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lunes, 1 de abril de 2024

GEA, La Tierra: ahora debe ser el principio

 


Representación de Gea por Yliade. Imagen tomada de Mitologías del Mundo.


Estimados Liponautas

Seguimos rescatando viejos textos de nuestro amigo Richard Montenegro redactados cuando existía el GRUPO ECO-ANTROPOLÓGICO G.E.A. Hoy compartimos con ustedes este texto que sirvió de soporte para una serie de micros radiales dedicados a la mitología y el ecogismo  que fueron transmitidos hace mucho tiempo en una radioemisora ya desaparecida, algunas malas lenguas afirman que recibieron ayuda de Marconi. Lamentablemente no pudimos rescatar el audio del programa. 

Esperamos disfruten de la entrada

Atentamente

La Gerencia


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Cuando la conciencia comenzó a emerger a través de la evolución en el cerebro del hombre primitivo. Se dio cuenta de lo inexplicable y arbitrario que era el misterio del nacimiento y devenir de los ciclos cósmicos. El amanecer y el ocaso, el florecimiento de las plantas, el trueno, el rayo y otras tantas cosas escapaban de su aprehendimiento intelectual. Quizás debido a esta incapacidad cognoscitiva el ser humano empezó a personificar a las fuerzas de la naturaleza. Hicieron así su aparición los Dioses: seres superiores, hechos a nuestra medida, que velaban por el seguimiento del eterno ciclo de la existencia. De esta manera el Sol, la Luna, el Cielo y la Tierra pasaron a ser motivos de veneración que debido a su omnipresencia son base de la genealogía mítica de los diversos pueblos de la humanidad. Entre todas las divinidades hay una que resalta como madre universal y diosa de la fertilidad, la personificación de La Tierra, que entre los griegos era Gea; ahora vamos a contar en la versión del poeta griego Hesíodo cual es el su origen y su papel en la genealogía mítica.


En el principio era el Caos, obscuro espacio informe e impersonal.  De alguna forma que desconocen los mortales, surgieron de él , Gea (la Tierra), el Tártaro, profundo lugar subterráneo; el caprichoso Eros (el Amor), el Erebo, región extensa de tinieblas que se extendía debajo del infierno y la Noche. El Erebo y la Noche se unieron generando el Eter, parte superior de la atmósfera, y el Día.


La Noche, sin ayuda alguna excepto su proactividad, dio vida a Tánato (la muerte), a Hipnos (el sueño), a las Hespérides, guardianas de un árbol de manzanas de oro; a las Moiras: hilanderas defensoras del orden cósmico, a Némesis (la Justica) y a Eris (la Discordia) creadora de la manzana de la discordia que desencadenaría la Guerra de Troya muchos años más tarde. Pero volvamos a nuestro original motivo: Gea. Ella primeramente engendró a Urano (el Cielo) y a Ponto (el Mar). Al unirse a Urano (Gea no  tenía el tabú del incesto)  concibió a un conjunto de seres gigantescos: Los tres Ciclopes, los tres Hecatonquires y los doce Titanes (de estos proviene el adjetivo titánico). Los primeros eran los tecnólogos de la antigüedad, forjadores del trueno, el rayo y el relámpago y poseían un solo ojo en medio de la frente. Los segundos, un racimo de sesos y bíceps, tenían cincuenta cabezas y cien brazos. Los Titanes son progenitores de los demás dioses y los hombres y mujeres (esto ultimo es para complacer a los cultores del género). Entre todos los Titanes habría uno que en un futuro se caracterizaría por un gran amor por los hombres: Prometeo, quien robaría  el fuego de los dioses para dárnoslo.


Urano, primer soberano del Universo, para evitar que algunos de sus hijos lo destronara, apenas nacían los aprisionaba en el seno de Gea. El maltrato a sus hijos junto al dolor de su vientre hinchado, hizo a Gea concebir un golpe de estado. Así que pidió la ayuda a los seres cautivos en su vientre.  Solo el más pequeño de los Titanes: Crónos (el Tiempo) accedió a su pedido.  


