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viernes, 12 de agosto de 2022

¿Cuando muere un escritor hay derecho a publicar lo que él no quiso?


Franz Kafka, a la derecha, con su amigo y editor Max Brod, en el balneario de Marielyst (Dinamarca). Tomada de El País.


Muerto el escritor, ¿hay derecho a publicar lo que él no quiso?

13/02/13


Una mirada partir de la publicación de poemas inéditos de Benedetti, hace pocos días. La propiedad intelectual y las decisiones de los herederos.



POR Guillermo Schavelzon


Hay una polémica latente a cuyo esclarecimiento no ayudan los intereses económicos de los herederos de escritores: ¿tiene derecho un heredero a publicar textos que un autor, en vida, decidió no publicar? Un escritor escribe mucho más de lo que publica, criterio que habla de su capacidad de selección, y tiene mucho que ver con la calidad de la obra a la que los lectores tenemos acceso. Es –debería ser– un derecho natural, literario, moral, de enorme dignidad y respeto.

La ley –y más aún la aplicación de la misma–, otorga a los herederos un margen demasiado amplio de decisión, que llega, incluso, a que aceptemos como auténtico todo aquello que, nos dicen, “apareció en viejos armarios”. Los herederos no siempre están capacitados para decidir si los textos son publicables o no. 

La figura del “albacea literario”, la persona o institución a la que el escritor designa para tomar decisiones sobre sus papeles, no existe en algunos países como Argentina. ¿En quién confiar entonces ante la decisión de publicar?

Son muchos los casos de publicación de obras muy anteriores a la vejez o a la muerte de un escritor o escritora y la decisión está en manos de quienes, al hacerlo, se benefician económicamente de ello.

Los medios nos han señalado casos en que los herederos intervienen en el texto, quitan o modifican dedicatorias originales. Deciden qué cartas se publican y cuáles no. Eliminan párrafos completos. Aunque lo hagan con buena voluntad, muchas veces dañan lo que el autor quiso que fuera su obra.

Surge esta reflexión a raíz de la reciente publicación de dos poemas inéditos de Mario Benedetti ampliamente divulgada en los medios, que ya recorre como reguero de pólvora las redes sociales.

Benedetti decidió, en vida, donar su biblioteca de Madrid a la Universidad de Alicante (España), que durante años mantuvo un Centro de Estudios sobre su obra. La encargada de la clasificación de esos libros encontró unos folios con dos poemas inéditos y, sin consultar a los herederos, (la Fundación Mario Benedetti de Montevideo), los envió al diario El País, que con la mejor de las intenciones los dio a conocer. 

Aquí se cometieron dos infracciones: primero, publicar unos poemas que, como muchos más, Benedetti había descartado y no publicó en ningún libro, aunque es evidente que siguió trabajando sobre ellos, porque los mismos temas y párrafos similares aparecen en otros poemas que sí publicó. Segundo, pensar que podía divulgarlos como si fueran de dominio público, sin respetar la propiedad intelectual sobre los mismos que tienen los derechohabientes del escritor.

Existe otra confusión generalizada: quien posee un manuscrito porque lo recibió del autor o lo compró, es propietario del mismo en términos materiales, pero no de los derechos de publicación o difusión de lo que allí está escrito. “Los jueces”, decía Héctor Tizón que además de escritor fue juez y ministro de la Corte Suprema de Jujuy, “no entienden demasiado de Propiedad Intelectual, y la asimilan a cualquier otro patrimonio que se trasmite por herencia”. Tizón, viejo sabio conocedor de sus dos tipos de colegas, sabía de lo que hablaba. Nadie impediría a quien recibe un bien inmueble que lo reconstruya, lo alquile o lo venda. Pero la propiedad y la trasmisión de un bien producto de la creación, tiene otros valores.

Defiendo que cualquier texto no publicado sea accesible para los investigadores de la obra de un autor, como sucede en las universidades norteamericanas, y por eso suelen ir hacia allí los archivos de muchos escritores, pero no que se publiquen sin el aval de especialistas autorizados para evaluar y tomar estas decisiones.


 Tomado de la revista Ñ

 Tomado de Letralia

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domingo, 17 de octubre de 2021

Joost Smiers: ¿Debemos Abandonar el copyright?




Joost Smiers, en una librería madrileña. CLAUDIO ÁLVAREZ. Imagen tomada de El País.




¿Abandonar el copyright? 






Es hora de reconocer que hay algo fundamentalmente equivocado en nuestro sistema occidental de copyright, que es la fuente de la aberración según la cual sólo unas pocas empresas puedan tener poder sobre cómo nos comunicamos a través de la Red, y las condiciones bajo las cuales esto ocurre. Es hora de preguntarse si deberíamos seguir funcionando con este sistema de copyright, que es un invento del siglo XIX que no está preparado para la promoción del derecho fundamental a la libre comunicación en el siglo XXI.

Pasemos a analizar el porqué.

Imaginemos cómo sería el mundo sin copyright. En este texto voy a indicar los argumentos básicos a favor del abandono del sistema de copyright. Podría resultar sorprendente, pero esta intervención mejoraría la situación de la mayoría de los artistas en todo el mundo. También garantizaría que nosotros, como ciudadanos y como artistas, no nos veamos privados de nuestro dominio público de conocimiento y creatividad por parte de unos cuantos conglomerados culturales.

Hace algunos meses, Carlos M. Gutiérrez, el Secretario de Comercio de EE.UU., anunció una serie de iniciativas dirigidas a acabar con la rampante piratería de, entre otras cosas, la música. Las pérdidas provocadas por la piratería han sido estimadas en unos 250 billones de dólares anuales, sólo en EE.UU. En un comunicado de prensa, Gutiérrez afirmó: "La protección de la propiedad intelectual es vital para nuestro crecimiento económico y nuestra competitividad a escala global, y tiene importantes consecuencias en nuestro continuado esfuerzo por promover la seguridad y la estabilidad en todo el mundo". Ahora bien, tengo que admitir que nunca se me ocurriría pensar que el copyright podía contribuir a la seguridad y estabilidad global.

