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jueves, 5 de septiembre de 2024

Armando Rojas Guardia a Franklin Fernández: Escribir poesía es una modalidad de una mística que podemos llamar profana

 



Estimados Liponautas


Hoy tenemos el gusto de compartir con ustedes una entrevista que le fue hecha a Armando Rojas Guardia en el año 2007 por Franklin Fernández. Y al final de la entrevista podrán disfrutar del corto "Armando Rojas Guardia, el esplendor y la espera" hecho por el documentalista independiente Luis Alejandro Rodríguez.


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Armando Rojas Guardia: Escribir poesía es una modalidad de una mística que podemos llamar profana



26 DE MAYO DE 2007


Armando Rojas Guardia: “Escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida”.



Nos encontramos con Armando Rojas Guardia a las diez de la mañana, en un café situado en la planta baja del Centro Plaza de Altamira, en Caracas. La cita la concertó Luis Alejandro Rodríguez, un documentalista independiente con más de treinta cortometrajes en su haber; a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos. Lo primero que me sorprendió de Armando fue su voz, su poderosa voz. Profunda, lenta y solemnemente modulada. Recuerdo perfectamente su resplandeciente cabellera, su luminosamente blanquecino pelo. Armando Rojas Guardia reflexiona antes de hablar. Piensa lo que dice. Dice lo que piensa. Es un poeta del pensamiento. Considerado como uno de los ensayistas más importantes del país, Armando Rojas Guardia es un monumento a la vida, un monumento a la sensibilidad, esencialidad y espiritualidad del hombre. Entre sus obras más importantes destacan: Del mismo amor ardiendo (1979); Yo supe de la vieja herida (1985); Poemas de Quebrada de la Virgen (1985); Hacia la noche viva (1989); Antología poética (Monte Ávila Editores, 1993); y La nada vigilante (1994). El principio de la incertidumbre (1996), Crónica de la memoria (1999) y El esplendor y la espera (2000). En 1981, fundó, con un grupo de amigos, el grupo Tráfico.


Franklin Fernández.


F.F. -¿Cómo se le describiría usted a sus lectores? ¿Quién es Armando Rojas Guardia?


A.R.G. –Lo primero que se me viene a la mente cuando pienso en alguna caracterización posible de mi persona o de mi personalidad literaria, diría que soy un creyente. No hay en mí, pasión mayor. Ni estética, ni filosófica, ni sensual, ni práctica, que la de ser cristiano. Intento que mi obra literaria refleje esa condición. Tanto en mi poesía como en mis ensayos, existe ese reflejo. Por otra parte, considero que mi opción por la fe cristiana no es convencional ni es una elección fácil o facilitona. Yo tengo profundas diferencias con respecto a las posturas y opiniones de la institucionalidad católica. De modo que, siento un desapego crítico con respecto a muchos aspectos de esa institucionalidad. De todas formas como poeta no me reduzco sólo a ser un poeta que quiere ser cristiano, como ensayista tampoco. No reduzco toda la complejidad de mi vocación literaria al simple componente cristiano-católico, pero creo que ese componente es fundamental.


F.F. –Se dice que su vocación de poeta comienza con la religión ¿Fue su vocación poética lo que lo llevó a la religión o la religión lo que lo llevó a la poesía?


A.R.G. –Yo creo que ninguna de las dos cosas. Son dos cosas que, en mi caso, son más bien paralelas. Mi familia no era una familia que se hubiera caracterizado por ser religiosa. Mi papá era un buscador de Dios a su manera, creo que la tradición liberal republicana, estaba mucho en él. De modo que también era anticlerical. Un anticlerical militante. Mi mamá era cristiana, católica, pero tenía una idea religiosa muy simple, muy elemental. Yo creo que era más bien católica por ósmosis cultural. De modo que mi religiosidad se la debo fundamentalmente al colegio San Ignacio de Loyola. A los siete años ingreso al colegio San Ignacio, paso toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia en el colegio, y los Jesuitas modelaron de manera definitiva, mi religiosidad.


La vocación literaria, en mí, es muy temprana, muy precoz. Yo lo cuento en un documental que me realizó Luis Alejandro Rodríguez¹. Yo relato que, a los cuatro años, una tía mía me preguntó en el jardín de su casa: –Armando, ¿cuando seas grande vas a ser poeta?- Y yo le respondí –No, no lo voy a ser, ya lo soy-. Tenía cuatro años de edad. Creo que la figura paradigmática de mi padre como poeta, jugó un papel fundamental en esa precocidad de mi vocación poética y literaria. Ahora, más adelante, cuando yo ya me asumo como un poeta, es que esa vocación literaria y poética se imbrica con el componente religioso. Pero son dos cosas paralelas, no se debe lo uno a lo otro.


F.F. –También se dice que quién escribe un poema está buscando a Dios ¿Usted busca a Dios en sus poemas?


A.R.G. –Bueno, ahora recuerdo el epígrafe de la película de Luis Alejandro, un texto de Hanni Ossott, cuando dice que el escribir un poema, para ella, es una suerte de invocación, casi una oración². Creo que todos los poetas tenemos esa misma experiencia. Creo que escribir poesía es una suerte de modalidad de una mística que podemos llamar profana. Es decir, hay varios tipos de mística. La mística vinculada a la religión de la naturaleza, la mística vinculada a las religiones de la interioridad, la mística vinculada a las religiones proféticas, históricas o abrahanicas, y la mística que podemos llamar mística profana, no vinculada a ninguna institucionalidad religiosa. Y la poesía es una variante de estos últimos tipos de mística. Creo que todos los poetas en algún momento percibimos que forma parte de nuestra experiencia vivenciada a la hora de escribir un poema, que nos acercamos a través de esa escritura poética, al misterio, a lo trascendente, a un orden de realidad distinto al que accedemos en la vida cotidiana. De modo que yo sí creo que como poeta, he tenido la experiencia de que la escritura lírica, la escritura poética, me lleva a tocar, a bordear ese ámbito de lo sagrado que trasciende la vida cotidiana.


F.F.-En ese ámbito sagrado al que se refiere, ¿el éxtasis juega un papel fundamental?


A.R.G. –Yo no he tenido en mi vida ningún éxtasis, salvo en el momento estático de la cópula erótica. Yo no diría que he tenido experiencia estática a pesar de qué me considero un ser humano orante, es decir; la oración es una de la experiencias fundamentales de mi vida y la oración ha sido milenariamente el espacio privilegiado donde ocurre la experiencia mística. Pero yo no he tenido acceso a altas costas de experiencia mística, simplemente me limito a ser un orante.


F.F. –En ese sentido, ¿un poema suyo puede ser una oración? ¿El poema es una oración?


A.R.G. –Yo creo que sí. Yo creo que sí porque un poema puede acercarlo a uno al ámbito de lo sagrado. Y muchos poetas, incluso no creyentes, ateos militantes, pueden, creo, testimoniar con su vida, que escribiendo poesía, se acercan al ámbito luminoso de lo sagrado.


F.F. –“Dios no es asunto, no es tema, sino pasión donde arder”, es una frase suya. Su poesía siempre acude a Dios, a un Dios compasivo, sensible y misericordioso ¿Por qué?