Cronos esperó la visita de Urano a su madre  y a su llegada le cortó los genitales con una hoz que Gea le había dado. Al arrojarlos al mar produjeron una frondosa y vasta espuma blanca de la que emergió Afrodita, diosa de la belleza. La sangre  de Urano al caer a tierra dio origen a los Gigantes, a las Ninfas y las Erinnies o Furias (castigadoras de los parricidas). Luego Crónos pasó a ser regente del Universo, liberando a sus hermanos del seno de Gea y casándose con su hermana Rea.  Pero Crónos no se caracterizó por dar un mejor trato a sus hijos, que el dado por su padre a él y sus hermanos. Cronos tuvo seis hijos, tres hembras y tres varones. Cinco de los cuales devoró apenas al nacer. Rea salvó el último, Zeus, ocultándolo en una cueva en Creta después de haberle dado a Cronos una piedra envuelta en pañales. En la cueva fue criado con la leche de la cabra Amaltea, con cuya piel Zeus se fabricó una égida o escudo protector. Una forma algo extraña de agradecer a su nodriza.


 Zeus, al llegar a la adultez, forzó a Crónos a vomitar a sus hermanos. Luego se desarrolló entre ambos una guerra conocida como la Titanomaquia.  Acompañando a Zeus estaban sus hermanos, la Oceánide Estige (en donde bañarían en el futuro al semidios Aquiles, aunque eso es parte de otra historia), los Cíclopes y los Hecatonquires. El bando de Crónos lo integraban los Titanes y parte de sus hijos. El triunfador de esta guerra sería Zeus. Los vencidos fueron desterrados del monte Olimpo. Todos fueron encadenados al Tártaro excepto Crónos que partió a Italia exiliado.  Los triunfadores ocuparon el Olimpo recibiendo, los más importantes, el nombre de Dioses Olímpicos. Estando a la cabeza el nuevo regente del cosmos: Zeus, dios supremo y portador del relámpago, poseedor de un deseo sexual incontenible y padre de numerosos héroes mitológicos e históricos. Recordemos que Olimpia, madre de Alejandro Magno, afirmaba que el padre de su hijo no era Filipo II de Macedonia si no el mismísimo Zeus.

Por lo que hemos relatado vemos que los hijos de la Tierra tuvieron una vida agitada y aún seguimos viviendo así, pero seguiremos hablando de Gea en la próxima entrega.


GEA.Parte 2


En la primera entrega nos adentramos en el fabuloso mundo de la génesis mitológica griega y conocimos el papel que jugó Gea, la Tierra, como generadora Universal.  Pero ahora hablaremos de la relación que el ser humano ha tenido en ciertas etapas de su historia con la diosa Tierra (que por cierto que no en todos los pueblos ha sido una diosa, como por ejemplo en Egipto que era el dios Geb); una relación de respeto, de identificación con el entorno. Incluso está relación puede compararse como la que existe entre los hijos y madres.


El ser humano en cierto momento de su desarrollo histórico ha sentido ese respeto hacia la Tierra como si fuera un ser vivo y  de por sí para una gran parte de los pueblos en el pasado y el presente lo era y es. La Tierra o acaso todo el entorno vital era un ser vivo como lo era el Dios primitivo chino; donde los ríos eran venas, el pasto cabello y el Sol y la Luna ojos.


El ser humano no solo respetaba y  vitalizaba a la Tierra también se sabía parte de ella. No había contradicción entre los intereses humanos y los de La Tierra. Existía algo así como un conocimiento del verdadero lugar que ocupaba el hombre en el teatro de la vida. En 1855 en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Dewamish. El Jefe Indio Sealthl dio un discurso (un polémico discurso que parece más un producto hippie o new wave)) dirigido al presidente  Franklin Pearce donde, entre otras cosas, dijo “El hombre no tejió la trama de la vida, el es solo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo". Esta idea que, durante su evolución inicial, forjó el hombre sobre su relación y la Tierra. Es una percepción de totalidad, de enlazamientos entre todo lo vivo y no vivo. Es lo que hoy llamaríamos una conciencia ecológica.


Pero el hombre a través de su “desarrollo histórico” fue perdiendo esa noción de pertenencia a la Tierra, para absurdamente sustituirla por una noción de extrañamiento frente a ella. Al sentirse ajeno a La Tierra la identificación entre sus intereses y los de su entorno se deslindaron. El hombre actual desarrolló algo así como una actitud de conquistador, de saqueador del entorno natural.


Esta actitud llegaría al extremo en el llamado Occidente. Y  tuvo su más grande empuje en la interpretación catastrófica de las ideas del filósofo isabelino Francis Bacón. Aunque el daño realmente comenzaría con la llamada Revolución Industrial. Con esto se dio inicio a dos siglos de saqueo sistemático de las riquezas de la Tierra bajo el pretexto del progreso.


