de Ezequiel Zamora,  un lider dentro de la facción federal en la Guerra Larga o Federal



Hablando con sinceridad la apología constante que hacen las estructuras del gobierno por mantener nuestro imaginario nacional anclado en las figuras guerreras de próceres independentista y de de otros procesos de cambio. Quieren hacernos creer que solo gracias a la ayuda de esos guerreros es que existe este atribulado país, manteniendo en el olvido institucional todos esos próceres civiles que dieron un aporte muy grande en la conformación de nuestra nación. Por esta razón el Grupo Li Po se une alrededor del rescate de está figura fundamental en la creación de una autopercción que nos permita contrarestar la nefasta tradición de celebrar  unicamente los aportes militares. Por esta razón hoy tomamos la honrosa resolución de marcar lo que debería ser una tendencia dominante en los diversos estratos sociales que conforman nuestra sociedad: La de dar el honor a todos esos próceres que muchas veces no cargaron un fúsil si no que se dedicaron a construir un país con ideas, pluma y papel.



Ahora como modesto homenaje a la figura de Cecilio Acosta compartimos el texto que le escribió el escritor cubano José Martí y que causó su expulsión de Venezuela durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco. El texto apareció publicado en la Revista Venezolana número 2.



Richard Montenegro

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Ya está hueca, y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y tan gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor y al mal rebelde. Ha muerto un justo: Cecilio Acosta ha muerto. Llorarlo fuera poco. Estudiar sus virtudes e imitarlas es el único homenaje grato a las grandes naturalezas y digno de ellas. Trabajó en hacer hombres; se le dará gozo con serlo. ¡Qué desconsuelo ver morir, en lo más recio de la faena, a tan gran trabajador!

Sus manos, hechas a manejar los tiempos, eran capaces de crearlos.

Para él el Universo fue casa; su Patria, aposento; la Historia, madre; y los hombres hermanos, y sus dolores, cosas de familia que le piden llanto. El lo dio a mares. Todo el que posee en demasía una cualidad extraordinaria, lastima con tenerla a los que no la poseen; y se le tenía a mal que amase tanto. En cosas de cariño, su culpa era el exceso. Una frase suya da idea de su modo de querer: “oprimir a agasajos”. El, que pensaba como profeta, amaba como mujer. Quien se da a los hombres es devorado por ellos, y él se dio entero; pero es ley maravillosa de la naturaleza que sólo esté completo el que se da; y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos sin reparo y sin tasa, en bien de los demás, la nuestra. Negó muchas veces su defensa a los poderosos; no a los tristes. A sus ojos, el más débil era el más amable. Y el necesitado, era su dueño. Cuando tenía que dar, lo daba todo; y cuando nada ya tenía, daba amor y libros. iCuánta memoria famosa de altos cuerpos del Estado pasa como de otro y es memoria suya! iCuánta carta elegante, en latín fresco, al Pontífice de Roma, y son sus cartas! ¡Cuánto menudo artículo, regalo de los ojos, pan de mente, que aparecen como de manos de estudiantes, en los periódicos que éstos dan al viento, y son de aquel varón sufrido, que se los dictaba sonriendo, sin violencia ni cansancio, ocultándose para hacer el bien, y el mayor de los bienes, en la sombra! ¡Qué entendimiento de coloso! iqué pluma de oro y seda! y iqué alma de paloma!


El no era como los que leen un libro, entrevén por los huecos de la letra el espíritu que lo fecunda y lo dejan que vuele, para hacer lugar a otro, como si no hubiesen a la vez en su cerebro capacidad más que para una sola ave. Cecilio volvía el libro al amigo y se quedaba con él dentro de sí; y lo hojeaba luego diestramente, con seguridad y memoria prodigiosas. Ni pergaminos, ni elzevires, ni incunables, ni ediciones esmeradas, ni ediciones príncipes, veíanse en su torno; ni se veían, ni las tenía. Allá en un rincón de su alcoba húmeda se enseñaban, como auxiliadores de memoria, voluminosos diccionarios; mas todo estaba en él. Era su mente como ordenada y vasta librería donde estuvieran por clases los asuntos, y en anaquel fijo los libros, y a la mano la página precisa; por lo que podía decir su hermano, el fiel Don Pablo, que, no bien se le preguntaba de algo grave, se detenía un instante, como si pasease por los departamentos y galerías de su cerebro y recogiese de ellos lo que hacía al sujeto, y luego, a modo de caudaloso río de ciencia, vertiese con asombro del concurso límpidas e inexhaustas enseñanzas.