A.R.G. –Porque ese es el Dios cristiano. Y la definición clásica del Dios cristiano, está en la primera carta de Juan, incluida en el Nuevo Testamento: “Dios es ágape”, “Dios es amor”. No hay mejor definición de la naturaleza de Dios para el cristianismo, que esa. Por eso, el Dios al que yo me aproximo tiene esa característica fundamental, el ser compasivo. La experiencia religiosa cristiana tiene un matiz diferente a la experiencia religiosa en otros tipos de institucionalidades religiosas. Para el cristianismo, a Dios, a la trascendencia no se accede por la vía del templo, es decir; no es una relación vertical de la tierra al cielo pasando por el templo, sino que la religiosidad cristiana pone el énfasis en la relación ética con el otro, con el prójimo. De modo que es en el seno de esa relación horizontal con el prójimo donde ocurre la experiencia de Dios. Y eso se debe, en que la naturaleza misma de Dios, es amorosa. De modo que la compasión es la manifestación divina por excelencia.


F.F. –Para Cioran, Dios significa la última etapa de un camino, punto extremo de la soledad y de la nada. “Dios es, incluso si no es”, afirma. Para usted, ¿quién es Dios? ¿Cuál es la importancia que le concede usted a Dios en sus poemas?


A.R.G. –Bueno, ya lo he ido diciendo a lo largo de la entrevista. Dios es fundamentalmente el trascendente. Aquel que está… Dios es el corazón, el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado; en ese ámbito, Dios es el orden de realidad que trasciende nuestra vida ordinaria, es la órbita de la satisfacción de nuestras necesidades inmediatas. Porque Dios es el corazón y el eje del ámbito de lo sagrado. El ámbito de lo sagrado no está situado en un trasmundo, es el último extracto de realidad de este mundo. Ernesto Cardenal, en “Coplas a la muerte de Merton”, tiene unos versos que a mí me han impresionado mucho siempre: “Morir no es salir del mundo, es hundirse en el”. En ese sentido, Dios como eje y corazón del ámbito de lo sagrado, envuelve y penetra toda la realidad del mundo. Es también la realidad ontológicamente suprema. Es el valor y el bien absoluto. Es la santidad, también absoluto. Y es el que posibilita esa misma vía ordinaria, trascendiéndola.


F.F.-Además de Dios, como eje esencial y fundamental de su poesía, ¿qué otros temas han sido importantes para usted? ¿De qué nos hablan sus poemas? ¿A cuál experiencia nos remiten?


A.R.G. –Bueno, mi poesía habla de muchas cosas. Yo te decía al principio que no reduzco mi experiencia literaria y poética, solo al componente religioso. Cualquiera que se acerque a mi poesía, va a notar que yo abordo muchos temas. Está el elemento erótico, está el elemento cotidiano, está el elemento histórico, está la contemplación de la naturaleza, está en algún momento la ciudad; como escenario y como protagonista de la poesía, está también mi propia cercanía autobiográfica con la locura, de modo que mi poesía abarca un espectro muy amplio de temas.


F.F. –Calles, plazas, hoteles clandestinos… ¿Qué lugares visita en sus poemas, a qué lugares vuelve?


A.R.G. –Bueno, yo diría que en mi poesía hay dos tipos de lugares fundamentales. Los íntimos, es decir; aquellos enmarcados en los que podemos llamar la casa, mi casa, mi hogar y, por otra parte, aquellos enmarcados en el ámbito que podemos llamar la calle. La calle fue una de las consignas poéticas del grupo Tráfico³: “Venimos de la noche y hacia la calle vamos”. Nosotros en Tráfico nos dimos cuenta que la poesía que se hacía en Venezuela, hasta comienzos de la década de los ochenta, salvo contadas excepciones; no abordaban suficientemente la temática urbana. Y, precisamente, porque no abordaban la temática urbana, soslayaba también esa poesía, la cotidianidad y la historia. De modo que es la impronta de Tráfico la que me llevó a explorar la calle como espacio de mi poesía. Creo que relativamente me he mantenido fiel a esa perspectiva de Tráfico, de modo que yo dividiría los enfoques temáticos de mi poesía, en esos dos grandes ámbitos: el espacio íntimo, el de mi casa; el poema que se hace en el escritorio de mi estudio bajo la luz de la lámpara en completa intimidad y el espacio urbano donde me muevo durante el día. Esos son como los dos grandes espacios que yo abordo en mi poesía.

Grupo literario Tráfico. De izquierda a derecha: Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez, Igor BarretoYolanda Pantin, Armando Rojas Guardia y Miguel Márquez. Foto: Vasco Szinetar.
Imagen tomada de Pinterest.



F.F. –¿De dónde surge el nombre de Tráfico? ¿Quién los bautizó así?


A.R.G. –Yo no recuerdo con precisión, pero creo que fue Igor Barreto a quien se le ocurrió ese nombre. Tráfico quería aludir al tema urbano: el tráfico de las colas, el tráfico cotidiano en Caracas, nos parecía que ese era un nombre que combinaba lo urbano con lo cotidiano.


F.F.- De Tráfico, específicamente, ¿que recuerdos más importantes atesora Armando Rojas Guardia?


A.R.G. -Bueno, Tráfico fue importante en mi vida porque primero, lo que recuerdo es, la radical experiencia de fraternidad con esas cinco personas. Yo siempre digo que, a los integrantes del grupo Tráfico, lo único que nos faltó fue convivir en un mismo espacio, porque nos veíamos continuamente. Hubo épocas en que nos veíamos casi todos los días. De modo que fue una bellísima experiencia de hermandad, de comunión espiritual. Una comunión espiritual que se ha mantenido hasta hoy. En segundo lugar, recuerdo muy vividamente, nuestras discusiones. Nosotros nos reuníamos los jueves a mediodía, en la cervecería El León de la castellana. Era nuestra reunión oficial durante la semana. Lo que pasa es que nos veíamos muchas veces más, pero la reunión canónica, la reunión oficial, era los jueves al mediodía en El León. Y eran discusiones muy ricas, muy preñadas de ideas. Eran discusiones estéticas y filosóficas de alto calibre. Eso si lo recuerdo con mucho placer. Y en tercer lugar creo que, es indudable para mí, que a partir de Tráfico se da una impronta en la poesía venezolana que no se puede negar. Es decir; lo urbano, lo histórico, lo cotidiano, empezaron desde Tráfico a ser tratados incluso, masivamente, por los poetas venezolanos. Y empezó, además, una lectura y una relectura, en algunos casos, de la poesía norteamericana, cosa que no sucedía desde Tráfico porque la poesía venezolana gravitaba en la órbita de la poesía francesa y de cierta poesía italiana. Se soslayaba un orbe poético importantísimo como es la poesía norteamericana contemporánea. Es a partir de Tráfico cuando se empieza a estudiar la poesía de Eliot, Ezra Pound, de William Carlos William, de Robert Lowell, en fin…


F.F.- Cuando escribe, ¿cómo hace usted para identificarse con los sentimientos íntimos de otra persona que ni siquiera conoce?


