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viernes, 26 de enero de 2024

En el duelo entre la ciencia y la Postverdad lo que más nos hace falta son las relaciones humanas, no el consumo.

 

Los participantes de Scientists for Future protestan en silencio por el clima. | Foto (detalle): POP-EYE/Stefan Mueller © picture alliance



CONFIANZA EN LA CIENCIA

De incertidumbres y esperanzas dudosas


Scientists for Future



¿Hay verdades objetivas? ¿Pueden ayudarnos a combatir el cambio climático? Dos miembros de Scientists for Future nos hablan de la relación entre la sociedad y los científicos, y de por qué a ellos normalmente no les gusta dar recomendaciones concretas.



Sra. Bühler, Sr. Landschoff, ¿ustedes dirían que se ha reducido la confianza en la ciencia en los últimos años, en particular en cuanto al cambio climático?


Janica Bühler: En los últimos años he tenido la sensación de que la confianza en la ciencia más bien ha subido. Durante la pandemia de coronavirus, por ejemplo, el podcast del Prof. Dr. Drosten ha tenido bastante éxito, y muchas personas lo escuchan. El discurso climático ha pasado un poco a segundo plano durante la pandemia; antes tenía la sensación de que cada vez más conocidos me pedían que les aclarara el contexto. Por otro lado, también es cierto que el otro extremo se ha radicalizado. Hay gente que cree que los científicos solo dicen tonterías. En general, me queda la sensación de que hay más personas que confían en la ciencia y pocas, pero lamentablemente muy ruidosas, que la contradicen. 

Janica Bühler


Jöran Landschoff: Estoy de acuerdo. La verdad es que la ciencia está en crisis desde inicios del siglo XX. Antes se creía que la ciencia era algo fundamentalmente positivo. Ni siquiera se planteaba la posibilidad de su mal uso. Pero con las catástrofes del siglo XX quedó claro qué tan peligrosa puede llegar a ser. El régimen nazi también se entiende como una perversión de la ciencia ilustrada: los científicos y los médicos hicieron experimentos con personas en nombre de la ciencia y justificaron el racismo. Luego se desarrolló la bomba atómica. Todo eso son cosas que socavaron la confianza en la ciencia, y con razón.


¿Quedan aún verdades científicas en tiempos de la postverdad?


Jöran Landschoff: Justo a esta pregunta me refiero cuando hablo de que se socavó la confianza en la ciencia. Voy a poner un ejemplo: ahora está habiendo grandes debates sociales sobre género y racismo, pero también sobre la verdad. Hay un montón de argumentos y de investigaciones con perspectivas de lo más dispares. Se puede llegar a distintas conclusiones con los mismos datos. Eso lo reconoció la ciencia hace poco menos de cien años y con esa reflexión se ató la soga al cuello. De ahí viene la postverdad. Pero claro que tenemos sistemas de control. Nuestro mundo académico se basa en que nos leemos todo mutuamente y en que presentamos nuestros argumentos de forma pública, justo para que la gente los pueda criticar.


Janica Bühler: Por “verdad” nos referimos a varias cosas. En primer lugar está la “verdad” objetiva de las matemáticas. En algún momento acordamos ciertos axiomas, y a partir de ellos se pueden demostrar verdades subsecuentes. Es el típico “2+2=4”. Sin embargo, en cuanto uno se especializa o intenta aplicar ese conocimiento, tiene que hacer muchos supuestos o trabajar con incertidumbres. Ahí ya no hay verdades objetivas y siempre se tienen que incluir los supuestos y las incertidumbres en la interpretación. Justo por eso en las ciencias naturales usamos, entre otras cosas, mucha estadística y cálculo de errores, en los estudios hay grados de probabilidad y barras de error. Pero que los resultados solo sean probables bajo ciertos supuestos no significa que sean falsos. 


¿Qué tendría que suceder en la sociedad, los medios, la política y también de parte de los representantes de la ciencia, para promover el reconocimiento del conocimiento científico?


Janica Bühler: Suena un poco trillado, pero cada quien tiene que aprender a manejar esos datos. Cuando venía saliendo de la física cuántica, tuve que aprender a interpretar datos climáticos. Vería con muy buenos ojos que se enseñara (más) estadística en la escuela. Sin un conocimiento básico de ella te pueden tomar el pelo muy fácil. Además, los procesos científicos deben ser más transparentes. En eso está habiendo progreso: el podcast del Prof. Dr. Drosten ha captado y explicado muchas incertidumbres bastante normales e importantes para cada ciencia, y seguro por eso tiene tantos seguidores.

Jöran Landschoff


Jöran Landschoff: Sí, justo es importante manejar las incertidumbres de forma transparente. La población probablemente incluso lo recompense con más confianza. En la ciencia misma yo pediría que lleváramos nuestras investigaciones más al límite para ver en qué situaciones valen los resultados y en cuáles ya no. En los medios y en la política debe haber una comunicación más abierta sobre lo que significa que algo esté “científicamente comprobado”. Eso no significa que ya sea correcto y no se pueda desmentir nunca.


¿Quizá por la urgencia sea más importante hacerle caso al conocimiento científico y entenderlo justo en el caso del discurso climático? ¿Será la única manera en la que pueda haber un cambio?


Jöran Landschoff: Sería muy fácil contestar con un “sí”. Pero si nos fuera tan fácil, no seríamos científicos. La gente no cambia su conducta por ver una gráfica sobre la temperatura. Muchas personas siguen creyendo que faltan datos, pero los datos están disponibles para todos. Solo hay que deducir lo que hay que hacer a partir de ellos. Y eso no lo puede hacer la ciencia. Claro que sabemos que tenemos que reducir las emisiones y, por ejemplo, comer la menor cantidad de carne posible. Pero cada cambio esconde efectos secundarios, y las cosas se complican muy rápido.



Janica Bühler: En el caso específico del cambio climático, sabemos desde hace mucho que el calentamiento está provocado por una mayor cantidad de gases invernadero en la atmósfera, que el aumento de la temperatura fue causado por los seres humanos y que las consecuencias podrían ser desastrosas. Por eso no nos podemos quedar solo escuchando y perdernos en los detalles de la investigación; hay que actuar para evitar ciertas consecuencias, aunque en principio yo también contestaría la pregunta con un “sí”. 


