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martes, 17 de junio de 2025

La “Bala” emociona. La “Bala” hace patria y la cabra "bala": El Chino Valera Mora y sus aplomadas amanecidas



Amanecí de bala… y con resaca poética. El eterno retorno del Chino Valera Mora en las ferias del régimen chavista. 

Amanecí de bala
amanecí bien magníficamente bien todo arisco
hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja
mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer
alta y rubia cuando vaya a la Facultad de Farmacia se lo diré
seguro que se lo diré asunto mío amanecer así
esta mañana cuando abrí las puertas con la primera ráfaga
alborotando tumbando todo entraron a mis pulmones
los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont
grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres
al más frenético le pregunto por su libro vagancia city
como me gusta complicar a mis amigos los vivo nombrando
el diablo no me llevará a mí solo
ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera
en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo
sus locuras en el mar de los sargazos
hay sol hasta la madrugada y creo que jamás moriré
sin embargo deseo que este día me sobreviva
soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie
pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen
hermoso día me enalteces desenfrenada alegría
no tengo comercio con la muerte no le temo
llevo en la sangre la vida de cada día soy de este mundo
bueno como un niño implacable como un niño
guardo una fidelidad de hierro a los sueños de mi infancia
en este punto soy socrático él y yo elevamos volantines
restituimos la edad de oro el «qué habrá» al final del arco suspendido
ahora mismo se está mudando un río
hoy una morena de belleza agresiva me dijo pero si estás lindo
entonces yo le dije acaso no sucede cada dos mil años pierdo el hilo
día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
desnudos nos hundimos en las aguas del mismo río

*******

Disertación doctoral.  

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Cada vez que en la Feria Internacional del Libro Bolivariana (FILVEN) se levanta una tarima, alguien con camisa roja y pañuelo palestino termina citando, entre euforia y solemnidad, el viejo poema de Víctor Valera Mora: “Amanecí de balas”. Aplausos. Risas nerviosas. Camaradas con cara de haber comprendido algo muy profundo.

Y uno se pregunta: ¿es que todavía lo están celebrando?

Sí. Lo están.

Aunque «Amanecí de bala» haya envejecido peor que la consigna “el pueblo unido jamás será vencido”, el poema sobrevive en un extraño limbo: ni clásico, ni experimental, ni cadáver. Se recita con la reverencia de quien ha confundido la insolencia con la lucidez, la digresión con la ruptura, y el name-dropping con intertextualidad crítica.

Desde el inicio, el texto intenta capturar un despertar exaltado, “amanecí bien magníficamente bien todo arisco”, con una acumulación adverbial que suena más a tartamudeo estilístico que a deliberación poética. Esa aridez sintáctica no produce extrañamiento, sino ruido. Y no es que no se entienda: es que no dice nada relevante.

«Hoy no cambio un segundo de mi vida por una bandera roja / mi vida toda la cambiaría por la cabellera de esa mujer» 

Aquí se nota uno de los grandes problemas del poema: su rebeldía. Se pretende una oposición entre lo político y lo erótico, pero el resultado es una frase efectista que no desarrolla ninguna tensión real. La imagen de la «bandera roja» se sacrifica por el cliché de «la cabellera de esa mujer» sin generar conflicto ni ironía. No hay paradoja: hay superficialidad.

Bandera Roja (BR) es un partido político venezolano marxista-leninista de orientación antirrevisionista de carácter hoxhaísta.



 Lautréamont y los guiños que no se traducen en intensidad:

«los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont / grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres»

La Pandilla de Lautréamont fue, en su momento, un grupo de jóvenes literatos «de vanguardia y una vocación frontal por la provocación» que se reunían en Sabana Grande, y Valera Mora fue inspiradpr y uno de los rostros más visibles, junto a otros que creían en el verso como dinamita verbal. Pero «Amanecí de balas» aunque pretendía ser eso —una carga poética explosiva—, terminó siendo una suma de lugares comunes y sobre todo, en vez de una ruptura, un canto a «La Bohemia» con acento francés de Chapellín.

los otros poetas de la Pandilla de Lautréamont / grandes señores tolerados a duras penas por sus mujeres

¿Un homenaje o una autoironía involuntaria? Porque lejos de parecer un manifiesto, el poema suena como la bitácora desordenada de alguien que anoche no durmió y se puso a escribir con el ego a tope. 




