Caracas consumiendo electricidad a sus anchas. Fotografía de Andrés Azpúrua
Reflexiones Urbanas. Caracas es Caracas ¿y lo demás es Valencia, sombras y culebras?
"Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras" es la expresión popular en Venezuela que define lo que ha sido la política republicana con respecto a la capital del país y las provincias. La mayoría del presupuesto y el empeño por la modernización se hacen patentes en Caracas, mientras para el resto del país se reparten las migajas. En el 2016 a diario sufrimos en Carabobo y en el resto de las dependencias federales el racionamiento eléctrico mientras la capital vive su boyante despilfarro energético. Y el 22 de abril pasado el ministro de energía eximió a Caracas del nuevo racionamiento, un corte diario de 4 horas, que si sufrirá el resto del país. Algo entendible si quieres proyectar la ilusión al exterior de que todo anda bien en esta Tierra de Gracia y no quieres que pueda alterarse el orden de la ciudad capital.
Caracas durante años ha acaparado las grandes manifestaciones artísticas, pero no siempre fue así. Como ejemplo basta comparar el tamaño del capitolio de Valencia con el de Caracas para darse cuenta de que no hay mucha diferencia en las dimensiones. Mucha gente no sabe que Valencia contó con alumbrado público eléctrico antes que Caracas. El escritor valenciano Francisco González, en su libro Tradiciones de mi Pueblo, afirma que Valencia inauguró su alumbrado eléctrico el 22 de septiembre de 1889 cuando el general naguanagüense Hermógenes López fungía como presidente del país. El sistema usado fue el Thomsom-Houston y toda la instalación tuvo un costo de 220 mil bolívares. González Guinán en su libro dijo que Valencia fue la primera ciudad latinoamericana con alumbrado eléctrico pero ese honor le corresponde a la argentina Ciudad de la Plata que fue iluminado en el año 1883.
Realmente el desarrollo desmedido de la sucursal del Cielo y del Infierno a expensas del resto del país comenzó en los años 50 del siglo pasado. Y con la caída del gobierno del general Marcos Pérez Jiménez y el advenimiento de la democracia comenzó el gigantismo amorfo de la ciudad capital. Pero Caracas siguió siendo el gran estómago a donde se dirigían los petrodólares generados en el país. La capital se convirtió en la monopolizadora de la vida cultural del país y la gran donadora de petrodólares para ejercer de mecenas en el resto del país.
Con el advenimiento de Hugo Chávez al poder supuestamente se iban a tomar en cuenta a los cultores de provincia pero (a pesar de la gran inversión de su gobierno en el aparataje cultural) se mantuvo el esquema centralista: Caracas propone y dispone que se debe hacer, que exposiciones montar, con quienes y cuando. Es tristemente célebre el caso de las Cinematecas Regionales que son incapaces de fijar una programación de acuerdo a las necesidades de su entorno porque esta ha sido elaborada en Caracas. Por cierto el estado Carabobo perdió su cinemateca regional, ubicada en Guacara, hace tiempo sin que ninguna voz se pronunciara frente a la pérdida de nuestro patrimonio.
Los funcionarios de los gabinetes ministeriales regionales, deben su permanencia en los cargos no gracias a su ejemplar desempeño sino al beneplácito que la gente de Santiago de León de Caracas le otorga. Ay de ellos si no le simpatizan. Obviamente esa es una política que sólo puede desembocar en la "excelencia" que nos rodea en la actualidad y que con seguridad nos convertirá en menonitas forzosos y pasaremos a ser testigos en peligro* de nuestra propia existencia.
*Testigo en peligro o Witness es una película de Peter Weir del año 1985
Caracas es Caracas ¿y lo demás es sombras,monte y culebras?
Las ciudades son arquitectura y literatura".
Una entrevista a Federico Vegas
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Caracas es Caracas
¿y lo demás es Sombras, monte y culebras?
Estimados Amigos En este año 2016 a diario sufrimos en
Carabobo y en el resto de las dependencias federales el racionamiento eléctrico
mientras la capital vive su boyante despilfarro energético. Y el 22 de abril
pasado el ministro de energía eximió a Caracas del nuevo racionamiento, un
corte diario de 4 horas, que si sufrirá el resto del país. No se atacan las causas del problema y nuestro presidente pide que no enciendan los secadores de cabello como medida para evitar apagones.
