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sábado, 29 de julio de 2017

Cristhian Hova: El ILUSTRADOR QUE ROMPÍA VENTAS.






He usado como portada de mi perfil en facebook la ilustración de Cristhian Hova de Darth Vader sosteniendo un helado con la leyenda “Helado Oscuro”. Me agrada todo lo que he visto de la obra de este ilustrador peruano, me place su reconocible estilo y los motivos que ilustra. Mi opinión sobre su arte no ha variado un ápice, me sigue gustando mucho.

El pasado 25 de Julio de 2017 en clasesdeperiodismo.com publicaron el artículo que estoy introduciendo: un trabajo de investigación de Diego Salazar donde demuestra que Cristhian Hova ha mentido, se ha atribuido méritos que no posee, publicaciones de sus trabajos que son falsas, ha hinchado su currículum para acrecentar su fama y (supongo yo) facilitar la venta de su obra.

No voy a desvelar como acaba el artículo, el trabajo de Diego Salazar merece ser leído, y ya de paso contemplar la obra de Cristhian que ilustra magníficamente el artículo.

Comentar mi primera reacción de incredulidad. ¿Alguien se ha tomado la molestia de investigar algo tan nimio? ¡Pero si no le hace daño a nadie! Ese fue mi primer pensamiento, instantes después reaccioné aterrorizado de mi mismo, de esa primera opinión instintiva, no filtrada por mis esfínteres mentales. Y acabé abochornado. Esta entradilla es mi redención, mi condena. Lo admito, la corrupción ha anidado en mí, prometo combatirla. En mi interior daba por bueno mentir en el currículum vitae para beneficiarse. Me parecía poca cosa. Vivo en una sociedad, la española, que ha aceptado que el Rector de una Universidad pública, que ha plagiado continuadamente, no dimita de su puesto (LINK 1). Una sociedad que aplaude y sostiene a ministros reprobados por el parlamento que no sólo no dimiten, sino que se atreven a dar lecciones de moralidad. O ese otro ministro también reprobado, y que tampoco dimite, ha visto como el Tribunal Constitucional sentencia que la Amnistía Fiscal que él promovió es inconstitucional y no lo destituyen. Pero en el rizo de lo esperpéntico, los españoles se quedan impasibles ante el Presidente del Gobierno que acaba de declarar ante la justicia sobre la probada financiación ilegal de su partido. Su defensa ha sido negar cualquier conocimiento sobre el asunto… no sé que me da más miedo: que me gobierne un corrupto o un necio que nada sabe.

En cualquier caso la corrupción generalizada tiene efectos perversos: el evidente empobrecimiento de la sociedad española, la destrucción del tejido empresarial honesto a manos de los empresarios corruptos (la forma de corrupción más extendida es la de una empresa que da dinero a un político para que este la conceda contratos públicos) y la aceptación de su existencia, de su inevitabilidad, por parte de los ciudadanos.

Los españoles estamos aceptando como algo dado por descontado, intrínseco al gobierno, la existencia de la corrupción generalizada, sistemática y constante en el tiempo. El umbral de aceptación es tan alto que mentir en el currículum no llama la atención. ¿Por qué va a estar mal si todo el mundo lo hace?

Una vez sentadas las bases de la aceptación de la corrupción, es fácil deducir el proceso por el cual, a pesar de los continuos escándalos de corrupción del partido político en el gobierno, las encuestas de intención de voto lo dan como ganador e incluso con un leve crecimiento en el número de sus votantes.

Es sutil pero constante, es lento pero imparable, la corrupción al no atajarse pudre nuestras creencias, embota nuestra percepción de la realidad, desequilibra nuestra báscula moral, en suma nos hace proclives a ella.

Por eso hay que aplaudir y darle resonancia a todas las acciones que la combata. Aplaudir a esos empleados que denuncian las prácticas corruptas de sus empleadores (lo que suele costarles el puesto de trabajo), a los arrepentidos que confiesan y denuncian, a la policía y guardia civil que la investiga pese a las presiones y represalias, a los fiscales y jueces que, como superhéroes de cómic, se enfrentan a ella arriesgando incluso sus vidas y no digamos ya su carrera judicial. Y también a quien combate la pequeña corrupción, la de estar por casa, la que no hace daño a nadie, también hay que dar difusión al trabajo de Diego Salazar. En el fondo es un ejemplo de la controvertida teoría de criminología: Ventanas rotas (link X).



by PacoMan


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El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker



Por Diego Salazar  (*)
El sábado 22 de julio, la revista Somos del diario El Comercio publicó un artículo sobre el artista peruano Cristhian Hova, quien, decía la nota: “ha ilustrado cuatro portadas alternativas de películas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, tres tapas para la revista The New Yorker”.

