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jueves, 26 de agosto de 2021

LA “CONSTANCIA DE LA LLUVIA”, DE RICARDO RAMÍREZ REQUENA por Alberto Hernández





Crónicas del Olvido

“CONSTANCIA DE LA LLUVIA”, DE RICARDO RAMÍREZ REQUENA

**Alberto Hernández**

1.-

Todo el año 2013 fue compilado en un diario que Ricardo Ramírez Requena maceró mientras convalecía de una dolencia, en medio de las tribulaciones nacionales. La enfermedad lo hizo apostar por estas páginas que se recogen ambiciosas en la proporción de su calidad cuyo título invita a pasearlas por la ciudad donde él vive, Caracas.

“Constancia de la lluvia”, Premio XIV Concurso Anual Transgenérico 2014, es un inventario de su vida personal y de la vida pública de un país que se refleja en cada una de sus palabras. Pero también es un relato en el que un personaje interrumpe el viaje de su permanencia en el libro y queda suspendido por el desgano de quien contaba su historia a través de una ficción paralela. 

Este cruce de emociones: la vida íntima, familiar, literaria y viajera a través de libros que nombra y lee Ramírez Requena, es también la respiración de Ismael Da Silva, un personaje que recorrió parte del ánimo de este diario que el autor nacido en el estado Bolívar y radicado en la capital nos entrega para disfrute de su escritura. 

Caracas es la matriz de este relato fragmentado. Cada día es una breve historia. Cada día es un recuerdo colgado en el vocerío de la calle o en el silencio del hogar. En la pastosa frecuencia de quienes inhalan el país donde ocurre un dislate histórico, donde se mueven con precipitada frecuencia las lluvias de la depresión, de las alegrías instantáneas, de libros que se leen mientras el curso de las horas también tienen un hondo significado en cada palabra que nuestro autor escribe.

Detalles, pequeños detalles, el significado de las cosas, el signo invaluable de la vida, la rebelión de unas masas que detienen sus huellas, las borran y las vuelven a calcar en el mismo sitio. Un país dividido, el rompecabezas de un proceso de pérdidas y alcances personales y colectivos que desembocan en fechas que van desde enero hasta un diciembre opaco y sin aliento.

“Constancia de la lluvia” es un diario que se parece a una novela, como los diarios que son novelas y las novelas que son diarios. El lector se queda adherido a las páginas desde el primer momento de sus líneas. Desde el génesis, desde la primera mordida de la manzana Ricardo Ramírez Requena nos deslumbra con la elegancia de su estilo, con la transparencia de sus testimonios, con la belleza de cada uno de los trozos de existencia que deja en estas hojas.

Aquí está el país y la casa. Aquí están los sueños y las derrotas. Aquí navega un barco al garete, el que nos han incautado, el mapa y sus accidentes geográficos y afectivos. Aquí está el espíritu de un hombre que ha sabido enfrentar una enfermedad con la valentía de sus palabras, la nobleza de su respiración y la mirada inquieta sobre un paisaje que se desmorona en el afuera y se reconstruye en el adentro del poeta que es también nuestro autor.

2.-

Podría afirmar desde este libro abierto que Utopía está en todas partes y la distopía es la presencia absoluta de una isla invisible. El mismo Ramírez Requena nos aproxima a esta definición, a este instante del sueño que se convierte en un estado del alma colectivo indeseado, porque el país que él describe es el mismo que el lector derrama desde el inventario de su emocionalidad.

La escritura aparece en cualquier estado, estadio o lugar:

“Escribo apresurado en el Metrobús antes de llegar al trabajo. Definitivamente el movimiento, como generador de la creatividad y el pensamiento, existe. Caminar. Dejar fluir. Postergar la escritura. Postergarla y luego dejar todo salir. 

¿Tiene sentido este diario como registro escritural?” (p.50).

Esas palabras trazadas por el escritor fueron escritas el sábado 4 de mayo de 2013. Ya tenía andado varios meses de enjambres, de colmenas que la ciudad procura a la imaginación. Un libro de ensayos, fragmentos para otros libros, para relatos y hasta para la reconstrucción del personaje que se quedó a medio camino porque ya el aburrimiento desgastaba el ánimo. Pero el personaje siguió en el libro hasta la última página, porque dejarlo en suspenso nos permite como lectores imaginar varios desenlaces.