Scientists for Future se declara a favor de las recomendaciones de acción directa y apoya algunas de ellas. ¿Qué función desempeña la iniciativa en el discurso climático, y cuál debería desempeñar?


Janica Bühler: Nosotros formamos parte de la escena del activismo climático en Alemania. Nos consideramos comunicadores entre los distintos grupos. Los activistas de Fridays for Future se han movido mucho en los últimos años. Nuestra labor es más bien de apoyo. Nosotros fundamentamos científicamente las huelgas. Pero hay que tener cuidado: no todos somos científicos climáticos e incluso los que lo son están muy especializados, como yo, por ejemplo. Nosotros como individuos tampoco somos expertos en todo lo que pasa en el sistema del clima. Por lo tanto, mi opinión personal no está mejor fundamentada en ciertos temas que la de un político o un ciudadano bien informado. Por eso apreciamos que las ramas de la ciencia más dispares estén presentes en nuestra red.


Jöran Landschoff: Eso también ha provocado que hagamos labor educativa. Como grupo regional de Heidelberg, tenemos una lista de oradores expertos que compartimos cuando nos la piden. También queremos ir directamente a las escuelas a informar a los alumnos. En el mundo académico mismo también queremos despertar consciencia sobre el cambio climático. Así nos salimos del papel clásico de científicos, pero lo tratamos abiertamente.


La crisis del coronavirus puso muchas cosas patas arriba. Por un lado disminuyen un poco las emisiones; por el otro, aumenta el uso de cubrebocas desechables, guantes de plástico, etc. ¿Cómo creen que salgamos de la crisis? ¿Son optimistas o pesimistas respecto al desarrollo


Jöran Landschoff: Yo siempre soy más bien pesimista. A pesar de los movimientos sociales, se ha demostrado que la política, la economía y la sociedad son sistemas bastante rígidos. Se habla de cosas comprobadas aunque nunca se hayan comprobado. Por ejemplo, es obvio que tenemos un gran problema de consumo. ¿Y la respuesta es que debemos seguir aumentando el crecimiento económico? Además no hay un gran interés por impulsar la producción ecológica de bienes ni por las cadenas de suministro locales. Para mí, el manejo de los grandes mataderos durante el verano fue sintomático. Ahí hay una catástrofe social y ecológica a la vista de todos, y no cambió prácticamente nada.



Janica Bühler: Yo creo que hay que verlo por separado. Este año demostró que tanto consumo quizás no lleve a la felicidad. Para muchas personas, la pandemia fue una experiencia existencial. Nos obligó a reconocer que lo que más nos hace falta son las relaciones humanas, no el consumo.

 

Otros sucesos pasados también me han dado esperanza: por ejemplo, el agujero en la capa de ozono. En la primera conferencia al respecto se acordaron medidas totalmente insuficientes. Ahora se ha vuelto natural que no se emitan clorofluorocarbonos (CFC). Claro que, desde el punto de vista político, el cambio climático es mucho más complejo, pero algo está cambiando. También hay avances positivos en la transición energética. Puede que a los inversionistas no les interese mucho la sustentabilidad, pero incluso ahí se ve que cada vez financian menos empresas sin una gestión de riesgos realista y que no se preparen para el cambio climático. Sigue siendo demasiado lento, pero hay avances.


Jöran Landschoff: Es cierto, y si no me quedaran esperanzas a pesar de todo, no sería integrante de Scientists for Future.

 

diciembre 2020

Fridays For Future + Scientists for Future - Save this world - Charity song





Jöran Landschoff


Jöran Landschoff es lingüista y doctorante en la Universidad Ruprecht-Karls de Heidelberg. Janica Bühler es doctorante en el Instituto de Física Ambiental de Heidelberg. Ambos son miembros de Scientists for Future Heidelberg. Scientists for Future es una asociación interdisciplinaria de científicos comprometidos con un futuro sustentable.


Traducción: Del alemán por Hugo López Araiza Bravo


Copyright: © Goethe-Institut e. V., Online-Redaktion


Tomado de la Revista Humboldt


sábado, 18 de julio de 2020

Marta García Aller: “Con el móvil, con el smartphone, desaparece la paciencia”.







Queridos amigos y lectores de esta página. Los tiempos extremos que estamos viviendo han producido toda clase de pensamientos catastróficos. Algunos con cierta base científica o mística, otros de los mas alocados que llegan a anunciar el fin del mundo, con todo lo que de catastrófico podamos imaginar ante tal idea.

 

Desde este espacio les invitamos a leer una interesante entrevista a la periodista Marta Garcia Aller, autora del libro : “El fin del mundo tal y como lo conocemos" que se ha convertido en un best seller. Encontré esta entrevista esclarecedora y sin duda que buscare y leeré ese libro. La autora nos recalca (otra vez y las veces que sean necesarias) que el fin del mundo ha ocurrido muchas veces. La realidad que conocemos de manera cotidiana se ha terminado muchísimas veces desde que la humanidad existe. Actualmente, con la emergencia sanitaria, se ha acelerado el pase a la era digital y los cambios han tomado por sorpresa a muchos que no se encontraban preparados para experimentar una realidad cada vez menos humana.

 

Son los tiempos y no pasa nada. Quiero decir, nada catastrófico, como podríamos pensarlo. Nos adaptaremos a que el trabajo se hace desde casa o que haya maquinas que se ocupen de hacer muchas cosas que hasta hace poco solo podían hacerlo los humanos. Pero Garcia Aller llama la atención hacia algo interesante y poco visto desde la alarma: para que una máquina piense y tome decisiones humanas, primero tiene un humano que enseñarle a hacerlo y eso, no diremos que es imposible, pero se tomará su esfuerzo.

 

En fin, y resumiendo, que la entrevista es apropiada e interesante, es esperanzadora y pinta un futuro nada triste y sí bastante posible y atractivo. Corro a buscar ese libro.


Graciela Bonnet.

