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sábado, 19 de abril de 2014

CHEO, GABO Y MAYRA:UN ELOGIO POR PARTIDA TRIPLE

DESDE CASI MIS CINCUENTA AÑOS



Mayra Alejandra, Gabo y Cheo Feliciano


Este jueves santo de 2014, se despidieron tres amigos de mi adolescencia escurridiza que va y viene impunemente: Cheo Feliciano (1935), Gabriel García Márquez (1927) y Mayra Alejandra Rodríguez Lezama (1955). Tres muertes que comprendieron causas disímiles: el accidente de tránsito que incrustó al primero en un poste de concreto, la severa afección respiratoria del Gabo que lo despegó por fin del mal del sueño y el cáncer terminal que apagó el shock postraumático inducido vía T.V. a la desdichada y acartonada Leonela. Sin embargo, la nostalgia, además de la cruel y traviesa Providencia, los emparentan en ese concierto barroco y maravilloso –periferia escarnecida y prostituida por el Centro- que es la cultura popular y literaria de América Latina. 



La voz tierna y viril de Cheo, antípoda extraordinaria que aún agradece el melómano y el bailador, nos acompañó desde la devota sintonización de Radio Aeropuerto, enclave de la Salsa en la Venezuela de los setenta. Recordamos su estilo inigualable, gallardo y heredero de Tito Rodríguez, Joe Cuba y Eddie Palmieri tanto en la tesitura aterciopelada del bolero como en el tenor salvaje y montuno de la guaracha y el sonido boogaloo: “El Ratón”, “El Pito”, “Busca lo tuyo”, “Amada Mía” y “Delirio” (el último surco es una brillante versión de este clásico así como la de Ismael Quintana con Palmieri) así lo ratifican cada vez que la aguja o el láser lamen el acetato o el CD para complacer los oídos y el corazón. Si de yuntas se trata –evocamos a Ismael y Cortijo o a Colón y Blades-, es histórica la simbiosis perfecta de Feliciano y Catalino “Tite” Curet Alonso: “Anacaona”, “Naborí” y “Los Entierros de mi pobre gente pobre” son hitos indiscutibles del Repertorio Latinoamericano en virtud de su poesía sentida, conmovedora y solidaria con las causas contestatarias de nuestros pueblos. 



Desprovisto de los alardes mediáticos propios de lo políticamente correcto, Cheo Feliciano adversó la Guerra de Vietnam (llevado por los acordes de “Despedida” de Don Pedro Flores) y el aislamiento con el que aún pretenden los corsarios protestantes oprimir a Cuba por mampuesto (por supuesto, todavía les duele Playa Girón). Cheo fue desde siempre amigo de nuestro país, bien sea en compañía de Tito Rodríguez, La Fania All Stars o la Rondalla Venezolana. Su presentación en PDVSA La Estancia, a propósito del Festival de Boleros en 2012, nos reconcilió con sus mejores días, esta vez echando un pie con Coco, su mujer bien amada, sazonada la noche con los estupendos arreglos del profesor y tresista Luis García.




Qué decir del Gabo, cuando aparentemente todo está dicho y llueve sobre mojado para bien o para mal: En la indecente apreciación de este narrador y ensayista compulsivo, constituye mi primera referencia literaria: Ambos estamos conscientes de que sólo servimos para escribir con la mollera, el corazón y las tripas. Si “La Hojarasca” me trajo visceralmente a Macondo con su tropical calor pegajoso, sus supersticiones y miedos veterotestamentarios, no en balde los catorce grados centígrados de la Caracas de entonces aparejados con los ardores púberes, “Cien Años de Soledad” supuso una revelación asombrosa, esto es la literatura como apertura y cierre de la Totalidad contingente y discontinua que nos abraza, bandada de múltiples voces entrecortadas que recoge y desparrama en la recreación del oprobioso mundo amado, los amores no correspondidos y las causas inauditas a defender que sólo delatan nuestra inconformidad y desadaptación. He de confesar que obtuve más plata escribiendo trabajos diferentes sobre ambas novelas para mis flojos condiscípulos, que la que me deparaban las dupletas hípicas con las que recorría La Pastora en Caracas o Tarapío y Caprenco en Valencia, la de San Simeón el estilita. 




