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miércoles, 25 de junio de 2025

“EL CERO Y EL INFINITO” Y “LA CONFESIÓN”

 

Imagen tomada de aquí.



Crónicas del Olvido

EL CERO Y EL INFINITO” Y “LA CONFESIÓN”

**Alberto Hernández**




“Es imposible para mí vivir más lejos del arte, al cual he dado mi vida, ya que ha sido destruido por el ignorante y arrogante mando superior del Partido y este mal no puede ser enmendado. Los mejores exponentes de la literatura –un número que los sátrapas zaristas no podían ni soñar llegar a tener- han sido físicamente exterminados o han muerto bajo la mirada condescendiente y criminal de aquellos que ostentan el poder”.


Aleksandr Fadéyev. Imagen tomada de aquí.


-Nota suicida de Aleksandr Fadéyev, autor de la novela “La Joven Guardia”- (*) 

1.-

Nicolás Salmanovich Rubachof está sentado frente a Ivanof. Con el parpadeo inseguro frente a la cara iluminada del ex comisario del pueblo comienza el interrogatorio de lo que habría de calificarse como el Proceso de Moscú, situado entre 1936 y 1938. Se trata de una escena tenebrosa, gris sino fuera por la lámpara que ciega al preso de la celda de los 400.

Arthur Koestler. Imagen tomada de aquí.


El cero y el infinito” (“Darkness at Noon”) del húngaro Arthur Koestler, publicado por Ediciones Destino, S.L., Pelayo 28, Barcelona, España 1954, cuenta los avatares de un período terrible por el que pasaron no sólo los enemigos del despotismo de la URSS en tiempos de Stalin, sino también quienes por alguna razón se “desviaron” del camino “correcto” de la revolución, entre ellos los fundadores – la llamada vieja guardia- del primer régimen comunista creado por Lenin en 1917.

Artur London. Imagen tomada de aquí.


Confieso que no sabía –o no recordaba- que ese libro estaba en un rincón oscuro de mi biblioteca. Mientras leía “La confesión” de Artur London, me dio por husmear entre tantos títulos con la intención de encontrarme con otro texto dedicado a esa epidemia criminal instaurada en aquella Europa hoy superada pero amenazada por otros monstruos colectivistas tanto ideológicos como religiosos.

Y se me dio la ocasión de encontrarme con este Koestler que un día me sonó familiar por algún texto cercano a Walter Benjamin o a Hannah Arendt.

Comencé la lectura sin descanso. La lectura de un libro de 260 páginas donde la tensión dura hasta el último párrafo, pese a que algunos autores señalan que este largo relato del húngaro, luego nacionalizado británico, se queda corto ante el sufrimiento contado por Solneyitzin, Ajmátova y otros prisioneros del Gulag, entre otros infiernos comunistas o nazis, que en fin de cuentas tienen el mismo objetivo: el exterminio.

Entré de lleno en la personalidad de Rubachof, quien ya había demostrado sus cualidades como interrogador, como torturador psicológico, y quien había hecho fusilar hasta a su secretaria Arlova. Un hombre duro, inclemente, incapaz de expresar el más leve sentimiento de perdón. Pues bien, le tocó a él, precisamente, ser víctima de uno de sus más cercanos camaradas. 

Como todo libro que aborda estos temas, la historia se desarrolla en un clima áspero, oscuro, frío. Rubachof está encerrado en una celda, rodeado de otros presos a quienes no conoce, pero sí sabe de su destino como el que le tocará a él: ser fusilado con un tiro en la nuca.





2.-

Koestler nació en Hungría en 1905. Hijo de judíos siempre fue un “disidente vocacional”. Preso de Hitler y de Franco, perseguido de los nazis por toda Francia, termina en Londres, donde en 1983 se suicida con veneno en compañía de su esposa.

El autor llegó a señalar: “Arruiné la mejor parte de mis novelas por mi manía de defender en ella una causa; sabía que un artista no debe exhortar ni pronunciar sermones, y seguía exhortando y pronunciado sermones”.

Esta declaración del autor de “El cero y el infinito” desmiente la afirmación de un autor según la cual KoestlerNo escribió para la eternidad”. Pues bien, esta novela, que tiene mucho de historia real y de autobiografía, es más que una novela, es un testimonio sobre un tema que en estos tiempos que nos tocan está vigente, porque el monstruo del fascismo, el comunismo y el nazismo aún se mueve entre nosotros. Algunos críticos han llegado a expresar la poca cercanía literaria de esta obra. Para este cronista es una novela con todos los ingredientes de una excelente novela. Manejo de los personajes, de la ambientación, del suspense, de la tensión y de la narración: no tiene desperdicio.