Nunca como ahora la situación ha sobrepasado la capacidad de un gobierno para conectarse con la realidad.
24 de abril de 2016
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"Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras" es la expresión popular en Venezuela que define lo que ha sido la política republicana con respecto a la capital del país y las provincias. La mayoría del presupuesto y el empeño por la modernización se hacen patentes en Caracas, mientras para el resto del país se reparten las migajas. Antes de ayer (02 de Diciembre de 2013) sufrimos nuevamente un apagón eléctrico general en todo el país y mientras la mayoría de las ciudades tuvieron que esperar horas para que reestablecieran el flujo eléctrico para la zona capitalina fue mucho menos tiempo. Recordemos los meses pasados donde la provincia sufría el racionamiento eléctrico mientras la capital vivía su boyante despilfarro energético. Algo entendible si quieres proyectar la ilusión al exterior de que todo anda bien en el país y no quieres que pueda alterarse el orden de la ciudad capital; incendiándose el polvorín social.
Vista frontal del capitolio de Caracas
Caracas durante años ha acaparado las grandes manifestaciones artísticas, pero no siempre fue así. Como ejemplo basta comparar (obviaremos los materiales usados) el tamaño del capitolio de Valenciacon el deCaracas para darse cuenta de que no hay mucha diferencia en las dimensiones. Realmente el desarrollo desmedido de la sucursal del Cielo y del Infierno (una de los motes que tiene Caracas) a expensas del resto del país comenzó en los años 50 del siglo pasado. Y con la caída del gobierno del general Marcos Pérez Jiménez y el advenimiento de la democracia comenzó el gigantismo amorfo de la ciudad. Pero Caracas siguió siendo el gran estómago a donde se dirigían los petrodólares generados en el país. La capital se convirtió en la monopolizadora de la vida cultural del país y la gran donadora de petrodólares para ejercer de mecenas cultural en el resto del país.
Vista lateral de capitolio de Valencia
Con el advenimiento deHugo Chávez al poder supuestamente se iban a tomar en cuenta a los cultores de provincia pero (a pesar de la gran inversión de su gobierno en el aparataje cultural) se mantuvo el esquema centralista Caracas propone y dispone que se debe hacer, que exposiciones montar, con quienes y cuando. Es tristemente célebre el caso de las Cinematecas Regionales que son incapaces de fijar una programación de acuerdo a las necesidades de su entorno porque la programación para cada una de ellas ha sido elaborada en Caracas. Y los funcionarios de las extensiones ministeriales regionales deben su permanencia en los cargos no gracias a su ejemplar desempeño sino al beneplácito que la gente de Santiago de León de Caracas le otorga. Ay de ellos si no le simpatizan. Obviamente esa es una política que sólo puede desembocar en la excelencia.
"Las ciudades son arquitectura y literatura" es una afirmación que solo puede decir un arquitecto, un escritor y un lector. Para la mayoría de la personas las ciudades solo son el espacio donde se desenvuelven; ese algo que está más allá de su piel y que le permite encontrarse con otras pieles que también tratan, muchas veces a pesar de la ciudad, de vivir .
Caracas consumiendo electricidad a sus anchas. Fotografía de Andrés Azpúrua
¨Todas las ciudades inspiran, pero ninguna como Caracas¨ dice Federico Vegas¿Cual será el factor de correlación creativa que podrá definir? ¿Que tanto inspira una ciudad? Esa es una tarea pendiente que algún filósofo deberá realizar en este siglo que aun esta joven
La arquitectura y literatura solo pueden definir una ciudad, muchas veces, para aquellos eventuales transeúntes que antes de visitarla; la han leído.
Creció en los cincuenta, años del esplendor capitalino. En esa época
se enamoró de Caracas, ciudad que más que una influencia es su estilo de vida
Por Johan M. Ramírez
Federico Vegas. Foto: Natalia Brand
Hace diez años, tras una vida
entregada a la arquitectura, Federico Vegas decidió "enseriarse" con las
letras para demostrar un especial talento que le acredita la
publicación de tres libros de cuentos, tres novelas, dos colecciones de
artículos periodísticos y ensayos, y el primer lugar en un prestigioso
concurso literario. Quizá por esa mezcla de oficios es que tiene una
visión tan particular de esta metrópolis donde nació.