Como pueden constatar, de ahí viene esta terca pasión por las palabras que tan sólo busca ensayar junto a ustedes una conversación sobre los autores que nos gratifican y honran en el juego bifronte del lenguaje. No nos caigamos a embustes: Soy un cronista mercenario de estos días sin dispensación, flaco de hambres y hambriento de amores como el protagonista de “Memorias de mis putas tristes”, indudablemente una de sus novelas más simpáticas y enternecedoras. ¿Cómo no reencontrarme con García Márquez en el realismo poético de “Apuntes y congojas de una decadencia novelada en tres muertes” de nuestra Doña Ana Enriqueta Terán, o las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia recreadas por Billo, o ese homenaje vitalísimo de Rubencho Blades y Seis del Solar que es “Agua de Luna”? Pese al terror compartido con Salvador Garmendia en cuanto a revisitar las páginas monstruosas de las grandes novelas que cautivan la memoria, me resta abrevar en el lamedero magnífico de “Cien Años de Soledad”, pues los condenados de la Tierra siempre forjan sus oportunidades de redención con maniático denuedo. 

Mayra Alejandra


Mi aversión por las teleculebras latinoamericanas a lo Delia Fiallo no me alejó de Mayra Alejandra, por el contrario, excitó mi febril sensibilidad e inclinación por las guarichas, hembraje avasallador a fuerza de nuestro proverbial mestizaje no mediatizado por la palurda miopía misógina de Osmel Sousa y sus viles cómplices mediáticos. Sabotear esperpentos dramáticos como “Leonela” fue un oportuno pretexto para importunar al matriarcado amantísimo de mi casa, zanjando brechas generacionales y eludiendo el rigor de la correa o la chancleta airada. Sin embargo, el morbo patente en el tratamiento cursi del tema de la violación y el increíble ascenso social del violador, le imprimió un toque extraño y paradójico a las húmedas ensoñaciones eróticas de entonces: chupar los grandes pezones de bondadosas papayas, perderse en esos ojos negrísimos de muchacha broncínea. Nos simpatizaba más, por supuesto, la Carmen fogosa que encarnó en la película de Chalbaud, o la impúdica Barbarita agarrada del brazo de Cabrujas e importunada por la muerte de un viejo actor que gustaba de “La Gaviota” de Chejov. 



Estimado trío que se asomó a mi pubertad: ¡Buen Viaje, Familia! Sus cenizas se sumergirán en las aguas cálidas de los ríos, el bramar de las cataratas y la saudade que trae consigo las lluvias de mayo. 

En Valencia de San Desiderio, viernes santo, 18 de abril de 2014. Así sea.



José Carlos De Nóbrega 


Publicado originalmente en Salmos Compulsivos


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José Carlos De NóbregaEnsayista y narrador venezolano (Caracas, 1964 - Valencia, 2023). Licenciado en educación, mención lengua y literatura, de la Universidad de Carabobo (UC). Forma parte de la redacción de la revista Poesía, auspiciada por la misma casa de estudios. En 2007 su blog Salmos compulsivos obtuvo el Premio Nacional del Libro a la mejor página web.

En 2015, fue profesor invitado por la Universidad de Salamanca para dictar un curso sobre literatura venezolana, auspiciado por la Cátedra Ramos Sucre de la USAL y el CENAL.


Ha publicado dos volúmenes de ensayo: Sucre, una lectura posible (Universidad de Carabobo) y Textos de la Prisa (Gobernación del estado Carabobo) en 1996. Los libros de ensayos Derivando a Valencia a la Deriva (2007) y Salmos Compulsivos por la Ciudad (2008, versión digital en www.letralia.com) han sido publicados por las editoriales “El Perro y la Rana” y “Letralia” respectivamente. En mayo de 2008, la Editorial Letralia publicó Para machucar mi corazón: Una antología poética de Brasil (serie Transletralia, versión digital en www.letralia.com), de la cual es el compilador y el traductor. En 2011 apareció el libro de ensayos Salmos Compulsivos, bajo el sello editorial Protagoni, c.a..


El Fondo Editorial Fundarte publicó el libro de cuentos El Dragón Lusitano y otros relatos, en 2013. En 2014,


Fundarte hizo públicas dos traducciones a saber: los libros de poesía Las imaginaciones / El soldado raso. de Ledo Ivo y la novela La Pasión según G.H., de Clarice Lispector. También tradujo Dispersión / Indicios de Oro, del poeta portugués Mário de Sá Carneiro.