Rubachof es un referente de los enjuiciados, la otrora “joven guardia”, Zinóviev, Kámenev, Mrajkovski, Bujarin, Piatokov, Rykov, entre otros, sometidos al escarnio por fiscales como Vishinki, Ivanof o Gletkin, sujetos a la realidad o a la ficción. 


La imagen superior es de Japón después de sufrir dos bombas atómicas. La imagen inferior es de La Habana, Cuba después de 66 años de Socialismo.
Imagen tomada de aquí.



3.-

Stalin se decía lingüista, creador de monsergas morfo sintácticas donde cabía cualquier expresión ligada con el lenguaje, con el comportamiento verbal de los comunistas. Para este proceso, el de Moscú, se fabricó la “ficción gramatical”, que trataba el yo singular (el cero) y el yo colectivo (el infinito); sobre ese teorema donde también se expresaba una matemática criminal, el militante estaba obligado a borrar su personalidad y limitarse a ser masa, volumen sin identidad. Y quien no entrara por el aro era destruido como sujeto psíquico durante los interrogatorios y como físico con el tiro en la nuca, detrás de una de las orejas. Envilecidos, los presos terminaban autoculpándose y admitiendo que merecían morir por haber traicionado a la revolución.

El partido lo era todo. Era el todo: “-El Partido no se equivoca jamás –dijo Rubachof-. Tú y yo podemos equivocarnos. Pero el partido, no. El Partido, camarada, es algo mucho más grande que tú y que yo y que otros mil como tú y como yo. El Partido es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia…”

Y como “en el paraíso no hay criminales” sino culpables o sospechosos de serlo, la última hora de vida del personaje se fija, precisamente, en la pérdida de ese “paraíso”, de ese sueño que se convierte en una pesadilla. 

Esta obra merece un trabajo más extenso, pero para los efectos del espacio, la empalmo con el título de London, “La confesión/ En el engranaje del Proceso de Praga” (“L´Aveu”) publicado por Monte Ávila Editores, Caracas, 1970, contiene el testimonio de quien fue funcionario del Partido Comunista en varios países de Europa y terminó siendo otro chivo expiatorio, en este caso, no como el anterior de Rubachof, quien tuvo que pasar por la maquinaria policial del régimen y acumular gran cantidad de expedientes falsos que a la larga se convirtieron en “verdades” que lo condujeron a la prisión, con la diferencia de que luego quedó en libertad y se fue a vivir a Francia. 

Al final, luego de tanto sufrimiento, a London, quien había nacido en Ostrava, en 1915, en mayo de 1968, le fue conferida la Orden de la República Checoeslovaca.

Manuel Caballero en 2008. Tomado de Wkipedia


Manuel Caballero, en su libro “Ve y toma el libro que está abierto en la mano del ángel” (Editorial Ateneo de Caracas, 1979), escribe:

“Son muy pocos los que podrían resistir verse tratados en esa forma por sus propios camaradas sin cargarse de odios definitivos, sin maldecir para siempre, con toda la quiebra moral que ello significa, las ilusiones de su juventud. London nos proporciona el más hermoso de los espectáculos, que es su absoluta fidelidad para consigo mismo”. Caballero aún creía que era posible la redención del hombre a través del socialismo, razón por la cual, líneas más abajo, casi justifica el sacrificio de London. Pero eso ya es parte de otro relato. 

Ambos libros, que han sido fichados por este autor extensamente, merecen un estudio más sosegado, pero los días corren rápidamente y es preciso dejar sentado que tanto London como los personajes de “El cero y el infinito” siguen existiendo, no en nuestra imaginación, sino en cárceles de este país nuestro y en otros donde impera el “socialismo”, esa venganza histórica que no termina de desaparecer, pese a que quien lo practica tampoco cree en él, sino en los beneficios que éste les aporta. 

Una cita acerca de este invento stalinista, la leemos a continuación en “La confesión”:

Kohoutek me anuncia, una mañana, que Doubek controlará personalmente si yo conozco bien mi proceso verbal estudiado de memoria. Me llevan a su despacho. A su lado está sentado un hombre que nunca vi y que escuchará muy atentamente mi recitación, sin pronunciar una sola palabra. ¿Uno de los “verdaderos” jefes? Doubek, por su parte, se declara satisfecho: aprobé mi examen con éxito”.

Es decir, una confesión fabricada con el “permiso” del mismo confesado, quien no tenía opción si quería que su familia y sus amigos siguieran respirando. 