Una vista no tan agradable de Caracas
"Las ciudades son arquitectura y literatura", generaliza, y
luego apunta: "Y aunque todas causan inspiración, otras no lo hacen con
tanta vehemencia como ésta", exclama quien asegura haber vivido la
época dorada del desarrollo capitalino.
El complejo de Parque Central
"Por fortuna, asistí al momento de mayor esplendor de
Caracas, aunque fue también el de mayor abandono a la historia, lo cual
originó una crisis psíquico-colectiva-urbana que nos confundió los
tiempos", dice, y es que, explica, el boom urbanístico de los cincuenta implicó una nueva organización de la
capital, expandiendo sus límites y levantando vanguardistas
edificaciones. El problema fue que aquello ocurrió sin considerar la herencia colonial de la ciudad.
Una vista de las viviendas informales , los llamados ranchos de las barriadas pobres de Caracas
"Aquella Caracas estaba volcada al futuro, era optimista,
moderna, emblema sudamericano: eso quedó en el ayer. Pero ese pasado
brillante rompió nuestra memoria histórica. Fue una esquizofrenia que
estalló con la conquista del este, cambiando lo colonial por
urbanizaciones aisladas. De las casas con patio pasamos a residencias con jardines comunes", asegura, y agrega:
"Tenemos un pastel temporal, pues aquel momento cumbre fue a su vez una
traición a la historia".
Una vista de la Universidad central de Venezuela (UCV)
Ya en los setenta Vegas cursaba estudios en la Universidad Central de Venezuela,
un sitio "espectacular, hermoso… Una gloria para todo el que ha pasado por allí".
Aula magna de la Universidad central de Venezuela (UCV). del techo cuelgan unas esculturas de Alexander Calder
El escritor recuerda que caminar por sus pasillos le
producía una efervescencia indescriptible. Lo que lamenta es que la
mayoría de los caraqueños no conozca este Patrimonio de la Humanidad.
Uno de sus lugares favoritos está bajo el Puente de Las
Fuerzas Armadas, pues allí halla un tropel de vendedores de libros a
quienes ha comprado muchos de los que hoy conforman su gruesa biblioteca
personal. Quizá por ello Federico Vegas no se indigna tanto por los buhoneros como por la cantidad de autos en las calles.
Ventas de libros en el Puente de Fuerzas Armadas
Asegura que quienes se trasladan solos en enormes carros
de lujo son los principales "enemigos" de la ciudad. "Muchos dicen:
'¡Qué injusticia, la economía informal se adueñó de Caracas!'; pero no
comprenden que lo mismo ha hecho una pila de gente que anda en sus
carros por no haber aprendido a compartir y disfrutar el espacio público
y, por ende, lo han convertido todo en privado", reflexiona.
Estación del metro en plaza Venezuela
Lógicamente, como cualquier ciudadano agradece lo bueno y reprocha lo malo
de su metrópolis, aunque prefiere fijarse en lo grato. "En
Caracas lo que no podemos cambiar es maravilloso: la altitud, la
colocación con la montaña, la relación con el mar, el paso de los vientos, el aire y la luz, la topografía autolimpiante, las colinas al sur, el clima, la temperatura, la ubicación, la bella
naturaleza que se da sin ningún esfuerzo", dice con emoción, y remata:
"Su geografía es tal que uno puede atravesar urbanismos y arquitecturas
terribles y aún decir: ¡Qué bella es Caracas!".
La Pastora un zona vieja de Caracas
Por eso es que esta ciudad, a través de sus luces, sus verdes y sus voces, le habla en un tono que entiende y asume no como una influencia, sino como un estilo de vida: el ser caraqueño.
Urbanismos formales versus los informales ¿Quien ganará esta pelea?
Ensayo tomado de la novela Los Incurables (Editorial Alfa), de Federico Vegas
Armando Planchart es el amigo de Armando Reverónque lo
llevó a la Clínica San Jorge, y quizás pagó por su tratamiento. Allí
pasó Reverón los últimos once meses de su vida. En
los años cincuenta, Armando, junto a su esposa Anala, se planteó crear
en Caracas el más exquisito ejemplo de modernidad: la Villa Planchart,
diseñada por el arquitecto italiano Gio Ponti. Esta bellísima casa es un
ejemplo notable de cómo un arquitecto europeo, desde una pretendida
universalidad, concebía una casa en el trópico. Es un volumen esculpido y
elegantemente asentado en la cima de una colina ubicada en el centro
geográfico del gran valle caraqueño y mirando al norte, sur, este y
oeste. Allí reina sobre la ciudad sin pertenecer a ella.
