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viernes, 24 de abril de 2026

Traje,Trujo y Trejo escondido en las palabras

 


OSWALDO TREJO, por VASCO SZINETAR


Trejo escondido en las palabras

Por Papel Literario

agosto 4, 2024 1:00 am



Por ÓSCAR RODRÍGUEZ ORTIZ


Elusivo, el Oswaldo Trejo persona real y tangible es casi tan difícil de aprehender como sus trabajosos y trabajados textos literarios. No es que sean “complicados”, que los hay peores en la literatura universal, sino que se niegan al rápido abordaje y retardan la costumbre de ‘intimidad’ con los hechos ficticios que poseen los lectores. Vamos buscando la “comunicación” y nos topamos con un jeroglífico. Mala recomendación para introducirlo. Como la publicidad que argumenta las curiosas bondades de su producto señalando ante todo sus impedimentos: el broche que no cierra de un solo movimiento, una mesa de dos patas, una taza de borde ladeado. Objetos absurdos a primera vista, por lo menos abstrusos, imprácticos. La descripción casi evoca la que se haría apresuradamente de Alicia en el país de las maravillas. El poeta argentino Raúl Gustavo Aguirre ha advertido contra las deficiencias de leer a Trejo para quedar absortos en la contemplación de sus audacias estilísticas, una de las causas de sus ‘problemas’, pues hay otras.



Rehúye, evita, sortea, esquiva, torea, se escapa, son sinónimos aplicables a la obra y al autor. ¿Guardará algún terrible secreto este hombre sociable y a la vez un poco misterioso que se presenta como ‘ingenuo’ para disimular su embrollo? Sus lectores de todos los tiempos, desde 1948 cuando publicó el primer libro, y no se diga desde 1968 cuando comenzó a llevar lo suyo a límites impensables, coinciden en aceptar que la ‘excepcionalidad’ de esa obra —por distinta— conduce a la experiencia común de tropezarse con ‘brumas’, ‘niebla’, ‘oscuridades’, una especie de capa u obstáculo que dificulta la captación de lo que ocurre. A retener para más tarde las dos fechas indicadas.



En sus cuentos hay un bobo que, por “idiota” en el sentido de capacidad intelectual, tergiversa los hechos; dos ancianas sordas que, desde luego, hablan inútilmente para no entenderse; el caballero de las barajas que, salido del papel, ¿es héroe de una epopeya o un simple ciudadano confundido ante el espejo? Safo en bicicleta como en los alegres cuadros de bañistas de Matisse; las cárceles de Piranesi; horror y complacencia en una cueva. Esto es: una obstrucción entre lo que pareciera estar representado y la representación. Que el mundo sea visto —o dicho— por un idiota y unas sordas a lo mejor se relaciona con la literatura del absurdo, tan característica de los años cincuenta y antes. Pero el bobo y Auradelia intercambian de sexo, uno se hace otro gracias a una habilidosa metáfora surrealista aunque propia de la literatura fantástica. Piranesi propondría pesadillas, torturas ante el espacio arquitectónico saturado, casi un espectáculo: una ‘locura lúcida’, deliberada. Todos los espejos de Trejo, y tiene muchos, lo mismo que los de buena parte de la literatura universal cuando están bien usados, predican el simbolismo o el conflicto de la identidad y el doble. Igual función parecieran cumplir los ‘cuadros’ y los autorretratos de sus libros. Significados en los que no se agotaría esta narrativa si se la quiere apreciar desde posturas filosóficas, psicológicas o sociológicas. Hay también en un cuento un arquitecto ‘loco’, un imaginero o suerte de demiurgo popular al estilo de Juan Félix Sánchez en los páramos andinos, capaz de hacer una ciudad de hierro a su imagen y semejanza: lo utópico —¿quimérico?— de edificios inverosímiles semejantes a algunas construcciones verbales de Trejo; construcciones que crean un espacio sagrado; textos que hacen lo propio: sancta sanctorum de complicada penetración, cuya clave hace un poco de burla a las apuestas interpretativas. Es de observar que sobre este mismo tema del artesano demiurgo, muchos años después de Trejo, Peter Weiss escribió un relato sobre el cartero Cheval, quien en sus ratos libres y con manía de artista hizo un monumento particularísimo e impráctico. Locuras o absurdos. ¿Ionesco o Faulkner si se piensa en el proceso interior del bobo en el cuento “Escuchando al idiota”? De hecho Faulkner comienza una de sus novelas con la conocida cita de Shakespeare: la vida es una aventura insensata contada por un idiota. Dice Borges que de los significados filosóficos del poeta inglés se pueden sacar ‘mensajes’, o sencillamente estar atentos al rumor de sus palabras. Tarea escéptica la de vaciar los libros de derivaciones morales o trascendentalistas para colocarnos en la vía de lo que la crítica ha detectado más en Trejo; que se está ante un acontecimiento de las palabras, que estas funcionan en los textos particulares, en la unidad del libro, en el conjunto de la obra, con autonomía: una libertad que puede volverlas locas, pero que jamás les permite el libertinaje pues están autocontroladas. “Tendría que esperar las siguientes palabras —se dice en un cuento de Trejo—, reclamarlas si tuviera algún interés en el amor. Tendría que hacer deducciones, barajar todas las palabras, hacer solitarios. Habría que tomar en cuenta para el juego la confusión del sonido de las palabras , de sus grafismos, de sus significados, porque ellas también deben tener un acaecer extraño dentro de ti, sufrir grandes y variadas transformaciones”. Ellas mandan, no los personajes, situaciones, tramas, etc.