Fue esto último lo que me llamó la atención. Yo he visto el trabajo de Hova antes. He sonreído, como muchos, ante el nostálgico y sutil sentido del humor de la que debe ser su obra más conocida: Helado Oscuro, un retrato de Darth Vader sosteniendo una paleta de negra de helado -un Jet de D’onofrio para los peruanos- mordisqueada en la mano derecha.

De hecho, como buen fanático de Batman, tengo uno de sus afiches homenaje al Caballero de la noche. Pero, además, soy subscriptor de The New Yorker desde hace años. Al igual que mi esposa, Elda Cantú, que fue quien me mostró el artículo sobre el ilustrador peruano que hacía portadas de nuestra revista favorita. Snobs, nosotros, nos dijimos: ¿Cómo es posible que un artista peruano haya publicado no una sino varias veces en The New Yorker -portadas, de hecho- y no nos hayamos dado cuenta?

En el artículo de Somos un recuadro indicaba que “Este año, por medio de un ilustrador de The New Yorker que conoció, la revista lo contactó para que produzca algunas portadas. A la derecha, Donald Trump protagonizó alguna de ellas”.

La “portada” en cuestión es esta:

No recordaba haber visto nunca esa imagen en The New Yorker, y mucho menos en portada, así que de inmediato fui al archivo digital de la revista. Había algo familiar en la ilustración, además del trazo de vectores que ha hecho reconocible el trabajo de Hova, pero en ese momento todavía no sabía qué. En el archivo del New Yorker revisé todas las portadas de la revista entre 2016 y 2017, un total de 75, ninguna de las cuáles mostraba la ilustración del artista peruano. Había una, publicada en el número del 23 de enero de 2017, con motivo de la toma de poder de Trump, que tenía un vago parecido temático. Aun cuando el trazo de su autor, Barry Blitt, no tiene ninguna semejanza con el de Cristhian Hova:

Intrigado, me fui a revisar la página pública de Facebook de Hova, a ver si había algún error y la ilustración en cuestión había aparecido en alguna otra página de The New Yorker. De ser así, seguramente el ilustrador había compartido en sus redes sociales la página correcta. Ahí encontré esto:



La ilustración, entonces, según esa imagen compartida por Cristhian Hova en su página de Facebook, no había sido portada sino que había ilustrado un artículo en las páginas interiores de la versión impresa. Un artículo escrito por Jeffrey Frank y titulado Trump Can’t Stop Himself. Para cualquiera familiarizado con el diseño de The New Yorker, esa página resulta extraña. No se parece en absoluto a la icónica y clasicista maqueta de la revista.

De todas formas, busqué el artículo en el archivo digital. Nada. No existía. Lo siguiente fue buscar artículos de Jeffrey Frank sobre Trump en newyorker.com. Ahora sí. El artículo existía, solo que nunca se publicó en la revista impresa. Apareció en una sección de la web llamada Daily Comment, donde distintos autores escriben textos cortos comentando noticias del día.

Esta es la cabecera del artículo de Jeffrey Frank, como apareció publicado el 14 de marzo de 2017 en la página web de The New Yorker:

La imagen que ilustra la nota es una fotografía de Al Drago, fotógrafo de The New York Times, y, como cualquiera puede ver, no un trabajo de Cristhian Hova. Este hallazgo hizo que me sumergiera de lleno en la página de Facebook de Hova y en su cuenta de Instagram, a la que también había llegado buscando la dichosa portada de The New Yorker. En Somos hablaban no de una portada, sino de tres. No tuve que buscar mucho más. Las redes sociales de Hova son pródigas en muestras de su trabajo.