Armando Reverón
Treinta
años antes, Armando Reverón y Juanita comenzaron a construir su hogar
frente al mar y al borde de una quebrada. El resultado es un ejemplo
fehaciente de cómo un artista caraqueño pensaba que debía vivirse en El
Caribe, justo donde entonces terminaba el lugar de veraneo de los
caraqueños y comenzaba la plenitud de la naturaleza.
Me divierte emprender esta quimérica comparación entre la
casa de los Planchart y la de los Reverón. Es tan estimulante pensar en
la pareja de Armando y Anala, y luego en la de Armando y Juanita, ambas
sin hijos, ambas inseparables, ambas dadas a la creación y a la
fantasía. Son dos maneras de vivir: Los Planchart en el lujo y una
elegante bonanza, los Reverón en una perentoria sobriedad. Y, sin
embargo, ambas parejas celebraban la vida con la misma pasión y
convirtieron sus casas en dos reinos, dos referencias, dos paradigmas.
Villa Planchart
Antes
de pasar a otras coincidencias, voy a dejar atrás el calificativo de
“villa” y usar los nombres que los dueños le dieron a sus casas, títulos
que las hacen aún más compatibles: “El Cerrito” y “El Castillete”.
Graziano
Gasparini fue el arquitecto encargado de traducir y supervisar los
planos que enviaba Gio Ponti desde Italia para construir El Cerrito. En
una de las visitas de Ponti a Caracas, Planchart y Gasparini lo llevan a
conocer a Reverón. Ponti se emociona con la casa y taller del artista y
le pide a Graziano que haga un plano del lugar. Este levantamiento,
única planta que conozco de El Castillete, más las fotos del mismo
Graziano, son publicadas en Domus (la revista milanesa de arquitectura y
diseño que dirigía Ponti) en julio de 1954, dos meses antes de la
muerte de Reverón. El reportaje de siete páginas fue titulado: Los
sueños, sueños son. Por primera vez El Castillete fue considerado como
una obra con valores universales, digna de ser reseñada en una
publicación que exploraba la vanguardia internacional.
En
la Biblia, el Edén viene a ser la geografía, un inmenso parque,
mientras el Paraíso es un rectángulo ubicado en algún lugar de esa
región, del cual eres expulsado y jamás podrás volver, a menos que
quieras enfrentarte a un ángel con una espada en llamas. El Castillete
fue un jardín construido dentro un Edén entre la montaña y el mar. Sólo
existe algo igual en nuestros más remotos orígenes, los que lindan con
nuestra propia mitología salvaje y su legado de felicidad, tragedia y
desnudez. Me estoy refiriendo a la desconocida Biblia del Caribe.
La cueva. 1920
Los alrededores de El Castillete han sido destruidos
mediante una masacre legislada con alevosía. Toda esa costa es hoy un
ejemplo de estupidez, de oportunidades destruidas, extraviadas. Ya lo
advertía Proust: “No hay paraíso hasta que se ha perdido”, y también
Octavio Paz: “Los expulsados del paraíso están condenados a inventarlo”.
Me
ha tomado mucho tiempo entender por qué me atrae tanto el cuadrado
perfecto de la planta de El Castillete. Todas las civilizaciones han
participado en la búsqueda de un paraíso perdido, y eso intentó Reverón:
crear una naturaleza sagrada en medio de ese Edén que una vez fue el
litoral central.
Armando Reveron , Juanita y Margot Benacerraf durante de la filmación del documental Reverón
En
cuanto a El Castillete, todos sabemos que se lo llevó el deslave.
Quizás es lo mejor que ha podido pasar. Ahora será imposible tanto
abandonarlo como usurparlo; se acabaron las visitas y por fin tendrá un
verdadero descanso. En su ensayo La gruta de los objetos, Pérez Oramas
escribe: “Se cumplía acaso, en el más cruel de los modos, el destino
diluviano de las grutas”. Y se consumaba también lo que el mismo Pérez
Oramas propone como una de las búsquedas de Reverón: “La ruina sublime”.
