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viernes, 14 de mayo de 2021

MIGUEL OTERO SILVA a Ludovico Silva: Toda obra poética requiere largo trabajo y Si no tuviera los medios para ir a Jamaica o Arezzo me iría a Charallave






MIGUEL OTERO SILVA: Toda obra poética requiere largo trabajo y Si no tuviera los medios para ir a Jamaica o Arezzo me iría a Charallave
Entrevista de Ludovico Silva

  28 DE FEBRERO DE 1965




 "Toda obra poética requiere largo trabajo"



Cualquiera diría que es muy fácil hacerle una entrevista a Otero Silva, un periodista afilado y lleno de experiencia. Pero no es así. Otero Silva tiene también su temor pleistocénico a las entrevistas. Si uno le hace una pregunta, la agarra en el aire y, desentendiéndose de la entrevista misma, la responde en forma de catarata. Se resiste a hablar dictando, tal como lo hacen con una equívoca facilidad los políticos. El resultado es que yo tuve que acondicionar mi memoria, y prácticamente obligar al poeta a sentarse frente a una máquina de escribir. Existe además otro punto muy importante:

Otero Silva afirma una y otra vez que él no tiene nada que ver con la crítica literaria y que le resulta difícil teorizar su poesía. Yo le digo que no se trata propiamente de eso, sino de teorizar un rato a propósito de su poesía y no sobre ella.

‹Sé que me vas a interrogar sobre arte poético, sobre escuelas poéticas, sobre filosofía de la poesía, y te confieso que esa certeza me tiene sobre ascuas. Yo no soy crítico ni ensayista, ni teorizante, particularmente cuando de poesía se trata. Por compromisos, por amistad o por rendir culto a un alto valor de nuestra literatura recién muerto, he escrito algún prólogo, conferencia o discurso sobre temas de literatura que pueden parecer crítica.

Pero la verdad es que hablar de la poesía como de un tema pedagógico, como de una ciencia estudiable, me pone nervioso. Sin embargo, estoy a tu disposición.

‹He oído decir a mucha gente ‹le digo‹ que es un poco extraño eso de tener que irse a otra parte ‹Jamaica, Arezzo‹para escribir o pulir un libro.

¿Podrías responderles a los que eso se preguntan?

‹Como no. Yo viajo para pulir mis libros, en primer lugar, porque no le veo de extraño ni nada de maléfico u odioso a hacerlo. Preguntarse por qué lo hago es como preguntarse por qué una planta desplaza sus hojas según la temperatura o la luz del sol. Yo, sencillamente, no puedo escribir en Caracas. Aquí uno tiene demasiados compromisos que resultan ineludibles si uno se encuentra aquí. Si no tuviera los medios para ir a Jamaica o Arezzo me iría a Charallave.

Ludovico Silva. Imagen tomada de Venezuela e historia.



En tu libro aclaras que las tres primeras estancias de tu poema fueron escritas en 1942, y publicadas. Esas tres primeras partes del poema, ¿las tenías como un poema en sí o como algo inconcluso?

‹Ese poema ha sido muy trabajado. En efecto, los tres primeros cantos o estancias fueron escritos hace más de veinte años. Creí en ese momento que había redondeado un poema, pero al cabo de un tiempo comencé a pensar que era apenas una obra inconclusa, y esa sensación de cosa inconclusa se fue acentuando, hasta que el año pasado decidí continuar mi poema de 1942, y tan inconcluso estaba que lo que era una página se convirtió en un libro. Por lo demás no creo mucho en la improvisación ni en la inspiración, éxtasis o transporte como elementos generadores de la mejor poesía. Tampoco creo en las genialidades del subconsciente ni en el automatismo psíquico de André Breton. Toda obra poética requiere largo trabajo, así se trate de la subconsciente de los superrealistas.

‹Recordarás ‹le pregunto‹ aquella idea de Eliot acerca de los diversos niveles de significación que tiene todo poema y, en general, todo hecho estético. Para unos, decía Eliot, lo importante en un poema es su lenguaje, entendiendo por lenguaje un material sonoro; para otros, el pensamiento expresado a través de ese material. Tu poesía, evidentemente, tiene una significación rítmica, y, en el caso concreto de La mar que es el morir, tiene además una unidad de contenido filosófico. ¿Qué me dices de la significación rítmica?