A.R.G. –Los imagino. La imaginación es una herramienta muy poderosa. Sirve incluso para eso, para identificarse con los sentimientos de la persona que uno imagina. La poesía es el reino de la imaginación simbólica, de la imaginación, porque toda imaginación es simbólica. Entonces, una manera de acercarse a los sentimientos de una persona desconocida, es imaginando.


F.F. – Para usted, es muy importante la palabra, ¿cierto?


A.R.G. – ¡Absolutamente, absolutamente! En el año noventa yo sufrí una crisis psicótica que, probablemente, -eso no está claro para mí, ni para los médicos-, esa crisis afectó quizás, áreas del cerebro que tienen que ver con el lenguaje. El hecho es que yo quedé literalmente mudo. Es decir; me costaba hivanar una simple conversación cotidiana con un amigo o con una amiga. Y, por supuesto, que yo pensé que no iba a volver a escribir más nunca. Fue una crisis enmudecedora. Para una persona que toda la vida ha considerado que la palabra es el centro palpitante de la vida psíquica de uno, el no poder hablar y el no poder escribir, significó, una desgarradura. Yo tarde unos diez años en recuperar la palabra. Eso se lo debo a la dinámica misma de la vida, a la dinámica curadora, sanadora de la vida, se lo debo también a mi propio esfuerzo autoterapéutico. Yo escribí durante la década de los noventa en plena crisis de la mudez, tres libros, uno de ellos La nada vigilante, que es un libro de poesía. Algunos dicen que es mi mejor libro de poesías. Yo me propuse a escribir ese libro de poesía, para devolverme la relación orgánica con la palabra que yo creía haber perdido. Creo que si en este momento ya me curé de aquella mudez, eso se debe a esas dos cosas: a la dinámica misma curadora de la vida y a mi esfuerzo autoterapéutico por devolverme esa relación orgánica con la palabra.


F.F.- Otra cita suya: “¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?” ¿Qué relación tiene usted hoy consigo mismo?


A.R.G. –Bueno esa cita se refiere, es la primera frase de El Dios de la intemperie, se refiere a la relación con Dios. Porque el testimonio unánime de los místicos cristianos, es que en el centro de la interioridad humana, está Dios mismo. O sea, que Dios es como el último estrato del mundo interior humano. Entonces, cada vez que tomamos contacto con nuestro mundo interior, de una manera radical, nos contactamos con Dios.


Bueno, yo creo que hoy tengo un contacto conmigo mismo muy fértil, vamos a decir así, muy fecundo. Desde hace unos años yo disfruto de un bienestar psíquico que no tenía antes. Ese bienestar psíquico tiene cuatro pilares. El primero, una medicación adecuadísima, yo tengo un déficit eléctrico a nivel neuronal que la medicación corrige. Ese déficit eléctrico a nivel neuronal es como la infraestructura bioquímica de los episodios psicóticos que yo he padecido en mi vida y afortunadamente se ha descubierto la medicación que corrige ese déficit. En segundo lugar, el otro pilar, es la experiencia terapéutica con Jean-Marc Tauszyk, que es mi terapeuta actual. El tercer pilar es mi casa de habitación actual, es un espacio para mí sagrado y donde respiro a mis anchas. Y el cuarto pilar, es el tipo de trabajo cotidiano que realizo, que aunque no es muy rentable económicamente, pues, me permite hacer aquello a lo que vocacionalmente me siento llamado hacer. Bueno, esos son los cuatro pilares de mi actual bienestar psíquico.

Armando Rojas Guardia y Franklin Fernández


F.F. -¿Qué hace usted cuando no está escribiendo?


A.R.G.- Bueno, muchas cosas. Pienso, contemplo, me dedico a mis quehaceres cotidianos, cocino, paseo, estudio, leo mucho, muchísimo. Desde la adolescencia he sido un lector voraz, leo vorazmente…


F.F. -¿Usted escribe para sentirse vivo, para dar vida a sus recuerdos?


A.R.G.-Yo creo que sí. La escritura literaria es un método, hasta cierto punto, de la intensificación de la vida. Cualquier escritor, mejor dicho; cualquier artista puede testimoniar que el arte intensifica la vida, porque implica un impulso de la conciencia y de la libertad frente a la realidad. De modo que yo creo que sí, que yo escribo para intensificar mi experiencia vital, la conciencia que yo tengo de la vida.



NOTAS:


1. El documental al que se refiere Armando Rojas Guardia es: “El esplendor y la espera”. Realizado bajo la dirección de Luis Alejandro Rodríguez en el año 2005, en Caracas, con una duración de 34:00 minutos. Actualmente, Luis Alejandro Rodríguez es un productor independiente. Ha realizado más de treinta documentales a artistas plásticos, músicos y poetas venezolanos.


2. El epígrafe completo, del poema de Hanni Ossott, es el siguiente: Dios / me quedo todo el tiempo posible / ante un poema / para que salga bien. / Es como una oración / una invocación.



3. Tráfico se consolidó como grupo entre los años 1980-1981. “Surge, con un polémico y acentuado interés confrontativo… las discusiones que este grupo de poetas logran desencadenar a propósito de una nueva manera de entender la poesía y el papel ético que debería jugar la misma en el interior de lo que ellos consideraban un ‘nuevo’ espacio intelectual venezolano”. Juan Carlos Santaella (Diez manifiestos literarios venezolanos, La casa de Bello, Caracas, 1986). El grupo estuvo integrado por Yolanda Pantin, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Miguel Márquez, Alberto Márquez y Armando Rojas Guardia.



Tomada de La Imagen Doble


Armando Rojas Guardia, el esplendor y la espera


Nota: Armando Rojas Guardia, (1949-9/7/2020). Era filosofo, poeta, ensayista. Su trabajo reconocido internacionalmente fue traducido a diversos idiomas. Fue uno de los fundadores del grupo Tráfico (1981). Entre sus libros publicado en Venezuela: Del mismo amor ardiendo (1979), Poemas de quebrada de la virgen (1985), Yo que supe de la vieja herida (1985), Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria (2008), Mapa del desalojo (2014). Entre sus ensayos: El Dios de la intemperie (1985), El calidoscopio de Hermes, (1989), Diario merideño (1992), Crónica de la memoria (1999), La otra locura (2017), El deseo y el infinito (diarios 2015-2017) y Proserpina (2015). Premio del Consejo Nacional de Cultura de Venezuela (1986-1996). Premio de ensayos de la Bienal Mariano Picón Salas (1997). Miembro de la Academia del idioma español, (2016-2020).


Tomado de El Nacional.


miércoles, 10 de noviembre de 2021

El poeta Armando Rojas Guardia a Yoyiana Ahumada Licea: La poesía en Venezuela tiene el empeño y la tarea contracultural de oponerse a la barbarie.

 


Armando Rojas Guardia | Vasco Szinetar©


El poeta  Armando Rojas Guardia a Yoyiana Ahumada Licea: La poesía en Venezuela tiene el empeño y la tarea contracultural de oponerse a la barbarie.

Una entrevista de YOYIANA AHUMADA LICEA.