Carlos M. Gutiérrez. Imagen tomada de Cubanet.



Se trata de un mensaje fascinante, ¡sobre todo en palabras de un Secretario de Estado norteamericano! Pero Carlos Gutiérrez trató otro aspecto del tema, que resulta más obvio. El copyright se ha ido convirtiendo en una herramienta para hacerse con inmensas inversiones. En la década pasada, se ha convertido en uno de los principales motores de la economía en Occidente, y, más concretamente, de la economía estadounidense. Pero este desarrollo de los hechos tiene un importante inconveniente: las compañías que poseen enormes cantidades de obras bajo copyright pueden, si así lo deciden, proscribir actividades culturales más débiles, no sólo del mercado, sino de la atención del público general. Esto está ocurriendo delante de nuestros ojos. Es casi imposible apartar la atención de las películas taquilleras, los bestsellers y los discos más vendidos plantados ante nosotros por estos leviatanes culturales que, curiosamente, poseen todos los derechos imaginables sobre estas obras. Como resultado de esto, la mayoría de la gente no tiene ni la más remota idea de todas las otras prácticas, menos comerciales, que están teniendo lugar en la música, el cine, el teatro, y las demás áreas artísticas. Esto representa una gran pérdida para la sociedad, porque nuestro mundo democrático sólo puede existir en un entorno de gran diversidad de expresiones culturales libremente articuladas y debatidas.

Retratada por Godfrey Kneller, hacia 1702.
Imagen tomada de Wikipedia
  



Comúnmente se entiende que el copyright, en primer lugar y por encima de todo, protege el bienestar y los intereses de los artistas. Pero la Historia nos enseña que la primera formulación política de alguna manera similar a nuestras leyes de copyright actuales tuvo objetivos muy alejados del cuidado de los ingresos del artista. La primera iniciativa orientada a proteger la propiedad intelectual de la expresión artística pertenece a la Reina Ana de Inglaterra, quien, en 1710, otorgó al gremio de los libreros el monopolio sobre la impresión y publicación de libros; un monopolio que, de forma muy conveniente, eliminaba toda competencia por parte de los impresores en otros lugares, tales como otros países, o la rival Escocia. De hecho, el término copyright lo dice todo: es el derecho exclusivo a copiar cualquier obra. En ningún lugar de las tempranas legislaciones sobre copyright se mencionaba al autor o al artista que había producido la obra. La Reina Ana tuvo sus razones para aprobar esta legislación. No le agradaba demasiado la idea de "libre expresión", y al otorgar al gremio de los libreros el derecho exclusivo de publicar libros obtenía pleno control sobre qué libros podían ser publicados, y qué libros prohibir y barrer del mercado. Al fin y al cabo, el que otorga derechos también puede revocarlos.

El Estatuto de la Reina Ana entró en vigencia en 1710
Imagen tomada de Wikipedia.




Esta legislación de la Reina Ana es el espectro que sigue persiguiendo al copyright hasta el día de hoy, y quizás más ahora que en ningún otro momento histórico. Grupos cada vez más reducidos de entidades cada vez más grandes y más poderosas poseen los derechos exclusivos de cada vez más obras en los campos de la literatura, el cine, la música y las artes visuales. Por ejemplo, Bill Gates, el famoso fundador de Microsoft, también posee una empresa algo menos conocida, llamada Corbis, que colecciona cantidades ingentes de imágenes de todo el mundo. Junto con Getty, Corbis está desarrollando un oligopolio en el campo de la fotografía y las reproducciones de obra pictórica. En otras palabras: una entidad con un gran poder en el mercado, muy similar al poder del gremio de los libreros en el siglo XVI. El oligopolio tiene control sobre qué obras de arte podemos usar, para qué fines, bajo qué condiciones, de manera muy similar a cómo la Reina Ana controlaba la impresión de libros.

Bill Gates. Imagen tomada de Wikipedia.



En la mayoría de las culturas en el mundo, este estado de cosas ha sido, y es, muy indeseable, hasta inimaginable. Los artistas siempre han usado las obras de otros artistas, y siempre se han basado en ellas a la hora de crear nuevas obras de arte. Resulta verdaderamente difícil imaginar que las obras de Shakespeare, Bach y un sinfín de otros pesos pesados de la cultura hubiesen podido existir sin este principio de construir en base a las obras de los antecesores. Pero, ¿qué observamos hoy en día? Fijémonos en el ejemplo de los documentalistas, que se enfrentan a obstáculos poco menos que insalvables, ya que su producción casi inevitablemente contiene fragmentos de contenidos visuales y musicales sujetos a copyright, y cuyo uso requiere tanto el consentimiento como el pago correspondiente al propietario de los derechos de reproducción. Esto último está casi siempre fuera del alcance del documentalista, y lo anterior le da a Bill Gates, o a cualquier otro propietario de copyright, plenos derechos de permitir el uso de "sus" contenidos artísticos sólo de las formas que le parezcan apropiadas. Ahora bien ¿en qué lugar, dentro de todo este entramado, se encuentran nuestros derechos humanos? Los derechos humanos deberían garantizar la libertad de comunicación, y el libre intercambio de ideas y formas culturales fue lo que permitió en gran medida la construcción de nuestra sociedad moderna. Pero este desarrollo cultural humano se detendrá si un grupo reducido de personas o empresas pueden auto-proclamarse "propietarios" de la mayoría de imágenes y melodías que ha creado nuestra sociedad. Esto los pone en un lugar privilegiado para dictar hasta qué punto podemos usar una parte sustancial de nuestros logros culturales colectivos, en qué términos y bajo qué condiciones. Las consecuencias serán nefastas. Se nos está silenciando. Nuestra memoria cultural nos está siendo confiscada y guardada bajo llave. El desarrollo y divulgación de nuestra identidad cultural está siendo mermada, y nuestra imaginación está siendo encadenada por ley.