El Chino tenía ritmo sí. Pero el ritmo no basta che, hablemos de contenido: 

Lautréamont no se integra a la visión del poema; se menciona como marca para un lector que tal vez sepa quién fue, pero no se hace carne en el texto. ¿Qué relación tiene con el resto del poema? Ninguna más allá del nombre. El gesto es pre-posmoderno, pero sin lucidez.

El ego lírico se infla hasta reventar

soy desmesurado o excesivo y no doy consejos a nadie / pero hoy veo más claro que nunca y quiero que los demás participen

Esta es la declaración de principios del hablante. Pero vacío ..: ¿ Dónde está el sustantivo? no hay aquí ni una epifanía, ni una mirada lúcida. Solo el canto de un yo hipertrofiado, más preocupado por escucharse que por decir. El poema no se construye hacia afuera, no crea mundo, sino que se queda orbitando en un narcisismo: frenético, ruidoso, inconcluso.

El collage emocional sin anclaje: la morena, el niño, el río, Frida y los vikingos

El poema lanza imágenes con la esperanza de que la acumulación funcione como lógica. Pero lo que obtenemos es una sopa simbólica sin criterio de edición.

ella antiguamente se llamaba Frida y estaba residenciada en Baviera / en una casa de grandes rocas levantadas por su amante vikingo

día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas / desnudos nos hundimos en las aguas del mismo río

¿Frida Kahlo? ¿Una invención nórdico-caribeña? ¿Un desvarío kitsch? Todo eso podría ser válido si hubiera una organicidad o al menos una pulsión unificadora. Pero no: es un zapping onírico que no termina de cuajar. Es el tipo de poesía que confunde ; una confusión con profundidad.

Rimbaud lo hizo mejor: 

Vi archipiélagos siderales, y cielos delirantes abiertos a las tripulaciones.

Así escribe quien ha cruzado el delirio y ha vuelto con algo que decir. Rimbaud no acumulaba imágenes por capricho; las tejía. Tenía una brújula entre las llamas. Valera Mora, en cambio, lanza frases con entusiasmo, pero sin dirección:

día de advenimiento de locos combates de amor a altas temperaturas
suena a manifiesto amoroso post-tinto, no a poema trabajado.

Donde Rimbaud veía un barco ebrio cruzando universos simbólicos, Valera Mora ve una rubia de farmacia. Y la pierde.

Canonización bolivariana o cuando el poema se convierte en estampita

Lo trágico —o quizás lo más cómico— es que “Amanecí de balas” sigue siendo leído hoy como si fuera un hito. Se declama con fervor institucional, se estudia como “ruptura formal”, se imprime en papelería cultural. No importa que el poema ya no diga nada: lo importante es que una vez pareció decirlo. Como la revolución.

El Chino Valera Mora es, hoy por hoy, más útil como ícono que como autor. Su poema se convirtió en souvenir. En bandera con versos. En cliché que nadie osa desmontar por miedo a parecer conservador, o peor aún: lúcido. 

O amanecer con una bala. 

la palabra mágica es “bala”

Amanecí de balas no es un poema: es una contraseña. Una clave cifrada que, al ser dicha en voz alta, abre la puerta de los aplausos en cualquier acto cultural con presupuesto estatal. No importa si el texto tiene sentido, si articula una visión del mundo, si conmueve, si permanece. Lo que importa es que dice “bala”. 

Y con eso basta.

Porque la burocracia cultural —esa especie persistente que sobrevive a todas las purgas— no necesita poesía, necesita símbolos. Palabras que suenen a lucha. Frases que puedan imprimir en afiches. “Bala” es la más eficaz. “Bala” emociona. “Bala” hace patria.

Todo lo demás —la rubia, la morena, el amante vikingo, el río que se muda, la cita a Sócrates— es puro relleno lírico para que el verso no se quede desnudo. Y en la Feria Internacional del Libro Bolivariana número 80.000 (que, como los Congresos del PSUV, ya nadie sabe si son reales o solo recuerdos), “Amanecí de balas” seguirá recitándose como quien invoca a un santo.



Porque el poema no importa.

Lo que importa es que dice bala.

Si... 

Bala





Israel Centeno nació en Caracas en 1958. Es uno de los principales narradores venezolanos de este cambio de siglo, y una de las voces más interesantes de América Latina. Prestigioso editor, poeta y narrador, entre sus novelas, publicadas todas ellas en importantes editoriales.