El 16 de marzo, el ilustrador compartió esta imagen en su cuenta de Instagram:



Al parecer, otro trabajo suyo había aparecido en las páginas de The New Yorker. De hecho, en una entrevista aparecida en la sección postdata del diario El Comercio el viernes 7 de abril de 2017, el periodista Renzo Giner Vásquez dice lo siguiente: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. A continuación, Giner Vásquez le pregunta al artista: “¿Cómo te contactó The New Yorker?”, a lo que Hova responde: “A través de una agencia con la que trabajo. Yo solo hice el dibujo y ellos se encargaron de todo”. El mismo ilustrador compartió ese día la entrevista en su cuenta de Instagram:



Una vez más, hay algo muy extraño en esa página de The New Yorker ilustrada con una imagen de David Bowie obra de Hova. La maqueta dista bastante del estilo clásico de la revista. Así que volví a newyorker.com. Bastó buscar el titular de la nota publicitada por Hova en su Instagram para llegar al artículo original:



Es una nota de la periodista Sarah Larson, corresponsal de Cultura de newyorker.com, que no se publicó en la versión impresa de la revista ni fue ilustrada con el trabajo del artista peruano. Pero no sólo eso. La primera línea del artículo posteado por Hova en Instagram dice: “This was not supposed to happen”, mientras que la nota de Larson empieza así: “Like many of us who adored David Bowie, I’ve had his music in my head lately”.

¿De dónde había salido esa primera línea? Una vez más, Google tenía la respuesta. Una sencilla búsqueda me llevó a otro artículo publicado en la web de The New Yorker, esta vez obra del crítico de arte de la revista, Hilton Als, titulado Postscript: David Bowie, 1947-2016. Esta es la cabecera de la nota, una vez más, publicada únicamente en la página web de The New Yorker:

Y este es su primer párrafo, de donde sale la primera línea de la página publicada por Hove en su cuenta de Instagram:



Alguien, no podía saber quién pero tenía una sospecha, había fabricado esa otra página de The New Yorker, cogiendo un titular de aquí, un arranque de artículo de allá, y pegando una ilustración obra de Cristhian Hova.

La supuesta relación del ilustrador, siempre según sus redes sociales y sus declaraciones en entrevistas (y los crédulos periodistas que las repetían sin verificación alguna), con The New Yorker no quedaba aquí. El 16 de abril de 2017, Hova posteaba esta nueva página en su cuenta de Facebook:



A diferencia de los otros artículos, este relato de Stephen King sí había sido publicado en las páginas de la revista impresa de The New Yorker. Apareció en el número del 9 de marzo de 2015 y fue ilustrado de esta manera:

La ilustración pertenece al artista Jon Gray, no a Cristhian Hova. La siguiente página, donde comienza el texto del relato, es esta:

De hecho, en la entrevista de El Comercio de abril de este año, el periodista Renzo Giner Vásquez señala que la primera colaboración de Hova con The New Yorker fue la imagen que “acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie”. Bowie murió el 10 de enero de 2016, así que, según el relato del periodista y del propio Hova, es imposible que el artista haya realizado una ilustración para The New Yorker para un relato que se publicó casi un año antes, en marzo de 2015. Las fechas, además de la maqueta de las páginas, el archivo de la revista impresa, las notas de la página web y demás evidencia, no cuadran.

Como tampoco cuadra esta otra supuesta página de The New Yorker que Hova publicó en sus cuentas de Facebook e Instagram hace poco más de un mes, el 2 de junio de 2017:



De nuevo, el artículo que se supone ilustra la imagen del artista peruano, escrito por John Cassidy y titulado “Donald Trump’s ‘Screw You’ to the World”, fue publicado únicamente en la página web de la revista, nunca en la versión impresa:



Y, una vez más, había sido ilustrado con una fotografía y no con una obra de Cristhian Hova, como mostraba la página que el artista había posteado en sus redes sociales.

A través de un amigo periodista que trabaja en The New Yorker, me comuniqué con Genevieve Bormes, asistente editorial de la editora de Arte de la revista. En un email le envié las imágenes con ilustraciones de Hova que él mismo había posteado en sus redes sociales y le pregunté si podía confirmarme que esos trabajos habían sido encargados y publicado en la revista o no. Un par de horas después, Bormes respondió: “Hasta donde tengo conocimiento -la expresión en inglés es ‘To the best of my knowledge’, una formalidad habitual en las comunicaciones oficiales-, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”.

Con esa confirmación, decidí ponerme en contacto con los periodistas de Somos y El Comercio, que habían escrito o editado artículos sobre la obra de Cristhian Hova en los que se mencionaban las portadas que supuestamente había hecho para The New Yorker.