En
un lugar semejante se dio la primera relación entre Dios, el hombre, la
mujer, la culebra y los frutos de la naturaleza. Fue un conflicto en el
que participaron las verdades y las mentiras, las seducciones y las
promesas, y, sobre todo, los efímeros premios y los inevitables castigos
que han conducido nuestra altiva y errática relación con la creación.
Desde entonces, unos asumen a la naturaleza como algo profano y
peligroso, otros como un lugar sagrado y propicio para el encuentro con
Dios y sus reglas inexplicables. Reverón creó ese cercado, sembró esos
árboles e inició la búsqueda de un nuevo encuentro con lo trascendental.
Al final terminó consumido por su propia conquista.
En El CastilleteArmando vivía como un pequeño Dios junto
a sus creaciones: un teléfono con el que puedes llamar a quien quieras y
a nadie; un violín y un piano que sirven para escuchar el silencio; un
cáliz que no puedes llenar de vino, pero tampoco vaciarlo; un espejo en
el que ves lo que quieras menos a ti mismo; una escalera que asciende
sin subir; muñecas que mientras más reposan más profanas se tornan. Los
verdaderos símbolos son extraordinarias promesas que nunca llegan a
cumplirse. Puede
que El Paraíso haya sido un círculo y no un rectángulo. Leo en un
diccionario de símbolos que la ciudad tiende a ser representada como un
cuadrado estable, pues suele ser la cristalización de un ciclo. En
cambio los campamentos provisionales son circulares, una imagen más
propicia al movimiento y a los comienzos. ¿Dónde queda el Paraíso
Terrenal en esta oposición entre lo sedentario y lo nómada?
Desnudo Acostado. 1947
Pienso
que Dios habría previsto su provisionalidad, pues impuso una normativa
tan tentadora como difícil de cumplir. El diccionario que consulto
propone que El Paraíso es una construcción circular y vegetal, mientras
que la Jerusalén celestial, como culminación de un largo proceso, es
cuadrada y mineral.
Partiendo de esta reflexión sobre una imagen rectangular,
le pregunté a Graziano Gasparini si El Castillete no le recordaba el
castrum romano, esas fortalezas trazadas como un damero cuadrado en
medio de un territorio recién conquistado, donde se asentaba un
campamento militar del que luego solía nacer una ciudad. Graziano lo
relacionó más bien con la planta de las bastidas francesas, unas
poblaciones amuralladas y también rectangulares que solían tener un
torreón en la esquina, tal como en El Castillete, y el palacio del señor
feudal en el centro, que vendría a ser el taller de creación en la
versión de Reverón.
Armando Reverón. Foto de Ricardo Razetti
La
conclusión de estas divagaciones es que El Castillete no se trata de un
simple rancho. Existe en su gesta el esbozo de una pequeña urbe en la
que participan los dormitorios de los dueños, el bar de las muñecas, y
también la residencia del papagayo, del mono, de las palomas y hasta la
de un puercoespín. Otro
tema que conversamos es la relación de El Castillete con la vivienda
Caribe, una unidad concebida para vivir más afuera que adentro, donde
los espacios cerrados y techados son sólo depósitos para guardar cosas,
guarecerse de la lluvia y dormir, mientras la mayor parte del tiempo se
está bajo los árboles. Allí se come, se juega, se conversa, se pinta. Lo
cierto es que la casa de Reverón ha sido una de las experiencia
arquitectónicas más autóctonas que se ha dado en todo el litoral
central. Y nació al lado de Macuto, donde desde finales del siglo XIX se
estaban realizando viviendas tan eclécticas como foráneas, incluyendo
modelos prefabricados que venían de Europa. Frente a todo aquel
despliegue, Reverón construye un conjunto absolutamente caribeño.