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Marta García Aller: “Hay mucha literatura y mucha filosofía en los cambios que vivimos”


27 Mar 2018/JESÚS FERNÁNDEZ ÚBEDA  /  Fotos: Jeosm



El tiempo pasa más rápido que en la canción de Mercedes Sosa —¿o era de Pablo Milanés?—. Tarde o temprano, hasta que el corazón dice “basta”, ese tic-tac monocorde conjuga una realidad líquida, plena de cambios fugaces, trepidantes, cuando no vertiginosos. El ayer caducó de un modo definitivo; el hoy lo hará dentro de dos horas. Y qué bien explica esto Marta García Aller (Madrid, 1980) en su ensayo El fin del mundo tal y como lo conocemos (Planeta, 2017), una obra bien escrita, repleta de datos, conversaciones y suspense, que orbita sobre las cosas y las ideas que se acaban. Va por su cuarta edición. La periodista siempre tuvo claro que quería ganarse la vida escribiendo, aunque fuera sobre economía —“me gusta escribir sobre ello sin que se note”, me cuenta—. Como Lorca, pero en un terreno divulgativo, parte de un escenario culto, pero se dirige a un auditorio popular. El fin del mundo… es un libro no sólo para el profano, sino para todos aquellos —como el menda— que regatean las estanterías de “Ciencia” en las librerías. Es y no es un volumen sobre tecnología, economía, sociología y filosofía. Nos permitimos una licencia poética, y la entrevistamos en El Palentino, el bar malasañero de siempre, tres días antes de que sirva su última cerveza, acompañada de una bandejita con pistachos.

Al menos, ese fue nuestro último menú.


P: En “The future”, Leonard Cohen canta: “He visto el futuro, hermano: / es un crimen”. ¿Exagera?

R: Depende de adónde esté mirando en ese momento. Crímenes va a seguir habiéndolos. Hay momentos en la Historia en los que, si haces la foto, por ejemplo, en el siglo XX durante la II Guerra Mundial, pensarías que el progreso que traería la tecnología, que a finales del siglo XIX prometía arreglarlo todo, era malo. Pero si haces la foto en el momento en que vivimos del boom económico que llegó después, entenderías que aquellas promesas que traían el automóvil, la electricidad, etcétera, son positivas. En El mundo de ayer, Stefan Zweig cuenta cómo, a finales del siglo XIX, parecía que sólo podíamos ir a mejor, cuando llegaba la gran promesa del motor y la electricidad y, de repente, había aviones que volaban. Pero, de repente, en la Europa de entreguerras, en el nazismo que le tocó sufrir, la visión era la contraria: “¡El caos que ha traído el progreso!”. Pero eso no es culpa de la tecnología, sino del uso que hagamos de ella.


Stefan Zweig.


P: En El fin del mundo tal y como lo conocemos, usted muestra que también los criminales se adaptan a los nuevos tiempos.

R: Absolutamente. El crimen es una historia de I+D. Podemos utilizar la tecnología a través de las maneras de delinquir del ser humano. Hablábamos antes de finales del XIX y principios del XX. El asalto al tren del dinero era uno de las mayores gestas tecnológicas que se podían hacer. Robar a 300 personas a la vez. Antes se robaban diligencias, no hay más que ver las primeras obras de la cinematografía. El tren era lo que fascinaba, y asaltar un tren era revolucionario. Ahora vemos cómo con virus tecnológicos se puede robar a cientos de millones de personas a la vez. Se piden rescates para equipos informáticos de empresas: bloqueas un ordenador y tienes el poder. Y a medida que tengamos casas electrónicas, vehículos conectados, abre una línea fascinante: todo el mal que se puede hacer con conocimientos de programación.


Mercedes Sosa / El tiempo pasa




P: Escribe que cuando todas las transacciones sean digitales, el dinero en efectivo será “cosa de pobres, hipsters y camellos”.

R: Hay lugares en los que ver pagar en efectivo es sinónimo de que alguien tiene algo que ocultar. Esa transformación, poco a poco, que estamos viendo hacia lo digital, es más evidente. Pagamos con las tarjetas de crédito y con los móviles. Pero las tarjetas de crédito son de plástico, y hoy es un material que está empezando a no significar progreso, sino problemas a resolver: es sinónimo de contaminación. Creo que veremos el fin del dinero en efectivo y voy percibiendo que los más escépticos son los que no están particularmente cómodos en una hipótesis en los que todos los pagos que hagan, incluidos los impuestos, dejen rastro. Pero de todos los problemas de la privacidad, no creo que sea el más peligroso de todos.

P: Cuenta que el negocio está pasando a ser los datos, no los objetos. Si desaparece la propiedad, ¿también lo hará el capitalismo, nunca mejor dicho, tal y como lo conocemos (Risas)?  ¿Cómo manejaremos los posesivos: “mío”, “tuyo”…?

R: Está desapareciendo, sin duda, la sociedad de consumo tal y como la conocimos. Creíamos que la sociedad de consumo era el “usar y tirar”. El milagro que ofrecía el poder comprar objetos que para nuestros abuelos aspiraban a ser para toda la vida. Pensemos en los muebles, por ejemplo…


Esta foto no es de Jeosm.



R: Pensábamos en el siglo XX que acumulábamos todo el conocimiento que íbamos a necesitar a lo largo de la vida dentro de los doce tomos que tenía mi madre en el salón, que le costaron una barbaridad de dinero. Comprar una enciclopedia era una aspiración de la clase media, y tenía que valer para toda la vida. La Enciclopedia era Dios. Era el conocimiento condensado y podíamos permitirnos una Larousse. Era un símbolo. Ahora, los símbolos, las aspiraciones, más que por acumular objetos, pasan por acumular experiencias. No sólo pensando en dónde vamos de vacaciones o a qué restaurante vamos a cenar. Las empresas de transporte no aspiran a vender coches, sino a prestar servicios de movilidad. No es que sea un eufemismo o una palabra rimbombante. Es que, poco a poco, deja de tener sentido para las nuevas generaciones comprarse un coche. Ya no es un símbolo de libertad, como en el siglo XX. Es un símbolo de que tienes que responsabilizarte de su mantenimiento, si es eléctrico dónde lo cargas… El futuro es más de usar que de tener. Lo vemos en lo que nos irrita: que nuestro móvil se quede viejo y se estropee y haya que cambiar de móvil cada dos años. Eso no es más que la antesala, el caballo de Troya, de la renovación constante. El móvil no quiero que me dure diez años: dentro de año y medio habrá unas soluciones tecnológicas mucho mejores. Para ello, la solución no es la propiedad, sino pagar por el servicio. Es un proceso fascinante, es lo que a mí me interesa. No me seduce la parte más de objeto, el último gadget, sino cómo nos cambian la manera de ver y vivir el mundo.


