Mostrando entradas con la etiqueta Renato Rodríguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Renato Rodríguez. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de diciembre de 2018

¡VIVA LA PASTA!, de Renato Rodríguez






**Alberto Hernández**


A mi amiga Magaly Salazar y a los italianos todos que tengo por familia



1.-


Sentado ante una máquina de escribir, cigarro entre los labios, gorro y delantal de cocinero, Renato Rodríguez, ahora Gennaro, nos presenta al maestro don Giuseppe, quien relata esta novela enciclopédica porque en ella encontramos recetas de cocina, datos históricos, musicales, literarios, teatrales, amorosos, cotidianos y hasta ilustraciones de diferentes tipos de cuchillos para cortar cebolla, tomate, carne, pizzas, etc, así como de los distintos tipos de pasta.



Don Giuseppe es un sabio. Don Giuseppe es el maestro que relata toda la historia, y Gennaro, que no es otro que el alter ego de Renato, como lo fue Donato en otra de sus aventuras narrativas, es el aprendiz, el receptor del viejo italiano del sur de la península quien lo enseña a preparar todos los platos de esa extraordinaria cultura culinaria.



Don Giuseppe es fuente de conocimiento. Relata con alegría mientras una copa de vino se asienta en su espíritu. El alumno también toma del vino que el maestro le brinda mientras los grandes compositores, escritores, cantantes, chefs, músicos, personajes como Napoleón, Moliére, Garibaldi, filósofos, fantasmas y hasta los duendes de una desbordada imaginación irrumpen en la cocina donde los dos hombres se pasean por un mundo de sabores, olores y formas.



“¡Viva la pasta/ Las enseñanzas de Don Giuseppe”, editado por R.A. Rodríguez, en Caracas, 1984, es una especie en extinción. Y digo esto porque para algunos lectores se tratará de un recetario de cocina. Pero va más allá. Es una novela donde la cocina italiana es el personaje, pero donde también ambos sujetos actantes, don Giuseppe y Gennaro, son los depositarios de esa curiosa amalgama de nombres en el musical idioma de Dante y D´Annunzio



En estas páginas aprenderemos a querer a un hombre que enseña. Es un libro de afectos culturales. Un libro en el que un italiano y un margariteño se entrelazan para inventar otro mundo: el de la cordialidad, el saber y el placer.


2.-


Nuestro personaje/ narrador protagonista, testigo y a veces omnisciente, porque de alguna manera todo narrador lo es, vivía en California y tuvo que mudarse a Nueva York, a Brooklyn, ciudad donde recaló en el restaurante Il Giardino, cuyo propietario, don Giuseppe, cuenta con el apoyo de dos hijos, Peppino y Alberto, quienes “atendían la caja registradora y el bar”.

Con la llegada de Gennaro don Giuseppe adquiere otro hijo, el putativo que encarará el largo discurso académico de un maestro amable, inteligente y culto. “¡Un vero maestro!”, en la voz del narrador.

Mientras aprende, el personaje retorna en recuerdos a su isla de Margarita, donde se reconoce en vecinos, familiares y amigos, en el maestro ebanista Fermín y en el paisaje agreste de su tierra. La memoria va y viene, mientras la voz del viejo italiano construye todo el mundo de sabores que su pupilo logrará exponer en un libro que se transforma en novela.


Aprendió a usar los cuchillos para trinchar, de zapatero, para la pizza, para las carnes, para los vegetales, para uso variado, éstos, los llamados de filo liso. Y los de filo estriado: para cortar el asado, para el pan, para rebanar embutidos, para el queso, para las tortas y las toronjas. Su primera experiencia fue cortar la cebolla Alla Giuliana. El viaje se extendió por el antipasto, el Arte della Pizza, porque “digamos así como se ha dicho que la Alquimia es la Poesía de la Ciencia, la Pizza es la Poesía de la Alimentación”. 


De su boca se desprendió esta afirmación: “La pizza es una ilusión nada más que eso”.


3.-

El Menestrón y sus distintos sabores, hasta llegar a Il Minestrone di don Giuseppe. Y mientras hablaba mencionaba a Rabelais y su Gargantúa, el glotón. Rossini y sus “Il Barbieri di Siviglia”, “La Gazza Ladra” y “Guglielmo Tell”. Los olores en medio de tanto conocimiento. Escritores cocineros. “El acto de beber es sagrado”, porque también el vino forma parte de la revelación culinaria. 

Todos los platos, todos. Los gnocchi, las salsas, la pasta, todas las pastas que son una sola en diferentes formas: “¡Una creazione dell´estro italiano!”. La historia de Marco Polo y cómo supo del nacimiento en China del spaghetti, un invento de un peninsular residente en el país asiático llamado Pietro Spaghetti. Largo relato donde el Khan y Marco Polo tienen mucho trabajo.

Las ilustraciones de las formas de la pasta también protagonizan o personifican: el acini, el capelletti, el conchiglie, el farfallette, el fusilli, la lasagne, el mostraccioli, el ravioli, el tagliatelle y el ziiti. Formas para comer y admirar. Formas para degustar, aunque “el sabor no ocupa espacio”.