Todo pensador enérgico se sorprenderá y quedará cautivo y afligido viendo en las obras de Acosta sus mismos osados pensamientos. Dado a pensar en algo, lo ahonda, percibe y acapara todo. Ve lo suyo y lo ajeno, como si lo viera de montaña. Está seguro de su amor a los hombres, y habla como padre. Su tono es familiar, aun cuando trate de los más altos asuntos en los senados más altos. Unos perciben la composición del detalle, y son los que analizan, y como los soldados de la inteligencia; y otros descubren la ley del grupo, y son los que sintetizan, y como los legisladores de la mente. El desataba y ataba. Era muy elevado su entendimiento para que se lo ofuscara el detalle nimio, y muy profundo para que se eximiera de un minucioso análisis. Su amor a las leyes generales, y su perspicacia asombrosa para asirlas no mermaron su potencia de escrutación de los sucesos, que son como las raíces de las leyes, sin conocer las cuales no se ha de entrar a legislar, por cuanto pueden colgarse de las ramas frutos de tanta pesadumbre que, por no tener raíz que los sustente, den con el árbol en tierra. Todo le atrae y nada le ciega. La antigüedad le enamora, y él se da a ella como a madre; y como padre de familia nueva, al porvenir. En él no riñen la odre clásica y el mosto nuevo; sino que, para hacer mejor el vino, lo echa a bullir con la substancia de la vieja copa. Sus resúmenes de pueblos muertos son nueces sólidas, cargadas de las semillas de los nuevos. Nadie ha sido más dueño del pasado; ni nadie—¡singular energía, a muy pocos dada!—ha sabido libertarse mejor de sus enervadoras seducciones. “La antigüedad es un monumento, no una regla; estudia mal quien no estudia el porvenir”. Suyo es el arte, en que a ninguno cede, de las concreciones rigurosas. El exprime un reinado en una frase, y es su esencia; él resume una época en palabras, y es su epitafio; él desentraña un libro antiguo, y da en la entraña. Da cuenta del estado de estos pueblos con una sola frase: “en pueblos como los nuestros, que todos, más que dan, reciben los impulsos ajenos”. Sus juicios de lo pasado son códigos de lo futuro. Su ciencia histórica aprovecha, porque presenta de bulto y con perspectiva los sucesos, y cada siglo trae de la mano sus lecciones. El conoce las vísceras, y alimentos, y funciones de los pueblos antiguos, y la plaza en que se reunían, y el artífice que la pobló de estatuas, y la razón de hacer fortaleza del palacio, y el temple y resistencia de las armas. Es a la par historiador y apóstol, con lo que templa el fuego de la profecía con la tibieza de la historia, y anima con su fe en lo que ha de ser la narración de lo que ha sido. Da aire de presente, como estaba todo en su espíritu, a lo antiguo. Era de esos que han recabado para sí una gran suma de vida universal y lo saben todo, porque ellos mismos son resúmenes del universo en que se agitan, como es en pequeño todo pequeño hombre. Era de los que quedan despiertos cuando todo se reclina a dormir sobre la tierra.

Sabe del Fuero Aniano como del Código Napoleónico; y por qué ardió Safo, y por qué consoló Bello. Chindasvinto le fue tan familiar como Cambaceres; en su mente andaban a la par el Código Hermogeniano, los Espejos de Suavia y el proyecto de Goyena. Subía con Moratín aquella alegre casa de Francisca, en la clásica calle de Hortaleza; y de tal modo conocía las tiendas celtas, que no salieran, mejor que de su pluma, de los pinceles concienzudos del recio Alma Tatema. Aquel creyente cándido era en verdad un hombre poderoso.