P: De ver el mundo, de vivir el mundo y de organizar el mundo: el eje izquierda-derecha se rompe, el pulso de la nueva política muta hacia los conceptos “abierto” y “cerrado”.

R: Creo que es lo que estamos viviendo ahora. Hay una transformación política con las nuevas tecnologías. Creíamos que vivíamos en un mundo más global que nunca gracias a internet, y vemos cómo Facebook nos va creando muros que nos hacen el mundo en el que nos movemos más encorsetado. Nos rodeamos de gente que piensa como nosotros y confirma nuestros prejuicios. No abrimos la mente, sino que nos damos excusas para reforzar nuestros prejuicios. Por eso es tan importante tener una información independiente y unas redes lo más diversas posibles. La diversidad debería empezar por los entornos digitales que nos creamos. ¡Se consume menos información internacional que nunca! Periodísticamente, interesa menos que nunca, y esto debería hacernos pensar lo que estamos creando con esa tecnología, que tiene un potencial inmenso para hacernos más libres y cultos. Pero me parece que estamos errando el tiro.

P: Yendo por la información: cuenta que, en España, las tres noticias más leídas en las redes sociales en 2016 eran falsas.

R: Creo que es un elemento para reflexionar, por supuesto, como profesional y como lector, pero también para tener mucha esperanza en la profesión, en el periodismo. Estas revelaciones desarman el concepto de “periodismo ciudadano”. Estamos descubriendo que eso no es real. Existe en cuanto sucede, pero no es periodismo. No está verificado, no está contrastado, no puedes pedir responsabilidades a alguien que te ha mentido. Que la gente empiece a ser consciente de ello es una inmensa oportunidad para quienes contamos historias de verdad. El periodismo debe ser un referente de credibilidad. Y ahora que las fake news y los bulos que circulan por WhatsApp empiezan a estar mal vistos, creo que es el momento para que el periodismo diga: “Aquí estamos los que somos de fiar”.


Marta García Aller y Jesús Úbeda, en el Palentino. 

P: Volvamos un momento a los datos. Hace unos meses, José Mota me dijo que Orwell se había quedado corto porque, ahora, el propio individuo puede convertirse en su propio policía al volcar toda su vida en la nube.

R: Al final, el Gran Hermano éramos nosotros. Somos los que nos vigilamos unos a otros. Si nos hubieran dicho, hace 15 años, que le estaríamos contando a los amigos lo que desayunamos o lo que cenamos, nadie entendería nada. Imagina una escena preWhatsApp llamando a un amigo y diciéndole “vaya tostada me estoy comiendo” (Risas). Esta es la parte de la tecnología que me fascina: cómo nos cambia la manera de vivir, de relacionarnos, de hablar con nuestra familia, con la gente del trabajo… Esto no es algo nuevo de internet. Cuando llega el ferrocarril, transforma las relaciones sociales y abre un universo de gente a la que puedes conocer. Recuerda novelas como Jane Eyre, en la que llegaba un desconocido a la ciudad. ¡Un desconocido! ¡Por fin aparece alguien a quien no conoces desde que naciste, era fascinante! Hablabas antes de Orwell. Estamos perdiendo la privacidad, pero, en realidad, la privacidad era un espejismo que hemos tenido durante un tiempo de vida muy concreto, relacionado con el surgimiento de la vida urbana y las grandes ciudades.


 George Orwell.


P: Ahí están nuestros pueblos con sus viejas tras el visillo.

R: Los pueblos, y la historia de la literatura está llena de ello, demuestran que la privacidad no existía. Todo el mundo lo sabía casi todo de todos y un pequeño secreto daba para una novela de 500 páginas. Era muy difícil tener una relación o ir a comer algo sin que los demás lo supieran. En el siglo XXI empieza a desaparecer la privacidad… A lo mejor es que no nos sentimos del todo cómodos. En algún momento, la privacidad nos ha llevado a sentirnos aislados, y puede que estemos buscando volver a esa aldea. No la aldea global de Negroponte ( el concepto de Aldea Global es de Marshall Macluhan), sino a la de aldea a secas, en la que todo el mundo lo sabe todo de todos.


Zigmunt Bauman.

P: En El fin del mundo… cita a Alvin Toffler, quien dijo que los analfabetos del futuro serán aquellos que no sean “capaces de aprender, desaprender y reaprender continuamente”. ¿La cultura será más líquida?

R: Ahí creo que Bauman dio en el clavo. La prueba está en lo vigente que sigue siendo su pensamiento. Me parece que, poco a poco, aunque tiene mucha vigencia el concepto, la otra idea de aprender, de nómadas del conocimiento, me ayuda a entender mejor los cambios del futuro. Bauman nos ayudó a entender el presente, tendrá mucha vigencia en el futuro, pero creo que a la cultura y al aprendizaje… (Piensa) El nivel de incertidumbre es tal, que si estudias Derecho o Medicina, hay que tener muy presente que, con tal velocidad de cambio, hay que estar aprendiendo constantemente. No hay que tenerle miedo a la palabra “novato”. Hay que cambiar el espíritu de la palabra o traer otra.

P: ¿Y qué pasará con las Humanidades? Se les está poniendo cara de lince ibérico.

R: Aunque han estado en peligro de extinción, nunca van a ser más necesarias que ahora. La tecnología nos está ofreciendo que va a enseñar a pensar a las máquinas. Para eso, harán falta dos cosas: uno, entender las máquinas y saberlas crear, programar y desarrollar, y dos, para enseñar a pensar a una máquina hay que saber cómo funciona el pensamiento humano. Hay que saber qué necesita la sociedad, y para eso hacen falta sociólogos, filósofos, lingüistas: hay que enseñar a las máquinas a hablar. Los laboratorios de inteligencia artificial son de filosofía, en realidad. Deben enseñar a las máquinas a tomar decisiones. Y esas decisiones ya tienen que ser prácticas. Y esto nos lleva a un mundo más lleno de robots que el actual, pero también más humano. Vamos a tener que resolver dilemas filosóficos que, hasta ahora, nos habíamos dado el lujo de considerar teóricos. Ya no lo podemos dejar a la intuición o a la buena voluntad. Y las empresas están empezando a entender que necesitan pensamientos diversos. No pueden tener un equipo de directivos de 20 personas en los que todo el mundo ha hecho Dirección de Empresas, Economía o Derecho. La banca de inversiones está contratando filósofos, y las empresas de tecnología de Silicon Valley están buscando filólogos.