‹La significación rítmica de mi poesía está determinada, creo, por la presencia permanente de versos regidos por la métrica clásica castellana, los cuales engendran una armonía musical o rítmica que se mantiene a todo lo largo del poema. Escribo en versos libres que no son desordenadamente libres, puesto que alejandrinos o endecasílabos condicionan su libertad.

¿No te parece que algunos sectores de opinión dirán sobre tu poesía que es "tradicional"?

‹Yo no defiendo ni remotamente una poesía tradicional. Simplemente digo que así como respeto el hermetismo ajeno pido respeto para mi claridad, condición esta última muy española, por cierto.


Extractos


Un crítico dijo que había una desigualdad entre los temas universales y las alusiones particulares ‹persona y paisaje‹ del último canto de tu libro.

¿Qué piensas de esa afirmación?

‹Pienso que el hecho de que aparezca el paisaje como ingrediente de primer orden en la estancia 19 o última del poema no significa en modo alguno que rompa la unidad estilística ni filosófica de la obra. Por el contrario, los primeros 18 cantos son resonancia de la copla de Manrique "Nuestras vidas son lo ríos", sobre mi criterio total, absoluto, del fenómeno "muerte". En cambio, el poema 19 es la referencia de esa misma copla a mi propia vida.

Entonces es forzoso que aparezca el paisaje, con todos sus símbolos, y ese paisaje no puede ser otro sino uno venezolano, con guacamayas y apamates, porque es ese y no otro el que atraviesa "mi río". Lo que pasa es que entre los cánones restrictivos que pesan sobre nuestros poetas actuales está el prohibirles que nombren todo árbol, animal o piedra venezolanos.

Bucare. Foto de Fev.Imagen tomada de Wikipedia.



Pueden decir "álamo", "chopo", "encina", pero nunca "bucare", ni "jabillo".

Gonzalito. Imagen tomada de Steemit.

Pueden decir "alondra" y "mirlo", pero nunca "gonzalito" ni "arrendajo".

Pero lo que soy yo no nombro un "jilguero" en un poema mío, ni a balazos.

Hasta luego.

Hasta siempre.


Tomado de El Nacional

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09/06/2024

sábado, 17 de abril de 2021

EL ALFABETO SIN MI LIBRO: El nervio poético de Alberto Hernández




EL ALFABETO SIN MI LIBRO: El nervio poético de Alberto Hernández

**Juan Martins**

**foto: alberto h. cobo**

ME DELIMITO A LA FUERZA de su sinceridad, muestra sus limitaciones, deseos, placeres, andares, cadencias y las hebras necesarias para un lector de poesía —o quiera serlo—, como bien lo dice Alberto Hernández en el título de su libro: El nervio poético. Ser de algún modo la línea de ese nervio: me registro, yo, un autor menor, me limito entonces con Hernández, tratado de sucumbir al desprendimiento de mi ego, buscar aquella sinceridad con la que se nos introduce —a la vez que nos fragmenta— dentro de la ciudad, su urbanidad. Y nos encanta en cada línea de este libro: la belleza nos seduce, pero lo hace desde el ritmo de esta ciudad, desde, también, su nervio que es la ruta de la otredad, por ejemplo, quiero imaginarme dónde se sentaron Ludovico Silva, Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada o Caupolicán Ovalles (por sólo nombrar entre tantos mencionados) en aquellos bares de «Sabana Grande» que le pertenecen al placer, a la bebida, a la cita del poema que se induce por el sabor del vino, aquel sabor que supo identificar Ludovico Silva, sus amigos, sus poetas. Y la extraviada ciudad de los malditos. Los otros, ese es el ritmo. 

Ludovico Silva. Imagen tomada de El Universal.