Ahora estamos en 2010 ¿Cuáles son las consecuencias de esa revolución? Pues veámoslo así: riqueza desmedida para unos cuantos países en detrimento de otros (nosotros), cultura del desperdicio, paraísos artificiales y una sarta de calamidades ecológicas. A pesar de que el capitalismo ha creído posible crear un paraíso artificial de personas alienadas domesticadas por una pantalla de vidrio y unos zapatos de marca ( el socialismo no lo ha hecho mejor); el tiro le ha salido por la culata, puesto que al ignorar los procesos de la naturaleza rompe el ciclo ecológico y la naturaleza no pudiendo hacerse cargo de esta situación antinatural, colapsa y el hombre se empieza a preocupar por ella, tal vez porque también a él le afecta.


Así a causa de todos estos problemas  surgen los movimientos ambientalistas, movimientos heterogéneos formados fundamentalmente en sus inicios por jóvenes que luchan por la preservación del medio ambiente y por la creación de una sociedad alternativa. También renacen viejas actitudes remozadas y apoyadas por una gran cantidad de hechos científicos. Una de esas nociones remozadas es la hipótesis Gaia (Gea) del biólogo británico James Lovelock, que afirma que la Tierra es realmente un sistema autorregulado para mantener la vida. La biosfera es esa delgada y frágil película vital de la cual nosotros formamos parte. Muchos estudios afirman que gran parte de las catástrofes que están sucediendo actualmente se deben por el desbalance creado por la tecnología.


El discurso ecologista desde los años 60’s esta campante en el mundo. Tiene una presencia importante aunque no mayoritaria en muchos medios. 

Pero ahora volvamos al punto de los movimientos ambientalistas; estos movimientos a través de un trabajo continuo a través de los años se han ganado un puesto en la opinión pública, además de  haber ganado más espacio para la naturaleza y su importancia ahora es tal que han logrado figuración política en Europa..


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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.




Enlaces relacionados:


"Nos veremos reducidos a sólo 500 millones de humanos viviendo en el Ártico. Y tendremos que empezar de nuevo"
El regreso de Gaia:
Entrevista a James Lovelock



"Después de todo quizás seamos hermanos".
Carta del Jefe indio Seattle al presidente de Estados Unidos en 1854



domingo, 3 de abril de 2022

Epicteto: Uno debe estar adiestrado en saber dominar un deseo, un temor, con libertad, sin caída.




¿LIBRES O ESCLAVOS?, por Epicteto




“Pudiendo ocuparnos de una sola cosa y a una sola cosa vincularnos, preferimos cuidar de muchas y a muchas encadenarnos: al cuerpo, a la hacienda, al hermano, al amigo, al hijo, al criado. Y así, estando encadenados a muchas cosas, nos vemos abrumados y atosigados por ellas. Entonces, ¿qué? ¿Pues qué otra cosa sino saber qué es mío y qué no es mío, qué es de mi incumbencia y qué no me incumbe? Debo morir: ¿y ha de ser también llorando? Soy apresado: ¿y también gimiendo? Desterrado: y entonces, ¿quién me impide que lo sufra sonriendo, de buen humor y sereno? Estas cosas deberían estudiar los filosofantes, esto escribir todos los días, en esto ejercitarse. Esto es estar adiestrado en lo que uno debe adiestrarse: saber dominar un deseo, un temor, con libertad, sin caída.”

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Pudiendo ocuparnos de una sola cosa y a una sola cosa vincularnos, preferimos cuidar de muchas y a muchas encadenarnos: al cuerpo, a la hacienda, al hermano, al amigo, al hijo, al criado. Y así, estando encadenados a muchas cosas, nos vemos abrumados y atosigados por ellas.


Por eso, si está cerrada la navegación, nos ponemos inquietos y asomamos la jeta de continuo:

- “¿Qué viento sopla?”

- “Del Norte. ¿Qué más te da?”

- “¿Cuándo soplará el céfiro?”

- “Cuando a él le de la gana, querido, o a Eolo. Que Dios no te hizo a ti dispensador de los vientos, sino a Eolo”.

Entonces, ¿qué? Pues que debemos preparar lo mejor posible las cosas que dependen de nosotros y usar de las demás como son. ¿Y cómo son? Como Dios quiere.

- “¿Con que me van a degollar a mí solo?”

- “Pues ¿qué? ¿Te gustaría que todos fueran degollados para tú encontrar consuelo? ¿No quieres alargar el cuello como aquel Luterano a quien en Roma mandó decapitar Nerón? Alargó, en efecto, el cuello y recibió el golpe, y al golpe, que resultó flojo, se encogió un poco, pero luego volvió a alargarlo”.