4.-

Dos libros, entre tantos, que hurgan en la llaga de una maldición que asoma la cabeza cada cierto tiempo, como esos tumores que se esconden en el tejido sano de los cuerpos vivos.


(*) A. Fadéyev fue uno de los escritores soplones más notables al servicio de Stalin. Acosó, persiguió e hizo encarcelar y asesinar a muchos músicos de la URSS. Con la muerte del “padrecito” y la llegada de Nikita Kruschev al poder, perdió todos sus privilegios y se suicidó en 1954



*******


Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.


Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Galina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

jueves, 17 de febrero de 2022

La posmoderna mojiganga ha terminado





La agonía de la posmodernidad

 

La crisis que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia sigue coleando aún

 

 

 

 

Lluís Duch / Albert Chillón 
 
 
 25 FEB 2012.
 
 

 

Desde los años sesenta del pasado siglo hasta la quiebra que estamos viviendo, la palabra posmodernidad ha designado toda una época en la historia de Occidente, una especie de epílogo que habría tornado líquido el carácter sólido de la modernidad clásica, según Zygmunt Bauman, y hasta gaseoso, de acuerdo con la más sugestiva metáfora que en su Manifiesto Comunista propusieron Marx y Engels. La modernidad capitalista, vinieron éstos a decir, se distinguía porque todo lo que había sido o parecido firme se desvanecía en el aire; proceso de sublimación que se precipitó una centuria después, cuando la prosperidad subsiguiente a la hecatombe mundial trajo consigo —junto con otros factores— un nuevo espíritu del tiempo. De la moral puritana se pasó al ethos individualista y hedonista; del auge de los ídolos a su solo aparente crepúsculo; de la sucesión de estilos puros a su promiscuidad; de las utopías que buscaban la consumación del futuro al culto a la consumición del ahora; y de la reverencia a la Verdad una y mayúscula, en fin, a la coexistencia de verdades relativas, minúsculas y plurales.

Zygmunt Bauman. Imagen tomada de Clarín.


En 1979, J.F. Lyotard ofició el bautizo de la época recién nacida, tomando prestado el vocablo de la jerga arquitectónica: confrontada a la seriedad y la coherencia, la conciencia social y la subordinación de la forma a la función propias de la arquitectura moderna —la de Lloyd Wright, Le Corbusier o la Bauhaus—, la arquitectura posmoderna sería estetizante, incoherente y jovial, ecléctica y sincrética incluso, mucho menos atenta a la función que a la forma y su embrujo. El despilfarro abigarrado y kitsch de Las Vegas fue ensalzado, por Robert Venturi, como el rutilante emblema de esa arquitectura; metáfora a su vez de la entera época que culminó hacia 1990, cuando el neocon Francis Fukuyama decretó el presunto "fin de la Historia" y el triunfo sempiterno del capitalismo.


Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado

Con sustancial razón, Lyotard observó que el rasgo más distintivo de tal posmodernidad era la caída de las grandes narrativas que habían sustentado el edificio moderno, esto es, de las ideologías emancipadoras que lo habían inspirado desde, cuando menos, la Ilustración de Kant y Voltaire hasta la ufana década de 1960. El derrumbe apenas dejó títere con cabeza. En primer lugar, el milenario relato cristiano de la emancipación redentora devino en asunto de elección personal, y ya no en dogma de fe obligatorio, en un Occidente embriagado por la secularización, la libertad sexual y la tecnolatría. En segundo lugar, el relato ilustrado de la emancipación de la ignorancia y la servidumbre por la educación y la Razón había sufrido una doble erosión, debida por un lado a los totalitarismos generados en la culta Europa, y por otro al creciente dominio de una razón crudamente instrumental que, más allá de la esfera económica, estaba engullendo múltiples vertientes de la vida pública y privada. En tercer lugar, el relato liberal-burgués que prometía la emancipación de la pobreza gracias al mercado libre fue cuestionado por la flagrante desigualdad en la distribución de la riqueza —dentro de los Estados y entre ellos—, y por un expolio medioambiental que empezó a hacerse patente por entonces, sobre todo cuando el Club de Roma alertó sobre los límites del crecimiento. Y por último, el gran relato marxista de la emancipación de las mayorías mediante la socialización de los recursos —de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad: esa auroral utopía que había galvanizado el mundo— resultó en fosca distopía cuando la doble caída del Muro de Berlín y la URSS revelaron el horror del estalinismo, décadas antes denunciado por pensadores como Camus, Merleau-Ponty o Koestler.

Arthur Koestler . Imagen tomada de Letras Libres.