Alvin Toffler.


P: Los filósofos a la banca, los filólogos a Silicon Valley… ¿y dónde van a parar los escritores? ¿Qué hacemos con los poetas?

R: Si prosperara la idea de la renta universal para un futuro en el que los robots hacen el trabajo y la mayoría de los humanos nos dedicamos a la vida contemplativa, los poetas van a tener más trabajo que nunca. Entretener a la gente va ser lo más demandado por la sociedad. Y la poesía es emoción, que es algo que los humanos vamos a buscar con ahínco entre tanto algoritmo. Imaginar un futuro de gente ociosa no es tan descabellado, no es más que extender al resto de la población lo que la aristocracia ha venido haciendo a lo largo de la Historia.

P: Si ya era jodido responder a las preguntas “qué es el amor” o “qué es la amistad”, ahora, en los tiempos del Tinder, debe de ser misión cuasi imposible. Habla en el libro de una aplicación que reconoce las caras y dice quién es ese Mengano.

R: Esa tecnología existe, sólo que todavía es muy cara para que la llevemos todos. Estamos ahora en el Palentino. Podemos saber quién es toda esta gente y qué hay de su vida colgada en Google o Facebook. Ahora, eso lo podemos hacer tecleando los nombres en Google. Googleamos a nuestras citas para saber más de ellas. Imagina hacer eso con reconocimiento facial y con el móvil. No es muy diferente a teclear un nombre; simplemente, nos saltamos ese paso. Eso cambia las relaciones. ¡Por supuesto que las cambia! Pero es que la tecnología siempre las ha cambiado. Las cartas, el teléfono… todo va cambiando con la tecnología. Hacer el ejercicio de adónde va la amistad, el amor, el trabajo… es lo que busco.

P: Vamos terminando. Usted dedica un capítulo a la mujer o, mejor dicho, al fin del reloj biológico y a la maternidad sin fecha de caducidad.

R: El reloj biológico no es más que una metáfora. La metáfora de un prejuicio social hacia las mujeres que trabajan. Se empieza a utilizar en 1978. Lo acuña el periodista Richard Cohen en The Washington Post. Las mujeres quieren hacer carrera profesional y a todas les llega el momento de tomar la siguiente decisión: o trabajo o familia. Tuvo tanto éxito el concepto que han pasado décadas y aún las mujeres, a cierta edad, oímos el “tic-tac”. La ciencia está poniendo en cuestión que eso tenga que ser así. La vitrificación de óvulos es una de las opciones de lo que ofrece la tecnología. Algunos expertos a los que he entrevistado me han dicho que va a ser un cambio tan radical para las mujeres como lo fue la píldora en la liberación sexual. Esto va a ser como una liberación de la edad.

P: Para finalizar, suscribo su deseo: “Ojalá las máquinas que un día dominen el mundo fueran las de escribir”.

R: Empecé así porque el libro es también un alegato nostálgico a quienes vivimos el siglo XX, a quienes tuvimos el privilegio de vivir en una época que ya no va a volver, y tener una manera de ver el mundo que ya está desapareciendo. Los que tenemos treinta y tantos tenemos más cosas en común con la gente de sesenta que con los de veintipocos. Vivimos en una era que se formó en antes y después de Cristo, pero creo que la etiqueta más útil para separar generaciones en antes y después de Google. Los de antes de Google somos unos pocos; los de después no recuerdan el mundo antes de Google. Con el móvil, con el smartphone, desaparece la paciencia. Hay una visión que sólo se puede hacer desde las humanidades, desde la literatura, que dota de sentido esta dimensión. Y creo que hay mucha literatura y mucha filosofía en los cambios que vivimos.

Tomada de ZendaLibros.





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Graciela Bonnet

 Nació en Córdoba, Argentina, en 1958. Es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela (1984). Ha trabajado 25 años como correctora de pruebas y supervisora de ediciones por contrato para todas las editoriales venezolanas, entre ellas Monte Avila, Planeta, Biblioteca Ayacucho, ediciones de la Casa de la Poesía, Pomaire, Eclepsidra, Santillana, Editorial Pequeña Venecia, La Liebre Libre. Experiencia de tres años como redactora free lance para una editorial de libros de autoayuda. Escritora fantasma (sin firma) realizó investigaciones para crear libros, novelas, tesis y monografías. Es dibujante amateur. En 1997 el grupo editorial Eclepsidra publicó su poemario "En Caso de que Todo Falle." En 2013 editorial Lector Cómplice editó "Libretas Doradas, Lápices de Carbón" En el año 2000 participó del encuentro de Mujeres Poetas en Cereté, Colombia.





Enlaces relacionados:















































Actualizada el 16/10/2025 
16/12/2023

sábado, 29 de julio de 2017

Cristhian Hova: El ILUSTRADOR QUE ROMPÍA VENTAS.






He usado como portada de mi perfil en facebook la ilustración de Cristhian Hova de Darth Vader sosteniendo un helado con la leyenda “Helado Oscuro”. Me agrada todo lo que he visto de la obra de este ilustrador peruano, me place su reconocible estilo y los motivos que ilustra. Mi opinión sobre su arte no ha variado un ápice, me sigue gustando mucho.

El pasado 25 de Julio de 2017 en clasesdeperiodismo.com publicaron el artículo que estoy introduciendo: un trabajo de investigación de Diego Salazar donde demuestra que Cristhian Hova ha mentido, se ha atribuido méritos que no posee, publicaciones de sus trabajos que son falsas, ha hinchado su currículum para acrecentar su fama y (supongo yo) facilitar la venta de su obra.

No voy a desvelar como acaba el artículo, el trabajo de Diego Salazar merece ser leído, y ya de paso contemplar la obra de Cristhian que ilustra magníficamente el artículo.