El arquitecto ‘aficionado’, el jugador de cartas, tan presente en sus libros, los intelectuales que se reúnen para inventar palabras, a lo mejor singularizan la manera de escribir de Trejo: paso a paso, frase por frase en un edificio verbal cuyas columnas y ladrillos resultan exclusivamente palabras. De las escasísimas declaraciones que el autor ha dado sobre su obra, acaso pueda retenerse como recomendación única que, así como escribe palabras, se debe leer deletreando. Más que una lengua inventada, ‘nueva’ con respecto al castellano literario o al contexto de las letras venezolanas —tendría un parentesco con las posiciones de Ida Gramko, Antonia Palacios o Alfredo Silva Estrada, tan distintos entre sí y de Trejo—, se trata más bien de una lengua ‘imaginada’, algo así como ‘ideal’: desfigura, ‘corrompe’ el idioma y la sintaxis, cambia de lugar o elude las conexiones lógicas. ¿Una lengua que parodia el idioma, hace chistes a su costa o inocentemente tuerce? En algunos casos prescinde del artículo que haría ‘normal’ la frase y la pone a cojear para que luzca el trastabille; puede suprimir también los verbos activos o pasivos valiéndose exclusivamente de gerundios y participios hasta lindar con lo ‘imposible’ y lo extravagante. Todo para hacer de ellas otra cosa: no dejan de ser palabras, pero desean no parecerlo se acercan poco a las acostumbradas. En algunos momentos semejan palabras, pero a lo mejor no lo sean si se atiende a la manera como están colocadas en las páginas del libro. Puede pensarse al respecto en algunos de los cuentos del volumen Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo que deben ser ‘vistos’ más que ‘leídos’: las palabras tachadas en el relato “Memorandum para cuando vuelva Dante” hacen que el ojo lector trabaje el doble. Pero se encuentran también las frases peculiares. “El cuarto en el que nadie adentro” que resulta por cierto una de las expresiones menos felices de sus libros. “En semejante trance, con la mirada pidiendo disimulación, apurando despedida silenciosa, alejando el caballero”. Llega a ser una de las construcciones comunes. “Entrando por las cada vez más puertas” se leen, tres ejemplos entre miles, en cuentos publicados después de 1980 y, aparte de las novelas, tal vez sea posible rastrearlos antes no sólo como síntomas estilísticos. Como las barajas o el tarot, no están en su obra para adivinar el futuro del logos sino el azar del verbo. Lo mismo que los diccionarios y repertorios de palabras: no le importa su semántica, es decir, lo que significan, incluso cómo significan. Son recursos usados antes por el culteranismo y las vanguardias: el invento ocurre dentro de un patrón de invención aunque en el marco de la literatura venezolana Trejo luzca exclusivo.