Primero llamé a Rafaella León, editora de Somos, para contarle lo que había encontrado y preguntarle si ellos, en la revista, habían realizado algún tipo de comprobación. León respondió que no. A continuación me explicó que Cristhian Hova había ido a la entrevista acompañado de dos personas de la agencia de comunicación con la que trabaja, que la revista recibió un USB con el dossier del artista y ellos dieron por bueno todo lo que afirmaba. “Fue un acto de fe”, me dijo León cuando insistí y le pregunté si en ningún momento se les había cruzado por la cabeza verificar si en efecto el trabajo del ilustrador había aparecido en The New Yorker.

Luego de hablar con León, llamé a Renzo Giner Vásquez, autor de la entrevista publicada en abril de 2017, quien había escrito: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. Giner se mostró tan sorprendido como Rafaella León cuando le comenté lo que había encontrado. Le pregunté de dónde había sacado que The New Yorker había publicado ilustraciones de Hova. A lo que respondió de inmediato: “Me lo dijo él. Y estaba en la nota de prensa cuando me ofrecieron la entrevista”. Así que repregunté: ¿En ningún momento verificaste si en efecto se habían publicado? “No”, me dijo Giner. 

Después de esto, hablé con la autora de la nota en Somos, Brunella Vásquez. Su editora, Rafaella León, me facilitó su número de teléfono. Cuando me comuniqué con ella, Vásquez me dijo que León le había contado lo ocurrido. Después de hablar con su editora, Vásquez, me dijo, llamó a la responsable de la agencia y le explicó lo que pasaba. “Ella está haciendo todas las averiguaciones del caso”, me dijo Vásquez. Una vez más, como había hecho con León y Giner, le pregunté a Vásquez si en algún momento se le había ocurrido verificar si lo que decía Cristhian Hova, que The New Yorker había publicado varias portadas realizadas por él, era cierto. Al igual que sus colegas, Vásquez me dijo que no.

Ni bien colgué con Vásquez, llamé a la responsable de la agencia de relaciones públicas que maneja la comunicación de Cristhian Hova para solicitarle que me contactara con él. Le dije que Brunella Vásquez, de Somos, me había dicho que la había llamado antes y explicado la razón de mi interés. La responsable, que me pidió que no mencionara su nombre, me explicó que ella se había sorprendido también y que había hablado con Hova para exigirle que le explicara qué estaba ocurriendo. Las respuestas que le dio, que una supuesta galería de arte en Estados Unidos le había solicitado realizar unas ilustraciones para homenajear portadas de The New Yorker, con consentimiento de la revista, no la convencieron y su agencia había decidido ya terminar la relación laboral con el artista.

Cuando le pedí que me pusiera en contacto con él, me dio su teléfono y me dijo que le había recomendado que aceptara conversar conmigo y, sobre todo, que tuviera a mano el supuesto email o recibo o lo que fuera que comprobaría el pedido de la galería. “Porque si no aclara esto resulta que le ha mentido hasta al curador de su exposición en Índigo, donde hay una línea de tiempo que señala que ha publicado trabajos en The New Yorker”, me dijo.

La explicación, por supuesto, resulta bastante improbable. Sobre todo cuando desde el mismo The New Yorker, recordemos, la asistente editorial de la editora de Arte señala que: “hasta donde sé, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”. Y cuando las páginas fabricadas que Cristhian Hova publicó en sus redes sociales no corresponden a portadas sino a supuestas páginas interiores de la revista.

Las publicaciones de Cristhian Hova en las páginas de The New Yorker no son el único caso sospechoso que he podido desenredar echando un vistazo a sus redes sociales, haciendo uso de Google y redactando unos cuantos emails y mensajes de Facebook messenger.

El 27 de marzo, Hova publicó en su página de Facebook esta imagen:




Pero si uno descarga la imagen de Gallagher sosteniendo el cuadro y realiza una búsqueda en Google Images, se encontrará con que la foto ha sido modificada, tomando como base esta otra:

El 19 de marzo, Daniel Pitts, un artista inglés residente en Manchester, compartió en sus varias redes sociales la imagen de Liam Gallagher sosteniendo un cuadro pintado por él. El cuadro era un homenaje a la portada del soundtrack de la película Quadrophenia. Luego de encontrar la imagen, contacté a Pitts a través de Facebook messenger. Me respondió de inmediato.