Comentar mi primera reacción de incredulidad. ¿Alguien se ha tomado la molestia de investigar algo tan nimio? ¡Pero si no le hace daño a nadie! Ese fue mi primer pensamiento, instantes después reaccioné aterrorizado de mi mismo, de esa primera opinión instintiva, no filtrada por mis esfínteres mentales. Y acabé abochornado. Esta entradilla es mi redención, mi condena. Lo admito, la corrupción ha anidado en mí, prometo combatirla. En mi interior daba por bueno mentir en el currículum vitae para beneficiarse. Me parecía poca cosa. Vivo en una sociedad, la española, que ha aceptado que el Rector de una Universidad pública, que ha plagiado continuadamente, no dimita de su puesto (LINK 1). Una sociedad que aplaude y sostiene a ministros reprobados por el parlamento que no sólo no dimiten, sino que se atreven a dar lecciones de moralidad. O ese otro ministro también reprobado, y que tampoco dimite, ha visto como el Tribunal Constitucional sentencia que la Amnistía Fiscal que él promovió es inconstitucional y no lo destituyen. Pero en el rizo de lo esperpéntico, los españoles se quedan impasibles ante el Presidente del Gobierno que acaba de declarar ante la justicia sobre la probada financiación ilegal de su partido. Su defensa ha sido negar cualquier conocimiento sobre el asunto… no sé que me da más miedo: que me gobierne un corrupto o un necio que nada sabe.

En cualquier caso la corrupción generalizada tiene efectos perversos: el evidente empobrecimiento de la sociedad española, la destrucción del tejido empresarial honesto a manos de los empresarios corruptos (la forma de corrupción más extendida es la de una empresa que da dinero a un político para que este la conceda contratos públicos) y la aceptación de su existencia, de su inevitabilidad, por parte de los ciudadanos.

Los españoles estamos aceptando como algo dado por descontado, intrínseco al gobierno, la existencia de la corrupción generalizada, sistemática y constante en el tiempo. El umbral de aceptación es tan alto que mentir en el currículum no llama la atención. ¿Por qué va a estar mal si todo el mundo lo hace?

Una vez sentadas las bases de la aceptación de la corrupción, es fácil deducir el proceso por el cual, a pesar de los continuos escándalos de corrupción del partido político en el gobierno, las encuestas de intención de voto lo dan como ganador e incluso con un leve crecimiento en el número de sus votantes.

Es sutil pero constante, es lento pero imparable, la corrupción al no atajarse pudre nuestras creencias, embota nuestra percepción de la realidad, desequilibra nuestra báscula moral, en suma nos hace proclives a ella.

Por eso hay que aplaudir y darle resonancia a todas las acciones que la combata. Aplaudir a esos empleados que denuncian las prácticas corruptas de sus empleadores (lo que suele costarles el puesto de trabajo), a los arrepentidos que confiesan y denuncian, a la policía y guardia civil que la investiga pese a las presiones y represalias, a los fiscales y jueces que, como superhéroes de cómic, se enfrentan a ella arriesgando incluso sus vidas y no digamos ya su carrera judicial. Y también a quien combate la pequeña corrupción, la de estar por casa, la que no hace daño a nadie, también hay que dar difusión al trabajo de Diego Salazar. En el fondo es un ejemplo de la controvertida teoría de criminología: Ventanas rotas (link X).



by PacoMan


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El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker



Por Diego Salazar  (*)
El sábado 22 de julio, la revista Somos del diario El Comercio publicó un artículo sobre el artista peruano Cristhian Hova, quien, decía la nota: “ha ilustrado cuatro portadas alternativas de películas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, tres tapas para la revista The New Yorker”.

Fue esto último lo que me llamó la atención. Yo he visto el trabajo de Hova antes. He sonreído, como muchos, ante el nostálgico y sutil sentido del humor de la que debe ser su obra más conocida: Helado Oscuro, un retrato de Darth Vader sosteniendo una paleta de negra de helado -un Jet de D’onofrio para los peruanos- mordisqueada en la mano derecha.

De hecho, como buen fanático de Batman, tengo uno de sus afiches homenaje al Caballero de la noche. Pero, además, soy subscriptor de The New Yorker desde hace años. Al igual que mi esposa, Elda Cantú, que fue quien me mostró el artículo sobre el ilustrador peruano que hacía portadas de nuestra revista favorita. Snobs, nosotros, nos dijimos: ¿Cómo es posible que un artista peruano haya publicado no una sino varias veces en The New Yorker -portadas, de hecho- y no nos hayamos dado cuenta?

En el artículo de Somos un recuadro indicaba que “Este año, por medio de un ilustrador de The New Yorker que conoció, la revista lo contactó para que produzca algunas portadas. A la derecha, Donald Trump protagonizó alguna de ellas”.

La “portada” en cuestión es esta:

No recordaba haber visto nunca esa imagen en The New Yorker, y mucho menos en portada, así que de inmediato fui al archivo digital de la revista. Había algo familiar en la ilustración, además del trazo de vectores que ha hecho reconocible el trabajo de Hova, pero en ese momento todavía no sabía qué. En el archivo del New Yorker revisé todas las portadas de la revista entre 2016 y 2017, un total de 75, ninguna de las cuáles mostraba la ilustración del artista peruano. Había una, publicada en el número del 23 de enero de 2017, con motivo de la toma de poder de Trump, que tenía un vago parecido temático. Aun cuando el trazo de su autor, Barry Blitt, no tiene ninguna semejanza con el de Cristhian Hova:

Intrigado, me fui a revisar la página pública de Facebook de Hova, a ver si había algún error y la ilustración en cuestión había aparecido en alguna otra página de The New Yorker. De ser así, seguramente el ilustrador había compartido en sus redes sociales la página correcta. Ahí encontré esto:



La ilustración, entonces, según esa imagen compartida por Cristhian Hova en su página de Facebook, no había sido portada sino que había ilustrado un artículo en las páginas interiores de la versión impresa. Un artículo escrito por Jeffrey Frank y titulado Trump Can’t Stop Himself. Para cualquiera familiarizado con el diseño de The New Yorker, esa página resulta extraña. No se parece en absoluto a la icónica y clasicista maqueta de la revista.

De todas formas, busqué el artículo en el archivo digital. Nada. No existía. Lo siguiente fue buscar artículos de Jeffrey Frank sobre Trump en newyorker.com. Ahora sí. El artículo existía, solo que nunca se publicó en la revista impresa. Apareció en una sección de la web llamada Daily Comment, donde distintos autores escriben textos cortos comentando noticias del día.