Al contrario de lo que se pudiera esperar, las aparentemente infinitas posibilidades de la copia y muestreo que permite el uso de las modernas tecnologías digitales no ha hecho más que empeorar la situación. Ofrecer públicamente aunque fuera un segundo de una obra protegida por copyright atraerá de inmediato la atención de los abogados de los "propietarios" de dicho material. Los artistas sonoros, que antes solían muestrear libremente el trabajo de otros para construir nuevas creaciones musicales, ahora son tratados como piratas y como criminales. Han aparecido sectores enteros de la industria dedicados a hacer cumplir la ley, husmeando el universo digital día y noche en búsqueda del menor rastro de obras registradas en el trabajo de otros - y los que han sido cogidos in fraganti, a menudo se enfrentan a perder prácticamente todo lo que tienen.

El copyright tiene otro fallo intrínseco que lo hace insostenible en una sociedad democrática. Hoy en día el copyright se basa casi exclusivamente en la llamada propiedad intelectual. Esto constituye un problema, ya que la definición tradicional de propiedad es irreconciliable con los conceptos intangibles como el conocimiento y la creatividad. Una melodía, una idea o un invento no perderían ninguno de sus valores o utilidades si se comparten entre cualquier número de personas. En cambio, cualquier objeto físico, como por ejemplo una silla, rápidamente pierde su utilidad cuando muchas personas quieren hacer uso de ella. En este último caso, el término "propiedad" tiene un significado y una función claras. Lamentablemente, en las últimas décadas la definición de propiedad ha sido extendida muy por encima de cualquier constricción física. Hoy en día, casi cualquier cosa puede pasar a ser propiedad de alguien, como por ejemplo las fragancias o los colores. Hasta la composición de las proteínas en nuestra sangre y los genes en nuestras células son reclamadas como la propiedad exclusiva de tal o cual compañía, que puede, en consecuencia, prohibir su uso por cualquier otra persona o entidad. Por tanto, ya es hora de reconsiderar el concepto actual de propiedad.

En lo referente a obras de arte, es perfectamente concebible que ninguna persona debería tener el derecho a reclamar la propiedad exclusiva sobre, por ejemplo, una melodía. Todos sabemos que todas las obras de arte, y todos los inventos, se basan en las obras de los antecesores. Esto no quiere decir que tengamos que respetar menos a los artistas que crean nuevas obras de arte en base al trabajo de otros artistas, y tenemos la obligación de contribuir al bienestar y los ingresos de los artistas en nuestra sociedad. Pero retribuir cada uno de sus logros, o su reproducción y hasta su interpretación, con un monopolio extendido a varias décadas, es demasiado, porque no deja nada sobre lo que otros artistas puedan construir. De hecho, hasta criticar la obra de un artista se ha convertido en algo peliagudo, ya que puede "dañar" su "propiedad". Por desagradable que suene, las cosas se ponen incluso peores cuando nos paramos a pensar en que la inmensa mayoría de las obras bajo copyright están en manos de un grupo relativamente reducido de grandes conglomerados corporativos. Estas mega-empresas ni crean, ni inventan, ni producen nada en absoluto, pero exigen que los artistas les otorguen todos los derechos sobre sus obras, a cambio del privilegio de poder distribuir su trabajo.

Desde este punto de vista, hay muy buenas razones para tirar nuestro actual sistema de copyright a la basura. Por supuesto, los artistas se sentirían amenazados por un acto tan radical. Después de todo, sin copyright, perderían todos sus medios de subsistencia ¿no? Bueno, no necesariamente. Veamos, en primer lugar, algunas cifras. Las investigaciones de los economistas han demostrado que sólo un 10% de los artistas se hace con el 90% de los ingresos por copyright, y que el otro 90% de los artistas tiene que compartir el 10% restante. En otras palabras: para la inmensa mayoría de los artistas, el copyright sólo ofrece unas ventajas financieras mínimas.

Además, hay otro fenómeno peculiar: la mayoría de los artistas han llegado a algún tipo de convenio con la industria cultural. ¡Como si estos dos grupos tuvieran algún interés común! Por ejemplo, GEMA, la entidad gestora de derechos alemana, envía cerca del 70% de los ingresos por derechos de reproducción al extranjero, principalmente a EE.UU., donde residen varios de los mayores conglomerados culturales del mundo. En este proceso, al artista promedio ni se le ve.

Lo que se necesita es un medio para asegurar que los artistas puedan obtener una retribución justa por su trabajo, sin el riesgo de verse barridos del mercado y de la atención del gran público por el poder mercantil de la industria cultural. Esto podría sonar algo idealista, y quizás poco realista, pero no podemos subestimar la necesidad social de diversidad cultural.

Lo que resulta interesante es que para los artistas es perfectamente factible existir y desarrollarse sin copyright. Al fin y al cabo, el copyright no es más que una capa de protección alrededor de una obra de arte; y la cuestión es si las ventajas de esta protección tienen más peso que sus inconvenientes. Los artistas, tanto como sus agentes y productores, son empresarios. Entonces ¿qué justifica el hecho de que su obra reciba muchísima más protección (esto es, control monopolista a largo plazo sobre su obra) que el trabajo de otros empresarios? ¿Por qué no van a poder limitarse a ofrecer su trabajo en el mercado libre, e intentar conseguir compradores?