Antes de explicarle la razón de mi mensaje, le pregunté si podía decirme cuándo, dónde y quién había tomado la foto de Gallagher sosteniendo su cuadro que estaba en su página de Facebook. Pitts me dijo que la foto fue tomada el 17 de marzo por una amiga suya que conoce a Liam Gallagher y que le habló al músico del trabajo del pintor. O sea, 10 días antes de la primera publicación de Hova. Digo primera porque un par de meses después, el 4 de junio, el artista peruano volvería a compartir la misma imagen de Gallagher con su ilustración. Esta vez en su cuenta de Instagram:




Al terminar de hablar con la responsable de la agencia de comunicación que trabajaba con Hova, lo llamé una decena de veces. No hubo respuesta. Le dejé un mensaje de voz y varios mensajes a través de messenger en sus dos cuentas de Facebook. La responsable de comunicación me escribió minutos después diciéndome que el ilustrador le había escrito por whatsapp diciéndole que tenía varias llamadas perdidas y que ella le había dicho que “conteste y que asuma lo que tenga que asumir”. Las llamadas eran mías. La responsable de la agencia me pidió un momento para volver a hablar con él. Segundos después me escribió: “Nada, a mí tampoco me contesta”.

RECONOCE ERROR

EL COMERCIO SE PRONUNCIÓ
“A raíz de la publicación “El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker” en el blog del periodista Diego Salazar, El Comercio ofrece disculpas a sus lectores por no haber hecho las verificaciones respecto a la versión ofrecida por Cristhian Hova quien en una entrevista en la sección Posdata y en la revista Somos aseguró que había ilustrado cuatro portadas alternativas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, de tres tapas para “The New Yorker”. Todo ello, según reveló Salazar y confesó luego Hova, resultó falso”, señaló el diario.

(*) Este artículo se publicó inicialmente en el blog de Diego Salazar.

Cristhian Hova | the new yorker

Fuente:

http://www.clasesdeperiodismo.com/2017/07/25/el-ilustrador-peruano-que-no-publico-en-the-new-yorker/


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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po

miércoles, 7 de agosto de 2013

Periodismo de ficción: Un reportero de ‘The New Yorker’ dimite tras descubrirse que se inventó citas de Bob Dylan






  • Un reportero de ‘The New Yorker’ dimite tras descubrirse que se inventó citas de Bob Dylan 
  •  Internet facilita el plagio, pero lo hace más fácil de descubrir 


 DAVID ALANDETE 

31 JUL 2012


En uno de los medios más prestigiosos y con uno de los sistemas más rigurosos de detección de errores, el joven periodista Jonah Lehrer ocupó parte del Olimpo periodístico norteamericano, para caer desplomado por plagiarse a sí mismo en Internet y por inventarse partes de citas atribuidas al cantante Bob Dylan. En The New Yorker, referente de las revistas de prestigio, muchos ojos escrutaron los textos de papel de Lehrer, pero nadie le prestó especial atención a los blogs que escribía en la página web. Aquello le dio alas, parece, para aderezar con algo de creatividad las citas de Dylan. Internet ha hecho, según los expertos, que la información fluya libre. El problema, para muchos escritores, es cómo mantener esa información veraz y correctamente atribuida a sus fuentes.




La piedra que sirvió para hacer caer a Lehrer, de 31 años, fue un artículo de Michael C. Moynihan en la revista digital Tablet, que examinó con lupa su libro Imagine: How creativity works. En el primer capítulo de ese libro, Lehrer analizaba la genial mente de Dylan, y le atribuía citas como: “Me encuentro a mí mismo escribiendo una canción, una larga pieza de vómito... Es difícil de describir... Es como un sentimiento de que debes decir algo... No sé de dónde vienen las canciones... Es como si un fantasma escribiera la canción”. Moynihan demostró en su artículo que muchas de esas citas habían sido trufadas, inventadas en parte o sacadas de contexto. Primero, Lehrer le dio excusas sobre lo dura que había sido la labor de edición del libro. Finalmente, según reveló Moynihan, confesó: “No pude encontrar las fuentes originales. Entré en pánico. Y estoy profundamente arrepentido por haber mentido”. Lehrer dejó este lunes su puesto en The New Yorker, ese baluarte del buen periodismo en el que escribieron John Updike, J. D. Salinger, Truman Capote y Jonathan Franzen, entre otros. Deja en él, para la posteridad, seis artículos, escritos desde 2008. Era redactor de plantilla, sueño de muchos periodistas, desde marzo de 2012. Se despidió con un breve comunicado, recogido por el sitio web Poynter: “Las citas en cuestión no existían, eran errores de cita inintencionales o representaban combinaciones impropias de citas que ya existían previamente. Aún así, le dije al señor Moynihan que eran de una grabación de archivo de una entrevista que me habían entregado representantes de Dylan. Eran una mentira, pronunciada en un momento de pánico”. El caso es que no era la primera vez en que el trabajo de Lehrer quedaba en seria duda.