Esta es la cabecera del artículo de Jeffrey Frank, como apareció publicado el 14 de marzo de 2017 en la página web de The New Yorker:

La imagen que ilustra la nota es una fotografía de Al Drago, fotógrafo de The New York Times, y, como cualquiera puede ver, no un trabajo de Cristhian Hova. Este hallazgo hizo que me sumergiera de lleno en la página de Facebook de Hova y en su cuenta de Instagram, a la que también había llegado buscando la dichosa portada de The New Yorker. En Somos hablaban no de una portada, sino de tres. No tuve que buscar mucho más. Las redes sociales de Hova son pródigas en muestras de su trabajo.

El 16 de marzo, el ilustrador compartió esta imagen en su cuenta de Instagram:



Al parecer, otro trabajo suyo había aparecido en las páginas de The New Yorker. De hecho, en una entrevista aparecida en la sección postdata del diario El Comercio el viernes 7 de abril de 2017, el periodista Renzo Giner Vásquez dice lo siguiente: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. A continuación, Giner Vásquez le pregunta al artista: “¿Cómo te contactó The New Yorker?”, a lo que Hova responde: “A través de una agencia con la que trabajo. Yo solo hice el dibujo y ellos se encargaron de todo”. El mismo ilustrador compartió ese día la entrevista en su cuenta de Instagram:



Una vez más, hay algo muy extraño en esa página de The New Yorker ilustrada con una imagen de David Bowie obra de Hova. La maqueta dista bastante del estilo clásico de la revista. Así que volví a newyorker.com. Bastó buscar el titular de la nota publicitada por Hova en su Instagram para llegar al artículo original:



Es una nota de la periodista Sarah Larson, corresponsal de Cultura de newyorker.com, que no se publicó en la versión impresa de la revista ni fue ilustrada con el trabajo del artista peruano. Pero no sólo eso. La primera línea del artículo posteado por Hova en Instagram dice: “This was not supposed to happen”, mientras que la nota de Larson empieza así: “Like many of us who adored David Bowie, I’ve had his music in my head lately”.

¿De dónde había salido esa primera línea? Una vez más, Google tenía la respuesta. Una sencilla búsqueda me llevó a otro artículo publicado en la web de The New Yorker, esta vez obra del crítico de arte de la revista, Hilton Als, titulado Postscript: David Bowie, 1947-2016. Esta es la cabecera de la nota, una vez más, publicada únicamente en la página web de The New Yorker:

Y este es su primer párrafo, de donde sale la primera línea de la página publicada por Hove en su cuenta de Instagram:



Alguien, no podía saber quién pero tenía una sospecha, había fabricado esa otra página de The New Yorker, cogiendo un titular de aquí, un arranque de artículo de allá, y pegando una ilustración obra de Cristhian Hova.

La supuesta relación del ilustrador, siempre según sus redes sociales y sus declaraciones en entrevistas (y los crédulos periodistas que las repetían sin verificación alguna), con The New Yorker no quedaba aquí. El 16 de abril de 2017, Hova posteaba esta nueva página en su cuenta de Facebook:



A diferencia de los otros artículos, este relato de Stephen King sí había sido publicado en las páginas de la revista impresa de The New Yorker. Apareció en el número del 9 de marzo de 2015 y fue ilustrado de esta manera:

La ilustración pertenece al artista Jon Gray, no a Cristhian Hova. La siguiente página, donde comienza el texto del relato, es esta:

De hecho, en la entrevista de El Comercio de abril de este año, el periodista Renzo Giner Vásquez señala que la primera colaboración de Hova con The New Yorker fue la imagen que “acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie”. Bowie murió el 10 de enero de 2016, así que, según el relato del periodista y del propio Hova, es imposible que el artista haya realizado una ilustración para The New Yorker para un relato que se publicó casi un año antes, en marzo de 2015. Las fechas, además de la maqueta de las páginas, el archivo de la revista impresa, las notas de la página web y demás evidencia, no cuadran.

Como tampoco cuadra esta otra supuesta página de The New Yorker que Hova publicó en sus cuentas de Facebook e Instagram hace poco más de un mes, el 2 de junio de 2017:



De nuevo, el artículo que se supone ilustra la imagen del artista peruano, escrito por John Cassidy y titulado “Donald Trump’s ‘Screw You’ to the World”, fue publicado únicamente en la página web de la revista, nunca en la versión impresa:



Y, una vez más, había sido ilustrado con una fotografía y no con una obra de Cristhian Hova, como mostraba la página que el artista había posteado en sus redes sociales.

A través de un amigo periodista que trabaja en The New Yorker, me comuniqué con Genevieve Bormes, asistente editorial de la editora de Arte de la revista. En un email le envié las imágenes con ilustraciones de Hova que él mismo había posteado en sus redes sociales y le pregunté si podía confirmarme que esos trabajos habían sido encargados y publicado en la revista o no. Un par de horas después, Bormes respondió: “Hasta donde tengo conocimiento -la expresión en inglés es ‘To the best of my knowledge’, una formalidad habitual en las comunicaciones oficiales-, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”.

Con esa confirmación, decidí ponerme en contacto con los periodistas de Somos y El Comercio, que habían escrito o editado artículos sobre la obra de Cristhian Hova en los que se mencionaban las portadas que supuestamente había hecho para The New Yorker.

Primero llamé a Rafaella León, editora de Somos, para contarle lo que había encontrado y preguntarle si ellos, en la revista, habían realizado algún tipo de comprobación. León respondió que no. A continuación me explicó que Cristhian Hova había ido a la entrevista acompañado de dos personas de la agencia de comunicación con la que trabaja, que la revista recibió un USB con el dossier del artista y ellos dieron por bueno todo lo que afirmaba. “Fue un acto de fe”, me dijo León cuando insistí y le pregunté si en ningún momento se les había cruzado por la cabeza verificar si en efecto el trabajo del ilustrador había aparecido en The New Yorker.