Ha colaborado en diversas publicaciones periódicas: Poesía, La Tuna de Oro, Tiempo Universitario, Letra Inversa del diario Notitarde, Laberinto de Papel, Revista Nacional de Cultura, Imagen, suplemento Letras del diario Ciudad Ccs, el diario Vea y Fauna Urbana.




martes, 22 de enero de 2013

Leonardo Padura, escritor cubano: Durante el periodo especial trabajé muchísimo y eso me salvó de la locura








30 de Diciembre del 2012

'Por demasiado tiempo nos han dicho cómo actuar' 
 Una entrevista al escritor cubano Leonardo Padura


El ganador del Premio Nacional de Literatura cubana reflexiona sobre ser escritor en su país.

Leonardo Padura (La Habana, 1955), conocido por sus novelas policíacas de Mario Conde y agudas críticas a la sociedad cubana, inició su carrera literaria contra todo pronóstico. Corría la década del noventa, había caído el muro de Berlín y la isla, que siempre se financió con la ayuda de Moscú, se vio empobrecida de un día para otro. Cerraron las editoriales, la producción cultural pasó a un segundo plano y él acaba de salir de Juventud Rebelde, el segundo diario más importante del castrismo. Pero mientras muchos de sus compatriotas salían de Cuba en balsa, él siguió escribiendo.

Desde entonces, ha publicado más de veinte libros, entre novelas, antologías de cuento, ensayos y reportajes; sus obras han sido traducidas a 17 lenguas; y ha recibido prestigiosos premios de literatura latinoamericana y policíaca, como el Roger Caillois, el Café Gijón y el Hammett. Su más reciente novela, El hombre que amaba a los perros, sobre el destierro y asesinato de Trotsky y una mirada crítica al Moscú posestalinista, la Guerra Civil Española y Cuba entre los años 70 y 90, acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura cubana.

El escritor, que estará en Cartagena durante el Hay Festival, que comienza el 24 de enero, conversó con EL TIEMPO, desde La Habana.


Sus novelas son conocidas por su visión crítica de la realidad cubana, pero usted trabajó varios años en medios oficiales. ¿Qué le dejó la experiencia?

A principios de los ochenta, tuve la suerte de trabajar en el Caimán Barbudo, una revista que publicaba un periodismo cultural reflexivo, crítico y que constataba la entrada a una nueva generación de artistas y escritores cubanos. Tres años después, me sacaron y me enviaron a Juventud Rebelde, para ‘reeducarme’ ideológicamente. Pero me hicieron un gran favor. Junto con Ángel Tomás González (hoy, el corresponsal de El Mundo, de España, en La Habana) empecé a hacer parte del equipo encargado de los reportajes de los domingos, donde nos dieron mucha libertad. Tanta, que el periódico sufrió un gran cambio, el periodismo sufrió un gran cambio y yo sufrí un gran cambio. En el momento en que salí de Juventud, había pasado de ser un escritor intuitivo y juvenil a ser uno con instrumentos profesionales. En ese momento empecé a escribir las novelas de Mario Conde.

Usted ha dicho que el desencanto de Mario Conde es el mismo desencanto de su generación.

Yo quería escribir una novela policíaca que fuera muy cubana y, sobre todo, que no se pareciera a las que se habían escrito en los setenta y ochenta, que son absolutamente reafirmativas del sistema. Quería escribir algo que cuestionara lo que estábamos viviendo. Y para hacerlo, la figura del policía era esencial: alguien con la suficiente inteligencia y capacidad de análisis que, de manera verosímil, pudiera recrear nuestra realidad; un hombre de mi generación, que a principios de los noventa, cuando teníamos 35 años, se encontró con que todo por lo que habíamos trabajado y creímos que iba a ser nuestra vida, había desaparecido. Mario Conde sufre esa pérdida, como la sufrí yo, y ese desencanto define su visión de la realidad.


En ‘El hombre que amaba a los perros’, su crítica es más directa: se hace desde los orígenes del estalinismo. ¿Cómo surgió este libro?

En el año 89 viajé por primera vez a México y visité la casa de Trotsky en Coyoacán. Estando allí, me conmoví y a partir de entonces sentí una gran curiosidad por conocer a ese personaje, del cual no se hablaba en Cuba. Años después, me enteré de que el asesino de Trotsky, Ramón Mercader, había vivido y había muerto en La Habana. ¡Ese hombre había sido alguien con quien yo me hubiera podido cruzar en la calle sin saber quién era! Empecé, entonces, a interesarme por escribir algo, pero en ese momento yo no tenía el conocimiento para hacerlo y seguí escribiendo mis novelas.