¡Qué leer! Así ha vivido: de los libros hizo esposa, hacienda e hijos. Ideas: ¿qué mejores criaturas? Ciencia: ¿qué dama más leal ni más prolífica? Si le encendían anhelos amorosos, como que se entristecía de la soledad de sus volúmenes, y volvía a ellos con ahínco, porque le perdonasen aquella ausencia breve. Andaba en trece años y ya había comentado en numerosos cuadernillos una obra en boga entonces: Los eruditos a la violeta. Seminarista luego, cuatro dos más tarde, establece entre sus compañeros clases de Gramática, de Literatura, de Poética, de Métrica. Se aplicaba a las ciencias; sobresalía en ellas; el ilustre Cajigal le da sus libros, y él bebe ansiosamente en aquellas fuentes de la vida física y logra un título de agrimensor. La iglesia le cautiva, y aquellos serenos días, luego perdidos, de sacrificio y mansedumbre; y lee con avaricia al elegante Basilio, al grave Gregorio, al desenfadado Agustín, al osado Tomás, al tremendo Bernardo, al mezquino Sánchez; bebe vida espiritual a grandes sorbos. Tiene el talento práctico como gradas o peldaños, y hay un talentillo que consiste en irse haciendo de dineros para la vejez, por más que aquí la limpieza sufra, y más allá la vergüenza se oscurezca; y hay otro, de más alta valía, que estriba en conocer y publicar las grandes leyes que han de torcer el rumbo de los pueblos, en su honra y beneficio. El que es práctico así, por serlo mucho en bien de los demás no lo es nada en bien propio. Era, pues, Cecilio Acosta, ¡quién lo dijera, que lo vio vivir y morir! un grande hombre práctico. Se dio, por tanto, al estudio del Derecho, que asegura a los pueblos y refrena a los hombres. Inextinguible amor de belleza consumía su alma, y fue la pura forma su Julieta, y ha muerto el gran desventurado trovando amor al pie de sus balcones. ¡Qué leer! Así los pensamientos, mal hallados con ser tantos y tales en cárcel tan estrecha, como que empujaban su frente desde adentro y la daban aquel aire de cimbria.

Nieremberg vivió enamorado de Quevedo, y Cecilio Acosta enamorado de Nieremberg. El Teatro de la Elocuencia de Capmany le servía muchas veces de almohada. Desdeñaba al lujoso Solís y al revuelto Góngora, y le prendaba Moratín, como él, encogido de carácter, y como él, terso en el habla y límpido. Jovellanos le saca ventaja en sus artes de vida y en el empuje humano con que ponía en práctica sus pensamientos; pero Acosta, que no le dejaba de la mano, le vence en castidad y galanura, y en lo profundo y vario de su ciencia. Lee ávido a Mariana, enardecido a Hernán Pérez, respetuoso a Hurtado de Mendoza. Ante Calderón se postra. No halla rival para Gallegos y le seducen y le encienden en amores la rica lengua, salpicada de sales, de Sevilla, y el modo ingenuo y el divino hechizo de los dos mansos Luises, tan sanos y tan tiernos.

Familiar le era Virgilio, y la flautilla de caña, y Corydón, y Acates; él supo la manera con que Horacio llama a Telephus, o celebra a Lydia, o invita a Leuconoe a beber de su mejor vino y a encerrar sus esperanzas de ventura en límites estrechos. Le deleitaba Propercio, por elegante; huía de Séneca, por frío; le arrebataba y le henchía de entusiasmo Cicerón. Hablaba un latín puro, rico y agraciado, no el del Foro del Imperio, sino el del Senado de la República; no el de la casa de Claudio, sino el de la de Mecenas. Huele a mirra y a leche aquel lenguaje, y a tomillo y verbena.

Si dejaba las Empresas de Saavedra, o las Obras y Días, o el Sí de las niñas, era para hojear a Vattel, releer el libro de Segur, reposar en Los Tristes de Ovidio, pensar, con los ojos bajos y la mente alta, en las verdades de Keplero, y asistir al desenvolvimiento de las leyes, de Carlomagno a Thibadiau, de Papiniano a Heineccio, de Nájera a las Indias.