¿Qué debe, entonces, tenerse a mano en tales trances? ¿Pues qué otra cosa sino saber qué es mío y qué no es mío, qué es de mi incumbencia y qué no me incumbe? Debo morir: ¿y ha de ser también llorando? Soy apresado: ¿y también gimiendo? Desterrado: y entonces, ¿quién me impide que lo sufra sonriendo, de buen humor y sereno?

- “Confiesa esos secretos.”

- “No lo haré” (esto sí depende de mí).

- “Te encadenaré.”

- “¿Qué dices, hombre? ¿A mí? A mi pierna encadenarás, que mi voluntad ni Zeus encadenarla puede.”

- “A presidio te mandaré.”

- “Al corpezuelo”.

- “Te decapitaré.”

- “Pues, ¿cuándo te dije que el mío era el único pescuezo invulnerable?”

Estas cosas deberían estudiar los filosofantes, esto escribir todos los días, en esto ejercitarse.

Tráseas solía decir: “Prefiero que maten hoy a que me destierren mañana.” ¿Qué le replicó entonces Rufo?

– “Si lo escoges por considerarlo más grave, ¡qué elección tan necia! Pero si porque te parece más leve, ¿quién te dio a elegir? ¿No prefieres estudiar para contentarte con lo que te den?”

Pues por eso mismo, ¿qué decía Agripino?: “Yo nunca seré un estorbo para mí mismo”. En esto le anuncian: “Te están juzgando en el Senado”.

- “En buena hora. Pero son ya las once, y a esta hora solía hacer gimnasia y tomarme un baño frío. Vamos al gimnasio”. Cuando lo había hecho, entra uno y le dice: “Estás condenado.”

- “¿A destierro –replica- o a muerte?”

- “A destierro.”

-“Y mis propiedades, ¿qué?”

- “No han sido confiscadas.”

- “Salgamos, pues, de Roma y almorcemos en Aricia.”

Esto es estar adiestrado en lo que uno debe adiestrarse: saber dominar un deseo, un temor, con libertad, sin caída.

¿Que debo morir? Si es la hora, ahora mismo muero. Si toca dentro de un ratito, ahora almuerzo, que es la hora de almorzar, ya moriré después. ¿De qué modo? Como corresponde a quien devuelve lo que ha recibido.

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EPICTETO. Pláticas, recopiladas por Arriano. Ediciones Alma Mater, Barcelona, 1958. [FD, 22/07/2006]

Archivado en: -CONCIENCIA VIGILANTE — November 26, 2010 @ 7:53 pm




Epícteto.




martes, 26 de octubre de 2021

Luciano de Samósata y Antífanes de Atenas: Dos escritores antiguos de ciencia ficción



Cartel de Jasón y los Argonautas. Imagen tomada Todocolección.




La ciencia ficción tiene su origen en la Antigüedad



El primer viaje a la Luna fue imaginado por Luciano de Samósata en en siglo II, y no por Julio Verne en el XIX


La ciencia ficción, género desarrollado principalmente en el siglo XX, tiene un origen remoto. En realidad, es una rama de la llamada literatura fantástica que ya se escribía en la Antigüedad. Un estudio reciente realizado por una profesora de la Universidad de Liverpool pone de relieve este vínculo entre el escritor moderno y el antiguo, y analiza los recursos literarios vigentes en ambos tiempos. Desde siempre, la literatura de ficción nos ha valido para imaginar y encontrar respuestas a nuestras inquietudes, respuestas que aunque no sean del todo ciertas, parecen tranquilizar nuestra conciencia. 


Por Yaiza Martínez.



La ciencia ficción es un género que todo el mundo conoce, incluso aquéllos que jamás han leído un libro de estas características. El término fue acuñado en 1929 por Hugo Gernsback, editor de una de las primeras revistas del género y que definió la ciencia ficción como “narraciones fantásticas entremezcladas con hechos científicos y visiones proféticas”. Todo un placer para aquellos que aman la literatura y que disfrutan además con la posibilidad de excitar su imaginación. 

Literatura futurista, novela científica o ciencia ficción, el caso es que son numerosos los escritores que a lo largo de la historia se han dedicado a ella, para el bien y disfrute de la humanidad, con un beneficio para nuestra que ya nadie pone en duda: ¿quién puede negar que hemos disfrutado y aprendido de escritores como Jorge Luis Borges, Arthur C. Clarke, Julio Verne o Tolkien

Un fotograma de Jasón y los Argonautas





El escritor de ficción, César Mallorquí definió la ciencia ficción como un subgénero de la literatura fantástica que se aleja de lo sobrenatural y se rige por principios racionales o pseudorracionales. Ahora, un estudio reciente realizado por la universidad de Liverpool pone los orígenes de dicha literatura fantástica, de la que se produjo a partir del siglo XIX la “ciencia ficción”, en la mismísima Antigüedad. 