Armando Rojas Guardia: “Mi romance con Dios es de larga data”



Esta entrevista fue realizada al poeta, ensayista y académico Armando Rojas Guardia en el año 2018 para el portal Esfera Cultural. Sirva esta reedición, en su versión completa, como un homenaje a uno de nuestros hombres de pensamiento y poetas más sólidos y únicos del siglo XX y parte del XXI


Por Papel Literario -enero 9, 2021


Por YOYIANA AHUMADA LICEA. 


Individuo de número de la Academia, el poeta, ensayista, docente y narrador Armando Rojas Guardia (1949) es una rara y esplendorosa avis en el tejido de la poesía iberoamericana contemporánea. Uno de nuestros poetas vivos más sólidos con una obra escritural sostenida en un compromiso con la palabra y el pensamiento. Ciertamente a su poderosa obra poética se une una enjundiosa ensayística que lo convierte en un ardoroso amante y ejecutante de la reflexión.


Sus poderosos textos aparecen publicados en portales como Prodavinci, Papel Literario de El Nacional, Esfera Cultural, la revista SIC del Centro Gumilla y en la red social Facebook. Voz fundamental de la poesía venezolana contemporánea, es miembro fundador del grupo literario Tráfico (UCAB 1989) y se asume tributario de los poemas “Fracaso” y “Derrota” de su colega y amigo, el poeta Rafael Cadenas. Su pensamiento se ajusta dentro de la llamada “filosofía narrativa” en la que se inscribe la poiesis de una de sus más recientes obras: El deseo y el infinito. Diarios (2015-2017), un ejercicio de escrutinio filosófico, para explorar el contenido intelectual que extrae de su vivencia diaria. La consustanciación con ese ser supremo, el Amado, en el día a día. La de Rojas Guardia es una religiosidad activa, en la que la oración y la misericordia se adueñan de la cotidianeidad. Suya es la máxima “La poesía es un pan que se comparte”. Esa también es la mirada a la que invita.

Rafael Cadenas. Imagen tomada de El Carabobeño.


El poeta conecta con lo sagrado todos los días, cada día en la media hora de oración que se procura. En ese espacio desprovisto de ornamento que es su apartamento, inicia su jornada de amorosa correspondencia con el mundo. Amoblado por los libros, cientos de ellos lo acompañan y dialogan con su quehacer de hombre que ejerce el pensamiento y la reflexión desde la óptica de un cristianismo de base. En su hábitat, pueden hallarse textos fundamentales de filosofía clásica y contemporánea –una de sus pasiones y pilares de formación; de poesía– su estar en el mundo; y de religión– su razón de ser.


“Allí a la oración me llevo las tribulaciones y las converso con Dios”, comparte tras aspirar la bocanada de humo de su cigarro.


Devotamente, entrañablemente, son adverbios que habitan el alma de este hijo de Caracas. Del padre, el también poeta Pablo Rojas Guardia, tomó su apellido. De su madre, una particular manera de darse en otros. Disfruta cada pregunta y la macera dentro de sí para ofrecer, a quien indaga, una respuesta que encierra y provoca estallidos. Una lectura sobre otra. Un constructo que sostiene –y contiene– a otro a manera de palimpsesto. Esta madeja lo sitúa en el mundo de la palabra y el riguroso ejercicio del pensamiento que lo conforma.

Pablo Rojas Guardia.


Sea desde los talleres de mística –donde el participante viaja por toda la experiencia de lo sagrado a través de las distintas tradiciones, que Armando conoce con hondura; o bien por los entresijos de la tragedia griega, en otro de los fascinantes cursos que ha impartido– o quizá en un recorrido por las tradiciones de la poesía occidental, en un encuentro que deviene en hermandad creadora, en un encuentro que cultiva aun en condiciones como las del enclaustramiento actual, y lo sorprende transitando con comodidad al mundo de lo virtual para continuar en su laboriosa tarea de formación de otros.


“La poesía es un pan que se comparte”, ha dicho.  De ese ejercicio docente, de acompañamiento y revelación, se han macerado ya un puñado de voces de la espera. De sus talleres han salido cohortes de jóvenes poetas, a los que sigue fervorosamente en su devenir. No solo desde la amistad que se le da tan orgánicamente, también desde el ejercicio crítico y de investigación. Su sed de concebir y explicar el mundo es inagotable. Junto con su tarea de académico, explora y se ha permitido que su poesía dialogue con la música –con creadores como Andrés Levell–. Es un hombre de la escena de lo humano. Sus ojos almendrados y carmelitas, en un rostro que aspira a la misericordia, no dejan de asombrarse con la emoción de un niño, cuando un verso lo emociona, cuando una imagen lo cautiva, cuando el dolor de un hermano lo convoca. Ese fulgor está ahí. A la rigurosidad con la que afina su expresión literaria se suma su capacidad de búsqueda de la vida transformada en una perenne y renovada experiencia.


“Pero la pregunta quemante de nuestra hora espiritual sigue siendo en mitad de las contraofensivas históricas el deseo: ¿tiene derecho a esperar?”, dice en su libro El Dios de la intemperie (1985).



Despunta el día y organiza su agenda: los varios talleres que dicta desde hace 18 años, su propio trabajo como lector impenitente, los libros que aún le corresponde escribir, sus obligaciones en la Academia de la Lengua a la cual pertenece desde 2016 cuando asumió el sillón que dejara su amigo –“mi hermano”, como suele llamar a sus compañeros de camino– Carlos Pacheco, profesor, escritor, editor e investigador venezolano que partió en 2014.


Rojas Guardia ganó el Premio de Poesía del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela en dos oportunidades (1986, 1996) y el Premio de Ensayo de la Bienal Mariano Picón Salas (1977). En el año 2012 fue postulado al XI Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca. Desde hace 18 años es docente tanto en Universidades de Caracas como en talleres de libre formación. Pertenece a la Academia Venezolana de la Lengua desde 2016, ocupando el sillón W.


Caracas, julio 2020


Su obra más reciente, El deseo y el infinito. Diarios, acerca la mirada del poeta a lo cercano, lo cotidiano. Una suerte de intimidad doméstica. ¿Cómo se trama el tema de la cotidianeidad en la poesía de Rojas Guardia? 


―La cotidianeidad representa un enfoque temático que a mí me ha atraído prácticamente la mayor parte de mi vida. En (el grupo) Tráfico, buscamos reivindicar una poesía de lo urbano, una poesía de lo histórico y una poesía de lo cotidiano. Nos parecía que la mayor parte de los creadores venezolanos en poesía había soslayado esos tres temas, que implican procedimientos estilísticos muy determinados y específicos. Desde comienzos de los 80, empecé a trabajar el tema de la cotidianeidad. En Tráfico nos parecía que la mayoría de los poetas venezolanos acusaban la influencia de la poesía francesa, italiana y alemana, pero habían evitado la influencia de la poesía norteamericana que es la única en la tradición occidental donde lo cotidiano, lo histórico y lo urbano tienen una relevancia absoluta. Mi poesía es una meditación lírica de mi cotidianeidad. Llegó el momento de escribir en el 2015 mis diarios. La idea se me ocurrió durante el retiro que me brindó (el doctor licenciado en filosofía) Jonatan Alzuru Aponte. Yo pasé cinco días en esa casa que tienen las monjas del Cristo Rey en El Hatillo, guiado por Jonatan Alzuru. Durante esos días comencé a tomar notas y apuntes de lo que me ocurría en el retiro y así surgió la iniciativa del diario. Al llegar a Caracas decidí proseguir con esa aventura escritural. En el 2017 decidí terminar parcialmente esa aventura, porque fui publicando las entradas de mi diario en el portal Prodavinci. Un día recibo la llamada de Lourdes Morales y Mariana Marczuk, entonces editora de la Editorial Seix Barral, proponiendo la publicación de esas entradas que venía publicando en Prodavinci y decidí que podía publicarlas todas juntas en un libro.