Y todo lo que un italiano de la cocina puede enseñar o un ser humano puede comer mientras pronuncia cada nombre en ese idioma, en el idioma de Sciascia, de Ungaretti, en el mismo de todos los artistas que aquí aparecen. 


“¡Viva la pasta!” es un método de trabajo, una tesis en la que participan los lectores con la boca hecha agua, pero admirados por la sabiduría de don Giuseppe y la paciencia de quien aprende porque está al frente de un gran maestro.

El libro dice más. Mucho más. Queda que los interesados, pasteros o no, lo busquen y terminen leyéndolo, comiéndoselo con los ojos mientras Renato o Gennaro siguen cortando las cebollas, el cilantro y demás ingredientes para preparar la salsa mientras la pasta hierve. 


Un joven Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí


4.-

Renato Rodríguez –o Gennaro- cierra su prontuario de sabores, olores y datos de todo tipo con unos Artificios y Triquiñuelas de Don Giuseppe, en los que aconseja cómo mejorar el trabajo en la cocina, secretos que muchos conocen pero que nuestro personaje convierte en una suerte de apostolado. Igual, un Glosario de términos frecuentemente utilizados en el Arte Culinario y un Índice de Recetas.

Todo un libro. Toda una aventura para aprender a cocinar. Páginas para lectores y amantes del arte de meterse entre ingredientes, ollas, cuberterías, hornillas, carnes y vegetales, vinos y demás yerbas para poder obtener un plato que haga más amable el mundo.

Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí




*******



Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

En Venezuela ha publicado sus trabajos en la Revista Nacional de Cultura, Imagen, Solar, Poda, et al. Miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de CaraboboIntegrante de “Crear en Salamanca”, página digital de la ciudad castellana. Igualmente, en Cervantesmileshighcity de la ciudad de DenverEstados Unidos. Y en diferentes blog nacionales e internacionales.


En 2018 fue reconocido en la XVII Edición del Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana por su novela “El nervio poético”.


Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Stravagnza (Italia 2012), 70 poemas burgueses (Caracas 2014), Ropaje (Cancún, México. 2012), Los ejercicios de la ofensa (Estados Unidos. 2010)
.

jueves, 31 de mayo de 2018

El violín de Tacho. Fragmento de la novela Al sur del Equanil, de Renato Rodríguez




Al sur del Equanil, de Renato Rodríguez

Fragmento de novelas

VI

El violín de Tacho

Yo nunca supe el verdadero nombre de Tacho. Una vez le pregunté, me contestó con un raro gruñido; no volví a preguntarle más, podría haberse ofendido por mi curiosidad. Tacho era un hombre muy delicado. Una vez su hermano Nicomedes le increpó por el estado de semiebriedad en que se mantenía constantemente y él se sintió tan humillado que juró no volver a pedirle dinero a Nicomedes, ni siquiera en calidad de préstamo. Además, era más fascinante que fuera sólo Tacho y más de acuerdo con las costumbres de allá. Mi nombre nadie lo sabía, yo era sólo el hijo de Rafael y Chabolito era el hijo de Chabolo, a pesar de llamarse Ramón y de que Chabolo se llamaba Salvador y Tacho era Tacho y antes de ser Tacho tal vez fuera el hijo de… yo ni siquiera sé cómo se llamaba su papá.

Tacho era músico, tocaba el violín con extraordinaria habilidad y Nino decía que incluso sabía leer música. Yo no sé si era un virtuoso, un gran músico, pero habilidad, eso sí que no se le podía negar, hasta un sordo se la habría atribuido; había que verlo ¡Cómo se movía! ¡Qué de raras contorsiones realizaba! Y todo, sentado en su silla de cuero de chivo sobre el tablado de los músicos que alegraban las fiestas. Cuando Tacho tocaba todo mi ser se concentraba en los ojos, ni le oía. Me parece estarlo viendo, en su silla, con sus ojos vidriosos medio muertos, sus dientes negros tal vez a causa de los pestilentes tabacos baratos que fumaba y su enorme nariz. Siempre con la misma actitud y su mismo aspecto; año tras año.



Tacho tenía un violín que sobre mí ejercía una extraordinaria fascinación. Algo tenía aquel violín, sin embargo era, al parecer, igual a todos los violines que yo había visto ¡Cómo me habría gustado tocarlo! Pero yo, decididamente, no tenía habilidades para tocar el violín. ¡Cuántas veces ensayé con el violín de mi padre sin ningún resultado! Me convencí haciéndolo de que tocar el violín era muy difícil. Mi padre, según decían, tocaba muy bien y yo reconocía esa cualidad, pero algo le faltaba, porque a pesar de todo ni él ni su violín ejercieron nunca sobre mí, la fascinación del violín de Tacho.