Y no es un camino conceptual, es, además, orgánico, sentido o lamentado como lo lamentamos en el poema, a partir del canto, a veces, un canto que se desvanece. Con este libro, camino, me represento en un espacio escénico que es Caracas. La de la poesía y el arte. ¿Es posible registrarlo con detalles? No lo habría hecho yo antes. Sin embargo, nace este libro y Alberto Hernández me toma de la mano y me lo recuerda en el recorrido. Me pulsa con las citas de los poetas o de sus poemas. El poema. Y ello, alrededor de un centro mayor: los poetas Eugenio Montejo y José «Pepe» Barroeta. Sus cuerpos, aquellos que recorrieron el mundo y esta ciudad en desasosiego, son representados en la voz del narrador, éste, que hace del relato el tejido de ese nervio, como tal, la bifurcación del signo y el sentido. Sin embargo, no se destaca aquello académico que ahora es este caminar. Alberto, mejor dicho, su narrador me aprieta la mano, sigue conmigo, me impulsa y me recuerda que no debo soltar aquella pasión por los poetas. La cual se me forma en el sentir de esa ciudad, del detalle y de la lógica de un paisaje interno, suave y otras veces con el ímpetu de la palabra, aquel ritmo necesario de su andar. Y si logro asir este ritmo es por su sinceridad, puesto que

El pensamiento poético arrastra mucho polvo viejo. Ya las metáforas existían antes de que el mundo apareciera como tal. Una esfera brillante, el ojo del Universo: la mirada de Dios y todos los secretos que guarda aún en estos tiempos de tantísimos libros, unos legibles, otros insoportables, como éste, que no es libro y que es insoportable”. (p. 28).


y también —quiera o no Hernández— muestra el gesto de los poetas, como la antesala para decir de sí mismo que su libro no es un libro por insoportable. ¿Lo será por la desacralización de su voz narradora o la postura casi inocente de quien se somete ante la vida y obra de otros? Todo es posible en esa condición porque el pensamiento poético está por detrás de las palabras, cuando se percibe, en aquella voz del narrador, el éxtasis conceptual que se contiene. A partir de entonces éste nos estimula, alrededor de la misma mesa, a reconocer de esta poética sobre aquellas vidas de los poetas en cuestión quienes figuran, en la trasparencia del discurso, de enlace con la poesía venezolana, pero que se arraiga a la voz del narrador. Y éste, a fin de cuentas, se representa en el propio espacio racional del lector: nos exhibimos para el intercambio poético en cuyo polvo viejo nos envolvemos de la narración hacia la crónica y desde ésta al ensayo. Se sustituye el género por su propio alfabeto, es decir, el discurso se libera de la atadura y se desplaza con el lector, con la memoria, a la vez que construye su realidad: la alteridad de lo real se devuelve al lector con la misma diversidad con la que se interpreta el yo poético de unos y otros: me apropio del verso para introducirlo en un poema para el otro y el canto se unifica en lo que es aquí un ensayo que se nos disuelve en narración: ruptura de la formalidad hasta dejarnos llevar por la misma forma de la escritura que surgirá en el lector, en el alfabeto que se construye. Y es fragmentario por esa modalidad. El ensayo se articula en una narración que procura su prosa poética al mismo tiempo.