Las edades llegaron a estar de pie y vivas, con sus propios colores y especiales arreos, en su cerebro: así, él miraba en sí, y como que las veía íntegramente, y cada una en su puesto, y no confundidas, como confunde el saber ligero, con las otras,—hojear sus juicios es hojear los siglos. Era de los que hacen proceso a las épocas, y fallan en justicia. El ve a los siglos como los ve Weber; nob en sus batallas, ni luchas de clérigos y reyes, ni dominios y muertes, sino parejos y enteros, por todos sus lados, en sus sucesos de guerra y de paz, de poesía y de ciencia, de artes y costumbres; él toma todos las historias en su cuna y las desenvuelve paralelamente; él estudia a Alejandro y Aristóteles, a Pericles y a Sócrates, a Vespasiano y a Plinio, a Vercingetorix y a Velleda, a Augusto y o Horacio, a Julio II y a Buonarrotti, a Elizabeth y a Bacon, a Luis XI y a Frollo, a Felipe y a Quevedo, al Rey Sol y a Lebrún, a Luis XVI y a Nécker, o Washington y a Franklin, a Hayes y a Ediaon. Lee de mañana las Ripuarias, y escribe de tarde los estatutos de un montepío; deja las Capitulares de Carlomagno, hace un epitafio en latín a su madre amadísima, saborea una página de Diego de Valera, dedica en prenda de gracias una carta excelente a la memoria de Ochoa, a Campoamor y a Cueto, y antes de que cierre la noche—que él no consagró nunca a lecturas—echa las bases de un banco, o busca el modo de dar rieles a un camino férreo.

Son los tiempos como revueltas sementeras, donde han abierto surco, y regado sangre, y echado semillas, ignorados y oscuros labriegos; y después vienen grandes segadores, que miden todo el campo de una ojeada, empuñan hoz cortante, siegan de un solo vuelo la mies rica y la ofrecen en bandejas de libros a los que afilan en los bancos de la escuela la cuchilla para la siembra venidera. Así Cecilio. El fue un abarcador y un juzgador. Como que los hombres comisionan, sin saberlo ellos mismos, a alguno de entre ellos para que se detenga en el camino que no cesa y mire hacia atrás, para decirles cómo han de ir hacia adelante; y los dejan allí en alto, sobre el monte de los muertos, a dar juicio; mas ¡ay! que a estos veedores acontece que los hombres ingratos, atareados como abejas en su faena de acaparar fortuna, van ya lejos, muy lejos, cuando aquel a quien encargaron de su beneficio y dejaron atrás en el camino les habla con alarmas y gemidos, y voz de época. Pasa de esta manera a los herreros, que asordados por el ruido de sus yunques, no oyen las tempestades de la villa; ni los humanos, turbados por las hambres del presente, escuchan los acentos que por boca de hijos inspirados echa delante de sí lo por venir.

Lo que supo, pasma. Quería hacer la América próspera y no enteca; dueña de sus destinos, y no atada, como reo antiguo, a la cola de los caballos europeos. Quería descuajar las universidades, y deshelar la ciencia, y hacer entrar en ella savia nueva: en Aristóteles, Huxley; en Ulpiano, Horace Greeley y Amasa Walker; del derecho, “lo práctico y tangible”: las reglas internacionales, que son la paz, “la paz, única condición y único camino para el adelanto de los pueblos”; la Economía Política, que tiende a abaratar frutos de afuera y a enviar afuera, en buenas condiciones, los de adentro. Anhelaba que cada uno fuese autor de sí, no hormiga de oficina, ni momia de biblioteca, ni máquina de interés ajeno; “‘el progreso es una ley individual, no ley de los gobiernos”; “la vida es obra”. Cerrarse a la ola nueva por espíritu de raza, o soberbia de tradición, o hábitos de casta, le parecía crimen público. Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena: “el principio liberal es el único que puede organizar las sociedades modernas y asentarlas en su caja”. Tiene visiones plácidas, en siglos venideros, y se inunda de santo regocijo: “la conciencia humana es tribunal; la justicia, código; la libertad triunfa, el espíritu reina”. Simplifica, por eso ahonda: “La historia es el ser interior representado”. Para él es usual lo grandioso, manuable lo difícil y lo profundo transparente. Habla en pro de los hombres y arremete contra estos brahmanes modernos y magos graves que guardan para sí la magna ciencia; él no quiere montañas que absorban los llanos, necesarios al cultivo; él quiere que los llanos suban, con el descuaje y nivelación de las montañas. Un grande hombre entre ignorantes sólo aprovecha a sí mismo: “los medios de ilustración no deben amontonarse en las nubes, sino bajar, como la lluvia, a humedecer todos los campos”. “La luz que aprovecha más a una nación no es la que se concentra, sino la que se difunde”. Quiere a los americanos enteros: “la República no consiste en abatir, sino en exaltar los caracteres para la virtud”. Mas no quiere que se hable con aspereza a los que sufren: “hay ciertos padecimientos, mayormente los de familia: que deben tratarse con blandura”. De América nadie ha dicho más: “pisan las bestias oro, y es pan todo lo que se toca con las manos”. Ni de Bolívar: “la cabeza de los milagros y la lengua de las maravillas”. Ni del cristianismo: “el cristianismo es grande, porque es una preparación para la muerte”. Y está completo, con su generosa bravura, amor de lo venidero y forma desembarazada y elegante, en este reto noble: “y si han de sobrevenir decires, hablillas y calificaciones, más consolador es que le pongan a uno del lado de la electricidad y el fósforo, que del lado del jumento, aunque tenga buena albarda, el pedernal y el morrión”.