Una imagen algo borrosa, como la que resulta de una cámara fotográfica intencionalmente desenfocada. Vasco Szinetar le ha hecho varios retratos, el más audaz muestra la cara de un Trejo superpuesta a sus mismos rostros. No ha querido ‘fotografiarlo’ del ‘natural’ sino acaso presentarlo en lo que su obra tiene de negativa a la ‘representación’ ¿Una lectura ‘cubista’ ojos debajo de la nariz o dobles ojos? Quizá en libre asociación, ese retrato evoque el cuadro Desnudo bajando la escalera de Marcel Duchamp. Sólo que la vibración y el movimiento de Duchamp y Szinetar no dicen que en el escritor venezolano lo que se desfigura y elude, se ‘congela’. Narrativa que tiende a coagular el tiempo y el espacio, a volverlos irreales. ¿Dónde pasan los hechos, a quiénes ocurren?, ¿cuándo? ¿Tiene esto importancia? Desde luego, muchos lectores han terminado por pensar que la coagulación es algo próximo a lo inhumano: no se está, dicen, ante una literatura ‘vital’, apasionante por su implicaciones humanas, asible por sus significados psicológicos, ontológicos, sociales, etc. Pero este congelamiento no es como el de Beckett: las palabras pueden llegar a ser totalmente irreales en ambos, en las novelas de Trejo su delirio puede causar la angustia de la lectura que busca la dirección de ese torbellino, pero no pareciera haber la cerrazón fatalista del irlandés. El Ecce homo en tanto personaje puede llegar a ser triste o extravagante, jamás es un detritus.

Personajes, acciones narrativas, lugares cuando los hay. Que los hay y el lector detecta como el único trofeo que puede rescatar de sus esfuerzos —el barrio de Catia en los años cuarenta, una aldea posiblemente andina, un apartamento romano decorado a la manera posmodernista de los años cincuenta, la calle por la que pasa una manifestación estudiantil, los diablos de Yare metidos en el infierno de Dante, una ciudad fantasmal, vecinos ruidosos— se volatilizan y tienden a perder consistencia.

Andrés Mariño Palacio. Ilustración de Orlando Oliveros

Sin embargo, Trejo también es hijo de su tiempo, no es un Dorian Gray inmutable respecto a su propia obra y a los libros ajenos. Su narrativa ha ‘evolucionado’ y la primera es distinta de la posterior aunque ya la anuncie. En ambos momentos, una negativa a la anécdota ‘bien contada’, esto es, a la tradición de contar. Los esfuerzos de la crítica por meterlo dentro de la historia literaria del país, intentos de analogía, han señalado que a fines de los cuarenta se incorporó a las renovaciones buscadas por el grupo Contrapunto. Trejo sostiene sin embargo que él llegó de último y más bien fue una especie de discípulo que protagonista: estaba al lado, no en el corazón del asunto, al igual que le ocurrió con experiencia de pintor. Quizá siempre ha trabajado al margen, paralelamente, al borde, en la proximidad, sin encontrarse por completo en medio de lo estéticamente definido. Indefiniciones que provenientes del exterior han acabado por dar a sus narraciones ese aire único, que procede de lo interno. Lecturas internacionales y ‘modernas’ que propagaba el joven maestro Mariño Palacio. Acaso de allí saldría la tradición contemporánea del cuento venezolano enredadísimo. Es decir, en la literatura del país lo que predomina, y Trejo no sería excepción al respecto, es “el cuento que no parece cuento”, según el modo ideal de ese género, el cuento “mal hecho”, deliberadamente distorsionado por la superposición de planos y el abultamiento de otros factores sobre su anécdota. Incluso, cosa propia de finales de los cuarenta en Venezuela, una cuentística llena de adjetivos, que Julio Miranda ha caracterizado como literatura ‘seudo’: conseguir la cosa por el artificio.




De Trejo señala sin embargo este mismo crítico que en sus libros iniciales no se trata de crear ‘metáforas’, lírica a lo poético, sino que los cuentos mismos, en su totalidad, son metáforas. Se podría completar la observación añadiendo que Trejo pretende hacer de las palabras acaso metáforas de las artes plásticas, su primera actividad y cultura para, posteriormente, hacer de sus textos algo así como una metáfora de los ideogramas, ‘escritos en chino’, ‘incomprensibles’. Doble negación, literaria y pictórica de la tradición inmediata y sofocadora de lo criollo y el paisajismo de las perspectivas o el claroscuro mediante la emoción de los cuadros abstractos y no figurativos. En algunos cuentos iniciales de Trejo hay una especie de abstracción naif o naturalezas muertas a lo Georges Braque. Sus compañeros de la escuela de Artes Plásticas se encontraban también en el mismo dilema: todavía en esa época, Soto, Cruz Diez, Alejandro Otero, Mateo Manaure o González Bogen pintaban desnudos académicos, paisajes, motivos criollos, pero habían comenzado a verlos con otros ojos. En libros siguientes aborda también temas más ‘realistas’, incluso ‘costumbristas’, particularmente en el volumen Cuentos de la primera esquina.