Por anticipado, Alberto Hernández explora el riesgo de esa aventura: si el lector busca una novela se hallará con un libro de ensayo y viceversa. La estructura entonces la define su lector. Tal riesgo de la derrota del género se sostiene de su autenticidad: es un libro de ensayo el cual encuentra el camino de la narración. Y cuando lo hace, se representa en su originalidad. Así que poco importa si lo leemos o no como una novela, pero la intención del autor se deja entrever: narrar y hacerlo desde otra articulación del discurso. Sin embargo la silueta de ese «género» se disuelve ante la fragmentación y, con ello, emerge su prosa poética, como si los géneros existentes no fueran suficientes, necesita, además, de su propio formato. Se nos integra como una «sustancia» que penetra al lector. Y es sustancia por la fluidez de ese discurso en cuya formalidad del lenguaje la voz de aquel narrador no aparece de modo conceptual por sí solo, sino que exige de su cadencia, quiero decir que el lenguaje produce el catalizador liberador, siendo capaz de encontrarse en esta prosa narrativa con la que se nos describe el contexto de los poetas hacia el traslado de la poesía venezolana contemporánea: José Antonio Ramos Sucre, Juan Sánchez Peláez, Jesús Sanoja Hernández, Hesnor Rivera, Rafael José Muñoz, Francisco Pérez Perdomo, Luis García Morales, Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Jesús Enrique Guédez, Arnaldo Acosta Bello, Guillermo Sucre, Alfredo Silva Estrada, Villarroel París, José Lira Sosa, Ramón Palomares, Alfredo Chacón, Efraín Hurtado, Teófilo Tortolero, Víctor Valera Mora, Edmundo Aray, Caupolicán Ovalles, Ángel Eduardo Acevedo, Ramón Querales, Miyó Vestrini, Luis Camilo Guevara, Eugenio Montejo, Argenis Daza Guevara, Gustavo Pereira, Luis Alberto Crespo, Hanni Ossott y José (Pepe) Barroeta. Se cruzan con otros, se cruzan generaciones de poetas venezolanos: no falta Harry Almela, recientemente fallecido. Todos acompañan al lector, la memoria también se sostiene con los orígenes: Arturo Rimbaud. Guillermo Apollinaire, Esteban Mallarmé, Swedenborg, Paul Éluard, Valéry, Ungaretti, Allen Ginsberg y Fernando Pessoa o mejor Ricardo Reis, compitiendo con el Libro del desasosiego de su otro heterónimo llamado Bernardo Soares. Tratando de atrapar con este desdoblamiento a Eugenio Montejo. Atraparlo significa saber razonar con la alteridad y cómo hacer de ella una crónica simbólica de amor y poesía. También de rechazos porque la aventura no es ingenua, requiere del dato preciso, el registro de esa memoria impecable con el discurso y dispuesto al placer del lector al mismo tiempo. Con todo, aparecen los duendes, fantasmas y ángeles que nos humedecen el verbo con su sustancia:

Pensé que era uno de esos sujetos creados por Montejo, como yo, pero no. No era uno de nosotros. Me pidió un vaso de agua y se lo di solícito porque hablaba un castellano fino, casi inaudible y entrecortado.


En ese momento me di cuenta de que estaba hablando con otro fantasma. Pero no le di mucha importancia a ese hecho. En todo caso, dicen que estoy loco, cuestión que me favorece al momento de contar lo que ahora escribo.

—El poeta de El cielo de esmalte”. (p. 93)

y de sus lectores, cuando entendemos que éste es un nervio que hilvana su nudo y deposita en nosotros el resto de esa «humedad» la cual nos conforta y encaja en nuestra alteridad, en nuestra imagen o nos construimos en esa identidad, puesto que de lo que se trata es de fundar una imagen. Razón por la cual se nos exhibe la narración desde ese lindero de la prosa poética y no, en cambio, de la descripción, de la técnica narrativa a la que estamos acostumbrados. Aquí hay una ruptura con la técnica narrativa y nos promueve esta manera diferente de escribir una novela: fragmentada y simbólica. Pero es algo más: postura ante el arte, con el que se pretende reunir vida y obra, vida y poesía, como si Alberto Hernández (¿el narrador?) quisiera expresar de su cotidianidad la importancia de ese gesto al reconciliarse con el homenaje: el poema es una instancia del cuerpo porque en él es donde se «vacía» la poesía. Eugenio Montejo y «Pepe» Barroeta serán la transparencia ante el lector como mecanismo del yo poético por relevarse y descubrir sus duplicidades, el portal de esa otredad hecha verso, canción y poema de cada poeta, también, la fragmentación del otro que se transfiere, a un tiempo de la narración, a los yoes de sus poetas: el espejo abierto de tantos fragmentos como verso aparecido en medio de esta crónica que se me hace novela. Es fragmentario en tanto a la articulación del discurso, pero unido en esa posible hermenéutica que Alberto Hernández ejerce de la literatura venezolana. En ese nervio constituyente aparecen sus movimientos, grupos y revistas literarias: Grupo Viernes, Sardio y Tabla Redonda, El Techo de la Ballena, La República del Este, la Revista Poesía, otras cosas. Todos los poetas y el mundo. Y este mundo es del tamaño de la República del Este. Si entendemos que es donde se reúnen los poetas es el patio de lo dionisiaco, el respiro de una ciudad, el desasosiego de un país. Cuando abro este libro me huele a eso: alegría, vino, tertulia, canto y poesía sobre las calles de Caracas. Y ninguna calle de Caracas está sola, viene llena de todo paisaje venezolano, aun por simbólico que lo sea, todo, estará metido en el verso de Eugenio Montejo y José «Pepe» Barroeta y éstos en todo: Sabana Grande también es Mérida, su bienal literaria, lo que queda de tanto increpar al país, este lado desdeñado en su recóndita memoria: la poesía.