Intentemos predecir lo que podría pasar en el caso de que el copyright fuese abolido. Uno de los primeros efectos sería curioso: de repente, la industria cultural ya no tendría interés en invertir en bestsellers, películas taquilleras y super-estrellas. Si, a falta de copyright y propiedad intelectual, estas obras se pudieran disfrutar e intercambiar por cualquiera, los gigantes de la industria cultural perderían sus derechos exclusivos sobre las obras de arte. Como resultado, también perderían su posición dominante en el mercado, que mantiene a tantos artistas alejados del gran público. El mercado se normalizaría, lo cual permitiría a más artistas presentar su obra, darse a conocer, y conseguir unos buenos ingresos por su trabajo. Estos ingresos vendrían, en un inicio, del hecho de llegar primeros al mercado con una obra determinada. Pero hay otro factor que contribuye al éxito de los artistas. Un mercado cultural más normalizado ofrecería a los artistas más oportunidades de crearse una reputación, como un nombre de marca, que luego podría ser explotada para vender más obras a un precio más elevado. La copia rápida y generalizada de la obra de un artista, algo sólo posible en esta era digital, podría reducir su valor en el mercado, pero sólo serviría para incrementar la reputación del artista. Esto les da a más artistas la oportunidad de seguir vendiendo su obra a un público más amplio que en el actual modelo controlado por la industria.

Por supuesto, abandonar el copyright pone sobre la mesa una serie de preguntas importantes que necesitan ser respondidas. Más concretamente, se hacen necesarios tres ajustes importantes. En primer lugar, está el tema de que la producción de una obra de arte a veces implica una importante inversión de tiempo y/o dinero. Esto necesitaría una protección legal durante un corto período de tiempo, como por ejemplo un año en el caso de la literatura y el cine, tiempo durante el cual el artista podría explotar los derechos de su trabajo de forma exclusiva. Pero este usufructo sería diferente a las prácticas actuales, ya que la obra automáticamente entraría a formar parte del dominio público tras la finalización de este período: tal y como era costumbre en todas las culturas antes de nuestras leyes de propiedad intelectual de hoy.

Por supuesto que la pregunta es, ¿por qué exactamente un año, y no más? La experiencia nos enseña que la vida económica útil de la mayoría de las obras es de un año, o menos. Tras este período, el producir y distribuir la obra ya no resulta tan interesante para terceros, ya que muchos otros podrían hacer lo mismo, lo cual haría inviable la inversión. Una consecuencia evidente de esto sería que ya no podría haber un uso ilegal de las obras de arte: ya que el material en cuestión ya no pertenecería a nadie. La piratería sería un recuerdo del pasado, tal y como lo serían la criminalización y la persecución de las personas que compartan y distribuyan obras de arte, como por ejemplo los que comparten música a través de Internet.

El segundo problema sería, obviamente, el que muchas obras de arte podrían no proporcionar ningún beneficio en un mercado libre durante un tiempo prolongado. Esto podría ocurrir en el caso de que una obra permanezca "desconocida" para el gran público durante mucho tiempo. Aun así, es importante para la sociedad que una gran variedad de obras de arte estén disponibles para el disfrute y el debate público. Los artistas también necesitan tener la oportunidad de desarrollar su trabajo, incluso cuando éste no resulte interesante para el mercado más amplio. El desarrollo de las aptitudes y el estilo personal del artista habitualmente necesita mucho tiempo, pero está en el interés de toda la sociedad el invertir en este desarrollo. Por esta y otras razones, la sociedad tiene la obligación de apoyar la creación de estas obras de arte por medio de subsidios y otros modelos de apoyo.

El tercer problema se refiere a la totalidad del mercado cultural. Abandonar el copyright eliminaría una base importante de la dominación de nuestras industrias culturales, pero eso no implicaría, necesariamente, que su dominación llegue a su fin. Las industrias establecidas seguirían manteniendo en sus manos el control sobre la producción, la distribución y el marketing a gran escala de los productos y servicios culturales. Esta es una de las razones de su actual éxito: el mantener el control total sobre la obra de arte, desde su gestación hasta el consumidor final, y es este modelo de distribución el que en gran medida determina de qué películas, libros, producciones teatrales y materiales visuales podemos disfrutar.

Esta concentración de poder sería indeseable en cualquier sector industrial, pero tiene un efecto especialmente nefasto en el campo de la cultura. Por tanto, podríamos imaginar que el mercado cultural fuese sometido a una especie de ley de la competitividad con un fuerte énfasis cultural. Esto estaría relacionado, entre otras cosas, con la posesión de medios de producción y distribución de productos culturales. La legislación también sería llamada a obligar a las empresas culturales a (re)presentar a la totalidad de la actual diversidad cultural que está siendo creada por artistas locales e internacionales.

Este modelo haría que un mundo sin copyright sea no sólo perfectamente imaginable, sino muy beneficioso para muchos artistas, y lo convertiría en una verdadera bendición para la democracia cultural.


Tomado de Contranatura.



 
Joost Smiers: Imaginando un mundo sin copyright







viernes, 15 de octubre de 2021

Sara Lloyd y su Manifiesto de una editora para el siglo XXI


Sara Lloyd. Imagen tomada de New Writing North.




A lo largo de las dos últimas semanas, Sara Lloyd ha venido publicando por entregas su “Manifiesto de una editora para el siglo XXI” (A book publisher’s manifesto for the 21st century) en el blog de Pan Macmillan Digital Publishing, The Digitalist.

Sin duda habrá quien opine que este Manifiesto es alarmista; a otros les parecerá atinado y objetivo. En cualquier caso, creemos que merece ser leído y considerado por los editores de habla española, y por eso hemos decidido traducirlo y presentarlo aquí como descarga en formato PDF.

Por mi parte, pienso que se trata de un documento muy lúcido y oportuno, que examina desapasionadamente la encrucijada en que se encuentra la industria editorial y los desafíos que se le presentan, no ya en un futuro incierto (que también), sino en este mismo momento.

Porque… ¿tiene todavía un futuro la industria editorial? Esta es la pregunta crítica que se formula Sara Lloyd, y la respuesta no está clara. Las amenazas que describe son mayores y más inminentes de lo que solemos pensar, y las soluciones que apunta en su manifiesto requerirían de los editores una agilidad y una flexibilidad mental que, hoy por hoy, no parecen abundar.