Más que del Derecho Civil, personal y sencillo, gustaba del derecho de las naciones, general y grandioso. Como la pena injusta le exaspera, se da al estudio asiduo del Derecho Penal, para hacer bien. Suavizar: he aquí para él el modo de regir. Filangieri le agrada; con Roeder medita. Lee en latín a Leibnitz, en alemán a Seesbohm, en inglés a Wheaton, en francés a Chevalier; a Camazza Amari en italiano, a Pinheiro Ferreyra en portugués. Asiie a las lecciones de Bluntschli en Heidelberg, y en Basilea a las de Feichmann. Con Heffter busca causas; con Wheaton junta hechos; con Calvo colecciona las reglas afirmadas por los escritores; con Bello acendra su juicio; con todos suspira por el sosiego y paz del universo. Aplaude con intimo júbilo los esfuerzos de Cobden, y Mancini, y Van Eck, y Bredino por codificar el Derecho de Gentes. Dondequiera que se pida la paz, está él pidiendo. El pone mente y pluma al servicio de esta alta labor. Hay en Filadelfia una liga para la paz universal, y él la estudia anhelante, y la Liga Cósmica de Roma, y la de Paz y Libertad de Ginebra, y el Comité de Amigos de la Paz, donde habla Stürm. El piensa, en aborrecimiento de la sangre, que con tal de que esta no sea vertida, sino guardada a darnos fuerza para ir descubriéndonos a nosotros mismos,—lo que urge, y contra lo cual nos empeñamos,— buenos fueran los congresos anuales de Lorimer, o el superior de Hegel, o el Areópago de Bluntschli. En 1873 escucha ansioso las solemnes voces de Calvo, Pierantoni, Lorimer, Mancini, juntos para pensar en la manera de ir arrancando cantidad de fiera al hombre; icuán bien hubiera estado Cecilio Acosta entre ellos! De estos problemas, todos los cuenta como suyos, y se mueve en ellos y en sus menores detalles con singular holgura. De telégrafos, de correos, de sistema métrico, de ambulancias, de propiedad privada: de tanto sabe y en todo da atinado parecer y voto propio. En espíritu asiste a los congresos donde tales asuntos, de universal provecho, se debaten; y en el de Zurich, palpitante y celoso está él en ment
e, con el Instituto de Derecho Internacional, nacido a quebrar fusiles, amparar derechos y hacer paces. Bien puede Cecilio hacer sus versos, de aquellos muy galanos, y muy honrados, y muy sentidos que él hacía; que, luego de pergeñar un madrigal, recortar una lira o atildar un serventesio, abre a Lastarria, relee a Bello, estudia a Arosemena. La belleza es su premio y su reposo; mas la fuerza, su empleo.

Y icómo alternaba Acosta estas tareas y de lo sencillo sacaba vigor para lo enérgico! ¡cómo, en vez de darse al culto seco de un aspecto del hombre, ni agigantaba su razón a expensas del sentimiento, ni hinchaba éste con peligro de aquélla, sino que con las lágrimas generosas que las desventuras de los poetas o de sus seres ficticios le arrancaban, suavizaba los recios pergaminos en que escribe el derecho sus anales! Ya se erguía con Esquilo y braceaba como Prometeo para estrujar al buitre; ya lloraba con Shakespeare y veía su alcoba sembrada de las flores de la triste Ofelia; ya se veía cubierto de lepra como Job, y se apretaba la cintura, porque su cuerpo, como junco que derriba el viento fuerte, era caverna estrecha para eco de la voz de Dios, que se sienta en la tormenta, le conoce y le habla; ya le exalta y acalora Víctor Hugo, que renueva aquella lengua encendida y terrible que habló Jehová al hijo de Edom.