El tratamiento de la vida de estos poetas, cómo esta acción donde funciona un movimiento muy particular: la vida de aquéllos y ese mismo gesto se hace poema en el lector. Un libro sobre escritores y los escritores de muchos libros. Es allí donde funciona lo novelado y lo encantatorio del libro: envolvernos en el rincón íntimo de Hernández, pero que se expande a todos los lectores. Y mis referentes literarios quedan exhaustos. Estoy solo. Regreso a este libro. Necesito una segunda lectura. Yo en el desasosiego. Separo entonces mi ignorancia. Y las estructuras de análisis quedarán a un lado para llenarme de la poesía de Alberto Hernández, ésta, que es la acción narrativa de los poetas mencionados. La otra opción será volver a leer el libro para adentrarme a ese ritmo de su fuerza poética. Acá la poesía se «piensa», en tanto se hace orgánica en esa relación entre poeta y lector.

No seré el mismo lector. Necesitaré de la poesía venezolana.

(1)El nervio poético. Alberto Hernández Premio XVII Anual Transgenérico 2017 de la Fundación para la Cultura Urbana. Edición Nº 14. Caracas, 2018.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 
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Juan Martins. Imagen tomada de Letralia.

Juan Martins Poeta y dramaturgo, crítico teatral y escritor. Editor. Magíster en Literatura Latinoamericana. UPEL, Maracay. Recibió por su pieza «Duchamp, 11:45» Mención de honor como Finalista en el «V Premio El espectáculo Teatral», 2011. En el 2008 Primer Premio en el «XVI Concurso Nacional de Literatura IPASME», con Saldré de tu piel de cuero. «Premio Bienal de Literatura Augusto Padrón», 2004, género dramaturgia con Caperucita ríe a medianoche, otorgado por la Alcaldía de Maracay. Premio Nacional «Miguel Ramón Utrera». 2008, mención dramaturgia con Caramelo de nueva york*. Premio mayor de las artes, mención dramaturgia. Conac: 2004 con la pieza Dollwrist. También en anterior edición finalista en el concurso «El Espectáculo Teatral», España. 2006 y, más tarde, seleccionada para el «Festheve», 2008. París, con La Tarde de la iguana (Voix off), traducida al francés y representada en su lectura dramatizada para dicho evento. Finalista: recibido de la Cátedra iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE) y su Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes», uno de los Premios extraordinarios en la categoría de monólogo teatral hiperbreve: Sara bajo Lágrima en el mes de Noviembre de 2007. Ha publicado Poética para el actor (2000) y Cartas del corazón para Edith Piaf y otras piezas (2002) en la editorial «The Latino Press» de Nueva York. Entre otros reconocimientos y premios acá señalados.«Ese animal que engaña mi vientre» con «Ediciones Presagios», México, 2012. En reciente edición de «Ediciones Estival» dos libros de ensayos: «Él es Vila-Matas, no soy Bartleby» y «El delirio del sentido, desde una poética del dolor y otros ensayos» seguidamente. Venezuela, 2014. Ahora en imprenta por la misma editorial dos más de sus libros: «Novelas son nombres» «De qué hablo cuando hablo de Murakami» para el año 2016 respectivamente. En proyecto otras ediciones. Recién obtuvo el Premio «III Bienal de Literatura de Poesía Abraham Salloum Bitar».

Tomada de  LikedIn



domingo, 18 de febrero de 2018

“CÓMO LEER LA POESÍA”: HANNI OSSOTT.