Viajes fantásticos que parecen reales 

Desde sus inicios, en la historia de la literatura hay obras en las que se relatan viajes fantásticos. La investigadora Karen Ni-Mheallaigh, de la Escuela de Arqueología, Egiptología y Antigüedad de laUniversidad de Liverpool se ha centrado en ellos, estudiando los componentes fantásticos de la literatura clásica y examinado las teorías de la moderna ciencia ficción literaria y cómo estas teorías pueden aplicarse al mundo antiguo. 

Sus estudios abarcan desde la Antigüedad hasta el segundo siglo después de Cristo. Parten de la constatación de que en la literatura griega existió una larga tradición fantástica, como se puede ver la Odisea de Homero, en la que se narran los viajes de Odiseo o Ulises, con elementos fantásticos continuos. 

Pero hay más: Karen Ní Mheallaigh explica que el escritor sirio Luciano de Samósata (125-192) fue uno de los grandes escritores satíricos de la Antigüedad, invirtiendo los patrones clásicos de las artes, de la filosofía y de la literatura que venían de la tradición sofística. 

Luciano hizo de la parodia, la fabulación fantástica y la sátira social, ingredientes esenciales de su obra y escribió los llamados “Relatos verídicos”, en los que se parodian los relatos de viajes. Entre ellos está uno que narra un viaje a la luna –el primero, por tanto, no fue el de Julio Verne “De la Tierra a la Luna”- y una batalla interlestelar. 

También destaca Antífanes de Atenas, uno de los principales autores de la comedia media griega (336-250 a.C.), que escribió acerca de sus viajes al norte de Europa diciendo que hacía tanto frío que se congelaban las conversaciones en el aire. Asimismo, el historiador Herodoto, considerado como “el padre de la historia”, escribió acerca de serpientes volantes y hormigas gigantes buscadoras de oro de la India.





Recursos literarios modernos 


Según Ni-Mheallaigh, la fantasía del mundo antiguo aún no ha sido lo suficientemente investigada desde la perspectiva literaria. Lo más interesante de estos viajes fantásticos es que muchos de ellos fueron escritos como si hubiesen sido viajes reales anotados en diarios o como textos históricos. Los griegos sentían una fascinación enorme hacia lo exótico y hacia otros mundos y algunos de ellos viajaron al norte y al este del mundo para satisfacer su curiosidad. 

Las culturas que conocieron en sus viajes eran tan diferentes a las suyas que les inspiraron a fantasear y especular sobre los mundos remotos. Según Ni-Mheallaig, los griegos parecen tener un anhelo especial por escribir ficción pura, incluso aquellos escritores que en otras ramas de su trabajo se dedicaban a otros géneros literarios. Para sus obras fantásticas buscaron incluso evidencias documentales inventadas, tales como textos “redescubiertos” o inscripciones inventadas. 

El primer escritor que reconoció que nada de lo que había escrito era cierto fue el argelino Lucio Apuleyo, autor de El asno de oro y viajero empedernido. Sin embargo, su estilo, como el de los demás escritores de literatura fantástica de la época analizada, estaba calculado para convencer a sus lectores de que todas las aventuras descritas eran verdaderas. Sus libros jugaban con la mente de los lectores, tal y como lo hacen hoy los escritores de ciencia ficción, con los que siempre nos queda la pregunta ¿y si fuera cierto? 

La ciencia ficción hoy día 

Este recurso literario que consigue que los lectores se introduzcan en las obras y que crean en ellas ciegamente –incluso a sabiendas de que lo que se está contando es pura imaginación- se ha mantenido a lo largo de la historia. 

La primera obra del género de ciencia ficción, tal y como lo conocemos hoy, aparece como consecuencia de la Revolución Industrial, y tiene como base la aparición de la tecnología. Se trata de la obra Frankenstein, de Mary Shelley, publicada en 1818. También en el siglo XIX llegan las obras de Julio Verne (1828-1905). Verne encarna el prototipo de autor de ciencia ficción actual, que utiliza los últimos descubrimientos científicos para desarrollar un mundo imaginario. 