He aquí un par de citas para ir abriendo boca:

Uno de los cambios de percepción críticos que los editores tenemos que realizar, pues, se refiere al libro como “producto”. Mientras sigan concibiendo el libro como un objeto definible entre dos tapas, como una “unidad” singular, los editores seguirán limitando el papel que desempeñan en su producción y distribución, y esta es una manera segura de borrarse ellos mismos del futuro de la creación y difusión de contenidos.

Quizá la única manera de responder a todo esto consista en que los editores vuelvan a centrarse en desarrollar un conocimiento especializado en nichos verticales, aprovechando el “nicho profundo” que se encuentra en el mundo de larga cola de Internet […] También deberían crear marca en torno a nichos de tema o género, de manera que sus plataformas puedan ganar tracción sobre las de sus competidores, y mejorar mucho, mucho en venta directa y márketing.

Si quieren convertirse en un puente eficaz entre autores y lectores, los editores tendrán que introducirse más en el espacio del vendedor final y desarrollar relaciones directas con los consumidores de su contenido. Cualquiera que sea la forma que adopte el futuro, parece que los editores no van a sobrevivir a menos que recuperen algunas de las funciones que con los años han ido cediendo a otros partners en la cadena de distribución.

Sea como fuere, aquí está el documento. Nos gustaría saber qué opinan de él los editores, a quienes, a fin de cuentas, va dirigido.

Descargar el Manifiesto de una editora para el siglo XXI (PDF, 131 Kb)

(Si prefiere la versión original, la encontrará aquí.)


Tomado de Soybits





Sara Lloyd from Pan Macmillan talks to The London Book Fair





Manifiesto de una editora p... by Miguel Braga Rodrigues










sábado, 14 de abril de 2018

QUEVEDO QUIERE COBRAR SUS HONORARIOS EN ISLANDIA



Francisco de Quevedo.Imagen realizada por  Fernando Barrial.


QUEVEDO QUIERE COBRAR SUS HONORARIOS   
            

Carlos Yusti


                El quehacer intelectual al parecer siempre ha sido un trabajo de jornalero sin jornada, de negro en las plantaciones de la escritura como escribió Lichtenberg. En fin que es un oficio absurdo, como el realizado por Sisífo, y para redondearlo todo, mal remunerado. Que el escritor pase por caja para cobrar por sus escritos tiene sus pro y sus contras.




                Esto del escritor pesetero ( o tarifado) me hunde en una angustia vital como esa especie de desosiego que infecto a Rimbaud y lo precipitó a dejar su escritura y se largó hasta a la Abisinia para comerciar armas y  hacer otros negocios menos transparentes que la poesía.  O sea, todo muy posado y  literaturesco. Sin embargo salgo de este remolino de mal rollo y asumo que muchos escritores de ocasión piensan que si alguna revista literaria, o algún diario, paga sus escritos se esta respetando su faena intelectual. En un mundo donde todo se compra y donde todo se vende no creo que tener precio sea sinónimo de respeto.

                Las argumentaciones sobre el cobro del trabajo literario resulta más bien anacrónica, por no decir irrisoria y posmo. Al parecer muchos escritores confunden su oficio con el oficio más antiguo o con el de los abogados, quienes por escribir dos cuartillas de documentos, redactados en una jerga incomprensible, te cobran sin mucha metáfora un buen dinero. Es lamentable que a un poeta le digan a como tiene el kilo de poesía, que a un escritor le pregunten cuanto cuesta por metros cuadrado lo que escribe.

                Los escritores novicios suelen pecar, en muchas oportunidades, de excesiva inmodestia y cierto pederasta narcisismo. Ingenuamente creen que esa poesía de bar barato sin estrellas y esa prosa municipal espesa en cursilerías, que escriben es lo plus ultra de la prosa nacional; sin mencionar el hecho que por haber ganado  premios literarios, en concursos de tercera, se tengan por un seres superiores,  especie de Dioses, con resaca, de todos los días; que miran por encima del hombro a todo aquel con proterva inclinación hacia la escritura.


Henry Miller

                La historia de los escritores que la han hecho de factótum, para subsistir, es bastante extensa. T. S Eliot era un morigerado empleado bancario, con corbatas fúnebres, pero que escribía una poesía de meditación profunda alejada de los números. Henry Miller hizo de camarero, boxeador, cuidador de retretes, etc., para malcomer y convencido que carecía de talento para la literatura agarró ejemplares de su primer  libro publicado "Trópico de Cáncer" y los envió al azar por correo. Gabriel García Márquez cuando comenzó su carrera de escritor era a lo sumo un gacetillero a destajo. Fungía como redactor jefe de una revista amarillista llena de crímenes y prosa descosida con un sin fin de noticias vulgares y sangrientas. Stendhal comenzó de escritor haciéndola de plagiario inteligente y luego cuando escribió sus propios  libros muchos de sus contemporáneos  los ignoraron por completo. La frase de Stendhal a este respecto es célebre: "Dentro de cien años mis libros serán leídos y lo que es peor todavía, serán comprendidos". Honorato de Balzac era una bestia de la escritura y aunque sus libros se vendían bien jamás pudo vivir con holgura, aparte que era dandy botarate, y sobrevivía a expensa de sus amantes entradas en años y títulos nobiliarios. Jorge Luis Borges estuvo trabajando por muchos años como apolillado y enneblinado bibliotecario en Buenos Aires, luego hubo un cambio gubernamental y el nuevo gobierno lo nombró inspector plenipotenciario de aves y conejos para la municipalidad. Al pobre Borges no le quedó otra salida que escribir su carta de renuncia, agradeciéndoles, por supuesto, la gentileza por el cargo designado. Este singular episodio de Borges fue recopilado en una historieta con guión y dibujos ilustrador, e historietista Lucas Nine. En ella Borges está trajeado al estilo de los detectives del cine policial negro de los años 40 (sobretodo y sombrero), llevando a cabo su trabajo de inspector en un ámbito de aves de corral y gallineros diversos, en una Buenos Aires de la época, a la par realiza divagaciones sobre literatura y se encuentra, de manera fortuita, con otros escritores como Adolfo Bioy Casares, Oliverio Girondo o Witold Gombrowicz. Otro escritor que tuvo trabajos pocos dignos fue Camilo José Cela quien estuvo de empleado de Franco. Trabajó algún tiempo, para comer según sus propias palabras, en el comité de censura. Su trabajo consistía en estampar sellos de aprobación o rechazo a  publicaciones y revistas. Andrés  Malraux   fue   ministro   de cultura en Francia durante el gobierno de Charles de Gaulle. Quevedo, que fue un maromero del trabajo otro, para mitigar los ayunos, escribió con exacta claridad: "El que escribe para comer, ni come ni escribe".