Grupo literario Tráfico. De izquierda a derecha: Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez, Igor BarretoYolanda PantinArmando Rojas Guardia y Miguel Márquez. Foto: Vasco Szinetar.
Imagen tomada de Pinterest.



Remitiéndome a tu pregunta, creo que mi diarismo se caracteriza no tanto porque yo doy cuenta de lo que me va pasando cotidianamente, sino por las resonancias mentales e intelectuales que me producen los acontecimientos que vivo. Más que diario lo que hago es un “pensario” porque lo que intento es elaborar conceptualmente el impacto que yo vivo en mi cotidianeidad más que relatar las peripecias anecdóticas de lo que vivo. Lo que busco es aprehender la vivencia intelectual de lo que me ocurre. En eso es determinante mi formación filosófica. No solo porque estudié filosofía (en Caracas, en Bogotá y en Friburgo, Suiza) sino porque toda mi vida he sido un apasionado lector de textos filosóficos. Concibo el diario como un recuento de pensamientos. En mis diarios aparecen con peso real los hechos que me ocurren durante mi jornada, más que porque la gravitación gire en torno a los pensamientos. He procurado combinar equilibradamente las dos cosas, el anecdotario íntimo de lo que me ocurre con la reflexión intelectual.


¿El diario viene a ser una suerte de ejercicio de la lectura de esos textos? ¿Una práctica de esas lecturas puestas en tu acontecer cotidiano? 


―Exactamente. Así es. Friedrich Schelling en el siglo XIX acuñó el término de filosofía narrativa. Lo que busco es hacer una filosofía narrativa. Un pensamiento que se nutra de los acontecimientos a relatar. Walter Benjamin decía que hoy en día –lo constataba en los años 30– no abundan las personas que saben contar. Él decía que lo que se podía constatar después de la Primera Guerra Mundial es que los hombres salían de los campos de batalla mudos. Apenas podían relatar lo que les había ocurrido. Benjamin dice que toda auténtica narratividad se basa en la experiencia. Si el hombre no sabe contar, es porque adolece de una falta grave de experiencia. Los primeros cuentos que la humanidad conoció brotaron de la experiencia de los comerciantes y los marineros. La gente hacía coro para oír las anécdotas de los comerciantes y los marineros en su travesía por los desiertos, los caminos, las encrucijadas del mundo antiguo. Entonces la narratividad tiene mucho que ver con la experiencia. Benjamin decía que al estar la noción de experiencia en crisis muy poca gente sabe contar. La filosofía narrativa pretende contar lo que pasa y además sacar la lección psíquica, intelectual, de lo que pasa. Yo he procurado en el diario hacer una filosofía narrativa.


¿Cómo se integra a esa filosofía de la narratividad lo sagrado, su concepción religiosa?


―La experiencia de Dios es la experiencia crucial de mi vida. Muchas veces he pensado, en los últimos días sobre todo, que mi relación con Dios es una historia de amor. Lo que yo vivo con Dios es un romance que data de hace muchísimos años, que viene gestándose desde mi infancia y mi adolescencia. Entonces si se trata de una historia de amor, es una historia de amor que se desarrolla en el escenario de lo cotidiano, porque toda historia de amor impregna el día a día del enamorado. En el diario publicado por Seix Barral, el lector podrá darse cuenta de cómo vivo cotidianamente mi relación con Dios. Vivo cotidianamente mi relación con Dios empezando con la media hora de oración que practico todos los días; vivo la relación con Dios a través de las relaciones interpersonales que establezco con mucha gente cada día: amigos, conocidos, familiares, desconocidos con los que me encuentro; vivo la relación con Dios a partir de la vivencia que tengo de las lecturas estudiosas que hago a lo largo del día. Empezando por la lectura del periódico. Vivo la relación con Dios a través también de la vista de los paisajes urbanos y naturales que me es dado contemplar a lo largo del día. A través de todas esas modalidades cotidianas yo intento aproximarme a lo sagrado.


Por ejemplo, hay un señor que vive al lado mío y ese señor siempre me martilla cigarros. Me vive pidiendo varias veces al día que le regale cigarros, yo le doy muy benevolentemente un cigarro. La caja cuesta 40.000 bolívares. Hace unos días empecé a molestarme porque ya me parecía un abuso por lo caro que son los cigarros, pero ese incidente acabó problematizándome intelectualmente y fue motivo de oración. Mi relación con Dios es cotidiana: llevé ante la presencia de Dios eso que me estaba ocurriendo con el vecino, porque si él me pide cigarros es porque no tiene para comprarlos. Se ve claramente que es un hombre de recursos modestos y me acordé de esa frase taxativa que los Evangelios ponen en boca de Jesús: “Al que te pida no le des la espalda”. Esto es un ejemplo de lo que me ocurre cotidianamente en materia religiosa. La experiencia religiosa se nutre de los hechos cotidianos. Una experiencia religiosa que no se cotidianice no es tal experiencia religiosa, porque en la vida cotidiana se dirime la verdad y la autenticidad de los que vivimos religiosamente. Ya Santa Teresa, que sabía mucho de eso, decía: “Entre los pucheros de la cocina anda el Señor”. Trato de que en mi vida cotidiana haya ese reflejo permanente, esa relación con lo divino.

Santa Teresa en una copia de un original de fray Juan de la Miseria.
Imagen tomada de Wikipedia.
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Habla de la filosofía como una narración de la experiencia vivida a partir de su conexión con lo sagrado. ¿Existe una contradicción –o tensión– entre la tradición filosófica en la que se inscribe y el dogma de la fe?