La sorpresa en lo que se refiere a Verne radica en su capacidad, no ya de inventar, sino de anticipar: Julio Verne se adelantó a su tiempo situando la lanzadera de su viaje a la luna en Florida, Cabo Cañaveral, desde donde hoy (realmente) la NASA lanza sus cohetes. Además, en su obra La Isla con Hélice, habla de un cableado de información global y telefoto, que transmite imagen y sonido. 

Pero la historia de la ciencia ficción se desarrolla especialmente en el siglo XX. Autores como Stenvenson (El extraño caso del Dr. Jeckyl y Mr. Hyde), Wells (La máquina del tiempo), London o Conan Doyle, Clarke o Sturgeon, entre muchos otros, la colocaron en lo más alto de la historia de la literatura. 

Desde siempre, la literatura de ficción nos ha valido para imaginar y encontrar respuestas a nuestras inquietudes, respuestas que aunque no sean del todo ciertas, parecen tranquilizar nuestra conciencia. Hoy sabemos que este camino artístico aparentemente ilimitado fue iniciado en la Antigüedad. La obra de Karen Ní Mheallaigh que lo demuestra se publicará en 2006. La Universidad de Liverpool ha abierto un sitio de Internet sobre ciencia ficción para escolares que constituye todo un anticipo de los próximos descubrimientos sobre esta rama de la literatura universal.





martes, 4 de mayo de 2021

Un joven Sócrates, Diotima y los amores secretos





Los amores secretos del joven Sócrates



De una relación pederástica a la misteriosa Diotima, un libro bucea en la inspiración del filósofo en su juventud para cambiar la historia de la filosofía


DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

19 FEB 2020 - 00:16 CET


“Quien haya sido instruido hasta este punto en las cuestiones del amor, contemplando paso y correctamente las cosas bellas, próximo ya a su completa iniciación en los misterios del amor, asistirá de improviso a la revelación de algo sorprendentemente bello por naturaleza. Este, Sócrates, constituye el objeto de todos los esfuerzos anteriores [...] culminar con aquel conocimiento que no es otra cosa que el conocimiento de la belleza absoluta, y así comprender finalmente lo que es la belleza en si. Este es el trance de la vida, querido Sócrates —dijo la extranjera de Mantinea—, que, más que ningún otro, merece ser vivido por el hombre, cuando se contempla la belleza en sí”. Así —en la reciente traducción castellana de Óscar Martínez García (2019)— resuenan las palabras culminantes de la misteriosa Diotima en su enseñanza a un joven Sócrates, que él mismo evoca en el Banquete de Platón, justo antes de que la reunión festiva de los intelectuales atenienses sea interrumpida por la estruendosa llegada del borracho Alcibíades, el famoso enfant terrible de la política ateniense y enamorado de Sócrates.



Es una escena irrepetible de la historia de la literatura y el pensamiento, pero ¿quién era esta Diotima de Mantinea a quien Sócrates alude como su maestra en las cuestiones del amor filosófico? ¿Por qué esta curiosa escenografía y este recurso al flashback en uno de los diálogos centrales de Platón, en el momento en que Sócrates da nociones cruciales para la pedagogía filosófica puestos en boca de una mujer? ¿Cómo interpretar este momento tan importante y conocido? Sobre estas cuestiones ha corrido mucha tinta y se han escrito todo tipo de teorías, desde las más académicas a otras más audaces o que, al menos, intentan una revisión de las fuentes a fondo para darles otra perspectiva. Solo así, en el fondo, avanzan las ciencias de la antigüedad (salvo que la arqueología o el azar nos proporcione alguna nueva fuente). Y a este grupo de propuestas pertenece el libro que justamente se publica ahora, un sugerente ensayo del helenista y violonchelista británico Armand D’Angour, su primera obra traducida al español, Sócrates enamorado (Ariel).

El debate de Sócrates y Aspasia, de Nicolas-André Monsiau. Musée Pouchkkine. Wikipedia