Y sí tiene sentido un diario como escrutinio, como carpeta abierta, como registro de una vocación verbal que seguramente encontrará otros años para hacerlos un diario nuevo. Y esos días por venir tienen cabida en esta expresión: “Si la vida del hombre es tiempo, entonces no puede ser esclavitud”, domingo, 5 de mayo de 2013 (p. 53).

Ismael Da Silva es un desconocido por conocer, un personaje que viaja, que nombra los sitios por donde pasa, que dialoga con el autor del diario y con los lectores. De su boca emergen  oraciones que caben en nuestro diario existir: “El oro, al fin y al cabo, busca a los hombres” (p. 66), y menciona los lugares donde la ambición se detuvo un tiempo y permitió que la vida y la muerte contaran sus astucias. La constancia de continuar revelando la opacidad humana. 

La voz de Ricardo Ramírez lo dibuja así: “Además del Diario de Da Silva, que es un divertimento, un ejercicio de la pluma, nada tengo que hacer aquí” (p. 82. Lunes, 20 de mayo). Pero se contradice, sí tiene que hacer: el diario avanza, se contiene, se recoge, se explaya, respira, vive, habla:

“La realidad de la palabra no acepta imposturas. Acepta ser reutilizada, simbolizada, representada, pero no aceptará nunca imposturas” (p. 82).

3.-

También, como lector, soy un diario. Duermo para luego despertar con el libro en las manos. El tomo reposa al lado de mi cama. Me hace guiños la portada. Café, agua, crema dental. El sol por la ventana y un gajo de loros como si fueran mangos en un árbol infértil.

Me recojo en la mañana y leo:

“Es imposible salir de la isla sin permiso. Se condena con la muerte”, y entonces cavilo y me miro el ombligo. Delineo el mapa nacional. Miro hacia el caribe. Y me ahogo, remo hacia mis adentros, hacia el diario de mi amigo:

“A la sociedad venezolana no le interesa la universidad más que como trampolín para un trabajo. Pero eso ahora ha cambiado. Ya casi no es necesario. El desprecio por lo intelectual es infinito…” (p. 100, viernes, 31 de mayo), me revuelvo en la silla y caigo en la marea de Ismael Da Silva: 

“Seamus dice que en el fondo del mar están los restos de Utopía y Cubagua…” (p. 101, martes, completas). Se cruzan las ideas, se confunden. Se hacen una sola. El autor y el personaje. Son el diario, la novela en ciernes. La utopía hecha borradura. 

Y he aquí el desenlace:

“…Al frente, entonces, vemos una ciudad vieja: Abraxas. Y luego, al final del documental, un nombre: Utopía” (p. 104). El país soñado, el borrado, el destruido, el imaginado. Y después:

“La literatura me ha enseñado que somos una sumatoria de soledades y que en esa soledad puede encontrarse la libertad” (p. 109, viernes, 7 de junio). 

Esa utopía, ese deseo, la libertad.

4.-

Regreso al texto de Ricardo Ramírez signado el martes 2 de junio, y de ese día rescato estas palabras:

“Abundamos en este sitio los enfermos de Crohn y de artritis. Hay una monja, gordos, flacos, jóvenes y ancianos: la enfermedad une a la humanidad; nos recuerda que somos frágiles mamíferos. Así sin el superior”. (p. 126).

Y los testimonios continúan su avance. El relator confirma su entereza. Más allá de la dolencia física está la vitalidad del espíritu. Ramírez celebra la vida con su esposa, con sus padres. Viaja a Valencia, a San Cristóbal, sueña con estudiar en otros países. Respira y se place en el paisaje de la ciudad. La desnuda, la critica, la analiza, la ama desde el dolor de verla aporreada, apostemada, golpeada. Y se adentra en el comportamiento de una ciudadanía también vapuleada, indefensa mientras en la UCV algunos pensadores la revisan y la ponen de revés en el sentido de querer rehacerla o refundarla.