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martes, 20 de septiembre de 2011

Harold Alvarado Tenorio: "Valera Mora es el mejor exponente de ese período de esperanzas en la lucha contra las opresiones sociales y la búsqueda de nuevos sentidos para la vida"

EL CHINO VALERA MORA







"Valera Mora es el mejor exponente de ese período de esperanzas en la lucha contra las opresiones sociales y la búsqueda de nuevos sentidos para la vida"

EL CHINO VALERA MORA
por Harold Alvarado Tenorio








EL CHINO VALERA MORA



Harold Alvarado Tenorio




Hace setenta años, este 20 Septiembre, vino al mundo Víctor Valera Mora (1935-1984), uno de los más singulares poetas venezolanos y uno de los más desenfadados que haya producido la lengua. Mejor conocido como El Chino Valera Mora, su obra, poco celebrada fuera de su país, es no obstante una de las referencias mas reveladoras de los rumbos que tomó la poesía, escrita en español, durante los furiosos años sesentas, cuando en la península, toda renovación poética parecía venir de la mano de la frivolidad y un aparente neoculteranismo, y en América sucumbieron tanto las formulas meramente agitacionales y de propaganda y aquellas que alienadas por los facilismos de la escritura automática, quisieron hacer pasar por liebre lo que apenas era gazapo. Valera Mora es el mejor exponente de ese período de esperanzas en la lucha contra las opresiones sociales y la búsqueda de nuevos sentidos para la vida, como quisieron los jóvenes que marcharon por las avenidas de las grandes ciudades aquel 1968, el año de la revolución. Su obra y su vida son, que duda cabe, junto a las de Juan Gelman, Roque Dalton o Fayad Jamis, el paradigma de esa hora irrepetible. "De todos los poetas contestatarios, escribió Manuel Bermúdez, ha sido Víctor Valera Mora el que ha nutrido mas a la Revolución con su palabra, sin cobrarle un centavo, ni mucho menos vivir a costa de ella. " Víctor Valera Mora nació en Valera, aldea de luz y calina, cometas y montañas. Sabemos que su padre fue un obrero que murió de tuberculosis y su madre una campesina y que estudió el bachillerato en un municipio de los llanos de Guárico, San Juan de los Morros, donde conoció a otros poetas de las pampas como Ángel Eduardo Acevedo o Argenis Rodríguez, con quienes aprendería a entender la poesía como canto y cuento, así quería Antonio Machado, mientras escuchaba a los improvisadores y leía, en trances iluminatorios, la poesía china. De los llanos fue a Caracas para estudiar en la Universidad Central, sociología. Miembro del Partido Comunista fue puesto en prisión durante las manifestaciones contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1953-1958) a finales de 1957. Venezuela vive entonces una época (1959-1964) de levantamientos militares y de estudiantes y políticos contra el régimen de Rómulo Betancourt, quien toma partido por el gobierno norteamericano frente a las novedades y expectativas del recién inaugurado castrismo cubano. Junto a Luis Camilo Guevara, Mario Abreu, Pepe Barroeta y Caupolicán Ovalles, el "Chino" despliega una enorme actividad cultural y crea la mítica Pandilla de Lautréamont, en aquella Sabana Grande que albergaba en sus templos etílicos Halászo Macska, Nerone, Viñedo, Veccio o La Bajada, entre salsa y rock & roll, a un puñado de ilusos, pertenecientes a una imaginaria República del Este que sería derrotada por los ríos de un petróleo corruptor y perverso.




La canción del soldado justo (1961), su primer libro, es un vademécum y proclama de las esperanzas y los sueños revolucionarios de la hora. Y la cosecha de haber leído en Vladimir Maiakovsky, Jacques Prévert, Nazim Himet, Walt Whitman, Pablo Neruda o Dylan Thomas. Es la lucha de clases la que nos salvará de las garras de los grandes monopolios, pero ya es evidente que el tono de su canto no será panfletario sino lírico, una suerte de soliloquio o diálogo consigo mismo que, haciendo que nuestras conciencias rueden ante los otros mediante anacolutos, elipsis y roturas sintácticas, es nosotros. A la derrota de los poderes iremos, como será en toda su obra, de la mano del amor. Un amor que se expresa haciendo del yo del cantor la imagen misma de la historia, de la lucha contra la opresión y el desamparo, imaginando sus palabras como catapultas contra las acciones del régimen combatido, acusado por el poeta de llevar el país a la catástrofe.



lunes, 5 de septiembre de 2011

Baica Dávalos: "Lírico y épico y cantor, Valera Mora reúne las cualidades de los grandes juglares dionisíacos"

"Amanecí de Bala"




Número 1 de la Revista Zona Tórrida en 1971



Estimados Amigos


Hoy le obsequiamos una de las primeras reseñas del libro Amanecí de bala de Víctor Valera Mora, realizada por Baica Dávalos para el primer número de la revista Zona Tórrida.


