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jueves, 12 de febrero de 2026

El caos de Venezuela ha provocado una poderosa narrativa que se publica en el extranjero porque no puede hacerse en el país

 


Estimados liponautas


Hoy compartimos con ustedes este artículo que refleja la actual vida escritural y editorial de Venezuela. UN país plagado de contradicciones económicas y duramente oprimido donde el desempeño de la labor de los escritores y de los editores y los de cualquier persona que pretenda enrriquecer el acervo cultural común de nuestro país. Un país donde el salario mínimo es de 0,40 dólares es el menos indicado para hacer labor cultural. La pobreza sistemática hizo que millones de venezolanos abandonaran el país y entre ese lote emigraron algunos escritores que pudieron asimilarse a sociedades extranjeras y lograr las condiciones necesarias para poder escribir y publicar. Ellos tuvieron suerte, hay que recordar la cantidad inmensa de venezolanos que murieron buscando un lugar bajo el sol que les permitiera florecer su vida. 


Esperamos que disfruten de la entrada.


Atentamente


La Gerencia


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Venezuela: la literatura del caos


La descomposición política y social que atraviesa el país inspira una narrativa poderosa que, paradójicamente, solo puede publicarse y conseguirse en el extranjero




Javier Lafuente

JAVIER LAFUENTE

17 MAY. 2019 - 18:15 VET



Las calles de Caracas son, en su mayoría, escenarios de una vida que ya no es. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que, en muchos lugares en los que ahora se sobrevive, no hace tanto se gozó. De que la decadencia que atrapa el paisaje urbano no es sino un manto de la ostentación de un pasado próximo. Y así, el dolor, la dificultad, la descomposición, la falta de aliento se convirtieron en relato. Desde la novela, el cuento, la poesía, cada vez más autores confrontan una realidad oscura, violenta. Todos se acercan a un mundo que se vino abajo: Venezuela.


Un grupo de mujeres que emprende un club de lectura en una ciudad sin nombre sacudida por la violencia, gobernada por el Alto Mando; el miedo de una hija a que roben a su madre pese a que esta está ya enterrada; el amor entre una espía de la CIA y uno de la inteligencia cubana; un barrio caraqueño donde aparece un hombre cuyo apellido coincide con uno de los máximos exponentes de la poesía rusa, al que Stalin confinó en Siberia. Los escenarios, los personajes, las tramas son innumerables, pero los rasgos en común entre las obras que proliferan apenas varían. Ni la lejanía de los que viven fuera del país ni la cercanía de los que lo sufren son obstáculo para que la cotidianidad sea ajena a los autores. “Desde hace años, Venezuela es una emergencia permanente. No lo digo en plan metafísico. Se trata de una angustia concreta que va desde conseguir medicinas o comida hasta regresar a casa en una ciudad sin luz. Es casi imposible que todo esto no toque la escritura. Creo que, para muchos de nosotros, la realidad se ha vuelto una herida incomprensible. Tratar de escribirla es una forma de ordenar esa locura, de organizar incertidumbre y el dolor que produce”, explica Alberto Barrera Tyszka, que tiene los pies en México, donde reside desde hace años, pero a quien le cuesta despegar la cabeza de Venezuela, su país, al que está permanentemente conectado.


Desde la novela, el cuento, la poesía, cada vez más autores confrontan en sus obras la oscura realidad del país

Barrera publicó a finales del pasado año Mujeres que matan (Literatura Random House), “una novela sobre el contagio veloz e irracional de la violencia”, en palabras del autor, donde un grupo de mujeres se enfrentan a distintas formas de agresión oficial. Las páginas de Mujeres que matan ahondan en la descomposición que ya describió en Patria o muerte (Premio Tusquets 2015), y que, en cierta manera, tuvieron su preludio hace 14 años en Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal (DeBolsillo), escrito junto a Cristina Marcano, acaso la biografía definitiva del mandatario fallecido; el tótem de la revolución bolivariana, del denominado socialismo del siglo XXI, a quien no pocos ven como el origen de la descomposición, que se ha perpetuado con su sucesor, Nicolás Maduro, en el poder. “Todo se vino abajo en el momento en que estalló la ilusión de modernidad, que era un espejismo, y entramos en barrera en este cuento del socialismo inclusivo y soberano, que ha sido la mayor estafa de un grupo de corruptos que llegaron tarde al saqueo de la corona. Le debemos este sainete a la izquierda de los años sesenta que se quedó resentida porque se dejó pacificar con dinero. Y a unos políticos de la Cuarta [República] que no estuvieron a la altura de la deuda social que arrastraba el país”, describe el editor y periodista venezolano Sergio Dahbar.