                En nuestro contexto hay infinidad de casos, sin embargo el más singular de todos quizá sea el protagonizado por Rafael Bolívar Coronado, autor de la letra del Alma Llanera y de quien Rafael Castellanos escribió una documentada biografía.


Rafael Bolívar Coronado

                Bolívar Coronado vivió, caso caprichoso, de escritor a tiempo completo. Asumió la literatura como una forma de vida y contra todos los obstáculos.  Comprendió sin amargura que era un don nadie de las letras y por esa razón recurrió a los nombres de escritores consagrados para firmar sus    libros   y   escritos. Sin   empacho  estampó  en  sus escrito los nombres de Codazzi, Ramón Mendoza, Rufino Blanco Fombona, Uslar Pietri, Santos Chocano, Diaz Mirón. También se hizo pasar por copista y vendió unos falsos libros escritos supuestamente durante la Colonia y procedentes de la Biblioteca Hispánica en Madrid. Muchos camelos de esta índole pergeño con gran  virtuosismo Coronado. El   mejor   cuento  de  Uslar Pietri,  que  jamás  este  escribió,  es de Coronado. De esta manera engañosa este escritor y poeta, como el mismo lo escribió, "pudo sacarle las telarañas a las muelas". O sea usurpó con deliberada alevosía el nombre de otros escritores y realizó un sin fin de trapacerías (o chanchullos) para ser escritor. La inmortalidad y toda esas vanas fruslerías de estatuas y academias a Coronado le importaban un bledo ante el hambre real, que le azotaba en las entrañas. Pudo haber destacado en cualquier cargo público debido a su ingenio de pícaro y a su inteligencia de buscavidas, pero se decidió por la escritura a manera de redención. Si uno ha de vivir de las letras que sea al estilo de Coronado, al puro y claro estilo del malandreo   tipográfico  y  la irreverencia sin matices por las bellas letras y sus amuermados escritores consagrados. Su frase es proverbial: “Hizo todo esto para sacarle la teleraña a las muelas”. Coronado infunde una fe fanática al vivir de escritor las veinticuatro horas del día y eso no tiene tarifa.

                 Nuestros jóvenes escritores, con dos o tres libros publicados, ya se venden como autores en la cúspide, se promocionan escritores impertinentes y apenas llegan a chevalier servant de las letras y los maestros literarios del día. 




                En las universidades se gradúan a diario miles y miles de licenciados en letras que  por lo demás no vivirán de su trabajo literario, apenas la harán de profesores de castellano, o en el peor de los casos de covachuelista lamepies de los políticos de turno, corrigiéndole las faltas ortográficas y  políticas.

                Para vivir EN escritor la única regla es escribir mucho, a todo momento y en todas partes, hasta los baños públicos son buena hoja, pero para vivir DE escritor hay que escribir poco y hacer relaciones públicas. Escribir para alabar las bolserías escritas por las diferentes mafias de literatos que pululan en el país y luego enchufarse en los brindis de la Asociación de Escritores y en los premios, lo demás es comprase un lápiz y una libreta para luego, como basto pulpero, sacar las cuentas.

                En lo particular jamás me hubiese imaginado a Quevedo escribiendo plañideras súplicas para que le pagaran sus honorarios. De allí que los ruegos de esos escritores segundones, en plan de polémicos,  exigiendo que les paguen lo que sea,  por su trabajo, creyéndose  por ello sublimes sin notar que hacen el ridículo, me resulten lamentables. Ya lo decía mi querido Umbral, sólo se tiene un prosa singular cuando se es un hombre singular, estos que quieren sus honorarios por servicios prestados son del montón y lo que uno busca cuando escribe es marcar pauta, salir del recuadro y magializar la vida a través de una escritura espuria y aleatoria. Cobrar es fácil, lo difícil es escribir como Quevedo.

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Los dos libreros de Bókin, esta semana, en su mítico establecimiento de Reikiavik, donde el desorden es sólo aparente (Kim Manresa)


CON SÓLO 320.000 HABITANTES

Islandia, la isla de los escritores subvencionados.

Es el país con mejores índices de lectura del mundo, y cuenta con un original sistema de sueldos públicos a sus escritores

XAVI AYÉN, Reikiavik, KIM MANRESA

26/02/2017 01:35 | Actualizado a 26/02/2017 17:38
“Todo el mundo tiene un libro en su estómago”, dicen los islandeses. Y, desde luego, ellos lo tienen: son el país con más escritores del mundo, con más libros publicados y más libros leídos (en las medias por habitante). En este país, el de las sagas medievales, la literatura no es cualquier cosa. Aquí los escritores reciben un sueldo del Estado para que escriban tranquilamente. Y se calcula que una de cada diez personas publicará algo a lo largo de su vida. El 93% de la población lee al menos un libro al año, y más de la mitad compra al menos ocho títulos, lo que hace que las ventas proporcionales –sobre todo, las de novela negra– sean mucho más altas que las de sus vecinos escandinavos.