D’Angour, profesor de Filología Clásica en el Jesus College de la Universidad de Oxford, no solo viene a terciar con su libro en el misterio de Diotima, sino que, por supuesto, pretende arrojar luz sobre el enigma que nos interesa más que ninguna otra cosa en esta escena y, en general, en todos los diálogos platónicos: el que rodea al propio Sócrates. Porque si desconocemos quién es Diotima, ¿qué decir de Sócrates? Sócrates, o su máscara usada por Platón —y por algún otro de sus celebrados discípulos, como Jenofonte— continúa siendo bastante indescifrable para todos los que se han acercado a la historia de la filosofía antigua: un filósofo abismado en el juego de espejos que protagoniza en las obras literarias que, en forma de diálogos, han dramatizado su paso fulgurante por la historia de las ideas. Su máscara, tan melancólica como la del dudoso retrato que le hizo Brancusi, como han apuntado grandes expertos en su figura, desde Cornelia de Vogel a Gregory Vlastos, solo se puede abordar desde las visiones parciales que tenemos, aplicando un modelo hermenéutico o analítico que intente situarlo en el tiempo y en el espacio a partir de su personalidad literaria. Del Sócrates idealizado de Karl Popper o Antonio Tovar, al actualizado de Paul Johnson (Socrates: A Man for Our Times, 2011, traducción española 2012), o el antidemócrata de Richard Kraut o del controvertido libro de I.F. Stone (objeto de una polémica entre García Calvo y Savater), muchas son las máscaras del “enigma Sócrates”.


Aquí tenemos una más, la de un joven Sócrates enamorado, a quien se trata de contextualizar siguiendo el rastro —cherchez la femme— tanto de la misteriosa Diotima como de su posible relación con Aspasia de Mileto, la celebérrima concubina de Pericles. Lo que intenta D’Angour en su libro, que remeda el título de la película de John Madden Shakespeare in Love (1998), es abordar el enigma Sócrates con un intento de reconstrucción biográfica lo más exhaustivo posible de la etapa más temprana del filósofo ateniense. Aparte de la identidad de Sócrates, la pregunta con la que se inicia esta propuesta que se centra especialmente en qué fue lo que inspiró al filósofo en su juventud para instaurar un nuevo estilo de pensamiento y de vida que habría de cambiar la historia de la filosofía. Una pregunta, huelga decirlo, de imposible contestación, a tenor de las fuentes disponibles, aunque ya se apunta desde el principio que quizá su relación con Aspasia pueda estar en el trasfondo. El abordaje a partir de aquí oscila entre los datos objetivos y las especulaciones sugestivas y personales: esto se ve en las propias licencias del ensayo, que presenta al principio de cada capítulo algunas líneas en cursiva con recreaciones ficticias y literarias en torno a Sócrates.


'La muerte de Sócrates', obra pintada por Jacques-Louis David en 1787.


Se abre el telón con Las nubes, la célebre obra de Aristófanes que incluye un retrato paródico e injusto de Sócrates, para luego analizar los datos que tenemos sobre la vida amorosa del filósofo. Lo más relevante de la primera parte del libro es el repaso por sus relaciones amorosas, tanto con Jantipa como con una mujer llamada Mirto, con la que tuvo dos hijos, por lo que llegó a ser acusado de bigamia. Más adelante, se trata otro aspecto muy interesante de Sócrates, su conocida actividad militar. D’Angour repasa la actuación de este “filósofo en armas”, en Potidea y otros lances guerreros, donde destacó por su valentía, llegando a salvar a Alcibíades, quien pondera en el Banquete su excepcional valía física para la vida militar. Como dato curioso, fue un veterano muy apreciado que llegó a luchar pasados los 40 años de edad en batallas como la de Delio, en Beocia (424 a.C.), lo que delata un magisterio militar muy apreciado por sus conciudadanos.

La relación con Alcibíades, al hilo de esa actividad militar, es una de las claves de bóveda del libro. Del polémico “joven león” de la política ateniense —que acabó viviendo una peripecia extraordinaria de osadía, traición y fugas en la guerra del Peloponeso— se recuerda su relación como amado (erómenos) con Sócrates y también su tutela por Pericles. El protegido favorito de Pericles, argumenta D’Angour, no hubiera podido mantener esa relación sin la aquiescencia o el beneplácito del estratego y hombre fuerte de Atenas. Y esto se pone en relación con lo que puede saberse de la vida amorosa de Sócrates en juventud: una relación pederástica, esta vez de Sócrates como amado, con Arquelao, discípulo de Anaxágoras (otro amigo de Pericles). Se cuenta que el joven Sócrates viajó con él la isla de Samos, hogar del pensador coetáneo Meliso. Esto lleva a evaluar en qué medida el contexto intelectual de estos personajes pudo influir en el joven Sócrates y acabar por condicionar en cierto modo la imagen de despistado sabio naturalista que transmitirá más tarde Aristófanes en su citada parodia. Pero lo más interesante de esta parte central del libro (capítulos 3 y 4) es la reflexión sobre el papel de Sócrates en los círculos intelectuales en torno a Pericles. Sobre el estratego, ciertamente, hay una actitud algo embarazosa en los textos de los discípulos de Sócrates, Platón y Jenofonte, que hablan de Pericles poniendo en boca de Sócrates a la vez cierta familiaridad, pero gran cautela.