Chávez aún vivía cuando Karina Sainz Borgo decidió dejar Venezuela, donde nació en 1982, para instalarse en Madrid hace 13 años. Antes de eso ya tenía intención de escribir sobre un país que, dice, ya no existe y al que después de lidiar durante años con el desarraigo ha escrito una suerte de carta de amor en La hija de la española (Lumen), su primera novela, uno de los fenómenos literarios del año, publicada en 22 países. “Yo no reconozco al país y el país no me reconoce a mí”, dice Sainz Borgo. La novela es el retrato de una mujer de 38 años tras la muerte de su madre, de cómo se enfrenta sola a una ciudad donde la violencia, otra vez la violencia, lo marca todo. “La destrucción ha sido tal que disolvió el relato. Para que haya una catarsis tiene que quedar por escrito”, explica la autora.


No todos los autores abarcan Venezuela desde fuera. El poeta Igor Barreto sigue viviendo en Venezuela, desde donde ha reflexionado sobre la pobreza en su apabullante El muro de Mandelshtam (Bartleby). Lejos de espantar la crisis de su país, Barreto ha tratado de aprender de ella, como un método quizás de supervivencia. “Es una circunstancia para conocer mejor al ser humano. Es imposible conocer el carácter de una persona o un país si no entra en crisis. He podido conocer mejor a Venezuela”, afirma, cuando trata de explicar lo que denomina una “relación íntima con este proceso de marginalización”. “Yo creo, siento, que tengo una gran fortuna al poseer un lugar. El lugar es el templo. Yo no me iría nunca de Venezuela porque es el lugar del que puedo hablar muy bien, donde ser testigo de las cosas que ocurren y pensar en ellas”, apostilla el poeta.


Varios venezolanos acarrean agua ante una pintada en una calle de Caracas que pregunta: “¿La normalidad es un privilegio?”. 

FEDERICO PARRA (AFP / GETTY IMAGES)


Barrera Tyszka, Sainz Borgo, Barreto, también Moisés Naím, que ha publicado Dos espías en Caracas (Ediciones B), son apenas algunos de los nombres que afloran en una lista que se termina por volver ingente. “Pienso en Victoria de Stefano, en Ana Teresa Torres, en Eduardo Liendo, Israel Centeno, Juan Carlos Méndez Guédez, en Fedosy Santaella. En gente más joven como Rodrigo Blanco, Eduardo Sánchez…, y por supuesto quedan muchísimos nombres por fuera”, aporta Barrera: “Es un proceso irremediable, en cierta forma vallejiano: “Un hombre pasa con un pan al hombro / ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?”.


La novedad, si así pudiera llamarse, radica en que la narrativa ha cobrado fuerza en los últimos años. Tradicionalmente no ha sido el género más aventajado si se compara con el cuento o la poesía, de mayor raigambre, con exponentes fuera y dentro de Venezuela como el eterno Rafael Cadenas. “Siempre he sentido que en el país ha habido, y hay, enormes poetas y pintores. Y que la narrativa debía esperar. Pareciera que le ha llegado el tiempo”, considera Sergio Dahbar. “Es muy difícil que surja una narrativa que no exprese lo que pasa en el país. Si lees un cuento de un joven que vive en un barrio horrible donde matan a la gente y ese joven trabaja en un canal de televisión como escenógrafo y le piden que diseñe un barrio bonito porque la televisión debe mostrar el lado chévere de Venezuela, te das cuenta de que finalmente la literatura termina por registrar el horror múltiple de esta sociedad. Pareciera que la gravedad los ha convocado. Comienzan a aparecer autores que pegan duro en el exterior con libros que tienen público y de alguna manera han encontrado la voz de la tribu. Semejante hipótesis, de confirmarse, es una gran noticia”.


Cauta a la hora de hablar de una narrativa venezolana como género en sí mismo se muestra Karina Saiz Borgo: “Antes de identificar un fenómeno necesitamos un periodo más largo, es un proceso que apenas comienza”. Un recorrido que, si depende de los acontecimientos que se suceden vertiginosamente, tiene visos de prolongarse en el tiempo, al menos hasta ver un país reconstruido.


Los grandes sellos se han ido y muchos escritores, correctores, diseñadores, traductores e impresores han emigrado

Venezuela, país cuya cotidianidad no cesa de aportar paradojas, encuentra en la literatura una de las más dolorosas. La eclosión de una narrativa poderosa coincide con un momento en el que prácticamente solo puede publicarse y conseguirse fuera de Venezuela. Dentro del país, la industria editorial casi ha desaparecido. Las grandes firmas se han ido. Muchos escritores, correctores, diseñadores, traductores, dueños de imprentas… se han ido. “Es un sentimiento extraño, de alguien que se va quedando solo en una casa donde antes había mucha gente, actividad, emoción, sana competencia, profesionalismo… Editar en Venezuela es hoy por hoy un atrevimiento, una osadía, un gesto de fe”, asegura Sergio Dahbar. No quiere que sus palabras suenen a victimización. “No es ese el caso. Pero hay algo de impresionante en la idea de que sigues aferrado a un oficio artesanal y de alguna manera prehistórico, pero que al mismo tiempo sabes que es muy valioso y que apunta a darle valor a los otros que se han quedado contigo y que están como tú luchando contra las adversidades”.