―¿Qué es un dogma? Un postulado sin el cual una doctrina se desnaturaliza. Sin ese postulado, la doctrina deja de ser lo que es. Por ejemplo, el budismo no es exactamente una religión sino una filosofía de vida, y nada menos dogmático que el budismo; sin embargo el postulado del nirvana es una verdad fundamental en el budismo. Es lo equivalente a un dogma. Si le quitamos al budismo el postulado del nirvana se desnaturaliza y deja de ser lo que es. En el cristianismo postulados como la Trinidad o la encarnación son verdades fundamentales sin las cuales el cristianismo deja de ser cristianismo. Lo que pasa es que nada autoriza a imponer esos postulados dogmáticos a los seres humanos. La iglesia católica, por desgracia, durante milenios impuso a través del derramamiento de sangre psíquica y física esos dogmas a muchísimos y eso es radicalmente antievangélico, porque Jesús no impuso a nadie su propia propuesta religiosa. Él lo que hizo fue sugerir, no imponer a nadie lo que Él creía. En el cristianismo hay unas cuantas verdades dogmáticas sin las cuales el cristianismo deja de ser lo que es. Hoy los católicos hemos tomado conciencia de que cada uno de esos postulados tiene una historia. Es lo que se llama la historia de los dogmas. Hoy en día no podemos ni debemos aceptar ni asumir acríticamente las formulaciones de los dogmas de épocas pasadas. Es decir, hoy entendemos el dogma de la Trinidad o de la Encarnación de una manera muy distinta a como se entendía en los primeros siglos del cristianismo o de la Edad Media. Entonces en el cristianismo estos postulados dogmáticos constituyen un marco teórico dentro del cual se desarrolla la reflexión de la fe. Como católico nunca me he sentido inquieto, perturbado, desasosegado, molesto por ese marco. Creo que me desenvuelvo humana e intelectualmente bien dentro de ese marco.

Armando Rojas GuardiaImagen tomada de Festival de Poesía de Maracaibo.


Dentro de esa fe, cotidiana en acción, en su ejercicio usted hace un énfasis sobre la atención. ¿Cómo define en usted la atención? ¿Qué significa contemporáneamente estar atento? 


―El tema de la atención es crucial, no solo en mi vida. Creo que es un tema absolutamente central en la propuesta que la experiencia religiosa tiene que hacerle al hombre contemporáneo. La atención tiene que ver con el hecho de estar despierto. Buda en sánscrito significa “el despierto” y en el Evangelio de Marcos hay un versículo donde se pone en boca de Jesús esta frase: “¡Atención, estén despiertos!”. El velar, el estar despierto es el arranque mismo de la vida del espíritu. Hoy en día el hombre y la mujer contemporáneos han vivido, viven muchas veces de espaldas a la relación con la materialidad y la tangibilidad del mundo. ¿Por qué? Porque el mundo contemporáneo en Occidente gira en torno a la autonomía de la conciencia individual. Todo gira alrededor de la autonomía de la conciencia individual. No es casual que uno de los cuatro mitos del mundo contemporáneo –que son el Quijote, el Fausto, el Hamlet y el Don Juan– sea Hamlet, la exacerbación delirante de la conciencia individual, la autoconciencia elevada al paroxismo. Por eso es que Hamlet es ese personaje permanente dubitativo que no puede actuar, precisamente por el exceso de conciencia. Ni Antígona, ni Edipo ni Orestes, en el teatro antiguo, fueron personajes autoconscientes en la medida en que lo fue Hamlet. Ese plus delirante de hipercriticismo hace que el hombre no tenga una relación visceral orgánica con la materialidad del mundo que lo rodea. Está tan metido en el laberinto de la autoconciencia que no pude vincularse orgánicamente a la materia del mundo que lo rodea. Todas las tradiciones religiosas importantes quieren educar al hombre relacionándolo con esa materialidad del mundo que lo rodea, y ¿cuál es ese vehículo privilegiado para relacionar al hombre con la materialidad del mundo que lo rodea? La meditación. La meditación es la disciplina mental mediante la cual el hombre se vuelve visceralmente atento al mundo. Deja atrás el delirio de la autoconciencia laberíntica y se dedica a contemplar el mundo y a relacionarse con él de una manera orgánica. Entonces yo he procurado desde hace muchos años adiestrarme disciplinadamente en la atención tal vez porque, como hijo de mi tiempo y producto de mi formación intelectual y humana, tiendo mucho al laberinto de la autoconciencia, en mí se da ese exceso de hipercriticismo laberíntico. Fíjate que mucha gente señala que una de las características de mi espiritualidad que se refleja en mis ensayos es la lucidez, pero esa lucidez en mi caso tiene un doble viso: por una parte, brota ese exceso laberíntico de autoconciencia y, por otra parte –yo he procurado que esa otra parte tenga cada vez más hegemonía en mi vida– brota de mi disciplinada atención al mundo.


DERROTA

Yo que no he tenido nunca un oficio

que ante todo competidor me he sentido débil

que perdí los mejores títulos para la vida

que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)

que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos

que me arrimo a las paredes para no caer del todo

que soy objeto de risa para mí mismo

que creí que mi padre era eterno

que he sido humillado por profesores de literatura

que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada

que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida

que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo

que tengo vergüenza por actos que no he cometido

que poco me ha faltado para echar a correr por la calle

que he perdido un centro que nunca tuve

que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo

que no encontraré nunca quién me soporte

que fui preterido en aras de personas más miserables que yo

que seguiré toda la vida así y que el año entrante seré muchas veces más burlado en mi

……………………………………………………………………………………….[ridícula ambición

que estoy cansado de recibir consejos de otros más aletargados que yo («Ud. es muy

……………………………………………………………………….[quedado, avíspese, despierte»)

que nunca podré viajar a la India

que he recibido favores sin dar nada a cambio

que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma

que me dejo llevar por los otros

que no tengo personalidad ni quiero tenerla

que todo el día tapo mi rebelión

que no me he ido a las guerrillas

que no he hecho nada por mi pueblo

que no soy de las FALN y me desespero por todas esas cosas y por otras cuya

……………………………………………………….[enumeración sería interminable

que no puedo salir de mi prisión

que he sido dado de baja en todas partes por inútil

que en realidad no he podido casarme ni ir a París ni tener un día sereno

que me niego a reconocer los hechos

que siempre babeo sobre mi historia

que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento

que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí y no he podido encontrarlo

que no lloro cuando siento deseos de hacerlo

que llego tarde a todo

que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas

que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable

que no soy lo que soy ni lo que no soy

que a pesar de todo tengo un orgullo satánico

aunque a ciertas horas haya sido humilde hasta igualarme a las piedras

que he vivido quince años en el mismo círculo

que me creí predestinado para algo fuera de lo común y nada

……he logrado

que nunca usaré corbata

que no encuentro mi cuerpo

que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y

………………………………………………………………[crear de mi indolencia, mi flotación,

…..mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano

me levantaré del suelo, más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros, y de mí

………………………………………………………………………………[hasta el día del juicio final.


De Derrota (1963)


Rafael Cadenas.


Esa “disciplinada atención y esa conciencia de estar atento” a esa autocrítica lo lleva a reflexionar sobre el proyecto país de una manera bastante única. Entiendo que su aproximación se inscribe en la idea del fracaso. ¿Cómo se mira al país desde esa tesis del fracaso, antítesis del éxito que promueve la sociedad contemporánea?