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"Lírico y épico y cantor, Valera Mora reúne las cualidades de los grandes juglares dionisíacos"
Una reseña  del libro "Amanecí de Bala" en el primer número de la revista Zona Tórrida 




Victor Valera Mora. Amanecí de Bala. Editorial Cabimas, Mérida.



Walt Whitman solía decir de sus Hojas de Hierba, "cuando toquéis este libro, tocaréis a un hombre". Esta frase resalta al leer el poemario de Víctor (El Chino) Valera Mora y pasearse por el caballo de sus páginas, con una guitarra terciada al hombro y las rancheras despechadas en la rocola de una cantina, al borde del camino de Yaracuy, que se llama La Primavera. Y está, por supuesto, el sol, de San Juan de los Morros y las brisas de la Ciudad de los Caballeros y el rugir de la quebrada en una medianoche oscura como los pensamientos de un asesino, en donde un grupo de los otros poetas de la Pandilla Lautreamont, se bañaban vestidos entre los pedrones monumentales, pasando los tiritones con puñaladas de cacique. Desde su exhortación preliminar ya está puesto el primer upercut a la mandíbula sensible del lector: "¡Odien! Hártense de poesía!". Y la entrada de los años 63, con la guerrilla enarbolada en todos los corazones ansiosos por un gran día rojo, le arranca al poeta los apostrofes más duros contra la bichería politiquera, que menea la ensalada presupuestaria. Los epítetos llegan al climax más demoledor en el poema Nombres Propios, donde, con pelos y señales, se procede a aplicar aquella receta de la página 151 qué dice: 

"En poesía cuando hables de los imbéciles / no vaciles en estrujar sus rostros / con estropajos impregnados en ácido de batería..." Pero es curioso que el primer lugar lo ocupen en el poema los nombres de "los príncipes que vivirán en ciudades resplandecientes" y las "mujeres de se¬nos que el corazón no olvida" y que para decir todo este largo poema de ternura, advierta que él (el poeta) "yo que no sé hablar con ternura / que me resuelvo mejor en el odio", cuando todo el libro que sigue a la voz eminentemente política, es una gran canción de amor. 

¿No es acaso ternura infinita lo que surge del poema Tender: ¿O esas otras estrofas, de un himno de añoranza y amor, en donde superpuestos a la guerra y los bombardeos los ojos de Laura eran Londres? Lírico y épico y cantor, Valera Mora reúne las cualidades de los grandes juglares dionisíacos. La suya es una voz fuerte y alegre y el tono de sus baladas de amor, nunca olvida una nota humorística que tiene una semejanza de parentela con el humor de los Beatles y la vagabundería reñidora de Francois Villon.



El libro, que reúne la poesía de Valera Mora desde los años 63 al 71, está ilustrado con dibujos de Carlos Contramaestre, además de una portada a cuatro colores del pintor. La contratapa trae una reseña de Salvador Garmendia que tiene todas las apariencias de un cuento. Lo distribuye el Fondo Editorial Salvador de la plaza.



Baica Dávalos



Baica Dávalos (Argentina, 1919-Venezuela, 1983). Desde que Baica Dávalos llegó a Caracas en 1959 anduvo ejerciendo su pasión por la crónica, por la creación de las revistas culturales y por un magisterio vital compartido bajo el signo del riesgo. Digamos que Baica era como un adolescente perpetuo en diálogo continuo. Vivió en México varios años; allá publicó Papeles de Abundo  (1964). En Buenos Aires había dado a conocer Interregno (1968), mientras que en Venezuela nos entrega sus obras de madurez: La piel de las víboras (1968), Aparecidos (1973), La mar en coche (1976) y Entreverado (1979), cierra magistralmente su ciclo vital y da cuenta de su atribulado paso por las noches del azar.

Jiménez Emán, Gabriel. Relatos venezolanos del siglo XX. Selección, prólogo y bibliografía. Venezuela, Biblioteca Ayacucho, 1989, p. 228.

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 Baica Dávalos fue secretario de redacción de la revista Zona Franca


21/06/2024
10/06/2024