Cualquiera que llegue ahora a Caracas y pregunte por una librería será observado, probablemente, con resignación por su interlocutor, que le hablará con orgullo, eso sí, de las librerías de Sabana Grande, de que no hace tanto podía haber pasado por Suma, Alejandría, Noctua, de que las sucursales de las grandes cadenas —Nacho, Tecniciencia—, de las que ahora o no quedan nada o son actos de resistencia, se contaban por decenas. Y le dirán que ya no es cuestión de cómo costear el alquiler del local, ni de lo imposible que resulta meter libros, no ya distribuirlos. Que quién puede comprarlos. El salario mínimo de un venezolano es de 40.000 bolívares, unos siete dólares, la mitad o un tercio de lo que puede costar un libro. “Esto te habla de un aislamiento importante”, asegura Karina Sainz Borgo: “El autoritarismo, en todas las partes del mundo, achica tu mundo, te obliga a renunciar a las preguntas más complejas”.


LECTURAS



Mujeres que matan

Alberto Barreda Tyszka

Literatura Random House, 2018

240 páginas. 16 euros




La hija de la española

Lumen, 2019

Karina Sainz Borgo

224 páginas. 19,90 euros



El muro de Mandelshtam

Igor Barreto

Bartleby Editores, 2017

140 páginas. 15 euros




Dos espías en Caracas

Moisés Naím

Ediciones B, 2019

384 páginas. 19,90 euros



"Mujeres que matan" en Bibliofonías CANIEM

37 Visualizaciones desde el 5 sept de 2019 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=fU5Ckb36OxQ



El Cuestionario de la Guantera: Karina Sainz Borgo

1562 visualizaciones desde el 7 dic de 2020 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=rzxFeeAEeCs


IgorBarreto lee MANDELSHTAM HABLA DE RIMBAUD y CANTO LIII.

68 visualizaciones desde el  14 nov de 2017 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=C2r1SGwJwmM



Dos espías en Caracas, una historia casi de ficción

207 visualizaciones desde el 20 jun de 2019 hasta la fecha de publicación de la entrada.

https://m.youtube.com/watch?v=S09VNeJwTAo






Conversaciones Sergio Dahbar

85 Vistas desde el 3 may 2021 hasta la fecha de publicación de la entrada

https://m.youtube.com/watch?v=q2C__vG3PMI&pp=ygUNU2VyZ2lvIERhaGJhcg%3D%3D





https://elpais.com/cultura/2019/05/17/babelia/1558104168_878914.html




domingo, 15 de diciembre de 2024

Violeta Rojo a Rafael Osío: Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero Venezuela volverá a ser Altamira.

 



Estimados Liponautas


El pasado jueves 12 de diciembre murió a los 65 años la escritora Violeta Rojo (1959) , reconocida estudiosa del género de la minificción, a causa de un cáncer.


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Violeta Rojo: “Doña Bárbara ganó las elecciones en 1998”


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I

Estoy pensando en exilarme,

En marchame lejos de aquí

A tierra extraña donde goce

Las libertades de vivir:

Sobre los fueros: hombre-humano

Los derechos: hombre-civil.

Por adorar mis libertades

Esclavo en cadenas caí;

Aquí estoy cargado de hierros,

Sucio, famélico, cerril,

Enchiquerado como un puerco,

Hirsuto como un puerco-espín.

Harto en el día de tinieblas

Asomo fuera del cubil

Bien la cabeza, bien un ojo,

Bien la punta de la nariz;

Temeroso de un escarmiento,

Encorvado, convulso, ruin,

-como ladrón que se robase

Sólo el reflejo de un rubí-

Por mirar brillando en el patio

El claro sol de mi país.


“Balada del preso insomne” (Fragmento), por Leoncio Martínez 

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La escritora y especialista en literatura venezolana habla de cómo estamos escribiendo sobre lo que le pasó a nuestra nación, desde adentro, desde afuera, desde los bandos y desde la emoción


Rafael Osío Cabrices


01 de febrero de 2020


Foto: Gabriela Mesones Rojo


"Todos los fenómenos históricos son extremadamente complejos y jamás tienen explicaciones sencillas"



Quien crea que los estudiosos de la literatura viven en una torre de marfil habrán de sorprenderse por el testimonio de la profesora y escritora Violeta Rojo: “Estos años han sido para mí de mucha rabia y dolor y ver mi país destruido por esta marabunta me llena de furia. Eso ha hecho que mis áreas de investigación también estén afectadas: la minificción prácticamente desapareció, nuestra narrativa toca constantemente temas que me afectan. Antes eran mis temas de trabajo, ahora tienen un componente de congoja que me los dificulta. El análisis literario debe hacerse con una cabeza fría que yo ya no tengo y quizás por eso no puedo escribir sobre mis temas. Siempre podría dedicarme a asuntos del siglo XVIII, por ejemplo, pero no puedo evitar vincular los espantos de la guerra a muerte, la huida a Oriente o los asesinatos de Boves con nuestras guerras, huidas y asesinatos actuales. Todo lo que vivo genera un eco que retumba en cualquier cosa que leo: ya sea una novela policial en Mongolia donde encuentro el Arco Minero, un poema de Leoncio Martínez sobre un preso insomne o un libro de Orlando Figes”.