¡Cómo me gustaría ser como Tacho —me decía— poder tocar el violín así y poseer desde luego su violín! pero no su tristeza. Héctor y José me lo envidiarían y también Miguelito, el hijo de doña Josefa.

Mi padre era muy aficionado a la música; frecuentemente Tacho y otros músicos de allá, venían a mi casa a tocar con él. Tacho no hablaba, se limitaba a comentarios musicales y bebía su copa silenciosamente. Una vez oí que mi padre le reconvenía en tono muy amistoso. “Has perdido mucho por tu afición a la bebida —le decía— Nicomedes y Juancho se sienten muy apenados por ti.” Tacho guardaba silencio, parecía sentirse también apenado, como si le pesara haber desmerecido a los ojos de sus hermanos. En los días siguientes no dejó de embriagarse con la misma frecuencia de siempre.

Me molestó descubrir que Francisco, el sobrino de Tacho, guardaba por él una profunda admiración. Yo empezaba a considerar a Tacho así como una cosa mía y muy a menudo me veía con su violín entre las manos. Cuando Francisco me reveló el secreto de su violín, encontré justificada su admiración.



—Si mi tío Tacho —me dijo orgullosamente— hubiera seguido fabricando muebles, a lo mejor tendría hasta dinero.

—¿Cómo? —pregunté— Tacho ¿Es carpintero?

—Sí —me dijo Francisco sorprendido de que yo no supiera eso— y muy bueno; los muebles que tiene mi abuela son muy bonitos y fue él quien se los hizo.

—Pero yo siempre le he visto con su violín —repliqué.

—¡Ah —exclamó Francisco— y el violín también lo hizo él!

No pude hacer ningún comentario. Mi asombro llegó a sus límites y mi admiración por Tacho creció infinitamente. ¡Oh! —pensaba—. Nunca podré tener un violín como el de Tacho, yo creía que todos los violines son hechos en Europa y resulta que aquí también se pueden hacer. El de mi papá tiene un letrero por dentro, un poco borroso, que dice Cremonensis faciebat anno 1… en letras como las del libro que siempre carga el padre Jacinto; él es alemán, a lo mejor el violín de mi papá también lo es, pero a mí, así y todo, me gusta más el de Tacho. Quizá cuando Tacho se muera me lo deje, pero ¿Y si se lo deja a Francisco?

Me mandaron al colegio, creo que allí aprendí muchas cosas, no estoy muy seguro. Nunca pude olvidarme de Tacho. Algunos de mis compañeros aprendían a tocar el violín, yo no aprendí. Yo les oía desde el salón de estudio en sus fastidiosos ejercicios. Nunca —me decía— podrán hacerlo como Tacho y, mucho menos, tener un violín como el suyo.

¿Qué será de Tacho? —pensaba alguna vez— ¿Beberá siempre tanto y andará por las calles tambaleante como los marineros en la cubierta de los barcos cuando la mar está picada? Seguro que siempre tiene la misma habilidad para tocar el violín, y lleva sus ropas arrugadas. ¿Cómo será la mujer de Tacho? Me sorprendía pensar en la mujer de Tacho, nunca le había conocido mujer. Era seguro que no la tenía, si no ¿Por qué andaba siempre tan desarrapado? ¿Qué clase de mujer sería esa que no le planchaba los pantalones ni le cepillaba la chaqueta ni el sombrero?

Un joven Renato Rodríguez.


Pasé varios años en el colegio y cuando terminé la secundaria volví allá. Mi padre siempre me había estado regañando por mi poco empeño en estudiar, pero no manifestó ninguna especial alegría cuando regresé con mi diploma en la mano. Mi madre estaba muy orgullosa de mí y algunas señoras me ponían como ejemplo para sus hijos. A mi padre como que le fastidiaba un poco la cosa. Él era músico, estaba acostumbrado a que se le acogiera. La vida, frecuentemente, es tan aburrida en esos lugarejos que los que tienen el don de alegrarla con música, chistes, coplas, son muy estimados; siempre alguien les está diciendo: Te invito a…

Yo pensaba que con mi diploma en la mano, a pesar de no saber sonar nada, ni componer coplas, podría también incorporarme a la cofradía de notabilidades locales. No fue así; tal vez por el poco tiempo que permanecí allá. Tuve que marcharme después de las festividades locales a seguir estudiando en la universidad.

Ese año fui por primera vez en mi vida a las fiestas, antes no me dejaban ir, coincidían con la época de luto anual por la muerte de mi tío, veinte años atrás, justo el día de la feria. La gente no lo habría visto con buenos ojos. ¡Qué descaro —habrían dicho— el hijo de Rafael en la fiesta! ¡En el aniversario de su tío! Para mí aquello era un poco oscuro, privarme de la fiesta por alguien a quien ni siquiera había conocido.