Existen
otras opiniones, pero también describen una experiencia compleja y
sofisticada. Enrique Planchart considera a El Castillete una “mezcla de
rancho criollo, choza tahitiana y construcción incaica”, “inextricable
fusión de lo lógico y lo ilógico”. Otros
argumentos que nos alejan de la manera despectiva en que se califica a
El Castillete de “rancho” –un tipo de construcción que suele asociarse a
la miseria y la improvisación–, los encontramos en la breve
autobiografía que dictó el propio Armando Reverón. La mayor parte de
este texto la ocupan sus Notas sobre la construcción del inmueble, una
descripción minuciosa de un proceso que comienza con “Dibujo y planos de
la planta y fachadas principal y laterales”, y se extiende a la compra
de maderas de Carenero, cemento, piedras, rieles, cabillas, alambres,
tornillos y tuercas. Igual de detallada es la lista de las herramientas
empleadas. En esta extensa enumeración de materiales e instrumentos se
siente que el artista está enalteciendo una etapa muy feliz de su vida. Cuando
leí la lista del personal que contrató para la obra: “Ingeniero, Mr.
Keller, albañiles, carpinteros, herreros, peones”. Creí que existía un
ingeniero de apellido Keller, pero Graziano me señala que son dos
personajes distintos, de manera que había un ingeniero y un constructor,
presumiblemente alemán.
En
los recuerdos de Armando tiene gran importancia la fiesta para la
colocación de la primera piedra. Un domingo en la mañana invita a los
amigos y vecinos, al constructor Mr. Keller y sus obreros. Después de
realizar los “hoyos de un metro de profundidad para situar las columnas
rústicas de araguaney y vera”, y luego de “clavarlas en tierra y
fijarlas con cemento y piedras”, se da un gran almuerzo a las tres de la
tarde. Armando enumera los platos con la misma profusión que los
materiales. Luego, va a convocar a sus amigos y obreros a “otras fiestas
los domingos siguientes”, para celebrar la “fijación de lumbres, marcos
de caja, viguetas, cumbreras, tirantes, soleras, encañado, petrolizado,
trojas, andamios, construcción de la muralla exterior, pretiles del
caney…”. Cada jornada dominguera es seguida de otro “gran almuerzo a las
tres de la tarde y, en la noche, fuegos artificiales y música,
terminando con un paseo de luna”. Estas
descripciones exhaustivas se llevan casi una quinta parte del resumen
de su vida. ¿Se trata del simple placer de recordar o quiere insistir en
la importancia de su rancho, castillo y pequeña ciudad como epicentro
vital de su obra?
Aparte
de esa única planta que dibujó Graziano, existen abundantes testimonios
y fotografías. En 1979 Boulton describe el taller del pintor en el
medio del cuadrado amurallado. Ignoro por qué escribe en pretérito, si a
finales de los setenta El Castillete aún estaba en buenas condiciones.
Quizás no lo consideraba como una arquitectura, sino como la
escenografía de una función que había sido clausurada:
El centro del terreno lo ocupaba un espacioso y alto
caney cubierto de palmas. Las paredes eran de estacadas de caña y
grandes cortinas de cañamazo que servían para tamizar la luz. El piso
era de tierra pisada y muy limpio. Sobre las vigas y horcones que
sostenían el techo había un cielo raso de mecates y cabuyas cruzados
donde guindaban los lienzos. También pendía un trapecio para ejercicios
físicos que divertía mucho a los visitantes. Colgaban de las vigas
pedazos de tul y la luz penetraba por las rendijas de lo que el llamaba
la enramada. De un lado estaba la tarima en que las modelos posaban
recostadas en cojines multicolores y rellenos de hojas secas. La luz
entraba entre el techo de los tabiques por un boquete circular
recubierto con la malla de un chinchorro de pescador. Sobre aquella
tarima Reverón preparaba el escenario donde iban a reposar las figuras.
Cortaba ramas de onoto, hojas de palma y de lechosas que situaba
alrededor para que sirvieran de referencia cromática.
El espacio que más me interesa de El Castillete es un sótano que Mary de Pérez Matos describe en sus memorias: Una trampa inesperada se abre, y ante los ojos asombrados del visitante aparece la escalera que da acceso a lo que Reverón llama ‘la cava’. Está en el cauce de una quebrada, con todas sus piedras y su encanto húmedo. En el oscuro recinto, más propicio para una cueva de malhechores que para los fines estéticos y domésticos que le asigna Reverón, nos sorprende otro descubrimiento: una nevera natural hecha de piedra y empotrada en el muro, ideada por nuestro guía, cuyo cerebro es un depósito de trucos maravillosos. Casi nadie sospecha que debajo del estudio se encuentra un sitio tan grato donde se puede filosofar y beber tranquilamente. En el libro de Robert Graves La comida de los centauros, encuentro un ensayo que ofrece interesantes antecedentes a esa gruta de placer y recuperación: Lavados de cerebro en la antigüedad.