La emigración a Oriente (óleo de Tito Salas, 1913)


Esta conversación apenas se asoma (es un tema enorme por explorar) al registro de la catástrofe nacional en la literatura escrita por venezolanos que publica adentro y afuera del país, desde la perspectiva de una especialista en narrativa venezolana del siglo XXI, teoría literaria y minificción, que ha publicado varios libros de ensayo y antologías sobre estos temas. El más reciente: Las heridas de la literatura venezolana y otros ensayos (El Estilete, 2018). 


Nacida en Caracas, Violeta es Doctora en Letras y Magíster en Literatura Latinoamericana por la Universidad Simón Bolívar y Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela. Fue Research Fellow en Kingston University (Reino Unido) en 2000 y 2001. Es profesora titular de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, y ha sido profesora invitada en la Universidad del Comahue (Argentina), la Universidad de los Andes y la Universidad Central de Venezuela. Es individuo correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española desde 2013 y dirigió la Revista Argos entre 2002 y 2005.



Leo muchísimos libros sobre el stalinismo, por ejemplo, y estoy segura de que sigo sin tener la más pálida idea de lo que fue vivir realmente el miedo de la época. Por muy potentes que sean, y aunque nos conmuevan mucho, seguro que vivir esas realidades —con el horror interrumpido por algún chiste, la desesperación en la que se mezcla la esperanza, el dolor suspendido por algún pequeño placer, porque la vida es así— no es igual a la sombra que se plasma en una novela. Cuando vemos una película sobre un evento histórico terrible, tenemos una experiencia muy dura durante cien minutos. Nos puede quedar rondando, podemos quedar muy afectados, pero la verdad es que salimos del cine, nos tomamos una cerveza y vamos a cenar. Los que viven eso no tienen la posibilidad de salir”.   


Últimamente siento que hablamos mucho de la literatura hecha por venezolanos que se publica afuera, y sobre todo de Karina Sainz Borgo y Rodrigo Blanco Calderón. Luego vamos a hablar de lo que se está escribiendo en la diáspora, pero comencemos por el origen de todo: ¿qué se está publicando en Venezuela hoy, en narrativa, teatro, poesía?


Aquí vivimos dos países intelectuales: la cultura del régimen y la de quienes lo adversamos. Un espanto, porque no nos mezclamos y escasamente nos comunicamos; quienes se mueven en ambos mundos supongo que son vistos con sospecha. Pero en literatura somos tres países. Está el de los escritores y editoriales oficiales, en el que no sabemos bien qué se publica. Luego está el país de los escritores que seguimos aquí, con casi ninguna posibilidad de publicar. Quedan muy pocas editoriales y no creo que publiquen más de dos libros de ficción o poesía por año. Se escribe un ensayo medio político, medio periodístico, que se publica mucho más. A veces pienso que son libros con fecha de expiración, porque la ola de los acontecimientos va demostrando que sus premisas no tenían mucho agarre. De ensayo propiamente dicho, análisis literario o historia se está publicando muy poco, a menos que tenga ese elemento “actual”. Finalmente está el mundo de los escritores venezolanos que viven afuera, que tienen una vida editorial normal, nunca fácil, pero que escriben y publican. 

Comercial HARINA PAN - Empresas POLAR-VENEZUELA



¿Qué escriben esos tres países, ya no en términos de géneros sino de temas?


Los del régimen no suelen escribir narrativa realista, hasta donde sé, y si la escriben está inmersa en la doctrina oficial. He leído varias novelas históricas de algunos de ellos y, con excepciones, hablan sobre un pasado glorioso que nunca existió. Los opositores que viven aquí escriben novelas realistas, a veces demasiado para mí. Quizás son crónicas largas, más que novelas. Lo ficcional es una excusa para contar una experiencia, explicar el problema económico, social, médico, educativo. Los de la diáspora escriben también ese tipo de novelas, quizás haciendo énfasis en su circunstancia migrante, contando el extrañamiento en una suerte de literatura comparativa entre países. No siempre, claro: varios autores no son literales ni cronísticos, no explican cómo se arma la carpeta Cadivi ni que aquí se paga la gasolina con un cambur porque no hay efectivo, no escriben para asombrar a los europeos con nuestro neorrealismo mágico o nuestra “fábula del deterioro”, para usar el término de Miguel Gomes. Claro que no es lo mismo vivir aquí que verlo desde afuera. Tampoco es lo mismo vivir en Caracas que en Maracaibo, no es igual Cumaná que Lechería. Ni es igual ser venezolano y vivir afuera, sufriendo la diáspora, el ser extranjero, la xenofobia en algunos lugares, haber dejado la biblioteca, la casa familiar e incluso algún animal querido. Esas son experiencias muy dolorosas que no conozco y que estoy segura que no son menos graves porque sea fácil conseguir Harina Pan. Quizás lo único que nos une a los de afuera y los de adentro es tener la familia dispersa, experiencia que, ahí sí, no era nada venezolana. En cualquier caso, lo que sí he notado es el inmenso orgullo cada vez que un compatriota publica en una editorial reconocida, o cuando son publicados en otros idiomas. Creo que a los venezolanos que quieren leer sobre Venezuela les da igual si el autor está afuera o no. 