Creo que el diagnóstico que me permito hacer de la Venezuela actual tiene un nombre: Fracaso Civilizatorio. El chavismo representa un fracaso estruendoso en materia civilizatoria. El chavismo no solamente ha significado para Venezuela una regresión en algunos aspectos al siglo XIX, basta ver las nuevas epidemias que hoy padecen los venezolanos, enfermedades que ya habían sido erradicadas, basta ver el hambre que cunde. La Venezuela del siglo XIX era una sociedad palúdica y hambrienta. El chavismo no solo ha representado esa regresión, sino que ha convertido al país en lo que hoy se llama un Estado Fallido. El país a través del chavismo dilapidó una cantidad gigantesca –cerca de 2.000 millones de dólares en 18 años–. Creo que ese es el desfalco económico más evidente y notorio de la historia económica. Por lo menos diez planes Marshall. El Plan Marshall garantizó la recuperación de la Europa devastada por la guerra. Nosotros dilapidamos esa enorme fortuna en 18 años. Al contrario de Estados petroleros como Noruega, que es el caso de un país petrolero que no cedió el campo ni a la improvisación ni al inmediatismo, sino que invirtió y ahorró lo que les devengaba en materia de entrada producto de la producción petrolera. Nosotros no fuimos capaces, a través de la élite gobernante, de ahorrar e invertir.


Hay otro aspecto del fracaso: el daño antropológico que ha ocasionado el chavismo al país. Un detrimento apabullante de la moral pública. En la Venezuela actual nada funciona, todo se hace mal o mal hecho. Yo puedo citar cantidad de ejemplos anecdóticos de ese deterioro de la moral pública. Una moral pública que se refleja también en el ámbito de la moral individual. Es como decir que el tejido moral de la nación estuviera desgarrado. En el centro de esa desgarradura están palpitando, como unas llagas, el odio, el resentimiento y la desconfianza. Desconfiamos inmisericordemente los unos de los otros, nos laceramos los unos a los otros de una manera inmisericorde y eso es fruto del chavismo que nos enseñó a odiar, nos enseñó a desconfiar y nos enseñó ese resentimiento. Seguramente ya estaban ahí, pero el chavismo no hizo sino exacerbarlos.


Ha dicho que siente una conexión con el poema de Rafael Cadenas, “Fracaso”, como una representación simbólica del proyecto de nación llamado Venezuela.


―Yo digo que hay que releer el poema como un antídoto, como un revulsivo, porque son varias las lecciones que nos da ese poema. Para salir del fracaso hay que empezar por reconocerlo, por aceptar que está ahí. En segundo lugar, el poema de Cadenas traza una línea no épica ni heroica de una posible salida de la situación de fracaso. Toda la psicología colectiva venezolana está marcada por el modelo del héroe. Se nos ha acostumbrado desde niños a sentir que los venezolanos nacimos como nación de una generación que es irrepetible. Es decir, todos nos sentimos crónicamente disminuidos ante la envergadura existencial, política y militar de la generación de los próceres independentistas. Eso ya estaba en el siglo XIX; cuando Juan Vicente González murió, Fermín Toro dijo: “Ha muerto el último venezolano”. Héroes sin pathos.


Rafael López Pedraza decía ¿qué es lo contrario a una sana espiritualidad? El éxito, la obsesión por el éxito. Él dice que la obsesión por el éxito es típicamente titánica. El héroe y el titán anclan modelos y paradigmas en la adolescencia. En ese sentido Venezuela es una sociedad adolescente. La adolescencia es la edad heroica por excelencia.


Si uno está obsesionado por el éxito es tácitamente un titán y un titán adolescente. El poema de Cadenas nos trae una espiritualidad que no es ni adolescente, ni titánica ni heroica; nos dice en última instancia que al centro accedemos desde la periferia, desde la marginalidad, porque es muy usual pensar a Venezuela desde la marginalidad, o sea, toda una literatura venezolana que piensa al país desde la marginalidad y eso tal vez porque la entrada de Venezuela a la modernidad ha sido siempre conflictiva, traumática y bloqueada… conflictiva… Nos hemos asumido como un país que vive militantemente la marginalidad. Pero ¿cuál es la manera de acceder al centro desde la marginalidad? Primero reconociendo, paladeando esa periferia, y después asumiéndola creativamente. Nosotros tenemos un ejemplo paradigmático en nuestra historia cultural de una marginalidad creadora, alguien que asumió la periferia con talante creador y llegó al centro desde la periferia. Es Armando Reverón. El Castillete es el emblema de una marginalidad convertida en ocasión creadora.


Fracaso

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.


Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente,

              difícil de entreleer es tu letra.


Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje

              que traías, más precioso que todos los triunfos.

Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para

              salvarme.

Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles

              éxitos, me has quitado salidas.

Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.

De puro amor por mí has manejado el vacío que tantas noches

              me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.

Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer

              prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.


Tú siempre has venido al quite.


Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más

              pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.

Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra tí.


Tú no existes.

Has sido inventado por la delirante soberbia.

¡Cuánto te debo!

Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja

              áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla,

              cediéndome las armas que el triunfo abandona.

Me has conducido de la mano a la única agua me refleja.

Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel,

              mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios,

              reñir las jerarquías, inflarme hasta reventar.

Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.

Yo no te canto por lo que eres, sino por lo que no me has dejado

              ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.


Me has brindado sólo desnudez.


Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú misma traías el cauterio!,

              pero también me diste la alegría de no temerte.

Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.

Gracias a ti, que me has privado de hinchazones.

Gracias por la riqueza a que me has obligado.

Gracias por construir con barro mi morada.

Gracias por apartarme.

Gracias.


(1996)

Rafael Cadenas.


¿En qué tradición se siente identificado? Tráfico vino a proponer una ruptura, cada uno de ustedes tiene su propia ars poética.


―Yo siempre he sostenido que uno de los grandes patrimonios morales ligados a la historia de la poesía venezolana es la generosidad. Los poetas venezolanos en general han sido y son extraordinariamente generosos. Yo tengo pruebas explícitas de esa generosidad. Cuando yo publiqué mi primer libro, salió una entrevista que me hicieron en el Papel Literario, ese mismo día me llama Alfredo Silva Estrada, a quien yo no conocía, y me dijo que quería conversar conmigo y que le llevara mi libro. Así lo hice, fui y pasé una tarde deliciosa conversando con él. Me abrumó de cariño y de atención y me dijo que la entrevista le había parecido excelente. Yo le conté a un poeta argentino que un poeta consagrado llama a un pipiolo, un poeta que está empezando, y lo invita a su casa. “¿Eso no se da en Argentina?”, pregunté. “Eso solo se da en Venezuela”, respondió.

Eugenio Montejo.


Yo no conocía a Eugenio Montejo cuando publiqué mi primer libro. Eugenio se comunicó por escrito y me dijo que le llevara mi libro a Gustavo Aguirre, traductor de Rimbaud y con una obra poética importantísima. Eugenio me dijo “envíale tu libro a él y dile que fui yo el de la iniciativa de decirte que lo enviaras”. Raúl Gustavo Aguirre me mandó una carta que es uno de mis tesoros, me dijo “qué buena idea ha tenido Eugenio de pedirte que me enviaras tu libro”. Montejo no solo se contentó con que yo le enviara el libro a Gustavo Aguirre, sino que le envió mi libro a un poeta que había vivido en Venezuela, que era cuadripléjico y no podía moverse, que solo podía mover la boca y la lengua; este poeta argentino publicó un texto bellísimo en la revista Poesía sobre mi libro y eso se lo debo a Eugenio Montejo.