Meses antes, su trabajo en un blog de The New Yorker había quedado ya cubierto por la sombra de un tipo poco frecuente de copia no atribuida: el autoplagio. En el gran ejemplo de la minuciosidad en la corrección de datos que es The New Yorker, a sus editores se les escapó todo un plagio en un blog de Internet, al que no le prestaron tanta atención como a sus textos de papel. El blog se llama Frontal Cortex y, en él, Lehrer, que estudió Neurociencia en la Universidad de Columbia, escribió numerosas entradas que eran en realidad refritos de otros textos que había publicado previamente en medios como The Wall Street Journal, Wired y The Guardian. Desde que se descubrió la copia, los editores de The New Yorker han añadido a cada entrada una nota inicial en la que explican dónde se publicaron primero esos textos.



En la era de la inmediatez de Internet, Lehrer y The New Yorker no son los únicos en verse en apuros por la falta de rigurosidad o las atribuciones erróneas. Ha sucedido, también recientemente, con la bitácora  BlogPost, de The Washington Post,que vio cómo la escritora de su página web Elizabeth Flock abandonaba su puesto por haber usado a discreción fuentes de otros medios que no atribuyó correctamente. A una noticia sobre un descubrimiento en Marte por parte de los robots Viking de la NASA, los jefes de Flock le añadieron una nota inicial: “Una versión previa de esta noticia hizo un uso inapropiado y extenso de un informe original de Discovery News y no le reconocía la autoría a una agencia informativa como la fuente original de la entrada”.
Ya previamente, el defensor del lector del Post, Patrick Pexton, había criticado a Flock por una entrada en el mismo blog en la que recogía unos rumores de que un supuesto eslogan de la campaña del candidato republicano, Mitt Romney —Mantengamos América para los americanos—, era idéntico a otro lema usado por el Klu Klux Klan. Flock copió la información del sitio web The Huffington Post, y no esperó a obtener una respuesta al respecto de la campaña de Romney. “El problema es que no llamó a la campaña de Romney para obtener su versión. Solo citó una crónica del Huffington Post en la que el escritor decía que la campaña de Romney no comentaba al respecto”, escribió el defensor. Luego, la campaña del candidato republicano negó que empleara ese eslogan, dejando a Flock al descubierto.
“No hay duda de que Internet ha hecho que sea más fácil plagiar, sobre todo por el acceso tan rápido a la información. Es tan sencillo como hacer un corta y pega. Hay muchas más oportunidades para hacerlo que en el pasado, desde luego”, explica Rem Rieder, vicepresidente de la revista especializada en medios American Journalism Review, de la Universidad de Maryland. “Del mismo modo, Internet también facilita que a aquel que plagia se le vaya a descubrir, porque pone al alcance de los lectores mucha información, con las fuentes y los archivos a su disposición. También facilita a los editores que examinen con más detalle los textos que les envían sus periodistas, descubriendo ese tipo de errores con más facilidad”, añade.
El hábito de tergiversar es, sin embargo, antiguo. Este año se cumplen 32 años de un deshonroso premio Pulitzer para el Post. En 1980, la periodista de 26 años Janet Cooke publicó una dramática y emotiva historia de primera página, titulada El mundo de Jimmy. Estaba construida con fuentes anónimas, y comenzaba así: “Jimmy tiene ocho años y es un adicto a la heroína de tercera generación...”. Tras ganar uno de los premios más prestigiosos de la profesión, la mentira quedó al descubierto. Cuando sus jefes le pidieron prueba alguna de que Jimmy existía, alegó que en realidad el niño era una metáfora de otros muchos casos que había conocido, muy similares. Después de admitir que también había mentido sobre sus credenciales académicas, Cooke devolvió el Pulitzer y dejó el Post.
Incluso a algunos periodistas veteranos les ha sorprendido ese encuentro desafortunado con Internet. Arnaud de Borchgrave, un veterano escritor de Washington, que durante 30 años cubrió la guerra fría y sus devenires para Newsweek, escribía recientemente una columna para el diario The Washington Times, después de haber sido su director. Erik Wemple, un bloguero en The Washington Post descubrió parecidos más que razonables entre las columnas de Borchgrave y notas de agencias como Associated Press y sitios web como ClickZ.com. Su última columna la escribió en mayo. Y el Times ha eliminado algunos de sus textos de su servidor web. “El problema con el señor Borchgrave es que aquellos que le defendían alegaron que era alguien con una trayectoria muy distinguida”, explica Rieder, de American Journalism Review. “Y eso no debería importar. Un plagio es siempre un plagio”.
Otras ‘creaciones’