Siguiendo la línea de tus propios ensayos sobre el género, me pregunto si la memoria personal, la autobiografía o el diario están funcionando como recursos entre la gente allá para procesar la crisis, la transformación del país, el empobrecimiento individual y colectivo, el miedo. Yo sé que muchos emigrados se pusieron a escribir, empujados por la necesidad de entender y de contar lo que están viviendo. ¿Sabes si está pasando eso con los venezolanos de adentro?


Los manuscritos que he leído (poesía y narrativa) hacen mucho énfasis en contar lo que nos está sucediendo: la crónica y lo autorreferencial permean la narrativa, en una suerte de crónica autoficcional con elementos periodísticos; la poesía insiste en nuestros dolores. Es una literatura de mímesis y catarsis al mismo tiempo, a pesar de lo absurdo que pueda sonar. Para mí rara vez es agradable. Las novelas “explicativas” me cuentan lo que ya viví, y me aburren o me hacen revivir eventos tan dolorosos que el placer estético desaparece. Comprendo que todos necesitamos explicar y explicarnos lo que pasa, cosa que suele suceder en todos los países que han sufrido crisis, guerras, descalabros. Ahí están, sin abundar demasiado, el estudio sobre el lenguaje de Victor Klemperer, el psicoanalítico de Viktor Frankl o la Suite Francesa de Irene Némirovski, escritos prácticamente en medio del espanto o poquísimo tiempo después. Pero, como yo no entiendo qué pasó aquí, porque no hay explicación racional para el caos cotidiano, la enorme magnitud de la destrucción y, sobre todo, porque era innecesario desbaratar el país por poder o dinero, sabiendo que pudieron tenerlos sin crear este cataclismo, me complace que los escritores traten de encontrar sentido, origen y causas a la sistemática demolición del país. Pero eso no quiere decir que no sienta que muchas de esas explicaciones son demasiado esquemáticas y simplistas y que el asunto es mucho más complicado. Todos los fenómenos históricos son extremadamente complejos y jamás tienen explicaciones sencillas. A mí que me digan: es que Venezuela siempre ha sido así (y una analiza la historia y no ve ese correlato) o es que los venezolanos somos de tal manera (cuando los determinismos nunca me han convencido), o que me hablen de la oscuridad allá y la luz aquí, o que se pongan positivistas, no me funciona. No es solo que no esté de acuerdo con ciertos planteamientos aunque admire la manera en que se hacen, o el vuelo retórico, o la visión diferente; es que no me dicen demasiado. Claro que quizás soy yo y el problema no son los libros sino la lectora. Esto también va para el auge de la literatura autorreferencial que se está escribiendo adentro y afuera. Es otra manera de contar y tratar de comprender, relatando día a día cómo vivieron el desastre. Algunas veces siento que se dramatiza demasiado y que ha habido cosas peores, pero a lo mejor eso es una equivocación y hasta una injusticia de mi parte.   


¿Cómo es eso de que se dramatiza demasiado?


Mi familia vivió la guerra civil española, tengo amigos que vivieron la postguerra en Alemania, The Troubles en Irlanda del Norte, los ”años de plomo” en Euzkadi, las cruentas dictaduras de Chile y Argentina, el conflicto armado en Colombia. Algunas de esos eventos pueden parecer peores, pero no lo son. Cada tragedia es única y pavorosa para quienes la viven. Esto no es solamente una dictadura, es una tiranía en la que puedo decirte esto, que en otros lugares no podría, pero en esos sitios no tenían hiperinflación, o tenían hiperinflación, pero no escasez, o tenían escasez, pero duró menos tiempo, o duró más tiempo, pero no hubo destrucción. Esta es nuestra tragedia nacional, particular y personal y con eso no hay puntos de comparación. La vivimos y la sobreviviremos, antes de lo que pensamos, pero eso no significa que no nos haya cambiado la vida, que los años no se nos hayan ido luchando contra los monstruos cotidianos, que hayamos visto cosas que hubiéramos preferido no ver jamás, y que quizás se nos haga difícil olvidar la degradación de personas, lugares, instituciones, usos y costumbres. Es un problema heracliteano, el país que perdimos (por la ida o por el desastre) es irrecuperable. 


Con los cierres de librerías y el fin de la importación de novedades, más la dificultad de publicar allá, ¿cómo se está leyendo en Venezuela? ¿Mercado de libros usados, redes de intercambio? ¿Se aprovechan las bibliotecas que los emigrados dejamos atrás?