Esta lectura varia y copiosísima; aquel mirar de frente, y con ojos propios, en la naturaleza, que todo lo enseña; aquel rehuir el juicio ajeno, en cuanto no estuviese confirmado en la comparación del objeto juzgado con el juicio; aquella independencia provechosa, que no le hacía siervo, sino dueño; aquel beber la lengua en sus fuentes, y no en preceptistas autócratas ni en diccionarios presuntuosos, y aquella ingénita dulzura que daba a su estilo móvil y tajante todas las gracias femeniles, —fueron juntos los elementos de la lengua rica que habló Acosta, que parecía bálsamo, por lo que consolaba; luz, por lo que esclarecía; plegaria, por lo que se humillaba; y ora arroyo, ora río, ora mar desbordado y opulento, reflejador de fuegos celestiales. No escribió frase que no fuese sentencia, adjetivo que no fuese resumen, opinión que no fuese texto. Se gusta como un manjar aquel estilo; y asombra aquella naturalísima manera de dar casa a lo absoluto y forma visible a lo ideal, y de hacer inocente y amable lo grande. Las palabras vulgares se embellecían en sus labios, por el modo de emplearlas. Trozos suyos enteros parecen, sin embargo, como flotantes, y no escritos, en el papel en que se leen; o como escritos en las nubes, porque es fuerza subir a ellas para entenderlos; y allí están claros. Y es que, quien desde ellas ve, entre ellas tiene que hablar; hay una especie de confusión que va irrevocablemente unida, como señal de altura y fuerza, a una legítima superioridad. Pero ¡qué modo de vindicar, con su sencillo y amplio modo, aquellas elementales cuestiones que, por sabidas de ellos, aunque ignoradas del vulgo que debe saberlas, tienen ya a menos tratar los publicistas! Otros van por la vida a caballo, entrando por el estribo de plata la fuerte bota, cargada de ancha espuela; y él iba a pie, como llevado de alas, defendiendo a indígenas, amparando a pobres, arropado en su virtud más que en sus escasas ropas, puro como un copo de nieve, inmaculado como vellón de cabritilla no nacido. Unos van enseñándose, para que sepan de ellos; y él escondiéndose, para que no le vean. Su modestia no es hipócrita, sino pudorosa; no es mucho decir que fue de virgen su decoro y se erguía, cuando lo creía en riesgo, cual virgen ofendida: “Lo que yo digo, perdura.” “Respétese mi juicio, porque es el que tengo de buena fe.” Su frente era una bóveda; sus ojos, luz ingenua; su boca, una sonrisa. Era en vano volverle y revolverle; no se veían manchas de lodo. Descuidaba el traje externo, porque daba todo su celo al interior; y el calor, abundancia y lujo de alma le eran más caros que el abrigo y el fausto del cuerpo. Compró su ciencia a costa de su fortuna; si es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico. iCuánta batalla ganada supone la riqueza! iy cuánto decoro perdido! ¡y cuántas tristezas de la virtud y triunfos del mal genio! ¡y cómo, si se parte una moneda, se halla amargo, y tenebroso, y gemidor su seno! A él le espantaban estas recias lides, reñidas en la sombra; deseaba la holgura, mas por cauces claros; se placía en los combates, mas no en esos de vanidades ruines o intereses sórdidos, que espantan el alma, sino en esos torneos de inteligencia, en que se saca en el asta de la lanza una verdad luciente, ¡y se la rinde, trémulo de júbilo, debajo de los balcones de la patria! El era “hombre de discusión, no de polémica estéril y deshonrosa con quien no ama la verdad, ni lleva puesto el manto del decoro.” Cuando imaginador, ¡qué vario y fácil! como que no abusaba de las imaginaciones y las tomaba de la naturaleza, le salían vivas y sólidas. Cuando enojado, iqué expresivo! su enojo es dantesco; sano, pero fiero; no es el áspero de la ira, sino el magnánimo de la indignación. Cuanto decía en su desagravio llevaba señalado su candor; que parecía, cuando se enojaba, como que pidiese excusa de su enojo. Y en calma como en batalla iqué abundancia! iqué desborde de ideas, robustas todas! iqué riqueza de palabras galanas y macizas! ¡qué rebose de verbos! Todo el proceso de la acción está en la serie de ellos, en que siempre el que sigue magnifica y auxilia al que antecede. ¡En su estilo se ve cómo desnuda la armazón de los sucesos, y a los obreros trabajando por entre los andamios; se estima la fuerza de cada brazo, el eco de cada golpe, la intima causa de cada estremecimiento! A mil ascienden las voces castizas, no contadas en los diccionarios de la Academia, que envió a ésta como en cumplimiento de sus deberes y en pago de los que él tenía por favores. Verdad que él había leído en sus letras góticas La Danza de la Muerte, y huroneado en los desvanes de Villena, y decía de coro las Rosas de Juan de Timoneda, o el entremés de los olivos. Nunca premio fue más justo, ni al obsequiado más grato, que ese nombramiento de académico con que se agasajó a Cecilio Acosta. Para él era la Academia como novia, y ponía en tenerla alegra su gozo y esmero; y no que, como otros, estimase que para no desmerecer de su concepto es fuerza cohonestar los males que a la Península debemos y aún nos roen, y hacer enormes, para agradarla, beneficios efímeros; sino que, sin sacrificarle fervor americano ni verdad, quería darle lo mejor de lo suyo, porque juzgaba que ella le había dado más de lo que él merecía, y andaba como amante casto y fino, a quien nada parece bien para su dama. iCuán justo fue aquel homenaje que le tributó, con ocasión del nombramiento, la Academia de Ciencias Sociales y Bellas Letras de Caracas! icuán acertadas cosas dijo en su habla excelente, del recipiendario, el profundo Rafael Seijas! lcuántos lloraron en aquella justa y ternísima fiesta! iY aquel discurso de Cecilio, que es como un vuelo de águila por cumbres! iy la procesión de elevadas gentes que le llevó, coreando su nombre, hasta su angosta casa! iy aquella madrecita llena toda de lágrimas, que salió a los umbrales a abrazarle, y le dijo con voces jubilosas: “Hijo mío: he tenido quemados los santos para que te sacasen en bien de esta amargura”!