He aquí la tierra que habita en medio del agobio:

“Hay poco espacio para respirar en este país, bajo este gobierno. Es una atmósfera vil, llena de veneno, resentimiento, vulgaridad. El país que alguna vez se soñó no fue, y quién sabe si será alguna vez. Vivimos en resistencia perpetua y parece que solo nos queda la honestidad y el escribir: la honestidad en el escribir”. (p. 130).

Y de esa vida que recorre nuestro tiempo, el temor, la angustia de ser lo que somos hoy en esta tierra en la que no nos entendemos:

“Así son los días: una frágil sensación de logros, donde el ladrón, el asesino, respira sobre tus hombros”. (p. 136)

Cito en la medida en que las palabras se apegan a un sendero coherente. El tejido de estas reflexiones del autor envuelve las horas de la noche en la que me sumerge la lectura. Sigo el diario en la nocturnidad. Las sombras no detienen la voz del libro:

“…el escritor de diarios no debe mentir: cuenta sus experiencias de ese día con sinceridad. Hay una ética. Es un arte y una responsabilidad”. (p. 154).

La historia, esa costra que nos designa, que nos ubica, que nos pone en la exacta dimensión de nuestros aciertos y defectos también pasa por estas hojas volantes que nuestro autor continúa llevando a cuestas:

“El venezolano pasó por un proceso fuerte desde el siglo XIX al XX: pasar de ser hombre épico a ser un hombre cívico. No lo hemos logrado realmente”. (p. 163).

El uniforme, la “gorra”, las charreteras siguen acosando al mismo hombre del pasado. Somos ese mismo sujeto. Somos ese mismo pedazo de crónica arrasada por la maledicencia y por los deseos ligeros de notables y desaforados.

La lectura sigue: el diario nos desvanece, nos refunda. Autores, ensayos cortos, reminiscencias, semblanzas, calles, perros, esquinas, árboles, nombres familiares. Las universidades, las escuelas, los poetas, los locos, el mundo. La cultura, esa persistencia, el ángulo de todos los síntomas.

“Vivimos un Romanticismo tardío. Mejor denominarlo así  para no entrar en detalles alrededor del concepto de Modernidad (iniciado en 1070, o en el Renacimiento, o en la reforma y el Barroco, o en la Ilustración). Vivimos una Romanticismo tardío, un extraño manierismo, un curioso rococó”. (p. 188).

5.-

Una lluvia tenue, abigarrada por la luz que la penetra, sacude los árboles del patio. Llueve en algunos trozos  de tierra. El trópico es porfiado, malcriado, retrechero. Y también algunas voces que se sumergen, emergen, se extravían, dan en el blanco o se resbalan en el silencio. La poesía, esa niña de perfil afilado, vertebrada por los tantos nombres que la invocan o la escriben.

La lectura del país, hurgar en sus lunares, en las grietas de su discordancia. “Geográficamente, Venezuela es una isla del Caribe que reniega del Caribe, rodeada de montañas y algunos buenos ríos. Nostálgica de frío” (p. 204). 

Y queda la idea flotando, amalgamada, testaruda, caribeña.

El 3 de noviembre, una oración nos sacude:

“…el país va camino al infierno”. (p. 241).

La respiración del lector también busca la manera de afinar la realidad, no desecharla, preservarla lo mejor posible más allá de la actual, criminal y doliente.

Poemas, citas, colas en el Seguro Social, sin Navidad. Viaje en autobús hasta San Cristóbal. Retorno en avión. Lecturas, siempre hay lecturas. El diario casi cierra sus alas. Lluvia y sol. Una cervecita para matizar el último día del año.

Y comienza el 2014 con Czeslaw Milosz. Llueve de nuevo. El poema se estira como un gato. Margarita, la Isla y su resplandor. Termina el relato, esta forma de decir mundo, universo, pequeños detalles, voces, balbuceos. Diario de todo un año. Final, hasta el momento.