¿Cómo fue el proceso de investigación?

Fue una gran investigación, que inició en el 2005. Y digo ‘gran’ porque la información que existe sobre Ramón Mercader es escasísima y porque tenía que leer la literatura disponible después de que abrieran los Archivos de Moscú, que cambiaron la perspectiva histórica de los hechos que iba a narrar. Cada vez que iba a España regresaba con una maleta llena de libros, iba a las librerías de viejo y creé una red de agentes en España, Francia, México, Uruguay y Estados Unidos que buscaban información y me la enviaban.

El narrador de esta novela es un escritor que vive la censura en los primeros años de la revolución. ¿Cómo la vivió usted?

En los años 70 la producción cultural en Cuba se regía por patrones muy ortodoxos. El eslogan era ‘La cultura es un arma de la revolución’ y era imposible publicar algo que se saliera de ello. La generación del Caimán Barbudo empieza a escribir una literatura distinta y, a partir de entonces, más que el peso de una censura, quedó el peso de la autocensura. La gente sabía qué escribir y el horizonte era publicar con una editorial cubana, que decidía qué se podía decir. El caso de Iván, un personaje que trata de escribir y terminó derrotado, fue muy frecuente en Cuba.


¿Y qué ha hecho usted para no terminar derrotado?

A mí me ha salvado el trabajo. Después de la caída del muro de Berlín, durante los años más difíciles de la década del noventa, en los que faltaba electricidad, comida, en los que no había transporte público, escribí tres novelas, un libro de ensayos, coordiné un libro de periodismo, escribí dos guiones de cine y preparé una antología de cuentistas cubanos que se publicó en México. Trabajé muchísimo y eso me salvó de la desesperación, incluso de la locura, y me permitió ganarme un espacio, profesionalizarme como escritor y vivir de mis derechos de autor.

Ha dicho que a mediados de los 90 Cuba le producía rabia, ira y, ahora, escepticismo. ¿A qué se debe ese cambio?

Las cosas en los años 90 estaban en tal grado de pauperización que la reacción era visceral. Luego, todo empezó a mejorar con estrategias políticas para que las cosas no resultaran tan difíciles, mientras se mantenía el control de la sociedad y, en los últimos años, se ha iniciado un proceso de cambios económicos, aunque sigue habiendo un sector de la población muy empobrecido. Hoy, la situación cubana me produce una mezcla de sentimientos. Hay días en que amanezco muy escéptico, hay otros en que amanezco muy enrabietado –en términos cubanos, muy encabronado– y hay días en que soy optimista.

Pero el Gobierno de España le concedió la ciudadanía en el 2011, ¿por qué ha decidido entonces seguir en Cuba?

La ciudadanía española es un reconocimiento y tener un pasaporte español me ayuda a la hora de sacar los visados. Pero mi centro de gravedad como escritor, como persona, está aquí, en La Habana. Necesito ese contacto con la realidad cubana para alimentar mi literatura y mis reflexiones, aunque a veces haya dificultades materiales, trabas burocráticas, críticas y hasta ataques. Estoy aquí porque es el lugar donde quiero estar.


Hasta cierto punto, sus personajes mantienen los ideales altos de la revolución. ¿Qué defiende usted de ese momento hoy?

Defiendo, sobre todo, el derecho de las personas a decidir qué hacer con sus vidas. Durante demasiado tiempo nos han dicho cómo tenemos que actuar, qué debemos hacer y hasta lo que debemos pensar. Y creo que el “libre albedrío” como lo llaman algunos, es una de las más esenciales opciones humanas. Los más disímiles poderes –políticos, económicos, religiosos, sociales– siempre compulsan a la gente a que se comporte de acuerdo a sus propias necesidades y exigencias –las de esos poderes– y nos dejan pocos márgenes de decisión. Y defiendo el derecho a equivocarnos, siempre que esa decisión y esa posible equivocación no perjudique al prójimo.

En el bajo mundo de La Habana

Leonardo Padura saltó a la fama por sus libros policíacos. Ambientadas en el barrio de Mantilla, en La Habana, y protagonizadas por Mario Conde, un detective desencantado con vocación de escritor, las novelas son críticas a la sociedad cubana de mediados de los noventa. La serie, compuesta por ocho libros, le ha merecido al escritor premios tan prestigiosos como el Hammett, entregado por la Asociación Internacional de Escritores Policíacos, y el Premio Café Gijón y el Raymond Chandler, de novela negra.