La fiesta se celebraba en un pequeño villorrio vecino, pero como el santo patrono de la misma gozaba de la devoción de los habitantes de una extensa zona, la considerábamos como cosa propia. Era de ver aquel gentío llegando por los medios más dispares de transporte, en auto, en barco, en caballos, a pie. Y eran de verse todos los preparativos que desde muchos días antes empezaban a hacerse y la increíble actividad que empezaban a desplegar esas gentes, de ordinario tan reposadas y calmosas. Era la ocasión que esperaban todos para estrenar trajes, zapatos, sombreros; para remozar la apariencia de sus casas con una buena mano de pintura. Eran los tiempos de la abundancia, los sastres, los zapateros, los pintores, no daban abasto; un ejército de músicos hacía su aparición. A veces los talleres habituales no eran suficientes y surgían algunos improvisados que desaparecían una vez pasada la gran fecha. Se hacían suficientes utilidades como para equilibrar en los presupuestos los escuálidos ingresos del resto del año. Entre todo ese gentío iba también Tacho, violín en mano. El día anterior era horrible. Todo el mundo iba a cortarse el pelo y los barberos quedaban extenuados, no sólo los habituales del pueblo, sino también los que llegaban para la ocasión, muchos de los cuales no habían encontrado local para instalarse y ejercían su oficio a la sombra de los frondosos árboles de la plaza.

En el villorrio surgían como por ensalmo lugares de diversión, bailes populares, juegos de azar, bazares provistos de toda clase de chucherías, puestos de refrescos, restaurantes. En un sitio despejado se instalaba el carrousel, con tigres, perros, leones, jirafas, caballos, lujosamente enjaezados, que daba vueltas y vueltas gracias a un complicado mecanismo que multiplicaba la fuerza de dos peones. También, en un lugar discreto, surgía el llamado “Baile de las putas”.

Y allí, en el mejor de los bailes por supuesto, estaba Tacho, en una silla de cuero, sobre el tablado de los músicos, quien con su gran nariz, sus dientes negros, sus ojos tristes medio muertos ya y su aspecto general como de quien ha dormido vestido, hacía sonar con la misma habilidad de siempre su raro violín.

Días después, antes de irme a la universidad, marchaba por la calle con ganas de ir a ver a Tacho y vi a Francisco, que muy agitado venía hacia mí a toda carrera.

—Francisco —le grito— ¿Qué te pasa?

—Tacho, mi tío Tacho —me dijo Francisco sin detenerse— voy a avisarle a mi abuela.

Yo corrí rápidamente hacia el cuarto de tacho, situado en la planta baja de la casa de Evaristo Pérez. A lo mejor ha bebido más de la cuenta y se ha golpeado —pensaba— ¿Quién le manda a beber tanto? Y me acordaba del día de la fiesta, en que yo me había emborrachado y de lo mal que me había sentido y de cómo me habían reñido en casa. Pero él —me decía— ni mujer tiene ¿Quién le va a reñir?

Llegué a la casa, había varias personas allí congregadas, me abrí paso bruscamente y entré. De un golpe de vista lo contemplé todo. Por lo menos veinte botellas vacías en el suelo, algunas rotas, el ropero y un pequeño estante con libros en total desorden. De una de las vigas del techo pendía una cuerda y en el extremo se balanceaba Tacho con los ojos abiertos, sin expresión ninguna, y una mueca que a mí me pareció una burla a ciertas ambiciones de mi infancia cuando posé los ojos, primero en la caja del violín, en el suelo vacía, y luego en la cama, donde estaba el violín de Tacho completamente destrozado.

Al sur del equanil (Monte Ávila)

Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí

Tomado de Ficción Breve


lunes, 30 de abril de 2018

Renato Rodríguez: Salvador Garmendia me lanzó al olvido y Orlando Araujo me rescató




Un joven Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí

Estimados Amigos

Tenemos el agrado compartir con ustedes esta entrevista que conseguimos en nuestras navegaciones usuales en la red. La extraímos del portal Letralia


Esperamos disfruten de la entrada.



*******

Alberto José Pérez

Hace ya unos 20 años tuve la oportunidad de conversar con Renato Rodríguez (Porlamar, 1927) sobre la personalidad intelectual de Orlando Araujo (1927-1987), con la intención de recabar testimonios para armar un libro. Me descuidé, sólo pude hacerlo con Renato, en su apartamento en La Pedregosa Sur, en Mérida, donde fuimos vecinos. Cuando toqué otras puertas nadie me abrió, se habían marchado los que yo sabía que como Renato me hablarían de Orlando con honradez y respeto. A continuación transcribo lo conversado con el autor de novelas memorables como El bonche, Al sur del ecuanil, La noche escuece y Viva la pasta.

*******


Al sur del Equanil. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Cuando y en qué circunstancia conociste a Orlando?

RR: En realidad yo conocí a Orlando hace muchos años, por los años cincuenta, cuando él era economista y yo comerciante. Yo tenía una oficina en el cuarto piso del edificio “El Nacional”, donde funciona el diario que todos conocemos, pero en ese tiempo sólo ocupaba el primer piso, la planta baja y los sótanos; y Orlando estaba con la Compañía Anónima Venezolana de Alimentos que funcionaba también en el cuarto piso frente a mi oficina. Pero a mí se me olvidó y a él también se le olvidó que nos habíamos conocido y después, muchos años después, como veinte años más tarde lo vine a tropezar: él era escritor y yo contador de historias.