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(Ciudad Bolívar, 1976)

Poeta, narrador y Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Textos suyos han sido publicados en España, México, Colombia y Venezuela. Ha sido colaborador de Los Hermanos Chang, Prodavinci y Ficción Mínima, entre otras publicaciones digitales, así como de Literales del diario Tal Cual y el Papel Literario de El Nacional. Ha sido profesor en diferentes universidades venezolanas. Finalista de la Semana de la narrativa urbana (2010) y del Concurso de cuentos de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013). Con el poemario Maneras de irse, resultó finalista del I Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo (2011). Con su libro Constancia de lluvia resultó ganador del XIV Concurso Anual Transgenérico (2014). Actualmente se desempeña como director de La Poeteca de Caracas

Tomada de PoesiaVzla


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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 



viernes, 28 de diciembre de 2018

"EL NERVIO POÉTICO" O LA CARNE VIVA DE LA PALABRA






Ricardo Ramírez Requena



La obra de Alberto Hernández es ya ampliamente conocida. Aun así, necesitamos una recopilación de sus artículos y reseñas, una reedición de sus ensayos y en especial una antología seria de su poesía. Sabemos de sus andanzas por Caracas: sus estadías en El Paraíso y sus caminatas hasta Sabana Grande. De sus estudios de posgrado en la Universidad Simón Bolívar y de un tiempo en España. Ha ganado premios y ha sido publicado afuera. También ha sido traducido. Como vemos, ha hecho su labor y los años han dejado obra que leer en el camino. No sé qué más puede pedir un escritor. Su labor se ha realizado en los valles centrales de Venezuela, en donde se ha movido con diligencias entre Maracay y Valencia, y también Caracas. Alberto, como Montejo, pareciera ser un nativo de la antigua provincia de Caracas, más que de los Estados y divisiones ya republicanas. 

Muchos pueden pensar que el premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, ya termina de consagrarlo como escritor. En Venezuela debemos tener cuidado con la manera con que vemos los premios, en especial luego de los sesenta años. Son el destino de mármol de los escritores en estos parajes. Son un final, un capítulo que se cierra. Un acto floral con retreta de despedida. En el caso de Alberto, como en algunos otros, es bueno recordar que este premio es un reconocimiento a una obra singular en su currículum. Una que muestra, más que su consagración, su maestría. Pueden sonar similares, pero no lo son. Son diferentes. 

Una obra que muestre la maestría de un escritor es aquella que concentra más que su atención. Es aquella con la que paga una deuda, aligera, pesos, sostiene pesares. Una obra necesaria para vivir y, ante todo, para continuar escribiendo. Alberto lo hace a diario, de manera constante, parpadeando poco. Escribir es su café de la mañana, su guayoyo de la noche. No hay consagración en él, porque los poetas, a diferencia quizás de los novelistas, no se consagran con una obra, sino con la labor de muchos años. 

Hoy estamos aquí para atestiguar maestría: aquella presente en Alberto Hernández. 

Alberto Hernández. Fotografia de Alberto H Cobo.

En Venezuela hay un arte de la presentación de libros. Este arte nos enseña varias cosas: el texto leído debe invitar a la lectura de la obra que se presenta, no ha recordar las palabras que lo presentan; el presentador debe ejercer el don de la invisibilidad: que brille la obra de la que se va a hablar, incluso más que el autor. Y por último, que no atormente al lector, a quien escucha las palabras, en especial si está de pie. Seré breve. 

Un joven Eugenio Montejo (Caracas,19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008). Fotografía de Héctor López Orihuela