Contra toda especulación cronológica y de orden evolutivo este libro es de 1952, si bien pareciera pertenecer por su modo a otra época anterior del autor y de la literatura nacional. Es la misma incertidumbre o evolución del ‘espíritu moderno’ que hace cambiar a Guillermo Meneses de “La balandra Isabel” a “La mano junto al muro”, dos cuentos modelos y magistrales de la literatura del país. En Trejo, es necesario insistir, existe una sistemática —una convicción estética que se traduce en un preciso ‘sistema’ o conjunto con sus ‘métodos’— voluntad de negarse a contar: cuentos que pueden ser fácilmente anecdóticos, otros simbólicos y hasta alegóricos, todos en perspectiva de elusión y toreo. Así mismo están los cuentos “Escuchando al idiota”, “Aspacia tenía nombre de corneta” y “Horas escondido en las palabras”, tres esenciales para su perspectiva, que comienzan a cumplir su modo último y definitivo. ¿Lo anuncia o lo realizan ya?

Pero como su producción más peculiar cristaliza a partir de 1968 con la novela Andén lejano, la crítica ha tratado de vincularlo a la generación de los sesenta. Su relación estaría en esa atmósfera de novedades, de definición de la contemporaneidad como censura del pasado artístico inmediato, tendencia “cubista” y abstraccionista de los años cincuenta, que él cumple luego. Lo moderno es inconformidad y sensación de insuficiencia, de lo anterior, aparte de novelería. Trejo tendría entonces un aire ‘moderno’ que no tiene de pronto algún narrador muy joven. Aquí se atraviesan las pugnas estéticas entre distintas artes, figurativas o no, irreconciliables. Una califica de tradicional y decimonónico —o criollista— todo lo que cuenta y narra; la otra asegura que toda innovación o es formalismo o es simple jueguito. La de Trejo no es una ‘antinarración’ o trabajo hecho ya contra algo, sino que definitivamente se sostiene por sí mismo y acaso guarde algún parecido con la literatura sin ser aliteratura. Por eso el lector suele verse obligado al esfuerzo supremo de ‘adivinar’, lo que pasa en sus cuentos, pelea en lo que se discute además si son las capacidades perceptivas o del lector las que fallan, si el autor no ha llegado a ‘explicarse’, o es de aquellos que pertenecen a la categoría del ‘no me dice nada’.



Al cordial Trejo se le consigue sin embargo y sin problemas en un café de Sabana Grande, en la exposición de una galería de arte, en un acto oficial, en el bautizo del libro raro de un poeta desconocido, o en esos pomposos homenajes que se brindan a los ‘personajones’. Tiene una intensa vida social que por momentos hace pensar en el don de la ubicuidad si en el mismo día se coincide varias veces con su apretada agenda. Está en todas partes con sus ropas juveniles y sus ‘bleizeres’ de funcionario: pareciera accesible y al alcance de todos. Nada menos cierto. Si un lector espontáneo y de buena fe llega hasta él con una duda acerca de sus libros, por lo regular se lleva la insatisfacción de oírlo cambiar amablemente de tema. La insistencia no lo ablanda o disimula el halago de la solicitación. Debe ser hábito adquirido en el ejercicio diplomático ese de salirse por la tangente y quedar amigo del interlocutor a quien recompensa con el relato de una situación graciosa, de una anécdota inesperada y de ortodoxia narrativa —planteamiento , nudo, desenlace, incluso ‘intriga’, ejes del cuento tradicional que él no practica en sus libros— ciertas agudas observaciones sobre hechos y personas. También, si por casualidad se ve obligado a pronunciar un discurso, sortea el compromiso con la brevedad distanciada de quien apenas cumple un deber de buena educación. Los periodistas no lo suelen buscar, o lo hacen en vano porque, contrariamente a ciertos autores nacionales o extranjeros que se mueren por declarar, disimula con los sucedidos de sus peripecias vitales, sus modestos oficios de policía, jefe de una cochinera, fabricante de queso, vendedor de seguros: ¿un Chaplin que trata de pasar inadvertido y se protege con la desatención? En fin, elude los pronunciamientos éticos y estéticos a los que son tan proclives los escritores. Hacerlos es para aquellos no solo afirmar su personalidad sino tener la sensación de estar viviendo. Trejo no acostumbra a explayarse y acaso se resigne a decir, como todos, lo común cuando conversa. ¿O pretenderá negar con su actitud la tortura romántica del escritor sufrido, la soledad del escritor, la soledad del escritor a quien nadie comprende? De hecho, Trejo como que no se deja seducir por la mundana tentación de ‘darse a conocer’, ganar los favores del público, ‘lucirse’, o aclarar de viva voz los ‘misterios’ de sus libros. Podría suponerse que es por desdén, tal vez, mejor, por timidez o modestia, es decir, a causa de virtudes de índole psicológica o moral, cuando más bien resultan convicciones estéticas. ¿Para qué todo ese alboroto cuando un hombre hace lo que le da la gana? Por más de cuarenta años Trejo ha escrito indiferente a la ‘gloria’ del qué dirán.