AJP: ¿Cómo fluyó nuevamente la amistad?

RR: Por diversas razones he podido cantarle a Orlando la canción de Panchito Rizek, una que dice “te odio y te quiero”.




AJP: ¿Por qué?

RR: ¿Por qué? Bueno, por una razón muy simple. Primero: he podido decirle te quiero porque él me rescató del olvido. Yo fui expulsado del Olimpo, del Olimpo venezolano. Me expulsó la OCI, mediante un proyecto que escribió Salvador Garmendia en el año 66 y entonces a él (Salvador) se le olvidó que yo existía. Por eso digo que fue la OCI pero a través de Salvador Garmendia. A mí me dejó muy sorprendido eso porque en primer lugar, fue Salvador Garmendia el que me lanzó públicamente como escritor; la primera persona que me nombró públicamente como escritor fue Salvador Garmendia en una entrevista que le hicieron en El Nacional en el año 62 o 63, no recuerdo con exactitud.
AJP: ¿Y el te odio?

RR: Pero a Orlando he podido decirle, también, te odio, bueno, chico, porque resulta que mi mamá peleaba mucho conmigo por cualquier motivo, por ejemplo: una cosa que ella siempre me reprochaba eran los zapatos sucios porque yo jamás limpio los zapatos. Desde chiquito tenía esa cosa, lo primero que me veía eran los zapatos. Esos zapatos están muy sucios, me decía. Y un buen día se me ocurrió regalarle, a ella, un ejemplar de Compañero de viaje y le encantó y entonces cada vez que pelaba conmigo me decía:

—Ya que eres tan escritor, ¿por qué no has escrito nada como Compañero de viaje?

Y la última vez que me lo dijo fue cinco minutos antes de morir, más o menos.


La señora María Felízcar García García,“Mamá Maruja”, madre del poeta Renato Rodríguez e inspiradora de su vida y de su literatura. Imagen tomada de aquí


Cuando yo entré al cuarto donde ella estaba recluida, muy enferma, lo primero que hizo fue que me miró los zapatos y repitió lo de siempre:

—Esos zapatos están sucios, ¿desde cuándo no los limpias?

—Mamá. Tú sabes que yo nunca limpio los zapatos, yo no soy político, ni profesor ni financiero ni nada; yo lo que soy es un simple escritor.

Entonces me respondió:

—¿Sí? ¿Si eres tan escritor por qué nunca has escrito nada como Compañero de viaje? —y cerró los ojos y no los abrió más nunca.


Viva la pasta. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Luego, cómo crecieron en el afecto?

RR: Mi amistad con Orlando Araujo tuvo una agradable consecuencia, digamos, creo que... sí, porque ya yo tenía en proyecto, medio escrito, un libro que tiene cierto parentesco con Compañero de viaje; contiene cuatro relatos que podrían emparentarse. Pero bueno, yo no lo escribí por eso. En el prefacio explico por qué lo escribí, porque cuando mi mamá empezó con ese castigo, por allá en el año 72, entonces me empeñé en terminarlo. Yo creo que la lectura de Compañero de viaje me dio unas luces, en ese sentido, algunas no, probablemente más de una aunque me cueste reconocerlo, y el libro al cual me refiero está inédito. Es un libro que contiene cuatro relatos y se llama Quanov, ese es un nombre que yo acusé porque oí decir muchas veces que mis libros no llegaban a novelas, que lo que yo hacía eran intentos fallidos. Entonces una vez estaba leyendo un libro de Isaac Asimov que se llama Introducción a la ciencia y él habla ahí de los cuerpos celestes y nombra una palabra que yo había conocido siempre como una marca de televisores, resulta que no, que “Quasart” es un cuerpo celeste que está en proceso de ser estrella. O sea, casi estrella. Y entonces me dije, nada, ahí está el nombre para lo mío y como lo mío son casi novelas vamos a ponerle Quanov.


Renato Rodríguez. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Cómo te sacó Orlando del olvido?

RR: Orlando me rescató del olvido, bueno, eso ocurrió porque él dijo una vez que había llegado al conocimiento de mi existencia como autor a través de Juan Rulfo, porque curiosamente yo le caí en gracia a Rulfo, a pesar de que nunca lo conocí personalmente. Las cosas ocurrieron de esta manera: cuando salió Al sur del ecuanil, yo le envié un ejemplar a Teresa Selma, actriz venezolana que para entonces vivía en México, y ella conocía a Juan Rulfo y le pasó el libro y lo leyó y parece que le agradó porque siempre se expresó en buenos términos de mí. Así fue que vino Orlando a enterarse de mí, de que yo existía como escritor. Como dicen: son extraños los caminos del Señor.


Salvador Garmendia. Foto tomada de aquí

AJP: ¿De qué año me hablas?