Fíjate que con tu pregunta me doy cuenta que nunca he pedido prestado un libro a los emigrados. Me sería difícil, las bibliotecas son algo muy privado y es delicado pedir un libro que uno sabe que duele tanto tener lejos. Casi todas las librerías venden libros usados, las que lo hacían antes y las que jamás lo habían hecho. Los precios me parecen demenciales. Aquí un libro usado cuesta lo mismo que un libro de bolsillo nuevo afuera. En cuanto a las novedades, el precio es internacional. Con los sueldos venezolanos, comprar un libro es un esfuerzo económico sustancial. Afortunadamente yo tengo una gran biblioteca, mi pareja otra, los amigos de aquí nos intercambiamos libros y los libros digitales solucionan mucho. Las bibliotecas universitarias, que tanto usé, están en el mismo estado que el país. 

Primera edición de Doña Bárbara por la editorial Araluce



Como investigadora de nuestra literatura y como venezolana que vive allá, ¿te sientes satisfecha con lo que nuestra literatura ha hecho hasta ahora para registrar, traducir lo que hemos vivido en estos años? ¿O crees que la gran literatura, o la gran novela, sobre la Venezuela devastada por el chavismo está todavía por venir?


Esa no es una pregunta para mí. No soy mujer de un solo libro. Nunca me ha convencido eso de que hay una novela (o un libro) que es el definitivo y el determinante para demostrar algo. Un libro es una visión, y la realidad suele ser múltiple, caleidoscópica, compleja y necesita muchos libros, películas y fotografías para entenderse. No creo tampoco en el concepto de la “gran novela”, que me parece que es algo muy de la literatura de Estados Unidos. Según tengo entendido, el concepto de la “gran novela americana” viene desde el siglo XIX y tenía que ver con explicar, casi pedagógicamente, cómo era Estados Unidos. Obviamente, esto está más vinculado a un deseo que a una realidad y la gran novela que explique un país sigue sin escribirse. Dicho lo cual y siendo contradictoria, elegiría una novela positivista y maniquea, Doña Bárbara puede explicar el gomecismo y también este desaguisado que nos ocupa. Para mí, ya lo he dicho otras veces, Doña Bárbara ganó las elecciones en 1998 y ahora manda Ño Pernalete. Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero volveremos a ser Altamira.


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Rafael Osío Cabrices

Periodista basado en Montreal. Editor jefe de Cinco8 y Caracas Chronicles.


Tomada de Cinco8








Enlaces relacionados:


LA BALADA DEL PRESO INSOMNE



“Balada del preso insomne”, por Leoncio Martínez






Violeta Rojo: Todavía no hemos visto desaparecer El miedo, pero Venezuela volverá a ser Altamira.




26/04/2026
19/09/2025

viernes, 5 de marzo de 2021

¿Adiós a las libreras de Cádiz...?

 




Es difícil no sentir afinidad por lo que el autor describe. Los tiempos están cambiando y eso es innegable. Me entristece el cierre de Las Librerías de Cádiz y mando desde aquí un abrazo a esas cinco valientes hermanas. Pero no puedo compartir el último párrafo del artículo de Octavio:

“…Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan. …”

También ha muerto el cine (las salas de exhibición de largometrajes previo pago de una entrada) y ahora es cuando más cine se ve. Que mueran las librerías, ni tan siquiera significa (necesariamente) que se vendan menos libros. Ahora se venden por Amazon y en menor medida en grandes superficies, aunque cada vez menos y desaparecerá en breve. Y sin duda no significa que se lea menos, o no por esa razón. Ahí están los libros electrónicos, aunque innegablemente han frenado su expansión. Sólo un dato: jamás se han editado más libros que ahora, es verdad que con menor tirada. Pero ¿es eso malo? La economía, al menos la capitalista (vaya la que se enseña como dogma de fe en las universidades), ama la competencia ¿Y no es acaso un ejemplo de libro de texto, de libro de Adam Smith: competencia perfecta como sinónimo de muchos oferentes con producciones pequeñas? Sí, lo es. Lo que ocurre es que nuestros economistas neoliberales, esos que inundan las tertulias con sus predicas no sólo no han leído a Papa Smith sino que son, en su mayoría, conservadores, que pareciéndose no son lo mismo. Pero eso es una historia que debe contarse en otro momento.

Confundir el producto con su canal de distribución es común, muy común y tener una cátedra no te hace inmune a ello.

Indudablemente, y como bien decía Kevin Lancaster en 1966, el consumo no es el mismo si se hace en pantalla grande y a oscuras que en el sofá de casa. Por cierto, ganó de goleada el salón de casa. Si eres de los que prefieres la sala oscura y pantalla grande: eres un dinosaurio carcamal y te doy la bienvenido a tan entrañable club. Pero no confundas tus lágrimas de cocodrilo con el malestar de la cultura. Y sobre todo no te engañes. Tu dolor no se debe a que se vaya a leer menos, tu dolor es porque los tiempos están cambiando y tú no ya no eres capaz de adaptarte a ellos. Nada que Alvin Toffler no contará en 1980. Con todas estas referencias cultistas pretendo igualar y superar la autoridad académica que confiere ser catedrático, como el autor del artículo.