La posmodernidad que resultó de semejante hundimiento muestra, vista con perspectiva, un saldo plural de virtudes y defectos, como cualquier época histórica. Entre las virtudes se cuenta la extensión de las libertades, garantías y derechos; el medro de las clases medias y el acceso al confort y al consumo de una porción de las subalternas; el reemplazo de las rígidas ortodoxias por la heterodoxia y el relativismo; la relajación de los tabúes y los dogmas, así como la atmósfera de tolerancia y pluralidad asociada a la vida urbana. Por vez primera en la historia, millones de personas otrora desposeídas se sentían llamadas a sentarse a la mesa de los escogidos, en alas del Estado-providencia y, ante todo, de un Progreso en apariencia imparable. A finales de los años noventa, cuando tamaño ensueño culminó, Europa y el sedicente "Primer Mundo" semejaban un balneario de instalados y rentistas, cuyos inexpugnables muros contenían el oleaje de la planetaria indigencia.

Richard Sennet. Imagen tomada de El País.



Será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto
Entre las carencias y defectos de la posmodernidad, no obstante, debe incluirse la desactivación del talante y del talento críticos, tan patente en los ámbitos pedagógico y político. O la tendencia a orillar la problemática del mal en aras de un narcisismo que atrofia los vínculos solidarios, fomenta la desafiliación e induce el "declive del hombre público", en palabras de Richard Sennet. O el relevo de la ética del ser por la del tener, espoleado por un consumismo basado en la creación de necesidades y deseos superfluos. O la sustitución de las ideologías continentales por un archipiélago de islotes ideológicos ––feministas, ecologistas, poscolonialistas o identitarias––, tan dispersos que se muestran incapaces de enfrentar la tecnoburocracia globalizada. O la anemia de un pensamiento de izquierdas confinado al reducto erudito, que a fuer de servil resulta inofensivo e inane.


Añádanse a tales penurias otras de comparable fuste, a fin de otear el paisaje. Así, la rampante mercantilización de la práctica totalidad de los ámbitos sociales, incluidos los de tenor espiritual y artístico. Y la erosión de la frágil secuencia temporal humana en una época señalada, en palabras de Fredric Jameson, por no saber ni querer pensarse históricamente. Y la proclividad, alentada por la sociedad del espectáculo, a la trivial estetización de la economía y la política, de la ética y la ciudad, del cuerpo y los sentimientos, de la naturaleza y la guerra. Y la irresponsabilidad de buena parte de los ciudadanos, que a su condición de súbditos que se ignoran —de una democracia carcomida por la demagogia, la corrupción y el decisionismo, por cierto— añaden el desvarío de sentirse cómplices del mismo sistema que los sojuzga, como se echa de ver en este trance aciago. Y, en fin, la miopía de unas generaciones que se han creído propietarias de un presente pletórico y eterno, una utopía del ahora y el aquí que ha hipotecado el porvenir de las futuras.

De unos años a esta parte, sea como fuere, esa ambivalente posmodernidad da muestras de patente agonía, arrancada de su quimera jovial por una cadena de seísmos en los que Occidente se juega el bienestar que le queda, amenazado extramuros por una globalización que está desplazando hasta ambas orillas del Pacífico los centros de control y riqueza. Y amenazado también, intramuros, por el casi unánime delirio de opulencia que nos ha emplazado ante el precipicio: ideológica, política y éticamente desarmados cuando más urgente resulta disponer de criterios para conducirnos con tiento, conciencia y temple, inspirados por esa antigua sabiduría humanista que sugiere la autolimitación y la mesura. Es hora de despabilar: la posmoderna mojiganga ha terminado. La crisis epocal que atravesamos está teniendo ya, junto a su cohorte de efectos indeseables, el deseable de conjurar la bobería política, ética y estética que por desgracia colea aún. Y también el de urgirnos a rehabilitar la plural herencia del Humanismo y la Ilustración en este nuevo tiempo penumbral, a fin de tornarnos lúcidos y éticos, sobrios y solidarios, cívicos y compasivos. Con las debidas cautelas, será menester poner al día los viejos idearios de emancipación y concebir otros de cuño actualizado y distinto, porque al despertar la modernidad capitalista sigue todavía aquí, aunque más desregulada, ensoberbecida y digitalizada que nunca.

Lluís Duch es antropólogo y monje de Montserrat. Albert Chillón es director del Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades de la UAB. Ambos son coautores de Un ser de mediaciones. Antropología de la comunicación, vol. I, que el próximo marzo publica la editorial Herder.


Tomado de El País.


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