Vista aérea de la Villa Planchart
Graves comienza comparando la consulta a los oráculos de los griegos con nuestras visitas al analista, y nos advierte que la escuela de medicina hipocrática desaprobaba las prácticas de esos “psiquiatras sacerdotales” tanto como algunos neurólogos contemporáneos desconfían hoy de ciertos “teóricos psicosomáticos”. Otras prácticas griegas para las “enfermedades nerviosas”, escribe Graves, eran los bailes rituales, las hierbas y hongos alucinógenos y, para algunos casos extremos, recetas como el oráculo en la cueva de Trofonio, un hijo de Apolo que intentó abrir su propio camino hasta el infierno.
Aspecto de El castillete antes del deslave de Vargas en 1999
Pausanias describe “la cueva de Trofonio” como una grieta en la tierra; no una hendidura natural, sino un cuidadoso trabajo de mampostería con “forma de olla para cocer pan”. La sensación de estar allí era pavorosa, pues el cuerpo “es inmediatamente arrastrado hacia abajo y entra disparado, como un hombre que es atrapado por el remolino de un río poderoso”. Al salir de la grieta, los sacerdotes colocaban al sujeto en la “silla de la memoria” y le hacían preguntas de todo lo que había visto y oído. Luego lo llevaban a descansar en la “Casa de la Buena Fortuna y el Buen Demonio”.
Plutarco nos describe la experiencia auditiva que tuvo un tal Timarco en esa misma cueva: “le llegan desde el fondo miles de aullidos y bramidos de bestia, gritos de niños, gemidos de hombres y mujeres, pero de manera tenue, como si se tratara de algo muy distante que subía por un vasto hueco”. “…Poco después una cosa invisible le habló de esta manera: ‘Timarco, ¿qué deseas entender?’, y él respondió: ‘Todo; pues, ¿qué puede haber que no sea maravilloso y sorprendente?’”.
No intento demostrar que Reverón construyó un oráculo de Trofonio en los cimientos de El Castillete, pero si quisiera asomarme a sus endógenas conexiones con algunos sacramentos ancestrales. Ese refugiarse en lo profundo de la tierra para filosofar, beber, buscar frescura, o serenidad ante el miedo, o para amortiguar la cólera, es sin duda un recurso tan primigenio como radical. Reverón lo logra “articular” a su vivienda. Me refiero con este verbo a “organizar diversos elementos para lograr un conjunto coherente y eficaz”. Antonin Artaud nos explica en una de sus últimas cartas qué era lo que intentaba buscar en sus propios oráculos: “Se trata de ver tanto en el pasado como en el futuro, pues ese ‘algo’ viene de un pasado extremadamente lejano pero creo que su futuro será próximo”.
¿Qué puede ser ese “algo” que se encuentra antes y después? En esas mismas líneas Artaud describe su gozo cuando “por fin habla aquello que he llamado”. Esta aparición de una respuesta nos sugiere que se trata de una voz que siempre ha estado presente, aguardando el encuentro del llamado con lo llamado. Esa urgente sensación de futuro que parte de un pasado extremadamente lejano se va a comprender y plasmar gracias a la generación que sigue a Reverón. La irrupción de Jesús Soto, Alejandro Otero y Carlos Cruz Diez fue descollante y universal, pero ciertamente se origina en nuestras más genuinas grietas, en los recónditos trofonios donde sólo Reverón se atrevió a entrar.
Una vez escuché a Soto hablar de esféricos aguaceros fundiéndose con el Orinoco que contempló en su niñez. Sus imágenes parecen provenir de un trofonio abierto hacia los cielos de sus ríos y destinado a perpetuarse en sus abstracciones. El mérito de Armando no ha sido sólo lograr esa unión con nuestras circunstancias, sino además augurar una conexión con el porvenir de tres jóvenes que despertarían llenos de fortaleza donde él había empezado a consumirse, a comprobar, como escribe Juan Calzadilla, “que vivir no es más que una forma de retornar a la tierra”.