En 1980, a los 26 años, Janet Cooke publica La historia de Jimmy, sobre un niño de ocho años adicto a la heroína. Gana un Pulitzer antes de admitir que el reportaje era una invención.
En 1998, la revista The New Republic admite que 27 de los 41 reportajes que ha escrito para ella el periodista Stephen Glass contienen mentiras o invenciones. En una de ellas se inventó a un hacker y una empresa a la que había atacado.
En 2003, Jayson Blair, una joven estrella de 27 años de The New York Times, admite que se ha inventado fuentes y citas en decenas de noticias. Llegó a firmar crónicas desde ciudades que nunca había visitado. El rotativo se vio obligado a publicar en su primera plana una nota en la que informaba de que Blair, que había escrito de asuntos tan diversos como el francotirador de Washington o las consecuencias de la Segunda Guerra del Golfo, era un fraude.
En 2004, el diario USA Today admitió que su reportero Jack Kelley, de 43 años, nominado a un Pulitzer en 2002, se había inventado la información de al menos ocho crónicas, especialmente una sobre el caso de una mujer que supuestamente había muerto huyendo de Cuba en una lancha.
En mayo, Arnaud de Borchgrave, un veterano deThe Washington Times, dejó de publicar sus columnas después de que se encontraran similitudes exactas entre ellas y notas de agencias y noticias de algunas páginas web.
Este mes de julio, Jonah Lehrer, de 31 años, ha dejado su puesto en The New Yorker después de admitir que había reutilizado material suyo de otros medios y de haberse inventado citas de Bob Dylan.

Jayson Blair: “Yo fui Lehrer”

Hace nueve años, Jayson Blair fue el plagiario e inventor periodístico del momento. Trabajaba en uno de los diarios más prestigiosos del mundo,The New York Times, donde se había convertido en una joven promesa por la gran riqueza de sus textos. En 2003, una periodista del diario San Antonio Express News se quejó por ciertas similitudes, sospechosas, entre una crónica suya y otra de Blair. Entonces, los jefes de Blair en el Timesdescubrieron una gran maraña de invenciones. Empleó fuentes anónimas que no existían. Dijo haber visitado ciudades en las que nunca había estado. Tomó declaraciones de otros medios, como The Washington Post, y las usó a su antojo. Especialmente creativas habían sido sus crónicas sobre John Allen Muhammad y Lee Boyd Malvo, dos francotiradores que aterrorizaron a la ciudad de Washington en 2002, aniquilando a 10 personas. Finalmente, a los 27 años, la joven promesa abandonó el Timesen deshonra. Ahora, Blair vuelve a hablar de aquello: “La información de que Jonah Lehrer ha abandonado The New Yorker por las informaciones de que se inventó citas de Bob Dylan en su libro superventas Imagine deben ser muy duras para él y para su familia, amigos y colegas. Lo sé. Porque hace nueve años yo era Jonah Lehrer”.
Habló Blair a través de una columna publicada en el sitio web The Daily Beast: “Como hizo Lehrer, empleé humo, espejos y desviaciones, pero mis defensas se derrumbaron con las primeras denuncias públicas. Puede sonar gracioso viniendo de mí, pero debo decir que inventarse citas de Bob Dylan, que casi nunca habla en público, fue tan tonto como que yo me inventara citas de figuras tan destacadas como el padre de Jessica Lynch [la soldado rescatada en una operación militar en Nasiriyah]”. Por último, pide para Lehrer y quizá también para él: “Espero que le den una segunda oportunidad en algún sitio, pero por ahora debe reflexionar sobre lo hecho para reparar el daño”.
Tomado de El País


Cartel del filme Shattered Glass  (2003) Que narra el ascenso y caída del periodista Stephen Glass