El nervio poético es una propuesta narrativa que trasciende la idea de una novela. Es un conjunto narrativo, donde la prosa y la meditación poética destacan sobremanera. Es un homenaje a Eugenio Montejo y a Pepe Barroeta, pero no desde una perspectiva biográfica: no son memorias, ni recuerdos, ni nostalgias de un poeta que recuerda tiempos hermosos con sus amigos. Alberto Hernández quiere ir a la profundidad del poema, y mostrarnos sin piel la carne de la poesía. Acomete un viaje a través de tiempos y lugares, en donde nos muestra los habitantes del país poético: los dos poetas mencionados, y aquellos que los rodean: Luis Camilo Guevara, Adriano González León, Diómedes Cordero, Caupolicán Ovalles, Rafael Cadenas, Vicente Gerbasi, por mencionar algunos, pero también los fantasmas de muchos poetas: José Antonio Ramos Sucre, Fernando Pessoa y sus heterónimos, en diálogo con Montejo y los suyos, Lautremont. Y los mismos poetas muertos que reciben homenaje: Pepe y Eugenio. Va abriendo el texto como un calidoscopio y haciendo zoom a cada persona, situación o lugar que menciona a través de la obra. No sobran las palabras en este libro: como un poema, están las que deben estar. Van al poeta en cuestión: Montejo, por ejemplo. De ahí, a los lugares que recorrió. De ahí, a sus heterónimos. De ahí, a sus propios poemas. Abre una puerta que abre una puerta que abre una puerta. 

José Barroeta. Fotografía de Héctor López Orihuela



Son lúcidas sus reflexiones constantes a través del libro. Indaga y abre la carne del poema. Por ejemplo:

El pensamiento poético arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable.

Es ese polvo viejo el que inunda cada página de este libro. Memoria, antigüedad. Como las muñecas de Reverón, la poesía es de temer. Es prima hermana de Las Parcas. Sabe lo que los dioses no quieren que sepamos. Y se calla lo que ellos quieren que sepamos. 

Reverón con muñecas. Fotografía de Victoriano de los Ríos, 1949-1954. Colección Fundación Museos Nacionales, Caracas.

Como postales, el libro va contándonos situaciones, épocas, poemas haciéndose. El nervio poético es eso: nos va contando, a través de flashes, de imágenes, cómo es que la poesía se va quitando la ropa sin apurarse. En Mérida, en Valencia. Nos muestra, en el lenguaje de los poetas, como una taquicardia va realizándose. En Caracas, en Puerto Malo. Nos va enseñando como se avanza hacia el morir y de nosotros, qué sobrevive. Ese hueso final. Lo que lo hace literatura, narración, prosa, es el encuentro del cuchillo con el nervio y el salto en nosotros: así es que se hace el poema. 

En el nervio poético leemos también un país, el que nos muestra la poesía. También el país de la enfermedad y el país de la muerte. Leeré tres extractos, que conectan estas ideas que señalo. 

Las paredes son el sarampión de las horas pico. El legado, el legado de un gigante, musitan unas señoras. Viva la gripe aviar, añade un loco egresado de una escuela capitalina. Me mordió un alacrán, chilla una muchachita linda y bella que no usa zapatillas. El país se pudre. La nariz de la vaca se abre y respira el asco de los asistentes. Una música de putas y cabrones viene de la miseria de un cubano que baila en pantaletas. Unas viejas gordas y de tetas colgantes corren para competir en las olimpíadas o en el Miss Venezuela. La res se queda en esqueleto. Las paredes se pudren. El país se pudre. Desde 1960 hasta 2014: el poema defeca, llora, el poema no puede ir al baño. El poema mira el fondo de la letrina. El poema quiere lanzarse a la letrina. El poema ladra como un gato. Una paloma de la paz gruñe como una tortuga. 

El país existe en toda la miseria de la carne podrida.

Acá podemos leer un lenguaje muy presente en la literatura venezolana de los años sesenta a los ochenta. Un lenguaje entre Bacon y Hopper

El segundo extracto, gira alrededor de la enfermedad: 

El cáncer y la poesía simbolizan la totalidad: vida o muerte. 

Se muere de cáncer. Se muere de poesía. Se muere en el cáncer. Se muere en la poesía. No obstante, las palabras se hacen portadoras de su extensión en el tiempo: la eternidad no aparece en vano. Se es eterno en la medida en que se es borrado. Se es eterno en la medida en que la memoria reconstruye el olvido. 

- Nadie muere de cáncer. Se muere de impaciencia, ha dicho un oncólogo dedicado a revelar los secretos de la poesía. 

La poesía recupera el todo y lo hace visible.