HANNI OSSOTT.. Foto: Vasco Szinetar


Crónicas del Olvido


**Alberto Hernández**



1.-

Soy de los que subraya los libros. Leo sobre líneas de grafito o de bolígrafo. Cuando hago eso me acerco a Ludovico Silva y lo miro mientras con su letra filosófica y menuda reconoce lo que le llama la atención y se queda con los ojos puestos en un vaso, en un jarrón, en la cara perdida de algún presocrático o en los pases ladeados de Michael Jackson. Y entonces traza una raya y se delata con un comentario al lado. 


Ludovico Silva

Digo esto porque tengo algunos libros de Ludo que llegaron a mí y los conservo con mucho afecto. Veo su letra hormigueando en las páginas: textos en latín o griego. 




Y me apresuro a jugar con esa manía, toda vez que tengo en mis manos a Hanni Ossot (siempre está cerca) con su libro “Cómo leer la poesía” (Ensayos sobre literatura y arte), editado por comala. com, Caracas 2002), porque igual que el autor de “Ópera Poética” he subrayado éste de Hanni con el regusto de sacarle todo lo que pueda a sus deslumbrantes ideas. A sus hallazgos verbales, a su sabiduría. El gozo en la lectura tiene en este libro espacio para enarbolar todos los adjetivos, pero sólo me valdré de la admiración para decir y hasta para contradecirme, que también es válido.

Yo creo que nadie sabe leer poesía. Ella nos lee. La poesía se “lee” desde la imposibilidad de creer que se lee poesía. Porque nadie sabe qué es la poesía. No se trata de un género, de una mujer desnuda, de un disparo en la sien, de unos pasos perdidos, de un libro de versos, de poemas. La poesía es, nada más. Está allí, como un cuadro que uno figura y reinventa. Como un viaje en avión entre las nubes.

Sin embargo, alguien podría preguntar ¿entonces, realmente, qué es la poesía si no sabemos qué es?

La poesía no es. Y es mejor que sea así, para que continúe el misterio y los Octavio Paz y demás teóricos, brillantes o no, sigan modulando la sintaxis o cargándole avisos y consignas a ese devaneo, a esa porfía por escribir más allá de lo posible.

2.-

Pero entonces me contradigo, porque Hanni Ossott nos conduce por unas páginas con la intención de hacernos ver “Cómo leer la poesía”. No dice cómo leer poesía, sino la poesía, lo que hace que el lector se encapriche con ese artículo y comience a formularse preguntas. ¿Por qué “la” poesía? Y ¿no por qué leer poesía? Podría parecer pérdida de tiempo, pero (siempre el pero ese) me detengo un poco y me digo: es que la poesía es una cosa y poesía otra cosa. ¿Será así?




Sí, la poesía es otra cosa. Es la poesía, la que se puede “leer” desde la incertidumbre, desde los temas que favorecen su aparición. ¿Qué le hace decir a un hombre “El otro que lleva mi nombre/ ha comenzado a desconocerme”. ¿Tenía Juarroz certeza de que la poesía lo tenía acorralado entre un “la” y un sustantivo? El espíritu de las palabras nos ahorra la explicación: la poesía es un secreto, como destacó María Fernanda Palacios en el prólogo del libro de Ossott. Y todo secreto esconde un misterio. Entonces, ¿cómo leerlo, cómo descifrarlo?

Nuestra autora vive ese misterio, vive un secreto como todo artista vive uno: saber que a “la” poesía no se le aporta nada definiéndola. Y poesía es una generalidad que podría sustanciarse con el borde de un objeto. O con las mareas.




3.-

Más allá de todo lo anterior y sus contradicciones, que podrían ser discutidas por otros autores, me quito el lazo y me voy al libro de Hanni Ossott. Ella, con una naturalidad que sorprende, nos enseña cómo abordar ese misterio, esa “herramienta” del alma que resume el alma misma. 

Varios son los puntos que desarrolla. Desde Poesía y muerte hasta Memoria de una poética, sus páginas desbordan ideas que nos acercan al evento de lectura: estar en poesía a través de su desentrañamiento: desde Rilke, su mentor, Ossott recurre a los temas más frecuentes en literatura, y para ello ensayó con esa sombra que persigue la conciencia humana: la muerte. 

“Una de las rocas sobre las que se asienta la poesía es el sentido de la muerte (…) Por ello en la poesía rara vez se habla de éxitos y sí de precariedad, de pobreza (…) Los poetas no celebran en modo alguno. La disolución, lo efímero les concierne”. 