Raúl Gustavo Aguirre


Juan Liscano desde que yo era un adolescente tuvo una devota atención hacia mí. Producto de esa devota atención es el prólogo que publicó Mandorla para El Dios de la intemperie. Salió en Mandorla, su editorial. Fue el primer libro que publicó esa editorial. En mi conciencia de poeta jugó un rol fundamental el saber que Eugenio Montejo, Juan Liscano, Alfredo Silva Estrada, Juan Sánchez Peláez, Guillermo Sucre apreciaban mi trabajo. Por indicaciones anecdóticas que alguna vez te referiré yo me enteraba de ese aprecio. En la librería Lectura en Chacaíto, un día alguien me da un toque en la espalda; era Guillermo Sucre –no lo conocía– y me dijo “me gustó mucho tu libro”, se refería a Poemas de Quebrada de la Virgen, lo reconocí y le dije “un elogio tuyo se equipara no sé a qué”. Jugó un papel fundamental saber el aprecio que despertaba mi trabajo. La generosidad de los poetas venezolanos es proverbial. Toda la vida lo ha sido. Alberto Hernández acaba de decir una frase que me emocionó: que en Venezuela no existe el parricidio poético. Y es verdad, cómo vamos a ser parricidas cuando encaramos esa generosidad. Nosotros en Tráfico reconocimos como válida una delgada tradición de lo que nosotros nos proponíamos. Blas Perozo Naveda, Caupolicán Ovalles, Víctor Valera Mora, y una parte de la obra de Juan Calzadilla, luego Miyó Vestrini e incluso Luz Machado. La tradición con la que me identifico es muy amplia. No es solo la de los tiempos de Tráfico, la constelación de poetas en la que yo intento inscribir mi trabajo abarca a todos estos poetas desde Alfredo Silva Estrada, Juan Sánchez Peláez, Eugenio Montejo, Juan Liscano, Guillermo Sucre. Cómo negar a los poetas de Viernes, no solo Vicente Gerbasi, Luis Fernando Álvarez, Otto De Sola o anteriores incluso: Fernando Paz Castillo, Rodolfo Moleiro, Jacinto Fombona Pachano, hasta llegar a una luminaria como José Antonio Ramos Sucre, es mucho el talento poético de Venezuela. Joaquín Marta Sosa afirmó una vez algo que comparto: “El siglo XX fue el Siglo de Oro de la poesía venezolana”. En el siglo XXI hay buenísimos poetas entre los más jóvenes, aprendo todos los días de la poesía de Adalber Salas (poeta y traductor); de Alejandro Sebastiani Verlezza, de Francisco Catalano, de Raquel Abend van Dalen, de Franklin Hurtado, de José Delpino, de Graciela Yáñez Vicentini. La poesía venezolana es un océano, nutritivo y alimenticio.

Luz Machado.


¿Qué rol está jugando la poesía en este momento de catástrofe civilizatoria? ¿Por qué hay una pulsión poética tan importante en este momento? Me refiero a publicaciones y colecciones de poesía en editoriales, jammings, talleres, recitales, e incluso el nacimiento de una institución como La Poeteca, única biblioteca del país y de América. 


―Es que Venezuela es un país paradójico, porque socialmente la palabra poeta en Venezuela ha sido una palabra bastante devaluada. “¡Cómo estás, poeta, hola, poeta!”. Endilgándole esa palabra a quien no se merece. Pero, además, Venezuela es un país que no propicia estados de conciencia donde se haga posible la experiencia poética. Sin embargo, y esta es la paradoja, Venezuela cuenta con una tradición poética que es una de las principales de la lengua española. Yo puedo constatar como fruto de mi actividad tallerística, que ya tiene 16 años ininterrumpidos, que al venezolano se la da con facilidad la poesía. Es una cosa misteriosa. Los lectores de poesía en Venezuela son minoritarios y escasos, pero al venezolano se le da con enorme facilidad la poesía.

Miyó Vestrini.


Frente a la regresión que representa el chavismo hay una contracultura activa que se le opone, y en la vanguardia de esa contracultura están los poetas. La poesía en nuestro país tiene ese empeño y esa tarea contracultural: la de oponerse a la barbarie.


Raquel Abend van Dalen. Imagen tomada de Cinco8.



Caracas, febrero 2018


Tomado de El Papel Literario.




Entrevista a Armando Rojas Guardia: El Dios de la intemperie resurge en un país carente de compasión

https://www.youtube.com/watch?v=hqoOg7qnUzI



Nota: Armando Rojas Guardia, (1949-9/7/2020). Era filosofo, poeta, ensayista. Su trabajo reconocido internacionalmente fue traducido a diversos idiomas. Fue uno de los fundadores del grupo Tráfico (1981). Entre sus libros publicado en Venezuela: Del mismo amor ardiendo (1979), Poemas de quebrada de la virgen (1985), Yo que supe de la vieja herida (1985), Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria (2008), Mapa del desalojo (2014). Entre sus ensayos: El Dios de la intemperie (1985), El calidoscopio de Hermes, (1989), Diario merideño (1992), Crónica de la memoria (1999), La otra locura (2017), El deseo y el infinito (diarios 2015-2017) y Proserpina (2015). Premio del Consejo Nacional de Cultura de Venezuela (1986-1996). Premio de ensayos de la Bienal Mariano Picón Salas (1997). Miembro de la Academia del idioma español, (2016-2020).


Tomado de El Nacional.





Yoyiana Ahumada Licea es Magister Literae. Periodista, guionista de televisión, dramaturga, poeta, locutora, docente universitaria y actriz. Ha publicado el libro de poesía (poedramas) ‘Polvo de hormiga hembra’, 2013. Autora y directora de los cortos, ‘El ángel de Bucaramanga’,' No llames a las bala's, 'Niño Jesús ven a esta casa', 2021 (Proyecto #Telacuentoyo, para la plataforma informativa El Pitazo). Es autora de los espectáculos, 'Cabrujas: la voz que resuena', 'Cabrujas por siempre,' 2011-2012; 'Cabrujas: el estruendo de la memoria', 2018;' Venezuela: la obra inconclusa de José Ignacio Cabrujas', (Ebook-2012). Ha publicado, 'Portugal y Venezuela: 20 testimonios, 2011'. De igual manera, tiene publicado el ensayo: 'Alucinados, visionarios e irreverentes, la idea escénica en Venezuela en los 70, 2001'. Compiladora de' El mundo según Cabrujas', 2009. Ha publicado, 'Poesía venezolana en voz alta', 2019; A'ntología poética de funcionarte' 2018; '102 poetas Jamming', 2014;' Aproximación a nuestra cultura', 2008; Ha realizado guiones para telenovelas. Es coautora de la revista,' Brevilla'. Es colaboradora para las revistas, diarios y portales, como: 'Standupoetry,' 'La parada poética', 'poemame'. 'comaliciagallegospoeta.blogspot.com' Se ha especializado en la obra del dramaturgo venezolano, José Ignacio Cabrujas. En la actualidad es profesora de las cátedras de Literatura española I y II, en la Escuela de Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela. Forma parte del equipo de radio del programa, 'Librería Sónica', y es miembro de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral, y del Círculo de Escritores de Venezuela.


Tomada de Astorga Redacción.


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09/06/2024