Acaso también esa dificultad de no poder descubrir rápidamente la etiqueta que revele los ‘secretos’ de la vida y de las obras elusivas tienda a poner las cosas en su punto, en el plano de las estéticas que discuten si las obras literarias o plásticas representan la realidad, dicen el mundo o postulan uno equivalente. Comenzando por lo más evidente: de qué manera ellas quieren contradecir nuestro modo ‘natural’ de abordarlas. Su ‘rareza’ y dificultad recordaría el procedimiento con el que Ortega y Gasset se situó ante el arte que era ‘nuevo’ en los años veinte: “Cuando a uno no le gusta una obra de arte pero la ha comprendido, se siente superior a ella y no ha lugar la irritación. Más cuando el disgusto que la obra causa nace de que no se le ha entendido, queda el hombre como humillado, con la oscura conciencia de su inferioridad que necesita compensar mediante la indignada afirmación de sí mismo frente a la obra”.

Al contrariar el modo natural con que parecen venir las cosas hasta los hábitos del lector, la crítica no ha faltado a otra cita estética: equipararlo con los procesos ‘anómalos’ mediante los cuales las artes del siglo XX se han definido contra la tradición. Ruptura por la audacia o el desafío, por desconfianza hacia los recursos anteriores cuyos resultados eran los esperados. “Surrealismo”, “letrismo”, experimentalismo son nombres que más o menos se convocan con respecto a Trejo por lo que pueden tener de analogías con su extraño arte. En los cuentos de 1948, de hecho, flota la imaginería surrealista de un entorno cultural que todavía entonces pensaba que esa posición era una vanguardia. “La puerta se estremece. Hay carne pegada del candado y pedazos que le cuelgan. Todo él es una creciente desmadejada y el doble pecho tiene huecos sin llenar”. Nadie dejaría de evocar a Dalí ante semejante visualización metafórica por no hablar de ejemplos poéticos. En efecto, en el libro Los cuatro pies ocurre toda una demostración visual con concesiones al paisajismo pero en una atmósfera interior de supuestas imágenes oníricas. Inconsciente que algunas veces linda con la ‘ingenuidad’ técnica señalada por Orlando Araujo. Depósito de seres, libro de 1963, tal vez tenga que ver con ese sentimiento de la nota o taedium vitae tan peculiar de los años cincuenta. Muchas veces la palabra que niega se ve obligada a pasar por trivial para hacerse ‘significativa’ porque propone una cotidianidad laberíntica, absurda. Sobre el probable ‘letrismo’ de Trejo —el juego fonético se le parece— no hay sino que ver la ‘combinatoria’ de sus construcciones verbales más frecuentes para concluir que no salen de un sombrero agitado. Su relación se encontraría mejor situada si se lo piensa vinculado al ‘concentrismo’ cuando se ‘miran’ sus novelas. Los textos no nombran las cosas o el mundo, son artefactos en sí mismos. O la difícil ‘partitura’ de páginas y páginas de poesía a lo Mallarmé en la novela Andén lejano, el andamiaje poético de Textos de un texto con Teresas, que provocaría alguna relación con el ‘textualismo’ de los estructuralistas. Un artefacto visual dirigido a los ojos pero también a otras experiencias sensibles, la de lo gráfico: las ideas que se hacen visuales, independientemente de su cualidad de ser comprensibles para otros. Rápidamente se piensa en la angustiosa acumulación de decorados y hechos como ‘insignificantes’ que ocurren en la película El año pasado en Marienbad de Resnais. O la jocosa transcripción gráfica que En mientras octubre afuera se hace del popular estribillo “palo, palo, palo, palo, palito, palo é, é, é, palo, palito, palo, é”, mediante estos garabatos, como planas de escolar: ////// é é é é /// é. Son como los trazos dirigidos hacia el momento en que una escritura verdaderamente dificultosa lo es en su esencia: no existe para ser ‘legible’, ‘entendida’, sino tal vez para ser particularmente ‘visible’.