RR: Eso fue cuando vino Rulfo a Venezuela el año 76 a invitar para un congreso de escritores que tuvo lugar en México al año siguiente y entonces quiso invitarme a mí y se encontró con la novedad de que nadie sabía que yo existía, es decir, muchos lo sabían pero se hacían los locos para no quedar mal con la OCI, y Orlando oyó eso y le pidió a una de mis hermanas que le consiguieran un ejemplar de Al sur del ecuanil y lo leyó y posteriormente Rafael Diprisco le dio información complementaria sobre mi oficio de escritor. Tengo entendido que así ocurrió. Luego Orlando se empeñó en escribir el prólogo de la segunda edición de Al sur del ecuanil, pero Monte Ávila Editores se lo había encargado a Roberto Lovera de Sola y, cuando Orlando se enteró, armó un zaperoco y dijo que ese prólogo no lo escribía nadie sino él, y que si no lo escribía él no dejaba que saliera el libro. Entonces lo tuvieron que complacer y después Lovera de Sola en vez de odiar a Orlando me detesta a mí. Cuando yo regresé el año 73 de los Estados Unidos de Norteamérica, lo volví a ver en la Galería del Inciba que quedaba en el edificio de Pro Venezuela. Orlando tenía una “mona” grandísima que yo creo que ni se acordó después que nos encontramos allí, posteriormente cuando le dieron a él un premio entonces yo le dejé una carta en la librería Suma, manifestándole mi alegría porque le hubiesen dado el premio y luego el me llamó por teléfono y a partir de esa llamada seguimos viéndonos con cierta periodicidad.


La noche escuece. Foto tomada de aquí


AJP: ¿Como definirías al escritor Orlando Araujo?

RR: Yo creo que con una frase muy corta podría expresarte la opinión que me merece Orlando como ser humano, tuvo altos y bajos pero hay una cosa de la cual yo estuve siempre seguro y esa cosa es que carecía de una cualidad que abunda mucho entre nosotros, particularmente, entre la gente que escribe o que hace algo en el campo de la creatividad: carecía absolutamente de envidia; nunca tuve indicios de que envidiara nada, era sumamente generoso en sus actitudes. Apartando la gran calidad de su libro Compañero de viaje, que es una especie de hito en la literatura propiamente venezolana, porque se puede decir que es uno de los libros que tienen realmente características de narrativa venezolana; fue un gran promotor de infinidad de cosas, no solamente de literatura. Fue un hombre sumamente entusiasta de las causas nobles de la vida como la vida misma; por ejemplo, y como te dije anteriormente, carecía totalmente de envidia y esa cualidad es poco común.


Renato Rodriguez. Foto tomada del blog José Odreman Nieto


*******



Alberto José Pérez

Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha publicado unos veinte libros de poesía, crónicas de libros y entrevistas. Sus últimos títulos son Un poeta como yo (Ediciones Mucuglifo), Confesionales (El Perro y La Rana), En la alta noche (Fondo Editorial del Caribe), La revelación del otro (El Perro y La Rana) y Pequeña antología (Editorial La Espada Rota). Es colaborador permanente de Contenido, suplemento literario del diario El Periodiquito. Ha sido galardonado con el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y con el Premio Nacional de Poesía “Centenario de Enriqueta Arvelo Larriva”. Fue distinguido por la Red de Escritores de Venezuela con el premio “Compañero de Viaje”, en reconocimiento a su contribución a las letras nacionales. Reside en Santa Clara (Barinas).

Tomado de Letralia

Actualizada el 29/01/2024



domingo, 11 de diciembre de 2016

AL SUR DEL EQUANIL de Renato Rodríguez



Renato Rodríguez. Foto de William Dumont



Queridos lectores de esta página:



El texto que les presentamos hoy fue escrito por Alberto Hernández sobre una novela importante y perteneciente a una época muy especial de nuestra historia literaria. Es la novela Al Sur del Equanil, de Renato Rodríguez, editada por tercera vez en la colección El Dorado de Monte Avila Editores, en el año 1972. 



Muchos recordaremos esa novela y ese escritor, legendario, se podría decir, el feliz hallazgo que significó el ingreso del lenguaje coloquial y el fluir de conciencia en el texto narrativo y por otro lado la actitud esquiva del autor ante los lectores y público en general, lo que, por supuesto, hizo recrudecer su leyenda. Renato Rodríguez, luego de publicar varios libros notables, entre ellos  Al Sur del Equanil y El Bonche (en su momento llegó a ser comparado con Kerouac) se dedicó a la carpintería y se retiró al interior del país. 



Supe que hace unos años Monte Avila editó una colección de cuentos, llamada "Quanos."



Alberto Hernández ha asumido la tarea de rescatar del olvido notables y puntuales piezas de nuestra literatura. Lo hace con constancia e implacabilidad.  El orden es caótico, quién sabe por qué escoge un escritor o una obra, cómo vienen sus recuerdos, eso es lo que menos importa. Es valiosísimo su aporte como reseñista o reseñador literario, profesión fantasma desde hace años en Venezuela,  es algo que agradecemos en masa y desde lo más profundo de nuestra alma. 