No niego que las librerías sean/fueran espacios de conversación, pero ahora si algo sobra, son los espacios para las conversaciones: por gracia o desgracia de internet. En estos nuevos foros se habla a gritos, atropelladamente y se dicen tonterías… igual que en la mayoría de las conversaciones que se tienen/tenían en una librería. Por cierto nada que Neil Postman no contará en 1985 siguiendo la línea de pensamiento trazada por Marshall McLuhan en su maravillosa La Galaxia Gutenberg (1962)

No, el mundo no está peor porque haya menos librerías.

Por cierto, las librerías no morirán, no todas al menos. Para sobrevivir deben especializarse, la librería generalista es un anacronismo. Pero la boutique del libro del género Fantástico, o de Romántica o de Histórica tiene buena salud. Cierto, no es un mercado para que existan 50 librerías en cada ciudad. Pero una o dos, si caben. Especialización, amigo Sancho: ES PE CIA LI ZA CI ÓN que ya lo decía Émile Durkheim en 1893. Seguir haciendo las cosas como se hacían hace 200 años es garantía de pronta extinción.

 

La tecnología lo cambia todo, incluso los canales de distribución. Mirar así al pasado es morir, está bien morir un poquito: a eso le llamamos añoranza, pero creer que el mundo va a peor por eso, es dejarse vencer por la vejez.

by PacoMan


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Las cinco hermanas Raposo Navarrete, en junio de 2010, tras la inauguración de su librería. J. P. Imagen tomada DEl Diario de CÁDIZ.



Adiós a las libreras

OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ


Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad de Córdoba http://lashoras-octavio.blogspot.com/


   

15/01/2021

En un país como el nuestro, en el que la mayor obsesión en los últimos meses parece haberse concentrado en los horarios de los bares y en la distancia de las mesas en las terrazas, por no hablar del empeño auspiciado por nuestros representantes en salvar la Navidad o en primar lo productivo sobre la sostenibilidad de la vida, no debería sorprendernos que la noticia del cierre de una librería apenas remueva las tripas del respetable. Sin embargo, quienes necesitamos los libros como el aire que respiramos, ya que sin ellos seríamos incapaces de alzarnos cada mañana y de concebir la vida como un proceso siempre abierto de sorpresas y pasiones recién descubiertas, cuando vemos cerrada la puerta de una librería sentimos una especie de desgarro, una herida que va restando tiempo a nuestro futuro, una suerte de desasosiego que, como si fuéramos parte de una cofradía laica, solo podemos compartir con quienes, como nosotros, viven la lectura como el alimento que nos abre más y más los ojos. Esa lentes de aumento que nos permiten, además de reconocernos, con todas nuestras debilidades, reconocer al otro y a la otra como parte misma de nuestra existencia. En este sentido, la lectura es un ejercicio de radical democracia y las librerías, como también las bibliotecas, el templo que nos permite abrazar el infinito. El infinito en un junco, en palabras de Irene Vallejo. Juntos salvajes nosotros, siempre dúctiles al viento, pero sostenidos a la intemperie gracias a la fortaleza que nos regalan las palabras.


Cuando en estos días me enteré a través de las redes sociales de que Las libreras de Cádiz, uno de esos espacios en los que durante diez años no han dejado de amasarse civismo e imaginación compartida, sentí justamente ese desgarro que me resulta tan complicado explicar. Esa lesión que, como las que van insistiendo en los cuerpos de los atletas maduros, se mantiene para siempre aunque pongamos sobre ella bálsamos y antiinflamatorios. En Las libreras, donde no solo se vendían libros sino que también se practicaba el arte democrático de la conversación, presenté hace unos años mi Autorretrato de un macho disidente. El poeta Ángelo Nestore hizo de padrino y nos emocionó a todas y a todos con su voz de varón rebelde, con sus rizos de italiano malagueño que entiende la poesía como una revolución. Sus palabras, algunas de las cuales me las imagino todavía volando por las escaleras de la librería, siempre me acompañarán como una receta imposible ante el desaliento. Apenas un año después, fue la periodista Lalia González, una de esas mujeres con poderío que demuestran que también la información necesita perspectiva de género, quien me acompañó en la presentación de #Wetoo, mi brújula para jóvenes feministas. Acompañados por un público fiel y entusiasta, recuerdo que le dimos vueltas a la actualidad por entonces no tan angustiosa como en el presente. Todavía felices, y tan lejanos de la tormenta que meses después nos convertiría en seres microscópicos.


Hay pues mucho de mi vida, de mis días de verano en Cádiz, en los que buscaba para mi sobrina Lucía algún libro que le ayudara a convertirse en una mujer autónoma, en ese espacio que cinco hermanas, guerreras, valientes, acogedoras, pusieron en pie justo en unos momentos en los que la anterior crisis económica no presagiaba nada bueno para la cultura. En estos últimos diez años esas mujeres, que han sido como hilanderas que no han parado de tejer, sin necesidad de destejer por las noches, hicieron de su librería justamente lo que necesita una democracia para mantener su salud: un lugar de aprendizaje, de sonrisas, de preguntas, de brindis y de palabras saltarinas. Entre autoras, autores, lectoras y lectores. Entre las manos de quienes escriben y los hogares de quienes leen. El más puro ejercicio de libertad, igualdad y pluralismo.