Cine - ALAIN RESNAIS «EL AÑO PASADO EN MARIENBAD»

Semejantes aproximaciones acaban casi siempre en la otra etiqueta que sin remedio se encola sobre Trejo: una narrativa ‘experimental’. “Les anticipo —dice alguien en el cuento “Horas escondido en las palabras”— que habrá de copiar cuarenta y dos preposiciones, doce adverbios, cincuenta y cinco artículos, ocho conjunciones, doce pronombres, dos contracciones… Los jugadores solamente podrán disponer de una interrogación de veinte puntos, veintidós comas, cinco puntos suspensivos, cinco guiones, un punto y coma, y dos palabras que les dicte”. Apenas se va a destacar el lado material o físico que evoca las tareas que se imponen los artistas experimentales que a la manera de los practicantes de la música electrónica, colocados ante frases de las que ignoran su naturaleza, las estudian empíricamente para hallar sus posibilidades desconocidas, trabajo en el que inventan las normas en el mismo momento en que las están haciendo. Se observará que las numerosas comparaciones tienden a vincular a Trejo con realidades artísticas que no son exclusivamente literarias. Consérvese entonces el concepto de analogía: lo que en parte es idéntico y en parte distinto. De allí las muchas referencias a las artes plásticas que en esta lectura no deben tomarse sino como alusiones sin propósito de rigor. Experimentalismo que según ha aclarado Julio Ortega es predominantemente ‘festivo’, es decir, no se hace por medio de técnicas matemáticas, cálculos y reglas establecidas, sino que nacen así porque sí. Sólo una deliberación o postura inicial que el mismo Trejo ha ‘confesado’: no le interesa el cuento que se puede relatar oralmente, busca únicamente el que se reelabora y escribe palabra por palabra, dice él que sin saber lo que vendrá en la frase siguiente. Intención a la que terminan por ajustarse los lectores cuando para ‘gustarlo’ son trasladados al arte primigenio de deletrear. Terminado el proceso primario se preguntan si semejante acumulación de palabras no predica el silencio. Dos posturas ha tenido la crítica frente a esa constancia del autor. Una sostiene que no hay nada más allá de las palabras y en ellas concluye el esfuerzo de seguirlas y adivinar la trama que inexorablemente contienen escondidas. Otra afirma —ha dicho Juan Liscano, por ejemplo— que en esos trozos hay como la grafía del arte islámico: saturan el espacio porque tienen prohibida la representación del mundo. Un dogma y una fe. Tales lecturas, dispararían asimismo el texto hacia la ontología del silencio —callar es mucho más que decir— o a lo mejor hacia el origen de todas las escrituras: el carácter pictográfico que muestra una forma más que un nombre, un objeto, un mundo.

*Ensayo publicado originalmente en el libro Hacer tiempos, publicado por el Fondo Editorial Fundarte, Venezuela, 1995.




domingo, 10 de noviembre de 2019

“ANTOLOGÍA TERRORISTA /GRUPO LI PO”: VARIOS AUTORES: Un Acercamiento.





Crónicas del Olvido

“ANTOLOGÍA TERRORISTA /GRUPO LI PO”: VARIOS AUTORES

**Alberto Hernández**

1.-


Venga de donde venga la palabra, asusta. Venga de donde surjan las agujas, los disparos, los bombazos, los filos e inclusive las monótonas revelaciones teológicas e ideológicas, da miedo. El terrorismo no es una metáfora. Es una afirmación sin adorno alguno. Es un testimonio práctico, un dedo en el gatillo como si se tratara del obturador de una cámara fotográfica.



Deslindar los campos, traducirlos para lograr algún alcance. Desde esta perspectiva, el terrorismo contiene una venganza o muchas venganzas. El terrorismo es una fábrica de odio, de alternancias donde florece la muerte. Pero también –si se afirma con él en la teoría- es un campo de creación donde se descubren caracteres, máscaras, rostros desfigurados, sonrisas prefabricadas, multitudes convulsas, estamentos en los que la gloria o la degradación sean la base de un sistema de valores.

En literatura también el terrorismo tiene su lugar. Se puede hablar de él, se puede hasta justificar si la ficción favorece al autor. Se puede hacer historia basada en hechos fulminantes, en destajos de piel, en ojos desorbitados, en gangrenas ideológicas. Se puede, sí, se puede morigerar también si el autor goza de buena salud política, social, cultural, sexual o religiosa.