La reseña de hoy, además, trae el regalo de un prólogo escrito por  Orlando Araujo y cierra con unas palabras del querido Juan Liscano


Qué más se puede pedir? Disfrutemos.


Graciela Bonnet


*******



Crónicas del Olvido

AL SUR DEL EQUANIL

Alberto Hernández

1.-

He regresado a “Al Sur del Equanil”. A la humilde edición de la Colección El Dorado de aquella Monte Ávila Editores de 1972, producto de la Tipografía Vargas, nada elegante, descuadrada y hasta fea, pese a la ilustración de la portada del recordado Mariano Díaz.

Y digo vuelvo porque leía –sin entenderla- esa novela extraña de Renato Rodríguez a los días de ser lanzada al pobre mercado editorial venezolano de aquellos años. Vivía yo en España en una pasantía en mis ansiosos días de estudiante de medicina entre Salamanca y la Complutense, que de tales estudios sólo resultaron unas ganas de adentrarme en la poesía y en la narrativa sin dejar de pensar en cadáveres, autopsias, suturas, diagnósticos, terminología médica, anatomía uno, fisiología, entre otras preocupaciones que hoy son recuerdos y siguen siendo angustias mojadas por la nostalgia. Entonces me topé con el pequeño formato de aquella romántica aventura de Monte Ávila en la que bebimos muchos de los que hemos pasado los sesenta.

Volví a Renato como se regresa a una película. Ya Renato se murió, hace algunos años en Sabaneta de Aragua. Y nos dejó esa novela un poco escrita a los brincos, mal corregida y hasta olvidada por quienes se dicen defensores de la literatura nacional.

Pues bien, de nuevo Renato Rodríguez conmigo en el año 2004, en reedición de la Monte Ávila de estos años, que ya no tiene nada de romántica, pero sí de muchas ligerezas y hasta de dudosos autores. Con portada de Carlos Contramaestre se vuelve a respirar el Techo de la Ballena y hay cierta revelación. Aceptable, sin solapa, sin el gusto de otros días, pero legible, con los mismos sobresaltos de la sintaxis de Renato y las omisiones originales.

Leí este Renato de hoy con mucha expectativa. Y sentí que regresaba a casa. Sentí que el frío europeo se colaba entre las páginas y mostraba lo mejor de su misterio nocturno. En medio del trópico me miré en los ojos del Renato que un día presentí y vi en el Sur de Aragua.




2.-

Escribo esta nota acompañado de Orlando Araujo. Me lo traigo a esta página en un diálogo desde el silencio, aunque Orlando y quien esto rasguña siempre hablaron en buen tono, él furiosamente y yo con una sonrisa en los labios. Pero a veces intercambiábamos: él muerto de la risa y yo con cara de perro.

Para aquella edición Orlando escribió un prólogo luminoso que transcribo para que los lectores de hoy lo vean, lo repasen, lo consideren o no lo consideren. Aquí se los dejo:

“En la feria de vanidades literarias que caracteriza a mi país, Renato Rodríguez es un caso insólito: escritor envidiablemente dotado con las galas de una imaginación inagotable, dueño de un estilo narrativo en que el humor y una vaga tristeza de existir van ganando la solidaridad del lector, hasta el punto de ir leyéndolo como si fuéramos nosotros mismos el viajero y el autor. Y, sin embargo, Renato parece ir renunciando en cada página a posteriores afanes y compromisos de escritura. Un advierte la inevitable necesidad que este solitario tiene de expresar su soledad y simultáneamente advierte la desesperanza, la melancolía y la conciencia de inutilidad conque agoniza en sus letras.

Pero las desgastadas aristas de palabras como escepticismo, pesimismo, náusea o absurdo no sirven un cuadran a esta cierta y gozosa manera de querer y no querer, de encontrar lo que no se anda buscando y de llorar y amar a solas en el rincón disimulado de palabras al parecer triviales.




Al Sur del Equanil” es novela de lenta gestación y de escritura trashumante. El autor comienza a escribirla en Chile (1949), sin mucha seguridad de que escribe una novela; y va a continuar escribiéndola en las estaciones de su viaje a Lima, Caracas, Francia y Alemania, hasta concluirla en 1961. Sólo se publicará en 1963. Conocemos la edición mexicana y la dábamos por primera edición hasta que el propio autor corrigió nuestro error en una carta estupenda que alguna vez publicaremos:

La primera edición de “Al Sur del Equanil” no se hizo en Méjico sino en Caracas y fue distribuida por la desaparecida librería Ulises de Sabana Grande, cuyo propietario Félix Alvarado creyó en mí. La librería desapareció cuando el dueño y el dependiente Ricardo fueron apresados por la Digepol, así como el encargado, el marinero hondureño Enamorado Fuentes. La edición fue hecha a expensas de mi amigo Mauricio Odremán, a quien conozco desde 1945 y quien siempre confió en mí y me alentó. A pesar de encontrarse en aquella época sin trabajo y enfermo, con una cruel dolencia, Mauricio desembolsó el dinero haciéndome ver que estaba en condiciones de hacerlo cuando en realidad se hallaba en extrema pobreza”.