Luego de hablar con León, llamé a Renzo Giner Vásquez, autor de la entrevista publicada en abril de 2017, quien había escrito: “El año pasado uno de sus dibujos acompañó la nota que hizo The New Yorker tras la muerte de David Bowie y en marzo de este año volvieron a recurrir a él para graficar al presidente Donald Trump”. Giner se mostró tan sorprendido como Rafaella León cuando le comenté lo que había encontrado. Le pregunté de dónde había sacado que The New Yorker había publicado ilustraciones de Hova. A lo que respondió de inmediato: “Me lo dijo él. Y estaba en la nota de prensa cuando me ofrecieron la entrevista”. Así que repregunté: ¿En ningún momento verificaste si en efecto se habían publicado? “No”, me dijo Giner. 

Después de esto, hablé con la autora de la nota en Somos, Brunella Vásquez. Su editora, Rafaella León, me facilitó su número de teléfono. Cuando me comuniqué con ella, Vásquez me dijo que León le había contado lo ocurrido. Después de hablar con su editora, Vásquez, me dijo, llamó a la responsable de la agencia y le explicó lo que pasaba. “Ella está haciendo todas las averiguaciones del caso”, me dijo Vásquez. Una vez más, como había hecho con León y Giner, le pregunté a Vásquez si en algún momento se le había ocurrido verificar si lo que decía Cristhian Hova, que The New Yorker había publicado varias portadas realizadas por él, era cierto. Al igual que sus colegas, Vásquez me dijo que no.

Ni bien colgué con Vásquez, llamé a la responsable de la agencia de relaciones públicas que maneja la comunicación de Cristhian Hova para solicitarle que me contactara con él. Le dije que Brunella Vásquez, de Somos, me había dicho que la había llamado antes y explicado la razón de mi interés. La responsable, que me pidió que no mencionara su nombre, me explicó que ella se había sorprendido también y que había hablado con Hova para exigirle que le explicara qué estaba ocurriendo. Las respuestas que le dio, que una supuesta galería de arte en Estados Unidos le había solicitado realizar unas ilustraciones para homenajear portadas de The New Yorker, con consentimiento de la revista, no la convencieron y su agencia había decidido ya terminar la relación laboral con el artista.

Cuando le pedí que me pusiera en contacto con él, me dio su teléfono y me dijo que le había recomendado que aceptara conversar conmigo y, sobre todo, que tuviera a mano el supuesto email o recibo o lo que fuera que comprobaría el pedido de la galería. “Porque si no aclara esto resulta que le ha mentido hasta al curador de su exposición en Índigo, donde hay una línea de tiempo que señala que ha publicado trabajos en The New Yorker”, me dijo.

La explicación, por supuesto, resulta bastante improbable. Sobre todo cuando desde el mismo The New Yorker, recordemos, la asistente editorial de la editora de Arte señala que: “hasta donde sé, puedo afirmar que este artista no tiene relación alguna con The New Yorker ni con sus portadas”. Y cuando las páginas fabricadas que Cristhian Hova publicó en sus redes sociales no corresponden a portadas sino a supuestas páginas interiores de la revista.

Las publicaciones de Cristhian Hova en las páginas de The New Yorker no son el único caso sospechoso que he podido desenredar echando un vistazo a sus redes sociales, haciendo uso de Google y redactando unos cuantos emails y mensajes de Facebook messenger.

El 27 de marzo, Hova publicó en su página de Facebook esta imagen:




Pero si uno descarga la imagen de Gallagher sosteniendo el cuadro y realiza una búsqueda en Google Images, se encontrará con que la foto ha sido modificada, tomando como base esta otra:

El 19 de marzo, Daniel Pitts, un artista inglés residente en Manchester, compartió en sus varias redes sociales la imagen de Liam Gallagher sosteniendo un cuadro pintado por él. El cuadro era un homenaje a la portada del soundtrack de la película Quadrophenia. Luego de encontrar la imagen, contacté a Pitts a través de Facebook messenger. Me respondió de inmediato.

Antes de explicarle la razón de mi mensaje, le pregunté si podía decirme cuándo, dónde y quién había tomado la foto de Gallagher sosteniendo su cuadro que estaba en su página de Facebook. Pitts me dijo que la foto fue tomada el 17 de marzo por una amiga suya que conoce a Liam Gallagher y que le habló al músico del trabajo del pintor. O sea, 10 días antes de la primera publicación de Hova. Digo primera porque un par de meses después, el 4 de junio, el artista peruano volvería a compartir la misma imagen de Gallagher con su ilustración. Esta vez en su cuenta de Instagram:




Al terminar de hablar con la responsable de la agencia de comunicación que trabajaba con Hova, lo llamé una decena de veces. No hubo respuesta. Le dejé un mensaje de voz y varios mensajes a través de messenger en sus dos cuentas de Facebook. La responsable de comunicación me escribió minutos después diciéndome que el ilustrador le había escrito por whatsapp diciéndole que tenía varias llamadas perdidas y que ella le había dicho que “conteste y que asuma lo que tenga que asumir”. Las llamadas eran mías. La responsable de la agencia me pidió un momento para volver a hablar con él. Segundos después me escribió: “Nada, a mí tampoco me contesta”.

RECONOCE ERROR

EL COMERCIO SE PRONUNCIÓ
“A raíz de la publicación “El ilustrador peruano que no publicó en The New Yorker” en el blog del periodista Diego Salazar, El Comercio ofrece disculpas a sus lectores por no haber hecho las verificaciones respecto a la versión ofrecida por Cristhian Hova quien en una entrevista en la sección Posdata y en la revista Somos aseguró que había ilustrado cuatro portadas alternativas de Marvel, 11 para DC Comics y una para Century Fox. Además, de tres tapas para “The New Yorker”. Todo ello, según reveló Salazar y confesó luego Hova, resultó falso”, señaló el diario.

(*) Este artículo se publicó inicialmente en el blog de Diego Salazar.

Cristhian Hova | the new yorker

Fuente:

http://www.clasesdeperiodismo.com/2017/07/25/el-ilustrador-peruano-que-no-publico-en-the-new-yorker/


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by PacoMan 

En 1968 nace. Reside en Málaga desde hace más de tres lustros.
Economista y de vocación docente. En la actualidad, trabaja de Director Técnico.
Aficionado a la Ciencia Ficción desde antes de nacer. Muy de vez en cuando, sube post a su maltratado blog.

Y colabora con el blog de Grupo Li Po