Murió al fin la buena anciana, dejando, más que huérfano, viudo al casto hijo, que en sus horas de plática o estudio, como romano entre sus lares, envuelto en su ancha capa, reclinado en su vetusto taburete, revolviendo, como si tejiese ideas, sus dedos impacientes, hablaba de altas cosas, a la margen de aquella misma mesa, con su altarcillo de hoja doble, y el Cristo en el fondo, y ambas hojas pintadas, y la luz entre ambas, coronando el conjunto, a este lado y aquel de las paredes, de estampas de Jesús y de María, que fueron regocijo, fe y empleo de la noble señora, a cuya muerte, en carta que pone pasmo por lo profunda y reverencia por lo tierna, pensó cosas excelsas el buen hijo, en respuesta a otras conmovedoras que le escribió, en son de pésame, Riera Aguinagalde.

No concibió cosa pequeña, ni comparación mezquina, ni oficio bajo de la mente, ni se encelaba del ajeno mérito, antes se daba prisa a enaltecerlo y publicarlo. Andaba buscando quien valiese, para decir por todas partes bien de él. Para Cecilio Acosta, un bravo era un Cid; un orador, un Demóstenes; un buen prelado, un San Ambrosio. Su timidez era igual a su generosidad; era él un padre de la Iglesia, por lo que entrañaba en ella, sabía de sus leyes y aconsejaba a sus prohombres; y parecía cordero atribulado, sorprendido en la paz de la majada por voz que hiere y truena, cuando entraba por sus puertas y rozaba los lirios de su patio con la fulgente túnica de seda un anciano arzobispo.