En este caso, en el que digo, no se trata de hacer balances éticos o morales. El terrorismo es un animal que sabe volar, arrastrarse o nadar en aguas peligrosas. Y puede, de hecho lo hace a diario, convertirse en majadería demagógica, en atuendo de sacralidad vertiginosa. Hay terroristas en el plato que a diario consumimos.

Y los hay en el poder como en los escondrijos de ciertas vacilaciones democráticas. Y al decir vacilaciones democráticas activo una discusión por cuanto el totalitarismo se impone desde la democracia. Casos existen. Los vivimos. Los estamos viviendo.

Esta forja da pie para decir de esta “Antología Terrorista”, que el Grupo Li Po de la Valencia venezolana ha publicado a través de la editorial el perro y la rana, en la versión de la otrora imprenta carabobeña, y que recoge nombres de autores de esa ciudad que desarrollan tesis misteriosas, reales que amalgaman impresiones acerca de este tema y sus vertientes.

O deslizan pasos para revisar historias universales y personales, perfiles que destacan el carácter creativo que el tema auspicia.

2.-

¿Qué contienen estos textos? ¿Hacia dónde apuntan? ¿Se trata de un recetario para practicar el terror? ¿De qué se trata?

Cada autor trabaja sobre una estrategia. Cuenta, relata, ensaya. El tema en suspenso, como si se tratara de una nube. No obstante, cada autor piensa el tema y va más allá, lo intelectualiza, lo descubre, lo metaforiza, lo trabaja. En algunos casos, lo roza.

Aquí están Andrés Cerceau con “El ojo de Dios”, “Guerra” y “El monje”; Richard Montenegro con “Barcelona”; Yilly Arana con “Un asunto privado”; José Carlos De Nóbrega con “Un tríptico para Cristóbal Ruiz: Metarrelato a la manera de Bestiario, La segunda muerte de Cristóbal Ruiz y Cristóbal Ruiz: La curaduría ebria en ´La Guairita´”; Guillermo Cerceau con “El sabelotodo”, “La mala lectura”, “La política de Ultratumba”. El poeta invitado para este ensayo, para esta aventura narrativa, intelectiva, hermenéutica, fue Luis Alberto Angulo, quien inició el libro con un poema dedicado a Li Po.

Entonces, por aquí vagan relatos, pensamientos, curiosidades: un balance de todo aquello que podría estar relacionado o no con el ¿terrorismo? O con la antigua utopía de alcanzar el cielo y la paz en presencia de un dios terrenal.
Textos bien elaborados, densos, trazados con la inteligencia de quienes entran en la ficción y terminan en medio de la realidad.

Podría tratarse de un guiño que el título muestra como tentación. Pero más allá del terrorismo o no, siempre llevamos el miedo en la garganta. O la felicidad de sabernos entretenidos por estas piezas donde es preciso pensar, repensar, asirse de la realidad para poder vencer el deseo de querer hacer el primer disparo o dejar en el aire el primer pensamiento que nos pueda alejar del miedo, del susto, de los sobresaltos, del terror.






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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.

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Alberto Hernández. Fotografía de Alberto H. Cobo.



Alberto Hernández, es poeta, narrador y periodista, Fue secretario de redacción del diario El Periodiquito. Es egresado del Pedagógico de Maracay con estudios de postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) ; Párpado de insolación (1989),  Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), ; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003). Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos.  (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, italiano, portugués e inglés. 

lunes, 15 de agosto de 2016



Nostromo y Ojos de Perro Azul: Dos Fanzines valencianos II





Reflexiones Urbanas. Nostromo y Ojos de Perro Azul: Dos Fanzines valencianos II




Ingresamos en el número dos de Nostromo aunque nuestra presencia solo se reflejó en el directorio a partir del número cuatro.  Nuestro aporte a la publicación se realizó de la siguiente manera:

Joseph Conrad


A) Le dimos mayor profundidad a la publicación ya que señalamos que Nostromo no solo era la nave de Alien: el Octavo pasajero sino también una novela de Joseph Conrad. Así pusimos al tanto de la obra del escritor británico y de cómo Nostromo se vinculaba a Valencia, la de Venezuela. Cuantos valencianos desconocen que Sulaco la ciudad creada por Conrad no es otra que Valencia.