El tercero, es lo profético en la poesía, y el mandato de la poesía, en la voz de Pepe Barroeta:

Escucha, recuerda la profecía: Mira tu país, quémalo, arrásalo como sólo tú sabes hacerlo. Pon tus ojos a la disposición de la muerte; no olvides que la herida es lo único real. No olvides mis palabras que por ti se marchan del mundo de los desmesurados, del territorio de los grandes hacedores del fuego y que retornarán avanecidas y desgastadas por la molicie. Escucha siempre el ruido que dejó mi locura sobre las calles; atiende a esos silbos que brotaban de un hombre cuyo espíritu había crecido a punto de volcán. 

Vive de forma que los muertos de infancia se sobrecojan. Vive, pero mira tu país, quémalo, arrásalo con los ojos.

La vida, la tierra, la enfermedad, la muerte. Este libro de Alberto Hernández, no existe para brindarnos sosiego. Nos da las palabras para avanzar a través de la oscuridad. Y nos brinda lucidez y belleza. No mucho más. Pero, ¿querríamos algo más?

Los invito a leer esta obra, justamente galardonada por el jurado del Premio Anual Transgenérico.

Pienso que es un libro que llega a tiempo a sus lectores (no todos lo hacen y lo logran). 

Es, por lo menos, un libro que yo necesitaba, y doy gracias a Alberto por ello.

Tomado de Letralia


De izquierda a derecha: Ricardo Ramírez Requena y Alberto Hernández . Fotografia: Alberto H. Cobo


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Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

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Ricardo Ramírez Requena

Escritor y librero venezolano (Ciudad Bolívar, 1976). Es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Dirige La Poeteca, biblioteca especializada en poesía. Participó en la Semana de la Narrativa Urbana (2010) y fue finalista del Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana (2011 y 2013). Textos suyos han sido publicados en España y México. Ha colaborado con publicaciones digitales como Los Hermanos Chang, Prodavinci y Ficción Mínima, así como en los suplementos Literales, del diario Tal Cual, y Papel Literario, de El Nacional. Ha sido profesor en diferentes universidades venezolanas. Ha publicado el poemario Maneras de irse, finalista del I Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo, y el diario Constancia de la lluvia, ganador del XIV Premio Anual Transgenérico (2014) de la Fundación para la Cultura Urbana.

jueves, 13 de diciembre de 2018

HOY 13/12/2018 EN LA LIBRERÍA "EL BUSCÓN" A LAS 5: 30 PM. PRESENTACIÓN DEL LIBRO EL NERVIO POÉTICO DE ALBERTO HERNÁNDEZ





El nervio poético de Alberto Hernández 



Obra ganadora del XVII Premio Anual Transgenérico Fundación para la Cultura Urbana


• El poeta, narrador y periodista presentará su libro el próximo jueves 13 de diciembre, a las 5:30 p.m. en la librería El Buscón y las palabras estarán a cargo de Ricardo Ramírez Requena.

La Fundación para la Cultura Urbana concluye sus actividades editoriales de este año con el lanzamiento del libro El nervio poético, de Alberto Hernández, obra con la que se hizo acreedor del XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana en 2017. Este esperado texto -presentado con el pseudónimo Rafael Delgado-, se erigió como ganador entre 230 manuscritos por su destacada calidad y por tratarse de un texto muy ajustado a la naturaleza misma del concurso al valerse de diferentes géneros literarios.

Cada año la Fundación para la Cultura Urbana edita en su colección numerada la obra ganadora de sus ediciones consecutivas del Premio Anual Transgenérico. El nervio poético, texto ganador en 2017, será presentada el próximo 13 de diciembre, a las 5:30pm. en los espacios de la librería El Buscón (Sótano Centro C. Paseo las Mercedes, Trasnocho Cultural). Las palabras del acto estarán a cargo del también escritor Ricardo Ramírez Requena.