El final del libro pone en cuestión alguno de los lugares comunes en torno a Sócrates, como su pobreza, fealdad o suciedad, que pueden haber sido también parte del personaje creado para la posteridad. Sócrates, argumenta D’Angour, tuvo la educación propia de la élite ateniense en el arte musical (techne mousiké), noción mucho más amplia que nuestra música actual, como para convertirlo en un “hombre instruido” o mousikós aner de los círculos aristocráticos. Un repaso a la prosopografía de los personajes con los que se relaciona Sócrates en los diálogos de Platón nos da una idea del nivel socioeconómico del que hablamos, como se puede ver, por ejemplo, en el propio Banquete. Las fuentes hablan de un personaje que podía haber heredado un patrimonio desahogado de su padre, que le dejara cierta tranquilidad para vivir filosofando (por no hablar de costearse la armadura hoplítica). Su proverbial fealdad y el famoso “genio” socrático son otros aspectos cuestionados: interesante, en el caso del primero, el intento de presentarnos a un bello Sócrates, esta vez erómenos de otro filósofo, al hilo de una doble tradición en sus retratos antiguos. Pero algunos saltos argumentales del autor nos desconciertan, pues D’Angour parece tomar demasiado al pie de la letra, en cuanto a su intento de reconstrucción de la juventud de Sócrates, muchas cosas que escribe el Platón tardío, que ya tenía, ciertamente, una agenda filosófica propia y muy personal.

Aspasia y Pericles por Hector Leroux



Es al final del libro cuando se aborda el tema más candente: la vieja cuestión de la identidad de Diotima (“honor de Zeus”) de Mantinea (ciudad oracular por excelencia) y la posibilidad de que fuera un alter ego de Aspasia de Mileto (amante del todopoderoso estratego que llevaba por mote “Zeus”). ¿Quién sería este personaje oculto del Banquete del que Sócrates afirma, nada menos, que le enseñó “todo lo que sabe sobre el amor”? Pero en Platón hay una aparición estelar de Aspasia, en el Menéxeno, ya no como maestra de filosofía sino, lo que es muy sintomático, como maestra de retórica, improvisando un discurso fúnebre paralelo al famoso logos epitaphios de su amante Pericles, que conocemos por Tucídides. Lo que se ha entendido convencionalmente como una suerte de parodia platónica de este género es tomado por D’Angour como un indicio del magisterio de esta mujer. Es cierto que tenemos certezas sobre la gran inteligencia de Aspasia, y atisbos de su probable actividad filosófica —según títulos de obras perdidas, por ejemplo, o según el muy posterior Plutarco—, que esbozan una personalidad única de mujer en la Atenas de su tiempo, que llegó a congregar a un gran círculo intelectual en su derredor. A eso se añade el parentesco, lejano y político, pero atestiguado, entre Aspasia y Alcibíades.

Todo ello y otros muchos aspectos, como su dudosa reputación como causante de problemas a la cultura tradicional y conservadora de Atenas, pueden emparejar en cierto modo a Sócrates y Aspasia a la sombra del círculo de Pericles. Pero ¿es una relación verdaderamente determinante, como apunta D’Angour? No sabemos si este Sócrates enamorado lo estaba de Aspasia, si Platón modeló sobre ella a Diotima, o si ella era la gran mujer silenciada detrás de tantos grandes hombres. Son insinuaciones que sobrevuelan en torno a toda la argumentación, y sobre todo en el capítulo final, sin llegar a concretarse. Al final, todo queda en terreno nebuloso, entre las pruebas históricas y la especulación novelesca, que por cierto sabe transitar magistralmente el autor, haciendo uso de su erudición y, a la vez, de la licencia poética. Este misterio, como es lógico, no se resolverá. Pero es interesante que un académico proponga una aproximación no estrictamente académica y muy sugerente que nos permita regresar al viejo y enigmático pasaje que ha hecho soñar a tantos lectores de Platón con la maestra de verdad que permitió la contemplación de la Belleza-en-sí.




David Hernández de la Fuente (Madrid, 1974) es escritor, traductor y profesor de Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de 'Oráculos griegos' (Alianza Editorial)  e 'Historia del pensamiento político griego' (Trotta) entre otros libros.


Tomado de El País


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