Desde esta perspectiva, podríamos asimilar que la poesía es lo efímero, la disolución. Es decir, la poesía (la) es la que dice la muerte. El resumen de lo que se pronuncia desde lo más íntimo. Sólo para afirmar que poesía (sin la) es la presencia omniabarcante del término. 

¿Otra contradicción? Qué bueno. 

Y es tanta, que nuestra ensayista y poeta afirma de un tirón que “El arte no es necesariamente sano”. De modo que podríamos definir a la poesía como una patología, una enfermedad duradera. Y si el arte no es “necesariamente sano” es porque es necesariamente enfermo.

Palabra abismal, insondable, no cabe duda de que la poesía se revela contra ella misma y confirma que es una traducción de los sobresaltos o quietudes humanas. 

Me pongo en duda.


Foto tomada de La Parada Poética


4.-

¿Cómo leer un poema desde la muerte? Tema al fin de los creadores, la muerte es un vacío y allí se acomoda la poesía para construir una poética: es decir, su existencia como pretexto. La poesía es antes de la escritura. Ningún esfuerzo para reconocer que esto ya se había dicho antes. Nuestra autora más adelante dice:

“La literatura es cuerpo, carnalidad vuelta alma y espíritu”, antes que palabra. El espíritu anuncia el viaje, los sonidos que se convertirán en “poesía”, con razón Ossott invoca a Jung en este epígrafe: “La cuestión de lo que pueda ser el arte en sí mismo no puede ser respondida por el psicólogo…”.

Y luego, páginas más tarde: “Cuando Heidegger señalaba que “lo que dicen los poetas es instauración”, no está mostrando a la poesía como un medio capaz de arraigar al hombre a la tierra y de otorgarle un sentido a la existencia”. Es decir, la poesía es una necesidad. Por ese tamiz pasan Hölderlin, Nietszche, Rilke, Schon, quienes podrían ser ubicados en esa “Memoria de una poética” y los objetivos de estas afirmaciones:

“La luz de la conciencia organiza ese material psíquico en lenguaje”.

(***)

“Hay mucho material poético que perdemos en el vivir”

(***)

“Hay quienes opinan que se nace poeta. No estoy segura de se prejuicio. He tratado de enseñar poesía. Y he recibido contactos reveladores. Tampoco se nace para el amor, se es seducido. En la poesía hay rapto. No violación sino lenta seducción. La lentitud para el mirar y el contemplar. La lentitud para ofrendarse a la palabra del poeta. A sus bellezas. La lentitud para entregarse al eros de la poesía, que no es tiempo sino duración, un instante irreal que se prolonga en la carne y en el alma como una maravilla”

(***)

“La muerte nos relaciona con el sentir de la nada. Ella rebaja al ego, ella nos humaniza y hace de nosotros ser tierra. Creo que la muerte debe ser experimentada como fracaso”.




5.-

Finalmente, ¿cómo leer la poesía? 

Que nos lea ella. Que sea ella la lectora.

Que nos contradiga. Que nos confunda. Que nos oscurezca e ilumine.

Que nos subraye.

Que nos desaparezca.

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Para cerrar nos daremos el gusto de compartir con ustedes una entrevista que le realizó Rafael Arráiz Lucca a Hanni Ossot y que Letra Muerta tuvo la genial idea de compartir en Youtube. Nosotros seguimos la iniciativa y la compartimos con todos nuestros lectores en Ivoox. El archivo podrá escucharse online y descargarse en mp3 para escucharlo cuando mejor les parezca. Solo la redundancia de información permitirá que esta sobreviva, dada la costumbre de nuestros "líderes" de arrasar con nuestra memoria.



Pueden escucharla directamente en Youtube si gustan. Esperamos que con nuestro aporte este audio supere el millar de vistas. Aunque esta es una petición muy optimista. El audio original hasta la fecha de hoy 20 de Febrero de 2017 solo tiene 122 visualizaciones. Solo estar consciente de este número puede decirnos mucho de la vida cultural venezolana.




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Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».


Entrada actualizada el 20 /08/22






































8/03/2026