De acuerdo a lo que señaló el jurado de la edición de 2017, conformado por la arquitecta María Isabel Peña, la dramaturga Karin Valecillos y el ganador de la edición 2016, el escritor Pedro Plaza Salvatti, “El nervio poético es un homenaje, tal vez el mejor de los últimos tiempos, a la vida y obra de los poetas venezolanos. Mediante el empleo de los recursos de la narrativa, de la crónica y del ensayo, el autor crea un universo discursivo en el que muchos de nuestros grandes poetas de las últimas décadas se convierten en personajes: dialogan entre ellos en calles, bares y cafés e inclusive hablan con sus heterónimos y fantasmas. En este manuscrito se incorporan citas de poemas o fragmentos de poemas de manera orgánica, inteligente y acertada, en relación a la materia contada y al poeta/personaje que se convierte en el foco de atención”.

Según el veredicto, se trata de un texto que seduce y conmueve y cuyo fin es ilustrar lo que constituye la esencia de la poesía, vinculada a las preocupaciones existenciales de sus autores: el poema es muerte pero también salva, está en las cavernas del cerebro, en la sangre, la carne, en una enfermedad, proviene del silencio o de un estado de exaltación; es el temblor de quien lo creó. “El nervio poético tiene el mérito de ser accesible a un lector que se anime a comenzar a leer poesía venezolana, así como definitivamente también cautivará a un lector avezado en la materia, a través de descripciones y narraciones asombrosas y alucinantes que generan una conmoción física, mental y espiritual”.

El libro está disponible en las principales librerías del país y también vía online a través de Letramuerdeed.com.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.

Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés.

TW: @CulturaUrbana 
FB: Fundación para la Cultura Urbana
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Para mayor información usted puede contactar a:

 Gabriela Lepage
 gabriela.lepage2@gmail.com 
@gabrielalepage 

Verónica Lepage – 04141297917 veronica.lp.contacto@gmail.com


sábado, 22 de octubre de 2016

La otra cara y La única hora este domingo 23/10/2016 en la FILUC




Estimados Amigos

Es domingo 23 de octubre de 2016 seguirá la fiesta de presentación de libros en la FILUC. Hoy tenemos el gusto de invitarlos a las presentaciones de dos de nuestros escritores amigos presentes en la feria: Alberto Hernández y Manuel Acedo.


Manuel Acedo

"La otra cara" de Manuel Acedo será presentada en el marco de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo como ya dijimos mañana  23 de octubre a las 12 del mediodía con palabras de Ricardo Ramírez Requena, quien además se paseará por las dos novelas anteriores “Nosotros todos” y “La Misa”. La fecha de la presentación en Caracas será el jueves 3 de noviembre en la Sala Experimental del Centro de Cultura Chacao a las 7pm.

Ricardo Ramírez Requena

En "La otra cara", un periodista venezolano exiliado en Miami, entrevista a César Requena, uno de los asesores del difunto presidente Chávez. Acedo usa el recurso de la entrevista para retratar y analizar el derrumbe del régimen actual venezolano y la influencia que ejercen los asesores españoles en este contexto, mientras teje una historia que enlaza al periodista con Requena y otro de los personajes, el Oreja, un escritor deslucido de destino trágico y que de alguna manera representa una metáfora de lo acontecido en el país en los últimos 17 años.





LIBROS DE EDICIONES ESTIVAL EN LA FILUC 2016

Este domingo 23 de octubre en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc) 2016 serán presentados dos nuevos libros de Ediciones Estival, títulos que han recibido el apoyo de lectores tanto de Aragua como del resto del país y de otras regiones donde se habla español y portugués.




En esta oportunidad, serán presentados “Novelas son nombres, ensayos inexactos”, de Juan Martins, y la novela “La única hora”, de Alberto Hernández





El escritor venezolano Eduardo Casanova Sucre dice en una reseña sobre la novela La única hora publicada aquíEn abusivo resumen, “La única hora” de Alberto Hernández convierte a su autor en uno de los mejores novelistas de nuestro tiempo, en uno de los más originales, de los más lúcidos, que hay que leer para estar al día.


La presentación la hará el también escritor José Ygnacio Ochoa en el salón Teresa de la Parra, a las 4 de la tarde del mencionado día domingo. 



Los asistentes podrán obtener otros títulos que Estival colocará en exposición durante la presentación de las obras ya nombradas.