B) El segundo aporte es menos pintoresco, no participamos como la mayoría pensará, escribiendo o dibujando, sino realizando una labor que  muchos de los fanzineros consideran  burda y de poca monta: La comercialización y la distribución. Nostromo tenía un tiraje inicial de 500 ejemplares algo fácil para el primer número que solo era una  hoja tamaño carta impresa con copyprinter (los siguientes números también fueron impresos de esta forma). Pero cada vez más difícil con los siguientes números que incrementaban las páginas. Inicialmente solo tenía un anunciante así que nuestra labor consistía en aumentar los clientes para cubrir los costos y mantener la gratuidad del fanzine. En cada número incrementamos la cantidad de anunciantes y  mejoramos la calidad. El fanzine en un año pasó  de dos páginas a 24, y el tiraje de  quinientos ejemplares pasó a  mil. Inicialmente circuló solo en Valencia pero en los números 3, 4, 5 y 6 llegaron a 4 ciudades más: Barquisimeto, Maracay, Maracaibo y Caracas.



Era común escuchar en boca de varios miembros del equipo que los periódicos no reseñarían a este fanzine pero gracias a nuestra acertada política de relaciones públicas Nostromo fue reseñando por los diarios El Carabobeño, diario que no circula en papel en la actualidad, El Notitarde, La Calle y semanario Tiempo Universitario.



El fanzine Nostromo, luego de obtener ganancias crecientes en los números 4, 5 y 6 murió en el sexto número en el año 2002, después de seis entregas puntualmente bimestrales, por la cortedad de miras de algunos de sus integrantes.



Nuestra segunda experiencia en mundo del fanzine cuajó en la revista Ojos de Perro Azul, El Mejor amigo del comic  durante el bienio 2004-2006. Allí cumplimos la misma labor que en Nostromo: Comercializar y distribuir de la mejor manera. Esta vez la modalidad de impresión mejoró, el fanzine era publicado en Off Set.  La revista fue editada por Manuel Zafrané y José A. Escovino quien cubría los costos en su imprenta, Y el equipo estaba conformado por  Yilly Arana, Richard Montenegro, Orlando Oliveros, Sergio González, Arturo Leal (+), Félix Romero, Reynaldo Quintero, Andrés y Guillermo Cerceau entre otras personas. El tiraje era de 1000 ejemplares y se cubrían las mismas ciudades Valencia, Maracay, Caracas, Barquisimeto y Maracaibo. A diferencia del fanzine Nostromo, Ojos de Perro Azul se vendía a un módico precio y para estimular a los kioskeros la mitad de su valor se quedaba con ellos. Para febrero de 2005 el costo de la revista era de Bs 500 equivalentes actualmente a BsF 0,50. En el 2016 el pasaje de autobús cuesta BsF 44.



Luego de seis números finalmente Ojos de Perro Azul dejó de imprimirse. Algunos hambrientos lectores cada vez que nos ven nos preguntan por Ojos de Perro Azul, y nosotros le contestamos que está recuperándose en Avalon, porque Ojos de Perro Azul es el fanzine que fue, es y será. Solo espera mejores tiempos para imprimir en Venezuela.

Richard Montenegro Caricote




 Publicado en la columna Reflexiones Urbanas del diario Ultimas Noticias el 14 de agosto de 2016 en la página 19.


Enlace relacionado:


Reflexiones Urbanas. Nostromo y Ojos de Perro Azul: Dos Fanzines valencianos I

Actualizada el 05 de agosto de 2023

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Richard MontenegroPerteneció a la redacción de las revistas Nostromo y Ojos de perro azul; también fue parte de la plantilla de la revista universitaria de cultura Zona Tórrida de la Universidad de Carabobo. Es colaborador del blog del Grupo Li Pohttp://grupolipo.blogspot.com/. Es autor del libro 13 fábulas y otros relatos, publicado por la editorial El Perro y la Rana en 2007 y 2008; es coautor de Antología terrorista del Grupo Li Po publicada por la misma editorial en 2008 , en 2014 del ebook Mundos: Dos años de Ficción Científica y en 2015 del ebook Tres años caminando juntos ambos libros editados por el Portal Ficción Científica. Sus crónicas y relatos han aparecido en publicaciones periódicas venezolanas tales como: el semanario Tiempo Universitario de la Universidad de Carabobo, la revista Letra Inversa del diario Notitarde, El Venezolano, Diario de Guayana y en el diario Ultimas Noticias Gran Valencia; en las revistas tangibles y electrónicas hispanas Fantastic-Films NeutrónAlfa Eridiani, Valinor, miNaturaTiempos OscurosGibralfaro, Revista de Creación Literaria y de Humanidades de la Universidad de Málaga y en la revista cubana digital Korad y en portales o páginas web como la española Ficción Científica, la venezolana-argentina Escribarte y la colombiana Cosmocápsula.



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