Revista Feriado. 9 de agosto de 1998. Nº 788
Los hermanos Mosonyi han dedicado sus vidas a recorrer el país tras el rastro de los indígenas venezolanos. El resultado de sus investigaciones será publicado en breve por la Fundación Bigott: Manual de lenguas indígenas de Venezuela, obra monumental que registra las voces y estructuras de 11 idiomas de nuestras etnias
Lina Canelón
Hace tiempo lo hemos estado repitiendo, casi en son de estribillo: en la cuestión del mestizaje y la formación de nuestra cultura, el legado de los indígenas es tan importante como el de los europeos. Lo escuchamos y lo reiteramos a cada momento, sí, pero a la hora de los recuentos encontramos con que cada vez nos seduce más el discurso de la globalización, y en esa misma medida tendemos a considerar desechable —y deleznable— lo que tiene que ver con el elemento indígena. Ni modo: o nos plegamos ante la fuerza de la era de las telecomunicaciones o nos aplicamos el harakiri que representa seguir buscando raíces. Es tiempo de ramas y frutos; la idea de raíz sugiere, de alguna forma, la de sepulcro.
En semejante contexto no puede verse sino con asombro el gesto de un par de antropólogos y lingüistas, los hermanos Esteban Emilio y Jorge Carlos Mosonyi, cuyo esfuerzo cobrará forma en un libro que será editado por la Fundación Bigott. Su título es la presentación más eficaz posible, si no la única, para justificar la atención que merece el (aparentemente) pequeño suceso editorial: Manual de lenguas indígenas de Venezuela.
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| Los hermanos Esteban Emilio y Jorge Carlos Mosonyi |
La vergüenza étnica
Hablábamos de asombro ante el anuncio de este libro. Un buen punto de partida para explicarnos el porqué de la extrañeza puede ser el origen de los investigadores: los Mosonyi nacieron en Hungría, así que es preciso realizar más de una cabriola para entender cómo nació su interés por las etnias venezolanas. "Pero nos formamos aquí", se apresuran a responder, y la aclaratoria vale; ambos se graduaron de antropólogos en la UCV, en la década de los 60, y posteriormente han realizado diversos doctorados en esa misma universidad. Además, reconocen haber contado en sus investigaciones con personal venezolano; en la obra que está por salir a la luz, contaron con el apoyo de Gisela Jackson, antropóloga nacida en estas tierras a pesar del apellido.
El libro recoge, sistematiza y hace digerible para el hablante común del idioma castellano (no sólo para el especialista en lingüística) la estructura y las voces de 11 lenguas indígenas; son más de 400 páginas las que abarca este registro. La existencia de muchas de estas lenguas es desconocida para el venezolano medio: baniva, yavitero, ñengatú; otras quizá han sonado un poco más en ciertos círculos, pero son igualmente un misterio: guajiro, warao, yaruro, cuiba, piaroa, kariña, pemón. Los Mosonyi se encargaron, pues, de organizar sus códigos y sonidos; con alegría de científicos que exploran objetos maravillosos, comentan y detallan la riqueza de unas lenguas que, como el yaruro, tienen 15 vocales, sonidos cuya pronunciación es una música ubicada entre nuestras letras E, I, O y A. En total, la cantidad de hablantes representados en esas 11 lenguas no llegan a 500 mil. Lo cual es un dato central para comenzar a indagar en aspectos concretos sobre el libro: su pertinencia, su utilidad, su trascendencia.