Hallgrímur Helgason

Si bien, como apunta el pintor y novelista Hallgrímur Helgason (Reikiavik, 1959) –autor de 101 Reikiavik (RBA) y La mujer a mil grados (Lumen/62)– “tenemos muchas horas de oscuridad –en enero algunas zonas cuentan con solo tres horas de sol–, afuera hace mucho frío y algo hay que hacer” , existen muchas causas que explican el papel central de la lectura en la cultura islandesa.


Audur Ava Ólafsdóttir en la terraza del Café Haití de Reikiavik, junto a un ejemplar de su última novela, 'Cicatriz', aún inédita en España.

Jón Kalman Stefánsson (Reikiavik, 1963) está a punto de publicar El corazón del hombre (Salamandra), novela que cierra su llamada Trilogía del muchacho, protagonizada por un personaje innominado, “el muchacho”, que se deslumbra ante las bibliotecas llenas de libros de las casas de los ricos “e identifica no solo la sabiduría, sino la riqueza, con la presencia de libros”. Jón Kalman (en Islandia no hay apellidos, sino patronímicos, es decir, Stefánsson solo nos dice cómo se llamaba su padre) apunta, asimismo, que “vive en nosotros, desde tiempos remotos, la creencia en el poder de la palabra. Hoy vivimos inundados de palabras y, de entre todo ese alud, debemos esforzarnos por distinguir aquellas que realmente dicen algo. Estamos convencidos de que, sin la palabra, no existiría siquiera la vida. En el Génesis, Dios tuvo que usar palabras para que se hiciera la luz. Puedes pasar de ser feliz a infeliz solo por palabras. Aquellos que escriben deben tener fe en el poder antiguo de las palabras, sobreponerse a las dudas que a todos nos atraviesan a veces”.


Jón Kalman Stefánsson

En estos momentos, unos 70 escritores islandeses están cobrando un sueldo, por un período que puede ser de tres, seis, nueve meses o un año y en algunos casos excepcionales alargarse hasta los dos años. De esos 70, solamente quince lo cobran durante un año o más. Cuando las ayudas empezaron, a mediados de los años setenta, se equipararon al salario de un profesor universitario, pero ahora equivalen al de un camarero, según los estándares del país: son 3.230 euros brutos, que se quedan –tras el pago de los elevados impuestos– en unos 2.400 euros netos. Sus perceptores no son estudiantes o aprendices, sino escritores profesionales “que suman a este dinero los ingresos por sus derechos de autor”, aclara Ragnheidur Tryggvadottir, secretaria de la Asociación de Escritores, que añade: “Es la base que permite su profesionalización”. Prácticamente todos los escritores del país –salvo el superventas internacional Arnaldur Indriðason, que ha vendido millones de ejemplares de sus traducciones– lo han disfrutado en alguna ocasión.


Gudmunda María Sigurdardóttir y Sylvia Lind Porvaldsdóttir, dos amigas islandesas, leyendo en una librería Eymundsson para leer y trabajar por las mañanas (Kim Manresa)


La explicación es que es imposible subsistir viviendo solo de las ventas de tus libros en un país de 320.000 habitantes. Arnaldur, el número 1, es el único que alcanza los 20.000 ejemplares vendidos. Los autores cobran, en todo el mundo, un 10% del precio de cada libro. Aquí, un título de gran éxito es el que llega a las 3.000 copias –el equivalente a 460.000 en España–. Si el libro cuesta, pongamos, 20 euros, el autor solamente ingresaría 6.000 euros –menos los elevados impuestos– por el trabajo de varios años. “Se hace imprescindible la ayuda estatal”, opina Guðrún Vilmundardóttir, la editora de Jón Kalman y Auður Ava Olafsdóttir en Benedikt, uno de los nuevos sellos que han nacido últimamente, en este caso como una escisión de Bjartur-Veröld, la segunda editorial del país. “Sin ayudas, solo podrían vivir dos autores, a lo sumo tres”, aclara a su vez Úa Matthíasdóttir, directora literaria de Forlagið, la primera editorial en tamaño, para quien “la identidad islandesa está muy ligada a la literatura y la lengua y, si queremos conservarla, hemos de producir libros islandeses interesantes”. “¡Necesitamos poetas, ensayistas, narradores!”, clama Ragnheidur.

La secretaria de la Asociación de Escritores puntualiza que “muchas de las peticiones, la mayoría, son rechazadas”. El comité que decide a quién se destinan los fondos está formado por tres académicos de la universidad, que a su vez escogen a otras tres personas. “Antes había miembros de la asociación directamente, pero hubo críticas porque en ocasiones miembros de la junta solicitaban las ayudas para sí mismos, y hace un año cambiamos el sistema. No se hacen público los nombres del jurado hasta que no han emitido su veredicto”. En su solicitud, cada escritor debe explicar razonadamente el proyecto en el que está trabajando, el tiempo que necesita para finalizarlo y otros detalles. Es un sistema radicalmente diferente al fenecido suport genèric que hubo en su día en Catalunya, que consistía en que el Govern compraba ejemplares de los libros publicados en catalán, lo que no distinguía entre buenos y malos proyectos.