El anuncio del próximo cierre de Las libreras es una de las noticias más tristes que me ha llegado en estos días del reciente 2021, por más que siga habiendo tantas dramáticas que nos recuerdan que somos los más frágiles entre los frágiles. Mi dolor, que espero que con los días se vaya convirtiendo en esa memoria fértil que nos permite coger impulso para el mañana, tiene que ver con la dimensión colectiva, política, que habita en los espacios donde se genera cultura. Esos que justo ahora están heridos de muerte y que, por tanto, quiebran la salud de unas democracias sacudidas hoy por virus todavía más peligrosos que el que no deja de dejarnos muertes y renuncias. Porque un país que deja que sus librerías cierren es un país condenado a la mediocre supervivencia de seres felizmente domesticados. Porque una ciudad sin libreras acaba convertida en un páramo tan triste como el patio de un colegio cuando en él no habita el murmullo indescifrable de niños y niñas que juegan.


Tomado de Publico.



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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.

Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.


Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po




viernes, 16 de noviembre de 2018

ADIOS A LA LIBRERIA SUMA



Estimados Amigos


Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes el texto del artista plástico valenciano  Javier Téllez que rinde un homenaje a la desaparecida Libreria Suma. 

Deseamos disfruten de la entrada.

Atentamente.

La Gerencia.


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No había visita a Caracas con mi padre que no incluyera una parada en la librería ‘’Suma’’ situada en el Boulevard de Sabana Grande. Cuando éramos pequeños mi hermano y yo lo esperábamos con mi madre saboreando helados en el Gran Café o escogiendo dulces en la chocolatería Savoy mientras el desaparecía tras las puertas de cristal de esta librería y solo le veíamos volver una hora mas tarde cargando dificultosamente múltiples bolsas llenas de libros que encontrarían con suerte algún lugar en los anaqueles de nuestra casa-biblioteca en Valencia. A medida que fuimos creciendo empezamos a acompañarlo a la librería y muy pronto a comprar también nuestros propios libros y a cargar con el peso de nuestros intereses literarios, responsabilidad que convertimos desde entonces en un habito. 




En la librería ‘’Suma’’ conocí cuando apenas era un niño a muchos autores Venezolanos que eran amigos de mi padre y a quienes luego leería: Adriano González León, Caupolican Ovalles, Orlando Araujo, Pancho Herrera Luque..Recuerdo haber visto allí en una misma tarde a Rómulo Betancourt y a Papillon


Un joven Raúl Bethencourt. Imagen tomada de aquí

El infatigable librero y editor Raúl Bethencourt, dueño y señor de ‘’Suma’’desde 1963, no solo tenia un ojo extraordinario para mantener siempre en sus estantes las muestras mas relevantes de la actividad editorial en nuestra lengua sino que también ofrecía su librería como un foro abierto de discusión e intercambio de ideas. Fueron muchos los libros que se bautizaron en esta librería, un a verdadera Ágora de la escena intelectual de la ciudad que fue también escenario de recitales de poesía y de conferencias impartidas por nuestros mas valiosos escritores.





Como para muchos Venezolanos la librería Suma fue un lugar importantísimo en mi educación sentimental e intelectual. Son muchos los libros que conservo en mi biblioteca condecorados con la típica calcomanía azul y plata de la Librería Suma, que ilustra esta nota: Las Cartas del vidente de Artur Rimbaud, las novelas de Jean Genet, Las cartas desde Rodez de Artaud, la autobiografía de Canetti, las obras completas de Borges, los ensayos de Focault y Deleuze, Benjamin y de Adorno, las Memorias de Adriano de Yourcenar, los guiones de Buñuel, Eisenstein y Godard, ediciones agotadas de la fantástica revista Cine al Día y muchos otros volúmenes que eran fruto de dos décadas prodigiosas en la producción editorial en España y Latinoamerica, caracterizada por firmas editoriales tales como Anagrama, Visor, Seix Barral, Tusquets, Fundamentos, Muchnik, Alfaguara, Taurus, Joaquín Mortiz, Emecé, Tusquets, Sudamericana, Siglo XXI, Siruela





Tristemente recibimos ayer la noticia del cierre final de la librería Suma. Sabemos que no es la primera librería que cierra sus puertas en Caracas en la ultima década, pero el hecho que un lugar tan emblemático como este, que heroicamente ha tratado por todos los medios posibles de subsistir en la grave crisis económica y moral que atraviesa el país, se vea obligado a cerrar sus puertas resulta lamentable y sintomático del grave deterioro de la vida intelectual en el país. Es tarea imprescindible hoy investigar si se conserva un archivo con documentación de los eventos que se realizaron por décadas en el local, para conservarlo antes que desaparezca, como parece desparecer todo aquello que alguna vez significó algo para la cultura en el pais.