MARÍA ALEJANDRA PAUTASSI


Redacción Domingo

Tomado de El Tiempo





miércoles, 10 de noviembre de 2010

Los mundos de Daína Chaviano

(donde todas las posibilidades son reales)





Estimados Amigos

Hoy compartimos con ustedes este texto sobre la escritora cubana Daína Chaviano, rescatado de la revista Glamour en español.

Deseamos disfruten de la entrada.


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Hay un mundo que corre paralelo al nuestro. En él, los más triviales sucesos adquieren un sentido mágico....como de universo seducido. Detrás -hilando las finas hebras de la escritura, o recogiendo el agua de la llovizna del siglo- una mujer delgada, de edad imprecisa y cabello lacio, construye con la penitencia de una Penélope moderna las fábulas o las historias de su imaginación. "La Habana es un mito, un sueño lejano", dice con nostalgia. "Mis padres, mis hermanos, una  infancia llena de libros, una familia enorme y risueña con muchos primos, los rincones misteriosos en la casa de mi abuela materna, la finca de mis abuelos donde exploraba los naranjales y trataba de atrapar los colibríes que se acercaban a la enredadera del portal... La Habana es otra vida, una ciudad que nunca recuperaré. Es el lugar donde nací y crecí, un mundo perdido para siempre. Aunque algún día vuelva a caminar por sus calles, La Habana que conocí habrá muerto. Es una ciudad que sólo existirá en mi recuerdo". Esta urbe costera que ha sido la obsesión de tiranos y escritores es la patria de Daína Chaviano. Allí comenzó a darle vida a ese universo de ficción y realidad que la ha convertido en una de las autoras más importantes de Hispanoamérica. Esta ciudad es también el escenario de su ciclo de literatura La Habana Oculta (con las novelas El hombre, la hembra y el hambre, Planeta, 1998, Premio Azorín de novela; Casa de Juegos, Planeta, 1999, y Gata Encerrada, Planeta, 2001).

Conocí la obra de Daína hace veinte años, cuando siendo una adolescente publicó su primer libro de relatos. Los mundos que amo (1980) que se convirtió en un best-seller, algo increíble dentro del atrofiado mecanismo editorial cubano. En aquel entonces, empezaba sus estudios de Lengua y Literatura Inglesas, en la Universidad de La Habana. De la "novia soñada" de toda una generación a la escritora, aún joven y apasionada, de belleza inteligente y distante, ha transcurrido una obra que me ha proporcionado excelentes momentos de lectura. "Mi literatura es deudora de los autores anglosajones. Había leído a escritores de otras latitudes, incluyendo a mis coterráneos, pero quienes me mostraron las verdaderas posibilidades del género fueron los maestros anglosajones. Tuve modelos iniciales -como Ray Bradbury-, pero siempre narré las historias a mi manera, con una mezcla de..., mitología, magia y religión (en el caso de la ciencia ficción), y más tarde de realidad con fantasía, en mis libros más 'realistas' ", dice. "Yo escogí mi carrera porque me interesaba la literatura anglosajona, quería leer a Bradbury y a Shakespeare en su lengua original. Así conocí a otros autores. Pude leer en inglés textos que me marcaron profundamente: El Paraíso Perdido, de Milton; El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien; Perelandra, de C. S. Lewis; los poetas románticos ingleses, y muchos autores fantásticos". Su exilio a Miami ha creado una falsa imagen de ruptura en su universo creativo, pero lo cierto es que esta mujer de formación "renacentista", como su obra lo demuestra, es una de las autoras más versátiles del ámbito hispánico. "El escritor de ciencia ficción debe tener un conocimiento general de disciplinas como la astronomía, la biología, la física. Es imposible crear mundos coherentes o realidades alternativas si no tienes las herramientas mínimas para delinearlas. El llamado 'Hombre del Renacimiento', ese individuo con conocimientos generales sobre diversas ramas del arte y de la ciencia, es algo que hoy sólo existe entre los autores de ciencia-ficción: Es por eso que Ray Bradbury puede escribir una novela sobre la vida cotidiana en un pueblito de Ohio, pero García Márquez es incapaz de convertirse en un autor de ciencia ficción. Le falta  cultura científica. Lamentablemente, se trata de un mal general entre casi todos los artistas de nuestra época".