Ragnheidur Tryggvadottir, secretaria de la Asociación de Escritores Islandeses, en la sede de la institución, que participa en la concesión de ayudas a los creadores (Kim Manresa)

Al principio, existía un consenso social sobre la necesidad de subvencionar a los escritores. Sin embargo, la crisis económica del 2008 hizo que cerraran muchas editoriales y que brotaran algunas críticas –“sobre todo en la prensa sensacionalista”, apunta Guðrún– y “algunas personas se preguntaron en público por qué los escritores debían cobrar un sueldo, es un tema fácilmente manipulable, se dice que hay problemas con las residencias de ancianos y que el dinero va a los escritores, pero es falso porque son cantidades muy distintas”, explica Úa. Incluso hubo algún escritor, como el guionista Stefán Máni, que se opuso públicamente al mecanismo. Las encuestas más recientes señalan que un 54% de los islandeses todavía apoya este sistema único en el mundo, aunque los que se oponen superan el 40%. Por partidos, solo los votantes del derechista Partido de la Independencia y los liberales del Partido Progresista preferirían acabar con estas subvenciones –aunque la cúpula del primero, hoy en el gobierno, no está por la labor– mientras que en los otros cuatro partidos del parlamento –socialdemócratas, verdes, Futuro Luminoso y Partido Pirata– hay una amplísima mayoría a favor del sueldo por escribir. Helgason, de hecho, tilda de “thatcheristas” a los que critican estos salarios temporales. Y los editores extranjeros se preguntan: ¿sería posible un sistema similar en un país más grande? (por ejemplo, en Catalunya).


Halldór Laxness

La riqueza de la literatura que viene de Islandia es difícilmente cuestionable. Junto a autores de novela negra comercial –como Arnaldur o Yrsa Sigurðardóttir– encontramos, entre los traducidos al español y catalán, la revisión entre lírica y épica de los relatos de marineros que realiza Jón Kalman, una suerte de realismo mágico isleño; o los personajes rabiosamente contemporáneos de Auður Ava –hombres sensibles, nuevas familias, mujeres que encaran naufragios sentimentales– ; las singulares visiones histórico-vanguardistas de Sjón –también letrista de Björk–; o a todo un clásico en vida como Guðbergur Bergsson (Grindavík, 1932) , que obtuvo en el 2004 el premio escandinavo de la Academia Sueca, considerado el pequeño Nobel. En su piso frente al impresionante y gélido mar de la capital, el siempre punzante Guðbergur nos dice que la literatura islandesa actual “no me interesa en especial, no son escritores muy originales, es como un remake de autores que ya existieron, los hay que siguen en el siglo XIX con la dura vida de los pescadores”. Bergsson recuerda la década de los ochenta en España, donde vivía junto a su pareja, el editor Jaime Salinas, y dice que “también el gobierno español había tenido ayudas a la creación, es algo normal. Esto empezó en Escandinavia para que los escritores vivieran decentemente. En el siglo XIX, el mismo Hans Christian Andersen recibió una subvención del rey que le permitió iniciar sus viajes por Europa”.


Auður Ava Ólafsdóttir (Reikiavic, 1958), autora de éxito internacional con obras como Rosa candida, La mujer es una isla o Excepción (todas en Alfaguara) también se beneficia de las ayudas. “En mi caso, trabajaba como profesora en la universidad, y lo he dejado después de veinte años para lanzarme al vacío, para ser escritora a tiempo completo. Es una ayuda que sirve para que la gente se atreva a tomar esos pasos. Nuestro mercado es muy pequeño. La sociedad recibe luego diez veces más de lo que ha dado”. Un estudio del profesor Ágúst Einarsson, de la universidad de Bifröst, estima que la industria editorial supone el 1,5% de la economía nacional, según datos del 2014. En cualquier caso, desde que el país se independizó de Dinamarca en 1944, la lengua islandesa –frente a la danesa y el inglés, que hoy todos hablan– es el eje de la identidad nacional, y el premio Nobel a Halldór Laxness en 1955 disparó la autoestima literaria del joven Estado.


Úa-Hólmfríður Matthíasdóttir, directora literaria de Forlagid, lap rincipal editorial del país, en la sede de su empresa en el centro de Reikiavik

Algunos estudios apuntan la posibilidad de que el islandés acabe extinguiéndose. Contra esa posibilidad se erigen también las subvenciones. La editora Úa revela que “muchos niños islandeses están leyendo en inglés porque, por ejemplo, no pueden esperar a que se traduzca el nuevo Harry Potter. Nuestra obligación es que con los libros no acabe sucediendo como con los videojuegos”.


Gunnar Gunnarsson

La sede de la asociación de escritores en Reikiavik es la antigua casa del escritor Gunnar Gunnarsson, fallecido en 1975. Allí, encima del sótano donde se alojan escritores de otros países –que vienen becados a escribir libros sobre Islandia Ragnheidur detalla la historia“del apoyo a los escritores: “En los años 70, el parlamento aprobó una ley sobre subvenciones. Durante muchos años hubo fuertes presiones de otros artistas para poder tener también salarios y, finalmente, en 1992, se aprobó la ley todavía vigente, que extiende esos sueldos a otras categorías de creadores. Originalmente eran tres: escritores, artistas plásticos y compositores. Más tarde se le añadieron fotógrafos, músicos y diseñadores, y esas son las seis categorías actuales. Las condiciones varían en cada caso: para los escritores tenemos un total de 555 mensualidades, a distribuir entre todos ellos, en períodos que van de los tres meses a los dos años”. ¿Se exige a los escritores subvencionados que presenten luego el libro que hayan escrito? “No. No se les paga por un libro, sino para que trabajen, al finalizar deben presentar una declaración detallada donde explican lo que han estado haciendo y, si no la presentan, no pueden solicitar jamás un nuevo salario”.

Puede que sea verdad eso que dicen los islandeses, y que todos tengamos un libro en el estómago. Aunque, a veces, haya que ayudarle a salir.


Tomado de La Vanguardia


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Carlos Yusti en Barcelona, con la estatua de Colon al fondo, al final de la Rambla donde desemboca en el puerto.

Carlos Yusti (Valencia, 1959). Es pintor y escritor. Ha publicado los libros Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994) y De ciertos peces voladores (1997). En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión. Como pintor ha realizado 40 exposiciones individuales. Fue el director editorial de las revistas impresas Fauna Urbana y Fauna Nocturna. Colabora con las publicaciones  El correo del Caroní en Guayana y  el Notitarde en Valencia y la revista Rasmia. Coordina la página web de arte y literatura Códice y Arte Literal


 Tomado de Letralia