Visto de cerca iera tan humilde! sus palabras, que,—con ser tantas, que se rompían unas contra otras, como aguas de torrente,—eran menos abundantes que sus ideas, daban a su habla apariencia de defecto físico, que le venía de exceso, y bacía tartamudez la sobra de dicción. Aun, visto de lejos, ¡era tan imponente! su desenvoltura y donaire cautivaban y su visión de lo futuro entusiasmaba y encendía. Consolaba el espíritu su pureza; seducía el oído su lenguaje; iqué fortuna ser niño siendo viejo! ésa es la corona y la santidad de la vejez. El tenía la precisión de la lengua inglesa, la elegancia de la italiana, la majestad de la española.
Republicano, fue justo con los monarcas; americano vehementísimo, al punto de enojarse cuando se le hablaba de partir glorias con tierras que no fuesen esta suya de Venezuela, dibujaba con un vuelo arrogante de la pluma el paseo imperial de Bonaparte y vivía en la admiración ardorosa del extraordinario Garibaldi, que, sobre ser héroe, tiene un merecimiento singular: serlo en su siglo. El era querido en todas partes, que es más que conocido y más difícil. Colombia, esa tierra de pensadores, de Acosta tan amada, le veía con entrañable afecto, como viera al más glorioso de sus hijos; Perú, cuya desventura le movió a cólera santa, le leyó ansiosamente; de Buenos Aires le venían abrumadoras alabanzas. En España, como hechos a estas galas, saboreaban con deleite su risueño estilo y celebraban con pomposo elogio su fecunda ciencia; el premio de Francia le venía ya por los mares; en Italia era presidente de la Sociedad Filelénica, que llamó estupenda a su carta última; el Congreso de Literatos le tenía en su seno, el de Americanistas se engalanaba con su nombre; “acongojado hasta la muerte” le escribe Torres Caicedo, porque sabe de sus males; luto previo, como por enfermedad de padre, vistieron por Acosta los pueblos que le conocían. Y él, que sabía de artes como si hubiera nacido en casa de pintor, y de dramas y comedias como si las hubiera tramado y dirigido; él, que preveía la solución de los problemas confusos de naciones lejanas con tal soltura y fuerza que fuera natural tenerle por hijo de todas aquellas tierras, como lo era en verdad por el espíritu; él, que en época y limites estrechos, ni sujetó su anhelo de sabiduría, ni entrabó o cegó su juicio, ni estimó el colosal oleaje humano por el especial y concreto de su pueblo, sino que echó los ojos ávidos y el alma enamorada y el pensamiento portentoso por todos los espacios de la tierra; él no salió jamás de su casita oscura, desnuda de muebles como él de vanidades, ni dejó nunca la ciudad nativa, con cuyas albas se levantaba a la faena, ni la margen de este Catuche alegre, y Guaire blando y Anauco sonoroso, gala del valle, de la Naturaleza y de su casta vida. ¡Lo vio todo en sí, de grande que era!

Este fue el hombre, en junto. Postvió y previó. Amó, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vio por sí mismo. Señaló nuevos rumbos. Le sedujo lo bello; le enamoró lo perfecto; se consagró a lo útil, Habló con singular maestría, gracia y decoro; pensó con singular viveza, fuerza y justicia. Sirvió a la Tierra y amó al Cielo. Quiso a los hombres, y a su honra. Se hermanó con los pueblos y se hizo amar de ellos. Supo ciencias y letras, gracias y artes. Pudo ser Ministro de Hacienda y sacerdote, académico y revolucionario, juez de noche y soldado de día, establecedor de una verdad y de un banco de crédito. Tuvo durante su vida a su servicio una gran fuerza, que es la de los niños: su candor supremo; y la indignación, otra gran fuerza. En suma: de pie en su época, vivió en ella, en las que le antecedieron y en las que han de sucederle. Abrió vías, que habrán de seguirse; profeta nuevo, anunció la fuerza por la virtud y la redención por el trabajo. Su pluma siempre verde, como la de un ave del Paraíso, tenía reflejos de cielo y punta blanda. Si hubiera vestido manto romano, no se hubiese extrañado. Pudo pasearse, como quien pasea con lo propio, con túnica de apóstol. Los que le vieron en vida, le veneran; los que asistieron a su muerte, se estremecen. Su patria, como su hija, debe estar sin consuelo; grande ha sido la amargura de los extraños; grande ha de ser la suya. iY cuando él alzó el vuelo, tenía limpias las alas!

Revista Venezolana. Chacas, 15 de julio de 1881

 José Martí 


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.