Al Sur del Equanil” es, también, una curiosidad bibliográfica: agotadas sus dos modestas ediciones, hoy es difícil conseguirla hasta prestada y pasa por ser prácticamente desconocida por los lectores más jóvenes. Y este libro, sin embargo, adelanta en un quinquenio la renovación que, a partir de 1968, impulsaron en sus novelas de frescura coloquial y desarraigo ambulante, Francisco Massiani, Laura Antillano, Carlos Noguera. “Al Sur del Equanil” enlaza esta renovación con la nobleza confidencial de las escrituras de Teresa de la Parra, y con las frustradas potencias de Andrés Mariño Palacio.

Corresponde a la exigente agudeza de Juan Rulfo la intuición de los valores de la novela de Renato cuando, por el afortunado azar que se llama Teresa Selma (actriz, mujer y ángel), el libro llegó a sus manos y él se refirió informalmente a lo que consideraba un verdadero hallazgo y una muestra a nivel hispanoamericano, de la mejor narrativa venezolana. También leyeron el libro Aldo Pellegrini y Ernesto Sábato; este último lo recomendó a la Editorial Sudamericana para su publicación; y Jorge Álvarez -¿se acuerdan de este filibustero editorial?- solicitó varias veces autorización del autor para su publicación. Pero Renato Rodríguez, para la fecha, ya había decidido hacerse carpintero y no escribir más. Carpintero sigue siendo, pero de buena fuente sabemos que no ha podido dejar de escribir. Sólo que no publica.

A pesar de las notas y juicios de ocasión, cuando el libro apareció, y los cuales tienen el valor de las firmas que los calzan (Guillermo Meneses, Ludovico Silva, Jaime Tello, Alfredo Chacón, Elisa Lerner y Salvador Garmendia, entre otros), lo cierto es que a esta novela se le ha silenciado. Confesamos haberla leído por el interés que en sus programas universitarios y en sus comentarios, le ha concedido siempre Rafael Di Prisco, quien incluye un fragmento en su reciente antología con el juicio que, en una de sus recientes exploraciones críticas sobre nuestra actual narrativa, expresa Juan Liscano:

“…una novela irreverente, construida y escrita con desenfado, llena de situaciones picarescas y violentas, destructora de seguridades y convencionalismos que barajando vivencias y acciones contradictorias, incide en  expresar la angustia y rebelión existenciales en este tiempo de hundimiento y desorden”.

Volvamos a decirlo: sabemos que Renato Rodríguez tiene trabajos inéditos interesantes, que no confía en la literatura como oficio a medias ejercido, sino como dedicación plena de una vida al destino de escribir. No vamos a glosar ni a discutir por ahora, esta verdad de difícil realización: digamos, sencillamente, con la ingenuidad profunda de un buen lector (esa pretensión tenemos) que, a pesar de aquel convencimiento, Renato como todo escritor auténtico no podrá ceñir jamás a la disponibilidad de tiempos exclusivos, la necesidad espiritual, visceral y cojonal de expresarse, irrefrenable por razón y sentido de mirar hacia dentro y hacia fuera de su propia vida que un buen día, frente al mar, en un camino, acariciando el testuz de una vaca melancólica, se le plantó por delante y le tiró una trompetilla.

En consecuencia este prólogo acuerda que el carpintero Renato Rodríguez no tiene derecho a privarnos de sus letras, como san José no nos privó del niño a pesar de tantas dudas; y asimismo que, en pleno ejercicio de la soberanía universal de Nos, el lector, le pedimos que levante el secuestro en que mantiene los frutos de su afán.

Dado, firmado y sellado al Sur del Equanil, al Norte de una buena novela y en presencia del Mar de las Antillas”.

Así lo escribió Orlando Araujo y así se lo entregó a los lectores.



   ******* 


Graciela Bonnet


 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías.Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.



Y su blog es: Graciela Bonnet Vertiente Recíproca



*******



Alberto Hernández

Nació en Calabozo, estado Guárico, el 25 de octubre de 1952. Poeta, narrador y periodista. Se desempeña como secretario de redacción del diario “El Periodiquito” de la ciudad de Maracay, estado Aragua. 

Fundador de la revista literaria Umbra, es miembro del consejo editorial de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo y colaborador de publicaciones locales y  extranjeras. Su obra literaria ha sido reconocida en importantes concursos nacionales. En el año 2000 recibió el Premio “Juan Beroes” por toda su obra literaria.

Ha publicado los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) e Intentos y el exilio (1996). Además ha publicado el ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981), el libro de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994) y el libro de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999).  Recientemente ha publicado «Poética del desatino» y «El sollozo absurdo».